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Soy Suya Señor Karl.

Soy Suya Señor Karl.

Autor: : Exaly
Género: Romance
Naira una joven de piel morena y cabellos oscuros como la medianoche, es entregada como moneda de cambio por una deuda que jamás fue suya, sus ojos grises revelan una fortaleza inquebrantable, una luz que aún no ha sido apagada por la oscuridad que la rodea. La transacción fue simple: un padrastro corrupto, una deuda imposible, y un hombre tan letal como el poder que ostenta. Karl un millonario mafioso cuya crueldad no conoce límites, la ha comprado. No como esposa, ni siquiera como amante, sino como un juguete, una posesión que existe solo para satisfacer sus deseos más oscuros y caprichosos. Karl no ama, no siente. Para él, las personas no son más que piezas descartables en un juego de poder. El arrepentimiento y la compasión no tienen lugar en su corazón de piedra. Pero cuando Naira es arrojada a su mundo de lujos y sombras, se encuentra luchando por mantener su dignidad, resistiendo la brutalidad de un hombre que la ve solo como una propiedad. Él cree que la ha roto. Ella, sin embargo, guarda una fuerza que podría cambiarlo todo... o perderse, convirtiéndose en otra alma consumida por la oscuridad de Karl. La oscuridad en mí no busca redención, pero si te atreves a intentar cambiarla, tal vez descubras que algunos monstruos prefieren las cadenas al perdón.

Capítulo 1 Naira.

Narrador.

Naira observaba el caos desatarse en su hogar, como si la vida se empeñara en arrebatarle lo poco bueno que le quedaba. Su madre, entre lágrimas y desesperación, golpeaba con furia a su padrastro, quien se había endeudado con un mafioso de la élite y estaban cobrandole, sin embargo elle pedia a mi madre que lo pagara o que me mandara a buscar trabajo en los mejores bares y club de este sector.

-Estás loco, tu gastaste ese dinero jugando y ahora me pides y mi hija y yo lo paguemos.

-Pues quien más, tu debes pagarlo.

El temor de lo que este hombre podía hacerle a su madre, era como una nube oscura. Naira permanecía inmóvil, sentada, observando la escena, sin palabras para el desastre que se desplegaba frente a ella. Su cuerpo estaba paralizado hasta que, de repente, un grito desgarrador escapó de su garganta al ver a su madre desplomarse sobre el suelo helado de su humilde vivienda.

-¡Abre los ojos! ¡Por tu culpa, mi madre está así! -gritó Naira, desesperada, mientras su madre convulsionaba en el suelo.

Su padrastro, con una mezcla de culpa aparentaba, la levantó en sus brazos y salieron a la calle. Intentaron detener un taxi, pero ninguno se detenía. La suerte parecía volver a girar cuando un compañero de clases de Naira, Manuel, pasó por la calle. Sin pensarlo dos veces, Naila le pidió ayuda.

-Manuel, es mi mamá... -la voz de Naira temblaba-. Está muy mal, se desmayó.

-Claro que sí, Naira, voy a sacar el auto de mi padre -respondió Manuel, dispuesto a ayudar.

En el auto, Naira no podía contener su frustración.

-Todo esto ocurrió por tu culpa, si no fuera por ti, mi madre estaría bien. ¿Por qué no buscas trabajo tú?

-Callete negra estúpida. Tu eres la que, no hace nada para ayudarnos.-Vocifero su padrastro. Manuel negó molesto por como la llamo ese tipo a su amiga.

-Si yo pudiera buscaria uno-arremetió Naira contra su padrastro, su voz cargada de ira-Piense como pagará esa deuda suya.

-Cállate, no tienes idea de lo que dices -respondió él, intentando levantar a su esposa.-La que debe trabajar eres tu, ya me tienes cansado.

Manuel los llevó al hospital, donde los médicos atendieron rápidamente a su madre. Afortunadamente, no era tan grave como parecía; solo un cuadro de estrés severo que requería reposo absoluto. Al escuchar el diagnóstico, Naira soltó un suspiro de alivio, pero las lágrimas no tardaron en llegar mientras se acurrucaba en una esquina de la sala. Su padrastro la miró sin decir nada, sus ojos cargados de arrepentimiento, y uno de sus hermanastros, Edgardo, no tardó en empeorar la situación.

