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Solo un: ¡Sí, acepto!

Solo un: ¡Sí, acepto!

Autor: : claupc951113
Género: Romance
Trilogía Destinados. Libro II A Leonardo Rowe le han roto el corazón. Después de varios años amando sin límites a la mujer que pensaba era su alma gemela, fue traicionado de la peor forma posible. Ahora se refugia en el sexo y el alcohol, buscando ese momento de nirvana en el que todo se vuelve nada. Sin embargo, cuando la noche acaba y los días pasan, esa piedra continúa molestando en su zapato. Mary Brown era su redención, pero se convirtió en su castigo. Una oportunidad de trabajo lo lleva lejos. Y con ello, la salida que tanto ansiaba. Un encuentro. Un viaje. Una coincidencia. Pero también, el eterno recordatorio de lo que sus ojos no pueden ocultar. Y que otros pueden ver. Jenny Parker puede ser su solución y él, está dispuesto a negar todo aquello que le hace tanto daño; para entregarse de una vez a lo que tanto ansía. Ahora Leo siente que la vida le sonríe, que comienza a ponerlo todo en su lugar. Y por unos años, está convencido de eso. Hasta que todo vuelve a cambiar y el giro, no puede ser más inesperado. Un compromiso que se siente obligado. Una antigua promesa que sale a la luz. Un trámite que no se completó. ¿Será que podrá al fin, pasar página? ¿O existirá algo más fuerte que lo unirá a eso de lo que tanto huye? Cuando en el pasado quedan cuentas pendientes por resolver, el presente mismo se encarga de ponerlo todo en su lugar. Orden de lectura de la trilogía: 1. Solo dos veces al año 2. Solo un: ¡Sí, acepto! 3. Solo un para siempre

Capítulo 1 El día que todo cambió.

5 años atrás...

El agua corre por mi cuerpo, caliente, demasiado caliente. Mi piel ya se volvió roja, pero sigo aquí, bajo la ducha, aguantando el intenso vapor. Necesito sentir este dolor. Necesito verificar que aún soy capaz de sentir algo.

Solo han pasado dos días y yo, que todavía no tengo claro qué fue lo que sucedió, sigo en shock, intentando mantenerme en pie. Recuerdo que ella estaba feliz. No creo que haya sido un sueño ver en sus ojos tanto amor, tanta devoción. Pero al parecer, fue un espejismo, porque bastó un día, solo un puto día, para que todo se fuera al diablo.

Escuchar de sus labios que todo era un error me rompió de mil formas diferentes. Siempre pensé que nunca llegaría el día en que me arrepintiera tanto de haber amado. Pero llegó. Hoy puedo asegurar, sin miedo a nada, que Mary logró decepcionarme tanto y a tal punto, que solo pensar en ella me hace odiarla.

Me destruyó. Confié en ella, le entregué mi vida y esperó hasta el último momento para hacerme caer con fuerza. Y se aseguró que no me quedaran ganas de volver a levantarme.

(...)

Cuatro días antes...

-Yo los declaro, marido y mujer -culmina la elegante mujer que oficia la boda, con una sonrisa presente en su expresión-. Ya pueden besarse.

Me volteo hacia Mary, la emoción que siento, a punto de hacerme explotar. Ella ya me espera, sus ojos brillan con adoración. Me acerco y suspiro sobre sus labios, quiero tomarme mi tiempo para saborearlos. Y cuando por fin hacemos contacto, ella jadea, satisfecha. Yo gimo en respuesta a su reacción.

Mi esposa, la única mujer que he amado en mi vida, por fin es mía.

Cuando le pedí matrimonio pensé que duraría meses en hacerlo formal, pero Mary creyó conveniente adelantarlo todo y pues, aquí estamos. De todas maneras, después de tomada la decisión, no importa el tiempo, sino que estemos juntos.

-Felicidades, hermano. Estoy muy orgulloso de ti -declara Aiden, mientras me abraza fuertemente

-Espero que tú seas el siguiente. Y pronto -aseguro y al separarnos, en su mirada veo anhelo. Yo mejor que nadie conozco su amor eterno por mi prima.

