Actualidad
Sídney, Australia
Ian
A pesar de resistirnos, hay amores que se quedan anclados en el alma como barcos varados en una orilla olvidada. Quizás porque nunca hubo un adiós real, solo un eco lejano de lo que pudo ser. Tal vez porque la herida sigue abierta, ardiendo con un dolor amargo con el que aprendimos a sobrevivir. O simplemente porque nos cuesta soltar, como quien aferra un puñado de arena, aunque se deslice entre los dedos. Nos aferramos a los recuerdos como si fueran un salvavidas en medio de un océano de soledad, con la absurda esperanza de que el pasado regrese y nos rescate.
Pero no es masoquismo. Tampoco es nostalgia romántica. Es algo más profundo, más cruel. Es el silencio que nos ahoga en lo que nunca fue, es el peso de la cobardía, es el miedo a olvidar. Su voz sigue taladrando mi mente, su risa aún resuena en mis noches, y su mirada dulce aparece en los sueños donde desearía quedarme atrapado para no enfrentar la realidad que me devora por dentro. Y su aroma... ese aroma a chicle y vainilla sigue impregnado en cada rincón de mi memoria, como un fantasma que se niega a desvanecerse.
Sí, nos aferramos a una caja de recuerdos llenos de promesas que jamás se cumplieron. Poemas ridículos que ahora suenan a burla, fotografías de dos jóvenes enamorados, palabras que hablaban de un futuro que nunca llegó. Un sueño hermoso que se desmoronó en mis manos, dejándome con este vacío que ni el tiempo ha sabido llenar.
Supongo que soy el mejor ejemplo del mal de amores. Dejé atrás a la mujer de mi vida, y no fue por dinero, ni por egoísmo, ni por cobardía. Fue porque la vida me puso a prueba y no encontré la forma de ganar. Desde aquella noche en que mi destino cambió, la herida sigue abierta, sangrando recuerdos, llenando mis días de arrepentimiento. Y me pregunto si pudiera volver atrás... ¿lo haría diferente? Quizás hoy Amber y yo estaríamos casados, con niños corriendo por una casa cuya hipoteca seguiría pagando, pero al menos sería feliz.
No como ahora. No como este hombre amargado, lleno de rabia y atrapado en una soledad que me consume cada noche. Ni siquiera el trabajo como vicepresidente comercial de una de las firmas más importantes de Sídney es suficiente. Es solo una maldita vida llena de lujos y dinero, pero sin ella, nada tiene sentido. Tanto que no tengo una relación real, y lo más cercano a un noviazgo es este acuerdo absurdo con Shirley. La morocha de ojos verdes que me persigue como un cazador acecha a su presa. No está enamorada de mí, como algunos ilusos creen, y yo no me aprovecho de ella como otros pueden pensar. ¡Por favor! Shirley es una de esas niñas ricas mimadas que disfrutan tener a los hombres a sus pies. La conozco desde la universidad, desde esa época en la que aún creía que la vida podía darme algo más que dinero y poder. Ahora, solo me queda el ruido ensordecedor de mi propia soledad y la certeza de que, aunque tenga el mundo en mis manos, sin Amber no tengo nada.
En fin, otra tarde de reuniones de trabajo que amenaza con extenderse hasta la noche. La sala de juntas está iluminada por luces frías, el aire pesado con el murmullo de voces y el eco de hojas pasando de mano en mano. Escucho atento al idiota lambiscón del Marketing, sus palabras empalagosas resbalan en mis oídos, mientras Parker, el de inversiones, me lanza un discurso mecánico sobre las proyecciones de utilidades del año. Quieren impresionarme, pero hoy no estoy de humor para lidiar con estos hipócritas.
Cierro de golpe la carpeta con un chasquido seco que corta el aire, la dejo a un lado y suelto un suspiro, sintiendo la tensión en mis hombros. Finalmente, dejo escapar mi voz, firme y sin paciencia:
-Parker, las proyecciones son especulaciones, cifras irreales. Lo que necesito son datos concretos. Así que dame un maldito informe en base a los últimos seis meses de ventas. Luego habla con el presumido de Lester y dile que deje de perder el tiempo con el negocio de Nueva York.
Parker traga saliva, tamborilea con los dedos sobre la mesa, pero asiente en silencio. Jeremy, en cambio, se revuelve en su asiento como si le hubieran pisado el ego.
