Primera parte.
Andrea Rowe. 21 años.
Mi despertador suena, insistente.
Saco una mano y sin mirar, lo apago con un manotazo.
-Ahhh...no es justo -gimo con malestar, pero en lugar de levantarme solo me volteo para el otro lado de la cama y sigo durmiendo.
Anoche me dormí demasiado tarde, la materia de Derecho Internacional Privado me trae un poco de los pelos y tengo examen en dos días. No sé si es que el profesor no le pone empeño en enseñar algo interesante o soy yo la frustrada que no entiende nada. Como quiera que sea, es el motivo por el que ahora necesito levantarme y no quiero hacerlo.
Los párpados me pesan y me digo que solo necesito cinco minutos más. Se siente tan bien estar todavía en la cama, calentita bajo la manta y con la habitación a oscuras.
«Solo serán cinco minutos».
Despierto desorientada y del susto, al imaginar la hora que es, doy un brinco y me caigo de la cama.
-Ahhh... -gruño, indignada, mientras siento mis piernas enredadas con la "calentita" manta. Ruedo los ojos y me tomo un segundo para respirar profundo y relajarme.
Cuando creo que estoy bien despierta, desenrollo la manta y me levanto del suelo. Miro el despertador, los números de color rojo fosforescente indican que me quedan solo diez minutos para atravesar el campus y llegar a la facultad, subir dos pisos y llegar a tiempo a mi primera clase del día.
-Este será un mal día -bufo e intento hacer todo lo más rápido posible.
Parezco una loca con los pelos parados y unas ojeras horribles, pero solo me da tiempo para hacerme una coleta desordenada y nada de maquillaje. Tomo mi bolsa, que por pura casualidad ya tenía dentro lo necesario y salgo corriendo como alma que lleva el diablo de la residencia. Atravieso el campus y al pasar por la cafetería, mi estómago ruge resentido; pero ni modo, al salir de la clase podré comer algo. Llego a la facultad y al mirar mi reloj, tomo una respiración profunda, para seguir mi camino. Subo las escaleras y con cada nuevo escalón, siento mis pulmones arder.
-Ay... Andrea...es que...no eres confiable -hablo para mí misma, aprovechando que no hay nadie y jadeo con cada palabra dicha.
Llego al tercer piso y me tomo un segundo para recuperar el aliento. El timbre de entrada a clases suena en ese instante y las pocas personas que quedan en el pasillo entran a sus respectivos salones. Pero definitivamente la suerte hoy no está de mi lado. Toda mi clase ya está dentro y la puerta del salón, está cerrada.
Me quedo parada como tonta frente a la puerta. Pienso si debo llamar o no, para poder entrar; a fin de cuentas, el timbre acaba de sonar. Levanto mi mano para golpear con mi puño, pero algo me detiene.
-Yo, tú, no haría eso.
Me giro rápidamente al escuchar una voz masculina y tosca y me quedo en shock al ver al dueño. Un chico alto, moreno y atlético; ojos hermosos de color marrón oscuro y unos labios tan regordetes que al momento acaparan mi mirada; está recostado contra la pared, con una pierna doblada y apoyada en la misma. Me quedo un segundo de más embobada, pero cuando noto que su sexy boca se frunce y luego dibuja una sonrisa ladina, reacciono y me enfoco en sus ojos. Carraspeo y sacudo mi cabeza mentalmente para aclararme.
-Disculpa... -digo, martirizada-. ¿Qué decías?
Cierra sus ojos y su sonrisa se acentúa. Los vuelve a abrir y fija esa expresiva mirada en la mía. Se separa de la pared y se acerca un poco.
-Te decía -comienza, con expresión divertida-, que no te aconsejo que llames a la puerta.
-¿Por qué? -pregunto, frunciendo el ceño y alzo los hombros cuando agrego-: El timbre acaba de sonar.
El chico ríe, bajo y profundo, me mira y sus ojos brillan.
-El señor Lewis no pudo venir hoy, la decana de la facultad está cubriendo su clase el día de hoy.
Su explicación me hace entender las razones de sus palabras. Abro los ojos y asiento, agradecida. Suspiro, mortificada, porque después de todo corrí por toda la universidad y fue por gusto.
-Gracias por avisarme, podía haber pasado una buena vergüenza.
-Hubiera sido divertido -dice con una sonrisa y yo me indigno. Abro la boca para responderle algo, pero él continúa, sin importarle en lo más mínimo lo que tengo que decir-, pero lo hice por una coterránea.
Al principio, no entiendo el significado de sus palabras y lo miro confusa; pero luego lo observo bien y me hago una idea de lo que sucede.
-Eres Andrea Rowe -asegura y yo abro los ojos, sorprendida. Su sonrisa se intensifica un poco más al ver mi estado de confusión-. Yo soy Christian Anderson.
