Esas risas surgían entre las estructuras encendidas del bello palacio.
Unos adornos dorados brillaban bajo la noche mientras el río seguía corriendo con la brisa siendo tan fría.
Esa noche el reino de Luquersy se vistió de elegancia dispuestos a celebrar su abundancia, muchos ojos cristalizados se vieron en los reflejos de sus espejos acomodando sus cabellos enmarañados y suspirando con tranquilidad.
Habían caminado sobre el bello puente murmurando la dicha.
Habían sonreído en su camino bajo la luna.
Ahora bailaban bajo gigantes candelabros de oro, vestidos se alzaban entre esos torpes pasos y muchos hombres bebían entruchándose las manos con elegancia.
Y ahí sobre un trono de rojizas telas yacía el rey, un joven de cabellos negros y mirada grisácea. Elevo en sus labios una pequeña sonrisa mirando todo a su alrededor con la música siendo el compás de las voces y de los pasos que resonaban en el gran salón.
Las flores decoraban gran parte del lugar dejando que sus sutiles aromas sean delicados roces para los presentes y embriagando a la noche.
Alegres hombres tocaban esos viejos instrumentos con algarabía dispuestos a cansar sus dedos y aliento con tal de ver la alegría. Una mujer cantaba a su lado anonadando a los presentes, hombres solteros suspiraron mirando a la bella mujer de cabellos dorados y como un delicado vestido rojizo cubría su cuerpo. Esa piel virgen que se escondía ante la brisa fría.
Alguien grito entre la multitud más su voz fue callada por la música.
Se sumergió intentando llegar hacia el rey sin embargo los alegres pasos detenían su andar provocando torpes caídas y maldiciones que brotaban de sus labios. La mujer de cabellos negros decidió colocarse de pie cuando un hombre carcajeo dejando en los aires su aroma alcohol.
Avanzo empujando a todo ser y recibiendo miradas no tan cálidas.
El rey seguía zambullido en las alegres presencias, en esas parejas que se miraban con amor y otras que tímidamente se sonrojaban sosteniendo sus manos. Hasta que sus ojos grisáceos vieron a la mujer, esa que corría desesperada empujando a todo ser en su camino.
-¡Majestad! -su asustada voz surgió elevándose con fuerza
Rápidamente el rey se colocó de pie para mirarla con el ceño fruncido, algunos ojos dejaron de vagar entre las parejas que bailaban en medio del salón y estas frenaron provocando el pronto silencio en el lugar. El bullicio fue callado como si la tensión creciera en los segundos donde ninguna voz resonaba más solo fue la voz de aquella mujer la que surgió entre las miradas curiosas.
-¡Majestad! -se colocó de rodillas sin ser capaz de mirar esos grisáceos ojos
-¿Qué ocurre, Doromila? -fríamente cuestiono
-Majestad, ella regreso -rápidamente ante las palabras algunos murmullos surgieron. Ojos curiosos se cruzaban tratando de entender lo que ocurría entre la inmensidad y belleza del gran salón
-¿Quién regreso, Doromila? -dijo el rey mostrándose imponente bajo los ojos curiosos
-Esa mujer -con voz trémula murmuro incapaz de volver a decir palabra alguna por el miedo que iba creciendo en su desenfrenado corazón
Otra vez los murmullos se alzaron y las miradas se cruzaron.
-Ella se fue, señorita Doromila -dijo el rey ante su pronunciamiento
-No, ella está aquí -otra voz se alzó, una mujer de cabellos negros luciendo apagados por el tiempo camino hacia su rey arrastrando un bello vestido amarillento que brillaba entre los presentes más sus pasos elegantes frenaron a un lado de la joven temblorosa -. Cruzando el puente, ella llega lentamente. Desea su presencia, majestad
Giro sobre sus talones mientras sus grisáceos ojos brevemente se cerraban, los presentes esperaron ansiosos que alguna palabra brotara de esos rosados labios que silenciosos y perdidos se apegaban en línea recta.
La joven de rodillas alzo su rostro para mirar la espalda recta de su rey cubierta por esa suave tela azulina donde algunos bordes dorados se marcaban con elegancia, su corona dorada brillaba bajo los candelabros y sus manos preferían estar entrelazadas detrás de su espalda.