-¿Por qué no pones a esta mujer a trabajar? Solo estudia, estudia, ¿de qué le sirve tanto estudio?-Su padrastro solo la miro y negó.

-Cállate, por favor, Edgardo -Naira suplicó-. Estamos en un hospital.

Edgardo no se detuvo y continuó: -Uno de los hombres de ese mafioso vino a buscarte. Le dijimos que no estabas, que habías tenido un accidente. Así que no se que vas hacer padre, pero esta estúpida pon la por lo menos a prostituirse con ese cuerpo debería hacer plata.

-Eres un maldito, porque no lo haces tú.-Se exaltó la morena sintiendo miedo.

La preocupación de Naira se profundizó. Su padrastro había metido a la familia en un lío del que parecía imposible salir. Y ahora ella no sabía exactamente qué hacer en ese caso. Pero su mamá estaba más que enamorada de él y ahora las consecuencias del acto de su padrastro le estaba pasando factura a su madre.

El médico apareció en la sala y preguntó por los familiares de la señora, Nicole.

-Soy su hija, puedo pasar a verla- El médico con un gesto asintió, ella miró a su padrastro el cual sólo le hizo un gesto de mala gana para que ella entrara a ver a su madre.

Al entrar se sentó y acaricio la mejilla, lucia pálida.

De repente, la mano de su madre se movió débilmente. Naira la sostuvo con cuidado.

-Madre, madre mía, ¿cómo te sientes? -preguntó Naira, su voz llena de esperanza.

-Me siento mejor, cariño. Perdóname, todo esto es culpa mía -susurró su madre, con los ojos llenos de tristeza.

-No es tu culpa, madre. Solo elegiste mal. Pero no te preocupes, yo buscaré un trabajo -respondió Naira con firmeza, aunque el miedo a lo desconocido se anidaba en su pecho.

-Pero hija, ¿dónde vas a trabajar? Ni siquiera has terminado la secundaria.

-No te preocupes, me queda solo un año. Haré lo que sea necesario -aseguró Naira.

-Por favor, no te atrases más en la escuela. Y no dejes que tu padrastro te hable mal... ni tus hermanastros. Tranquila, todo estará bien.

Si su madre supiera que sus hermanastros la humillan y le gritan, incluso uno de ellos la quiso golpear y abusar pero gracias al cielo no ocurrió. Quizá se enfermería de nuevo y no quería eso.

-Mamá, quizás si hablas con tu jefa yo podría trabajar.

-No cariño, no te preocupes.

-Iré a casa a preparaste algo, aun no puedes irte de aquí.-Nicole le acaricio el rostro limpio de su hija, se sintió triste, como era posible que su hija sufriera tanto, quizás no debió de enamorarse de Jonathan, y así como sea hubiera salido adelante con Naira.

Naira, con una mezcla de determinación y dolor, salió del hospital. Regresó a su pequeña vivienda en el barrio, entró a la casa y preparó lo poco que quedaba: un poco de arroz con verduras. No había queso, ni más provisiones, pero era lo mejor que podía hacer. Mientras cocinaba, su padrastro la observaba en silencio, con la mirada perdida en sus propias manos. Uno de sus hermanos se acercó y la empujó.

Naira se encontraba en la cocina, sus manos temblaban mientras sostenía una cuchara. El ambiente estaba cargado de tensiones y reproches. Sus hermanastros y su padrastro la observaban con miradas hambrientas y crueles.

-Deberías traer algo para la cena, no tenemos nada aquí -comentó su hermanastro menor, casi con indiferencia.

Ricardo, el mayor de los hermanastros, sonrió con malicia desde el rincón donde estaba sentado. Su mirada oscura y lasciva la incomodaba.

-Así debe ser, ¿no? Quizás si te vendes al viejo ese que te molesta tendríamos comida -mencionó, dejando claro que no había olvidado el momento en que una vez intentó sobrepasarse con ella.

Las palabras de Ricardo le cayeron como un golpe, pero antes de poder procesarlas, su padrastro intervino desde el sillón, rompiendo el silencio con su habitual tono impositivo.

