Alessia detestaba ir a trabajar en días de lluvia. Era casi imposible llegar a horario, aunque saliera temprano a tomar su autobús. A menudo iba tan repleto de gente, que no se detenía, y debía esperar al siguiente, mojándose sus zapatos y apenas protegida con un paraguas.
Eso significaba estar con sus pies húmedos y helados durante toda su larga jornada laboral, luego de soportar una reprimenda de su jefe.
Ese día no fue la excepción. Pero con un agravante.
Estaba esperando el siguiente autobús, segura de que llegaría al menos diez minutos tarde, cuando un automóvil de lujo pasó a su lado a toda velocidad, ignorando el enorme charco de agua junto al cordón de la vereda... y empapándola de pies a cabeza.
Alessia maldijo en voz alta, y apeló a su magnífica memoria fotográfica, apuntando en su mente las señas y patente de ese vehículo.
Cinco minutos más tarde, subía por fin a su vehículo, temblando de frío e intentando secarse un poco con una pequeña toalla de mano que llevaba en su bolso, ante la mirada despectiva de casi medio pasaje.
Su vida no había sido nada fácil durante los últimos cuatro años, desde que sus padres habían fallecido, supuestamente en un accidente de auto, pero ella no lo creía. No le habían permitido reconocer los cuerpos, y hasta el día de hoy, sentía que no había podido despedirse adecuadamente.
Había tenido que abandonar sus estudios y conformarse con trabajos mal pagados, mientras vivía en un pequeño departamento alquilado. Su casa paterna había ido a parar al banco, para cubrir una deuda de su padre que ni siquiera sabía que existía.
Hacía apenas cuatro meses que trabajaba en la pequeña confitería, que estaba en la otra punta de la ciudad, en una bonita zona, a diferencia de su monoambiente, por lo que las propinas solían ser bastante buenas.
Ella era dulce, agradable y, sobre todo, muy hermosa. Su brillante cabello castaño oscuro, sus ojos almendrados y su bella y bien formada figura, hacían que inmediatamente los clientes se sintieran cómodos.
Pero hoy, su cabello estaba mojado, y su aspecto era lamentable, cuando entraba a su trabajo casi quince minutos tarde.
El señor Gianni, su jefe, lucía molesto cuando la interceptó.
-¿Acaso le parece que esta es hora de llegar a trabajar, señorita Marino? Y con ese aspecto lamentable...
-Lo siento mucho, señor Gianni, el autobús no se detuvo, y un automóvil pasó y...
-No me interesan sus problemas... tengo el salón lleno de clientes, y la señorita Franco no da a basto con todo. Será mejor que se ponga su uniforme inmediatamente y la ayude... Que sea la última vez que llega tarde. La próxima vez, estará despedida. ¿Entendido?
-Sí, ahora voy, señor.
Alessia buscó el uniforme en su casillero, se cambió con rapidez, y sintiendo los pies helados y el cabello hecho un desastre, fue a ayudar a su compañera, Celina, a atender a los clientes.
-Lo siento mucho, Celi, ya sabes como son los días de lluvia...
-No te preocupes, Ale, ha sido un infierno para mí también llegar, y eso que estoy mucho más cerca. Ayúdame con las mesas de la izquierda, aún no he tomado sus pedidos.
-Enseguida.
Alessia fue a una de las mesas, en la que había un hombre de aspecto arrolladoramente apuesto, su ojos azules eran profundos e inquietantes, y lo más hipnótico que ella había visto en su corta vida. Él parecía visiblemente fastidiado por la demora, intentando a duras penas contener a un niño bastante pequeño. Le dio pena, se veía preocupado y su rostro perfecto lucía consternado, así que se acercó con una sonrisa luminosa, que no le duró demasiado. El hombre clavó en ella sus fríos ojos azules. A pesar de su carácter irascible y las molestias por tener que esperar, se sintió instantáneamente atraído por la belleza natural de Alessia. Sin embargo, le dijo con rabia contenida.
-Ya era hora de que alguien nos atendiera. ¿Tan difícil es tomar un maldito pedido? Hasta un chimpancé lo podría hacer.
Ella aspiró aire profundamente, buscando en su pecho un fragmento de paciencia, antes de responder, con una bella sonrisa dibujada en su rostro.