Esperaba.
Esperaba que su mente ordenara todas esas ideas.
Entonces en esos breves segundos donde sus ojos grisáceos permanecieron ocultos, una voz retumbo provocando su pronto abrir mas no que esos orbes profundos observaran la nueva presencia surgiendo en el silencio.
Ella caminó provocando el resonar de sus tacones, los ojos curiosos seguían sus pasos y los murmullos no eran capaces de surgir, todos temían sintiendo sus rodillas temblorosas.
Fue como si la brisa susurrara adentrándose inexplicablemente al lugar, varios cabellos envejecidos con el tiempo bailaron lentamente y otros se mantuvieron quietos como los cuerpos de los presentes. Ella freno y el rey casi fue capaz de escuchar esos corazones acelerados que bajo pieles temblorosas rogaban la clama.
-Leopoldo -dijo con la voz aterciopelada y con un breve siseo en esas palabras
El susodicho callado curvo en sus labios ocultos una pequeña sonrisa sin mirar a la mujer.
Ella ocultaba su rostro frio y envejecido bajo una capa negra, esa que parecía con el tiempo mantenerse tan brillante. Sobresalían entre la oscuridad unos cabellos castaños, apagados y sucios, pero que entre sus delicados pliegues un aroma a canela se alzaba. Un aroma que podría ser la causa de leves gemidos.
Un susurro se escuchó entre la muchedumbre ocultándose detrás de vestidos largos y suaves.
La mujer sonrió sin mostrar su envejecido rostro.
-Leopoldo ¿acaso guardara silencio? -ella dijo con burla
-No deberías estar aquí, te di lo que ansiabas. Vete por favor -ella negó moviendo sus dedos blanquecinos por donde se veían largas uñas descoloridas
-Pero no calma lo ocurrido -Doromila se colocó rápidamente de pie y temblorosa miro a su rey, esos grisáceos ojos eran ansiados de ser vistos
Algunos entre la muchedumbre desearon salir en silencio más parecía que la mujer podía sentir hasta el más silencioso susurro.
Y fue de pronto que los colores fueron tiñéndose de melancolía, se volvían opacos y los jadeos se alzaban impresionados por lo sucedido.
-¿Qué ocurre? -una voz sollozante cuestiono entre la multitud
Fue en esos segundos que los murmullos se alzaron, algunos llantos alarmaron la calma y fue como si la melodía de la noche desapareciera entre ellos. Los cielos fueron cubiertos por nubes grisáceas, nubes que aguardaban en silencio soltar su llanto.
Luego truenos resonaron como si los cielos estuvieran rompiéndose en medio de los murmullos.
-¡Por favor basta! -un grito temeroso resonó, el hombre sostenía entre sus manos a su pequeño niño que aferrándose a su blanquecino cuello empezó un llanto silencioso
-¿Por qué volvió? -cuestiono la mujer de cabellos dorados que había endulzado el ambiente con su fina voz
La mujer oculta debajo de telas negras carcajeo con esa voz aterciopelada y suave que como un hilo corto el bullicio.
-¿Por qué? -la mujer se cuestionó en un suave susurro del cual esperaba que nadie fuera capaz de escuchar - Esperas una respuesta conocida
-¡Te devolvimos lo que ansiabas! -grito el rey harto de las mismas respuestas
-No, Leopoldo -murmuro ella entrelazando sus largos dedos -. No fue lo que pedí, incumplieron lo pedido. Siguen siendo los mismos egoístas de siempre
-¿Qué más quieres? -una voz entristecida resonó. Ahí bajo un candelabro dorado yacía una mujer de cabellos apagados y opacos, se mantenían ondulados y brillantes sobre sus hombros. Los bellos ojos achocolatados que ocultaba bajo esas delgadas pestañas ahora se cristalizaban mientras sobre su regazo una pequeña niña de cabellos negros se aferraba ocultándose de esos ojos fríos
La mujer oculta cruzo sus ojos fríos en esa figura.