-Yo también tengo hambre -gruñó-. Cocina rápido y danos de comer.

Naira lo miró sin saber qué decir. Las palabras se atoraban en su garganta, pero no pudo evitar defender a su madre.

-Pero es para mamá... ella vino del trabajo y ni siquiera ha probado bocado por tu culpa ahora esta en el hospital.

El padrastro la miró con rabia, se levantó pesadamente y, antes de que Naira pudiera reaccionar, la agarró del cabello con fuerza. El dolor le arrancó un gemido ahogado.

-Tienes un cabello demasiado hermoso. Sería bueno venderlo, ¿no crees? -susurró mientras tiraba aún más fuerte, disfrutando de su sufrimiento-. ¿Por qué hablas de más? Yo también te mantuve cuando tu madre te trajo aquí. Eras pequeña entonces... Ahora te toca a ti y a tu madre mantenernos. Amo a tu madre, pero no voy a permitir que ustedes hagan lo que les plazca. ¡Cállate la boca, cocina y dame mi comida! Y llévale algo a tu madre y a mis hijos, ¡también tienen hambre!

Naira sintió cómo una lágrima silenciosa rodaba por su mejilla. Apoyada en la encimera de la cocina, apretó la cuchara entre sus manos, sabiendo que no tenía otra opción. Era una mujer sola contra tres hombres crueles y abusivos. El miedo la consumía, pero se resignó a hacer lo que le ordenaban. En ese momento, su tristeza era tan pesada que ni el deseo de rebelarse parecía posible.

En otro lugar, un hombre estaba siendo torturado en el calabozo de una lujosa mansión. Tenía los pies ensangrentados y atados, mientras movía débilmente la cabeza, rogando por su vida.

-Por favor, prometo pagarte... pero déjame en paz, ya no me sigan golpeando. Haré lo que sea, venderé tus productos... -suplicó con voz quebrada.

El hombre poderoso que lo observaba desde su asiento acariciado con terciopelo lo miraba sin piedad, su voz baja y fría resonó en el espacio.

-¿Soltarte? ¿Después de tu traición? Después de que te llevaste mi dinero y mi mercancía... -una sonrisa cruel se formó en su rostro-. Eres un hombre muerto.

Sin más palabras, el hombre se levantó de su asiento acolchado y dio la orden.

-Acaben con él, ya no sirve.

Los guardias del lugar, eficientes y sin escrúpulos, cumplieron la orden sin pestañear. Mientras tanto, el señor se retiró de la lúgubre mazmorra y entro a su inmesa mansion y aburrido salio en su limusina...

-Señor donde lo llevo-Le pregunto su chófer.

-A dónde siempre Mijael- el chofer asintió sin más.

Al llegar caminó hacia el club que poseía, un lugar exclusivo y clandestino llamado "Perla de Oro", donde solo las personas más adineradas podían entrar. Los hombres que trabajan ahi, lo saludaron con respeto, y las luces tenues del lugar daban un aire de opulencia prohibida.

Una mujer se le acercó sensualmente, acariciando su brazo.

-¿Quieres que pasemos la noche juntos? -susurró ella.

Karl, apenas la miró. Con una arrogancia natural en su tono, respondió:

-No me apeteces.

La mujer asintió con resignación.

-Está bien. Cuando quieras...

-Baila -ordenó él de manera indiferente.

Ella obedeció, encendiendo la música y comenzando a moverse lentamente, pero a Karl no le interesaba. Observaba todo con aburrimiento. Las mujeres del club ya no le ofrecían el mismo entretenimiento de antes. Se sentía harto y cansado.

Uno de sus hombres de confianza se acercó, inclinándose un poco hacia él.

-Señor, podemos hablar.

-¿Lograste lo que te pedí?

-El tipo no estaba, su hijo me mintió que su padre tuvo un accidente. Pero se que es mentira, al parecer no quieren pagar.

Karl sonrió de medio lado, su sonrisa maliciosa se ensanchó.

-Déjalo una semana más. Esta vez iré yo mismo y le volaré los sesos.

Capítulo 2 Señor Karl.

Karl

Año 1997.

