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Sofia - Vendida al millonario

Sofia - Vendida al millonario

Autor: : susannavarreteu
Género: Romance
Sofía ha vivido una vida marcada por el abuso y la desesperanza. Tras perder a su hijo y quedar atrapada en un mundo donde su cuerpo nunca le ha pertenecido, la llegada de Ian cambia su destino de una forma inesperada. Él le ofrece libertad, un contrato de matrimonio por tres años y la promesa de recuperar a su hijo. Pero la libertad tiene un precio. Ahora, Sofía debe aprender a moverse en un mundo de lujos, poder y secretos, donde cada movimiento es calculado y cada mirada esconde una intención. Ian no es un hombre cualquiera, y aunque asegura no querer nada de ella más que su papel de esposa en público, Sofía no puede evitar preguntarse qué lo llevó a elegirla a ella. A medida que se adentra en su nueva vida, descubre que Ian también guarda sus propios demonios. En una casa donde algunas puertas deben permanecer cerradas y donde el pasado sigue acechando, Sofía deberá decidir si puede confiar en el hombre que compró su libertad... o si solo ha cambiado de prisión.

Capítulo 1 Destierro

¿Quién iba a imaginar que todo terminaría de esta manera? Pensé que él era el ideal, pero nunca me detuve a pensar... ¿el ideal para qué? Ahora no sé si me arrepiento de haber aceptado o si, en el fondo, estoy disfrutando todo esto.

Cinco años atrás

Tenía 18 años cuando mis padres me echaron de casa. Les había dado la noticia de que estaba embarazada, y mi supuesto novio se había marchado de la ciudad. Me encontraba sola. Sin un hogar al que regresar, sin dinero y con una vida creciendo dentro de mí. Caminé sin rumbo por horas, tratando de asimilarlo todo. ¿Cómo podía haber llegado a este punto?

El miedo se apoderó de mí cuando cayó la noche. No tenía a dónde ir ni a quién pedir ayuda. Me senté en una banca del parque, abrazándome a mí misma en busca de un poco de consuelo. Entonces, escuché una voz.

-¿Te encuentras bien? -preguntó un hombre con tono preocupado.

Levanté la vista y vi a un desconocido. Alto, bien vestido, con una mirada difícil de descifrar. No respondí de inmediato. ¿Podía confiar en él?

-No tienes que contarme nada si no quieres, pero pareces necesitar ayuda -insistió.

Quizás fue la desesperación, el cansancio o simplemente el hecho de que no tenía otra opción, pero asentí con la cabeza. No imaginaba que esa decisión cambiaría mi vida para siempre.

-Me llamo Alexander -dijo el hombre, extendiéndome la mano-. ¿Y tú?

Dudé por un momento, pero terminé respondiendo.

-Sofía.

Alexander sonrió levemente, como si le complaciera mi respuesta.

-Sofía, ¿necesitas un lugar donde quedarte?

Asentí con la cabeza sin pensarlo demasiado. Lo necesitaba, más que nada en ese momento.

-Tengo un departamento cerca de aquí. No es gran cosa, pero al menos tendrás un techo y algo de comida.

Su amabilidad me desconcertaba. ¿Por qué ayudar a una desconocida? ¿Qué quería a cambio? Pero estaba agotada, y la idea de pasar otra noche en la calle con el frío clavándose en mis huesos era insoportable.

-Gracias -murmuré.

-No me lo agradezcas todavía -respondió con una media sonrisa-. Todo tiene un precio, Sofía. Pero no es algo de lo que debas preocuparte... por ahora.

Su mirada era inescrutable. Un escalofrío recorrió mi espalda, pero ya había tomado mi decisión.

Y así, sin saberlo, estaba dando el primer paso hacia un destino del que no habría vuelta atrás.

Alexander me condujo por calles silenciosas hasta un edificio elegante pero discreto. Me sorprendió que alguien como él viviera en un lugar así. No parecía un hombre común, pero tampoco alguien que llamara demasiado la atención.

Al entrar a su departamento, me invadió una sensación extraña. No era lujoso, pero sí impecable, ordenado hasta el punto de parecer impersonal. Como si no pasara mucho tiempo allí.

-Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites -dijo con calma, observándome mientras me quitaba la chaqueta-. No te preocupes por nada, Sofía. Yo me encargaré de todo.

Su tono era tranquilizador, pero algo en su mirada me hizo sentir una mezcla de alivio y aprensión.

Me mordí el labio antes de hablar. No tenía nada que perder.

-Mis padres me echaron de casa cuando les dije que estaba embarazada -confesé en un susurro-. Dijeron que era una vergüenza, que no podían hacerse cargo de alguien como yo. Y mi novio...

Bajé la mirada, sintiendo un nudo en la garganta.

-Él simplemente se fue. Desapareció. Me dejó sola con esto.

Alexander no dijo nada por unos segundos, como si estuviera procesando mis palabras. Luego, se acercó y apoyó una mano en mi hombro con una suavidad inesperada.

-No te preocupes más por ellos -dijo en voz baja-. A partir de ahora, yo me haré cargo de ti.

Sus palabras deberían haberme reconfortado. Pero en el fondo, no podía ignorar la sensación de que su ayuda tenía un precio que aún no conocía.

Los días pasaron y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi vida tenía algo de estabilidad. Alexander cumplía su palabra: tenía comida, un techo y la tranquilidad que tanto había anhelado. No me pedía nada a cambio, no me hacía preguntas incómodas... simplemente estaba ahí, asegurándose de que no me faltara nada.

Pero algo dentro de mí no me dejaba estar del todo en paz. No sabía prácticamente nada sobre él. ¿Por qué me ayudaba? ¿Qué ganaba con esto? Y, lo más importante, ¿cuál era el precio que tarde o temprano tendría que pagar?

Una noche, mientras cenábamos juntos en la pequeña pero elegante mesa de su comedor, Alexander dejó el tenedor a un lado y me miró con seriedad.

-Sofía, ¿quieres tener a tu bebé?

Su pregunta me tomó por sorpresa. Hasta ahora, no habíamos hablado realmente sobre mi embarazo, como si fuera un tema intocable. Bajé la mirada y jugueteé con el borde de mi plato antes de responder.

-No lo sé... -admití en un susurro-. Todo esto pasó porque confié en la persona equivocada. Pensé que me amaba, pensé que estaríamos juntos... pero solo me usó y se fue. Desde que supe que estaba embarazada, todo ha sido un desastre. Perdí a mis padres, mi hogar, mi futuro. Si nunca hubiera quedado embarazada, nada de esto habría pasado.

Mis palabras salieron con más dureza de la que esperaba. Alexander me observó en silencio por un momento, luego apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

-Tal vez confiaste en el hombre equivocado -dijo con calma-, pero ahora me has conocido a mí. Y yo estoy aquí.

Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó sin aire.

-No importa lo que decidas, Sofía. No estás sola. Yo me encargaré de todo.

Sus palabras deberían haberme reconfortado... pero lo único que sentí fue un escalofrío recorriéndome la espalda.

Porque aún no sabía quién era realmente Alexander. Ni lo que esperaba de mí.

Y, tarde o temprano, lo descubriría.

Me quedé en silencio por unos segundos, tratando de procesar sus palabras. Me ayudaba sin esperar nada a cambio, sin condiciones aparentes. Pero eso no tenía sentido. Nadie hacía algo así sin un motivo.

Lo miré fijamente, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

-¿Y tú qué ganas con esto, Alexander? -pregunté finalmente, obligándome a mantener la voz firme.

Alexander no pareció sorprendido por mi pregunta. Al contrario, sonrió levemente, como si la hubiera estado esperando.

-No es el momento adecuado para hablar de eso -respondió con tranquilidad-. Ahora estás vulnerable, y lo que necesitas es estabilidad, no preocupaciones.

Fruncí el ceño. Su respuesta no me convencía.

-Merezco saberlo -insistí.

Alexander inclinó la cabeza ligeramente, estudiándome con esa mirada insondable suya.

-Lo sabrás a su debido tiempo, Sofía. Pero créeme cuando te digo que no tienes de qué preocuparte... por ahora.

"Por ahora". Esas palabras quedaron resonando en mi mente.