-Silencio, -aclamo con frialdad, dejo de mirarla para observar como el rostro de aquel rey seguía indeciso de ser visto- Leopoldo
-Vete -pronuncio el susodicho girando levemente su rostro. Sus labios se mantuvieron luego apretados siendo vistos por la mujer oculta
-Lo haré, -ella afirmo - pero dejare un pequeño recordatorio -murmuro girando sobre sus talones y elevando esa larga tela negra
La muchedumbre se abrió paso siguiendo con sus temerosos ojos el cuerpo de la mujer que desaparecía pronto por esa grisácea noche donde los estruendos seguían siendo melodías feroces y la brisa fría caminaba a su lado susurrándole con miles de voces.
Los presentes en ese gran salón prefirieron evitar las preguntas, algunas voces se ahogaron en llanto y los colores siguieron luciendo tan opacos.
Sin vida.
Tan deprisa el silencio se instaló en los adentros del palacio mientras los cielos furiosos retumbaban los ojos curiosos escucharon esa fría voz murmurar.
Ella yacía en medio de ese gran puente, con sus ropajes moviéndose ante el viento y sus fríos ojos manteniéndose ocultos en la oscuridad.
-Deja que el tiempo corra, deja que sea el olvido, deja que no tenga final -pronuncio nuevamente con esa voz aterciopelada y delicada como si el viento fuera a romperse ante su pronunciamiento -. Que sea el olvido
Los cielos volvieron a rugir y la brisa fría se alzó, los ríos bailaban feroces buscando atacar las estructuras grisáceas de aquel palacio. Ojos curiosos surgieron desde los adentros, gritos se alzaron temerosos ante la vista sombría que se mostraba frente a ellos.
Nubes grisáceas emprendieron llanto.
La brisa siguió corriendo.
Las aguas no se mantuvieron en calma.
Y el tiempo envolvió esas tierras.
La mujer giro levemente sobre sus talones para mirar a los susodichos y mostrar sus dientes blanquecinos. Esas perlas que brillaron en medio de la oscuridad y la brisa que siguió golpeteando su cuerpo.
El silencio no volvió a reinar.
El rey Leopoldo miro a la mujer con esos orbes grisáceos tan fríos y enfurecidos. Apretó sus labios y se mostró imponente ante los ojos envejecidos de aquella misteriosa mujer.
Ella susurro algo y solo el viento la escucho.
Los presentes la miraron con los ojos empañados y murmullos pidiendo que esa cruel tormenta disminuya, sin embargo, el tiempo yacía cubriendo esas inmensas tierras.
Leopoldo quiso acercarse sin embargo algo se aferró a sus ropajes, unos ojos cristalizados lo miraron ansiosos de sentir su cobijo. Él solo pudo suspirar antes de tomar entre sus brazos a la niña de cabellos negros y aferrarla a su calor.
Esa noche bajo los cielos grisáceos y el llanto de las nubes el tiempo nació en las tierras. Todo se detuvo en sus pieles, los cabellos dejaron de envejecer, los ojos se tiñeron de melancolía mientras los años corrían sin haber cambios entre las flores.
Nada nacía.
Nada moría.
Esa fue la noche que el tiempo dejo de correr entre esas tierras.
Débilmente continúe caminando, mis pies descalzos dolían en cada paso, mis labios temblorosos por el frio ahogaban mis gemidos y la claridad de aquel bosque se tornaba oscura.
No sabía cuánto tiempo andaba caminando, pero solo quería alejarme más y más de aquel hombre.
¡Huye! -había gritado mi subconsciente cuando aquellos ojos azulinos me observaron con detenimiento y la fuerza de sus manos casi me deja sin aire
Todo ocurrió tan deprisa que mi mente parece haberlo olvidado.
¿Por qué me había atacado?
Una lágrima silenciosa surco mi mejilla mientras sentía al frio viento colarse bajo mis ropajes que ahora lucían hechos trizas ante mi apresurado caminar, las ramas habían rasgado parte de las telas dejándolas colgadas o tiradas sobre el suelo.
Los incómodos zapatos que ocultaron mis pies se perdieron en el camino dejándome descalza y adolorida.
-Madre... -de mis labios aquel anhelante llamado broto ansioso por ver de nuevo los ojos de mi amada madre
¿Cómo podrían usarme para solo obtener poder entre sus manos?