-Me disculpo por la demora, señor, tuve un pequeño percance antes de llegar. Le aseguro que la comida aquí es excelente, eso lo compensará con creces. ¿Qué desean pedir?
La mirada de hielo seguía allí, aunque desconcertado por el atractivo encanto de la sonrisa limpia de Alessia.
-Yo sólo quiero un café. ¿Tú que deseas pedir, Santino?- dijo preguntándole con cierta dulzura al pequeño, que no aparentaba más de seis o siete años.
El niño sonrió cuando el hombre, que a Alessia le parecía increíblemente apuesto y sensual, aunque por lo visto demasiado agrio, lo dejó decidir por su cuenta.
-Quiero waffles de chocolate, y un batido de fresa, y un trozo de pastel de vainilla, y un hot cake con miel y fresas, y... y un sándwich de jamón...
Todo eso era demasiado para un niño pequeño, y Alessia, acostumbrada a cuidar cada bocado de alimento, intentó razonar con el pequeño.
-¿Estás seguro cariño? Parece demasiado para tu pequeño cuerpecito, no creo que puedas comer todo eso...
Se dio cuenta muy tarde del error que había cometido, cuando el dulce niño se transformó en un demonio.
-¡Nooooooo! ¡Quierooooo! ¡Quieroooo!
Alessia intentó calmarlo.
-Lo... lo siento, cariño, es sólo que eres un pequeño tan dulce... no quería que le doliera tu barriga y...
-¡Buaaaaa!
-Lo lamento... ya... enseguida... enseguida traigo todo...
El hombre la miraba como si pudiera asesinarla con los ojos.
-Lárguese de una vez... Tome mi tarjeta y cóbreme todo. No espere recibir propina.
-Lo... siento...
Ella se fue inmediatamente, solicitó el exagerado pedido en la cocina y siguió atendiendo las otras mesas, con el corazón estrujado. Compungida por haber provocado semejante berrinche sin desearlo, y por la cantidad de comida que se desperdiciaría. Sólo de pensarlo, su estómago le recordó que hacía casi veinticuatro horas que no probaba bocado.
Le fue imposible volver a sonreír cuando se acercó a la mesa del pequeño, haciendo equilibrio en su bandeja con los muchos platillos. Fue dejando todos sobre la mesa, cuando el niño le habló:
-Siéntate a comer conmigo.
-¿Qué... qué dices?
-¡QUIEROOOO QUE COMAS CONMIGO!
-Lo siento, pequeño, no puedo, estoy trabajando, me despedirán...
-BUAAAAAA... que se sienteeee... que se sienteeee... quiero que la chica bonita coma conmigoooo...
-Pero, niño...
-Siéntese. Ahora. - siseó el hombre dando un sorbo a su café.
-Pero...
-No lo repetiré. Siéntese si quiere conservar su trabajo.
Alessia, sintiéndose humillada, se sentó, roja de ira, mientras el hombre hacía señas a su jefe.
-¿Sí, señor Amato?
-La señorita se sentará a comer con mi hijo. -sacó un montón de billetes en efectivo, y los puso frente al señor Gianni-. Le pagaré diez veces lo que ella gana, para disponer de su compañía este día. Espero que eso lo compense.
Su jefe la miró con incredulidad, y luego al dinero, tomándolo con rapidez.
-Por supuesto, señor, lo compensa perfectamente.
Ella no podía ocultar su indignación, mientras los dos hombres disponían de su vida como si fuera una mercancía. Se sentía vulnerable, incapaz de responder, sabiendo que podían despedirla. ¿Quién era ese hombre al que al parecer su jefe no podía decirle que no?.
El niño, por otro lado, se veía feliz de haberse salido con la suya.
-Ahora, come, señorita bonita...
Aunque hace unos pocos minutos ella tenía hambre, toda la humillación se lo había quitado.
-Ya lo oyó. - dijo él sin mirarla.
Alessia lo observó con ira. Comió pequeños bocados de lo que el niño le iba poniendo en frente, incapaz de levantar la mirada para ver a su alrededor, consciente de que los observaban desde muchas de las mesas.
El tal señor Amato la ignoraba rotundamente, mientras que el niño parecía satisfecho.