Me quedo mirándolo, tratando de determinar la razón de que él, el chico más sexy y rico de mi pueblo, sepa mi nombre. Pero al parecer, él imagina otra cosa.
-¿No sabes quién soy? -pregunta, con el ceño fruncido.
-¿Debería? -devuelvo, fingiendo que jamás en mi vida he escuchado su nombre o visto su rostro.
Él se pone serio. Se acerca a mí y yo me alejo. Un paso él. Un paso yo. Hasta que mi espalda toca la pared detrás de mí. Por suerte, se queda a una distancia prudencial, porque no sé qué sería de mí si él insiste en acercarse más.
-¿De verdad no sabes quién soy? -insiste, busca en mi rostro una señal que le diga lo que espera; pero yo soy buena manteniendo mis emociones escondidas-. ¿O solo quieres llamar mi atención?
Su segunda pregunta me ofende, aunque si lo pienso es precisamente eso lo que pasa; pero él no tiene porqué saberlo.
-Imagino que tu ego debe doler, pero en verdad, no tengo idea quién eres -declaro y lo miro a los ojos, con firmeza.
Christian me mira por unos largos segundos, continúa pensando que le estoy mintiendo, pero al darse cuenta que sigo firme en mi convicción, da un paso lejos de mí. Por un momento pienso que se irá, que se acaban los cortos minutos de atención del chico más deseado de Santa Marta. Pero otra vez, me equivoco.
-Voy a aventurarme y suponer que no has comido nada hoy -dice y no comprendo la razón de que hable de comida. En ese instante, mis tripas deciden que es buen momento para confirmar sus sospechas, lo que le provoca una sonrisa hermosa-. Bueno, te invito a desayunar.
-¿Me estás hablando en serio? -farfullo, desconfiada.
Él rueda los ojos y resopla. Vuelve a fijar sus ojos marrones en los míos y habla con seguridad.
-No tengo razones para no hablar en serio -afirma y alza sus hombros.
Demoro todo un minuto en decidirme. Miro la puerta del salón cerrado y de nuevo a él. Podría esperar que termine el primer tiempo y entrar a clase en la segunda mitad; pero es muy tentador desayunar en compañía de Christian. Aún más, si la invitación viene de él.
-Vamos, no lo dudes más.
Me guiña un ojo y yo sonrío.
-Está bien. De todas maneras, ya me perdí lo mejor de la clase.
Suspiro, derrotada y lo sigo por el pasillo. Christian se hace el ofendido y con una mano en su pecho, camina de frente a mí, marcha atrás.
-Solo soy una última opción. -Finge que le duele y yo solo río por su actuación.
-No te conozco, ¿recuerdas? -murmuro-. Todavía no tengo idea quién eres.
-Quisiera saber cómo es que eso, es posible.
-Ya supéralo, ¿sí? -respondo y suelto una carcajada.
El camino a la cafetería lo hacemos a veces en silencio, a veces conversando de temas banales. Su sentido del humor me gusta y en varias ocasiones, más de las que quisiera aceptar, me hace reír con ganas. A nuestro paso todos nos miran, lo que me resulta extraño. Es más que común ver a Christian rodeado de mujeres, por lo que no entiendo la atención de todos.
-Nunca tan temprano -dice de repente, cuando una chica me mira de malas formas y yo le devuelvo la expresión irritada.
Giro mi cabeza a un lado para verlo a los ojos, mientras seguimos nuestro camino. Le hago una mueca que significa -no entiendo nada-, y él ríe.
«¿Es que tanto le divierto?», pienso y comienzo a irritarme.
-No acostumbro a estar acompañado tan temprano en la mañana -repite y yo abro la boca, pero no digo nada-. De hecho, debo confesar que al despertar no me gusta encontrarme a mujeres en mi cama.
-Eso es desagradable. -No puedo evitar mirarlo con una mueca de asco. Pero él lo toma todo con diversión, lo que me irrita más.
-Todas conocen las reglas -afirma, con sus manos metidas en los bolsillos de sus jeans y mirando hacia al frente, con seguridad.
-¿Cuáles son las reglas? -pregunto y al instante, me arrepiento de mi curiosidad. No quiero que él se lleve la impresión equivocada.
Él me mira, ahora con seriedad. La intensidad en su mirada me alerta de que sus siguientes palabras, van dirigidas mucho más allá de explicarme lo que deseo saber. Él pretende que yo entienda todo, desde el inicio.
