«¡Estoy aburrida!».
Llevo tres horas sentada en este autobús y no veo la hora de llegar a mi destino. Estoy camino a casa de mi tía Aurora, para pasar con ella, como siempre, mis vacaciones de invierno. Y digo como siempre, porque ya casi se ha convertido en una tradición, que justo el día después de Navidad; yo emprenda un largo viaje al otro lado del país, para pasar Noche Vieja con otra parte de mi familia. La razón, mis padres cada año hacen una gira nacional por su empleo; ambos trabajan de representantes legales de numerosas productoras musicales y generalmente, tienen mucho trabajo en estas fechas. Están tan ocupados con sus asuntos laborales que ya olvidé la última vez que pasé un "Feliz año nuevo" con ellos.
Miro mi reloj y suspiro, aún quedan tres horas de viaje y yo ya no siento mis piernas. Decido colocarme los audífonos y abro el reproductor de mi celular, un poco de ritmo vendría bien en estos momentos. Escojo el tema "Company" de Justin Bieber y cierro los ojos, con la intención de poder dormir algunas horas y parar con este aburrimiento.
Despierto de forma repentina y al mirar por la ventanilla, logro ver que estamos pasando el cartel que anuncia la llegada a mi destino. Este paisaje me es tan familiar, se siente mío. Y cómo no lo va a ser si desde hace catorce años, recorro el mismo camino, dos veces al año; cada invierno y cada verano. Y sí, en verano también me convierto en la hija prestada, esa de la que sus padres no se pueden ocupar por sus tan complicados trabajos.
Veo como nos acercamos a la terminal de autobuses y, al llegar, todos se levantan a la vez. Es un comportamiento tan común que decido quedarme sentada hasta que todos los pasajeros estén abajo. Una vez que el pasillo del autobús se ha desocupado un poco, recojo las maletas y me dirijo hacia la puerta. Puedo ver desde allí a mi tía Aurora y a mi prima Andrea. Ambas llaman mucho la atención, tienen esa belleza delicada que te hace admirarlas; rubias, de piel bronceada y ojazos verdes. Y no sólo eso, desprenden un aura de calidez y amor que te mantiene enganchado desde el primer momento.
Una vez que tengo los pies en el suelo, corro hacia ellas y me reciben como cada vez: una sonrisa enorme y un abrazo de oso. Yo puedo ser un poco seca y arisca, pero me reconforta mucho formar parte de esta familia que, año tras año, me recibe con los brazos abiertos. Puedo decir, que volver aquí, es volver a mi lugar en el mundo. Aun cuando eso suponga, también, la vuelta de constantes recuerdos.
-Llevamos un buen rato esperando, creo que el autobús se atrasó más de lo normal -dice mi tía, cuando termina con los abrazos y los besos.
-Ya tenía ganas de que llegaras, hay tanto que hacer en estos días, que te necesito mucho más que años anteriores -interviene Andrea. Me coge del brazo para empezar a caminar y de paso, sin movilidad para arrastrar mis maletas.
-Sí, tía, se atrasó un poco -explico, con un tono de queja evidente-. Fue un infierno de viaje, realmente, ya no hallaba cómo sentarme para aliviar el entumecimiento de las piernas. Además, qué aburrimiento, ¡por Dios!, creí que no llegaba.
-Bueno, lo importante es que llegaste y que todo fue bien. ¡Feliz Navidad, mi niña! -exclama tía Aurora con una expresión feliz; vuelve a abrazarme-. En la casa están todos esperándote, incluso, algunas sobras de la comidita de ayer. Este año hice la panetela que te gusta. Aunque tuve que esconderla de ciertas personitas.
Me divierte la cara que pone mi tía y cómo mira a Andrea con los ojos torcidos. Mi prima, a su vez, me mira con una disculpa en sus ojos y se ríe inocentemente.
-Yo le dije que iba a dejar -declara y levanta los hombros, en un gesto despreocupado. Pero yo no le creo, en cuanto a dulces, puede llegar a ser muy golosa.
-Sí, claro. No te conocemos ya -río y decido molestarla-. ¿O no te acuerdas de lo que pasó el año anterior, o el anterior a ese, o el...?
-Ya, ya, está bien -interrumpe y se ríe, mortificada.
Seguimos caminando y, de pronto, Andrea me mira seria y me abraza. Casi caemos al piso por la sorpresa de su gesto.
-Te extrañé mucho. -Tiene la voz compungida.
-Yo también -murmuro, casi sin voz, de la emoción. M semblante cambia por completo, porque la verdad, el resto del año en mi casa, me siento muy sola.