-Jeremy no quiero que seamos el hazmerreír de la ciudad por tus brillantes ideas -mi voz suena con sarcasmo mientras lo miro fijamente, esperando su reacción.
Jeremy frunce el ceño, su pose ofendida se acentúa. Se inclina hacia adelante con indignación palpable y escupe sus palabras con voz teatral:
-¡Grosero! Me has llamado incompetente. En mi vida me han humillado de esta manera. ¡Esto es intolerable y lo hablaré con Raphael!
Su expresión de falsa tragedia, el ademán exagerado de sus manos, me resultan irritantes. Suelto una risa seca y lo encaro, clavándole una mirada gélida.
-Habla con quien puta te dé la gana, no me importa. Entiende que tú eres otro subordinado bajo mis órdenes, no soy uno de tus amigotes con los que estás acostumbrado a hacer berrinches -mi voz es grave, cortante, mientras me levanto del asiento.
La sala se sumerge en un incómodo silencio. Nadie se atreve a replicar. Miro a los presentes con hastío.
-Señores, si no hay más puntos a discutir, doy por terminada esta reunión. ¡Buenas tardes!
No espero respuesta. Avanzo con pasos firmes hacia la puerta, acomodándome el botón de mi saco. La abro con decisión y salgo, inhalando profundo, sintiendo que por fin puedo respirar lejos de estos parásitos. Pero apenas doy dos pasos cuando Beatriz, mi secretaria, aparece caminando a toda prisa, con el ceño fruncido y una libreta en la mano.
-Señor Field, llamó su... amiga Shirley para recordarle que hoy es la fiesta de su familia.
Me detengo en seco y le lanzo una mirada de fastidio.
-¿Hoy es la fiesta? -averiguo con mi voz irritada y ella asiente con paciencia infinita, ajustándose las gafas con un gesto cansado.
-Sí, señor Field. Desde hace dos días se lo vengo recordando y no hay manera de que pueda ausentarse -señala con su voz inquieta y aprieto la mandíbula, soltando un suspiro pesado.
-Gracias por recordármelo, Beatriz -respondo con resignación, retomando mi camino, sintiendo el peso de otra noche desperdiciada en compromisos vacíos.
Unas horas más tarde
¡Mierda! ¿En qué demonios estaba pensando al aceptar esta invitación? Las fiestas de la familia de Shirley son un desfile de superficialidad y aburrimiento, pero no tenía escapatoria. Peor aún, tuve que recogerla en su departamento y soportar su incesante queja sobre su "día fatal", como si ir de compras fuera una tortura para ella. Vamos, su clóset es más grande que mi pent-house. Tal vez exagero... o tal vez no.
Respiro hondo, preparándome psicológicamente para lo que seguro será una noche insufrible. Apago el motor frente a la majestuosa mansión de sus padres y me esfuerzo por esbozar una sonrisa antes de abrir la puerta. Paso frente al auto y, como dictan las normas del caballerismo absurdo en el que me veo envuelto, le ofrezco la mano para que baje.
Camino a la entrada sintiéndome como un condenado dirigiéndose a su ejecución, con la diferencia de que yo mismo elegí esta sentencia. Carraspeo levemente, ajustando mi máscara de cortesía justo cuando la enorme puerta se abre. Apenas han pasado dos segundos y ya estoy cara a cara con Benjamín, el padre de Shirley.
-¡Ian! -su voz es firme, su sonrisa cuidadosamente calculada para parecer hospitalaria-. Es un gusto volver a verte. Pasen adelante.
Me tiende la mano con esa cortesía impostada que no engaña a nadie. Le devuelvo el apretón con la misma frialdad.
-Hola, hija, te ves deslumbrante como siempre -añade, girándose hacia Shirley con una expresión de orgullo, besando sus mejillas con la precisión de alguien que sigue un guion preestablecido-. Tu madre está con los Wilson, cerca del jardín.
Shirley se sumerge en la multitud sin mirar atrás, ansiosa por mezclarse con sus amigos snob. Agradezco su repentina desaparición y aprovecho la oportunidad para deslizarme fuera del radar. Tomo una copa de champán de la bandeja de un mesero y me alejo por el pasillo, moviéndome con sigilo hacia la biblioteca. Al llegar, empujo la puerta con más fuerza de la necesaria, y entonces...Me congelo.
