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Siempre fuiste tu

Siempre fuiste tu

Autor: Deysi Juárez
Género: Romance
Roxanna solo intenta proteger a sus hermanas y salvar a su madre del alcohol. Gabriel llegó para servir a Dios y dejar atrás un pasado que aún lo persigue. Una ventana los convierte en vecinos. Una atracción inesperada los acerca. Él es un sacerdote. Ella, la mujer que jamás debería desear. Y cuanto más intentan mantenerse alejados, más difícil resulta ignorar lo que sienten. Hay amores que nacen para ser vividos... y otros que deberían permanecer en silencio.
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Capítulo 1 Uno

ROXANNA

Hay noches en las que el miedo tiene sonido.

Abro los ojos al escuchar un golpe seco contra la puerta. El corazón se me acelera antes de que consiga reconocer la hora. No necesito mirar el reloj. Conozco demasiado bien ese ruido.

La perilla gira. El seguro tiembla.

-¡Roxanna! -La voz de mi padrastro atraviesa la madera, pastosa, empapada de alcohol.

Mamá seguramente está durmiendo como un tronco, perdida en alguno de sus habituales desmayos. Pero mis hermanas...

-Abre, princesa. Solo quiero hablar contigo.

Salto de la cama y corro hacia la puerta, aunque no llego a tiempo. El seguro cede y Ramiro entra tambaleándose. El olor me golpea antes de que pueda verle bien la cara: alcohol, sudor y cigarrillo. Sus ojos enrojecidos se posan sobre mí y, de pronto, adquieren ese brillo que me revuelve el estómago.

-Sabía que estabas despierta.

-¿Qué hace aquí? -pregunto, retrocediendo-. Le dejé muy claro que no debería poner un pie en mi habitación.

Él sonríe, como si mi rechazo le pareciera una broma.

-¿Por qué tanta agresividad? Solo quiero conversar. No tengas miedo.

-Podemos hacerlo mañana, cuando esté sobrio.

Mi mirada se desvía hacia el bate que guardo junto a la cómoda. Ramiro lo nota y se adelanta. Antes de que pueda alcanzarlo, me sujeta del brazo.

El pánico me atraviesa.

Lo empujo con todas mis fuerzas. Choca contra la cómoda y el espejo se sacude con un estruendo. Aprovecho ese instante para correr hacia la ventana.

Estoy a punto de salir cuando me agarra de la pierna.

-¡Suéltame!

Le doy una patada en el rostro. Su mano se afloja y me lanzo al exterior, aterrizando sobre la escalera de incendios.

El viento helado me golpea la cara. Estoy en el cuarto piso. Abajo, la ciudad duerme, ajena a lo que sucede a unos metros del suelo. Me preparo para bajar, pero entonces descubro la ventana del apartamento contiguo.

Está abierta.

Las cortinas blancas se agitan suavemente con la brisa.

Hasta donde sé, ese departamento lleva semanas vacío.

-Gracias, Dios -murmuro.

Cruzo la plataforma metálica sin pensarlo dos veces y me precipito por la ventana. Mis rodillas golpean el suelo de madera. El dolor me arranca un gemido, pero no me detengo. Tengo que esconderme antes de que Ramiro consiga alcanzarme.

Levanto la cabeza y me quedo inmóvil.

Frente a mí hay un hombre.

Acaba de salir de la ducha. Tiene el cabello castaño claro húmedo, la piel todavía cubierta de pequeñas gotas de agua y una toalla anudada a la cintura. Sus ojos, de un tono miel que parece iluminar la penumbra, me observan con una mezcla de sorpresa y desconcierto.

Es tan hermoso que, por un instante, olvido por qué estoy aquí.

-Chi sei? -pregunta en italiano. (¿Quién eres?)

Su acento extranjero me desconcierta. No entiendo una sola palabra.

No tengo tiempo para explicaciones. El ruido metálico de la escalera me anuncia que Ramiro está cada vez más cerca.

-Por favor... -Mi voz se quiebra-. Ayúdeme. Necesito que finja que somos pareja.

