Franco Baumann volvió después de tomarse un año sabático para curar su corazón y su ego lastimado. Su amor platónico lo rechazó por segunda vez y se ha casado con otro. Una llamada a medianoche lo obliga a regresar a casa para vengar la muerte de su padre y destruir a todos los implicados como solo él podría ser capaz de hacerlo. Ha dejado de importarle el precio que tendrá que pagar, como tampoco le interesa perderse a sí mismo en el proceso.
Livia Ávalos se alejó de su familia después de enterarse de todo el daño que han causado a otros por ambición. Ha renunciado a la fortuna a la cual tiene pleno derecho y se siente orgullosa por haberlo hecho, pero ahora tiene que luchar día a día para salir adelante por sus propios medios. Ella no tiene idea de que su fabuloso nuevo contrato y al que considera su boleto dorado, es solo para convertirla en un objetivo.
Franco quiere destruirla. Sobre todo, desea recordarle que aquel chico al que ella menospreció en el instituto, cambió. El único problema es que Livia lo ha olvidado y hacerla recordar sin ser obvio se ha convertido en parte de su venganza.
Evocar el pasado puede hacer la diferencia, sin embargo, saben que pueden poner en riesgo lo que más desean en la vida, están conscientes de que están jugando con fuego.
Franco
Franco revisó por tercera vez la carpeta que tenía frente a él. Tamborileó con su pulgar derecho sobre la superficie del cartón, haciendo un gran esfuerzo por no ver de nuevo esos detalles que ya había aprendido de memoria. Llenó de aire sus pulmones y miró al techo antes de soltarlo ruidosamente por la boca y luego repitió como un mantra los apellidos de las familias que le habían hecho daño a su padre.
Era verdad que debió estar al tanto de cada movimiento, también lo era el hecho de que, en lugar de viajar por el mundo, tenía que haber estado a su lado, pero tampoco podía negar que en ese momento solo podía pensar en sí mismo. Recordar los ojos cafés de Andrea García no le hacía ningún bien, mucho menos si volvía a ver ese maldito artículo sobre su feliz matrimonio y su perfecta familia. Un hijo más en su segundo matrimonio, donde tampoco sería su esposo. Quería odiarla con todo su ser, pero no podía.
Volvían a él sus sonrisas, todos los momentos en que él acudió a ella con un simple chasquido de sus dedos. Fue feliz y recordaría por siempre ese beso que logró sin proponérselo. Uno que retardó tanto como pudo para no arruinar la amistad con su mejor amigo, pero que al final no sirvió de nada. Estuvo tan cerca de hacerla suya -y vaya que lo deseaba-, pero el miedo en su mirada y el espacio que ella mantuvo entre ambos ardían en su pecho cada vez que lo recordaba. La había perdido para siempre.
Se tocó los labios intentando percibir aquella suavidad, pero no fueron los labios delicados de Andrea los que su mente siniestra trajo del pasado. Fueron los de la mujer que posaba en la imagen que tenía enfrente. La poseedora de una sonrisa maliciosa y una mirada demasiado perspicaz para su gusto. Su nombre plasmado sobre la carpeta se burlaba de él, casi podía escuchar sus carcajadas.
Livia Ávalos, la heredera que debía destruir y para la que había planeado desde hace meses una caída memorable. Era la quinta de su lista y con la que se deleitaría para hacerlo tan lento y doloroso como pudiese. Se lo debía a su padre y a sí mismo. Era a ella a quien esperaba con ansias. Era capaz de empezar a saborear de antemano la satisfacción de verla palidecer frente a él al reconocerlo, pues esa sería la señal de inicio para su venganza.
-Señor... -El sonido del intercomunicador con la voz de su secretaria lo hizo dar un salto en su lugar-. La señorita Ávalos ya está aquí.
-Hágala pasar y que nadie nos interrumpa -respondió solemne.
Se acomodó en su asiento, apoyando los codos sobre el escritorio y juntó sus manos alzando una ceja para recibirla. Le habían dicho que así se veía intimidante, pero un segundo antes de escuchar el sonido de la puerta, lo pensó mejor y caminó hasta la credenza a sus espaldas y apoyó el trasero en la orilla, antes de cruzar los brazos sobre su pecho. Su secretaria le mencionó más de una vez que así se le marcaban los músculos de manera «abrumadora». Ese era el término exacto que ella usó. Así que decidió que no estaría nada mal «abrumar» a esa mujer desde un principio.