Frente a mí, de espaldas, hay una silueta inconfundible. Mis pulmones olvidan cómo respirar.
-¡¿Amber?! ¿Eres tú? -mi voz se quiebra con incredulidad, la copa en mi mano tiembla apenas perceptible.
Como si el tiempo se ralentizara, ella gira lentamente. Su rostro, al principio desencajado por la sorpresa, se transforma en una máscara de incredulidad y rabia contenida. Su mirada me atraviesa, helada y feroz.
-¡Ian...! -su voz está impregnada de una emoción que no alcanzo a descifrar. Luego, su expresión se endurece-. ¿Acaso esto es una especie de venganza? ¿Qué demonios haces en mi cena de compromiso?
Sus palabras son un puñetazo en el estómago. Un zumbido ensordece mis oídos. Intento tragar saliva, pero el nudo en mi garganta es un maldito puño de acero. Todo se tambalea: la habitación, el aire, mis pensamientos. No puedo responder. No puedo moverme. Solo puedo mirarla y ahogarme en la realidad brutal que acabo de enfrentar.
El mismo día
Sídney
Amber
Supongo que todos, en algún momento, hemos vivido una decepción amorosa. Pero lo verdaderamente desgarrador no es solo perder a alguien, sino la traición del destino cuando te atreves a creer que tu felicidad será eterna. Cuando sientes que nada ni nadie podrá apagar ese amor que parecía invencible... hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, todo se derrumba como un castillo de naipes. Es como si el universo te gritara que no tienes derecho a amar.
Primero llega la incredulidad, ese instante en que te niegas a aceptar la realidad porque duele demasiado. Luego, la rabia te consume, quema como fuego en las entrañas, convirtiendo cada recuerdo en una daga. La impotencia se instala en el pecho, asfixiante, insoportable. Y después... la resignación. Pero esa última etapa casi nunca nos alcanza por completo. Nos aferramos al pasado, repasando una y otra vez dónde fallamos, en qué momento todo se fue al carajo, por qué no vimos las señales a tiempo. Nos torturamos con preguntas sin respuesta, mientras el dolor nos devora.
Entonces llega el intento de olvido. Borramos fotos, evitamos lugares, nos aferramos a la absurda idea de que, si eliminamos cada rastro de esa historia, podremos dejar de sentir. Pero, en el fondo, sabemos que no funciona así. Quizás es solo un mecanismo de defensa, un intento desesperado de cerrar las heridas, de encerrar los recuerdos en un baúl con mil candados para que no nos sigan destrozando.
Yo también tengo una historia de amor que aún no he podido olvidar. Hubo un tiempo en que Ian era mi todo. No importaban las dificultades, no importaba que fuéramos demasiado jóvenes, ni que apenas nos alcanzara el dinero para sobrevivir en aquel diminuto departamento de estudiantes. Éramos felices, o al menos yo lo era. Soñaba con una vida a su lado, con formar una familia, con envejecer juntos.
Pero todo cambió en una sola noche. Una noche que sigue atormentándome, repitiéndose en mi mente como un eco cruel, sin tregua. Como si estuviera condenada a revivirla una y otra vez.
Melbourne, 7 años atrás
Todavía intento descifrar este cambio repentino en nuestra noche de películas. No es que me desagrade la idea de cenar en un lugar romántico con mi novio, pero hay algunas razones por las que un hombre te lleva a un restaurante elegante: quiere llevarte a la cama, necesita avivar la relación o planea pedirte matrimonio.
Sin embargo, no creo que sean las dos primeras opciones. Después de cuatro años juntos, seguimos enamorados como el primer día, al punto de sentir que debemos avanzar, tal vez comprometiéndonos. Hemos hablado de nuestra casa ideal, de un futuro juntos, aunque también somos conscientes de nuestra realidad: seguimos en la universidad, estamos pagando préstamos y apenas cubrimos el alquiler. Sería una locura pensar en hijos cuando todavía estamos aprendiendo a sobrevivir.