El desconocido me mira como si acabara de perder la razón.

-Che cosa stai facendo? (¿Qué estás haciendo?)

-¡Después te explico!

Me acerco a él y, antes de que pueda apartarse, me llevo las manos al borde del polo y me lo quito de un tirón. La prenda cae al suelo, dejándome con el pecho al descubierto.

Sus ojos se abren ligeramente.

Durante un instante, su mirada se detiene en mis pechos desnudos. Lo suficiente para que yo lo note y una sonrisa traviesa se dibuje en mis labios. Pero enseguida aparta el rostro, como si acabara de descubrir algo que no debería haber visto.

-Lo siento, guapo -susurro, acercándome-. Es una emergencia.

No le doy tiempo a responder. Lo empujo suavemente contra la cama y me dejo caer sobre él.

Su espalda se hunde en el colchón. Mi cuerpo queda pegado al suyo, y el contraste entre su piel húmeda y fresca y la mía, caliente por la huida, me arranca un escalofrío.

-Ma che...? (Pero ¿qué...?)

-Shhh.

Me inclino y lo beso.

Al principio, sus labios permanecen inmóviles. Sus manos se quedan suspendidas a ambos lados de mi cintura, sin atreverse a tocarme. Pero yo no puedo permitirme vacilar. Si Ramiro nos encuentra separados, sabrá que estoy escondida.

Así que vuelvo a besarlo, esta vez con más decisión.

Y entonces sucede.

Sus manos encuentran mi espalda desnuda. Primero con una cautela casi dolorosa, como si temiera que el simple contacto pudiera condenarlo. Después, sus dedos se deslizan lentamente sobre mi piel, atrayéndome hacia él.

El beso cambia. Ya no parece una actuación.

Su boca se abre bajo la mía y responde con una intensidad que me toma por sorpresa. Siento su respiración agitada contra mis labios, el calor de su cuerpo bajo el mío y la manera en que sus manos recorren mi espalda, como si también él hubiera olvidado por un instante que somos dos desconocidos.

Me aferro a sus hombros.

Dios mío. No esperaba que besara así.

Ni que un hombre al que acabo de conocer pudiera hacerme olvidar, aunque solo fuera durante unos segundos, el miedo que me persigue desde mi propia casa.

Un golpe sacude la ventana.

-¡ROXANNA!

Me separo apenas de sus labios. El corazón me golpea con tanta fuerza que apenas puedo respirar.

-Por favor -le suplico, rozando su boca-. No me deje sola.

Él me mira fijamente. Sus ojos miel han perdido aquella serenidad inicial. Hay algo distinto en ellos, una lucha silenciosa que no alcanzo a comprender.

Entonces se escucha otro golpe.

-¡Sé que estás ahí!

El desconocido reacciona de inmediato. Me sujeta por la cintura y se incorpora, colocándose delante de mí para cubrirme con su cuerpo.

-Ehi! Che cosa ci fa qui? Rispetti la mia privacy! Se ne vada subito! -grita en italiano. (¡Eh! ¿Qué hace aquí? ¡Respete mi privacidad! ¡Lárguese de inmediato!)

No entiendo una sola palabra, pero su voz suena tan furiosa que hasta yo me quedo inmóvil.

Ramiro murmura una maldición.

-¡Esto no se queda así, Roxanna! ¡Vas a pagarme lo que me has hecho!

Los pasos se alejan por la escalera.

El silencio regresa lentamente.

Y yo sigo debajo del desconocido, con su cuerpo protegiéndome y sus manos todavía apoyadas en mi cintura. Por un instante, ninguno de los dos se mueve.

Hasta que él baja la mirada hacia mí y yo recuerdo que sigo sin llevar el polo.

-Adesso sei al sicuro. (Ahora estás a salvo.)

Lo miro sin comprender del todo, pero su expresión basta para que mis hombros se relajen.

Dios bendito.

Parece uno de esos sueños de los que una no quiere despertar.