-Eso solo sucederá si Maddie me perdona, Leo. Y lo veo tan lejos -exclama, entristecido.

-Ella te perdonará, ya verás. Solo necesitas convencerla de que te escuche.

Lo veo sonreír esperanzado. De verdad me gustaría que lograran superar todas sus diferencias y al fin, darse la oportunidad de vivir su amor.

Aiden fue el único invitado a nuestra rápida boda. Mary no lleva muy bien la relación con sus padres y decidió no invitarlos. Por otro lado, yo quise mantener todo esto en secreto, aunque sé que nunca me faltará el apoyo de mi familia. Mis motivos no son nada relevantes, solo se me ocurrió que así estaría todo bien. Ya tendremos tiempo luego para hacer una boda a la altura.

Un tiempo después, entramos de la mano a donde pasaremos nuestra luna de miel. Justo en la entrada, la cargo y la sostengo entre mis brazos, siguiendo la tradición de los recién casados.

El lugar al que accedemos es una casa amplia, un poco alejada del centro del pueblo y ubicada solo a metros de la playa. Esta casa siempre me ha gustado, principalmente, por sus amplios ventanales totalmente acristalados, que producen la sensación de estar viviendo justo en medio de todo; la naturaleza y el mar.

Además, no es sólo que haya elegido uno de mis lugares favoritos para pasar nuestra luna de miel, sino que aquí, pretendo darle una importante sorpresa. Una que ella de seguro aceptará encantada, teniendo en cuenta cómo mira todo a su alrededor.

-Es hermoso, Leo -comenta, anonadada, mientras no pierde detalle alguno.

-Tú lo eres más. Y lo mereces todo -respondo, porque ahora mismo solo soy capaz de fijarme en su propia belleza. No tengo ojos para nada más.

La coloco en el piso y ella comienza a dar vueltas por todos lados. No sin antes haberme dado un pequeño beso que me sabe a poco. En lo que ella admira todo, yo la sigo con la mirada. Su impresionante cuerpo luce espectacular con ese sencillo vestido blanco. Su cabello cae suelto en ondas y a todo lo largo de su espalda. Sus ojos verdes, brillantes, resaltan aún más con el maquillaje y contrastan con el rojo de sus labios.

Está hermosa. «Y yo no puedo negar que me muero por ella».

Mary termina de revisarlo todo y regresa a mi lado. Se sienta en mis piernas y nos quedamos así, abrazados, sintiendo nuestros corazones latir a la misma vez. Respiro en su cuello, rozando con mis labios en las partes más delicadas. Ella suspira y acerca su boca a la mía, las unimos en un beso profundo, sensual y caliente. Sus labios se sienten suaves, como la seda; y dulces, como saborear un caramelo.

Comienza así, oficialmente, nuestra luna de miel. Con la ropa cayendo a nuestros pies, con mi boca besando cada centímetro de su piel. Mis manos tocando ahí, donde su placer explota más.

Sentirla otra vez, es como despertar algo mucho tiempo dormido. Mi cuerpo la extrañaba demasiado después de un tiempo de no sentirla, pero, aun así, no olvidé lo bien que se siente tenerla entre mis brazos.

Su sudor se compacta con el mío cuando caemos en la cama totalmente desnudos. Su pelo se pega a su sien, su boca entreabierta me respira cerca, sus dedos resbalan en mi abdomen, mientras delinea con ellos, cada músculo esculpido. Toma mi virilidad entre sus manos, en un acto de ansiosa valentía y yo, respiro entre dientes, intentando aguantar.

Cuando por fin entro en ella, siento como si el elixir de la vida eterna me hubiese sido ofrecido. Sus paredes me aprietan, me absorben en un constante ir y venir de sensaciones. Cada vez más profundo. Cada vez más rápido. Hasta que ambos explotamos juntos, jadeando, encontrando la liberación que los dos necesitábamos.