-Yo no busco nada formal. Me gusta mi alocada vida y la disfruto al máximo. Si te vas conmigo a la cama sabes que, en la mañana, no te trataré como una princesa; serás una más en la lista -habla como si lo que está diciendo, no fuera lo más ofensivo del mundo. Pero, aun así, hay un tono bajo y sexy en su voz que me hace creer que, con solo una noche, me bastaría-. Nunca repito. Con ninguna.
Sus ojos se encuentran con los míos. Brillan.
-No seré el "para siempre" de nadie. Así que es mejor, se mentalicen desde el principio.
Él termina de hablar y aunque fija su mirada al frente, algo me dice que él quiere conocer mi reacción; mi opinión. Pero no pretendo darle el gusto. Me gustaría preguntarle la razón de que me haya invitado a desayunar, sin embargo, me quedo en silencio el resto del camino.
Llegamos a nuestro destino, la cafetería. Pedimos un café extra grande y un sándwich para cada uno. Cuando voy a buscar en mi bolso la cartera, él pone su mano sobre la mía y me detiene. En ese momento, en solo cuestión de un segundo, siento de todo. Una corriente recorre mi piel ahí donde él tiene su mano apoyada; nos miramos a los ojos con intensidad y debo decir, que tal vez sea idea mía, pero en los suyos pude ver sorpresa. Trago saliva y al hacerlo, es como si el silencio a nuestro alrededor fuera tan asfixiante, que lo escucho y siento hasta el eco.
-Yo pago -dice, con un tono de voz más grueso. Quita su mano de la mía y al fin, puedo respirar correctamente.
-Gracias... -murmuro, extrañada con todo lo que sentí en un dichoso segundo.
Intento no pensar en lo sucedido mientras caminamos hacia una de las mesas en el exterior. También, pretendo obviar las miradas fijas y evidentes en mi nuca; por el bien de mi desayuno.
Mientras desayunamos, la tensión que sentí por un corto lapso de tiempo, desaparece. Hablamos sobre la carrera y las metas profesionales que tenemos. Él insiste en que debo conocerlo o al menos, saber quién es su familia. Para molestarlo, le digo que sé quiénes son los Anderson, pero que solo recuerdo a su hermano. Por algún motivo desconocido, logro comprender que eso no le gusta mucho, pero lo deja pasar y continúa tratando de convencerme de que sí lo he visto.
-No entiendo cómo no recuerdas -insiste, con un puchero que me hace reír-. Yo sé quién eres tú.
-Soy mala con los rostros, lo confieso -respondo y le doy un sorbo a mi café-. Y todavía no entiendo cómo eso es posible.
Christian ríe y se acomoda en la silla. Levanta sus brazos y los flexiona, entrelaza sus dedos y los coloca detrás de su cabeza. Mientras lo hace, no puedo evitar mirarlo. Esos músculos definidos de sus brazos, llaman por completo mi atención.
-No creo que alguien en Santa Marta, no sepa quién eres tú.
Sus palabras me sacan del trance en el que estaba y lo miro confundida.
-¿Qué quieres decir? -Frunzo el ceño.
-Ni siquiera eres consciente de eso -continúa él, obviando mi pregunta.
-No soy consciente de...¿qué? -repito.
Él se incorpora, inclina por completo su cuerpo y apoya los codos sobre la mesa que está entre nosotros. Me mira con un sentimiento que hasta el momento no estaba ahí y yo me erizo, solo de sentir la intensidad.
-Eres hermosa, Andrea. Eso lo vemos todos -susurra, me quedo embobada al escuchar sus palabras. No es lo que significan, sino, la forma tan sensual en la que salen de sus labios.
-Umm...bueno...eh... ¿gracias?
La carcajada que suelta Christian ante mi timidez repentina, me hace sonrojar.
-Mejor lo dejamos aquí...hablemos de otra cosa.
No entiendo el porqué del cambio de conversación, pero estoy de acuerdo. Ya mis manos están sudando y siento mi pecho apretarse con cada mirada dirigida a mí. Es mejor, por el bien de mi cordura, intentar evitar esos temas que solo me ponen incómoda.
Nos quedamos conversando toda la mañana. Resulta que Christian Anderson es más que un niño rico y bonito, como pensaba. Su familia es una de las más poderosas de Santa Marta, generaciones y generaciones de familiares influyentes en todos los ámbitos de la sociedad, por lo que no me extraña nada que él y su hermano hayan escogido la carrera de Derecho. Podría decirse que tiene la mitad del camino recorrido cuando por fin él se gradúe, no como yo, que debo iniciar en este mundo desde cero y por mis propios méritos. Eso no quiere decir que él sea bueno o no en lo que decidió como carrera profesional, por el contrario, tengo entendido que es muy capaz; solo que su posición económica lo llevará aún más lejos.
Estar en su compañía me gusta, aunque quisiera negarlo. Nunca pensé que podría identificarme tanto con alguien de quién creía lo peor.