Vuelvo a mirar a Ian. Tiene esa sonrisa coqueta que intenta disimular mientras sus manos se aferran al volante con fingida inocencia. Tararea una canción, su manera de provocarme porque sabe que odio las sorpresas. Me muerdo el labio, respiro hondo, pero al ver que el semáforo sigue en rojo y él sigue jugando a hacerse el misterioso, no aguanto más.
-Amor, ganaste... -suelto con dramatismo-. Conseguiste enloquecerme con tanto misterio. Haré lo que quieras, pero termina con tu pequeña tortura.
Ian me lanza una mirada de falsa indignación.
-¿Tortura? ¿En serio? -repite con tono dramático-. ¿Le llamas tortura a que tu novio quiera tener un detalle lindo contigo? Eres cruel, mi pecosa.
Le lanzo una mirada de reproche.
-No juegues, Ian... sabes perfectamente a lo que me refiero.
Su sonrisa traviesa se ensancha, pero no responde de inmediato. Sigue conduciendo como si no hubiera dicho nada, dejándome en la incertidumbre.
-Estoy confundido, mi pequeña pecosa -dice al fin, con fingida inocencia-. ¿Me explicas a qué te refieres?
Ruedo los ojos y le dedico una sonrisa burlona.
-Ahora me harás adivinar el motivo de esta cena repentina... -finjo pensarlo-. Veamos... ¿Conseguiste la entrevista en Hampton y Asociados?
Sus ojos grises se iluminan con el reflejo de las luces de la calle. No dice nada, pero su expresión me da una pista.
-O quizás... -alargo la palabra, divertida-. ¿Quieres pedirme matrimonio?
Ian suelta una carcajada y sacude la cabeza.
-Bueno, estuviste muy cerca, mi pecosa.
Frunzo el ceño, intrigada.
-¿Entonces?
En lugar de responder de inmediato, se muerde el labio, juega con mis nervios. Me desabrocho el cinturón de seguridad en señal de impaciencia.
-Habla ya, amor. Deja el misterio.
Finalmente, se rinde y deja escapar una sonrisa de triunfo.
-No solo conseguí una entrevista con Raphael Gordon, el CEO de la empresa... -hace una pausa, alargando el suspenso-. Tienes frente a ti al próximo asistente junior de la presidencia.
Abro los ojos de par en par.
-¿En serio? ¡Eso es buenísimo! -grito emocionada, lanzándome sobre él para abrazarlo con fuerza-. ¡Te lo mereces!
Ian ríe contra mi cuello y cuando nos separamos un poco, acaricia mi rostro con ternura. Su mirada brilla con algo más profundo que felicidad: amor, orgullo, gratitud.
-Todo es gracias a ti... -susurra, con la voz cargada de sinceridad-. Por apoyarme, por estar a mi lado, por aguantar esos días de mierda... pero ya no más. Ahora te daré todo lo que te mereces. Conseguiré un departamento decente y...
Deja la frase inconclusa.
-¿Y? -presiono, sin apartar mis ojos de los suyos.
Ian me mira intensamente, con una sonrisa suave en los labios.
-Y pondré una sortija en tu dedo... si estás dispuesta a aguantar a este tonto que se muere de amor por ti.
Su aliento choca contra mi piel, su voz se desliza como una caricia. Estoy tan emocionada que apenas puedo reaccionar. Solo asiento con la cabeza, incapaz de hablar.
Ian se inclina y sus labios capturan los míos en un beso que incendia cada parte de mi ser. Siento que el corazón me estalla en el pecho, que todo mi cuerpo vibra con una intensidad nueva, maravillosa.
Y entonces, un rechinar de llantas rasga el aire. Un impacto brutal contra nuestro auto. El mundo se sacude, se retuerce en la oscuridad.
Así comenzó mi pesadilla. Un auto nos embistió, arrebatándome la vida tal como la conocía. Desperté dos semanas después en una cama de hospital, rodeada de luces frías y el pitido constante de las máquinas. Pero Ian no estaba ahí. En su lugar, encontré a mi hermana menor, Ingrid, y a Joseph, un compañero de la universidad.
No hubo explicaciones. No hubo una llamada de despedida. Ni una nota, ni un motivo. Nada.
Maldita sea, nada. Y esa herida sigue abierta, sangrando preguntas sin respuesta que hasta el día de hoy me atormentan.