Miro a mi tía y tiene los ojos llorosos, pero trata de disimularlo mirando hacia otro lado.
-Ya, niñas, vamos. En la casa nos están esperando -farfulla, con un carraspeo-. Y, Maddie, este año creo que te vas a llevar una gran sorpresa.
Las palabras de mi tía, acompañadas de una risita pícara, me hacen voltearme para intentar entender a qué se refiere; su expresión complacida llama mi atención, pero no comprendo nada. Con la mirada despistada, le pregunto a Andrea, pero también se niega a adelantarme algo o al menos, darme una pista. No me gusta sentirme perdida.
-Ya lo verás, prima, creo que te va a gustar tu regalo de Navidad. -Es su respuesta, además de una despampanante sonrisa plantada en su rostro.
Desconfío, porque de ellas puedo esperar cualquier cosa. Sin embargo, cuando subimos al auto y nos encaminamos rumbo a la casa de la familia, me olvido por un instante de lo que sea que me espera y me concentro en los días que pasaré aquí. Llevaba todo un año sin pisar este lugar.
(...)
El barrio donde vive mi familia es muy tranquilo, no hay muchas casas. Es una zona residencial, los terrenos abarcan casi una manzana; es por eso que son pocos los vecinos que se encuentran en la misma calle. El estilo colonial es predominante, techos altos, portales por todos los alrededores, enormes jardines rodeados de cercas blancas. Es un ambiente limpio en todos los sentidos, muy raro de ver y sentir en la casa que "comparto" con mis padres, en la ciudad. Es por eso que me gusta tanto venir aquí, porque, aunque extraño a mis padres y añore su compañía, no hay nada como la tranquilidad y la paz que aquí se respira.
Llegamos a nuestra calle y, nada más doblar la esquina, veo la casa. Y, como siempre, mi abuela aguarda mi llegada sentada en su sillón, acompañada de su fiel gata, Lucy.
Sonrío dulcemente porque me lleno de felicidad al verla. Mi abuela Nora, es la mamá de mi padre y de mi tía Aurora. Los crio sola después que mi abuelo Máximo muriera cuando apenas mi tía tenía dos años y mi padre cuatro. Es una mujer fuerte e independiente que ha sabido salir adelante sola, es muy sincera, así como amorosa, es el pilar y la jefa de mi familia. Me bajo del auto corriendo para abrazarla, ella me recibe con su habitual cariño. Respiro su olor a jazmín, a amor, a paz. Cuando estoy entre sus brazos sé, con seguridad, que estoy en casa.
«Es mi persona favorita en todo el mundo».
-¡Mi niña! -exclama, mientras la achucho todo lo que puedo.
-Te quiero tanto, abuela, tenía muchas ganas de verte. -La abrazo más fuerte, si eso es posible.
-Cómo has crecido, mi niñita, ya eres toda una mujer -declara, orgullosa.
La verdad es que he cambiado mucho desde la última vez que vine. El verano pasado estuve en un campamento para jóvenes interesados en la redacción y edición de libros. Es mi pasión, por lo que no me pude negar. Además, tenía otros motivos más profundos para no dejar pasar esa oportunidad.
-Estás muy linda, vas a romper muchos corazones, mi Maddie. Ya verás -asegura y me guiña un ojo. Yo me sonrojo de pies a cabeza.
-Gracias, abue -respondo a su halago, sonriente-. Tenía muchas ganas de llegar y verlos a todos, hace un año que no venía. -Y aunque fue por algo que me apasiona, extrañé mi hogar.
-Ay, sí, Maddie. Recuérdame, por qué fue que no quisiste venir -pregunta mi abuela, con el ceño fruncido.
-Mami, ya te he dicho mil veces, que Maddie estuvo en un campamento para aprender de lo que más le gusta, ¡escribir! -interrumpe tía Aurora, quien llega hasta nosotras. Andrea la sigue, con mis maletas a cuestas.
-Vamos, ayúdame a subirlas a tu habitación, que yo no puedo sola.
Resoplo y corro a ayudarla. -Sí que están un poco pesadas.
Cojo una de las maletas, le doy un beso a la abuela y me dispongo a entrar a la casa.
-Por cierto, Maddie. ¡Feliz Navidad! -dice la abuela antes de que abra la puerta y entre. Le agradezco con una sonrisa y le lanzo un beso.
En la sala me reciben tío Alfredo y mi primo Leo. Ambos estaban sentados en el inmenso sofá, viendo un juego de futbol. Se levantan en cuanto me ven entrar.
-Hola, Maddie, bienvenida, ¡Feliz Navidad! -saluda tío, mientras me abraza torpemente.