Pero bueno, solo el tiempo dirá a donde nos lleva esta extraña relación amistosa que acaba de empezar.
POV: Andrea.
-¡Andrea, apúrate!
La voz de Christian se escucha amortiguada a través de la puerta. Mientras me observo en el espejo, todavía sigo pensando que estoy cometiendo una locura. Mi rostro está maquillado a detalle y mi cuerpo, cubierto con un vestido color rojo intenso, corto y ajustado. Termino de acomodar mi cabello y vuelvo a suspirar.
-Tranquila...solo es una salida de amigos -susurro, contando cada respiración.
Los nervios me atacan y es que, aunque nuestra salida de hoy no sea por motivos significativos, se siente extraño asistir a una fiesta de fraternidad con uno de los chicos populares. Es como aspirar a un listón alto donde puede salir todo bien...o no.
Un golpe en la puerta me hace brincar, acompañado de las palabras apuradas de Christian.
-¡Andie! -llama, con insistencia.
-¡Ya voy! -respondo, rodando los ojos.
Me miro una última vez al espejo y voy hasta la puerta. La abro y él está del otro lado, con su puño en alto, dispuesto a llamar otra vez.
-¿Por qué tanto apuro? -pregunto, frustrada-, no creo que sea porque no quieres llegar tarde.
Ruedo los ojos y paso por su lado. Voy hasta mi cama y recojo mi bolso, guardo las pertenencias esparcidas y que sé, necesitaré. De repente, me doy cuenta que hay demasiado silencio.
-¿Chris? -Volteo y encuentro a mi acompañante mirándome.
Sus ojos están fijos en mi cuerpo y detallan cada centímetro. A medida que suben, desde mis pies hasta mi rostro, siento el calor sofocante de su mirada y mi piel se eriza como si sus dedos me tocaran. Mis nervios aumentan aún más, pero decido romper esta conexión de una vez, cuando sus pozos oscuros conectan con los míos verdes.
-Ya estoy lista. -Carraspeo.
El ruido bajo lo saca de su trance y sacude su cabeza, como buscando aclarar sus ideas.
«Y es mejor que lo haga», pienso.
A pesar de que ya conozco la forma de pensar de Christian respecto a las mujeres, me ha sido imposible en estas últimas semanas, no interesarme por él. Esa parte diferente suya, tierna, divertida y preocupada, que sale a la luz conmigo, me hace creer que debajo de su capa protectora, hay un chico que tiene miedo de amar.
No sé todavía si es consciente o no de los detalles; o si soy yo la que ve nubes donde sólo existe humo. Pero cada día, al darme los buenos días, sus ojos brillan; se preocupa por mis clases y me ayuda en los exámenes; lleva mi mochila; almorzamos juntos. Y lo más importante, junto a mí, no mira a ninguna mujer.
Si es cuestión de respeto, no estoy segura, pero me gusta que así sea. Borra un poco el apodo con que lo tilda media universidad.
Mujeriego.
Y, de hecho, lo es, eso me queda claro. El que no lo haga delante de mí no significa que no lo haga en absoluto. Tengo la seguridad de que, por su cama, durante la última semana, han pasado una docena de mujeres; pero se siente bien que, en mi compañía, no necesite mirar a nadie más.
«Lo sé, soy estúpida».
No debería pensar que eso es algo bueno. Pero, en resumen, así de ciega estoy. Y como aun no comprendo las razones por las que actúa así conmigo, mi tonto corazón anda suspirando por él.
Así que, definitivamente, si entre nosotros se diera la oportunidad de llegar a algo, debe ser él quien ponga freno a todo. Primero, porque yo caería rendida a sus pies; su sex appeal me encandila demasiado y mi cuerpo, no se negaría a una noche con alguien tan...afamado en ese sentido. Segundo, porque hasta ese instante, llegaría nuestra amistad. Así de claras son sus reglas.
Y no creo que yo sea lo suficientemente interesante para que él, quiera romperlas por mí.
-Sí, vamos -dice, serio y sin esperarme, sale del cuarto.
Yo lo sigo, un poco mortificada y a la vez aliviada.
«Maldita cordura contradictoria».
Aunque sus ojos hayan sido claros con su reacción, me hubiera gustado que me dijera al menos que estaba bien arreglada. Con eso en la mente, me da el bajón, pero es mejor que haya sido así. Caminamos por el pasillo de la residencia, él delante de mí con un paso apurado, yo intentando mantenerme a su altura. Al salir de la residencia, es como si él se alejara y ya siento que jadeo por falta de oxígeno.
-Christian, si hubiera sabido que sería así, mejor no me dejaba convencer.