-Te amo -confirmo, cuando recupero la respiración. La miro a los ojos y lágrimas silenciosas caen de ellos-. Shhh, amor, no llores -pido, mientras seco sus mejillas.

-Lo si...siento -expresa con dificultad. Intenta cambiar su triste expresión, pero no obtiene resultados.

No sé si es la emoción del momento o tiene otros motivos para sentirse así, pero sea lo que sea, me preocupa su reacción; algo no me deja pensar lo contrario. Ella suspira, toma una profunda inhalación y sonríe, supuestamente mejorada.

-Todo está bien -dice, con una sonrisa tímida y con su dedo pulgar, deshace el ceño que se había establecido entre mis cejas.

-¿Necesitas decirme algo? -pregunto, no puedo evitarlo.

Ella toma mi rostro entre sus manos y deposita un pequeño beso en mis labios.

-No es nada -aclara. Pasea su lengua por la comisura de mi boca y yo, que aún estoy dentro de ella, despierto nuevamente-. Hazme tuya otra vez. Te necesito -ruega, con sus ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, en un gesto involuntario al sentir mi dureza nuevamente.

-Te amo, Mary. Te amo.

Lo próximo que siento, mientras la hago mía por segunda vez, son sus lágrimas correr, pero no logro determinar qué las causa.

Nuestra primera noche de casados la pasamos haciendo el amor en cada rincón de la casa y, cuando esta no nos alcanza, lo hacemos en la arena, en la playa, moviéndonos al compás de las olas. El siguiente día llega y no creo que exista algo más impactante que verla amanecer junto a mí. Admirar sus ojos soñolientos, lejos de darme pena, me exacerba aún más; todo el rato parezco un hombre de las cavernas, detrás de la hembra que le dará la descendencia, pero no puedo evitarlo.

A mediodía, estamos preparando el almuerzo cuando Mary recibe un mensaje de texto en su teléfono. Y a partir de ahí, todo cambia.

Se retrae, a tal punto, que mientras hablamos la siento lejos de aquí, de nuestro hogar, de mí. Sus pensamientos vagan y su indiferencia, hace acto de presencia.

De estar todo el día, pegados, tocándonos, pasamos a solo mantener un mínimo contacto. Intento cambiar la situación, volver a ese punto de felicidad en el que nos encontrábamos, pero no lo logro. Le pido explicaciones y ella niega todo, me ignora o me culpa de ver cosas donde no las hay. A cada rato, la siento llorar o la veo intentando mantener el tipo, cuando su cuerpo muestra todas las señales de querer derrumbarse. Aguanto callado, por su bienestar, por nuestra comodidad, pero llega un punto en el que la angustia me consume y no puedo más.

-Mary -llamo, ella se encuentra de espaldas a mí, cortando los vegetales para preparar la ensalada. Sorbe por la nariz, antes de responder.

-Dime, amor.

-¿Qué te sucede? -pregunto, primero, pero luego reacciono y le exijo la explicación que merezco-. Y por favor, no me digas que nada. Me estás ocultando algo,

Mary suspira, otra vez. Pienso que obviará el tema, pero en contra de todo pronóstico, me tira a la cara una verdad que nunca esperé saliera de sus labios.

-Pasa, que esto fue un error -dice, como si estuviera hablando del tiempo, mientras se voltea y camina, hasta que se detiene frente a mí.

Lo único que me indica que lo que dice, le duele, son las lágrimas que vuelven a aparecer.

-¿Cómo que un error? ¿A qué te refieres, Mary? -pregunto, otra vez, con el ceño fruncido; no salgo del shock en el que me encuentro.

Me fijo en sus manos, cuando intenta ponerlas sobre mí, pero se aconseja y las devuelve a su lugar. Están temblando.

-Leo, yo... -comienza, pero algo le impide seguir-. Yo...

-Tú, ¿qué, Mary? -reclamo, molesto con su indecisión.

-Yo quería decirte esto antes, pero no lo habrías entendido -confiesa, con voz lastimosa. Su labio inferior tiembla justo antes de soltar una bomba. Una que me perseguiría mucho tiempo después-. Yo estoy embarazada. Tengo casi dos meses.

