Siete años de risas, cenas y planes susurrados en la oscuridad, en los que mi mayor sueño era organizar mi propia boda.
Pero cada vez que mencionaba el matrimonio, Rico, el hombre con el que había construido mi vida, tenía una excusa.
Hasta ese día, cuando lo vi en la prueba de una boda que yo misma supervisaba, del brazo de otra mujer: Sofía Reyes, su exnovia universitaria.
El aire se me escapó de los pulmones. Rico se acercó, pálido, intentando convencerme de que solo estaba "ayudando a una amiga", pero la mentira era obvia.
La humillación se volvió insoportable cuando me pidió que le "prestara" a Sofía mi diseño de boda soñada, el que guardaba con cariño desde hace cinco años.
"Es solo un diseño, tú puedes crear mil más", me dijo, sin saber que cada trazo de ese cuaderno era un pedazo de mi alma, un sueño que yo, la planificadora de bodas más solicitada de la Ciudad de México, luchaba por mantener vivo.
Lo peor llegó cuando reveló la verdadera razón detrás de su petición: "Para ti es fácil, puedes crear mil más. Para ella, esto lo es todo. No seas egoísta".
¿Egoísta yo? ¿Por aferrarme a un sueño mientras mi propia vida se desvanecía?
Poco después, recibí una noticia devastadora: "Cáncer de pulmón en etapa cuatro".
Con el corazón roto y el cuerpo débil, decidí que no tenía fuerzas para seguir luchando por un amor que me había abandonado.
Le dije a Rico lo del cáncer. Su reacción fue una mezcla de incredulidad superficial y la promesa vacía de siempre, mientras seguía priorizando a Sofía.
En ese momento, comprendí que nuestra relación no solo estaba estancada, estaba muerta.
La noche de la boda de Sofía, un antiguo amigo de Rico me reveló la verdad: ese "sueño robado" siempre había sido para Sofía, y él, Rico, la había esperado durante siete largos años.
Mi mundo se hizo añicos por completo.
Me fui, pero Rico me esperó en el apartamento, furioso. Entonces hizo lo impensable: se arrodilló, con un ostentoso anillo de diamantes, pidiéndome matrimonio.
"No, Rico", respondí.
Le revelé que había escuchado su conversación con Sofía, y cómo su "amor perdido" había siempre sido su prioridad.
Cuando me encontró vomitando sangre, leyó el informe médico: "Cáncer de pulmón en etapa terminal. Pronóstico: de tres a seis meses".
Su arrepentimiento y sus súplicas llegaron demasiado tarde.
"Mi corazón ya no siente nada por ti, Rico. Se murió. Tú lo mataste mucho antes de que este cáncer tuviera la oportunidad".
Mi vida se desvanecerá en sus brazos, pero al menos mi último aliento será de paz, no de dolor.
Elena Torres había pasado siete años construyendo una vida con Ricardo Guzmán, a quien todos llamaban Rico. Siete años de risas, de cenas, de planes susurrados en la oscuridad, y siete años en los que ella, una de las planificadoras de bodas más solicitadas de Ciudad de México, soñaba con organizar la suya. Pero cada vez que Elena mencionaba el matrimonio, Rico tenía una excusa.
"Todavía es muy pronto, mi amor."
"Estoy hasta el cuello de trabajo, Nena, no es el momento."
Las excusas cambiaban, pero el resultado era siempre el mismo, un aplazamiento que dejaba un sabor amargo en la boca de Elena, una sensación de que su tiempo, su amor, no eran valorados de la misma manera.
Ese día, Elena supervisaba un evento de prueba de boda en un jardín espectacular en el corazón de la ciudad. Todo estaba perfecto, las flores, la mantelería, la música suave que flotaba en el aire. Era su elemento, un mundo que ella creaba para la felicidad de otros. Estaba revisando los arreglos florales cuando vio a la pareja del evento llegar.
El hombre era Rico.
Su Rico, el hombre que le decía que era "demasiado pronto", estaba allí, del brazo de otra mujer, preparándose para una prueba de boda.
El aire se le escapó de los pulmones. Por un momento, el mundo se detuvo, el ruido del evento se desvaneció en un zumbido sordo. La mujer a su lado era Sofía Reyes, la exnovia de la universidad de Rico, una cara que Elena solo había visto en fotos viejas. Sofía se reía de algo que Rico le decía, una risa despreocupada que le revolvió el estómago a Elena.
Elena se quedó quieta, sosteniendo una rosa blanca, sintiendo cómo sus dedos se apretaban alrededor del tallo.
Rico la vio. Su sonrisa se congeló y una expresión de pánico cruzó su rostro. Se apresuró hacia ella, dejando a Sofía atrás.
"Nena, mi amor, ¿qué haces aquí?", preguntó, su voz un poco demasiado alta.
Elena lo miró, incapaz de formular una palabra.
"No es lo que parece", dijo él rápidamente, tomando sus manos. "El prometido de Sofía está en el extranjero, atrapado por un asunto de trabajo. Ella estaba muy nerviosa por la prueba y me pidió que la ayudara, solo como un amigo. Ya sabes, para que no estuviera sola."
La explicación sonaba hueca, ensayada. Elena sintió una punzada de celos, una quemazón fría que se extendió por su pecho, pero la apartó. No quería creer lo peor, no después de siete años. Asintió lentamente, tratando de forzar una sonrisa que no llegó.
"Está bien, Rico. Es mi trabajo, después de todo."
Más tarde, mientras discutían los detalles del menú, Rico se acercó a ella de nuevo, esta vez con una petición que la dejó helada.