Me quedo en el lugar, justo en la puerta que da al aparcamiento. Chris se gira con rapidez y al ver mi pose, mis brazos cruzados y una ceja enarcada, vuelve sobre sus pasos y se detiene delante de mí.
-Yo... -dice, pero se interrumpe. Suspira-. Lo siento, pero es que...
Pasa sus manos por su rostro y yo, por supuesto, comienzo a temblar. Él está nervioso. Estaba huyendo de mí. Lo que es irónico, viendo que nos vamos juntos. Casi ruedo los ojos con su actitud.
-¿Qué sucede? -pregunto, fingiendo confusión, pero la verdad es que estoy ansiosa.
Chris cierra sus ojos y resopla. Se da la vuelta, da dos pasos y luego regresa al lugar de antes, frente a mí. Esta vez se acerca demasiado, tanto que siento su aliento mentolado chocar contra mi boca; sus manos se posan a cada lado de mi rostro y conectamos nuestras miradas. En sus ojos veo aflicción. Confusión. ¿Deseo?
-Sucede que, ahora mismo Andie, no quiero ir a ninguna fraternidad. Quiero quitarte ese maldito vestidito que me trae loco desde que te vi y hacerte mía la noche entera, en mil posiciones diferentes.
Ahogo un gemido. O tal vez no lo logro. La verdad es que mis bragas acaban de mojarse con sus palabras y el tono sugestivo de su voz. Tengo ganas de hacer volteretas al imaginar lo que él me promete.
-Pero no quiero echarlo todo a perder.
Sin embargo, mi burbuja color rojo pasión, no dura mucho tiempo.
-¿Cómo? -Frunzo el ceño.
Su mirada se afloja y con sus dedos, alivia el fruncido entre mis cejas. Una sonrisa bonita y cálida se forma en sus labios.
-Aunque me cueste aceptarlo, Andie, tú eres diferente a las demás. Y aunque mis ganas de follarte aumentan con cada día que pasamos juntos, no quiero perder esto que tenemos.
-¿Y por qué deberíamos perderlo? -me aventuro a preguntar.
-Porque reglas son reglas Andie. No las rompo por nadie. -Me suelta y da un paso atrás. Me mira ahora a la distancia y yo sé, que mis ojos son un pozo profundo de sentimientos.
-Si lo intentas...tal vez...
-Ni siquiera por ti -interrumpe, mis mejillas se sonrojan por la vergüenza que acabo de pasar. Expuse por completo mis sentimientos-. Y sería muy difícil para mí, no mirarte cada día y que tu sonrisa, ya no forme parte de mi miserable vida.
Trago saliva. Debo mantenerme fuerte. La decepción duele, pero yo sé muy bien cómo funcionan las cosas con él.
-Entiendo. -Me recompongo y le sonrío.
Trato de hacerle creer que solo fui víctima de la atracción sexual del momento. Me meto en mi papel de amiga y desestimo lo sucedido. Salgo del todo al aparcamiento, liderando el camino hasta su auto. Siento la mirada de él sobre mi espalda, supongo que, confundido con mi cambio drástico de actitud, pero no me volteo para verificar su expresión.
Cuando llego a su auto, me giro y él sigue mis pasos. Le quita la alarma y el seguro, me abre la puerta con educación y me subo. Lo veo cómo rodea el auto, todavía con una mueca extraña en su rostro. Me dan ganas de reír, porque como siempre, termino dañando su ego; pero me mantengo seria hasta que él ocupa su lugar y salimos de una vez de aquí.
(...)
La fiesta está en su máximo apogeo cuando llegamos. La calle está repleta de autos, así que tenemos que dejar el de Christian una cuadra más abajo. Yo pretendía bajarme y entrar sola, pero él insistió en que no, que solo entraré con él a ese antro de necesitados, como le llamó.
Con mis tacones finos, camino por los adoquines y casi me lastimo el tobillo en más de una ocasión. Al final, termino agarrada del brazo de Christian y maldiciéndolo por haberme obligado a caminar por su actitud territorial.
-Llamas demasiado la atención, no pretendo pelearme con algún imbécil esta noche.
Lo miro un poco descolocada. Y aunque debería callarme la boca, no lo hago.
-¿Por qué lo harías?
-Porque no quiero que te miren -dice, luego de mirarme un segundo de más.
-¿Y eso te da derecho a golpear a alguien? No eres quién para controlar quién me mira o no.
Mis palabras lo ofenden, puedo notarlo. Sus facciones se endurecen.
-Ok, si así lo quieres -espeta.
Por un instante, me duele su actitud, luego recuerdo sus malditas reglas y me digo que él no tiene ningún derecho a privarme de nada. Si se me da la gana de revolcarme con un desconocido hoy, lo haré. Christian Anderson no manda en mi vida.