Ese era mi padre, un hombre que nació entre el poder y el destino de siempre poseer la confianza del rey. Ambos habían mostrado ante el pueblo de Werty que su amistad iba más allá de sus antepasados y de las habladurías que solían decirse sobre mi padre.
Hombre de ojos feroces amante del dinero.
Le clavara un puñal en el corazón cuando obtenga el poder.
Se engaña. ¡Patrañas! Carlos III solo desea el poder.
Parecía que aquellas palabras decían la verdad, el dinero era la mayor anhelación de mi padre y aquel deseo que siempre encarno sus ojos.
Podría comenzar diciendo que haber nacido con cabellos blancos fue la mayor bendición para mi padre dejándome feliz, pero no podía mentir. Durante largas generaciones entre los antepasados de mi madre algunos poseían los cabellos blancos y la abundancia renacía en la familia.
El dinero caía de los cielos, como mi padre solía decirme y sus premurosos besos en la frente se tornaban intrigantes para mí.
Crecí pensando que mi presencia en su vida era algo más que oportunidades, pero que equivocada me encontraba. Todo se trataba de poder y más poder.
Tan solo unos días atrás mi vida cambio en segundos, el llamado del rey y su repentino comentario sobre mis cabellos alarmo pronto mi mente.
Los regalos llegaron con apresuradas muchachas, sumisas y temerosas ante su mirada.
Halago durante largos minutos mi presencia hasta que sonriente confeso: Acabas de ser comprometida con el príncipe Eusebio.
Bajo la firme mirada de mi padre solo pude agradecer, pero en el fondo me debatía si desistir de aquello e irme de aquel reino, pero no tuve oportunidad de negarme, solo fui capaz de asentir ante cada palabra.
Mi matrimonio con aquel príncipe era signo de abundancia, la gente durante largos días me observaba cuando pasaba por el jardín de mi hogar. Sus murmullos eran bajos, pero fáciles de entender.
Ellos sentían pena.
Y aunque el rey de Werty solo poseía un hijo la negación del pueblo era clara.
Nadie quería como rey a un hombre que no podría ver la claridad del día ni luchar por su propia cuenta ante alguna amenaza.
Apolo es su nombre, el único hijo del rey Javier. Se conocía entre la muchedumbre que había nacido ciego y aquello era una dificultad más para su propio padre quien al solo poder tener un hijo maldijo tantas veces aquella desdicha.
Entonces fui condenada a casarme con aquel príncipe.
Eusebio era conocido en los reinos por su arrogante comportamiento, más allá de guardar silencio bajo los trajes pulcros de su padre se enfrentaba con firmeza diciendo que bajo su mando la grandeza crecía.
¡Que era todo un digno futuro rey de admirar!
¡Oh que equivocado estaba!
Mi cuerpo tembló cuando sus labios besaron mis nudillos, me miro con profundidad y apresurado decidió sacarme de aquellas tierras. Solo pude besar las mejillas de mi madre con lágrimas silenciosas bajando por las mías.
Tristeza.
Todo mi cuerpo reflejaba tristeza.
Quería volver y acurrucarme entre los brazos de mi madre, llorar escuchando su voz llenar el ambiente con cánticos dulces. Escuchar su respiración para luego sumirme en mis sueños.
Tal vez nunca podría volver.
Un estruendo resonó frenando mis débiles pasos, mire los cielos angustiada y petrificada cuando las nubes grisáceas yacían presentes dejando que la lluvia empiece a caer.
El sonido de su paso era relajante, pero ahora mismo mi cuerpo entero temblaba bajo su toque. Las ramas se movían ante la fuerte ventisca, mis cabellos se mantenían inmóviles y pegados sobre mi piel mientras mis ropajes sucios poco a poco lucían mojados.
Intenté seguir nuevamente, sin embargo, caí al suelo en un golpe seco.
Mis rodillas dolieron ante el fuerte toque del suelo, mi respiración se tornó agitada y mis ojos empañados tal vez por mis lágrimas vieron el oscuro alrededor tan borroso.
Entonces me deje caer por completo.
Mi rostro choco contra la tierra mojada, mire la lluvia caer a los suelos y todo mi alrededor se volvió lento.