"Nena, sé que esto es mucho pedir", comenzó, su tono extrañamente suave. "Sofía vio tus bocetos... los de nuestra boda soñada. Le encantaron."
Elena lo miró fijamente, sin entender. Se refería al diseño que ella había guardado en un cuaderno especial durante cinco años, el plan para una boda en una antigua iglesia de Oaxaca, con buganvillas y luces de hadas, un sueño que había construido detalle a detalle.
"Ella... ella quiere usarlo", continuó Rico, evitando su mirada. "¿Podrías... podrías dejárselo a ella? Digo, es solo un diseño, tú eres increíble, puedes crear otro para nosotros cuando sea el momento. Para nosotros hay tiempo, ¿no?"
La pregunta retórica la golpeó con la fuerza de un insulto. "Para nosotros hay tiempo". Siete años y todavía no había tiempo para ellos, pero sí había tiempo para regalarle su sueño a otra mujer.
Elena sintió un dolor agudo en el pecho, uno que no tenía nada que ver con la traición. Era un dolor familiar, un recordatorio constante de la enfermedad que llevaba en silencio, la misma que le decía que el tiempo era precisamente lo que no tenía.
Miró a Rico, a su rostro suplicante y egoísta, y luego a Sofía, que observaba desde la distancia con una sonrisa triunfante.
Con un nudo en la garganta, Elena asintió.
"Claro, Rico. Que lo use."
Se dio la vuelta y se alejó, fingiendo revisar el trabajo de los meseros, pero en realidad solo intentaba mantener la compostura. Cada paso era un esfuerzo. Su sonrisa profesional era una máscara que apenas ocultaba el caos que sentía por dentro. El dolor en su pecho se intensificó, un recordatorio físico de su corazón roto y de su cuerpo enfermo.
Vio a Rico correr hacia Sofía, su rostro lleno de alivio y alegría. Él le susurró algo al oído y Sofía le dio un beso en la mejilla, un gesto demasiado íntimo para ser solo "amigos".
Una rabia sin nombre surgió en el interior de Elena, una furia caliente y amarga que le quemaba la garganta. El dolor en su pecho se convirtió en una punzada aguda y constante. En ese momento, en medio del jardín de ensueño que ella misma había creado, Elena se sintió completamente sola.
Sofía se acercó a Elena, con los ojos llenos de lágrimas falsas, una actuación digna de una telenovela.
"Ay, Nena, lo siento tanto", dijo, su voz temblorosa. "Rico me dijo que este era tu diseño soñado. Me siento terrible, de verdad. Si hubiera sabido..."
Rico se puso inmediatamente a su lado, colocando una mano protectora en su espalda.
"No es tu culpa, Sofi", le dijo suavemente a ella, y luego miró a Elena. "Nena es una profesional, ella entiende. ¿Verdad, mi amor?"
Elena sintió que la bilis le subía por la garganta. La forma en que Rico defendía a Sofía, la forma en que minimizaba sus sentimientos, era insoportable.
"Claro", respondió Elena, su voz plana y sin emoción. "Es solo trabajo."
Sofía le sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Eres tan buena en esto, Nena. De verdad, tienes un talento increíble. Rico siempre me decía en la universidad lo creativa que eras. Es un honor que la mejor planificadora de bodas organice mi día especial."
Cada palabra era un cumplido envenenado, diseñado para hacerla sentir pequeña, para recordarle que ella era solo la empleada y Sofía la clienta, la protagonista. Elena podía ver la manipulación en sus ojos, la satisfacción de tener no solo al hombre que Elena amaba, sino también el sueño de Elena.
"Gracias, Sofía. Haré mi mejor esfuerzo", dijo Elena, manteniendo su máscara profesional.
Rico miró a Sofía con una expresión que Elena nunca había visto en él, una mezcla de adoración y nostalgia. Era la mirada que un hombre le da a un recuerdo preciado, no a una simple "amiga". En ese instante, Elena supo que había algo más, una historia no contada que la excluía por completo.
Se sintió como una extraña en su propia vida, una espectadora de una obra en la que ella creía ser la protagonista.
Durante el resto de la prueba, Elena se obligó a funcionar. Revisó la disposición de las mesas, habló con el chef sobre los canapés y coordinó con el DJ, todo mientras el dolor en su pecho se hacía más intenso con cada respiración. Una y otra vez, se repetía a sí misma que tenía que ser fuerte, que no podía derrumbarse allí, no delante de ellos.
La puñalada en su pecho era constante, un dolor sordo que le recordaba su fragilidad. Se apoyó discretamente en una columna, tratando de respirar profundamente, de calmar el pánico que amenazaba con ahogarla.
Rico no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado riendo con Sofía, probando pasteles y eligiendo colores para las servilletas. No notó la palidez de Elena, ni el sudor frío en su frente, ni la forma en que su mano se aferraba a su pecho.
Para él, ella era invisible, una parte más del decorado que él y Sofía estaban usando para su farsa.
La prueba terminó. Sofía se despidió de Elena con un abrazo teatral.
"Gracias por todo, Nena. Eres la mejor."
Elena no respondió, solo asintió. Vio cómo Rico acompañaba a Sofía a su auto, abriéndole la puerta con una galantería que rara vez le mostraba a ella.
Se quedó sola en el jardín, rodeada de los restos de un sueño que ya no era suyo. El dolor en su pecho era ahora un fuego abrasador. Sacó su teléfono y vio la hora. Era casi tiempo de su medicación. La realidad de su situación, tanto emocional como física, la golpeó con una fuerza abrumadora. Estaba perdiendo a Rico, estaba perdiendo su sueño y, lo peor de todo, estaba perdiendo el tiempo.