Y yo no estaré eternamente esperando, a que él decida darle una oportunidad a alguien para entrar en su corazón.
El resto del camino lo hacemos en silencio. Sigo usando su brazo como apoyo, pero ya no se siente cómodo. La música ahora se escucha un poco más alto y eso que todavía no entramos siquiera a la inmensa mansión. Cuando atravesamos la cerca que delimita el perímetro, todos saludan a Christian, le brindan de sus bebidas o le hablan de lo que está pasando dentro. Muy pocos son los que me miran, solamente lo hacen para curiosear a la acompañante del popular y nada más, luego desvían su mirada.
No sé cómo sentirme al respecto. Si pretendía desahogar mis penas hoy, ya veo que será imposible. Al final, sigue ganando él.
Justo antes de abrir la puerta y hacer acto de presencia en la fiesta, me suelto de Christian. Él me mira y en sus ojos noto algo extraño, pero no dice nada. Mantiene la puerta abierta para mí y una vez dentro, todo es un caos.
La música retumba en mis oídos y siento mi cuerpo vibrar. Hay demasiadas personas apiladas, olor a sudor y perfumes demasiado fuertes llegan a mi nariz y hago una mueca de desagrado. Empujones, gritos y demasiada bebida es lo que más se observa a mi alrededor.
«Por razones como estas, odio venir a estos lugares».
Christian toma mi mano y en contra de mi voluntad, porque no quiero que me toque, me lleva hasta el fondo del salón, donde hay menos gente y se puede respirar. Un espacio amplio, que creo funciona como comedor, alberga todo tipo de bebidas y alimentos. Christian toma dos vasos plásticos y los llena con un líquido rojo. Yo lo observo, pero no digo palabra alguna. Cuando me extiende la bebida me mira con seriedad.
-No pierdas de vista tu bebida. Y no aceptes de nadie más -exige y yo asiento. Quisiera decirle que no soy tonta, pero mejor me callo-. Solo yo te serviré. ¿Ok?
Sus ojos brillan con algo parecido a la provocación, pero ignoro sus intenciones y acepto el vaso con un asentimiento. Lo acerco a mi nariz para husmear el contenido y un olor dulzón me recibe.
-Granadina. -Toma un trago del suyo y me mira con intensidad, invitándome a probarlo.
Me cuesta trabajo, pero le doy un sorbo. El sabor dulce se asienta en mi lengua y baja por mi garganta, con un ardor soportable. No soy de mucho beber, no es costumbre para mí, pero hoy me propongo cambiar de aires.
-Gracias. Está delicioso -digo, dándome otro trago.
-No te lo tomes todo de golpe -bufa, como si me estuviera regañando-, si te emborrachas no podré disfrutar de la fiesta.
Sus palabras se clavan en mi pecho, pero a pesar del dolor, busco las fuerzas para decirle todo lo que lleva.
-¿Sabes qué, Christian? Puedes irte a la mierda -espeto, molesta-. No necesito que andes de niñera detrás de mí. Soy mayor de edad y no es la primera vez que asisto a una fiesta de fraternidad. Antes de ti tuve una vida. Si tanto te molesta estar al tanto de mí, no me hubieras invitado en primer lugar. Pero ya que estamos aquí, vete a joder a otro lado.
Siento mis mejillas encendidas y un sofoco extraño salir de mi cuerpo. Lo taladro con la mirada y veo como él aprieta su mandíbula. Muchos nos miran, siento sus ojos sobre nosotros por la curiosidad de lo que sucede. No recibo respuesta y estoy dispuesta a darle la espalda, cuando él me toma del brazo y me pega a él con un solo movimiento.
-Te dije que jodieras en otro lugar -logro decir con dificultad, su cuerpo está demasiado cerca y nuestros pechos chocan en el subir y bajar de nuestras respiraciones agitadas.
-¿Eso quieres? -pregunta y yo, a pesar de todo, no respondo-. Pues Andie, si tanto insistes, te dejo tranquila.
Me suelta y sigue su camino. Me deja tirada y sola en esta fiesta a la que solo acepté asistir por él.
Me martirizo buscando una explicación a nuestro cambio de roles. Hasta el día de hoy, nuestras interacciones eran sanas y amistosas. Sin dramas. Sin provocaciones. Sin decepciones.
Ahogo un sollozo por lo feo de la situación y decido dar una vuelta antes de irme. Porque es lógico que, sin él, no tengo nada que hacer aquí.
POV: Andrea.
Ahora que estoy sola todo se siente diferente. Hay muchas miradas sobre mí y ya me estoy arrepintiendo de haberme vestido con algo tan llamativo. No pasó por mi cabeza que Christian se volviera un imbécil, de verdad pensé que esta noche sería un punto de inflexión entre nosotros. No porque yo pretenda tener algo con él, porque ya conozco las consecuencias de eso, era más por el hecho de que podía forjarse una amistad duradera.
