PRÓLOGO
Lo primero que hice fue buscar sus ojos. Entre toda la gente corriendo a nuestro alrededor necesitaba encontrar sus ojos para correr hacia ellos. Todos gritaban, el pánico se había apoderado en todo el lugar y la gente no dejaba de correr en busca de algún refugio o alguna salida cerca. Probablemente yo debía de hacer lo mismo, pero no podía, no podía irme sin encontrar lo que mis ojos buscaban con desesperación.
Las personas me empujaban en su intento por escapar de las próximas balas que pudiesen ser disparadas. El terror se había apoderado de ellos. Aunque yo tenía que estar haciendo lo mismo no lo hice.
Luego encontré su mirada. Sus ojos se posaron en mí, como si también hubiesen estado buscándome todo ese tiempo. De inmediato comenzó a caminar hacia mí, sin dudas, a empujones mientras yo hacía lo mismo hasta poder llegar y tenerle cerca de mí. Otra vez.
De nuevo los disparos se escucharon, alarmando más a la gente y haciéndola mucho más violenta en el proceso del escape. Me empujaban, pero yo hacía lo mismo por poder quitarles de mi camino. En ningún momento nuestras miradas se despegaron. Cada vez más cerca. Cada vez a menos distancia. Desesperados por llegar el uno al otro para poder salir juntos de ahí. No importaba todo lo demás, no importaban los últimos meses de rechazo y amargura entre ambos. No importaba el daño que nos habíamos hecho mutuamente en esos meses. Todo aquello había dejado de importar en ese momento en el que ambos nos dimos cuenta que cualquier momento podía ser el último.
Tan solo a unos metros de estar de nuevo juntos, entre toda esa gente no podíamos mirar otra cosa que no fuésemos nosotros mismos. Mi corazón latía a mil por ahora, sentía que mis dedos comenzaban a picar. Tan solo un poco más y estaremos juntos de nuevo.
Pero entonces aquel sonido de nuevo se escuchó. Un disparo. De pronto dejó de caminar a prisa hacia mí, deteniéndose en seco. Sus facciones se relajaron abriendo apenas la boca, pero sus ojos se abrieron en lo máximo. Pareció dar un respiro y de pronto se desvaneció dejándose caer.
Me detuve en seco también, mirando aquella escena que mis ojos habían presenciado con terror. Antes de que pudiese asimilar lo que había pasado, grité. Grité con todas mis fuerzas y corrí hasta su cuerpo. Me tiré a su lado, tomé su mano y miré la mancha en su abdomen.
Sangre. Le habían disparado. Le habían disparado.
El terror invadió mis sentidos. En automático coloqué mi mano ahí en esa zona, dejando que esta se empapara de ese líquido rojizo que circulaba por todo nuestro cuerpo. Presioné. La mancha comenzaba a expandirse por la tela de aquella vestimenta con la que siempre me había encantado verle. Sus ojos me miraron, yo miré los suyos, casi perdiéndome en ellos.
-Sal -logró decir, pero negué-. Sal de aquí -dijo apenas y negué.
-No me voy a ir de aquí sin ti -le dije comenzando a entrar en un estado de desesperación.
Miré a todos lados. Nadie parecía darse cuenta de lo que pasaba ahí entre nosotros, todos seguían corriendo hacia la salida.
-Sal de aquí -repitió colocando su mano sobre la mía que presionaba sobre la herida.
-No me iré de aquí sin ti -le dije un poco más alto haciéndole entender que no pensaba dejarle ahí.
Su mano subió a mi mejilla. La acarició y trató de sonreír, pero una mueca de dolor le atravesó el rostro.
-Lo siento -susurró y trató de dar un respiro, pero solamente le causó más dolor.
-No digas eso, está bien. Yo entiendo -le dije asintiendo, mirándole con desesperación-. Vas a estar bien, te lo prometo.
Sonrió sin ganas.
-Está bien -dijo tratando de tranquilizarme, pero no podía, no podía tranquilizarme. Se estaba desangrando en mis manos, frente a mí-. Ojalá pudiese atrasar el tiempo para poder cambiar mis decisiones y poder aprovechar cada momento contigo.
-No digas eso -le callé negando-. No digas eso. Vas a poder hacerlo, vas a estar bien.
Sonrió, pero entonces su caricia en mi mejilla se suavizó, haciéndose débil. Cerró los ojos, su mano cayó al suelo en peso muerto y me alarmé.
-No, no, no -dije tomándole del rostro-. Quédate conmigo. Quédate conmigo, por favor.
En ese momento sentí que el cielo cayó sobre mí. El cielo se derrumbó y yo me derrumbé con él.
NOTA DE AUTORA:
¡Hola a todos! Si estás aquí seguro es porque ya has leído las cuatro partes de Skyscraper y te han gustado, de ser así muchas gracias y de verdad espero que sea de tu gusto este segundo libro que es la secuela de la duología.
Esta historia es una duología. Está conformada por el primer libro llamado Skyscraper y su secuela Skyfall. Sin embargo, por cuestiones de extensión, el primer libro se dividió en cuatro partes aquí en la plataforma. Esto significa que la secuela, por las mismas razones que el primer libro, será dividida en tres partes: Skyfall - Parte I, Skyfall - Parte II y Skyfall - Parte III. Las tres partes conforman un solo libro, es decir, el segundo y último libro de la duología.
Espero disfruten de la lectura así tanto como yo disfruté de escribir esta historia, agradezco mucho el apoyo. ¡Muchas gracias!
- Con cariño, Mafer.
Había casi también olvidado la gran cantidad de autos que rondaba por la ciudad. Casi me duermo a medio camino de no ser por escuchar la voz de mi mejor amigo tratando de mantenerme despierta hasta llegar a lo que ahora era su hogar. Después de un grandioso y alegre encuentro en el aeropuerto, le insistí en que pudiésemos llegar a casa lo antes posible pues mis párpados no tardarían en caer en cualquier momento.
Al llegar al nuevo hogar de Thiago, casi me derrumbo en el suelo de su apartamento cuando abrió la puerta.
-Bienvenida a tu humilde hogar -dijo sonriendo mientras arrastraba la maleta hacia el interior.
