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Si Tuviera Segunda Oportunidad

Si Tuviera Segunda Oportunidad

Autor: : Gabbi Galt
Género: Moderno
Yacía en aquella cama de hospital de lujo en la Ciudad de México, mi cuerpo apenas sostenido por tubos, cada aliento una batalla. Frente a mí, los dos hombres por los que lo di todo: Ricardo, mi esposo, el magnate inmobiliario que ayudé a construir desde cero, y Jorge, mi hijo, la luz de mi vida. Pero sus miradas no eran para mí, sino para un fajo de papeles que Ricardo me empujó: un documento para cederlo todo a Camila, la joven ambiciosa que él llamaba su nueva "socia". "Elena, tienes que firmar", dijo Ricardo, su voz helada. Jorge, mi propio hijo, añadió: "Mamá, por favor, solo firma. Camila es una visionaria. Tú... solo fuiste una socia operativa". ¿Socia operativa? Después de sacrificar mi legado, mi sueño, mi vida, para que ellos tuvieran todo. Una risa amarga escapó de mis labios. El monitor cardíaco se volvió loco. Ricardo finalmente me miró, con una brutal sinceridad reservada solo para los moribundos. "Nunca te amé, Elena. Mi matrimonio contigo fue un negocio. A quien siempre amé fue a Camila. Tú solo fuiste el medio para conseguir el fin". El pitido del monitor se hizo continuo. Mi mano cayó inerte. Morí con el corazón destrozado, traicionada hasta el último aliento. Oscuridad. Y luego, un rayo de sol cálido. Abrí los ojos y reconocí el techo de mi antiguo apartamento de soltera. Mis manos eran jóvenes, firmes. ¡Estaba viva y tenía veinticinco años! De repente, un golpe en la puerta. Abrí y mi corazón se detuvo: era Ricardo, joven y radiante, con un ramo de mis flores favoritas. Y detrás de él, Camila, con su sonrisa tímida y llena de ambición. Recordé la fecha: el día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila entró a nuestras vidas. Mi infierno. "Elena, mi amor", dijo Ricardo, arrodillándose, con la voz llena de miel. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos". En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí. Pero esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios. "No", dije, claro y firme. "No me voy a casar contigo". Ricardo parpadeó, confundido. "Pero", continué, mi voz un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti". Los dejé atónitos en el pasillo, escuchando sus susurros a través de la puerta. "Es sólo un capricho", dijo Camila. "Ella es sólo un escalón... el dinero de su familia es lo que necesitamos". Escalón. No esta vez. Esta vez, yo no sería el escalón. Yo sería el precipicio.

Introducción

Yacía en aquella cama de hospital de lujo en la Ciudad de México, mi cuerpo apenas sostenido por tubos, cada aliento una batalla.

Frente a mí, los dos hombres por los que lo di todo: Ricardo, mi esposo, el magnate inmobiliario que ayudé a construir desde cero, y Jorge, mi hijo, la luz de mi vida.

Pero sus miradas no eran para mí, sino para un fajo de papeles que Ricardo me empujó: un documento para cederlo todo a Camila, la joven ambiciosa que él llamaba su nueva "socia".

"Elena, tienes que firmar", dijo Ricardo, su voz helada. Jorge, mi propio hijo, añadió: "Mamá, por favor, solo firma. Camila es una visionaria. Tú... solo fuiste una socia operativa".

¿Socia operativa? Después de sacrificar mi legado, mi sueño, mi vida, para que ellos tuvieran todo. Una risa amarga escapó de mis labios.

El monitor cardíaco se volvió loco. Ricardo finalmente me miró, con una brutal sinceridad reservada solo para los moribundos. "Nunca te amé, Elena. Mi matrimonio contigo fue un negocio. A quien siempre amé fue a Camila. Tú solo fuiste el medio para conseguir el fin".

El pitido del monitor se hizo continuo. Mi mano cayó inerte. Morí con el corazón destrozado, traicionada hasta el último aliento.

Oscuridad. Y luego, un rayo de sol cálido. Abrí los ojos y reconocí el techo de mi antiguo apartamento de soltera. Mis manos eran jóvenes, firmes. ¡Estaba viva y tenía veinticinco años!