Tío Alfredo es un amor de persona, amigo de la infancia de mi padre y enamorado locamente de mi tía desde siempre. Es un hombre humilde que vive y se desvive por su familia, alto, trigueño y con unos ojos increíblemente azules, para su edad se mantiene bien y se nota que, en su juventud, debe haber sido muy apuesto. Mis tíos llevan casados veintiséis años y profesan su amor como unos recién enamorados.
-¡Hola, primita! ¿Cómo has estado? -pregunta Leo, mientras me abraza fuertemente y me besa en cada mejilla.
Él es la copia de mi tío Alfredo, alto, musculoso y súper apuesto, lo único que heredó de mi tía fueron sus ojos de color verde claro, los que combinan perfectamente con su piel trigueña y su pelo castaño oscuro. Yo adoro a mi primo, es el hermano que no tuve y, para mayor satisfacción, lleva esa labor de hermano mayor conmigo de la misma forma que lo hace con Andrea, ahuyentando a cuanto muchacho se nos acerca. Resulta gracioso ver cómo amenaza a los moscones babosos que nos llegan a rodear en alguna fiesta, pero no lo es tanto cuando los blancos de su sobreprotección, son los chicos que nos interesan a Andrea y a mí. Llega a ser muy frustrante.
-Muy bien, Leo, ya llegué y estoy lista para hacer un infierno tus últimos días del año -aseguro, con una sonrisa torcida.
Leo frunce los labios, pero luego, su gesto cambia y comienza a reír tan fuerte, que creo que se volvió loco. Entrecierro los ojos cuando veo a Andrea poner los ojos en blanco y a mis tíos dirigirse una mirada cómplice.
«Aquí hay gato encerrado», pienso y lo confirmo, cuando Leo vuelve a hablar.
-Puede ser, pero en este viaje no voy a estar solo, mi compañía está en camino. -Y se va, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans y silbando alegremente.
«¿Qué se traerá entre manos esta vez?».
Subo las escaleras dándole vueltas a lo que dijo Leo, pero por más que lo pienso, no le hallo sentido. Andrea tampoco es de mucha ayuda, ella solo me mira y se ríe, me está sacando de quicio.
-Andie, porfa, dime qué quiso decir tu hermano -ruego, con un puchero que no cumple función alguna.
-No, ya pronto sabrás -exclama ella, sonriendo aún más, mientras abre la puerta de mi habitación. Murmura unas palabras que por los pelos logro entender-. Van a ser unas vacaciones muy divertidas.
Lo dejo estar, para no volverme loca, cuando entramos en la habitación que ocupo desde que tengo ocho años. Todo está exactamente igual a la última vez que estuve aquí.
El juego de habitación es de color blanco contemporáneo e incluye una cama personal, un gavetero mediano con un espejo en la parte superior y dos mesillas de noche a cada lado de la cama, con sus lámparas de cristal estilo industrial. Las paredes, de tonos azul y verde pastel, combinados con los almohadones, cubrecamas y cortinas, le dan un toque de color increíble. Este lugar siempre ha sido mi refugio y guardo tantos recuerdos, que me resulta acogedor solo admirarlo.
La habitación también tiene un cuarto vestidor y un baño personal. El vestidor está a tope de ropa que he ido acumulando al cabo de los años, puesto que paso largas temporadas aquí y no es cómodo viajar en autobús con tantas maletas. Andie lo utiliza muy a menudo, dice que es muy cool tener una provisión de armario doble. El cuarto de baño es mi lugar de relax preferido, donde puedo tomar baños relajantes por horas sin que nadie me esté apurando. En él, también he ido creando una colección de sales de baño, cremas y maquillajes exquisita, que otra vez, Andie utiliza de forma frecuente alegando que van a caducar de no usarse y que sería una verdadera lástima. Ruedo los ojos al pensar en mi prima y sus cosas.
Dejo las maletas a un lado de la cama y me tiro de espaldas sobre ella.
-Andie, estoy súper cansada. -Suspiro y cierro los ojos.
-Me imagino, Maddie, es un viaje muy largo. -Siento el peso de Andrea cuando se acomoda a mi lado en la cama.
-Demasiado. -Resoplo.
Se hace el silencio por unos minutos y me provoca abrir los ojos para ver qué está haciendo Andrea. Ella me observa, divertida, antes de hacerme una pregunta.
-Entonces, ¿no vas a querer salir esta noche?
-Yo no he dicho eso -exclamo, con una nueva actitud y una media sonrisa-. Puedo estar cansada, pero mi cuerpo siempre pide fiesta.
Me levanto de un salto de la cama y hago un pequeño movimiento de caderas. Andrea se ríe con mis locuras.