Quise seguir preguntando, exigir respuestas, pero algo en su tono, en su manera de observarme, me hizo detenerme. No era miedo lo que sentía... era incertidumbre.

Porque aunque Alexander me había dado todo lo que necesitaba, aún no sabía cuál sería el precio.

Y tenía la sensación de que, cuando lo descubriera, ya no habría vuelta atrás.

Capítulo 2 El Salvador

El sonido del teléfono vibrando sobre la mesa borra mi pequeña sonrisa.

-¿No vas a contestar? -pregunta Camila, recostada en la cama con una copa de vino en la mano, observándome con una sonrisa en los labios.

Estiro el brazo hacia el teléfono, pero cuando veo el nombre en la pantalla, siento cómo el corazón se me acelera. "Eduardo".

Mi corazón late más rápido, como si mi cuerpo ya supiera lo que viene. Miro a Camila, que ahora me observa en silencio, esperando. Trago saliva y deslizo el dedo por la pantalla.

-¿Aló? -mi voz suena tensa, y Camila no deja de mirarme.

Al otro lado de la línea, la voz grave de Eduardo rompe el silencio.

-Sofía.

El estómago se me revuelca al escuchar ese tono que nunca olvido.

-Necesito verte. Hoy. -La voz de Eduardo no es una sugerencia, es una orden.

Cierro los ojos por un momento, sintiendo el peso de la situación. No puedo escapar de él, no importa lo que haya pasado entre nosotros.

-Estoy ocupada -respondo, buscando ganar algo de tiempo.

Eduardo ríe suavemente, con ese tono que sabe cómo hacerme sentir pequeña.

-No me hagas repetirlo, Sofía. Sabes que cuando te llamo, no es opcional.

Siento un nudo en el estómago. No es negociable.

-Te espero en una hora en el club.

El teléfono se apaga en mis manos, y lo dejo sobre la mesa, mirando hacia el vacío.

-¿Era él? -pregunta Camila con voz suave, pero el brillo en sus ojos ya me dice que sabe la respuesta.

Asiento con una mezcla de frustración y resignación. Camila da un sorbo a su copa y se levanta de la cama, acercándose a mí.

-Tienes que ir, Sofía. No puedes hacer esperar a Eduardo. Ya sabes cómo se pone. -Su voz es baja, pero firme, como si supiera exactamente lo que significa desafiarlo.

No digo nada, pero siento el peso de la verdad en las palabras de Camila. Eduardo siempre ha tenido la última palabra.

Camila me mira un momento antes de soltar un suspiro.

-Haz lo que tengas que hacer -susurra-, pero recuerda que yo estoy aquí. Y si algún día decides irte... estaré contigo.

Asiento en silencio, aunque las palabras de Camila me dejan con más dudas que respuestas. Sabía que no podía contar con mucho más de ella. Camila también es parte del mundo de Eduardo.

Me levanto de la silla, comenzando a prepararme, mientras las palabras de Camila siguen resonando en mi mente.

Me alisto con rapidez, el rostro sereno pero el corazón aún acelerado. Sé lo que Eduardo espera de mí, conozco sus gustos, sus exigencias. Me visto con algo ajustado, algo que le agrade a él, algo que no se olvida en su mente: su mirada siempre apreciando mi cuerpo, mi forma de moverme. El vestido negro, corto, con un escote sutil, es perfecto para esta ocasión. Es lo que él prefiere, lo que me hace sentir que no tengo otra opción. No tengo que decir nada, porque sé cómo debo lucir, cómo debo comportarme.

Camila me observa en silencio desde la cama, su mirada atenta, como si estuviera esperando que cambie de opinión.

-Vas a ir a ese club... ¿y qué más? -pregunta, levantando una ceja.

La miro por un momento.

-Tengo que hacerlo. No hay forma de escapar. -Mi voz suena vacía, como si las palabras ya no tuvieran el poder de cambiar mi destino.

Camila no dice más, solo asiente, y salgo sin mirar atrás.

El club está oscuro, repleto de luces neón que apenas iluminan las caras de los clientes. El ambiente es tenso, cargado de humo y música electrónica a todo volumen. Camino hacia el despacho de Eduardo con pasos decididos, aunque por dentro hay un torbellino de dudas.