-Buen día. -Livia se detuvo a unos pasos frente al escritorio con sus labios rojos curvados en una pequeña sonrisa.
-Gracias, Paty -dijo Franco despidiendo a la secretaria que lo miró con los ojos entrecerrados al notar dónde estaba sentado. Él la ignoró-. Buen día, señorita...
-Llámeme Livia, a secas. Me parece que somos de la misma edad. -Ella le extendió la mano con firmeza para estrechar la suya.
Franco vaciló un momento, intentando retrasar cuanto pudiese el saludo para que lo viera bien, para observar ese cambio radical en su estado, para que se desmayara del susto por volver a tenerlo frente a ella. No obstante, el único gesto que pudo apreciar en ella fue el desagrado por no apresurarse a tenderle su mano y saludar como era natural.
-Disculpe... -insistió él, sin querer abandonar su ansia por lograr su primera pequeña victoria-. Creí que nos conocíamos. -Quería hacerle entender con su mirada y su sonrisa de medio lado que era así.
-Hmm. No. No lo creo -respondió ella, elevando un solo lado de sus labios y mostrando un hoyuelo que, al segundo de formarse, lo ofendió con una eficacia inimaginable. Livia se acomodó uno de sus mechones pintados en varios tonos de azul hacia un lado del rostro y preguntó divertida-: ¿Puedo tomar asiento?
Franco no estaba consciente del momento en que accedió a su petición, pero suponía haberlo hecho ya que la pelinegra se acomodó en una silla frente a él.
-Bien, usted dirá... -lo exhortó con un ademán para que dictara el ritmo de la entrevista.
Franco tomó asiento a la vez, pero sin dejar de prestar atención a cada uno de sus movimientos relajados. La forma en que acomodó sus botas estilo militar al cruzar la pierna sobre su rodilla, enfundada en un pantalón negro tan ajustado que marcaba sus músculos sin reparo hizo que se le secara la garganta.
Sin embargo, era evidente que su estilo no había sido elegido para que fuese sensual. De hecho, era más bien andrógino y no estaba del todo seguro, pero le estaba molestando mucho eso. Sobre todo, el reparar por tanto tiempo en cada una de sus delicadas facciones. Se dio cuenta de que sus ojos parecían arrastrarse mediante una fuerza invisible hacia los ojos azules de ella, su boca y luego... más al sur, en una lucha sin fin por descubrir qué había bajo esa chaqueta negra que la cubría por completo.
El silencio se estaba convirtiendo en un momento bochornoso. Franco lo sabía, pero en su defensa debía decir que cuando planeó ese encuentro, jamás se imaginó que ella lo ignoraría con semejante desfachatez. Así que optó por presionarla un poco más y preguntó:
-¿Estudiaste en el Sagrado Corazón?
-Así es. Lo dice en mi hoja de vida. -Señaló la carpeta que descansaba sobre el escritorio con una de sus uñas pintadas en negro.
-Yo también. -Casi gruñó aquella frase. La verdad era que quería zarandearla por ser tan cínica.
-¿Ah, ¿sí? ¿De qué promoción eres? -Livia inclinó su rostro con sumo interés y Franco resopló, provocando que ella entrecerrara los ojos y viera la puerta de la oficina. Parecía como si considerara una posible salida en caso de que él fuese a perder la cordura de un momento a otro.
-Me gradué un año después que tú. -Exhaló con cansancio. Nada estaba resultando como quería.
-¡Ah! -Alargó la «A» con demasiada facilidad. Franco estaba a punto de golpear el escritorio con su puño para hacerla reaccionar-. Con razón. Espera... ese año se graduó Efraín García, el que ahora es arquitecto, ¿no es verdad? Me invitó a su fiesta de graduación.
Eso era demasiado bajo, hasta para una mujer como ella. Mencionarle justo la fiesta de su mejor amigo y pretender que no sabía quién era él, era cruzar la línea. Él era... era... Su respiración se aceleró con prisa y tuvo que aflojarse la corbata un poco para poder respirar mejor, pero eso tampoco parecía ayudar.
Livia estaba hablando. La veía mover los labios. Labios rojos, muy rojos. Los mismos que había besado bajo las escaleras del gimnasio la mañana en que fue «seleccionado». Él fue el receptor del famoso galardón que ella misma había puesto de moda.