-¡Ja! Estás loca. Yo me paso seis horas de viaje sentada en un incómodo asiento de un autobús y, por lo menos, duermo un día entero.
Sus palabras me hacen reír, pero a la vez, me hacen ser consciente de algo.
-Supongo que lo llevo en la sangre, ¿no? -pregunto, irónicamente, recordando desde cuándo estoy haciendo estos viajes.
-Sí, supongo -responde y alza los hombros-. Por cierto, ¿cómo están mis tíos preferidos?
-Por favor, Andie, que son los únicos que tienes -digo, entre risas.
-Pues por eso -devuelve ella, riendo también.
-Nah, están bien, o eso creo -farfullo, con tono desinteresado-. La verdad, no he hablado con ellos.
Andie se acerca y me abraza, me conoce tan bien que sabe cuándo necesito de su apoyo y cariño. Es duro que tus padres no se preocupen en absoluto por tu bienestar, pero ya estoy curada, duro era cuando tenía solo ocho años. Creo recordar, que el primer viaje lo hicimos en el auto y mi papá conducía. Fue un viaje aburrido, pero vamos, que eso no era nada nuevo. Pero al siguiente año, fue mi primera vez en un autobús, tenía solo nueve años; incluso, una persona de la agencia de viajes tenía que velar por mí. Fue muy triste y, a día de hoy, lo sigue siendo. Pero como ya dije antes, estoy curada. O eso, es lo que quiero creer.
Sacudo la cabeza para despejar mi mente de pensamientos desagradables, no es el momento ni el lugar. Ahora ya estoy en casa, mi verdadera casa.
Andrea sale del cuarto pidiéndome que descanse para esta noche. La verdad, no entiendo qué quiere decir y me entretengo pensando en eso.
«¿Qué les pasará a todos hoy? Están muy extraños», pienso, mientras recuerdo la respuesta de Leo, la risa de Andie y las miradas conocedoras de mis tíos y la abuela. Profundizo tanto en mis cavilaciones, que me quedo dormida y sueño algo muy extraño, algo relacionado con unos ojos grises que me confunden y me tranquilizan a la vez, pero lo olvido en cuanto caigo en un sueño profundo.
-La fiesta es en casa de Mary, sus padres no están e invitó a casi todo el pueblo. Sabes que su casa da a la playa, por lo que decidió hacer una fogata en la arena y así no tener que recoger toda la basura el día después. Muy inteligente, ¿no crees? Además, motivo de sobra para estar todos junticos alrededor del fuego con este frío que hace -comenta Andrea, dándome los detalles de la fiesta.
-¿Te refieres a Mary, la ex de tu hermano? -pregunto, con extrañeza.
-Pues sí, ellos lo dejaron, pero yo hice buenas relaciones con ella. La verdad me caía bien como cuñada, no es otra rubia tonta de las tantas que mi hermano trae a la casa. Así que, me invitó, pero como ya te dije, invitó a medio pueblo -responde Andie, animadamente.
Estoy cansada, pero eso no es problema para mí cuando hay una fiesta pendiente. Le pregunto a Andrea a qué hora comienza y, entonces, planificamos arreglarnos temprano, pero sin intención de inaugurar la actividad. Dicen por ahí que las reinas nunca llegan tarde y aunque es un poco egocéntrica esta afirmación, lo cierto es que nunca me ha gustado ser la primera en llegar, prefiero entrar cuando ya están todos. Seguimos conversando de temas sin importancia, poniéndome al corriente de los chismes más importantes, cuando nos da hambre y decidimos bajar a comer.
Llego al comedor y me siento famélica, no he comido nada en todo el día. Mientras me preparo un sándwich, pienso cómo me voy a vestir, tengo algunas prendas nuevas para estrenar que seguro a Andie le encantarán. De tanto pensar, no siento cuando Leo entra en la cocina y doy un brinco cuando me habla al oído.
-¡Ay, Leo! No empieces, me va a dar algo como sigas con tanto sigilo -grito y me pongo una mano en el corazón.
-¡Bah! No seas dramática, fue un sustito de nada. Nada comparado con la sorpresa que te espera -repite sus palabras de antes y el misterio en su voz es frustrante.
Cuando voy a preguntarle qué quiere decir, entran mi tía y mi abuela a la cocina, conversando de alguien que no alcanzo a escuchar quién es.
-Pues sí, mami. Terminó la carrera y pretende abrir una consulta en el pueblo. Espero que todo le vaya bien. -Escucho que dice mi tía.