Cuando la incómoda comida hubo terminado, el hombre se puso de pie, sin decir nada, tomó una mano del pequeño, que saludó en dirección de Alessia con su otra manito, mientras ella murmuró para sí misma con rabia:
-Si claro, adiós señor déspota... no vaya a rebajarse con un poco de educación y saludarme... Malditos ricos...
Pero si estaba indignada por haber sido sometida de esa manera, su ira creció al ver que ambos se subían a un vehículo que pudo reconocer.
Era el auto de lujo que la había bañado en agua sucia de camino a su trabajo.
-¿Puedes creerlo Celi? ¿Quién se supone que es ese sujeto y por qué el señor Gianni le obedece?
-Ay, Ale, de verdad que a veces parece que vives en otro planeta. ¿Acaso nunca escuchaste hablar de Valentino Amato? Es un empresario ultra rico, aunque se dice que también trabaja para la mafia.
-¿De... de verdad? ¿Y tiene un hijo?
-No se sabe nada del pequeño, nunca se le conoció una esposa. Un día comenzó a aparecer con un bebé.
-Que claramente es un niño malcriado ahora...
-Así parece... Aunque no se puede negar que Valentino Amato es un hombre... ufff... super excitante...
Claro que le había parecido increíblemente atractivo y sensual. No podía quitarse de la cabeza la imagen nítida de su cuerpo alto y fuerte, pero no admitiría su encanto frente a su amiga.
-Es un hombre horrible. Desagradable y engreído. Y obviamente necesita ayuda para cuidar a ese niño. No sabe nada de límites. Es caprichoso.
Celina puso sus ojos en blanco.
-A quién le importa eso, Ale. Nadie habló de casarse y criar a la criaturita. Pero qué buena noche se debe pasar con semejante espécimen masculino... esos ojos azules, el cabello negro, alto, bien formado... ay, y esa boca sexy...
Alessia sólo podía recordar ahora el gesto despectivo de esa boca torcida, y el desprecio de sus ojos azules. No entendía qué se suponía que su amiga había visto en él... o fingía no entenderlo.
Solo le había parecido el ser humano más desagradable que había conocido. Sí, era cierto que apenas lo había visto, con el pequeño Santino, le había parecido tierno y apuesto, y hasta le había dado pena.
Pero ese encanto se había disipado muy rápido, apenas habló.
-Pues a mí no me pareció para nada atractivo. -mintió-. Fue un horrible día en el trabajo, y espero no volver a verlo nunca más. La experiencia más humillante de mi vida...
-Bueno, querida amiga, veo que necesitas una noche de chicas para olvidarte del mal rato. ¿Salimos esta noche? Mañana no trabajamos, será divertido... vamos...
-Creo que es una buena idea, hace mucho que no salimos juntas.
-¡Maravilloso! Te prestaré uno de mis vestidos.
-No, eso no, son demasiado... reveladores.
-Pues, justamente por eso, necesitas divertirte y olvidarte un poco todo lo malo. Buena música, unos tragos... y tal vez algo de acción...
-Ni se te ocurra...
-Bueno... de acuerdo... pero al menos ponte mi vestido azul, hasta te queda mejor que a mi...
-Bien, si con eso te callas.
-Lo prometo.
Una hora más tarde ambas estaban bailando en un bar bastante agradable al que Celina solía ir habitualmente. Como Alessia no tenía mucho dinero para gastar, era su amiga la que solía invitarla, y aunque la joven le insistía cada fin de semana, a ella la avergonzaba muchísimo, y pocas veces aceptaba ir con ella.
Celina entraba como una verdadera diva, conocía a todos en el lugar, y era el opuesto exacto de Ale. Se movía con seguridad y sensualidad, era alta, rubia y muy hermosa. Junto a ella, Alessia se sentía un espantapájaros, aunque no tenía motivos para eso. Esa noche, con el costoso vestido azul que su amiga le había prestado, su hermoso cabello suelto y en ondas naturales, y unos zapatos de tacón, también de Celina, se veía realmente sensual.
Aunque al principio ambas se divertían juntas y bailaban en medio de la pista, en cuanto el alcohol se le subió a la cabeza, Celi comenzó a bailar con un hombre muy apuesto que le estaba coqueteando, dejando de lado a Alessia.
