Durante doce años, mi vida no fue mía, sino de Dawson Parks.
Fui vendida a su familia a los dieciséis años para pagar los tratamientos de cáncer de mi madre, convirtiéndome en la compañera, secretaria y finalmente amante del heredero tecnológico. Un día, su amor de la infancia, Kenzie, regresó a la ciudad. Me dijo que se casaría con ella y me ofreció una liquidación: unos cuantos millones de dólares por doce años de mi vida.
Capítulo 1
Durante doce años, Ellery Evans no fue dueña de su propia vida. Toda su existencia giraba alrededor de Dawson Parks. Todo comenzó cuando tenía dieciséis años. La constructora de su padre estaba al borde de la quiebra y a su madre le acababan de diagnosticar un tipo de cáncer muy raro. Los tratamientos eran astronómicamente caros, y la familia Evans no podía costearlos.
Su padre, un hombre débil y egoísta, vio una oportunidad en su tragedia. Sabía que los Park, una dinastía construida sobre un imperio tecnológico, buscaban una compañera para su heredero más joven, Dawson. Este último tenía trece años. Era un chico guapo, pero volátil, que acababa de perder a su propia madre. Estaba fuera de control y su familia buscaba a una chica inteligente, paciente y madura para su edad para que lo estabilizara.
Fue así como su papá la vendió, y lo presentó como un sacrificio por la salud de su madre. El hombre usó la enfermedad de su esposa para chantajear emocionalmente a Ellery, y ella, una aterrorizada joven de dieciséis años, aceptó. La familia Parks pagó las deudas de su padre y cubrió los gastos médicos de su madre. A cambio, la chica se convirtió en la sombra de Dawson: era su compañera, su tutora y su guardiana. Conforme crecía, los límites se desdibujaron: se transformó en su secretaria personal, manejando su caótica vida y su papel en la empresa familiar. Luego, una noche, impulsado por el alcohol y un corazón roto, él la arrastró a su cama.
Fue así como se convirtió en su amante, pero para ella era solo otra parte de su trabajo. Era astuta, resiliente y pragmática, además de que cumplía sus deberes a la perfección, volviéndose indispensable para él. Para el mundo exterior, era la mujer devota que había capturado el corazón del heredero del imperio tecnológico.
Pero todos estaba equivocados. Ellery no amaba a Dawson Parks. De hecho, lo veía por lo que era: un niño inmaduro y posesivo que dependía por completo de ella. Él la daba por sentada, creyendo que su presencia inquebrantable nacía del amor, no de un contrato.
Además, ese hombre estaba obsesionado con otra persona: Kenzie Mclaughlin, su amor de la infancia, que se le había escapado. Durante años, habló de ella, de su pureza, su dulzura, y del amor perfecto e idealizado que compartieron antes de que ella se mudara.
Ahora, Kenzie iba a regresar. Ellery encontró el correo de confirmación del vuelo en la bandeja de entrada de Dawson: "Kenzie Montemayor. Llegada: mañana".
Esa noche, el aire en el penthouse del heredero estaba cargado de una energía frenética. Había ropa esparcida por el suelo y botellas vacías llenaban la mesa de centro. Dawson era un torbellino de movimiento: caminaba de un lado a otro, sacaba cosas de su clóset y luego las aventaba a otro lado. Mientras lo hacía, tarareaba una melodía alegre y desafinada que crispaba los nervios de Ellery.
De repente se detuvo, volteó a verla y le dedicó una sonrisa amplia e infantil, aunque no había rastro de felicidad en sus ojos. La agarró, y le plantó un beso rudo y posesivo. Sus manos estaban por todas partes, enredándose en su cabello y deslizándose por su espalda. Era un acto de posesión, no de afecto. Ella lo soportó, tal como había soportado todo lo demás durante los últimos doce años.
Él se apartó, y con su cálido aliento impactando la mejilla de la chica, le susurró, con una emoción que no había escuchado en años: "El, ella por fin vuelve. Kenzie por fin regresa a mí.
Ellery no sintió nada, solo un clic silencioso y definitivo en su mente. Ese era el final de su condena.
Dawson confundió la expresión plácida en su rostro con aceptación, así que sonrió radiante, con un alivio palpable y acariciándole la cabeza, le dijo: "Sabía que lo entenderías. Siempre has sido la más comprensiva".
Aunque esas palabras sonaban como un cumplido, la chica sabía que eran los barrotes de una jaula barata.
"Me voy a casar con ella. La he amado desde que éramos niños", dijo él finalmente.