Mi mirada seguía perdida, fija en ese punto invisible. No había miedo, ni dolor, ni siquiera rabia. Cada golpe que me daba no tenía sentido, no para mí. Él se irritaba más al ver mi rostro vacío de emociones, desesperado por sacarme alguna reacción. Me pateó con furia, tumbándome en el suelo helado.

-¡Maldito! Llora, quiero verte suplicar de dolor -gritaba, lleno de impotencia, pero yo nunca le daría el gusto. Yo soy Karl, y nada de lo que me haga puede afectarme. El dolor nunca me ha tocado, no en este cuerpo. En realidad, lo disfruto, porque si no puedo sentir nada por mí, al menos me reconforta ver a otros sufrir. Es lo único que me queda. Verlo sufrir de rabia.

Cuando no pudo hacer nada más, se fue de la habitación, y yo solo quedé ahí recostado, tapé mi rostros y reí a carcajadas.

***

Salí de la aburrida habitación, y llegué a la cocina. Cleotilde al verme se acercó nerviosa.

-Jovencito, su padre vendrá pronto. Debería encerrarse en su habitación, ya sabe cómo se pone si lo encuentra fuera. Y peor si viene con esa mujer -me dijo casi en un susurro.

Asentí, como un acto reflejo. No tenía intención de obedecer, pero tampoco me importaba. Subí a mi habitación y miré por la ventana. Los caballos pastaban, los peones seguían con su rutina de limpiar el rancho. Todo en orden como siempre antes que el diablo viniera. Entonces lo vi aparecer con esa repugnante mujer morena. Sonreí, con asco y desprecio. Sabía lo que iba a pasar. Él es un cerdo, incapaz de controlarse. Entró con ella, directo a su habitación, como siempre.

Mi madre lo sabía. Por eso se fue, dejándome aquí con él, sin embargo todo eso me valía.

Esa noche bajé a la cocina, el hambre era lo único que me mantenía en movimiento. La hija de la señora Cleotilde, en pijama, me interceptó.

-Señorito, si su padre lo ve aquí, le irá mal. Debe volver a su habitación -me dijo con un tono que casi parecía compasión. Casi. Pero luego se acercó coqueta.

-Ve y dile que estoy aquí. Quizás venga a golpearme, como siempre. Y a ti... bueno, seguro te cogerá, como hace con todas -le solté, sin mirarla, odiaba a la mayoría de estas mujeres, la única con la que entablaba una conversación a veces era con la señora Cleotilde.

La chica. bajó la cabeza. Sabía que lo que decía era cierto. Mi padre es un pedófilo, un degenerado, y todos en este lugar lo saben. La asquerosa realidad de este rancho es que nadie hace nada. Nadie puede.

Subí las escaleras, sin apuro. Desde el pasillo, vi cómo se revolcaba con la mujer en su cuarto. Me dio tanto asco que mis manos temblaron. El vaso que llevaba se me cayó y resonó en el suelo. No me importaba. Corrí a mi habitación, sabiendo lo que me esperaba al día siguiente. Pero, sinceramente, eso no me afectaba. ¿Por qué lo haría? No hay nada que pueda hacerme más daño. Nada se puede cambiar.

Al día siguiente, me levanté y me metí a la ducha. El agua era... no lo sé, fría, caliente, daba igual. Al salir, envuelto en una toalla, ahí estaba él. Sentado en la cama, esperándome.

-¿Por qué anoche me estabas espiando? -preguntó, su voz dura y cargada de rabia.

No le respondí. Me puse la ropa interior, ignorándolo. Vi cómo sacaba su faja. Él esperaba que temblara, que llorara, pero yo ya no puedo hacer nada de eso.

-Eres un loco de mierda, igual que tu madre. Todo lo que ella me hizo, te lo haré a ti -escupió con odio, mientras la faja se estrellaba contra mi piel. Una, dos, tres veces.

-Haz lo que quieras conmigo -le dije, sin emoción, con una sonrisa torcida-. No me importa.

Golpe tras golpe, no me moví. No grité. No lloré. Mi padre se cansó de intentar romperme, de hacerme sentir algo. Finalmente, llamó a uno de los peones para que me llevara a la loma.

-Llévenlo y lo quiero atado ahí debajo del sol. Hasta mi último orden, sin comer.