Sin embargo, lo peor fue cuando, saludando con la mano y guiñandole un ojo se fue con su conquista dejándola allí.
El día realmente no podía terminar peor, ahora tendría que volver sola a su departamento, en autobús, y vestida de esa manera.
Estaba por salir mientras pensaba en asesinar fríamente a su "amiga" cuando le bloquearon el paso.
-¿Dónde crees que vas tan solita, muñeca?
Alessia levantó la vista para encontrarse con un moreno alto y apuesto, pero de mirada nublada por el alcohol.
-Lo siento, me voy a mi casa. Déjame pasar.
-Es muy peligroso que salgas sola tan tarde en la noche... ¿Qué clase de caballeros seríamos si lo permitiéramos?
Entonces pudo ver que, junto a este hombre, otros dos la miraban con lujuria desde su mesa. Y no parecía que sólo hubieran tomado alcohol.
-Puedo irme sola, gracias...
Pero apenas intentó dar un paso, el hombre la tomó de un brazo y la llevó hacia un lado.
-¡Suéltame! Voy a gritar y vendrán los guardias...
-¿Esos guardias que miran desde la puerta? Podrías intentarlo... pero sucede que soy el dueño de este lugar, y hago lo que se me dé la gana...
-Por... por favor... déjame ir...
Alessia miraba a su alrededor con desesperación. Ante su mirada suplicante, el guardia simplemente miró hacia otro lado.
Estaba sola.
-Oh, cariño, no tienes por qué preocuparte así... arruinas tu bello rostro con esa expresión... No te haremos nada que no quieras, de verdad... ¿acaso luzco como un delincuente? Sólo quiero invitarte un trago. He visto que tu amiga te dejó sola, y no has bebido nada... Estarás sedienta...
-No... gracias. Estoy bien. Ha sido un largo día... Quiero ir a casa.
-Te prometo que luego te llevaré a tu casa, lindura. Pero ahora, toma algo con nosotros.
-Por favor...
-¿Qué quieres tomar, muñeca?
-Nada...
-Bien, yo elegiré. Lili, tráele un whisky sour a la señorita...
Alessia estaba atrapada, flanqueada por los enormes amigos de ese sujeto. No acostumbraba a beber. Eso sonaba como algo muy fuerte para ella.
-Por favor...
-Vamos, te prometo que sólo te invitaré un trago, y luego iremos a tu casa... lo juro, bonita...
Lili, la camarera, dejó el trago frente a ella con una mirada de lástima.
Bueno, sólo un trago, y en cuanto lograra salir de ese bar, echaría a correr.
Ella tomó el vaso, y comenzó a beber, pensando que pronto saldría de allí. Pero enseguida se sintió terriblemente mareada y adormecida. Era evidente que la camarera, a pedido de ese sujeto, había agregado algo. Descubrió con terror que no podría correr.
Valentino odiaba visitar esa zona personalmente, pero había acordado encontrarse allí con un socio. Apenas entró al bar, escrutó a su alrededor como era su costumbre y su mirada aguda detectó la situación de peligro en que se encontraba la joven de vestido azul en la mesa del primo de su socio. Despreciaba el uso y consumo de estupefacientes, por lo que mientras se aproximaba a la mesa para preguntar por él, observó atentamente a la joven. Sí, sus pupilas dilatadas y su expresión desvaída le indicaron que estaba en lo cierto. Bueno, no era asunto suyo... pero en ese momento reconoció a la empleada de la confitería con la que Santino había tenido una extraña conexión y que lo había hecho comportarse como un idiota. Esa mujer lo atraía como un imán, y de sólo imaginar su sensual cuerpo sinuoso en las manos asquerosas de ese hombre, la sangre le hirvió de celos. No podía dejarla a su suerte, así que se enfrentó a él.
-Buenas noches, Carlo.
-¡Señor Amato! ¿Qué hace aquí?
-Venía a encontrarme con tu primo. Pero resulta que conozco a la joven... así que me la llevo.
-¿Qué? De ninguna manera. Ella se queda con nosotros, señor Amato. Busque su propia zorra. Hay muchas otras aquí...
Carlo no lo enfrentaría en condiciones normales, pero podía verse que estaba bastante intoxicado.
-He dicho que me la llevo, Carlo.
