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Su Altaleza Renacida

Su Altaleza Renacida

Autor: : Fu Mo Bao Bao
Género: Fantasía
El aire olía a sangre, a un dolor fantasma que se aferraba a mi cuerpo como una segunda piel. Abrí los ojos para encontrarme en mi habitación, la luz del sol cubriendo mi vientre, que, contra toda lógica, sentía tibio y lleno de vida. Un recuerdo me golpeó con la fuerza de una ola: el frío del mármol, el dolor desgarrador mientras mi hermana, Valentina, y mi esposo, el Príncipe Alejandro, me observaban con cruel satisfacción e indiferencia. Habían matado a mi hijo nonato, dejándome morir desangrándome, todo porque Valentina susurró que Alejandro la amaba a ella. No podía entender la magnitud de su traición, la frialdad con la que me abandonaron, la injusticia de perderlo todo a manos de quienes más confiaba. Pero al mirar mi vientre recién recuperado, supe la verdad: había renacido, de vuelta al principio de todo, y esta vez, mi juego sería diferente.

Introducción

El aire olía a sangre, a un dolor fantasma que se aferraba a mi cuerpo como una segunda piel.

Abrí los ojos para encontrarme en mi habitación, la luz del sol cubriendo mi vientre, que, contra toda lógica, sentía tibio y lleno de vida.

Un recuerdo me golpeó con la fuerza de una ola: el frío del mármol, el dolor desgarrador mientras mi hermana, Valentina, y mi esposo, el Príncipe Alejandro, me observaban con cruel satisfacción e indiferencia.

Habían matado a mi hijo nonato, dejándome morir desangrándome, todo porque Valentina susurró que Alejandro la amaba a ella.

No podía entender la magnitud de su traición, la frialdad con la que me abandonaron, la injusticia de perderlo todo a manos de quienes más confiaba.

Pero al mirar mi vientre recién recuperado, supe la verdad: había renacido, de vuelta al principio de todo, y esta vez, mi juego sería diferente.

Capítulo 1

El aire olía a sangre, a un dolor fantasma que se aferraba a mi cuerpo como una segunda piel. Abrí los ojos, confundida, la luz del sol de la tarde se filtraba por las cortinas de seda pesada, pintando el cuarto con rayas doradas. Mi mano fue instintivamente a mi vientre, plano, vacío. Pero no, al tocarlo, sentí una ligera, casi imperceptible curvatura. Estaba tibio, lleno de vida.

Un sollozo ahogado se escapó de mis labios. No era un sueño.

El recuerdo me golpeó con la fuerza de una ola: el frío del suelo de mármol, el dolor agudo y desgarrador en mi abdomen, la sangre caliente manchando mi vestido de seda. Y sobre mí, la figura de mi hermana, Valentina, con sus hermosos ojos llenos de una satisfacción cruel, y a su lado, mi esposo, el príncipe Alejandro, mirándome con una indiferencia que dolía más que cualquier herida física.

"Lo siento, hermanita", había susurrado Valentina, su voz era seda y veneno, "pero Alejandro me ama a mí. Siempre ha sido así."

Mi hijo. Habían matado a mi hijo nonato. Y luego, me habían dejado morir allí, sola y desangrándome.

Me senté de golpe en la cama, el corazón martilleando contra mis costillas. Mi criada, Ana, entró corriendo, asustada.

"¡Alteza! El médico dijo que debía descansar. ¡Acaba de recibir la noticia!"

La noticia.

Miré a Ana, luego miré mis manos, luego otra vez mi vientre. La noticia. El día que el médico confirmó mi embarazo. El día que comenzó mi descenso al infierno.

He renacido.

He vuelto al principio de todo.

Una risa seca y amarga brotó de mi garganta. No era una risa de alegría, sino de una furia fría y cortante. Tenía una segunda oportunidad. Y esta vez, no sería la víctima. Sería la que moviera los hilos.

"Ana", dije, mi voz sonaba extrañamente calmada, "prepara mi mejor vestido. El príncipe vendrá a verme pronto."

Ana me miró, confundida por mi repentino cambio de humor, pero asintió y se fue a cumplir mis órdenes.

Mientras me vestía, mi mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. Recordé cada traición, cada palabra venenosa, cada mirada de desprecio. Valentina, mi egoísta hermana que renunció a este matrimonio por un plebeyo para luego arrepentirse y arrebatármelo todo. Alejandro, mi ambicioso esposo que me usó como un escalón y me descartó cuando ya no le servía. Mi madre, la Duquesa, que siempre favoreció a Valentina. Mi padre, el Duque, un hombre débil sin voluntad propia. Y Elena, mi otra criada, a quien Valentina corrompió para que me traicionara.

Todos ellos. Todos pagarían.

Unos minutos después, el príncipe Alejandro entró en la habitación. Su rostro, guapo y arrogante, estaba iluminado con una sonrisa radiante. Era una actuación, lo sabía. Estaba feliz no por mí, sino por el heredero que le daría poder.

"¡Sofía, mi amor!", exclamó, acercándose para abrazarme. Me estremecí por dentro, pero forcé una sonrisa tímida en mi rostro. "¡Un hijo! ¡Vamos a tener un hijo! ¡El Rey estará encantado!"

Me aparté suavemente. "Estoy tan feliz, Alejandro. Es la mejor noticia de mi vida."

"Debemos anunciarlo de inmediato. Organizaré una audiencia con mi padre el Rey esta misma tarde."

"No", lo detuve, mi voz suave pero firme. Él me miró, sorprendido.

"¿No? ¿Por qué no? ¡Esto asegura nuestra posición, Sofía!"

Puse una expresión de anhelo y amor familiar en mi rostro. "Es que... antes de decírselo a todo el mundo, me gustaría compartir esta alegría con mi familia. Con mis padres y... con Valentina."