-Sí señor.

Sonreí de lado mientras ellos me llevaban.

Me dejaron allí, atado a un palo, bajo el sol para que me quemara la piel ensangrentada.

¿Y qué? ¿Qué iba a cambiar eso? Morir sería una bendición. Al menos, dejaría de existir en este lugar podrido. Pero, incluso eso, lo dudo. Aquí, en este infierno, parece que nada cambia. Nada se puede.

Mi vida ha sido una condena desde el día en que mi madre me dejó bajo el yugo de mi padre. Pero, incluso desde mi infancia, sabía que llegaría el momento en que yo tomaría el control, cuando las risas de los que se burlaban de mí se convertirían en gritos de desesperación.

Uno de los peones se mofó, diciendo.

-Quizás ya no serás rubio, ahora el sol te dejará negro como nosotros- Su risa retumbó, pero en mi mente solo tenía una cosa

-Ríe todo lo que quieras, el día que salga de aquí, será tu fin- Mientras ellos seguían riendo, yo elevé la mirada al cielo. El sol no me afectaba en lo más mínimo, quedé ahí, aguardando.

-Oye, este niño no llora, ¿qué clase de sujeto será? Demonios, si yo estuviera así, amarrado bajo este sol, ya estaría muerto, y encima está lleno de sangre y golpeado

-Es un fenómeno. Quizás su madre se acostó con algún alíen y así nació.

Apreté los puños, pero no por el dolor físico. Fue al escuchar que hablaban mal de mi madre.

-Esperen nomás-, pensé. Cuando sea dueño de todo, uno por uno rogara por su vida

Pasaron dos días. El sueño me abrumaba, pero no cerré los ojos. Sabía que la intención de mi padre no era matarme, sino hacerme sufrir. -Pero eso no lo va a lograr jamás.

Finalmente, la orden llegó.

-El patrón dio ordenó que bajen al muchacho.

-Ay ya era hora, nosotros con hambre por ese fenómeno.

Me desataron, y aunque sentí un poco de sueño. caminé firme hacia la mansión. Sentía los murmullos a mi alrededor, sin importar seguí mi camino.

Al llegar la señor Cleotilde, junto a señora Carelia se acercaron ayudarme, solo hice un gesto con la mano, no quería que nadie me tocara.

-Pobre criatura, espero que pronto este infierno termine para él- mencionó la señora Carelia esposa del señor Gilbert.

-Pronto acabara, tengan lo por seguro-Declare subiendo a mi habitación.

***

Cuatro años pasaron, con mis 16 años, seguía siendo el blanco del odio de mi padre. Me golpeaba sin piedad, todo porque mi madre lo abandonó y dejó toda su herencia bajo mi nombre. Cada golpe que recibía fortalecía mi resolución.

No le entregaré nada jamás. Después de una de esas palizas, me fui al río. Quería sentir algo... cualquier cosa: el agua, el viento, el calor, el frío. Pero nada me afectaba. Era, como ellos decían, un fenómeno.

Dejé de pensar al escuchar pasos. Era la hija de Cleotilde Estaba desnuda, mirándome sorprendida.

-Joven Karl, ¿puedo hacerle compañía?- Su voz era suave, seductora.

La miré con indiferencia.

-¿Quieres que te coja? ¿Ahora que mi padre ya no te satisface?-reí con burla - No me apeteces. Pero si quieres, ven.

Y así fue. Después de lo que me hizo mi padre, fue la segunda vez que estuve con una mujer, pero fue insípido. No sentí placer, ni orgasmo. No me interesaba. Lo hice únicamente para fastidiar a mi padre, como todo en mi vida.

-Es en serio, ni siquiera me besaste.

-Me diste asco-Afirme y ella se sorprendió saliendo del río.

Llegue a la mansión, con nada más un short, vi a uno de los peones hablando con mi padre. Sabía que ya le habían dado el chisme, el estalló en furia.

-Eres un hijo de puta, ¿cómo te atreves a acostarte con la mujer con quien me acuesto?

-Ella así lo quiso. Ya no quiere acostarse con un viejo asqueroso como tú-le respondí riendo. Su cara se puso roja de rabia, sacó su cinturón, pero yo lo detuve. Subí a la habitación y el me siguió...