Alessia reconocía la voz y alzó la vista para encontrarse con esos fríos pero atrayentes ojos azules. No lo conocía bien, pero se aferró de un salto a uno de sus brazos fuertes y rogó con la mirada perdida. Casi no podía articular palabra.
-Porrr.... Fav... or.... Sal... sal... ve...
-¿Qué haces, preciosa? Tenemos un trato. Tú te venías con nosotros.
-Viene conmigo, Carlo.
El moreno intentó golpear a Valentino por sorpresa, pero lo esquivó rápidamente, noqueándolo enseguida con la izquierda. Cuando los otros dos trataron de golpearlo también, fueron derribados con gran facilidad. Los guardias, que conocían al señor Amato, se mantuvieron al margen.
Valentino cruzó la puerta, llevando a Alessia del brazo, mientras les decía a uno de los hombres de la entrada:
-Dile al señor Ford que lo llamaré para reprogramar nuestra reunión.
-Sí, señor Amato.
Salieron ambos del bar.
Alessia se desmayó enseguida.
Cuando Alessia abrió sus ojos estaba en una habitación a oscuras, y un sentimiento de terror la invadía, tenía taquicardia y la respiración agitada, seguramente a causa de lo que le habían dado de beber.
En medio de su niebla mental, distinguió un destello azul, y se aferró al dueño de esos ojos, llorando descontroladamente. Podía percibir su aroma envolvente y atractivo, y la calidez de su cuerpo erizando su piel.
Necesitaba que se quedara a su lado, que la protegiera.
-Por favor... por favor no me deje... no me abandone... me violarán... por favor...
-Está a salvo aquí...
Ale no lo soltaba, apretada a su brazo como una garra. Él le haría daño si intentaba arrancarla, así que no se atrevía a hacerlo. Además, el contacto con su piel era adictivo.
-No me deje... por favor... por favor... por... favor...
La joven lloraba sin parar. Valentino no había tenido otra opción y la había llevado a su casa, ya que ella, al desmayarse, no estaba en condiciones de decirle su dirección.
Y ahora, definitivamente, le era imposible salir de allí. Así que tuvo que ceder, y quedarse al lado de esa joven misteriosa.
-No se preocupe, me quedaré. Intente dormir.
Alessia cerraba los ojos, mientras Valentino Amato se quedaba sentado a su lado en la cama. Ella se durmió enseguida, y él la observó por unos minutos, delineando con sus ojos los rasgos suaves de su rostro, hasta que el sueño también lo venció.
Alessia despertó con un terrible dolor de cabeza y una agobiante sensación de vacío, aún mareada. Vio a un hombre a su lado, y recuerdos borrosos atacaron su mente. Se incorporó de golpe, y cuando vio con terror que el sujeto abría los ojos, lo golpeó en la cara e intentó correr, con tanta mala suerte que se enredó en una sábana mientras el hombre la sujetaba por el brazo.
Valentino la sujetó con fuerza, aún algo adormecido.
-¿Qué demonios haces?
Alessia comenzó a forcejear con él, todavía algo confundida.
-¡Suéltame! ¡Déjame ir! ¡Socorro! No me hagas daño, por favor...
Valentino la sujetaba contra la cama, con todo su cuerpo, intentando que dejara de golpearlo y evitando que ella se diera un golpe contra el suelo. La cercanía con Alessia y el perfume dulce de su piel, eran intoxicantes. Nunca se había sentido así.
-¡Cálmese de una vez! Se hará daño...
Ella estaba inmovilizada bajo el fuerte y pesado cuerpo de él. Podía sentir la firmeza de ese hombre contra ella y su cálido aliento en el rostro, mientras un aroma sensual la envolvía y su cuerpo se aflojaba, traicionandola. Valentino le sujetaba las muñecas con una mano, mientras bajaba lentamente la otra a lo largo de su cintura, rozaba su cadera y bajaba hasta su muslo descubierto a causa del minúsculo vestido. Alessia respiraba agitada y cerró los ojos al sentir sus dedos tocar su piel.
Él desenredó la sábana que atrapaba la pierna de la joven, mientras sentía la redondez de sus pechos agitados contra su pecho, y la soltó antes de que pudiera sentir los efectos que ella producía en su cuerpo.
Valentino se alejó sin decir palabra, dejándola sola en la habitación, para ir a su cuarto a ducharse y cambiarse.