Lloré su ausencia durante meses, esperándolo en nuestro departamento, aferrándome a la esperanza absurda de que volvería. Pero no lo hizo. Al final, tuve que seguir adelante. Me mudé con mi hermana, terminé mi carrera en Economía y Finanzas, y conseguí un empleo. O, mejor dicho, Joseph Carrington se encargó de convencerme de aceptar su oferta en la empresa de su familia. Aunque ni los logros ni el tiempo han sido suficientes para borrar su fantasma de mi vida.
De todas formas, tuve algunas relaciones, sí, pero todas superficiales. Nada de compromisos, nada de ataduras. Nunca dejé que nadie se acercara demasiado. Hasta que, sin darme cuenta, terminé involucrada con Joseph... o simplemente me rendí a lo evidente.
Él siempre estuvo ahí. Desde aquella noche en la que mi mundo se partió en dos, fue quien me sostuvo cuando apenas podía mantenerme en pie. Me ofreció su amor sin exigir nada a cambio, sin presionarme. Y tal vez por eso acepté comprometerme con él. Lo sé, lo sé... un matrimonio necesita más que amistad y gratitud, pero me convencí de que sería suficiente. Me repetí tantas veces que podría hacerlo, que cuando llegó el momento, simplemente asentí.
Incluso accedí a tener la fiesta de compromiso en la casa de su padrino, Benjamín O'Connor. Me daba igual la maldita celebración, pero a Joseph le importaba. Y, por una vez, decidí ceder. No seas una perra, acepta. No te cuesta nada.
Pero lo que jamás imaginé-ni en mis más jodidas pesadillas-era que el pasado me esperaba en esa casa, afilando los dientes para destrozarme. Ian.
¡Mierda! El aire se evapora de mis pulmones. Está aquí. Frente a mí. Vivo. Y lo peor es que no luce destrozado, ni vencido por el tiempo. No, el muy tonto está más guapo que nunca.
La barba y el bigote le dan un aire rudo, más maduro. Bajo ese traje negro, se nota que su cuerpo ha cambiado: brazos firmes, abdomen trabajado, la misma postura arrogante que siempre me desesperó... y me encantó. Su cabello castaño sigue corto, justo como me gustaba recorrerlo con los dedos, y sus ojos... maldita sea, sus ojos.
Ese gris gélido aún tiene el poder de desarmarme. Pero hay algo más en su mirada. Algo que no puedo descifrar. Tristeza, rabia.... ¿Amor? No. No puede ser. Tal vez es solo mi maldita manía de creer que aún le importo, al punto de estar aquí, delante de mí, fingiendo sorpresa.
El aire entre nosotros se espesa, cargado de reproches no dichos, de rencores que arden bajo la piel. Ninguno retrocede. Ninguno aparta la mirada. El silencio es un campo de batalla, y estamos en guerra. Entonces, él suspira, ladea la cabeza y curva los labios en una sonrisa burlona.
-¿Venganza? -su voz es profunda, levemente áspera, como si le divirtiera la idea-. ¿Por qué haría algo así? Todo lo contrario. Si alguien aquí debería pensar en revancha... eres tú. Sigues dolida por el pasado.
Su tono me revuelve el estómago. Aprieto la mandíbula y clavo las uñas en mis palmas.
-Te has vuelto un maldito engreído si crees que todavía me importas -digo, con la voz firme, aunque por dentro estoy hecha pedazos-. Moriste para mí aquella noche del accidente. ¿Lo entiendes?
Su mirada se endurece al instante.
Los músculos de su mandíbula se tensan, y sus fosas nasales se dilatan levemente, como un lobo a punto de atacar.
-¡Ah, perfecto! -gruñe, su voz se vuelve más grave, como si cada palabra le quemara la garganta-. Eso es justo lo que quería escuchar. Así todo es más simple, porque para mí también todo terminó esa puta noche.
Su veneno se cuela bajo mi piel, directo a mis cicatrices. Me quema, me destroza, pero no me permito quebrarme. No frente a él. Alzo el mentón y me obligo a sostener su mirada.
-Entonces haznos un favor, Ian. No arruines mi cena de compromiso con Joseph. Sé maduro y compórtate a la altura. ¿Puedes hacerlo?
Una chispa de furia se enciende en sus ojos. Pero, en lugar de responder de inmediato, deja que el silencio se prolongue.