-¡Oh, Maddie, Andie! No sabía que estaban aquí. Justo las iba a llamar para que bajaran a comer algo -interrumpe la abuela a mi tía y no puedo enterarme, una vez más, de quién hablan.
Por un momento pienso que lo hacen adrede, pero luego me digo que son imaginaciones mías, que nadie está conspirando en mi contra, pero el tema con Leo me pone de los nervios. Me río sola por la dirección que están tomando mis pensamientos.
-Maddie y yo vamos a la fiesta de Mary, Leo -menciona Andrea, para molestar a su hermano.
-¿Sí? Que bien. Yo también. Ahí nos vemos, entonces -exclama, un poco más emocionado de lo común en él, que sería cero emociones. Y se va, otra vez silbando y con las manos dentro de los bolsillos de los jeans.
Me resulta muy raro el comportamiento de Leo, siempre es muy sobreprotector con nosotras y hoy ni se ha inmutado. Me quedo viendo por dónde salió y pienso en qué será lo que tiene preparado esta vez. Además, no puedo evitar observar las reacciones de mi tía y la abuela, que intentan ocultar sus sonrisas. Frunzo el ceño, pero no digo nada.
Recuerdo lo que me dijo antes y me preocupo, creo que Leo está planeando algo que no me va a gustar. Y pues, eso no funciona así, porque la que le hace la vida un infierno a él soy yo. Al menos, sucede así desde que tengo once años. Excepto cuando tengo cerca a cierta persona non grata para mí y sucede mucho más a menudo de lo que yo quisiera. En esas ocasiones, me vuelvo una Maddie con baja autoestima y con un carácter poco habitual en mí.
De pronto, recuerdo los ojos grises de mi sueño y un escalofrío me recorre.
-Dios mío, ¡no! -ahogo un grito de estupor.
Ya recuerdo a quién pertenecen esos ojos tan extraños que pude ver antes de quedarme dormida hace un rato, pero no es posible, no puede pasarme esto otra vez. Esos ojos en mis sueños no pueden ser un augurio de mi futuro más cercano. El karma no puede ser tan jodido. No puede ser él, no otra vez.
Tan metida como estoy en mis pensamientos turbulentos, no me doy cuenta que tres pares de ojos igual de verdes me miran confusos; mi reacción ha llamado la atención de todos. Murmuro algo parecido a una disculpa y corro hacia mi habitación. En la soledad de mi cuarto me permito flaquear, abrirme a las emociones que se acumulan en mi pecho. Mis nervios se crispan; es frustrante aceptar lo que aún me provoca su recuerdo. Pensé que después del tiempo que ha pasado y las condiciones tan extremas en las que nos despedimos, no reaccionaría cómo lo estoy haciendo, pero una vez más, confirmo lo equivocada que estoy. El corazón se salta varios latidos cuando enumero las posibilidades de que mis pensamientos vayan bien encausados. Si finalmente estoy en lo correcto y él es el motivo por el que todos actúan tan raro, mis vacaciones acaban de volverse un infierno.
Cometer un error y luego repetirlo, ¿se considera como una falta aguda de sentido común? Porque no existe otra explicación para mis metidas de pata. Y no solo una, sino dos veces. Con la misma persona. Con el mismo resultado. Una promesa incumplida. Un corazón roto. Dos veces de creer en falsas promesas, en palabras endulzantes que muy en lo profundo están vacías de significado. O quizás yo, lo he creído así y siempre ha estado muy claro. Tal vez yo sea la ingenua, la soñadora o la imbécil.
«Que fácil fue tenerte entre mis brazos otra vez» Esa voz. Esa frase. Ese recuerdo que me persigue. Los recuerdos son tan nítidos en mi mente que lo siento más que lo escucho. El movimiento de sus labios, la cadencia de su voz, su aliento pegado a mi oreja, el tacto caliente de sus dedos contra mi piel.
Luego yo. Mi felicidad, mi tranquilidad, mis expectativas. Dolor. Decepción. Tristeza. Nuestros recuerdos son mis eternos fantasmas. Cuando logré convencerme a mí misma de regresar a este lugar, fue con la cruda convicción de dejar todo atrás; de olvidar todo aquello que tanto daño me hizo y pasar página. En esos momentos mi seguridad estaba en su nivel habitual y me veía capaz de afrontar las consecuencias de mis errores; no de huir como lo hice la última vez. Con la cabeza baja, con una maleta llena con los pedacitos de mi corazón y un cartel inmenso sobre mi cabeza que decía: Se acabó.