Al mencionar el nombre de mi hermana, vi un destello fugaz en los ojos de Alejandro. Lo conocía tan bien. Valentina siempre había sido su debilidad, su capricho. Rechazado por ella, se había conformado conmigo.

"Quiero que organicemos una pequeña cena familiar, solo nosotros. Para celebrar", continué, mi voz temblaba ligeramente, como si estuviera abrumada por la emoción. "Significaría mucho para mí."

Alejandro lo consideró por un momento. La idea de ver a Valentina de nuevo era tentadora para él, podía verlo en su rostro. Yo le estaba sirviendo a su amante en bandeja de plata.

"Está bien, mi amor", dijo finalmente, su sonrisa volviéndose genuina por primera vez. "Como desees. Una cena familiar será."

Se inclinó para besarme, y yo soporté su contacto, mi corazón era un bloque de hielo.

El juego había comenzado. Y esta vez, yo dictaría las reglas.

Capítulo 2

Al día siguiente, mientras supervisaba los preparativos para la cena, llamé a mi criada, Elena. Era una chica joven, bonita, con ojos que brillaban con una ambición apenas disimulada. En mi vida anterior, fue ella quien, sobornada por Valentina, cambió mi tónico nutritivo por una hierba que debilitó mi cuerpo, haciéndome más susceptible al "accidente" que me costó la vida.

La recordaba perfectamente, llorando falsamente sobre mi cuerpo sin vida, ya disfrutando de la recompensa que Valentina le había prometido.

Elena entró e hizo una reverencia. "Alteza, ¿me mandó llamar?"

La observé por un largo momento, disfrutando del poder que sentía al conocer su destino. Ella se removió, incómoda bajo mi escrutinio.

"Elena", dije con una sonrisa cálida, "has estado a mi servicio desde que llegué al palacio. Siempre has sido diligente y leal."

Sus mejillas se sonrojaron de placer. "Es mi deber, Alteza."

"Mi salud ahora es... delicada", continué, tocando mi vientre. "Necesitaré a alguien con más experiencia a mi lado. Pero no quiero que tu talento se desperdicie." Hice una pausa dramática. "He pensado que podrías servir directamente al príncipe. Él necesita a alguien joven, enérgica y atenta como tú."

Los ojos de Elena se abrieron de par en par, una mezcla de shock e incredulidad. Servir al príncipe directamente era un ascenso inmenso, una oportunidad para ganar favor y quizás, algo más. Vi la codicia florecer en su rostro, la misma codicia que la había llevado a traicionarme. Perfecto.

"¿Yo... Alteza? No sé si soy digna..."

"Tonterías", la interrumpí con amabilidad. "Eres más que digna. Confío en ti. Ve, se lo comunicaré al príncipe."

Ella se arrodilló, abrumada. "Gracias, Alteza. ¡Gracias! ¡Le serviré con toda mi vida!"

"Lo sé", respondí en voz baja, mientras ella salía corriendo, sin duda para compartir las buenas noticias.

Más tarde, busqué a Alejandro en su estudio. Estaba revisando unos documentos, pero su atención era superficial. Su mente estaba en otro lugar. Probablemente en Valentina.

"Alejandro", dije suavemente desde la puerta.

Levantó la vista, su expresión se suavizó al verme. "¿Sofía? ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?"

"Estoy perfectamente. Solo venía a hablarte de un asunto doméstico." Entré y me acerqué a su escritorio. "He estado pensando en mi personal. Con el embarazo, necesitaré a mi vieja nodriza cerca. Pero mi criada actual, Elena, es muy capaz. Es una pena desperdiciarla."

Él arqueó una ceja, sin interés. "¿Y?"

"Pensé que podría servirte a ti", dije, como si la idea acabara de ocurrírseme. "Es lista, rápida y muy discreta. Sé que a veces necesitas a alguien de confianza para... recados especiales."

Alejandro me miró fijamente, tratando de descifrar mis intenciones. Un hombre tan calculador como él no creía en la generosidad desinteresada. ¿Estaba su esposa embarazada ofreciéndole una nueva sirvienta bonita para sus aposentos? Sonrió, una sonrisa torcida y cínica.

"No es necesario, Sofía. Tengo suficiente personal."

"Pero ninguno tan leal a nuestra casa como ella", insistí. "Piensa en ello como mi contribución, querido. Quiero que estés bien atendido, sin distracciones. Así podrás concentrarte en los asuntos importantes... y en nuestro futuro hijo."

Mi argumento era impecable. Apelaba a su comodidad, a su ego y le daba una excusa perfecta. Si yo, su esposa, lo aprobaba, ¿quién podría criticarlo?

Finalmente, cedió con un gesto de la mano. "Como quieras. Si te hace feliz."

"Me hace muy feliz", respondí con una sonrisa dulce. Por dentro, me reía. Lo estaba rodeando de mis peones. Elena, cegada por la ambición, sería un excelente espía y una futura fuente de conflicto.

Esa tarde, la tía de Elena, que trabajaba en la lavandería del palacio, me encontró en el jardín. Se inclinó tan bajo que su frente casi tocaba el suelo.

"Alteza, no tengo palabras para agradecerle su generosidad con mi sobrina. Nuestra familia le estará eternamente en deuda."

Su voz estaba llena de un orgullo mal disimulado. Levanté la vista de mis bordados y le sonreí.

"Elena se lo ha ganado. Espero que sirva bien al príncipe."

"¡Oh, lo hará, Alteza, lo hará!", exclamó.

Vi cómo se alejaba, con la espalda más recta que antes. Pequeños idiotas, todos ellos. Creyendo que habían ganado la lotería, sin saber que solo eran piezas en mi tablero, listas para ser sacrificadas.

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