-Maldito, ya verás lo que te haré.-Nuevamente me lanzó el fajón y lo sostuve, y esta vez fui yo quien lo golpeó sin piedad.

-¡Déjame, estas loco!-Gritó desesperado.

Cada grito suyo era música para mis oídos.

-¿Sientes ese dolor?-le dije mientras lo seguía castigando -Es el mismo que intentaste que yo sintiera. Pero jamás disfrutarás verme débil.

Su corazón no soportó el castigo, pidió sus pastillas, pero lo único que hice fue lanzarlo por la ventana. Lo vi caer y sentí una satisfacción indescriptible. No moriría fácilmente, claro que no.

Todos observaron la escena y pidieron una ambulancia.

Llegue al hospital y el medico me dio una increíble noticia.

Había dejado de ser una amenaza. Ahora estaba en estado vegetal.

Yo tomé las riendas de todo.

Lo trasladaron a la mansión, y lo dejaron en una habitación lejana, por ordenes mías.

-Uhm, ahora todo cambia- susurré mientras lo observaba conectado a las máquinas que lo mantenían vivo -Verás cómo sufres en esa cama hasta que yo decida que mueras- sus ojos se aguantaron, el escucha a todo, aunque no podía moverse. Reí a carcajadas, saliendo de la habitación, bajé las escolares y salí al gran predio, donde el señor Gilbert y varios empleados me esperaban.

-Señor Karl, estamos a sus órdenes

-Gilbert, ya sabes lo que tienes que hacer. Deshazte de aquellos que mancillaron el nombre de mi madre. Quiero todo limpio. Gente nueva.

Uno de los peones trató de cuestionarme

-¿Qué dice, señor, usted aun es un chiquillo?- Me acerqué a él lentamente, saqué una pequeña navaja y, sin pensarlo dos veces, la hundí en su carne.

-Prometí vengarme- le susurré mientras gritaba de dolor. Los demás intentaron huir, pero Gilbert y sus hombres se encargaron de ellos.

-Listo, señor- dijeron al terminar.

-Bien. Recuerden... aquí mando yo. Ahora, soy el dueño de todo, el único patrón-declare colocándome mi sombrero.

Capítulo 3 Cobro

Me encontraba lavando la ropa de mi madre y del insoportable de mi padrastro. Ya no soportaba más, ayer fui lavarle unas ropas a doña Beth. Sinceramente, este dia, me sentía demasiado cansada pero no tenía opción. Esa lavada me permitió conseguir el alimento para mi madre, así que no podía simplemente negarme y lave mucho, ya hoy estoy lavando lo de mama y de su marido. Deseaba poder escapar, irme lejos con mi madre, pero no tenía a dónde ir, por lo que deciste a ese pensamiento.

Terminé de tender la ropa y me dirigí a mi pequeña habitación. Me detuve a pensar en qué hacer después. Dejé todo listo, pero justo cuando estaba por relajarme, la puerta de la habitación se abrió bruscamente y luego se cerró. Ricardo entro a mi habitación

-Hola, querida hermanastra- replico con esa voz que tanto me molestaba.

-¿Qué quieres? -le solté, sin esconder mi enfado.

Se acercó más, y yo instintivamente retrocedí hasta la cama. A mi lado, la pequeña lámpara. La agarré con fuerza, sin quitarle los ojos de encima.

-Si te acercas más, te juro que te golpeo -le advertí, dispuesta a cumplir.

Él soltó una risa forzada.

-Tranquila, no te preocupes. Solo quería charlar contigo, ya sabes, como buenos hermanastros.

-Si piensas hacer algo, no te lo voy a permitir -lo corté-. Soy capaz de todo con tal de evitar que un idiota como tú me haga daño.

Él se acercó más, ignorando mi advertencia. En varias ocasiones intento abusar de mi y no se lo pienso permitir.

-Esa boquita que tienes... algún día alguien te la va a callar, pero quizás lo haga yo.

Mis manos temblaban, pero me mantuve firme.

-Eres un enfermo.

-Vámonos lejos de aquí -Pidió de repente-. Deja a tu madre y todos los problemas.