Esperaba ser fuerte esta vez y, aun cuando no lo he visto ni oído de él, su recuerdo es suficiente para echar abajo todas esas convicciones. Todos fueron testigos de mi dolor. Si bien no por conocimiento, sí por asociación. Mi ausencia, después de catorce años ininterrumpidos, fue notable y bastante obvia. Me duele aún mi muestra de debilidad, pero necesitaba curar mis heridas, necesitaba recuperar mi fuerza. Aunque hubiera sido a costa de lastimar a los míos.
Una promesa fue hecha. O debería decir: otra. De tantas. Y está a punto de romperse nuevamente.
Tanto pensar me ha provocado un horrible dolor de cabeza y, me temo, que será el primero de muchos. Porque si la realidad que se me viene encima, es la réplica de mi anterior visita a este lugar, no terminará nada bien.
«¡Lo prometiste! Cumple tu promesa al menos una vez en la vida», susurro, por lo bajo. Cierro los ojos como si estuviera pidiendo un deseo.
No los vuelvo a abrir. Decido quedarme así un rato, mientras intento dejar de darle vueltas a todo. Por ahora, que todavía todo está bien, es mejor olvidar que mi extraño chico de ojos grises, existe; todavía no hay necesidad de martirizar mi existencia. Me entrego a la tranquilidad de mi habitación y me quedo dormida y, por más que trato de evitarlo, no puedo dejar de invocar mis mejores recuerdos.
Hace cinco años, cuando recién comenzaba a entender las realidades de la vida, le confié mis sueños, mis miedos, todo de mí, a un extraño de ojos grises. Hace cinco jodidos años, dejé de ser la niña soñadora que deseaba amar con todas sus fuerzas. Hace cinco putos años, conocí al mayor sinvergüenza de todos.
Me miro en el espejo por décima vez. Llevo mi pelo castaño suelto y con algunas ondas en las puntas, por encima del hombro para acomodarlo. El bronceado de mi piel resalta con las mechas degradadas de rubio que me hice antes de venir. El vestido de corte princesa color azul cielo, realmente me favorece, resalta mis ojos azules y cada una de mis recién adquiridas curvas, ubicadas, a mi parecer, en los lugares correctos. Los zapatos son unas ligeras ballerinas blancas con brillantes, para darle un toque elegante a mi estilo casual de verano.
No soy muy alta, solo mido metro sesenta y siete, pero unos zapatos altos no pegan con mis intenciones de hoy.
-¡Por Dios, que calor hace en este lugar! -hablo con mi reflejo, mientras me retoco el lápiz labial y la máscara de pestañas. No es que tenga que usar mucho maquillaje para lucirlos, mis pestañas son bien tupidas y mis labios son gruesos y de color rosa tenue; pero de igual forma quiero lucir espectacular el día de hoy.
Repaso nuevamente el conjunto y vuelvo la mirada a mi rostro.
-Bien, Maddie, ¡tú puedes! -Me transmito la mayor seguridad de la que soy capaz y doy media vuelta, tomo mi pequeño bolso y salgo de la habitación.
Hoy es mi cumpleaños número diecisiete y como siempre, estoy sola. Mis padres me regalaron una semana en este hotel de lujo aprovechando que visitarían la ciudad por trabajo y, para no romper la tradición, no son capaces de llegar a tiempo para desearme un feliz cumpleaños. Quedan exactamente treinta y cinco minutos para terminar mi día especial y aún no los he visto; supongo que creen que me basta con su exuberante regalo.
Como aun soy menor de edad, no puedo entrar a la discoteca del hotel y pedir una bebida en el bar, fuera de piñas coladas o refrescos. Hacerlo, solo provocaría fastidiar mi noche, si se dan cuenta. Eso no es lo que necesito.
Camino con decisión por el hotel y al ver el bar, me dirijo hacia allí. Tomo asiento en una de las sillas que se encuentran alrededor de la barra y señalo al barman para que me atienda.
-¿Qué desea tomar, señorita? -pregunta un joven, con actitud amable. Si repara en mi edad, no lo tiene en cuenta.
No tengo mucho conocimiento sobre bares y bebidas, pero tampoco pretendo beber alcohol, aunque se me dé la oportunidad, ya tendré tiempo para eso.
-Una piña colada, por favor -pido, con voz segura.
-Enseguida está su pedido. -Me ofrece una brillante sonrisa y me guiña un ojo, mientras comienza a prepararla. Cuando va a agregar el ron, me pregunta mediante gestos si lo deseo con o sin alcohol.
-Sin alcohol -respondo con una sonrisa.
Bate todos los ingredientes, mientras va preparando la copa. Vierte el contenido en ella y le coloca un removedor, un absorbente y un pedacito triangular de piña en el borde de la copa.