Al llegar, la puerta se abre de inmediato, como si me estuviera esperando. Eduardo está allí, de pie, con su típica mirada calculadora. Él siempre sabe cuándo llego, siempre sabe cuándo es el momento.

-Sofía -dice con voz grave, apenas levantando la vista de los papeles que tiene sobre el escritorio.

-Hola, Eduardo -respondo, manteniendo la calma, aunque mis manos tiemblan un poco.

La tensión se siente en el aire, como siempre que estamos juntos. La puerta se cierra tras mí, y el sonido de la música del club parece desvanecerse por un instante. Eduardo levanta la mirada, y su expresión cambia de inmediato, más seria.

-Un cliente se quejó de ti -dice, sus ojos fijos en mí.

Frunzo el ceño, sintiendo el nudo en mi estómago.

-¿De qué se quejó? -pregunto, aunque ya puedo adivinar la respuesta.

Eduardo se reclina en su silla, cruzando los brazos.

-De un mal servicio. Te dijeron que no cumpliste con lo que se esperaba. -Su voz es fría, distante, pero no hay duda en el tono. Está decepcionado.

Siento cómo el sudor me recorre la espalda. No es la primera vez que pasa esto. Pero nunca es fácil, nunca es sencillo enfrentarse a las consecuencias.

-Lo hice lo mejor que pude -respondo, tratando de mantener la voz firme, pero la inseguridad asoma en mis palabras.

Eduardo me observa un momento en silencio, y luego se pone de pie, acercándose a mí con calma.

-Yo te ayudo, Sofía. Tú lo sabes. Pero tienes que hacer tu parte. Si los clientes no están contentos, entonces todos lo pagamos. -Su tono no es una amenaza directa, pero las palabras pesan como una losa.

Trago saliva, sintiendo que mi pecho se aprieta. Cada palabra de Eduardo tiene un peso que no puedo ignorar.

-Lo entiendo -digo, bajando la mirada.

Él sonríe levemente, esa sonrisa fría que nunca llega a tocar sus ojos.

-Entonces, asegúrate de que no vuelva a pasar. No quiero más quejas.

Asiento rápidamente, y antes de que pueda decir algo más, Eduardo se vuelve hacia la ventana, como si ya hubiera terminado la conversación.

-Ahora vete. No quiero perder más tiempo.

Lo miro una última vez, sintiendo cómo todo se hunde un poco más en mi pecho. Pero no puedo quedarme. No puedo protestar. Solo tengo que salir, hacer lo que se me pida y esperar.

Con un suspiro, me doy la vuelta y salgo del despacho. El aire frío del club me recibe de nuevo, pero nada de eso importa. Eduardo ha hablado, y sé lo que eso significa.

Asiento rápidamente, sin decir más, y empiezo a dar la vuelta para salir del despacho, creyendo que la conversación ha terminado. El aire del club, denso y pesado, me recibe al otro lado de la puerta. Solo un paso más, y estaría fuera de ese lugar, alejada de Eduardo por un rato.

Pero cuando estoy a punto de salir, escucho su voz grave detrás de mí.

-¿A dónde crees que vas?

Me detengo en seco. Un escalofrío recorre mi columna vertebral. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, y me regresa nuevamente hacia su oficina.

Eduardo no me mira, está mirando algo en el escritorio, pero sus palabras son claras y frías.

-No te he dado permiso de irte.

El peso de sus palabras cae sobre mí como una losa. Mi respiración se detiene por un momento, y algo dentro de mí se revuelca.

-Pero... -intento decir, pero me quedo sin palabras. Lo sé, lo he sabido siempre: no puedo irme hasta que él lo diga.

Eduardo levanta la vista, sus ojos fijos en mí, y su rostro está completamente serio. La tensión en el aire aumenta, densa y opresiva.

-Todavía no has cumplido con lo que te pedí. -Su tono es más suave, pero su mirada es tajante. No hay duda en sus palabras.

Siento cómo mi cuerpo tiembla por dentro, pero no puedo mostrar debilidad. No ahora.

-¿Qué más quieres que haga? -pregunto, aunque sé que no puedo desafiarlo.