-Oye, después de todo no tienes mal gusto para la decoración -dije al entrar mirando la combinación de colores del lugar.
-Olivia fue de ayuda -dijo encogiéndose de hombros mientras cerraba la puerta detrás de él-. Vamos, te mostraré tu habitación.
-Habitación de huéspedes -le corregí y este me miró rodeando los ojos.
-Sabes que puedes quedarte aquí el tiempo que necesites, Valet -dijo mientras al fondo se acercaba a una puerta blanca, la abrió y encendió la luz después entrando en esta-. Considerando que no te veo desde hace casi siete meses, seguro no me hartaré de ti en un buen tiempo.
Lo fulminé con la mirada, este me miró divertido desde la puerta de la habitación después de haber metido la maleta ahí.
-Entonces, ¿desde cuando dices que vives aquí? -dije mirando el lugar caminando hasta el centro de lo que parecía ser la sala.
-Cuatro meses -dijo metiendo ambas de sus manos en los bolsillos de sus pantalones-. Dos meses antes de que naciera Eliza.
Mi mejor amigo había tenido una hermosa y preciosa niña, a la cual nombraron Eliza. Justo como Jessica había dicho que se llamaría si llegaba a ser una nena. Lo fue. Durante estos meses lejos de la ciudad, Thiago siempre me mandó fotos y videos de ella, incluso el día en que nació. Era una bebé preciosa, rubia y de ojos verdes como los de su padre.
Una de las razones por las que Thiago había decidido salirse de casa de sus padres y tener su propio espacio era la bebé. Había trabajado mucho más duro de lo que hacía antes, pues la noticia de ser padre no era de tomárselo a la poca, así que había ganado suficiente para también pagarse la renta de un apartamento en un edificio bastante lindo. Ahora que su padre le apoyaba con la universidad, Thiago tenía muchos más ahorros para usar en sus cosas como la renta, sus lujos y por supuesto como prioridad; su hija.
-Necesito conocerla -sonreí mirando a mi mejor amigo mientras me acercaba y entraba a la habitación donde dormiría por los siguientes días, hasta que me instalara en algún otro lugar.
-Lo harás. Esta semana le toca quedarse acá -dijo mientras se cruzaba de brazos.
-¿Se queda aquí contigo? -le miré con ambas cejas alzadas.
-Claro, tiene su propia habitación -dijo sonriendo de lado.
Lo miré por unos segundos, casi sin pestañear.
-Oh Thiago, no me digas que voy a dormir en la habitación de Eliza -mascullé mirándole de lado.
Soltó una carcajada haciendo la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
-Claro que no, tonta -espetó mirándome con diversión, con un movimiento de cabeza me dijo que lo siguiera y lo hice.
Salimos de la habitación, justo a lado de esa había otra puerta blanca. Thiago se detuvo frente a esta, me miró y después de que sus labios se curvearan hacia un lado, abrió la puerta dando un paso hacia adentro estirando su brazo hacia el interruptor para encender la luz.
Lo miré por unos segundos, después entré, unos cuantos pasos hasta pasar la puerta. Me detuve. La habitación era blanca, con tonos beige y tenuemente amarillo pastel. Había una cuna del lado de una pared, con un carrusel con colgantes encima de este y a la par un cambia pañales donde encima yacía una mochila que lo que pensé es que era la pañalera.
Del otro lado de la habitación en una esquina había un sofá café, con una manta amarilla encima de este. Justo a la par de la puerta en un hueco yacía un armario blanco. En la pared libre donde parte del sofá se apoyaba, había flores entre nubes. De pronto me percaté del aroma en la habitación. Olía a bebé.
Sí, los bebés tenían olor y nadie me lo podía negar. Un aroma suave, combinado con jabón y olor a flores. Suspiré sintiéndome relajada por un momento.
-Es muy bonito, ¿tú hiciste la decoración? -indagué girando mi rostro para mirarlo por unos segundos.
-¿De verdad crees eso? -me miró con una ceja alzada.
Reí.
-La verdad es que no -aclaré sonriendo después acercándome a un baúl que yacía en el piso del otro lado de la habitación-. ¿Olivia te ayudó?
-Bastante -reconoció mientras escuchaba como daba unos cuantos pasos al interior de la habitación-. De hecho, ella fue quien pintó aquella pared -apuntó hacia las flores en conjunto con las nubes.
Miré los dibujos de pintura, abrí los ojos sorprendida.
-¿De verdad? -cuestioné-. No sabía que tenía dones para la pintura.
-Los tiene, es lo que más le gusta hacer -sonrió y estaba segura de que la imagen de ella pintando aquí vino a su mente-. Era lo que quería estudiar, pero su padre no le dejó.
Hice una mueca. Me incliné sobre el baúl y abrí este cuando mi gato curioso interior me lo pidió. Dentro había libros infantiles, peluches; más de los que ya había en la cuna y en el sofá.
-¿Le lees esto? -pregunté sacando un libro pequeño.
-En ocasiones. He escuchado que es bueno leerles desde pequeños -aclaró su garganta.
Sonreí mirándole de reojo después volviendo a ver el libro entre mis manos. Lo volví a meter dentro del baúl, exploré un poco más aquel y después lo cerré incorporándome sobre mis pies nuevamente. Miré alrededor, había casi ignorado las fotos que yacían colgadas en un espacio en específico de la pared. Me acerqué. Era Jessica con la pequeña Eliza en sus brazos. En otra estaba Thiago con ella entre sus brazos. En la tercera los tres, Jessica con la pequeña entre sus brazos y Thiago mirando aquella escena con una sonrisa. Eran fotos que en su mayoría las poses eran desprevenidas.
-Fue Olivia -contestó casi mi pregunta en la mente-. Un regalo. Ella tomó las fotografías y después mandó a enmarcarlas en conjunto para colgarlas aquí.
Asentí en modo de comprensión, sin despegar mis ojos de aquellas escenas captadas en fotografía.
Sonreí.
Ambos se veían tan felices con la pequeña entre sus brazos a pesar de que no estaban preparados para ser padres. Bueno, en realidad nadie nunca estaba preparado para serlo.