Lo miré con asco.

-¿Estás loco? -le respondí, incrédula-. ¿Cómo puedes decir eso? Casi crecimos juntos como hermanos.

Él negó con la cabeza, burlón.

-Yo nunca te vi como una hermana. Eres diferente... Eres mujer. Además, que tiene si te vi crecer, eso me ha hecho ver lo bien que has crecido.

-Pero para mí sí lo eres. Así que, aléjate o te golpearé -le dije, alzando la lámpara como advertencia-. No permitiré que un enfermo como tú se acerque a mí.

Él sonrió, malicioso.

-Di lo que quieras. Algún día vas a cambiar de opinión, eres una estúpida, deberías agradecer que te quiero sacar de esta mala vida.

-El único estúpido aquí eres tú. Tienes más de 30 años y te comportas como un asqueroso.

-Ay, tranquila -me interrumpió, con desdén-. Ni que fueras una niña de 15 años. Tú y yo podríamos...

No lo dejé terminar.

-Jamás. ¡Lárgate o gritaré! Los vecinos van a escucharlo todo.

Eso lo detuvo. Me miró por un segundo antes de girarse hacia la puerta.

-Está bien, está bien. Me voy. Pero piénsalo. Nos vamos lejos, deja que mi padre y tu madre se encarguen de la deuda. No es tu problema.

-Mi madre no tiene nada que ver con los líos de tu padre. Nunca la dejaría por alguien como tú -le respondí con frialdad.

El sonrió a carcajadas.

Cuando finalmente salió, solté un suspiro de alivio. Estaba harta, agotada. Quería huir de esa casa, de esa vida, pero no tenía dinero, ni un lugar adonde ir.

El resto del día pasó en un borrón, hasta que llegó la tarde, mi padrasto Jonathan regreso y con su típica cara de pocos amigos, me miró molesto.

-¿Qué hiciste hoy para cenar? -me preguntó como si yo le debiera explicaciones.

-Nada. Hice avena para mi madre, mañana se lo llevare. -le respondí.

-¿Avena? -bufó-. ¿Cómo le vas a dar esa porquería a tu madre?

-Es lo único que había -le dije, conteniendo la ira-. Por lo menos va a comer algo.

-¿Y nosotros qué? -se quejó, acercándose a mí con agresividad.

-Busca tú qué comer -le dije, firme.

Antes de que pudiera reaccionar, levantó la mano, listo para golpearme, pero me alejé rápidamente.

-Eres una inútil -gruñó-. Ya te he dicho que tienes que ayudar más. ¿Crees que tu madre y yo vamos a seguir trabajando todo el tiempo? Las negras como sacaran mucho billetes, así que anda pensando en dejar tus estudios.

-Usted esta loco, ni siquiera trabajas desde que mi madre empezó a ganar bien. Le has quitado todo -le respondí, sin miedo.

-Estás en mi casa -espetó, enojado-Aquí mando yo.

-No es tu casa -le recordé-. Es la casa de mi madre.

-Yo la he mejorado, ¿sabes?

No tenía sentido seguir discutiendo con mi padrastro. Estaba harta de todo.

-En fin, ya sabes que hacer.

Después de un rato, él salió, me quede pensativa en que hacer con tantas cosas. Me senté en la cama, agotada, y cerré los ojos, deseando con todas mis fuerzas que algo cambiara.

En la mañana, me levanté decidida a ir al hospital a ver a mamá. Calenté la Avena, y hice tortillas, cuando finalice, me preparé rápido, al salir me encontré con mi amigo Manuel, quien se ofreció a llevarme.

-Vas al hospital-Asentí cohibida. Subí en la parte del copiloto.

Mientras manejaba, me lanzó una mirada de reojo antes de replicar.

-Dime la verdad, Naira. ¿Tus hermanos y tu padrastro te están hostigando? Estás sola con ellos, ¿verdad?

Me encogí de hombros.

-Sí, pero ¿qué voy a hacer? Es lo que hay.

-Puedes quedarte en mi casa- me ofreció. Lo miré sorprendida. Ni loca. Su padre me cae mal... Si él supiera lo que su padre ha dicho a mis hermanastros, que quiere estar conmigo y que hasta me pagaría bien, no lo creería. Pero no podía decirle eso.