Me quedo en blanco. Abro la boca, pero nada sale. Embarazada. Casi dos meses.

«No puede ser», reclamo en mi interior. Debe ser una mentira. Debe estar equivocada.

-Leo, por favor, di algo -suplica.

Cuando intenta tomar mis manos, las alejo. Ella cierra los ojos, dolida, pero ahora mismo no me importa su dolor.

-Eres una...una... -No encuentro palabra que justifique lo que estoy sintiendo y lo que ahora mismo pienso de ella-. Manipuladora.

Sollozos salen de ella, pero se mantiene firme. Aun sabiendo que la estoy ofendiendo, no hace nada por defenderse, lo que me demuestra que tengo la razón.

-Eres una mentirosa. -Vuelvo a la carga, porque dentro de mí está creciendo un odio profundo-. ¿Cuándo?

Necesito saber. Me duele preguntarle, pero lo necesito.

-¿Quién? -continúo, insistente. Pero ella solo niega con la cabeza.

-Lo siento -ruega por un perdón que sabe no obtendrá de mí.

-No lo creo -niego, ante su disculpa-. Pensabas utilizarme. Pensabas engañarme con un hijo que no es mío, ¿verdad? -A estas alturas, la rabia que me llena se puede sentir en el ambiente. Pero ya no puedo parar-. Pensaste que sería tan imbécil de aceptar algo así. Tal parece que no me conoces.

Hago una pausa, para respirar. Estoy sintiendo una fuerte opresión en el pecho y necesito calmarme.

-Por eso, todo este "corre corre" -pienso, en voz alta, reflexionando sobre sus verdaderos motivos-. Qué bien lo disimulaste, diciendo que era porque querías ser mi esposa ya. Pero tenías motivos. ¿No es así?

La ironía que expulso con cada palabra se siente como veneno. Ella solo escucha, no me desmiente, no habla siquiera. Lo único que se siente, es su respiración un poco más fuerte.

-Nunca entendí cómo fue que, de ser novios, pasamos a vernos a escondidas. Hasta ahora no pensé que podrías tener otros motivos, pero ya veo cómo funciona esto para ti. -Ella levanta la mirada y la cruza con la mía. En sus ojos veo un reto, pero no me intimida-. Alguien más te usó, sabes que no te responderá y viste en mi propuesta, una salida.

Sus ojos se aguan otra vez, mis palabras surten efecto en ella.

-¿Estoy en lo cierto? -pregunto con ironía, a modo de retórica, por lo que no espero una respuesta. Pero ella me sorprende.

-Ya tú decidiste lo que es cierto o no. No creo que necesites mi aprobación.

Se voltea con la intención de irse, pero yo la detengo, tomándola de un brazo. Ella se sobresalta con el gesto, pero no se asusta. Al contrario, mira su brazo, luego a mí, en un silencioso gesto de interrogante. La suelto y alzo los brazos, pidiendo perdón por mi arrebato.

-Te vas así, sin decir nada. -No es una pregunta, pero suena como si lo fuera.

Ella se detiene, pero no se voltea.

-Antes de que me pidas que abandone todo, mejor me voy -expresa, su voz se rompe a mitad de frase.

Trago en seco. Porque todo esto se salió demasiado rápido de mis manos. No puedo evitar sentirme mal.

-Solo dime por qué -pido, casi rogando.

-No lo entenderías -dice y vuelve a romperme el corazón.

Lo último que supe de ella, es que se fue, dejándome ahí, con el corazón en la mano y roto en mil pedazos.

Capítulo 2 Aceptando mi realidad.

El agua aún cae sobre mí, pero tan metido en mis recuerdos, no soy consciente de nada. Me duele el alma con solo volver a revivir la sensación de pérdida que me llenó.