De repente, un golpe en la puerta. Abrí y mi corazón se detuvo: era Ricardo, joven y radiante, con un ramo de mis flores favoritas. Y detrás de él, Camila, con su sonrisa tímida y llena de ambición.

Recordé la fecha: el día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila entró a nuestras vidas. Mi infierno.

"Elena, mi amor", dijo Ricardo, arrodillándose, con la voz llena de miel. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos".

En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí. Pero esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios.

"No", dije, claro y firme. "No me voy a casar contigo".

Ricardo parpadeó, confundido.

"Pero", continué, mi voz un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti".

Los dejé atónitos en el pasillo, escuchando sus susurros a través de la puerta. "Es sólo un capricho", dijo Camila. "Ella es sólo un escalón... el dinero de su familia es lo que necesitamos".

Escalón. No esta vez. Esta vez, yo no sería el escalón. Yo sería el precipicio.

Capítulo 1

El aire en la suite del hospital más caro de la Ciudad de México era espeso, cargado con el olor a antiséptico y a muerte inminente. Yo, Elena, yacía en la cama, con el cuerpo surcado por tubos que me mantenían artificialmente con vida. Mi respiración era un silbido débil, cada inhalación un esfuerzo monumental.

Frente a mí estaban los dos hombres por los que había sacrificado todo. Mi esposo, Ricardo, el magnate inmobiliario que yo había ayudado a levantar desde la nada, y mi hijo, Jorge, el joven empresario en ascenso que era el centro de mi universo.

Ricardo no me miraba. Sus ojos, antes llenos de una carisma que podía encantar a cualquiera, ahora estaban fijos en un fajo de papeles que sostenía en su mano. Su traje a la medida, impecable como siempre, parecía fuera de lugar en esta habitación de dolor.

"Elena, tienes que firmar."

Su voz era fría, sin rastro de la calidez que una vez fingió. Me empujó los papeles sobre la colcha. Era un acuerdo. Un documento que cedía todas mis acciones, todas mis propiedades, todo mi legado.

A ella.

A Camila. La joven y ambiciosa arquitecta que había aparecido en nuestras vidas como una brisa fresca y se había convertido en un huracán que lo arrasaba todo. La nueva "socia" de mi esposo.

Mis ojos se movieron lentamente hacia mi hijo. Busqué en su rostro un atisbo de compasión, de amor filial. No encontré nada. Solo una impaciencia mal disimulada.

"Mamá, por favor, solo firma."

Dijo Jorge, su voz era una copia de la de su padre.

"Camila es una visionaria. Es mi verdadera 'madre de negocios'. Tú... tú solo fuiste una socia operativa. Es hora de que dejes paso al futuro."

Cada palabra me atravesaba el pecho. Socia operativa. Después de noches sin dormir, de arriesgar mi propio patrimonio para financiar sus primeros proyectos, de usar mis contactos para abrirle puertas que para él estaban cerradas. Después de criar a un hijo mientras construía un imperio.

Una socia operativa.

Una risa seca y ahogada escapó de mis labios. El monitor cardíaco a mi lado aceleró su pitido.

Ricardo finalmente me miró. En sus ojos vi una sinceridad brutal, la sinceridad que solo se concede a los moribundos.

"Nunca te amé, Elena."

Confesó, y el mundo a mi alrededor se desmoronó.

"Mi matrimonio contigo fue un negocio. El mejor negocio de mi vida. Pero a quien siempre amé, a quien siempre deseé, fue a Camila. Desde el primer día que la vi. Tú solo eras el medio para conseguir el fin."

El pitido del monitor se convirtió en un chillido agudo y continuo.

Mi mano, temblorosa, cayó inerte a un lado. No firmé.

Morí con el corazón hecho pedazos, con el eco de su traición como última nana.

Oscuridad.

Silencio.

Y luego, un rayo de sol cálido en mi cara.

Abrí los ojos de golpe. El techo no era el blanco estéril del hospital. Era el techo familiar de mi antiguo departamento de soltera, con esa pequeña grieta que siempre prometí arreglar y nunca lo hice.