-No entiendo nada -susurro-, pero si me está diciendo que el hombre malo se fue, le creo.

Él parpadea, como si acabara de recordar algo.

-Lo siento. Hablo español. No sé qué me está pasando ahora mismo.

Su pronunciación es extraña, suave, con un acento que convierte cada palabra en algo distinto.

-¿Habla español?

Asiente.

-Un poco.

Se aparta de mí y se pasa una mano por el cabello húmedo. Parece tan desconcertado como yo. Entonces noto que la toalla que llevaba anudada a la cintura ha terminado en el pio a sus pies, dejando al descubierto esa enorme erección frente a mi.

Aparto la mirada de inmediato, aunque una sonrisa traicionera se dibuja en mis labios.

Él sigue mi expresión, descubre el motivo y se apresura a cubrirse.

-Maledizione... -murmura. (Maldita sea).

Me muerdo el labio para no reírme.

-Así que habla francés también, ¿no? -bromeo-. No entendí nada, pero sonaba muy elegante.

-Italiano -me corrige, con una expresión que intenta ser severa.

-Ah, italiano. Mucho mejor.

Se vuelve hacia mí y señala la ventana.

-No deberías estar aquí.

-Créame, no estaba en mis planes invadir el dormitorio de un desconocido.

-Non doveva succedere. -Su voz se vuelve más baja. (Esto no debió suceder).

-¿Qué cosa?

Me mira. Sus ojos se detienen un instante en mis labios antes de apartarse.

-Nada.

Pero no parece que sea nada.

Me bajo de la cama y recojo mi polo, que se me ha subido durante la huida. Me lo acomodo y respiro hondo. Recién entonces me doy cuenta de lo cerca que estoy de él.

-Gracias por ayudarme. De verdad.

Él asiente, todavía con el ceño ligeramente fruncido.

-Deberías volver a tu casa.

La sonrisa desaparece de mis labios.

-No sabe lo que me está pidiendo.

Su expresión cambia. Mira hacia la ventana por la que entré y luego vuelve a observarme.

-¿Ese hombre te hizo daño?

-No es asunto suyo.

La respuesta sale demasiado rápido. Me arrepiento al ver la sombra que cruza su rostro, pero no puedo permitirme confiar en un desconocido. No después de lo que acaba de pasar.

-Lo siento -murmuro-. No quise ser grosera.

-No tienes que disculparte.

Hay algo en su voz que me desarma. Una ternura que no encaja con la manera en que acaba de gritarle a Ramiro.

Me acerco un poco.

-Soy Roxanna.

Él tarda un segundo en responder.

-Gabriel.

-Gabriel... -repito, saboreando el nombre-. Te queda bien.

Una sonrisa apenas perceptible aparece en sus labios.

-Piacere. (Encantado).

-¿Eso significa que estás encantado de conocerme?

-Algo así.

-Entonces estamos de acuerdo.

Me acerco y le doy un beso en la mejilla. Su cuerpo se tensa de inmediato.

-Eres un ángel, Gabriel.

-No deberías decir eso.

-¿Por qué?

Sus ojos se encuentran con los míos.

-Porque no lo soy.

Por primera vez, su sonrisa desaparece por completo.

No sé qué oculta detrás de esa mirada, pero hay algo en él que me invita a descubrirlo. Algo que me resulta extrañamente familiar, aunque estoy segura de que nunca antes lo había visto o quizá sí.

-Volveré a visitarte uno de estos días -digo, caminando hacia la ventana-. Después de todo, nuestras habitaciones están separadas por una simple pared.

-Sería un error.

-¿Y eso te preocupa?

No responde.

Me apoyo en el marco de la ventana y lo miro por última vez. Sus ojos miel siguen fijos en mí.

-Por cierto, besas muy bien. Ha sido uno de los besos más emocionantes de mi vida.

Su sonrisa se ensancha, aunque intenta ocultarla.

-Roxanna...

Pronuncia mi nombre en español, con ese acento extranjero que lo vuelve casi una caricia. Y no sé por qué, pero siento un escalofrío.