Por más que lo pienso, no comprendo, todo estaba bien. Entre nosotros hubo muchos vacíos luego de haber dejado la relación formal, pero supimos obviarlos mientras nos veíamos a escondidas. De ingenuo creí que ella no se veía con alguien más, pensé que la separación era resultado de sus miedos. Yo era un picaflor, un casanova sin remedio, hasta que ella llegó. Pensé que su inseguridad la había llevado a tomar la drástica decisión, pero no fue así. Ella se veía con otro, a la vez que yo creía que ella era la ideal. La única.

La decisión de anular el matrimonio fue instantánea. No es que tuviera razones para dudar, ella lo dejó muy claro. Estaba embarazada de otro y pretendía hacerme pasar por bobo, haciéndome creer que podía ser mío. Me dolió horrores asumir que fuera capaz de hacer eso; tal vez si hubiera sido sincera, pero me utilizó, me defraudó. Y la odio por ello.

Justo ayer me llegaron los documentos oficiales para solicitar la anulación. Aún siguen dónde mismo, en la mesilla de noche al lado de mi cama. Cada poco tiempo miro el sobre color manila para verificar que nada es un mal sueño. Todavía no me animo a firmar nada, incluso con el malestar que siento al imaginar lo que hubiera sido de mi vida de ella no haberme dicho la verdad.

Tal vez ahora estuviera feliz en mi ignorancia, disfrutando de nuestra luna de miel, totalmente ajeno a sus planes. Por momentos, mi dignidad se tambalea y me veo pensando en que la maldita sinceridad de Mary hubiera estado bien de no importunar; pero reacciono a tiempo y recupero mi orgullo. Nada justifica que me engañara y, a la larga, hubiera sido un problema mayor.

Salgo de la ducha con el cuerpo entumecido, los brazos y las piernas me tiemblan de mantener mi peso, todo el rato de pie, recostado a la pared. Me envuelvo con la toalla sin secar del todo mi cuerpo y salgo del baño. Me espera un cuarto oscuro. Miro por la ventana y me sorprendo al ver que ya se hizo de noche. Casi tres horas estuve bajo esa ducha.

Al momento, me molesto conmigo mismo, con mi poco autocontrol. No se supone que mi vida siga girando a su alrededor, que siga perdiendo mi tiempo pensando en quien no lo merece.

Me siento en la cama, por el lado de la mesilla que sostiene el tan importante documento. Lo tomo entre mis manos y dudo, otra vez. No tengo claro por qué me cuesta tanto asumir que esto es lo único que me une a ella. Cuando firme, seré libre. Libre de ella y de sus mentiras.

Y eso lo que quiero, ¿verdad?

«Claro que sí», tengo que convencerme que es el único camino a seguir.

Abro el sobre y leo su contenido; las manos me tiemblan, pero me mantengo firme, solo necesito firmar. Busco una pluma y sin más dilación, plasmo mi firma en cada uno de los espacios requeridos.

(...)

Tres meses después...

-Pues, si lo desea, es bienvenido a trabajar con nosotros. Será todo un placer contar con tan excelente especialista en nuestro team -comenta el hombre junto a mí.

Estoy en un restaurante, almorzando junto a un colega de profesión, que me está haciendo una increíble oferta de trabajo.

-Solo déjeme pensarlo. Es una importante decisión -respondo, con sinceridad. Y, aunque sé que debería estar gritando de emoción, mis ánimos no son los mejores.

-Entiendo, esperaremos su decisión. Solo quiero que sepa que es una grandiosa oportunidad, pero tiene límite de tiempo. Hay varios especialistas que están interesados. No pierda la posibilidad -dice y, aunque parece chantaje emocional, sé que no lo hace con esa intención.

El Special Medical Center, es de los mejores del país. Trabajar ahí sería un salto inmenso en mi carrera. No se espera que dude, pero me cuesta.

-Lo sé. Es la oportunidad que he estado esperando desde que me especialicé, pero son motivos personales los que me hacen dudar -respondo e intento justificarme-. En cuanto tenga una respuesta, se la hago llegar.

El hombre, que resulta ser el director de la clínica, asiente con comprensión, nos despedimos con un apretón de manos y la promesa de que lo pensaré muy bien. Me quedo un rato más y pido una cerveza, para aliviar mis penas como lo he estado haciendo últimamente.