«Christian es más de lo que está dispuesto a aceptar».
Pero ni modo, ya no hay vuelta atrás. Él se fue y por lo que pude ver, no demoró en buscar compañía. Dos morenas despampanantes no dudaron en acercarse y a él, no le costó aceptarlas y rodearlas por la cintura.
Con un resoplido me abro camino para salir de la casa. Entre nuevos empujones logro llegar a la puerta trasera, que conecta con un inmenso patio. Con mirada curiosa, observo todo a mi alrededor. Hay pocas personas en esta área, al parecer, son la minoría los que prefieren quedarse apartados y disfrutar de la música desde lejos, mientras comparten y beben con sus amigos. Una cancha de baloncesto, un minigolf, un gimnasio ecológico y una alberca, que por puro milagro se mantiene vacía; son las principales áreas que logro delimitar.
Bajo los tres escalones y me encamino hacia una mesa que está vacía, un poco separada de los demás. Paso por el lado de un grupo de más o menos diez personas, entre chicas y chicos. Algunos posan su mirada sobre mí e incluso, silban con aprobación; pero yo continúo mi camino un poco cohibida. Risas, gritos y algarabía, dejo atrás antes de tomar asiento.
En silencio y pensativa, tomo lo que queda de mi bebida. Antes de salir de la casa tuve la idea de rellenar mi vaso, pero pensé en las palabras de Christian y decidí que sería mejor no tomar nada; por precaución. No es como que tenga a alguien que me ayude si resulta que bebo más de lo normal.
Al recordar nuestra tonta discusión y los motivos que nos llevaron a ese punto, resoplo; pero ya no hay nada que hacer. De la forma más estúpida aprendí de sus reacciones.
-Hola. Eres Andrea, ¿verdad?
Me volteo al escuchar una voz suave y varonil. Mi pulso se acelera porque no me di cuenta que alguien se había acercado y al parecer, me conoce. Al levantar la mirada, me quedo boquiabierta.
-Sí, lo eres -responde el chico a su misma pregunta y extiende una sonrisa radiante de dientes blancos.
Entrecierro los ojos, porque ya se me está haciendo demasiado común que estos sexys hombres me reconozcan y yo no comprenda el motivo. Primero, Christian Anderson y, ahora, su hermano.
-Tú eres Connor Anderson -aseguro, luego de recuperar la voz.
La sonrisa de antes se vuelve más intensa y asiente.
Por unos segundos me quedo mirándolo. Christian y él se parecen mucho físicamente. Cualquiera que no los conozca, podría decir que son gemelos; pero no lo son. Connor es el hermano mayor de Christian, aunque solo se llevan un año.
-¿Puedo sentarme? -pregunta y me saca de mis pensamientos. Al ver mi expresión dudosa, porque no entiendo las razones de que quiera acompañarme, rasca su cabeza y se observa medio nervioso-. Disculpa que sea entrometido, pero estás sola, se te nota que algo te sucede y como quiera que sea, nos conocemos... aunque no nos conocemos. Si es que eso tiene sentido. -Hace una mueca extraña con su rostro; una mezcla de nerviosismo con vergüenza, por sus palabras sin sentido.
Sin embargo, me río. Porque sí que tiene algo de sentido. Asiento, mientras señalo la silla que queda del otro lado de la mesa que ocupo. Espero a que tome asiento para hacerle la pregunta que deseo.
-¿De qué me conoces? -Es imposible que yo evite ese tema. Desde Christian me cayó la duda.
-Eres la hermana de Leo, imposible no reconocerte -dice-. Todos los del sexo masculino de Santa Marta saben quién eres.
Su respuesta me desinfla. Obvio que debía ser eso. Ganas me dan de rodar los ojos ante lo que mi sucia cabecita ya estaba pensando. Mi hermano Leo es... simplemente Leo. Popular. Carismático. Desvergonzado. Toda una celebridad en Santa Marta.
«Era», pienso al recordar cómo anda de novio con otra chica popular.
Que soy su hermana pequeña es algo que a todos les deja claro. Ahora me doy cuenta de eso. Siempre supe que estaría marcada por la desgracia de su sobreprotección, pero es frustrante que solo se me conozca por ser la hermana que no se puede ni tocar, ni pretender.
-Claro que sí, era de esperarse. -Ruedo los ojos hasta casi ponerlos del otro lado de la cabeza y Connor ríe con ganas.
-Entiendo que eso no sea algo que te guste escuchar -murmura divertido y aunque para mí es estresante, le sigo el gesto-. Leo es bastante sobreprotector, ¿verdad?