Hay algo en su mirada que me dice que esta no será la última vez que nos encontremos.

Salto a la plataforma metálica. El frío de la noche me abraza, pero por dentro sigo ardiendo.

Capítulo 2 Dos

GABRIEL

Permanezco inmóvil, mirando la ventana por la que acaba de desaparecer.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que consiga soltar el aire que llevo reteniendo. Me paso una mano por el rostro y dejo escapar una risa breve, incrédula, de esas que nacen cuando uno no sabe si acaba de vivir una desgracia o una locura.

¿Qué demonios acaba de ocurrir?

Miro la cama. Las sábanas están revueltas y la toalla sigue tirada en el suelo. La recojo, todavía aturdido, y me la anudo a la cintura. Entonces recuerdo su sonrisa, la forma en que me miró después de besarme, como si aquello hubiera sido una travesura y no un desastre capaz de poner mi mundo patas arriba.

Roxanna.

Ni siquiera sé quién es, pero su nombre se me ha quedado grabado.

Me siento en el borde de la cama y apoyo los codos sobre las rodillas. Todavía puedo sentir el calor de su cuerpo contra el mío, sus manos aferradas a mis hombros y la desesperación con la que me pidió ayuda. No había fingido del todo. Tenía miedo. Mucho miedo. Y cuando comprendí que aquel hombre podía hacerle daño, lo único que quise fue protegerla.

Eso debería bastarme para entender lo ocurrido.

Sin embargo, hay algo que me cuesta admitir: cuando sus labios buscaron los míos, no fui capaz de apartarme. Y cuando el beso dejó de ser una simple actuación, tampoco quise hacerlo.

Me froto la nuca y cierro los ojos.

-Dios mío... ¿qué he hecho?

La pregunta queda suspendida en el silencio.

Me levanto, recojo la ropa que he dejado sobre una silla y me pongo el pantalón de dormir. Después cierro la ventana y corro las cortinas. La habitación recupera su quietud, pero yo sigo sintiéndome extraño, como si aquella mujer hubiera dejado una parte de su inquietud dentro de estas cuatro paredes.

Mañana debo presentarme temprano en la iglesia. Tengo que preparar la misa, revisar unos documentos y recibir a varias personas que me esperan desde hace días. No puedo permitirme pasar la noche entera pensando en una desconocida.

Me arrodillo junto a la cama y junto las manos.

-Señor, gracias por haberme permitido ayudarla. No sé quién es ni qué está viviendo, pero sabes que tenía miedo. Cuídala, por favor. No permitas que ese hombre vuelva a hacerle daño.

Hago una pausa.

-Y perdóname por lo que ha ocurrido esta noche. Ayúdame a comprenderlo y a no confundir la compasión con algo que no debo buscar.

Me santiguo y comienzo a rezar el padrenuestro. Esta vez consigo terminarlo, aunque mi concentración se desvanece más de una vez. Cuando concluyo, me quedo unos segundos con la cabeza inclinada, escuchando el silencio.

No espero una respuesta. Solo necesito sentir que todavía puedo encontrar un poco de paz.

Finalmente, me incorporo y me meto en la cama. Apago la lámpara y me acomodo de lado, con la intención de dormir de inmediato.

Pero la imagen de Roxanna vuelve a aparecer en mi mente.

Su sonrisa. Su descaro. La manera en que me llamó ángel, como si no supiera lo lejos que estoy de serlo.

Me cubro el rostro con una mano.

-Maledizione... -murmuro.

Me giro hacia el otro lado y cierro los ojos con fuerza.

No voy a pensar en ella.

Mañana tengo que levantarme temprano. Necesito descansar.

Y, sin embargo, justo cuando estoy a punto de quedarme dormido, recuerdo su voz susurrando que volverá a visitarme.

No puedo evitar sonreír.

-Eso sería un error, Roxanna -murmuro en la oscuridad.

Como si pudiera escucharme, el viento mueve las cortinas.