-Madre... -nuevamente llame ansiosa para que todo esto fuera sueño
Fue mi culpa al no haberme negado, pude decir que yo solo deseaba vivir mi vida en paz y huir bajo la mirada gélida de mi padre, pero los años bajo su mando me volvieron incapaz de pronunciar mi propia voluntad.
Ahora yacía perdida en un bosque desconocido siendo dada por muerta por aquel príncipe de ojos malévolos y muriendo con lentitud.
Los recuerdos se colocaron en mi mente, mi madre sonreía con dulzura ante mis torpes pasos, sus ojos orgullosos y melancólicos se mantenían quietos ante los míos, su voz llenaría aquel inmenso hogar de paz antes que el silencio llegue con la presencia de mi padre.
¿Por qué sería para él un simple objeto?
¿Acaso su corazón no sentía miedo a mi distancia?
-Creo que no -murmure con debilidad
Mis manos se clavaron en la tierra mojada buscando colocarme de pie, pero las fuerzas parecían tan lejanas, huían de mis ojos anhelantes y tristes, se colocaban con el viento yéndose con rapidez.
¡Oh entristecido corazón! -había exclamado tal vez mi madre cuando subí aquel dorado carruaje alejándome de su calidez
Recuerdo bien como el príncipe Eusebio confeso admirar mi belleza, beso nuevamente mis nudillos y cuando tan solo nos encontrábamos lejos de aquel reino durante la tarde primaveral el carruaje freno.
El misterio hizo presencia en sus ojos, me guio durante largos instantes hasta el interior de este bosque. Cuestione y cuestione el motivo de aquella apresurada acción, su silencio fue estremecedor.
Entonces el primer golpe llego, mi mejilla ardió bajo su piel. Sollozante lo observe y aquella intensidad de sus ojos causaba escalofríos en mi cuerpo.
Su risa retumbo alejando a jóvenes aves asustadizas y nuevamente se atrevió a golpearme esta vez dejándome en los suelos.
-Es momento de acabar contigo -pronuncio fríamente
Una espada brillo bajo el incandescente sol, adolorida me coloque de pie y como pude me aleje de su presencia escuchando sus llamados fríos.
Corrí como si fuera alguna presa huyendo de un cruel depredador, me sentí tan angustiada que olvide el dolor en mis mejillas. Las ramas rasparon mis ropajes arañando mi piel a su paso y de pronto el silencio yacía siendo mi compañía.
La noche había caído ante mi angustiante huir, ya no escuchaba los pasos y los gritos del príncipe detrás mí, me encontraba sola.
Como ahora, bajo una lluvia abundante, una fría ventisca y mi cuerpo débil anhelando que todo fuera un sueño.
Empecé a dejarme llevar por la oscuridad esperando que en mis sueños mi madre haga presencia y mi último suspiro sea escuchado por ella.
¿Así acabaría mi vida?
¿Por qué deje que mis decisiones fueran simples susurros inaudibles?
Mientras sonreía con melancolía y debilidad observe como todo se tornaba oscuro a mi alrededor, la luna desaparecía, las estrellas dejaron de brillar en los cielos, la brisa no rozaba mi piel dejándome desaparecer entre mis tristes pensamientos.
Suspire por última vez mientras cerraba mis ojos cayendo en la oscuridad.
Tal vez es mi final.
Tal vez al despertar estaría en la vida infinita sonriendo con melancolía.
Lentamente mis ojos se abrieron ante un sonido feroz que retumbo causándome extrañeza.
¿Qué ocurría?
¿Yacía muerta?
Lo primero que observaron mis ojos fue la claridad de los cielos, aves revoloteando con alegría mientras una suave brisa desprendía hojas verdosas. Algunas caían a los suelos en un baile lento y elegante, otras se iban junto con el viento alejándose de su hogar.
Entonces caí en la conclusión: No había muerto.
¿Cómo pude resistir bajo una noche fría y lluviosa?
Con las pocas fuerzas que me quedaban logre colocarme de pie aun sintiendo mis rodillas flagear adoloridas, mire mis manos aquellas que lucían rojizas y sucias. Un dolor agobiante se instaló en mi garganta mientras relamía desesperada mis labios buscando refrescarlas.