-Que bonito detalle -mascullé dando un paso hacia atrás para girarme y mirar a mi mejor amigo que ahora se encontraba a la par de la cuna-. Olivia te ha ayudado mucho, ¿no?
Este asintió, sonrió, respiró profundo y después soltó todo el aire.
-Ni te imaginas. Ella fue quien me enseño a cambiarle de pañal los primeros días, era un desastre -rió después de que en sus labios se formara una mueca.
Carcajeé al imaginar aquella escena. Thiago tratando de cambiarle el pañal a la pobre Eliza, terminando en un gran y desastroso fracaso. Olivia interviniendo, haciéndolo en unos segundos de manera rápida y fácil. Thiago mirando. Thiago volviendo a intentarlo. Fracaso. Gruñidos de su parte y regaños de Olivia dándolo por vencido y tomando a la pequeña en brazos. Sí, definitivamente toda una escena con certeza.
-Es muy linda -me crucé de brazos mirando a mi mejor amigo-. Por apoyarte y ayudarte. Cualquier otra chica no lo hubiese hecho, Thiago.
Me miró por unos segundos, suspiró mirando hacia otro lado después llevando su mano a su nuca rascando ahí.
-Lo sé. Me ha sido de bastante ayuda para ser sinceros -sus ojos verdes volvieron a posarse en mí-. Aunque Jessica también trató de ayudarme en su momento. Ella también ha estado haciendo un gran trabajo.
-¿Cómo está ella? -pregunté con curiosidad.
Jessica. Ella había sido una de las últimas personas que me había visto antes de irme de esta ciudad. Había también sido parte de aquel espectáculo que me hizo querer marcharme de aquí sin mirar atrás. Aquella noche me di cuenta de que Jessica no solamente era la madre de la hija de mi mejor amigo, sino algo más que eso en la vida de esa persona que...
-Bien. Fue duro su embarazo por un tiempo, no sé si te comenté que su padre murió y bueno, aquí se quedó completamente sola. Por unos meses se fue a Chicago con la familia de su madre... -comenzó a decir, pero mi mente volvió a aquella noche.
Sí. El padre de Jessica había muerto, eso lo sabía mucho antes de que Thiago lo supiera. Desgraciadamente sabía más sobre Jessica de lo que Thiago sabía. De alguna forma aquello me parecía extraño e injusto. Siquiera debía de saber sobre ella del todo, pero por desgracia la vida de Jessica estaba ligada a una de las personas que había sido importante para mí en esta ciudad.
Era. Aún lo era.
-Entiendo -espeté automáticamente cuando mi mejor amigo dejó de hablar.
Siquiera le había escuchado con atención, pero sabía que nada en sus palabras era algo que no supiera ya. Thiago sabía lo básico, lo normal, no la verdad. ¿Era prudente que lo supiera? No lo sé.
-Y, ¿mañana irás a entregar el papeleo? -preguntó Thiago de repente sacándome de mis pensamientos.
Alcé la mirada de nuevo sin saber que antes estaba concentrada en un punto fijo sobre la pata de una cuna.
-Eh, sí -respondí aclarando mi garganta mientras metía mis manos en los bolsillos traseros de mis jeans-. Tengo que ir a dejar todo comprobante y bueno, papeleo que me piden para ser aceptada.
Sonrió de lado. Asintió.
-¿Quién iba a decir que terminarías abandonándome incluso también en la universidad para volverte una estudiante de nada más y nada menos que Columbia? -inquirió con ironía mientras me miraba con una ceja alzada.
Columbia. Ahora sería una alumna de Columbia.
-No voy a abandonarte. Seguiremos viéndonos como antes -le miré frunciendo el ceño ligeramente.
-Pero ya no podré mirarte por los pasillos y tirarte alguna bola de papel, o escapar a la cafetería después de que me mandes a comprarte un desayuno en específico -ironizó mirándome divertido con los brazos cruzados.
Lo fulminé con la mirada y este carcajeó.
-No te preocupes por eso, puedo exigirte los desayunos que quiera por los próximos días que me esté quedando aquí -canté mirándole esta vez yo de manera divertida.
Rió. Abrió sus brazos y no dudé en acercarme para abrazarlo. Me estrechó en sus brazos, abrazándome mientras yo lo abrazaba a él.
-Te extrañé, Val -dijo y aunque no podía mirarlo, sabía que una sonrisa se asomaba en su rostro-. Definitivamente puedo soportar vivir bajo el mismo techo que tú por los siguientes días.
Me alejé, le di un puño en el hombro. Se quejó, pero la risa opacó aquel quejido. Sonreí.
-También te extrañé -dije sonriendo, mirando como su mano sobaba la parte donde mi puño había dado.
No dormí. Aquella noche me fue imposible hacerlo. Mi mente no dejaba de divagar por todas esas memorias que no habían podido salir de mi cabeza en todos estos meses. En mi cabeza no podía sacar la imagen de él. Jugando. Mirando las cartas con concentración, después mirándome a mí. De nuevo mirando las cartas. Mirando las fichas. Mirando la mano sobre mi muslo. Mirando los labios que rozaban en mi cuello y mejilla. Sus manos. Sus manos apretando la mesa con tanta fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos. La sorpresa en su rostro, el miedo, el pánico. La ira.
¿Seguirá pensando en mí? ¿Tenía pesadillas como yo había tenido los últimos meses? ¿Seguía aquí? ¿Me habría perdonado? Necesitaba que lo hiciera. Necesitaba pensar que lo había hecho, porque entonces no podía dormir. No podía no pensar en aquello que me había atormentado por todo el tiempo que estuve lejos de aquí.
Había tenido que mentirles a todos. A Thiago, Cassie, mis padres... a él. Los últimos meses habían sido una tortura, un mar de mis propias mentiras donde en ocasiones simplemente quería hundirme y no dejar que la gravedad me hiciera salir a la superficie. Había sido probablemente una de las peores decisiones que había hecho en mi vida, pero el precio era alto. No podía negarme a tal precio.
Por las noches cuando cerraba los ojos podía verlo. Mirándome confundido, perdido, alarmado, con ganas de correr hacia mí y sacarme de ese lugar. ¿Yo qué hacía? Tan solo reía con su enemigo.