Me acomodo bajo las sábanas y, por fin, dejo que el cansancio me venza.

A las seis de la mañana debo estar en la iglesia.

Y, por primera vez en mucho tiempo, temo que ni siquiera la oración consiga apartar de mi mente a una mujer.

Estoy a punto de quedarme dormido cuando el sonido del teléfono me sobresalta.

Abro los ojos de golpe y tanteo la mesita de noche hasta encontrarlo. La pantalla ilumina la habitación. Es el padre Alessandro Bianchi, mi superior en Italia.

Contesto con la voz ronca.

-¿Padre Alessandro?

-¡Gabriel! Por fin. ¿Te desperté?

Miro el reloj. Las cuatro y veinte de la madrugada.

-Estaba a punto de dormirme.

-Entonces seré breve. He enviado toda la información al arzobispo monseñor Lorenzo Bellini. Te espera en la iglesia antes de las seis. Quiere hablar contigo personalmente antes de que comiences tus actividades.

Me incorporo, pasándome una mano por el cabello.

-Entendido. Estaré allí a tiempo.

-Bien. Y dime, ¿cómo estuvo el viaje? ¿Llegaste sin contratiempos?

-Sí, padre. Todo salió bien. El vuelo fue tranquilo y no tuve ningún problema.

-Me alegra. ¿Y qué tal el vecindario? ¿Te gusta el apartamento? Si no te sientes cómodo, todavía podemos buscarte otro lugar.

Miro hacia la ventana, detrás de la cual se encuentra el apartamento de Roxanna.

-No, no hace falta. Me gusta el lugar. Es tranquilo... al menos, la mayor parte del tiempo.

-¿Y la gente? ¿Has conocido a alguien?

Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios.

-A algunos vecinos. Son bastante amables. Aunque... -Me detengo un instante-. Supongo que, como en cualquier lugar, hay personas que atraviesan situaciones difíciles.

-¿Problemas?

-Nada que deba preocuparle. Solo pequeñas dificultades que he empezado a percibir. A veces, uno se da cuenta de que alguien necesita ayuda aunque no se atreva a pedirla.

Pienso en los ojos asustados de Roxanna, en la forma en que se aferró a mí y en el alivio que apareció en su rostro cuando ese hombre se marchó.

-Espero que puedas adaptarte pronto -dice el padre Alessandro-. Recuerda que estás allí para cumplir una misión. No permitas que las distracciones te aparten de ella.

La frase me golpea con más fuerza de la que debería.

-Lo tengo presente, padre.

-Descansa lo que puedas. Nos vemos pronto.

-Hasta luego.

La llamada termina.

Dejo el teléfono sobre la mesita y me quedo mirando la pantalla apagada.

Capítulo 3 Tres

ROXANNA

Cruzo la ventana con más cuidado que antes y aterrizo sobre el suelo de mi habitación. Me quedo inmóvil unos segundos, conteniendo la respiración, por si escucho algún ruido que me indique que Ramiro sigue cerca. Pero no hay nada. Solo el silencio de la madrugada y el viento que se cuela por la ventana abierta.

Lo primero que hago es salir al pasillo y dirigirme a la puerta principal. Giro la llave, compruebo el seguro y vuelvo a girarla para asegurarme de que está bien cerrado. No es la primera vez que Ramiro intenta entrar en mi habitación cuando ha bebido demasiado. Tampoco será la última.

Al menos, esta noche tendrá que quedarse al otro lado.

Me quedo un momento escuchando. No oigo voces ni pasos. Todo parece tranquilo, aunque sé que esa calma puede durar muy poco.

Camino de puntillas hasta la habitación de mis hermanas y empujo la puerta con cuidado.

Las encuentro dormidas, abrazadas bajo una misma manta. La luz de la calle se filtra por la ventana y dibuja sus pequeños rostros sobre la almohada. Me acerco para acomodarles la sábana y apartar un mechón de cabello de la frente de una de ellas.