Nuevamente las aves cantaron sobre las copas de los árboles, el aroma a tierra mojada se mezclaba en mis fosas nasales causando un cosquilleo en mi interior. Observe a mi alrededor cohibida por la belleza que me rodeaba. Quedaban rastros de aquella llovizna que durante la noche se apodero de los cielos, algunas gotas caían lentamente entre las hojas y otras se quedaban ahí quietas ante la espera del incandescente sol.
Los grandes árboles se mostraban majestuosos con su juventud reflejada en sus hojas verdosas, flores se mantenían quietas en algún arbusto, coloridas y bellas.
Aves pequeñas se posaban entre las ramas, curiosas miraban los cielos y luego revoloteaban alejándose de ahí.
Sonreí ante aquella imagen.
Solía salir durante las mañanas al jardín de mi hogar, tocaba delicadamente las flores mientras me permitía sonreír. El viento rozaba mis cabellos moviéndolos ante su paso, el bullicio de aquellas mañanas era una rutina constante, pero la mía era tan distinta a los demás.
Levantarme con un suave llamado, bañar mi cuerpo entre pétalos y dejar que mis cabellos blancos sean peinados durante largos minutos. El silencio de mi doncella era abrumador, solo asentía y respondía cuando era necesario, más allá de una amistad no podía surgir.
Y mi padre me lo recalcaba cada segundo.
El resto del día la soledad de mi alcoba y pocas veces la compañía de mi madre hacían presencia. Cada día era vista como una bella muñeca fácil de manejar, una que había nacido con bendiciones y un futuro entre las manos de su propio padre.
Riquezas y riquezas, pero conservando la soledad y un anhelo tan lejano.
Era la triste vida de una joven que nació entre riquezas, bajo el mando de un padre avaricioso y una madre que prefería guardar silencio antes que pronunciar alguna palabra.
¿Ahora cual sería mi destino?
Algo llamo mi atención, frene mis pasos alerta mientras buscaba aquello que había resonado con plenitud.
Entonces lo pude ver, aguas cristalinas cayendo entre rocas majestuosas hasta mezclarse y posarse en una pequeña laguna. Ansiosa corrí deseosa de probar aquel líquido, mis pies descalzos sintieron la dureza de aquel suelo mojado, pequeñas rocas se pegaban a mi piel aferrándose y causándome un dolor palpitando.
Pero omití aquello y solo corrí hacia aquella laguna.
Me arrodille apresurada metiendo mis manos en aquellas aguas y sintiendo la frialdad de su toque, forme una improvisada cuenca con ellas para dejar que el agua se pose. Lo bebí con plenitud soltando un gemido satisfactorio.
Mi garganta se sintió plena ante su paso y bebí hasta que la sed desapareció de mi cuerpo.
Con los labios mojados, una pequeña parte de mi cuerpo débil y mi corazón frenando sus acelerados movimientos deje escapar algunas lágrimas.
Estaba viva y perdida, con los ropajes hechos trizas y llenos de suciedad, con mis cabellos enmarañados sosteniendo algunas ramas. Con la tristeza en mi corazón y la angustia de saber si podría volver a mi hogar.
Con la noche y mi apresurado caminar no pude verificar cual era el camino exacto, miré a mi alrededor encontrándome con la belleza del bosque, aves revoloteando, hojas cayendo desde las ramas y el viento pasando alegremente o susurrando algún llamado anhelante.
Desee sumergirme en aquellas aguas cristalinas, pero la suciedad de mi cuerpo y mis ropajes amenazaban con mancharlas por completo. Preferí beber algo más de sus aguas refrescándome para seguir con mi camino.
Debía encontrar alguna salida antes que el sol desaparezca en el horizonte.
Débilmente me coloque de pie sosteniendo los pliegues rasgados de mi vestido, ante el toque de la tierra mis piernas yacían adoloridas, con algunos rasguños sobre mis dedos y sangre seca mezclada con la tierra que ahora cubría parte de mi cuerpo.
Ahogue algunos chillidos mientras buscaba mi valentía para continuar con el camino y dejar de frenar en cada momento adormecida por el dolor o la angustia de no encontrar aquella salida.