-Aquí tiene señorita, que lo disfrute -comenta sonriente, cuando la coloca frente a mí.
-Gracias -agradezco y la pruebo. No puedo evitar gemir de gusto al sentir su sabor-. Está deliciosa.
Le dejo una moneda de mis propios ahorros como propina y salgo rumbo a la playa.
El hotel es majestuoso, inmenso y moderno, pero todo este lujo me es indiferente, prefiero el olor a salitre y el sonido de las olas del mar, al olor dulce del incienso o el sonido ambiente de pájaros cantando. Tomo el camino que lleva a la playa privada a la vez que pienso en que estos dos días este lugar ha sido mi refugio, donde me he dedicado a planear mi futuro, donde me he permitido soñar. Mis planes básicamente se quedan en, ¿qué haré y dónde estaré en cinco años? o ¿estaré enamorada en cinco años?
«Sobre todo, esto último», pienso y ruedo los ojos interiormente.
Me considero una romántica empedernida. Paso muchas horas fantaseando con príncipes azules y amores de novela, por lo que, en realidad, más que planificar mi vida, solo he añorado un amor. Me encojo de hombros cuando termino con mis pensamientos y sigo caminando.
Al llegar al límite del camino con la arena, quito mis zapatos y sigo descalza hacia las tumbonas. Tomo una y voy arrastrándola hasta la orilla. A medio camino siento un gemido y luego una risita femenina. Giro sobre mis pies buscando en la oscuridad el lugar de donde proviene el ruido, pero no lo encuentro, por lo que sigo mi camino. Al llegar a la orilla me recuesto en la tumbona y admiro el mar en toda su abundancia, es todo negro, reflejo de la noche y su oscuridad. La luna creciente deja un haz de luz casi imperceptible sobre las pequeñas olas. El mar está tranquilo, por lo que transmite paz y soledad. Justo lo que yo necesito.
Llevo un buen rato sola con mis pensamientos cuando siento el crujir de unos zapatos contra la arena, muy cerca de mí. Me giro sobresaltada para encontrar, a pocos metros, a un hombre que se balancea mientras alumbra con su teléfono hacia la arena.
-Mierda, sabía que iba a ser imposible, a esta hora no voy a encontrar nada -dice, con una voz melodiosa y profunda.
El hombre todavía no me ha visto, parece que busca algo por lo que logré escuchar. Supongo que hablaba consigo mismo porque no veo a nadie más. Por un momento dudo si seguir sentada o irme para el hotel, estoy sola y, además, nadie sabe que estoy aquí. Pero al final decido quedarme, esta es una playa privada y el hotel requiere de un alto nivel adquisitivo para poder estar aquí, no creo que sea un delincuente dispuesto a hacerme daño. Enciendo mi teléfono para ver la hora, ya pasan de las dos de la madrugada y yo ni siquiera me había dado cuenta de todo el tiempo que llevo sentada aquí; no era mi intención estar fuera de la habitación a esta hora, sobre todo porque supongo que mis padres vayan a verme en cuanto termine el concierto que vinieron a supervisar.
Me levanto de un salto y doy un grito cuando me tuerzo el tobillo y caigo en la arena estrepitosamente. Mi caída sobresalta y alerta al hombre de mi presencia, que grita algo parecido a «¡Joder!».
Me quedo sentada en la arena al sentir un dolor punzante en el tobillo y levanto la vista al notar su presencia a mi lado, me ciega por un momento la luz de su teléfono y pongo la mano sobre mis ojos para cubrirlos, él aleja la luz de mi cara al ver mi incomodidad.
-Disculpa, ¿estás bien? -menciona, con esa voz profunda que antes me llamó la atención.
Extiende su mano para ayudarme a levantar. Me toma algunos segundos decidir si es buena idea aceptar la ayuda de alguien a quien ni siquiera le había visto el rostro, cuando él se agacha a mi lado y vuelve a hablarme.
-¿Me oyes? ¿Te encuentras bien? -El teléfono aún nos ilumina y yo levanto la vista hacia su rostro.
Me quedo sorprendida al ver que no es un hombre adulto, sino un joven con facciones bien delineadas y definidas. Desde esta posición no puedo detallarlo bien, pero se nota que es alto y que su piel está bronceada, aunque esto último no estoy segura pues la luz es escasa. Se notan los músculos de sus brazos al llevar una camiseta sin mangas y sus shorts deportivos cortos demuestran que su físico está bien equilibrado. En cuanto deslizo mi mirada hacia su cara, me topo con unos impresionantes ojos grises que me devuelven la intención y me reparan tal cual estoy haciendo yo.