Cuando voy a la habitación de mi madre, la encuentro sentada junto a la cama, con la cabeza inclinada hacia un lado y los ojos cerrados. A sus pies hay una botella de alcohol casi vacía. El olor me golpea de inmediato, mezclado con el humo de los cigarrillos que impregna las cortinas y las paredes.

Aprieto los labios.

No quiero despertarla. No quiero discutir con ella. No tengo fuerzas para escuchar otra vez que Ramiro es un buen hombre, que debo dejar de provocarlo o que todo lo que sucede en esta casa es culpa mía.

Me limito a cubrirla con la manta que cuelga del respaldo de la silla.

-Buenas noches, mamá -susurro, aunque sé que no puede escucharme.

Cierro la puerta despacio y regreso por el pasillo. La casa parece más triste de noche. El silencio hace que todo resulte más evidente: el desorden, el olor a alcohol, las colillas acumuladas en el cenicero y esa sensación de que, por más que me esfuerce, nunca conseguiré mantener a mi familia a salvo.

Estoy a punto de entrar en mi habitación cuando escucho un ruido.

La perilla de la puerta principal gira, me detengo.

Una vez,dos, tres veces, luego nada.

No necesito preguntar quién es.

Ramiro.

Me quedo mirando la puerta desde el pasillo, esperando escuchar su voz o el golpe de su puño contra la madera. Pero no grita. Quizá recuerda las quejas de los vecinos de las últimas veces, cuando sus escándalos despertaron a medio edificio.

La perilla vuelve a girar y luego, nada.

Una sonrisa pequeña, casi involuntaria, se dibuja en mis labios.

Por una vez, el seguro ha servido de algo.

Regreso a mi habitación y cierro la puerta con llave. Me apoyo contra ella unos segundos, dejando que el cansancio se apodere de mis piernas. Después me quito los zapatos, me meto en la cama y me cubro hasta los hombros.

Cierro los ojos.

Y, por alguna razón, el rostro del desconocido aparece en mi mente.

Gabriel.

¿Quién será ese hombre? ¿De dónde habrá salido? Nadie me comentó que un nuevo vecino se mudaría al apartamento de al lado. Aunque, pensándolo bien, hace tiempo que no hablo con nadie del edificio. Entre el trabajo, las cuentas y mis hermanas, apenas tengo tiempo para respirar.

Quizá siempre estuvo allí y yo nunca lo había visto.

Me llevo una mano a los labios.

Su beso.

Sacudo la cabeza, avergonzada de mí misma, aunque no hay nadie que pueda verme.

-Qué tontería, Roxanna -murmuro.

Tal vez todo haya sido un sueño. Un sueño extraño, demasiado hermoso para ser real. Un hombre de ojos color miel, una voz con acento extranjero y una manera de mirarme que todavía me hace sentir un cosquilleo en el estómago.

Sonrío contra la almohada.

No. No puede haber sido un sueño. Todavía recuerdo sus manos en mi espalda y la forma en que me protegió cuando Ramiro apareció en la ventana.

Pero ¿qué importa? No volveré a verlo.

Aunque... podría prepararle algo.

Una sonrisa se me escapa al recordar los pasteles de manzana que tanto me gusta hacer. Siempre me salen deliciosos, y quizá podría llevarle uno como agradecimiento. Solo tendría que esperar a la madrugada, cuando todo esté en silencio, y cruzar la ventana si sigue abierta. Si está cerrada, tocaré.

Me imagino su expresión al verme aparecer con un pastel entre las manos y no puedo evitar sonreír.

-Solo será un agradecimiento -murmuro, como si necesitara convencerme.

Después de todo, si vuelve a mirarme con esos ojos color miel, ¿qué podría salir mal?

Me acomodo de lado, abrazando la almohada. El cansancio comienza a vencerme y mis pensamientos se vuelven cada vez más confusos.

Mañana, si todavía está allí, le llevaré un pastel.

Y si no quiere verme... bueno, al menos habré tenido una buena excusa para intentarlo.

Con esa idea en la cabeza, cierro los ojos y, poco a poco, me quedo dormida.

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