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Silencio de Venganza, Paz Encontrada

Silencio de Venganza, Paz Encontrada

Autor: : Nico Krayk
Género: Mafia
El aire de la Ciudad de México era pesado, como mi corazón, mientras luchaba lavando platos para liberar a Sasha, la mujer que amaba. Vendí la finca de mi familia, mi sustento, cada centavo, todo por ella. Un día, mi hermano Patrick, de solo diecisiete años, apareció con el dinero para su fianza, con una palidez que no me gustó. Mi desesperación me cegó, me negué a preguntar cómo lo obtuvo, solo quería a Sasha de vuelta. Pero al llegar a la prisión, escuché su voz, fría y calculadora, hablando con Máximo, un hombre arrogante. "Ya vendió la finca, no le queda nada. Lo importante es que solo nuestro hijo heredará el imperio Ramírez", dijo Sasha, con el vientre abultado, desvelando la grotesca farsa. Ella, Sasha Ramírez, la heredera de un magnate, había fingido su pobreza, su encierro, todo para deshacerse de mí, para que su hijo, con la médula ósea "comprada" de un desconocido, heredara. El "trabajito" de Patrick, el dinero en mis manos, ardía. Corrí a casa, el presentimiento me helaba la sangre, y allí lo encontré: Patrick, muerto, con los labios azules, y una nota que decía "Para Sasha, para que sea libre" junto a un folleto de donación de médula ósea. Mi hermano había entregado su vida en una clínica clandestina, vendido su médula al mejor postor por mi engaño, por la mentira de Sasha. Su sacrificio, su vida, ¿por qué? ¿Para que los verdaderos culpables de su muerte, Sasha y Máximo, aseguraran la vida de su hijo con la médula de mi propio hermano? Con el corazón hecho pedazos, vi sus cenizas, lo único que me quedaba de él, de mi familia, esparcirse por el suelo de nuestro humilde cuarto, pisoteadas por los matones de Máximo. En ese instante, la desesperación se quebró y dio paso a una calma gélida: agarré el cuchillo de mi hermano y supe qué hacer. León Castillo había muerto allí, pero alguien más debía pagar.

Introducción

El aire de la Ciudad de México era pesado, como mi corazón, mientras luchaba lavando platos para liberar a Sasha, la mujer que amaba.

Vendí la finca de mi familia, mi sustento, cada centavo, todo por ella.

Un día, mi hermano Patrick, de solo diecisiete años, apareció con el dinero para su fianza, con una palidez que no me gustó.

Mi desesperación me cegó, me negué a preguntar cómo lo obtuvo, solo quería a Sasha de vuelta.

Pero al llegar a la prisión, escuché su voz, fría y calculadora, hablando con Máximo, un hombre arrogante.

"Ya vendió la finca, no le queda nada. Lo importante es que solo nuestro hijo heredará el imperio Ramírez", dijo Sasha, con el vientre abultado, desvelando la grotesca farsa.

Ella, Sasha Ramírez, la heredera de un magnate, había fingido su pobreza, su encierro, todo para deshacerse de mí, para que su hijo, con la médula ósea "comprada" de un desconocido, heredara.

El "trabajito" de Patrick, el dinero en mis manos, ardía.

Corrí a casa, el presentimiento me helaba la sangre, y allí lo encontré: Patrick, muerto, con los labios azules, y una nota que decía "Para Sasha, para que sea libre" junto a un folleto de donación de médula ósea.

Mi hermano había entregado su vida en una clínica clandestina, vendido su médula al mejor postor por mi engaño, por la mentira de Sasha.

Su sacrificio, su vida, ¿por qué? ¿Para que los verdaderos culpables de su muerte, Sasha y Máximo, aseguraran la vida de su hijo con la médula de mi propio hermano?

Con el corazón hecho pedazos, vi sus cenizas, lo único que me quedaba de él, de mi familia, esparcirse por el suelo de nuestro humilde cuarto, pisoteadas por los matones de Máximo.

En ese instante, la desesperación se quebró y dio paso a una calma gélida: agarré el cuchillo de mi hermano y supe qué hacer.

León Castillo había muerto allí, pero alguien más debía pagar.

Capítulo 1

El aire de la Ciudad de México se sentía pesado, lleno del olor a fritanga y al escape de los coches, un olor muy diferente al de los granos de café tostándose en mi finca de Oaxaca.

Esa finca ya no era mía, la vendí, vendí el legado de mis padres, todo por Sasha.

Mi Sasha.

La mujer que amaba, la que ahora estaba encerrada en una celda por una supuesta deuda de un negocio de tequila que salió mal.