¿Realmente dónde me encontraba?
El bosque parecía inmenso desde sus adentros, bello, pero confuso. El bullicio del exterior parecía lejano y solo eran las aves capaces de llenar con sus cánticos aquel día.
El hambre también me invadía sucumbiendo con temblores mi cuerpo, busqué entre las ramas algún fruto que luciera maduro y listo para ser comido, pero solo encontré las hojas verdosas brillando ante la luz solar.
De pronto mi caminar se volvió lento ante el dolor que consumaba mis pies, adormecidas y con hormigueos recorriéndolas ante cada paso. Adolorida apreté los labios ahogando entre ellos los gemidos que surgían, la angustia de frenar crecía, pero al ver como el esplendor del día disminuía solo pude omitirla para continuar con mi camino.
¿Dónde estaba la salida?
Me cuestione mirando cada lado del bosque, cerrando levemente mis ojos para mirar a la lejanía y solo encontrarme con lo verdoso del lugar.
Un suspiro frustrado y agotador broto de mis labios como un llanto suave que es llevado entre las brisas. Quise que el tiempo se detuviera para que el sol siga tan incandescente como antes, para caminar sobre la tierra mojada y la salida pronto sea visible ante mis ojos.
Lástima que el tiempo era tan lejano e indescriptible para mis ojos.
Frene agobiada dejando que por mis pálidas mejillas lágrimas silenciosas surquen.
Una a una, como un desfile entre las bulliciosas calles de Werty, el reino que ahora yacía olvidándose de mi nombre y posiblemente disfrutando entre las riquezas que mi supuesta boda o muerte traería a su reino.
¿Acaso aquel príncipe seguirá buscándome?
¿En algún momento escucharía su voz pronunciando con frialdad mi nombre?
¡Basta!
Grito mi corazón ante el dolor y la soledad de aquel lugar.
-Madre... -de mis labios aquel llamado llego en un audible susurro
Siempre me mostro calma y tristeza en su mirada, no entendía porque guardaba silencio ante la mirada de mi padre.
¿Acaso temía a su presencia?
Crecí viendo la lejanía ambos, unas miradas fugaces y vacías, palabras secas como la madera. Una alcoba teñida de melancolía y frialdad. El amor en aquel hogar solo fue brindado por mi madre cuando sus cálidos brazos me acobijaban de una tormenta mientras mirábamos el exterior.
Las nubes grisáceas cubrían la belleza de los cielos tornándose triste el día.
Alguna vez le cuestione si podría tomar mi mano y caminar por algún lejano jardín cubierto de flores coloridas, ella sonrió con ternura para luego negar con la tristeza en sus ojos. Se mantenía sumisa ante las miradas de mi padre.
¿Así hubiera sido mi vida junto al príncipe Eusebio?
Alarmada gire mi rostro cuando escuche un leve murmullo mientras la brisa rosaba mi piel, sostuve en mis manos los pliegues destrozados del vestido que ahora cubría mi cuerpo. Era un bullicio audible llamando mi atención, camine apresurada con el dolor aún presente en mi cuerpo siguiendo el camino que trazaba aquel sonido.
¿Qué era aquello?
Ramas y hojas crujieron bajo mis pies, sentí un aroma cálido colarse en mis fosas nasales removiendo el hambre que ahora se apoderaba de mi débil cuerpo. Deseosa sonreí tratando de apresurar mis pasos.
Podría describir como maravilloso y melancólico aquello que se escondía detrás de algunos arbustos, mis labios temblaron acelerando el palpitar de mi corazón. La brisa se mantuvo suave, pero escalofriando mi piel ante su toque.
Entonces decidí acercarme mirando con intriga cada estructura que me daba la bienvenida, colores opacos sobre las paredes, jardines que mantenían sobre su belleza alguna tristeza, podía ver el humo sobresalir entre aquellas chimeneas consumidas por el tiempo.
Y a la lejanía con una vista triste se podía ver un inmenso castillo, de paredes grisáceas, adornos sobre sus estructuras, pero la vejez siendo reflejada por su inmensidad.