-Ufff, ni te imaginas. Aunque puedes hacerte la idea.
-Supongo que lo hace para evitarte malos ratos.
-¿Lo defiendes? -pregunto, con los ojos entrecerrados.
Connor levanta sus manos y hace el gesto universal de "me rindo".
-¡No! Yo no dije eso...o bueno, no... -No encuentra palabras para justificarse conmigo.
Y aunque lo estoy molestando, me doy cuenta que él ni se ha enterado.
-Tranquilo, yo te entendí. -Lo calmo, con una sonrisa tranquila.
Puedo notar que él suspira un poco aliviado y eso me provoca reír a carcajadas. Connor me sigue, sin conocer realmente el motivo de mi ataque de risa; lo que de una forma rara me hace sentir bien.
De repente, frente a mí, dejan un vaso plástico rojo repleto de bebida.
-Aquí estás -comenta Christian, como si nada, mientras toma asiento en una de las sillas desocupadas-, llevaba rato buscándote.
Me quedo en blanco y es por varias razones. La primera, es verdaderamente confuso encontrarme con Christian esta noche luego de creer que ya no lo vería. Segundo, su extraña forma de abordarnos, como si nada hubiera sucedido entre nosotros hace un rato. Y tercera, la mísera conexión de hermanos que tienen estos dos.
-¿Qué haces aquí, Chris? -Los dientes de Connor rechinan apretados.
-Buenas noches para ti también, hermano -farfulla con tranquilidad Christian-. Estoy aquí, porque aquí está mi acompañante.
Connor se gira para verme a los ojos, con una pregunta tácita manifestada en su mirada. Por más que quiera negarme, la verdad es que estoy aquí por él, así que sí, asiento.
-No me dijiste nada de estar acompañada de mi hermano. -Me parece escuchar un deje de desaprobación en su tono de voz, pero espero de verdad, que solo sean ideas mías. Pero como siempre, la suerte no alumbra-. Podrías haber empezado por ahí.
Por el rabillo del ojo veo como al otro le divierte el reclamo, así que, con cólera surgiendo de mis entrañas, les canto las cuarenta a los dos.
-Dejen el drama, por favor -espeto con molestia y me levanto de la silla-. Ambos son idénticos, dramáticos. Connor, recién acabamos de conocernos formalmente y no creí necesario que mis primeras palabras fueran que vine con tu hermano. Y Christian, no pierdas tu tiempo fingiendo algo que no es. No te voy a cubrir. Me dejaste sola en medio de un lugar desconocido para mí, luego de que me insistieras sabiendo que no me gustan estos eventos. Fue más fácil ser un cobarde que aceptar lo que sientes, tomaste el camino que siempre sigues, tu libre albedrío. Mejor, ve a buscar a las furcias que te hacían compañía y déjame a mí en paz. No vengas ahora dispuesto a orinar a mi alrededor como un animal en celo. No soporto esto.
Me alejo de ellos, dispuesta a buscar la salida e irme de una vez de este lugar.
-¿A dónde vas? -pregunta Christian, con exasperación.
-Me voy.
-No te voy a seguir, Andie. No pruebes mis límites.
Sus palabras me causan risa, una risa sarcástica y completamente loca.
-Quédate tranquilo, Chris. -Deletreo cada sílaba de su nombre recortado-, yo no necesito probarte. Pero tú tampoco lo hagas.
-Viniste conmigo -afirma, como si eso fuera algo importante ahora mismo.
-Pido un taxi. No pretendo joderte la noche.
Escucho que dice algo, pero yo no logro entender. Camino hacia la entrada de la casa para irme de este lugar de una maldita vez. La decepción me embarga, pero la aguanto. No esperaba un comportamiento así entre ellos. Tampoco creí que él pudiera empeorar todo; pero como siempre, la decepción llega y arrasa.
Una vez en la calle, hago mi camino en dirección a la residencia y pido un taxi para mi ubicación. Cuando me confirman, me quedo en el mismo lugar dispuesta a esperar. La espera se me hace eterna y comienzo a arrepentirme de haber venido. Siento frío y mi chaqueta se quedó en el auto de Chris, mis muslos expuestos y mi escote, me hace sentir demasiado incómoda. Varias veces, en solo un minuto, me acuerdo de la madre de Christian; pero luego me digo que ella no tiene culpa de nada y se me pasa.
Pasan diez largos minutos y yo, de ingenua que sigo siendo, espero que Christian venga detrás de mí para asegurarse que estoy bien.
«¿Y cuál es el resultado?». El mismo que no he querido aceptar.
Una vez llega el taxi, me subo y le doy la dirección al chofer. Unos minutos después, estoy entrando a mi cuarto con un ardor asentado en mi estómago.