¿Podría alguna vez perdonarme todo lo que ocasioné esa noche? Temía que nunca lo hiciera.
Había tenido que cambiar todo lo que él conocía. Definitivamente había hecho realidad aquel pensamiento de desaparecer de su vida. Ni una llamada. Ni un mensaje. Absolutamente nada.
Me levanté de la cama, sintiéndome de pronto agobiada y con calor a pesar de que las temperaturas eran tremendamente bajas. Me levanté, me acerqué a la ventaba y subí las persianas dejándome ver la noche. Estábamos en el piso once, lo suficiente para ver algunos edificios alumbrar a través de sus ventanas. Mis ojos miraron cada una de estas, y también miraron el cielo que era grisáceo. Nubes. Aún no había llovido. Parecía que estaban comprimiendo toda aquella agua para en algún momento de la noche dejarla caer a cántaros.
Mis ojos se enfocaron a los lejos en aquella área verde que tanto me gustaba de aquella ciudad. Thiago había conseguido un buen apartamento. Era justamente lo que necesitaba, aunque seguía siendo una de las zonas más cercas de Central Park, mucho más de lo que estaba mi antiguo edificio.
Mi antiguo edificio. Tenía que ver a dónde iría, no podía quedarme aquí con Thiago para siempre. Tampoco podía volver a mi antiguo edificio, no podría. No después de todos los recuerdos y el significado que había ahí. Tendría que buscar algo más, quizá algo más cerca de la universidad para ahorrar el dinero de los taxis. El edificio de Thiago quedaba cerca. Podría irme caminando. Quizá podía buscar algún apartamento en ese mismo lugar. Definitivamente tenía que buscar algo en esa zona, después de todo Columbia quedaba cerca de Central Park.
Columbia. Ahora sería una estudiante de Columbia. Cuando regresé a California no podía dejar los estudios. Pace no me ofreció ni me dejó seguir con aquel semestre en línea, y por supuesto que no podía atrasarme en mis estudios. Columbia me ofreció la oportunidad de hacer mi tercer semestre a distancia; debido a mis excelentes calificaciones claro, aquello con la condición de que el próximo semestre sería presencial. La beca ayudó mucho con ello pues estábamos hablando de Columbia.
Me había negado a ir ahí. Era costoso. De ninguna manera podía hacer que mis padres pagaran todo eso, pero insistieron en hacerlo después de explicarme que aquello no sería problema pues el antiguo trabajo de mi padre le había dado su cheque de renuncia por todos los años que había trabajado para esa empresa. Con eso y con el nuevo trabajo que tenía, era suficiente para pagar el resto de los semestres de mi carrera.
Un estruendo se escuchó salir del cielo. Me sobresalté. Un rayo cruzó por el cielo después escuchándose otro estruendo. Miré los edificios, después una gota caer en la ventana deslizándose hasta llegar al final. Me concentré en esa gota, después otra cayó, corriendo hacia abajo casi en misma dirección que la primera. Relamí mis labios de pronto sintiéndolos secos.
Las gotas empezaron a caer sobre la ventana, llenando esta de múltiples gotas. Mis ojos ya no pudieron concentrarse en las luces que desprendían de los edificios, la lluvia había empapado el cristal haciendo que mi visión fuera distorsionada. Apoyé mi mano sobre el cristal. Frío, estaba frío.
Por más que mis ojos trataban de enfocarse en los edificios, no podían. Las gotas de lluvia habían tomado posesión del cristal siendo mi primer panorama en aquella vista. Pero mis ojos fueron tercos, no importaba que las gotas hubiesen invadido aquella vista que tanto temía y deseaba volver a mirar. Se enfocaron en un solo edificio, queriendo no mirar a otra parte. El edificio era alto, pequeños puntos distorsionados de luz lo iluminaban.
¿Qué estaría haciendo? ¿Estaba en la ciudad? Probablemente no, pero tenía la esperanza de que sí.
Mis dedos subieron a mi pecho, rozando con los botones de mi pijama. Después subieron un poco más arriba, sobre mis clavículas. Deslicé mis dedos dentro de la tela abrigadora de mi pijama, hasta que dieron con aquello que colgaba de mi cuello. Rozaron la perla, después los pequeños diamantes que le rodeaban. Un nudo se formó en mi garganta, deseando echarme a llorar en ese momento.
Dios, ¿cómo era posible que estuviese ahí? ¿Cómo había podido pensar que el volver solucionaría las cosas y me haría sentir mejor? Era mucho peor. El saber que estaba en esa ciudad donde todo había pasado, todo eso que había convertido todo en nada. ¿Cómo iba a tener las fuerzas de caminar por las calles sin tener que pensar todo eso? Sin poder pensar en él. Sin imaginar que podría estar caminando por cualquier calle de la ciudad y yo no sabía dónde. Pensar que podría verlo en cualquier lugar, ¿me miraría? ¿Me abrazaría? ¿Correría hasta mí para abrazarme y besarme?
Un rotundo 'no' resonó en mi cabeza.
Ya no tenía escapatoria. Estaba ahí. Yo estaba ahí. No podía regresar a casa. No. California había sido mi casa tiempo atrás, pero ya no. Mi casa se había convertido este lugar. En un edificio alto, un rascacielos, en el piso sesenta y uno. Donde había una estancia con ventanales que dejaban ver la mayor parte de la ciudad, donde por las noches no hacía falta una lámpara o una luz para iluminar el interior pues las luces de los edificios fuera iluminaban dentro. Donde estaba él. Donde estaba él era mi hogar.
Comencé a llorar. Llorar por mis decisiones. Llorar por mis acciones. Llorar por todo. Llorar por haber convertido todo en nada. Llorar por haberlo dejado. Llorar por haberle hecho aquello. Llorar por lo que pudo haber sido pero que no fue.
Llorar por él.
Porque sabía que en cualquier lugar que él estuviese, no podría perdonarme.
-¿Me estás diciendo que en todo este tiempo no hemos llenado el espacio en la zona C? -inquirió Henry con el ceño fruncido, mirando al castaño frente a él.