Me senté en la cama, el corazón latiendo con una fuerza que no había sentido en años. Miré mis manos. No eran las manos huesudas y pálidas de una enferma terminal. Eran mis manos de cuando tenía veinticinco años, fuertes, capaces.

Estaba viva.

Estaba joven.

Un golpe en la puerta me sacó de mi estupor. Me levanté, mis piernas se sentían extrañamente firmes. Caminé hacia la puerta y miré por la mirilla.

Mi corazón se detuvo.

Era Ricardo. Joven, radiante, con ese traje que tanto le gustaba y un ramo de mis flores favoritas en la mano. Y justo detrás de él, con una sonrisa tímida y llena de ambición, estaba Camila.

La fecha. Recordé la fecha. Hoy era el día. El día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila se unió a nuestro incipiente equipo como pasante.

El día que comenzó mi infierno.

Abrí la puerta.

"Elena, mi amor," dijo Ricardo, su voz era miel pura, veneno puro. Se arrodilló, justo como en mi recuerdo. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos."

Detrás de él, Camila me miraba con una mezcla de admiración y envidia. La misma mirada que mantuvo durante años, mientras me robaba a mi esposo, a mi hijo y mi vida.

En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí.

Esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios.

"No."

La palabra salió de mi boca, clara y firme.

Ricardo parpadeó, confundido. La sonrisa se congeló en su rostro. "¿Qué?"

"Dije que no, Ricardo," repetí, disfrutando de su desconcierto. "No me voy a casar contigo."

Me agaché hasta quedar a su altura, mirándolo directamente a los ojos.

"Pero," continué, mi voz era un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti."

Ricardo se quedó boquiabierto. Camila lo miraba, su expresión era una mezcla de sorpresa y cálculo. Ya estaba evaluando la nueva situación.

"Ahora, si me disculpan," dije, enderezándome y abriendo la puerta de par en par. "Tengo mucho trabajo que hacer para proteger mi futuro."

Los dejé en el pasillo, atónitos. Cerré la puerta y me apoyé en ella, mi cuerpo temblaba, pero no de debilidad, sino de una furia y una determinación heladas.

Momentos después, escuché sus voces a través de la delgada madera.

"¿Qué le pasa? ¿Está loca?" susurró Ricardo, su tono ya no era encantador, sino irritado.

"No te preocupes, mi amor," respondió la voz falsamente dulce de Camila. "Es solo un capricho. Una vez que la convenzas de la sociedad, la tendrás en la palma de tu mano. Ella es solo un escalón, ¿recuerdas? El dinero de su familia es lo que necesitamos. Una vez que lo tengamos, todo será nuestro."

"Confío en ti," respondió Ricardo, su voz se suavizó. "Eres mucho más inteligente que ella."

Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas.

Escalón.

Esa era yo para ellos.

No esta vez.

Esta vez, yo no sería el escalón.

Yo sería el precipicio.

Capítulo 2

La gala anual de la Asociación de Arquitectos de México era el evento más importante del año en nuestro círculo. Se celebraba en el Palacio de Bellas Artes, un lugar que imponía respeto y que esa noche estaba abarrotado de las figuras más influyentes del sector inmobiliario y la construcción. Para mí, en mi vida anterior, habría sido una noche de sonrisas forzadas, de actuar como la esposa perfecta del prometedor Ricardo.

Esta noche era diferente.

Esta noche, yo era Elena, soltera, la socia mayoritaria de una empresa en crecimiento, y el tema de todos los chismes.

Entré sola. Mi vestido era sencillo pero elegante, un rojo intenso que contrastaba con la sobriedad de la mayoría. Sentí las miradas sobre mí, escuché los susurros a mi paso.

"¿Esa no es Elena? Pensé que se casaría con Ricardo."

"Dicen que lo rechazó. ¿Te imaginas? Rechazar a Ricardo..."

"Pero siguen siendo socios. Qué raro. La nueva arquitecta, Camila, no se le despega."

"Esa chica es lista. Dicen que tiene a Ricardo comiendo de su mano."

Ignoré los comentarios. Mantuve la cabeza alta, caminando con una seguridad que no sentía del todo pero que proyectaba con cada fibra de mi ser. Me serví una copa de champán y me ubiqué en un punto estratégico desde donde podía observar todo el salón.