-¿Qué? -preguntó como un estúpido. Debía concentrarse.
-Dije que, si no te sientes bien, podemos posponer la entrevista. -Su sonrisa semi curvada empezó a convertirse en una de las cosas que menos le gustaban en la vida.
-No. -Agitó la cabeza de un lado a otro casi de manera imperceptible y se recompuso después de aclararse la garganta-. Estoy...
No lo dejó terminar. Ella se puso de pie con confianza y se dirigió hasta una mesa donde descansaba una jarra de agua fría y la sirvió en un vaso largo. Se acercó demasiado a su lado y se la entregó. Pero no fue eso lo que lo dejó petrificado. Fue el hecho de que ella elevara su mano y la posara sobre su frente con demasiada familiaridad.
-Lo siento -dijo ella retrayendo su mano y posándola sobre su pecho como si se hubiese quemado-. Estás muy pálido y no me gustaría que murieras de un infarto frente a mí.
Aquella respuesta creó una lucha interna en su pecho. Fue un impulso violento el que lo arrasó al sentir sus dedos sobre él. Esas simples palabras las sintió como veneno y no pudo reprimirse al responder:
-No. Fue mi padre al que mataron así.
-Lo siento -repitió. Ahora ella era quien estaba pálida.
Franco no lamentó en absoluto aquel giro enrevesado de escenario, pero el simple hecho de haberla incomodado ya contaba como un pequeño logro.
Su primera impresión sobre ella ahora no importaba, que diera muestras de un poco de sensibilidad tampoco, había llegado a él era todo en lo que debía concentrarse.
-No te preocupes. Fue hace mucho -mintió, agitando su mano para restarle importancia-. Livia, quiero que trabajes para nosotros.
-Sí, leí tu propuesta, pero no estoy del todo segura.
-¿La oferta no es tentadora para ti? -provocó él alzando una ceja-. Estoy seguro que te propusimos una suma considerable. Un poco más alta que el promedio si me permites decirlo.
-Como habrás visto en mi portafolio, soy una fotógrafa documentalista, no una de...
-Publicidad -completó él, con una sonrisa desdeñosa que hizo que Livia juntara sus cejas. Se dio cuenta que ella no había aceptado lo del sueldo. Eso significaba que quería lo que a él le sobraba; dinero y eso lo hizo sonreír antes de añadir-: Pero nos gusta tu estilo y creemos que va con la siguiente campaña en la que ya estamos trabajando. Además, no debe ser tan complicado tomarles fotos a mujeres hermosas.
-Si no es nada complicado, puedes hacerlo tú -dijo apretando los dientes con una fuerza que él estaba disfrutando. Tenía carácter y eso lo volvía un juego interesante-. Esta profesión es arte. No es la cámara, es el fotógrafo el que es capaz de captar la luz adecuada para controlar cada imagen. Debes saber con exactitud qué es lo que quieres y cómo lograrlo. Se trata de contar una historia a través del lente.
-Pareces muy apasionada.
Franco no se sorprendió por su efusividad, pero sí lo impresionó que lo hiciera aun sabiendo la precariedad con la que vivía en esos momentos.
-Me gusta lo que hago. -Alzó el mentón desafiándolo-. ¿De quién depende el departamento creativo? Leí que Elías Kramer se acaba de unir al equipo, ¿lo liderará?
-Lo lidero yo. -Saboreó el momento en que su sonrisa se desvaneció en sus labios-. Trabajarías a su lado, pero las decisiones son mías.
-Supongo que cubren el equipo.
A Franco le llamó la atención que destacara ese punto. Después del discurso ególatra por su profesión, le daba la razón. Ella no tenía dinero, así que fingió meditarlo hasta que ella se removió en su asiento.
-Por supuesto. Sabemos consentir a nuestro talento con lo mejor. -Extrajo su chequera y firmó sobre el talonario fingiendo poco interés en lo que hacía. Lo arrancó y se lo entregó con una sonrisa-. Dos meses de adelanto -explicó ante su gesto de sorpresa que duró solo un segundo-. Claro..., si aceptas.
-¿No me harás una prueba?
-Sé lo que quiero cuando lo veo -dijo con toda la intención de ponerla nerviosa.