El castaño tembló sobre el asiento. Aunque su espalda era lo que veía de él, pude notar como tragó saliva, aclaró su garganta y se revolvió sobre el asiento inclinándose hacia enfrente.
-Aquí están los planos del lugar, señor -se inclinó dejando sobre el escritorio aquel pliegue de papel enrollado-. La zona C es la única que se ha mantenido en blanco. Hace poco vino el arquitecto para saber qué querría hacer en ese espacio, le dije que se lo comunicaría a usted, pero en el camino le informé a su hijo y él dijo que sería algo que comentaría con usted.
La mirada de Henry se enfocó por unos segundos solamente en el castaño; Walter. Lo miró con los ojos entrecerrados, después se levantó de la silla giratoria rodeando el escritorio para llegar a la mesita que estaba a la par de este, donde el licor un vaso de cristal yacía. Tomó la botella de whisky, sirvió en el vaso donde primero había puesto hielos y después lo llevó a su boca dando apenas un trago.
-Me temo decir que mi hijo no me informó de absolutamente nada -confesó exhalando después de aquel trago.
Se relamió los labios, mirando un punto fijo en la pared negra del otro lado de aquella habitación.
-Con todo respeto, señor -empezó a decir Walter mientras miraba a Henry-. En ocasiones su hijo no se toma el trabajo con seriedad.
Henry no lo miró. Tan solo asintió volviendo a dar otro trago.
-Conozco a mis hijos -pluralizó esta vez regalándole una mirada al castaño-. Sé perfectamente qué es lo que les interesa y qué no -sonrió de lado.
Un silencio se formó en la sala, abrumador para Walter, exquisito para Henry, pero para mí simplemente aburrido. Quería que aquella conversación terminara para poder salir de ahí y volver a mi apartamento.
Había trabajado durante cinco noches seguidas, de juego en juego, monitoreando cada mesa o sala general. A pesar de que ya debía de ser una costumbre definitivamente no iba a poder acostumbrarme a aquella rutina. Me resultaba desgastante el hecho de solamente trabajar por las noches, hubiese preferido que fuese la mañana. Pero la ambición solía ser por la noche, los juegos fuertes y la gente solía disfrutar más de la noche en aquel lugar.
Los demonios se divierten más por las noches.
-Algo se me ocurrirá -espetó Henry esta vez dirigiendo su mirada hacia mí.
Estaba sentado sobre el sofá en una esquina, cruzando casi las piernas colocando mi tobillo sobre mi rodilla opuesta. Mi mano derecha rodeaba un vaso de cristal, con mucho hielo y whisky.
Le sostuve la mirada a Henry, sus labios se curvearon hacia un lado, yo acerqué el cristal a mi boca dando un trago sin despegar mi mirada de él.
-Dile al arquitecto que venga en una semana -ordenó Henry a Walter sin siquiera mirarlo-. Para ese entonces seguramente ya tendré una idea de que hacer con ese espacio.
Walter asintió. Se levantó del asiento frente al escritorio, me miró y después salió de la habitación dejándonos solamente a mí y a Henry. Él me miró, soltó un suspiro y se acercó hasta donde yo estaba quedándose a una distancia prudente.
-¿Tú qué piensas, muchacho? -preguntó mirándome con los ojos entrecerrados.
Le miré con una ceja alzada.
-¿Me estás preguntando qué es lo que deberías de hacer en ese espacio? -ironicé mientras sonreía de lado.
Un asentimiento, fue todo lo que recibí de su parte.
Otro trago di, haciendo que mi lengua saboreara el whisky y después resbalara por mi garganta. Exhalé, apretando la boca y después mirando un punto fijo en las grandes puertas que había del otro lado de aquel lugar.
-Tienes suficientes salas privadas para juegos. Tienes área de fiesta y música, máquinas de juego -apunté después de relamer mis labios-. Pero no tienes algún área al aire libre -aclaré encogiéndome de hombros.
Su ceño se frunció. Me miró esperando a que siguiese hablando, pero cuando se percató de que no lo haría él fue quien lo hizo.
-La zona C es muy pequeña para hacer un área libre ahí -me miró confundido.
-Es pequeña pero lo suficiente grande para hacer unas escaleras o un ascensor -repuse de inmediato sin mirarlo.
-Ya tenemos escaleras y ascensor que llevan al segundo y tercer piso.
-Pero no que lleven al cuarto -le miré despreocupado después de dar otro trago.
Me miró de lado, sosteniendo la bebida en su mano. Pareció captar pronto de lo esperado lo que quería decirle con aquello.
-¿Sugieres que construya un cuarto piso? -cuestionó y yo asentí.
-Un piso completo para un área al aire libre, podría ser una sala repleta de mesas de juego, ¿a quién no le gustaría tener una vista de la ciudad por la noche? -le miré encogiéndome de hombros y después di otro trago-. Aunque te sugeriría que con ese piso complementaras el lado del club y no el lado del casino. A los jóvenes les encantará la idea de un club al aire libre en un cuarto piso, sobre todo por la zona en que el edificio está construido -me levanté dando el último trago.
Me acerqué a la mesita donde dejé ya el vaso con apenas unos cuantos hielos que no lograron diluirse con el licor.
-Tu idea es intrigante -escuché a Henry decir detrás de mí-. ¿No crees que deba de invertir más en el área del casino?
Negué. Me di la vuelta para volver al sofá donde tomé mi saco.
-Ya tienes suficientes áreas -comenté sin mirarlo-. Te va bien, pero deberías invertir en algo nuevo porque en algún punto aquello será meramente aburrido para los clientes. Construye algo nuevo y fascinante que atraiga la atención de las personas. El punto es que sea algo novedoso y nuevo.
Me coloqué el saco después mirando el reloj en mi muñeca izquierda.
-Estamos en Los Ángeles, Nathaniel -comentó Henry como si fuese algo obvio-. Hay muchos clubs de esa manera.
-Lo sé, pero no son tuyos -le miré esta vez-. El hecho de que sepan que El Vice tendrá un nuevo piso al aire libre los va a hacer querer venir. Ten por seguro que el primer día va a haber una larga fila de jóvenes que van a querer entrar en cuanto antes -le dije serio después metiendo una de mis manos en los bolsillos.