Eduardo se queda en silencio por un momento, luego se acerca lentamente a mí, sus pasos suaves pero firmes. Siento cómo su presencia me envuelve, el aroma a tabaco y cuero lo precede.

-Lo que quiero, Sofía, es que entiendas que no puedes hacer nada sin mi permiso. Nada. -Su voz se vuelve más suave, pero la amenaza subyace en cada palabra.

Trago saliva, mi mente corriendo a mil por hora. Sé que estoy atrapada en este ciclo, que no puedo escapar, que mi vida depende de lo que Eduardo quiera en ese momento.

Finalmente, asiento, mis ojos fijos en el suelo.

-Entiendo.

Eduardo sonríe con una leve satisfacción y, de nuevo, se vuelve hacia el escritorio.

-Entonces, vuelve a tu lugar. Me gustaría que lo pensaras. Pero, por ahora, quédate en el club.

No puedo hacer más que obedecer. Sé que, aunque quisiera, no tengo otro camino. Me giro lentamente, con la sensación de estar caminando sobre un hilo muy delgado. Y, sin mirar atrás, vuelvo a entrar en la oscuridad del club, sabiendo que esa noche, como tantas otras, aún no tengo libertad.

Al llegar al salón principal, veo a todas mis compañeras trabajando, muchas de ellas compartiendo su situación. Eduardo fue mi salvador de una gran deuda que contraje con personas como Alexander. Ahora estamos aquí, trabajando, vendiendo nuestro cuerpo a personas de la mafia, asesinos, incluso políticos.

Capítulo 3 Compensación

La música retumba en las paredes del club, pero a mí apenas me llegan los sonidos amortiguados del bajo y las conversaciones lejanas. Aquel hombre, el cliente que se ha quejado de mí, está sentado en un reservado, esperándome con una copa en la mano y una sonrisa llena de autosuficiencia.

-Mira quién está aquí -dice con voz grave, dejándome recorrer con la mirada como si ya le perteneciera-. Espero que estés lista para compensar tus errores.

Mi cuerpo se tensa al instante. Intento mantenerme firme, sosteniendo su mirada con la mayor dignidad posible.

-No creo que haya nada que compensar -respondo, cruzando los brazos con disimulo.

El hombre ríe, un sonido bajo y burlón. Deja su copa sobre la mesa y se recuesta contra el asiento de cuero.

-¿Eso crees? Yo pagué por un servicio, y tú no cumpliste. Ahora quiero que arreglemos esto de manera adecuada.

Sus palabras son veneno disfrazado de calma. Siento una punzada de miedo, pero me niego a doblegarme ante alguien como él. Doy un paso atrás, pero entonces, por el rabillo del ojo, veo una silueta en la ventana de la oficina privada en el segundo piso. Eduardo.

Observa la escena con una mirada impasible, pero conozco ese gesto en su rostro. Es una advertencia muda. No tengo escapatoria.

Trago saliva y vuelvo mi atención al hombre frente a mí. Su sonrisa se ensancha cuando nota mi cambio de actitud.

-Bien -murmura, poniéndose de pie-. Vamos a un lugar más privado.

Mi corazón martillea en mi pecho, pero mis pies se mueven solos. Lo sigo por el pasillo mientras las luces neón parpadean a nuestro alrededor. Las miradas de las otras chicas se desvían de mí, ninguna queriendo ver lo que va a pasar. Todas sabemos lo que significa desafiar a un cliente con conexiones.

La puerta de la habitación privada se cierra detrás de nosotros con un clic sordo. El hombre se gira lentamente hacia mí, y su sombra se alarga con la luz tenue de la lámpara de la esquina.

-Espero que esta vez sepas cómo comportarte, Sofía. -Su voz es un susurro venenoso mientras se acerca.

Contengo la respiración, sabiendo que no tengo otra opción.

El hombre se acomoda en el sillón, y yo me posiciono en el centro de la habitación. Enciende la música con un gesto pausado y la melodía lenta comienza a llenar el espacio. Sus ojos están fijos en mí, expectantes.

Detesto esta parte. Cada movimiento que hago no es para mí, sino para su placer. Pero no tengo elección. Comienzo a moverme con sensualidad, deslizándome al ritmo de la música. Siento su mirada recorrerme con esa mezcla de posesión y superioridad que tanto odio. Sé que esto es solo el comienzo.