Le dio esa mirada que lo había hecho famoso entre las mujeres de la ciudad, pero ella ni siquiera lo miró. Estaba enfocada en el trozo de papel y eso le magulló el orgullo. Otra vez.
-Entonces, acepto -respondió elevando el rostro y mirándolo como si él no la hubiese intentado seducir con su famosa sonrisa rompe bragas-. ¿Cuándo empiezo?
-Mañana mismo. A las...
-Franco, estas son las que quiero. Tienen las medidas perfectas y se ven... deliciosas -dijo un hombre que llevaba sobre sus brazos tantas carpetas que casi lo cubrían por completo.
-Elías...
-No, es que tienes que verlas, hombre. Hay una yugoslava que me llama con la mirada. Esa me la quedo, tú elige entre las otras...
-Elías... -dijo en un tono severo para que se callara de una vez.
-Sabes que eres un tramposo y soy un amigo compasivo, pero esta vez esa mujer me va a lamer las...
-¡Elías! -gritó con firmeza. Se sentía avergonzado de haber llevado a su amigo a trabajar con él, era un gran profesional, pero su falta de filtro les había generado muchos dolores de cabeza. Sin embargo, era el único que podía ayudarlo a mantener vigilada a Livia sin que sospechara.
-¡Oh, vaya! Mil disculpas -dijo el castaño antes de dejar las carpetas sobre su escritorio. Se inclinó en una reverencia que lo hizo reír, pero Livia no parecía halagada-. Un placer. Elías Kramer y ¿tú eres?
-Livia Ávalos. La de la Canon 60D.
Elías cambió de actitud en un segundo. Aquella diversión se apagó y Franco vio con horror el fuego que despertó en sus ojos verdes. No, eso no podía estar pasando.
-Nunca aceptaste mi invitación a cenar -dijo Elías en un tono que él conocía demasiado bien-. Mi 5D y yo nos sentimos tan, pero tan desairados.
Él negó, sintiendo las manos sudadas. Cuando Elías nombraba a su cámara y a él en una misma oración era porque iba en serio. No importaba lo estúpido que a él le siguiera pareciendo eso.
-Podría considerarlo, ahora que trabajaremos juntos no me parece imposible. -Livia elevó una ceja a la perfección y sonrió con tal coquetería que él tuvo que apretar los puños para reprimir el impacto que causó en su entrepierna.
-¿Me perdí de algo? -interrumpió después de aclararse la garganta un par de veces y llamar la atención de ambos.
-Yo... yo... -balbuceó su amigo con un leve sonrojo en sus mejillas.
-Es una historia divertida. Dejaré que él te la cuente. -Livia se puso de pie y le extendió la mano a él para despedirse y luego a Elías, quien dudó por un segundo, pero al final le besó el dorso con galantería. Franco quería golpearlo-. Deberías chequearte la presión -dijo ella mirándolo directamente y señalándose el corazón antes de atravesar la puerta de la oficina.
Ambos la vieron salir y guardaron silencio sin saber qué decir.
Franco seguía incrédulo ante la actitud nerviosa de su amigo, algo tan pocas visto en su vida que decidió callar antes de saltarle encima, porque era justo lo que deseaba hacer en ese momento.
-¿Cómo te fue con tu plan? -Elías revisaba el contenido de las carpetas, pero Franco sabía que no estaba viendo nada en realidad.
-Todo se fue al infierno -contestó sin esperar que Elías sonriera por sus palabras y le dedicara una mirada de disculpas que no aceptaría tan fácilmente-. ¿Me vas a decir qué fue todo eso? -señaló el lugar donde minutos antes estuvo Livia.
-No.
Franco vio salir a su amigo apresurado de su oficina y perderse por el pasillo que le mostraba la pared acristalada. Al tercer paso no caminaba, el maldito corrió tras Livia, estaba seguro.
Sintió unas ganas irrefrenables de ir por él y obligarlo a responder, pero la seguridad que le brindaba la entrega del cheque lo hizo desechar la idea. Ya tendría tiempo de averiguarlo. Además, Elías jamás intervendría en sus planes, era su amigo.
El siguiente ataque estaba preparado para esa misma noche. La vería de nuevo, pero ella no lo sabía. Pudo habérselo dicho para no sorprenderla, pero todos los planes de esa mañana habían sido desintegrados bajo la sonrisa de sus labios rojo escarlata.