Tenía sus propios asuntos por tratar, y esa joven lo había excitado un poco, demasiado, por lo que necesitaba alejarse para no cometer un error lamentable.
Sólo entonces, Alessia abrió los ojos y miró a su alrededor, con el corazón inquieto y desbocado, dándose cuenta de que, por alguna razón, había ido a parar a la casa del señor Amato.
Pasaron horas, y nadie entró a la habitación. Alessia no sabía qué hacer, yendo y viniendo, mientras notaba que había un cuarto de baño al lado. Así que se decidió por entrar allí, darse una ducha, vestirse nuevamente con el vestido azul, juntar valor, y salir de allí para poder buscar el modo de volver a su casa.
Cuando se atrevió a atravesar la puerta, se encontró con una serie de laberínticos pasillos, sin saber hacia dónde ir. Hasta que en un recodo, vio una puerta abierta y entró pensando que habría alguien a quien preguntarle. Pero allí estaba el pequeño Santino, jugando.
-¿Tú?- dijo el pequeño- ¿Viniste a visitarme? ¿Papá te trajo?
Sin esperar respuesta, el pequeño comenzó a dar saltitos.
-¡Siii!... ¡siii!... ¡vino la chica bonita!...
-Hola... pequeño... en realidad...
El pequeño la miraba con ilusión.
-¿Papá te trajo para que seas mi nueva mami?
Ella no sabía cómo explicarse, mientras temía que el niño explotara en otro berrinche.
-No... no... Santino...
-Dime Santi...
-Santi, no sé bien cómo llegué acá. No soy tu nueva madre... tengo que llegar a mi casa...
Santino no explotó, lo que le pareció raro, pero habló con mucha angustia.
-¡No! ¡Tú vives aquí! Te quedarás conmigo... Papá te trajo para mí...
Ella se agachó y le habló con calma.
-Cariño, lo siento, ha sido sólo un malentendido...
Los ojos del pequeño, no tan azules como los de Valentino, pero de una belleza inocente, se llenaron de lágrimas. Alessia pensó que tal vez Santino sólo hacía escándalos cuando estaba en presencia de su padre.
-Tú... también... me... dejas... solo...
-No, pequeño, no llores. Lo siento... no estás solo. Tienes a tu papi...
-Papi... no... tiene... tiempo...
-Oh... lo siento...
-¿Por... qué... nadie... me... quiere?...
El corazón de Alessia se estrujó.
-Eso no es verdad, Santi. No puedo vivir aquí ni ser tu mami... pero te prometo que vendré a verte, si tu padre me lo permite.
Se dio cuenta de la locura en la que se estaba metiendo, pero no podía dejar llorar al niño.
-¿De... de verdad?
Ella pasó sus manos suaves por las mejillas del pequeño, secando sus lágrimas.
-De verdad. Lo intentaré. La verdad es que casi no tengo tiempo... trabajo mucho...
Valentino había aparecido y estaba observando apoyado en el marco de la puerta de la habitación del niño. Observaba en silencio las curvas suaves del cuerpo de la joven, y la dulzura con la que razonaba con el niño.
Su hijo lo vio, y agregó mirando a Alessia, ahora con firmeza y más insistencia en su voz.
-¿Y serás mi madre?
-Eh, no, eso no cariño...
Santino miraba a Alessia, y luego a su padre. Iba a comenzar a gritar y patalear, pero fue en ese momento cuando ella descubrió la presencia de él.
-¡Señor Amato! Lo siento... ¿podría explicarle al pequeño?...
-¡Papi! Dile que sea mi nueva mami... Papiiii...
El niño ya subía la voz.
-Por favor, señor, aclare con el pequeño este malentendido.
Valentino simplemente levantó una ceja, y dio media vuelta mientras decía:
-Luego conversamos, Santi. Usted, señorita, venga conmigo.
Alessia estaba desconcertada, y el pequeño le gritaba.
-¡Lo prometiste! ¡Vuelve a visitarme!...
Ella no tuvo más opción que decirle, antes de salir detrás de Valentino:
-Está bien, lo prometo...
Una vez en el pasillo, el hombre se giró, y la miró con frialdad mientras preguntaba, realmente molesto al imaginarla en peligro:
-¿Qué demonios le sucedió anoche? ¿Cómo se le ocurre ir sola a un lugar así?