-Es muy temprano para beber -reclama Aiden mientras toma asiento a mi lado.

-En algún lugar ya pasan de las cinco -devuelvo, en lo que me doy otro trago largo y levanto mis hombros, despreocupado.

-Pff, no me jodas, Leo. Ya basta -continúa Aiden, insistente.

-Si viniste a hacerme compañía, eres bienvenido. Si no, puedes irte al diablo -sigo, testarudo, en lo que termino la cerveza y pido otra.

Cuando la camarera se acerca Aiden le hace una señal para que desestime mi pedido. Ruedo los ojos, irritado con su presencia.

-No soy un niño, Aiden...

-Pues no actúes como tal -interrumpe y en su expresión se le nota la molestia que siente por mis actos-. Sé lo que estás pasando, Leo, pero no vale la pena que pierdas tu tiempo así. No lo merece. Ya han pasado tres meses. Por favor, es hora que aprendas a vivir con esto.

-Y lo dices tú, que llevas media vida enamorado de mi prima. No molestes, Aiden. Tú mejor que nadie sabes que no es tan simple. -Frustrado, apoyo mis codos en la mesa y tapo mis ojos.

Es asfixiante vivir así. Con el recuerdo de todo lo que fue, de lo que pudo haber sido, pero que nunca resultará. Ya no.

«Y duele».

Ahogo un suspiro, no quiero parecer débil delante de nadie; pero Aiden me conoce y me mira con ojos comprensivos.

-Vete de aquí, Leo. Vete lejos -murmura y yo levanto la mirada, confundido-. Fui yo el que te propuso para ese programa. Aprovecha la oportunidad. Vete y no mires atrás, por un buen tiempo.

Me quedo pensando en sus palabras. Durante unos segundos me molesta que piensen y decidan por mí, pero luego rectifico y acepto que es lo mejor. Y le agradezco en el alma que me ayude de esta forma.

En un segundo, tomo la decisión, aceptaré la propuesta y me iré lejos; a la ciudad. Mi familia entenderá mi decisión, aunque nunca conozcan mis verdaderos motivos, apoyarán lo que sea que yo decida. Al fin y al cabo, es mi superación profesional la que se verá favorecida.

-Gracias, Aiden -exclamo, con voz baja. Él responde golpeando mi hombro, en un gesto varonil de comprensión. Intento cambiar de tema, para mejorar mis ánimos-. ¿Cómo te va con mi prima? Por fin ayer se dignó a decirle a todos. Era un secreto cantado a voces.

Al hablar de Maddie, Aiden sonríe; como si el Sol entero se viera reflejado en su mirada, o en la de Maddie, para el caso. Pasamos el rato hablando de su relación, sonreímos y nos emocionamos con cada palabra dicha. Disfrutamos de nuestra amistad, como siempre hemos hecho.

Cuando salimos del restaurante llevo conmigo la fiel convicción de que tomé la mejor decisión posible.

Capítulo 3 Mi secreto.

»Ya firmé los documentos, eres libre otra vez.

Releo el mensaje y aún no logro distinguir qué es lo que siento. ¿Dolor por su engaño? ¿Nostalgia por su ausencia? ¿Rabia? Por su altanería al mandar ese mensaje, como si el culpable de todo fuera yo, como si existiera otra solución que no sea esa.

Ella nos trajo hasta aquí. No creo que espere otra cosa de mí.

Temprano en la mañana dejé los documentos en su casa, con una nota solicitando su firma y enumerando los siguientes pasos del proceso. Estoy seguro que ella los seguirá al pie de la letra, porque sabe que no habrá vuelta atrás.

En estos tres últimos meses, la espera de los documentos confirmando motivos accesibles para la nulidad del matrimonio, fue horrible y devastadora. Pensar en Mary como mi esposa y recordar su embarazo con otro hombre, me estaban provocando mil ganas de explotar, de ir a su encuentro y pedirle una explicación, de averiguar con quién me estaba viendo la cara y vengarme de ambos. Pero, por suerte y con mucha ayuda de Aiden, me aguanté. Nada gano haciendo alguna de esas cosas, solo estaría aumentando mi dolor y agrandando mi angustia.