Luego, sonríe de lado, con esa expresión cínica que tanto odié y tanto amé.
-¿Te preocupa el idiota de tu prometido? -murmura, dando un paso hacia mí. Su voz es un susurro peligroso, cargado de algo que me revuelve el estómago-. Tranquila, no le diré lo que fuimos. Eso es parte del pasado.
Se inclina apenas, lo suficiente para que su aliento roce mi piel.
-O tal vez no... -su sonrisa se amplía con una arrogancia venenosa, como si pudiera ver a través de mí, como si supiera que aún tengo grietas por donde se cuela su sombra-. Tal vez aún te descontrolo con una sola mirada, pecosa. ¿Verdad?
Su voz es un roce en mi piel, un latigazo de fuego recorriéndome la columna.
Lo odio. Odio que me llame así. Odio que su cercanía me afecte. Odio... que aún tenga ese jodido poder sobre mí. Pero no lo dejaré ganar. No esta vez.
-¡Vete a la mierda, Ian! -escupo, sintiendo la rabia arderme en la garganta.
Me giro sobre mis talones, dispuesta a largarme de esta maldita biblioteca y poner tanta distancia como me sea posible entre nosotros, pero no llego lejos.
En un parpadeo, su mano atrapa mi brazo con firmeza y me jala hacia él. El impacto de su cuerpo contra el mío me roba el aliento. Quedo atrapada.
Su pecho se alza y desciende con respiraciones contenidas. La tela de su traje es un muro entre nosotros, pero aun así puedo sentir la tensión vibrando en cada músculo de su cuerpo.
Abro los ojos, desconcertada por su reacción. Trago saliva, mi corazón golpeando contra mis costillas como un animal enjaulado.
-Suéltame -murmuro, pero su agarre se mantiene. No es agresivo, no es violento... pero es inquebrantable.
Sus dedos se aferran a mi piel con la misma intensidad que su mirada a la mía. Y entonces lo dice.
-¿Lo amas... como me amabas a mí? -su voz baja, profunda, se clava en mis oídos como una sentencia, pero el gris de sus ojos me atrapa, consumiéndome en un mar de dudas.
La misma noche
Sídney
Ian
Nada te prepara para enfrentar tus errores. Puedes haber imaginado el peor escenario, ensayado cada palabra como un actor antes de subir al escenario, repetirte que nada te afectará, que serás indiferente, maduro, fuerte. Pero la realidad es un golpe seco, un puñetazo directo al estómago cuando las heridas siguen abiertas y el dolor, en lugar de menguar, te grita en la cara: idiota. Porque lo eres al pensar que puedes controlar lo que sientes, al creer que puedes mirarla y no quebrarte.
Pero te das cuenta de que aún duele. Que su ausencia sigue siendo un eco en tu pecho. Que la herida nunca cerró, solo aprendiste a ignorarla. Que una sola mirada suya es suficiente para desgarrarte desde adentro. Y entonces, el mundo se reduce a una pregunta que te quema la lengua: ¿por qué? ¿Por qué la dejaste ir? ¿Por qué nunca fuiste sincero? ¿Por qué sigue clavándose en tu piel como si nunca se hubiera ido?
Y aunque no quieras admitirlo, aunque la rabia te obligue a fingir lo contrario, sabes que bastaría una sola palabra en el tono correcto para hacerte olvidar todo. Para correr a sus brazos como si el tiempo nunca hubiera pasado. Para intentar retomar la historia justo donde se quedó.
Pero el orgullo es una venda sobre los ojos, y la rabia, una sombra que susurra veneno en el oído. Así que disparas primero. Empuñas las palabras como cuchillas, intentando alejarla antes de que descubra que sigues siendo el mismo idiota de siempre: aquel que la amó con locura y que, a pesar de todo, todavía lo hace.
Mentiría si dijera que nunca imaginé volver a encontrarme con Amber. Al contrario, cientos de veces soñé despierto con ese momento. A veces bastaba con verla sonreír, esa maldita sonrisa coqueta que siempre me desarmaba. Otras, me conformaba con un saludo frío, distante, pero que al menos me diera la certeza de que aún existía en su mundo. En el mejor de los casos, fantaseaba con que nos sentaríamos a tomar un café, hablando como dos viejos amigos que se amaron hasta los huesos. Y en el peor... me aferraba a la esperanza absurda de que todavía podía recuperarla.