Me miró por unos segundos, asintiendo mientras al parecer mis palabras hacían cierto ruido en su cabeza; de manera positiva.
-Tienes buenas ideas, muchacho -afirmó alzando su vaso hacia mí-. Bastante emprendedor -agregó después dando un trago.
Asentí.
-Lo sé -aseguré con un asentimiento-. Tengo que irme. Mañana sale mi vuelo temprano.
-Entonces, ¿quieres que tenga ese contrato preparado para ti? -preguntó Henry antes de que pudiese darme la vuelta-. Nuevo año, nuevo contrato, muchacho.
Le miré por unos segundos. Apreté los labios después enfocando mi vista en un punto en específico en el suelo, al mismo tiempo que arreglaba las mangas de mi camisa que sobresalían por debajo del saco.
Habían sido seis meses en los que había trabajado para Henry. Seis meses lejos de Nueva York. ¿Me había beneficiado? Bastante. ¿Deseaba estar ahí? No había un lugar en específico en el que desearía estar.
Al principio me negaba a cooperar en este lugar. Me negaba siquiera a dirigirle la palabra a Henry, pero vamos, tenía que hacerlo. Decidí dejar ir toda aquella ira a pesar de que sabía que no podía confiar del todo en Henry. De su hijo mayor mucho menos. Tenía estrictamente prohibido pasarse por aquí cuando yo estuviese pues le había advertido a Henry que no dudaría en golpearle si lo llegase a ver en alguna ocasión.
Solamente lo hice una vez. La única vez que le volví a ver después de lo ocurrido hace siete meses. En los primeros días, cuando llegamos a Los Ángeles y Henry me enseñó el lugar, aquel idiota se dignó a cruzar la puerta y poner un pie en la misma habitación que yo. No dudé en golpearlo, y si no le desfiguré el rostro fue porque los hombres de Henry estuvieron ahí para impedirlo.
''No te imaginas lo mucho que lo disfrutó, Vaughan'', se burló en mi cara después de que le hubiese dado casi una paliza.
''No dejaba de decirme lo mucho que le encantaba todo lo que le hacía y me rogaba por más. Que chica te tenías escondida, ahora entiendo porque tanta fascinación por ella.''
Mi sangre hirvió en esos momentos.
Apenas pude controlarme con aquellas palabras cuando las dijo. Le advertí a Henry que no quería verlo más. Me importaba un carajo que fuese su hijo, no me importaba que fuese parte del proyecto del club. Definitivamente no quería volver a verle en mi vida. Por supuesto a Henry le convenía mantenerme contento en este lugar si quería que pusiera de mi parte, así que lo hizo.
Los primeros meses fueron un martirio. Noches de desvelo. Noches en las cuales me preguntaba qué había pasado. Cómo. Por qué. ¿Cómo dejé que pasará? ¿Cómo no me di cuenta?
La llamé. La llamé tantas veces que llegué a perder la cuenta. Nada. Había cambiado su número al parecer. Quise buscarla, sabía que no estaba en Nueva York, Jessica me lo dijo, pues Thiago le había dicho. Estaba en California. Estábamos en el mismo estado, quizá aquello no sería mera coincidencia.
Necesitaba una explicación. Necesitaba que me dijera que todo era mentira. Pero sabía que no lo era. Todo había estado tan claro como el agua. Decidí no buscarla, porque si ella hubiese querido que lo hiciera, sé que de alguna manera me hubiese dado una señal. No lo hizo. Entonces entendí que, todo había sido una mentira. Lo nuestro había sido una mentira. Quizá en algún momento si había sentido algo por mí, pero ¿qué pasó después?
Después ya todo fue simplemente nada.
La traición. Aquello era suficiente.
Mis ojos habían visto parte de esa traición.
Me había engañado. Me había traicionado. Me había mentido. ¿Cómo podía perdonárselo? ¿Cómo podía ser tan estúpido en que la idea de buscarla pasara por mi cabeza? No podía permitirme eso. No podía dejar que me pisoteara una vez más. No iba a permitirlo. Ni a ella ni a nadie.
Me había traicionado de las peores maneras, y era algo que jamás iba a perdonarle.
-Quizá -levanté la mirada relamiendo mis labios-. ¿Me darás la opción? -pregunté mirándole.
Una sonrisa apareció en su rostro. Burlona.
-Te dije que serían seis meses, Nathaniel -dio un paso hacia mí-. Lo demás lo dejo a tu decisión. Aunque dudo que quieras dejarlo ahora que te va mejor que antes aquí.
Dio otro trago, sin despegar su mirada de mí.
Aquello que decía no era mentira. Me había ido mucho mejor que antes. No era algo que me encantara, pero sabía que todas esas noches de juego, su fruto me ayudaría en algún futuro el día que decidiera apartarme por completo de ese mundo. Porque lo haría. Algún día lo haría sin duda.
Asentí. Volví a mirar el reloj en mi muñeca.
-Quizá tengas razón, Henry -dije mirándole y sonreí de lado-. Pero en estos momentos quiero disfrutar de mis vacaciones.
Me miró de lado, con los ojos ligeramente entrecerrados. Sonrió. Volvió a alzar su vaso hacía mí.
-Buen viaje entonces, Nathaniel -exclamó sonriendo-. Esperaré con ansias a tu respuesta. Disfruta de estos tres meses.
Asentí. No dije nada más. Apreté mi boca dándome la vuelta caminando hacia las grandes puertas de aquella habitación. Justo cuando mi mano se posó en la manija dorada, escuché de nuevo la voz de Henry.
-Dos cosas -comenzó a decir y lo miré-. Me encargué de pagar renta todos estos meses en tu antiguo apartamento, espero no te sea molestia el que lo seguí reservando para ti, así que puedes volver a tu 'antigua vida'.
Me tensé. No quería volver a ese apartamento. No quería hacerlo. Ahí había dejado una parte de mi vida que no quería volver a recordar ni vivir.
-¿Cuál es la otra cosa? -pregunté frunciendo el ceño.
-Walter te mandará mensaje de los días que jugarás allá -volvió a su escritorio, dejó el vaso y se recargó en este mirándome-. Dos veces al mes, ¿te parece? A menos que quieras descansar por completo -sonrió.