-Tranquilo, yo estoy bien. No me pueden hacer daño, me puedo defender-, le aseguré.

-Naira, eres una mujer sola contra tres hombres. ¿Cómo podrías defenderte?

-¿Por qué piensas que soy débil, Manuel? No lo soy. Puedo defenderme, sea como sea. Tranquilo, y gracias.

El asintió sin decir nada más.

Después de media hora, llegamos al hospital. Me dirigí directamente a la habitación de mamá. Estaba sentada mientras el médico la evaluaba.

-Buenos dias- Saludé y el medico me devolvió el salido con un ademán.

-Pronto le daremos el alta a su madre, señorita. No se preocupe-, mencionó el doctor. Agradecí sus palabras, aunque me pidió que siguiéramos vigilando su presión los próximos días. Mamá me miró y me sonrió débilmente. Le llevé un tortillas y pancito tostado que comió despacio. Nos pusimos a platicar un rato.

-¿Fuiste a la escuela hoy, Naira?

-No, no fui-, le respondí, algo incómoda.

-No me digas que estás trabajando de nuevo-, me dijo con tono de preocupación.

-Solo hice unas chambitas para los vecinos-, intenté tranquilizarla.

Ella suspiró profundamente y me acarició el rostro. -Te quiero mucho, mi niña preciosa. No quiero verte así. Perdóname por todo lo que estás pasando por mi culpa.

-No digas eso, mamá. Pronto estarás en casa y todo estará bien.-Me detuve antes volver a hablar - Mama quiero que consideres irnos lejos. Por favor, hazlo por mí-Le pedí.

-Naira, por favor, no hablemos de eso. Tú sabes que amo a mi esposo.

Yo suspire, tranto de no seguir el tema, la conocia y esta mas que enamorada de Jonathan. No quería preocuparla más. Besé su cabeza, y me despedí porque tenía que terminar de lavar unas sábanas para uno de mis vecinos. Eran más de las siete de la noche cuando cogí el metro de vuelta a casa. Al llegar a mi barrio, noté un grupo de personas observando algo cerca de mi casa. Sentí un mal presentimiento y apuré el paso.

Vi a mi padrastro discutiendo con unos hombres, y había una limusina estacionada. El miedo me invadió. Rápidamente, me acerqué sin ser vista. Escuché a mi padrastro suplicando:

-Te pagaré como sea, pero por favor, escúchame.

Me acerqué más y vi a un hombre con sombrero al lado de él. Mi padrastro, temblando, dijo en voz baja: -Si quieres... te la entrego a ella. Es una muchacha virgen y te puede servir como pago. Por favor, recíbela.

¿Que, porque yo? Abrí los ojos sorprendída.

Mis piernas flaquearon y mi corazón se detuvo. ¡No podía creer lo que estaba escuchando! Mi padrastro estaba dispuesto a entregarme a esos hombres. Mi voz tembló cuando susurré:

-¿De qué se trata esto?

El hombre del sombrero se acercó, quitándose los lentes.

-¿Estás seguro de que quieres entregármela, como compension por la deuda?-, preguntó con una voz que me heló la sangre.

-Sí, llévatela- murmuró mi padrastro.

-Mijael-mencionó el tipo.

Intenté correr, pero otro hombre me sujetó del brazo.

-Vamos, súbete al coche- ordenó con frialdad.

-¡No! ¡Por favor, no me lleves!-, rogué mientras las lágrimas caían por mis mejillas. Jonathan firmó un papel sin dudar, y mi corazón se rompió al verlo tan tranquilo mientras me vendía.

-Deberías pagarme más por ella- aguego hacia el desconocido quien no dejaba de verme, su mirada era siniestra.

-¿Más? Te haré volar los sesos si sigues pidiendo más-declaró con una risa cruel.

Ya no podía luchar más. Me subieron a la limusina mientras gritaba y pataleaba. El desconocido se acercó, me miró a los ojos y me hizo un gesto de silencio. Mi cuerpo temblaba de miedo y desesperación. ¿Cómo podía estar ocurriéndome esto? Que hice mal para pagar algo que ni siquiera yo había usado.

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