Pero la realidad distaba mucho de lo que imaginé.
El aire de la biblioteca se siente pesado, sofocante, como si las paredes se cerraran sobre nosotros, y el silencio solo lo rompen nuestras respiraciones. No hay sonrisas, ni saludos amables. Solo rabia. La suya. La mía. Una chispa a punto de incendiarlo todo.
Y sus reclamos me golpearon como un látigo, y aunque sé que tiene derecho a odiarme, a reprocharme por haberme ido sin explicaciones, sin un adiós... no pude evitar que mi ira brote con la misma intensidad. Si tan solo supiera la verdad, lo entendería. Pero ya no tiene sentido remover el pasado. ¿Para qué? Ella tiene una nueva vida en la que yo no encajo. Se va a casar con Joseph Carrington, un puto parásito rastrero.
No, no son mis celos los que hablan. Conozco demasiado bien a ese bastardo. Sé lo que es en realidad: un oportunista disfrazado de caballero, un depredador con modales refinados. Y lo peor es que Amber, contra toda lógica, parece haber logrado lo imposible: domarlo. Pero ¿de verdad lo ha cambiado? ¿O simplemente no ve la verdad de su querido prometido?
Por eso necesito escucharla decir lo que siente por él, o quizás es parte de conservar un gramo de esperanza de poder volver a su vida, de volver a ser el dueño de su corazón.
Sigo sujetando su brazo con firmeza, sin lastimarla, pero tampoco con intención de soltarla. No puedo. Lo malo es que su cercanía es una maldita tortura. Su perfume, el mismo de siempre, me envuelve y me enloquece. Su piel arde bajo mis dedos. Y sus labios... joder, sus labios. No puedo dejar de mirarlos, de imaginarme devorándolos hasta que todo el dolor desaparezca. Mi respiración se vuelve errática. El corazón me bombea con violencia, seco de palabras, sediento de certezas. Una sola señal, eso es todo lo que necesito.
De repente su voz se clava en mi pecho como una daga.
-Ian, tu pregunta es ridícula. Nadie se compromete sin amor. Ahora, suéltame.
El tono amargo de su voz me hace apretar la mandíbula hasta doler.
-Esa no es una respuesta -espetó con la rabia trepándome por la garganta-. Mucha gente se casa sin amor. Por estatus, por seguridad, por miedo a estar sola...
La expresión de Amber cambia en un instante. Sus ojos marrones centellean con furia, su boca se tuerce en una mueca de desprecio. Sé en ese segundo que he cruzado la línea. Que estoy a un maldito segundo de recibir una bofetada por mi bocotá.
¡Mierda! Me maldigo a mí mismo. Sigo metiendo la pata con ella. Hablar con Amber ahora es como caminar sobre vidrios rotos. ¿Cómo demonios le digo que la sigo amando sin arruinarlo todo?
Respira hondo, Ian. Inténtalo de nuevo. Sin cagarla esta vez me repite mi interior.
-Entonces te lo pregunto otra vez, pecosa -murmuro, esta vez con menos rabia y más urgencia-. ¿Amas a Joseph? ¿Te hace feliz?
Pero su respuesta me derrumba.
-Lo que haga con mi puta vida es mi problema. Recuerda que dejaste de tener derecho a meter tus narices en mis asuntos. Así que mantente lejos de mí. Al menos por el resto de la noche no me tortures con tu presencia.
Su voz es un gruñido. Una sentencia y luego, de un tirón, se suelta de mi agarre.
La veo marcharse, paralizado como un maldito imbécil, sin poder hacer nada. Solo dejo caer mi cuerpo en el sillón más cercano, con los codos sobre las rodillas y las manos cubriendo mi rostro.
Rabia. Frustración. Un nudo asfixiante en la garganta es solo lo que obtengo, mientras mi cabeza es un caos a punto de estallar en una espiral de dudas que surgen: ¿Y ahora, Ian...? ¿vas a dejar que ese bastardo se quede con ella? ¿Vas a rendirte tan fácil? ¿Vas a permitir que esa boda suceda?