Apreté la boca.
Dos veces por mes, no sonaba mal. Definitivamente era mejor de lo que esperaba.
Solamente asentí. Me di la vuelta y salí de ahí siquiera sin darle las gracias. No lo haría jamás.
Al salir de aquel lugar caminé por el pasillo. Donde de camino a la salida me topé con Walter quien al instante de mirarme caminó hacia mí apresurado.
-¿Por qué no interviniste ahí adentro? -me reprochó con el ceño fruncido.
Sonreí.
-¿Querías que lo hiciera? -le pregunté con una ceja alzada mientras ahora ambos caminábamos hacia la salida.
-Casi me mata con la mirada cuando le dije de la zona C. Todo es culpa del estúpido de su hijo -lo escuché gruñir a mi lado.
-Alejandro no es nada más que un niño mimado, Walt -comenté sin mirarlo.
-¿Crees que no lo sé? Estoy harto de verlo solamente pasearse por aquí para conseguir mujeres -refunfuñó y sonreí de lado al escucharle.
Walter era el gerente del lugar. Era bastante joven. La imagen perfecta que Henry quería enseñar a los clientes. Era trabajador, joven, inteligente, aunque ante la presencia de Henry solía cohibirse. ¿Quién no lo hacía? Creo que todos los trabajadores en este lugar lo hacían. A excepción de mí y sus hombres.
Lo conocí cuando llegué. De inmediato me pareció un sujeto agradable y era una buena compañía en ocasiones, pues lo parlanchín explotaba en su personalidad. Algo diferente a la mía.
-Debiste de tomar el puesto de gerente cuando te lo ofreció -comentó entre dientes cuando salimos del pasillo llegando al ascensor para bajar.
-No es algo que me interese -dije sin importancia porque la verdad era así.
-¿De verdad? -preguntó igual de sorprendido que las demás veces-. Eres un sujeto muy extraño, Nathaniel Vaughan.
Apenas sonreí negando mientras ya estando dentro presioné el botón del primer piso.
-Entonces, ¿vuelves a Nueva York? -preguntó cuando las puertas del ascensor se cerraron frente a nosotros.
-Sí -respondí metiendo ambas de mis manos dentro de los bolsillos de mi pantalón.
-¿Por cuánto tiempo? -cuestionó esta vez.
Lo miré y alcé una de mis cejas.
-¿Quieres acompañarme para no quedarte solo aquí con Henry o qué?
-Definitivamente preferiría eso -masculló y sonreí.
-Henry no durará mucho aquí. No tarda en ir a monitorear los clubs en Las Vegas, después volver a Nueva York -lo miré de reojo y palmeé su hombro-. Tú tranquilo. No puede hacer mucho más que solamente matarte si metes la pata.
Este pareció temblar. Las puertas del ascensor se abrieron, salí de este.
-¡No estás ayudando, Nathaniel! -exclamó cuando me adelanté unos cuantos pasos.
Al salir al lobby la gente entraba y salía del lugar. Era jueves, por alguna extraña razón el lugar estaba que reventaba. Antes de llegar a la entrada Walter me alcanzó.
-Entonces, ¿cuánto tiempo te vas? -preguntó cuando llegó a la par mía.
Me detuve junto a la entrada.
-No lo sé. Tres meses -dije sin en realidad pensarlo con certeza.
Walter pareció abrir los ojos sorprendido.
-¿De verdad Henry te ha dejado ir por tres meses? -inquirió con sorpresa en su tono.
Lo miré, fruncí el ceño y abrí la puerta saliendo de ahí siento como este me siguió.
-Henry no necesita dejarme ir, voy por decisión propia. Porque puedo y quiero -reafirmé serio y este pareció arrepentirse de lo dicho.
-Sí, lo sé, pero es decir... -comenzó a decir, pero se detuvo, pues su mirada fue a un punto detrás de mí.
Fruncí el ceño ante su mirada. Giré mi rostro para mirar qué era lo que miraba y entonces ahí entendí.
Junto a uno de los pilares de la entrada había una chica. Rubia, ojos claros y tez blanca. Nos miraba a Walter y a mí, con una sonrisa divertida y coqueta. No. Me miraba a mí, porque en cuanto la miré su sonrisa pareció ensancharse más. Llevaba un vestido pegado, algo corto, pero cubría lo suficiente. Me pregunté si no tendría frío, pero claro, estábamos en California.
-Supongo que tendrás una buena despedida esta noche -escuché a Walter vacilar y sonreí.
-Al parecer -apreté mis labios sin dejar de mirar a la chica que de pronto se apoyó sobre el pilar ladeando su cabeza.
Bastante seductora.
-¿Quieres que le diga al valet parking que traiga tu auto?
Me tensé. Escuchar aquel nombre en aquella oración me hizo de repente detestar todo lo que se encontraba a mi alrededor. Sentí que mi respiración se hizo pesada. Definitivamente la vida se reía de mí por tener que escuchar aquel nombre más de lo que desearía. En realidad, siquiera quería volver a escucharlo. Irónicamente su nombre era uno bastante peculiar que jamás había escuchado en alguien, al menos no como nombre propio. Aquí tenía que escucharlo o leerlo la mayoría de las noches que venía aquí, pero siempre trataba de evitarlo.
-No, lo haré yo -dije aún con la mirada fija en la chica.
Incluso mis ganas de llevarme a esa chica al apartamento se esfumaron en el aire con tan solo la pronunciación de aquel nombre. De pronto me había puesto de mal humor. Quería solamente buscar mi auto, salir de ahí e ir a descansar para el vuelo de mañana por la mañana.
No podía escuchar ese nombre. Le había tomado cierto desprecio después de simplemente sentir dolor durante meses. Había sido una lucha constante conmigo el escuchar ese nombre, pensar en ese nombre, imaginarlo. Simplemente no podía. No más. Había pasado de disfrutar decir ese nombre, a simplemente detestarlo y no querer escucharlo nunca más. El rechazo. Sentía rechazo.
-Nos vemos, Walter -dije solamente después acercándome al chico que se encargaría de traer mi auto.
En cuanto me vio, se acercó a donde las llaves colgaban.