Estaba tan perdida mirando aquella vista que no me percate de aquellas presencias, ojos curiosos y desconocidos mirándome con extrañeza. Murmullos que se tornaban desesperantes ante el paso de los segundos, avergonzada aparte la mirada sintiéndome cohibida bajo mis ropajes.
Mi presencia ahora podía verse como si fuera una vagabunda huyendo de la justicia.
-¿Quién eres? -una voz cuestiono en medio de la muchedumbre, vi pequeños rostros detrás de los faldones de sus madres. Cabelleras negras, castañas y apagadas- ¿Quién eres? -nuevamente cuestiono aquella voz
No logre descifrar quien había cuestionado aquello, pero era un hombre ante el tono ronco de su voz.
-Yo soy Amaia -temblorosa respondí-. Me perdí en el bosque
-¿Perderte? -una mujer de cabellos negros pregunto con los brazos cruzados y sus ojos mirando mi cuerpo con repudio
-Sí -en un audible susurro pronuncie temerosa bajo sus miradas
-¿Entonces eres una ladrona? -la misma muchacha cuestiono con molestia en su voz
-¡Calla, Doromila! -grito una mujer mirando a la susodicha con profundidad y enojo, los cabellos negros apagados de la mujer yacían sostenidos por una trenza mientras la vejez se marcaba en ellos como también en su rostro- Muchacha ¿qué te ocurrió? Tus ropajes yacen todos sucios y destrozados
-Alguien quiso matarme, mi prometido -con voz trémula pronuncie, mi corazón palpito cuando el recuerdo de sus ojos fríos se reflejó en mi mente
Un jadeo escapo de los labios de la mujer mientras se acercaba a mí con lentitud y la preocupación en sus ojos.
-¿Quién haría aquello? -cuestiono preocupada
-¿De dónde vienes? -interrogo una muchacha sobresaliendo de la multitud
-¡Cállate! -grito la mujer de cabellos gastados, su cuerpo había girado levemente para observar a la muchacha quien aparto sus ojos avergonzada- Acaba de llegar toda sucia y hambrienta, déjate de cuestionar aquello
-No puede quedarse -pronuncio con firmeza un hombre de ojos tan profundos como temerarios-. Él se puede enterar
-¡No lo hará! -la mujer de cabellos gastados grito resonando su voz entre la multitud- Me encargare de cuidarla, no sabrá sobre su presencia
-¿Segura? -cuestiono el hombre con molestia, su juventud se podía reflejar en sus cabellos, pero lo que sus ojos reflejaban escalofriaban mi cuerpo- Patricia piensa bien lo que harás
-Lo hago
Me sentí tan avergonzada y culpable por las miradas de cada susodicho, el silencio ante las voces feroces de ambos me hizo retroceder con los labios temblorosos.
-No deseo molestar, yo... -ella me miro tan preocupada como entristecida ante mi estado, solo pude añadir- Por favor no deseo ocasionar molestias
-No te dejes guiar por sus palabras, la soltería afecta su estado -la mujer de nombre Patricia fulmino con la mirada al susodicho-. Ven conmigo, muchacha -sus manos tomaron las mías con rapidez dejando caricias suaves, no pude evitar sollozar ante mi débil estado
Con los ojos empañados, mi cuerpo expuesto ante el frio, la suciedad sobre mi piel y el hambre junto con la sed haciendo presencia débilmente las pocas fuerzas de mi cuerpo me abandonaron.
Solo sentí como su voz se tornó lejana.
Escuche como me llamaba, luego el suelo rozar mis rodillas, manos sosteniendo mis brazos y todo tornándose borroso ante mis ojos.
Estaba segura de algo que si esta era mi muerte podría ser enterrada bajo tierra fresca mientras con el tiempo me convertiría en solo simples cenizas consumadas por el dolor y el olvido. Alguien que fue vista como un bello adorno para ser lucido y entregado sin saber lo que sentía.
Alguien que no tuvo la culpa de nacer entre riquezas, muchas que la juventud tan bella deseaba poseer sin saber que esta vida era más cruel que la hambruna consumiendo algunos pueblos.
¿El destino nace siendo cruel o somos nosotros mismos los que convierten el destino en crueldad?