Unas horas más tarde
No podía seguir como un maldito idiota refugiado en la biblioteca, mucho menos darle el gusto a Joseph de verme derrotado. Porque esto tiene su puto sello. No fue coincidencia que su cena de compromiso sea en la mansión de los O'Connor, más bien fue su forma de restregarme en la cara que consiguió lo imposible. Pero no iba darle el placer de verme caer.
Entonces con mi mejor máscara, en este instante soporto a los amigos snob de Shirley como si realmente disfrutara la fiesta. Fingiendo. Mintiendo. Aguantando. Doy un sorbo a mi vaso de whisky y, sin poder evitarlo, mis ojos la buscan. Amber.
¡Diablos! Si ya era hermosa cuando la conocí, ahora es simplemente deslumbrante. Ya no es la muchachita dulce que me enloquecía con sus miradas traviesas. Su cabello pelirrojo cae al natural, tal como me gustaba. Sus ojos marrones, tan expresivos, tan atrapantes. Sus labios, pintados de carmín, invitan a ser besados. Pero lo que aún me cautiva es su piel pecosa y blanca, ese detalle que siempre la hacía única. Ahora, sin embargo, se ve diferente. Más madura. Más fuerte. Ese vestido negro ceñido a su cuerpo acentúa su belleza natural sin esfuerzo.
De repente, un leve carraspeo me saca de mis pensamientos. Giro la cabeza con desgana y ahí está, Joseph Carrington.
El gusano rastrero, con su estúpida sonrisa de falsa cordialidad. Mierda. Hasta su voz me resulta insoportable.
-¿Viendo lo que dejaste escapar de tu vida? -su burla gotea veneno-. Pero es todo lo que conseguirás con Amber. Ahora te odia. Eres un cero a la izquierda. Un pedazo de mierda que aborrece. Y créeme, podría seguir toda la noche diciéndote en lo que te convertiste para ella.
Suelto una risa seca y amarga. Esto es un puto juego para él.
-¡Hijo de puta! -gruño, apretando la mandíbula-. No sé qué pretendes con tu jueguito retorcido, pero esta vez la balanza está a la par. Dejé de ser ese pobretón que chantajeaste a tu antojo...
Joseph suelta una carcajada burlona.
-¡No, Ian! Yo no te puse un arma en la sien para que aceptaras mi propuesta. Tú lo hiciste solo.
Mis puños se tensan. ¡Cabrón! Gusano rastrero pretencioso.
-Me obligaste Joseph. Te aprovechaste de la situación. -escupo entre dientes-. Pero si me da la gana, puedo contarle la verdad a Amber. Y hasta aquí llega tu puta fiesta de compromiso. ¿Quieres probarme?
Clavo mi mirada asesina en la suya.
Joseph ni siquiera parpadea. Se acerca un poco más, con esa maldita confianza que me da ganas de reventarle la cara contra la mesa.
-Lo dudo. -musita, con una media sonrisa-. Amber me ama. Se va a casar conmigo. En cambio, tú eres solo parte de su pasado. Un error que borró para su bienestar.
Lo voy a matar a golpes, pudo fingir demencia o tal vez es mejor actuar con frialdad.
-¿Y a quién crees que le va a creer? -continúa, deleitándose en cada palabra-. ¿Al hombre que ha estado a su lado todo este tiempo... o al idiota que la abandonó en el hospital?
El aire se me atora en los pulmones. Lo sabía. Sabía que le había metido esa idea en la cabeza.
Aprieto el vaso con tanta fuerza que casi lo hago añicos.
-Sabes que estuve a su lado. Sabes que sujeté su mano todas esas semanas que estuvo inconsciente. No la abandoné, aunque le hiciste creer lo contrario. -mi voz es puro veneno-. Pero eso... eso va a cambiar.
Joseph suelta un resoplido y se inclina un poco más, casi en un susurro.
-¿Y tú crees que puedes contra mí? -su sonrisa se vuelve una mueca de amenaza-. ¿Acaso olvidas que, si me da la gana, puedo hundirte en la cárcel? ¿Dejarte en la maldita calle sin un centavo?
Hace una pausa y su expresión se endurece.
-Así que mantente alejado de mi prometida... O vas a conocerme, Ian.
Su voz es un filo de cuchillo.
-¿Me escuchaste? -amenaza clavando sus ojos en los míos, provocando que apriete el vaso con más fuerza, pero sobre todo dejándome sumergido en mis pensamientos más profundos.