-Señor Vaughan, ¿quiere que le traiga su auto? -cuestionó mirándome.
Asentí.
-Por favor -contesté mientras metía una de mis manos en el bolsillo de mi pantalón.
El chico encargado de traer mi auto tomó las llaves de este. En los minutos que tardó mi mente volvió a divagar en aquel nombre. No importaba que hiciese, de alguna manera siempre se concentraba en este como si quisiese analizarlo. Pero al mismo tiempo quería simplemente olvidarlo.
Giré mi rostro de nuevo sintiendo aquella mirada. La rubia no despegaba sus ojos de mí. Era guapa, no podía negarlo. Tenía buen cuerpo, las curvas se hacían notar por debajo de aquel vestido. La miré disimuladamente de abajo hacia arriba. Sus tacones de aguja le hacían resaltar sus largas piernas.
Hice contacto visual con ella. Me sonrió de lado de manera coqueta mientras se arreglaba sutilmente el cabello.
Minutos antes había pensado llevarla a mi apartamento, definitivamente podía pasar un buen rato con ella. Pero al escuchar aquel nombre toda intención se había esfumado.
No. De ninguna manera. No iba a dejar que me arruinara de esa manera, no iba a permitirlo.
Sentí ira. Sentí celos. Probablemente ella estaba bien. Probablemente ella había seguido con su vida y quien sabe con cuantos habría estado después de mí. Había estado con Bastian. Sebastian. Había estado con él cuando estábamos aún juntos. Me había engañado y a ella no le había importado.
¿De verdad iba a abstenerme a divertirme por ella? No era el que no lo hubiese hecho antes. Había llevado a mi cama a algunas chicas durante los últimos meses. No muchas, apenas lo había hecho, porque una parte de mí seguía aferrándose a ella. Seguía buscando aquella sensación que sentía con ella, en otra piel.
-Aquí tiene, señor Vaughan -escuché al chico cuando dejó mi auto frente a mí.
Bajó y me extendió las llaves.
No era mi Audi, aquel se había quedado en Nueva York junto con el Mercedes.
El Mercedes.
De inmediato traté de borrar ese recuerdo de mi cabeza.
Había decidido de hacerme de un auto más económico aquí. Lo hice. Era nuevo, pero no se comparaba a mi preciado Audi que el día de mañana me estaría esperando para que lo condujera de nuevo.
Era un auto negro, de algunos dos años atrás. Suficiente eficaz para el tiempo que pensaba quedarme aquí.
Tomé las llaves, le agradecí al chico y me acerqué al auto. Antes de que pudiese rodear este para subir, me detuve. Me acerqué a la puerta del copiloto y la abrí para después darme la vuelta y mirar a la rubia. Esta sonrió, entendió mi referencia y de inmediato caminó hasta mí. Se detuvo a la par mía antes de entrar al auto.
-Annelise -pronunció su nombre mirándome con sus ojos claros.
La miré, teniéndola cerca. Olía a perfume caro. Con aquel vestido, aquellos tacones, ese aroma, aquel bolso que su mano aferraba contra su cuerpo, supe que era una chica hija de papi. Sonreí como respuesta, asentí. Al parecer esta esperaba que le dijera mi nombre, pero no lo hice. Fue entonces cuando subió al auto, cerré la puerta y rodeé este para esta vez subir yo.
Al subir, no dijimos nada. Tampoco esperaba que lo hiciera hasta que a medio camino me preguntó si trabajaba ahí.
-¿Por qué preguntas algo que ya sabes? -revelé mirándole de reojo con una sonrisa.
Esta sonrió mordiéndose el labio.
Sabía que ella lo sabía. No parecía ser una chica ingenua e inocente, todo lo contrario.
-¿Entonces debería preguntar por tu nombre? -preguntó esta vez.
Sonreí. Definitivamente eso no.
Sin mirarla negué.
Esta pareció soltar un suspiro, provocador, coqueto, sensual. No tardamos en llegar a mi edificio. Bajamos, la ayudé a hacerlo. Subimos hasta mi piso. En silencio, nos mantuvimos en silencio sabiendo qué era lo que iba a pasar durante los próximos minutos. Sin duda estábamos conscientes de lo que iba a suceder.
Abrí la puerta, encendí la luz y la dejé pasar primero. Después lo hice yo, deshaciéndome de mi saco para colgar de este en el armario. La rubia miró el lugar con atención, casi embobada con cada detalle. Era una pieza grande, no como mi antigua en Nueva York, pero lo suficiente grande y espaciosa.
Entramos a la sala, donde esta dejó caer su bolso sobre el sillón. Me miró con una ceja alzada, después se mordió el labio.
-Entonces, ¿qué te gustaría hacer? -preguntó ladeando su cabeza dando pasos lentos hacia mí-. Podemos...
No la dejé terminar. No quería escuchar nada de eso. No quería rodeos. Simplemente quería lo que ella había buscado desde un principio.
La besé. La besé con desesperación, con ansiedad, con ira. Como si pudiese descargar todo eso en ella. Ella me respondió igual, siguiéndome aquel juego mientras sus manos se aproximaban a mi camisa queriendo desabotonar esta. La tomé por la cintura pegándola a mí mientras mis manos comenzaban a divagar por su cuerpo.
Le besé el cuello, la mandíbula, las clavículas. Deslicé mi boca por toda la piel de su cuello hasta llegar de nuevo a su boca la cual me recibió de la misma manera que hacía unos segundos. La empujé suavemente, lo suficiente para que avanzara hacia atrás hasta caer sobre el sofá. Me coloqué sobre ella besándola, tratando de saborear cada centímetro de su piel.
-Tu nombre -logró decir en un jadeo.
-No es algo que necesites saber -establecí a centímetros de su boca mientras me encargaba de deshacerme de su vestido.
Aquello también se había vuelto una rutina en los últimos meses. Escoger a la chica indicada para olvidar. Poder olvidar. Olvidar sus labios. Olvidar su piel. Olvidar su rostro. Su aroma. Su tacto. Su voz. Sus gestos. Olvidar mi nombre saliendo de su boca.
Olvidar todo de ella hundiéndome en otra piel que no fuese la de ella.