Él sonríe con autosuficiencia y se inclina hacia adelante, bebiendo cada instante de mi danza. Lentamente, con una tranquilidad escalofriante, extiende la mano y tira suavemente de la tela de mi vestido, deslizándolo por mi hombro.

Mi cuerpo se estremece, pero no me detengo. No puedo. Porque sé que, en esta habitación, no hay escapatoria. Quedo únicamente en ropa interior, un conjunto negro de encaje que parece acentuar mi vulnerabilidad.

Su mirada me devora con lujuria, cada gesto suyo deja claro que lo de la queja es solo una excusa. No se trata de un mal servicio ni de su insatisfacción. Solo quiere volver a tenerme sin pagar.

-Ven aquí, putita -ordena, su voz goteando autoridad y deseo. Hace un gesto con la mano, indicándome que me arrodille. Sé lo que quiere.

Trago saliva, sintiendo cómo la opresión en mi pecho se hace más fuerte. Mis piernas tiemblan, pero aun así, doy un paso adelante. Cada movimiento me pesa como si llevara cadenas invisibles.

El silencio en la habitación se vuelve más denso con cada segundo que pasa. Él se reclina en el sillón, expectante, disfrutando mi lucha interna. No es solo el acto en sí, es su placer de verme sometida, quebrada a su voluntad.

-Sabes lo que tienes que hacer -susurra, con una sonrisa cruel.

Mi mente grita, pero mi cuerpo obedece. Lentamente, me dejo caer sobre mis rodillas, sintiendo la frialdad del suelo contra mi piel. Su mano se desliza por mi mejilla, acariciándome con una falsa ternura antes de enredarse en mi cabello.

Apreto los ojos por un instante, preparándome para lo inevitable. Porque aquí, en esta habitación cerrada, no tengo opción. Y él lo sabe.

Con manos temblorosas, desabrocho su pantalón. Él baja la cremallera con calma, disfrutando cada segundo, y yo termino de bajarlo. Como lo esperaba, no lleva nada debajo. Su respiración se vuelve más pesada, anticipando lo que viene a continuación.

-No te hagas la tímida ahora -murmura, tirando suavemente de mi cabello para obligarme a mirarlo. Sus ojos reflejan una mezcla de lujuria y dominio absoluto.

Intento mantener mi mente en otro lugar, en cualquier otro sitio donde pueda sentirme lejos de aquí, lejos de él. Pero sé que la realidad no me dará tregua. No mientras siga atrapada en este juego donde nunca fui más que una pieza de su propiedad.

Introduje su miembro en mi boca. Parecía que ya había estado con alguien más, el lubricante del preservativo aún se veía. Él me tenía sujeta del cabello y guia mis movimientos, metiéndolo hasta el fondo. En mi mente, me reí, ya que era pequeño y llegaba fácilmente a mi boca. Sus gemidos no tardaron en llegar.

Me levanta rápidamente y termina de desnudarse, mostrando una mezcla de emoción y excitación. Yo hago lo mismo, pongo el resto de mi ropa en el sillón, y un tatuaje en mi pecho se hace visible: «Eduardo», la marca que todas las chicas llevaban, como si fuera un símbolo de propiedad. Tomo un preservativo del cajón, pero se niega.

-Esta será tu forma de compensarme, hoy lo haremos a lo natural.

-No, tú ya sabes la regla, siempre debes usar preservativo... -Antes de que pudiera decir algo más, me dio una bofetada.

-Cierra la boca, no tienes permiso para hablar.

Con algo de fuerza, me lleva a la cama, yo intento negarme, no quiero que me contagie de nada, pero me da otra cachetada con más fuerza, abre mis piernas y, sin pensarlo, me penetra directamente.

Me agarra de las manos y, aunque quiero negarme, sé que no puedo. Su cara muestra satisfacción al ver que me resisto, les gusta demostrar su superioridad.

Siento cómo su semen inunda mi interior, y él se ríe a carcajada limpia mientras se viste y sale. Yo estoy ahí, desnuda, llorando, pero me doy cuent

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