Todavía no entiendo qué fue lo que la llevó a confesarme su secreto. Tampoco conocía a Mary como alguien manipulador, pero a veces la desesperación puede hacernos tomar malas decisiones. Ella lo hizo. Se convenció de que era buena idea engañarme, pero parece que al final se aconsejó y decidió que saldría mucho mejor evitando un mal a largo plazo, cuando yo supiera de su embarazo y atara cabos sueltos.

En mi sistema aún no soy capaz de digerir su falta de principios, su engañosa forma de proceder. De Mary siempre me gustó su sinceridad, su halo de dulzura y su capacidad de socializar. Es cierto que desde hacía pocos meses la veía medio retraída, mirando a todos lados como si buscara algo que en realidad no quería encontrar. Pero nunca pensé lo peor, no la creí capaz de semejante acto despreciable.

Está claro. Se acostó con otro hombre. Quedó embarazada.

Tan simple como eso.

Pero ese hombre no fui yo. Porque a pesar de haber estado juntos los últimos meses a escondidas, no volvimos a acostarnos. Yo siempre tuve claro que ella sería mi esposa y, cuando estuvimos juntos otra vez, juré que la haría mía nuevamente solo cuando me dijera el tan ansiado "sí".

«Qué ingenuo fui», pienso y niego con la cabeza. Yo pretendiendo hacer las cosas bien y ella viéndose con otro.

En un momento la rabia me llena y me levanto de la cama, donde aún seguía acostado. Tiro todo al suelo, mi celular, las almohadas, el cubrecamas. Todo. Necesito sacar todo esto de mi sistema.

«Fui un imbécil», me reclamo, porque todo este tiempo pensé que ella merecía cada uno de mis actos, cada uno de mis besos, cada centímetro del amor que aún, cuando el odio recorre mi sistema, siento por ella.

Voy al baño, para darme otra ducha. No quiero sentir las lágrimas correr. Esto solo es un símbolo de debilidad. Un recordatorio de mi estupidez.

Ella no merece que llore. Que extrañe todo lo que hace solo tres meses me hacía feliz, me hacía sentir completo.

(...)

Salgo del cuarto luego de devolver todo a su lugar y me encuentro con Maddie. Con mucho misterio le pido que me escuche; ella sabe que algo me pasa. Desde bien temprano, cuando ella y Aiden llegaron de la mano, le di a entender que estaba decepcionado del amor y de todas sus supuestas ventajas. A estas alturas, no he vivido ninguna de ellas; por el contrario, solo sufrimiento y decepción llenan mi corazón.

Me cuesta trabajo confesar una verdad que me avergüenza, pero mi prima es mi confidente y la única que puede aconsejarme. Mientras estaba recogiendo el cuarto me di cuenta que no puedo seguir aquí, ya debo materializar mi decisión de aceptar la oferta de trabajo.

Cuando le cuento a Maddie sobre mi casamiento ella no sabe cómo reaccionar, abre y cierra su boca, buscando algo que decir. Termina por felicitarme, a lo que yo respondo con una mueca de desagrado. Nada de esto es alegre; ni feliz. Solo es angustia y martirio. Le explico sobre la anulación, pero no le doy motivos. No me alcanzan las fuerzas y me desmorono, ahí, delante de ella. Maddie me abraza y me ayuda a recomponerme, me pide que hable con ella, que saque todo este dolor que tengo dentro.

A duras penas logro contarle parte de lo sucedido. Nunca llego a profundizar sobre los verdaderos motivos para solicitar la anulación. Pero, al menos, le cuento mis reservas, esas que estaban ahí y yo no supe ver. Le cuento mi sentir, la sorpresa de saber que la persona en la que más confiaba, me traicionó de una forma horrible.

Por último, le menciono mis planes. Con una seguridad absoluta, determino que es la única solución.