Para mantenerla a salvo allí dentro, le daba dinero a un guardia corrupto, cada peso que ganaba lavando platos en la cocina de un restaurante lujoso, un trabajo que me rompía la espalda por un sueldo miserable.

Pero el dinero se acabó, mis manos estaban vacías y el guardia me exigía más.

Fue entonces cuando mi hermano Patrick, de solo diecisiete años, hizo lo impensable.

"Hermano, conseguí el dinero para la fianza de Sasha", me dijo un día, con los ojos brillantes pero con una palidez que no me gustó nada.

"¿Cómo?", le pregunté, desconfiado.

"Un trabajito, no te preocupes, León. Lo importante es que Sasha salga de ahí".

No le creí del todo, pero la desesperación me cegó, necesitaba creerle.

Tomé el fajo de billetes que me entregó, sintiendo un frío extraño al tocarlos.

Fui corriendo a la prisión, ansioso por darle la buena noticia al guardia, por decirle que por fin podía proteger a Sasha.

Pero al llegar a la reja, me detuve, una voz familiar me heló la sangre.

Era Sasha.

Y no estaba sola.

"Máximo, mi amor, no te preocupes por ese campesino", decía ella, su voz no era la de la mujer asustada que yo conocía, era fría, calculadora.

"Ya vendió la finca, no le queda nada, pronto se cansará y me dejará en paz".

Me asomé por una rendija, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho.

Sasha estaba allí, con un vestido caro, abrazada a un hombre alto y arrogante, su vientre ligeramente abultado.

No parecía una prisionera.

"¿Y qué hay de él y su hermanito?", preguntó el hombre, Máximo.

"Les dejaremos vivir, León cuidó bien de mí", respondió Sasha con una risa cruel. "Pero solo nuestro hijo, Máximo, heredará el imperio Ramírez, que lo tenga claro".

El imperio Ramírez.

El nombre me golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Sasha Ramírez, la hija del magnate inmobiliario más poderoso de México.

Todo había sido una mentira.

Su pobreza, su deuda, su encarcelamiento.

Una farsa para deshacerse de mí.

El dinero en mi mano de repente pesaba una tonelada.

El "trabajito" de Patrick.

Corrí de vuelta a nuestro pequeño cuarto alquilado, un mal presentimiento creciendo en mi interior.

Encontré a Patrick en su cama.

Estaba muerto.

Capítulo 2

El cuerpo de mi hermano estaba frío, sus labios azules.

A su lado, sobre la mesita de noche, había un folleto arrugado de una clínica clandestina.

"Donación de médula ósea. Pago rápido y generoso".

Y debajo, una nota escrita con su letra temblorosa.

"Para León. Para que Sasha sea libre".

Mi mundo se derrumbó.

El dinero que tenía en la mano, el dinero que Patrick había conseguido para "liberar" a Sasha, era el precio de su propia vida.

Se había vendido a sí mismo, su médula, su vida, por mi mentira.

Y había muerto en una mesa de operaciones sucia por una hemorragia, por una infección, por nada.

El dolor era tan grande que no podía gritar, no podía llorar, solo podía mirar el cuerpo sin vida de mi hermano pequeño, el niño al que le había prometido proteger después de que nuestros padres murieran en aquel deslave.

Le había fallado.

Le había fallado de la peor manera posible.

Los días siguientes fueron un borrón de trámites y dolor.

Recogí sus cenizas en una urna de barro barata, lo único que podía permitirme.

La abracé con fuerza, era todo lo que me quedaba de él, de nuestra familia, de Oaxaca.

Vagué por las calles de la Ciudad de México, un fantasma con el corazón hecho polvo, cargando los restos de mi hermano.

El destino, en su infinita crueldad, me llevó al Zócalo.

La plaza estaba llena de vida, de música, de colores.

Celebraban el Día de Muertos.

Y en el centro de todo, un escenario gigantesco con un logo que conocía demasiado bien.

"Grupo Ramírez".

Sasha estaba allí, en el escenario, radiante, junto a Máximo.

Anunciaban una donación millonaria a una fundación de niños en nombre de su futuro hijo.

La multitud aplaudía, aclamaban su generosidad.

La ironía me quemaba por dentro.

Ellos celebraban la vida que venía, mientras mi hermano, un niño, no había tenido ni un funeral decente.

Me quedé allí, entre la gente feliz, con la urna de Patrick en mis brazos, sintiendo cómo el odio, frío y afilado, comenzaba a echar raíces en mi alma rota.

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