Alessia estaba confundida con su reacción. De un segundo al otro parecía interesado en ella.
-Yo... no fui sola... estaba con una amiga... y ella se fue...
-¿Y acostumbra a beber con hombres desconocidos y quedarse en bares hasta tan tarde?
-¡No! Estaba saliendo... y me interceptaron... no pude hacer nada... eran tres... y uno era el dueño... nadie quiso ayudarme...
-Usted es demasiado ingenua, señorita. Debería tener más cuidado.
Ella se puso a la defensiva.
-¿Perdón? No crea que no agradezco su ayuda, pero le aseguro que es la primera vez que me sucede algo así... y que de no haber sido por mi "amiga"... nada hubiera pasado...
-¿Y siempre bebe tragos de dudoso contenido?
-¡Claro que no! La camarera le puso algo... ¿cómo iba a saberlo? Sólo quería salir de allí.
-Bien. Espero que en adelante se cuide mejor. Y que pronto cumpla la promesa que le hizo a Santino.
-Pues, le agradezco su intervención, pero no está en mis planes volver aquí.
Valentino se acercó a ella amenazadoramente, haciendo que ella retrocediera hasta encontrarse con la pared. Estaba atrapada entre ese hombre impresionante y un muro sólido. Oleadas de calor le electrizaron la piel. Un calor que la derretía por dentro, pero además le daba un excitante temor.
-Usted no me conoce, señorita, no sabe de lo que soy capaz. Así que si le hace una promesa al niño, me la está haciendo a mí. Y puedo ser muy peligroso con quienes no me cumplen. Así que, señorita...
-Marino... Alessia Marino.
-... señorita Marino, o me jura que vendrá pronto a ver a mi hijo, como prometió, o me aseguraré de que sufra... mucho. No sólo usted, si no toda su familia.
Ella tragó saliva, intimidada. Ese hombre daba miedo. Aún así, logró murmurar.
-No... no tengo familia aquí... con la que usted pueda amenazarme... pero... está bien. Cumpliré... déjeme irme... señor Amato.
Él seguía tan cerca de ella, que su perfume le aflojaba las piernas. ¿Sería el miedo?
Valentino no quería dejarla ir tan pronto. Además, aún se la veía frágil.
-Aún no puede irse. Está demasiado débil por esa cosa que tomó, no correré riesgos. Almorzará con Santino en su habitación y luego mi chofer la llevará a su casa.
-Por favor, señor Amato. Sólo quiero ir a mi departamento, y dormir. Estoy cansada.
-No es una pregunta. Es una orden.
Valentino al fin se alejó unos pasos, se dio la vuelta, y se fue. Y ella suspiró. Había contenido el aire todo el tiempo, impactada por el fuego que brotaba de Valentino.
Bueno, aparentemente Alessia no tenía opción. Ni siquiera sabía dónde estaba esta casa, y su viejo móvil estaba descargado en su cartera junto a su delgada billetera.
Así que entró a la habitación del pequeño, y lo acompañó en sus juegos, mientras esperaba. El niño era realmente dulce y agradable cuando no estaba la intimidante presencia de su padre, lo cual era bastante lógico.
Era como si Santino necesitara llamar su atención y sentirse validado.
Luego de almorzar, y sin volverse a cruzar con Valentino, una empleada la guió al vehículo que la llevaría a su casa.
Llegó a su minúsculo departamento, se acostó en la cama, agotada, aunque agradecida por no haber terminado mal. Nunca saldría de nuevo con Celina, realmente estaba enojada con ella.
Puso a cargar su móvil y cerró los ojos.
De repente, el aparato sonó avisándole que había recibido un mensaje. ¿Sería Celi?
Tomó su teléfono y miró la pantalla.
Número desconocido.
Leyó: "No olvide su promesa, señorita Marino, o las consecuencias serán terribles para usted".
Uf, ese sujeto hablaba como un capo de la mafia. Ella ni se molestó en responder.
Sin duda, Valentino Amato había visto demasiadas películas y series de mafiosos.
Lo ignoraría y seguiría con su vida, que bastante difícil era ya como para complicarla con hombres engreídos y ricos, con hijos pequeños.