Doña Carmen, mi nana, me había dicho antes de salir: "Mija, esta noche no eres la novia de nadie. Eres la dueña. Que se les note en la cara."

Sus palabras resonaban en mi cabeza.

No tardaron en acercarse. Ricardo, con su sonrisa de un millón de dólares, y Camila, pegada a su brazo como una enredadera venenosa.

"Elena, te ves... impresionante," dijo Ricardo, su mirada recorriéndome de arriba abajo. Había un matiz de posesión en su voz que me revolvió el estómago.

"Gracias, Ricardo. Los negocios van bien, me permiten ciertos lujos," respondí, con una sonrisa amable pero distante.

Camila me sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Felicidades por nuestro primer proyecto, Elena. Aunque, claro, el concepto fue mío. Ricardo dice que tengo un talento natural."

"El talento sin ética es solo un atajo al fracaso, Camila," dije suavemente, tomando un sorbo de mi champán. "Espero que aprendas eso pronto."

La sonrisa de Camila vaciló por un segundo. Ricardo frunció el ceño.

"Elena, no seas tan dura," intervinó él. "Camila es joven y brillante. Deberías apoyarla, como socia."

"Apoyo el talento, Ricardo. No la ambición desmedida," repliqué, mi mirada fija en Camila.

Ricardo, sintiendo que perdía el control de la conversación, me tomó del brazo y me llevó a un rincón más apartado, lejos de oídos curiosos. Camila nos siguió, obviamente.

"Escucha, Elena," dijo Ricardo, su voz era un siseo bajo y urgente. "No sé a qué estás jugando. Rechazaste mi propuesta, pero insistes en esta sociedad. La gente está hablando. Esto no se ve bien para la empresa."

"¿Para la empresa, o para ti?" pregunté, arqueando una ceja.

"Para nosotros," insistió. "Aún podemos arreglar esto. Cásate conmigo. Olvidemos esta tontería. Te daré todo lo que quieras. Serás la señora de un imperio."

Era la misma arrogancia, la misma seguridad de que yo era un objeto que podía ser comprado con promesas vacías. En mi vida pasada, me habría derretido ante esas palabras. Ahora, solo sentía un profundo desprecio.

Me reí. Una risa corta y sin alegría.

"Ricardo, tu oferta llega tarde y es francamente insultante. Mi valor no está en ser tu esposa. Mi valor está en mi cerebro, en mi trabajo y en las acciones que poseo. Acciones que, por cierto, te recuerdo que son mayoritarias."

Su rostro se ensombreció. La máscara de carisma se resquebrajó, revelando al hombre manipulador que yo conocía tan bien.

"No puedes hacer esto sola, Elena. Me necesitas."

"Eso es lo que tú crees," respondí, tranquila.

Fue entonces cuando Camila decidió intervenir, su voz era pura miel envenenada.

"Elena, quizás no entiendes el mundo de los negocios. Ricardo es el rostro, el genio. Una mujer necesita un hombre fuerte a su lado para triunfar de verdad. Él te está ofreciendo una oportunidad de oro."

La miré fijamente. La joven e inocente pasante ya mostraba sus garras.

"Gracias por el consejo, Camila," dije, mi voz sonaba peligrosamente dulce. "Pero me parece que la que no entiende algo aquí eres tú. Te aferras a Ricardo como si fuera tu única tabla de salvación, pero los hombres como él no salvan a nadie, solo se salvan a sí mismos."

Me acerqué un poco más a ella, mi voz bajó a un susurro que solo ella y Ricardo podían oír.

"Disfruta de tu éxito inicial, Camila. Disfruta de los elogios y de la atención. Pero ten cuidado. Los diseños que se construyen sobre cimientos robados tienden a derrumbarse. Y cuando eso pase, asegúrate de no estar dentro."

Sin esperar respuesta, me di la vuelta y los dejé allí, plantados en medio del salón. Vi el destello de miedo en los ojos de Camila y la furia contenida en el rostro de Ricardo.

Había plantado la primera semilla de la duda.

Y apenas estaba comenzando.

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