-¿Te gusta lo que ves? -pregunta, de forma descarada, mientras vuelve a extender su mano para ayudarme.
-Podría decir lo mismo, pero no soy tan arrogante. -Cuando por fin hablo, no puedo evitar mi carácter irónico. Él levanta una ceja, sorprendido por mi contestación.
Alargo mi mano y la pongo sobre la de él. En el momento en que nos rozamos, una descarga me recorre todo el cuerpo, lo miro sorprendida y él también muestra su desconcierto, pero dura tan poco que pienso ha sido idea mía.
-¡Auch! -grito, en cuanto siento el palpitar de mi tobillo, vuelvo a mi posición sentada en la arena y acaricio el lugar donde me duele.
-¿Dónde te duele? -pregunta, un tanto preocupado.
-En el tobillo -digo y le muestro el lugar con mi dedo. Él acerca la luz para mirar mejor.
-Se está hinchando, ¿crees que puedes levantarte y apoyarte en mí? Yo te voy a ayudar a llegar al puesto de salud. -Se nota preocupado y eso me sorprende. Lo miro curiosa por unos segundos, hasta que creo debo responder para no parecer tonta.
-Bueno, supongo que no apoyarlo me ayudará. Pero no te conozco y no creo que sea buena idea ir contigo a ningún lado y menos, recostada a ti -digo, con seriedad, pero me divierte la cara que pone al rodar los ojos y como ríe ante mi comentario.
Por un momento me quedo absorta mirando sus labios, su risa ronca junto al movimiento de su boca, me toma desprevenida.
-Soy Aiden Reed, tengo veinte años y soy huésped de este hotel. Mi habitación es la 845, puedes comprobarlo -dice y me guiña un ojo.
Me da gracia su descaro y le respondo, presentándome.
-Soy Maddison Cadwell, pero todos me llaman Maddie, también me hospedo aquí. Y lo de tu habitación, estuvo de más, no me importa cuál sea -bufo y una sonrisa se me escapa.
-Bueno, ya nos conocemos, Maddison Cadwell a la que todos llaman Maddie. Ahora, ¿vas a dejar que te ayude? -pregunta y me tiende la mano, por tercera vez.
No me queda más remedio que sonreír a su comentario y tomar su mano.
-Al fin, es verdad que a la tercera va la vencida -dice risueño, mientras me ayuda a levantar.
-En realidad, te la acepté a la segunda, pero me dejaste caer -expreso y alzo los hombros con despreocupación.
-Chica fácil, entonces, ¿eh? -responde como si nada, pero lo acompaña con un gesto jocoso.
-Ya quisieras. -Es mi respuesta ante su insinuación, él hace un gesto de afirmación mientras recorre mi cuerpo con los ojos.
-La verdad es que sí. Me encantaría -responde, con una mirada lasciva, pero sus ojos brillan con diversión.
Yo ruedo los míos y disimulo con indignación, lo que esa mirada caliente me hizo sentir.
Vamos caminando lentamente hacia el hotel, yo dando saltitos y él cargando con casi todo mi peso. Nuestra cercanía me provoca un poco de calor, pero me digo que es del esfuerzo que estoy haciendo al saltar tanto rato.
-Por cierto, ¿qué buscabas? Antes de caerme, te escuché hablar solo -pregunto, un tanto intrigada.
-Ah, sí, verdad que eso fui a hacer a la playa. Estaba buscando la llave de mi habitación... uhm... la perdí hoy más temprano mientras...uhm...me daba un baño -responde un poco cortado y se rasca la cabeza, aturdido. Recuerdo el gemido que escuché al llegar a la playa y supongo que ese había sido su baño.
Entrecierro los ojos cuando lo miro, reflejando mis dudas.
-Ujum -digo y me hago la desentendida, porque la verdad, lo que haga con su vida sexual me da lo mismo. Luego quiero molestarlo un poco-: Pero podrías haber ido a Recepción, ahí te dan otra -digo y alzo una ceja.
-Sí, pero no lo pensé en el momento -comenta con soltura, esquivando mi mirada.
(...)
Nunca imaginé que aquel chico de hermosos y extraños ojos, llegaría a significar tanto para mí. Mientras recuerdo lo bonito de los inicios, no puedo evitar disfrutar de la experiencia; lo que fue y lo que sentí, no tiene comparación con absolutamente nada, desde entonces. Fue un principio digno de cuentos, la resolución de esos planes que no había dejado de pensar desde que llegué a ese lugar. Era mi sueño cumplido, el príncipe azul que tanto ansiaba.
Y al parecer, esas ganas de que lo fuera, nublaron mi juicio. Me dejé llevar y ese fue mi mayor error.