«No quiero volver a verla. La odio y tengo que alejarme». Me repito una y otra vez esa frase en mi cabeza. Ya hace rato que Maddie se fue y yo todavía sigo cavilando. Estoy cansado de soportar este martirio. Cansado de pensar y repensar. Pero no puedo evitarlo.

Lo intento. Pero no puedo.

«Y eso me mata».

(...)

Dos días me toma prepararlo todo, pero ya estoy listo. Mis maletas esperan por mí en el auto, mientras me despido de todos.

Fue difícil dar la noticia a mi familia. En primer lugar, porque ellos siempre pensaron que mi vida estaría aquí o, por lo menos, eso era lo que yo acostumbraba a decir. A pesar del dolor que les ocasiona mi partida, lo toman bien. Mi familia es muy unida, nos apoyamos los unos a los otros. Si mi deseo es trabajar en otra ciudad, a millas de distancia, ellos estarán de acuerdo conmigo; porque con eso yo seré feliz.

Aprovecho la rápida visita de mis tíos para irme con ellos. No creo que sea un viaje agradable, teniendo en cuenta que la tía Maritza no es muy amable que digamos, pero tío Mario, a pesar de sus enormes defectos, siempre ha tenido mucha afinidad conmigo.

-Mario, ¿nos vamos? -Escucho que dice tía Maritza. Su voz es una mezcla de irritación con berrinche.

Mi tío no le hace mucho caso, porque sigue despidiéndose de la abuela. Sonrío ante su pequeña muestra de rebeldía y continúo abrazando a mi mamá, que no ha dejado de llorar desde que le di la noticia.

-Ya, madre, por favor. No me lo pongas peor -ruego por su entendimiento. No me gusta irme y dejarla así de devastada.

Quisiera darle mis motivos. Quisiera ser sincero con ella. Pero todavía mantengo esta fase inútil de duelo, donde con solo recordar su nombre, me hace querer romper todo a mi alrededor.

-Mi niño... -solloza. Sorbe por la nariz y seca sus lágrimas, recomponiéndose-, espero que...todo te vaya bien. No entiendo qué fue lo que te hizo cambiar de opinión, pero quiero que seas feliz -concluye y me abraza fuertemente, mis ojos se aguan acompañando su emoción.

Me duele verla así, pero no fui capaz de decirle a nadie. Solo Maddie y Aiden conocen mi secreto. Y serán los únicos. Esta situación me avergüenza tanto que quisiera borrar todos mis recuerdos con tal de evitarme este malestar.

Me despido de mi padre, quien con mucho amor también me pide y ruega por mi bienestar. A la abuela la apapacho más que a todos, ella es mi vida, el alma de mi familia y sé que la voy a extrañar un montón.

Me extraña no ver a mi hermana, ni a Maddie. Aiden tampoco vino a despedirse. Pero con él hablé ayer y le comuniqué mi decisión, se puso muy contento y me deseó la mejor de las suertes.

Cuando casi estoy por subir al auto llega mi hermana, corriendo y sofocada. Busco a Maddie, pero no vienen juntas. Frunzo el ceño, pero Andrea acapara mis sentidos cuando se presenta con expresión triste.

-Pensé que no llegaba -jadea, en lo que llega a mi lado y me abraza con fuerza-. Te amo, mi hermanito. No te olvides de mí.

Su confesión me saca una sonrisa, mi hermana y yo nos amamos con locura, pero no somos de compartirlo de esta forma. Pero bueno, esto es un caso excepcional. Cuando nos separamos, ella seca sus lágrimas y sonríe perezosa.

-No te acostumbres -pide, rodando los ojos, cuando ve cómo la miro-. Esto es una excepción.

Reímos juntos y volvemos a abrazarnos, justo antes de subir definitivamente al auto con mis tíos y despedirme de todos con un gesto de la mano.

Diez minutos después, vamos pasando el cartel que anuncia el límite del pueblo.

«Ya no hay vuelta atrás. Comienza mi nueva vida».

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