Esas palabras habían sido una verdad no dicha entre ellos durante más de una década. Aun así, su interlocutora no cambió de expresión. En cambio, le sostuvo la mirada en la penumbra.
"Lo sé", respondió tranquilamente.
Él parecía complacido por su respuesta, que interpretó como una prueba más de su devoción y de su disposición de hacerse a un lado por su felicidad. "Me encargaré de ti, por supuesto", le aseguró el hombre, adoptando un tono más profesional. "Te daré una casa, un auto y unos cuantos millones de dólares. Será suficiente para que vivas cómodamente el resto de tu vida".
Le daría una liquidación de oro por los doce años de su vida que le había dedicado.
"De acuerdo", contestó ella.
Él frunció el ceño y, por un momento, apareció un destello de algo indescifrable en sus ojos. Parecía querer una reacción diferente: lágrimas, gritos, o alguna señal que probara que a ella le importaba.
"Pero seguirás siendo mi secretaria, ¿verdad?", preguntó, apretándole más el brazo. "Te necesito. Sabes que no funciono sin ti".
Ella miró la mano ajena sobre su brazo, y luego volvió a concentrarse en su rostro. Estaba a punto de decirle que no, que su contrato había terminado, que finalmente era, benditamente libre.
Sin embargo, el celular del hombre sonó justo en ese momento.
En la pantalla, brillaba claramente un nombre: Kenzie. Dawson cambió su actitud por completo. La posesividad que mostraba se desvaneció, reemplazada por una sonrisa suave y ansiosa. Además, soltó a Ellery como si le quemara.
"Kenzie", contestó suavemente. "¿Estás en el aeropuerto?... No, por supuesto que no estoy ocupado. Ya voy para allá".
Tras eso, colgó y agarró sus llaves, sin dedicarle ni una mirada más a su compañera. "Limpia esto, ¿quieres?", le indicó por encima del hombro, mientras salía corriendo del penthouse. "Volveré tarde".
La puerta se cerró de golpe, dejando a Ellery en un silencio repentino y ensordecedor. Ella se quedó inmóvil por un largo momento. Luego, con la eficiencia metódica que había definido su vida, comenzó a ordenar el lugar. Recogió la ropa sucia del hombre, juntó las botellas vacías, y limpió las superficies pegajosas. Era una rutina familiar y mecánica.
Cuando el lugar estuvo impecable, fue a la habitación. Abrió su lado del clóset y sacó una pequeña maleta de lona. Contenía todo lo que era verdaderamente suyo: unas cuantas mudas de ropa, una copia gastada de su libro favorito y una fotografía descolorida de su madre, quien había fallecido dos meses atrás. Su muerte fue un asunto silencioso y doloroso, pero para Ellery, también fue una liberación, pues la cadena principal que la ataba a Dawson se había roto. Instantes después, su celular vibró, con una llamada de su padre.
"¡Ellery! Dawson llamó. ¡Dijo que te dará una casa y cinco millones de dólares! ¡Dios mío, con eso tendremos la vida resuelta! ¡Tu hermano por fin podrá expandir su negocio!", soltó el hombre, en un tono vertiginoso y lleno de una codicia que a la chica le revolvió el estómago.
"Ese dinero no tiene nada que ver contigo", respondió la hija, en un tono frío y desprovisto de emoción.
"¿De qué estás hablando?", farfulló su papá. "¡Por supuesto que sí! ¡Es para la familia! ¡Solo es otra parte de tu sacrificio!".
"Mi sacrificio ha terminado", declaró ella, con una voz tan fría como el hielo. "El trato era por las facturas médicas de mamá y como ella ya no está, el contrato ha terminado".
"¡Ellery, no seas tonta!", chilló él, en un tono estridente. "¡No puedes dejarlo! ¡Te lo prohíbo! ¡No olvides quién pagó la cama de hospital de tu madre!". Ese era un último y patético esfuerzo de manipulación, pero no surtió efecto.
"Está muerta, papá. Y tus amenazas murieron con ella", señaló Ellery con calma. "Soy libre".
Sin esperar respuesta, colgó y bloqueó su número. Luego hizo lo mismo con el de su hermano. Sacó la tarjeta SIM de su celular, la partió a la mitad y arrojó los pedazos a la basura.
Todo se había acabado. Pensó en aquel día, doce años atrás. Su padre, con una expresión de falsa pena, le había dicho que esa era la única manera. Su madre, ya frágil, lloraba en su cama. Y Ellery, de dieciséis años, aceptó esa cadena perpetua con tal de salvarlos.
La familia Parks había sido discreta. Arregló que ella conociera "accidentalmente" a Dawson en un evento de caridad. La habían instruido sobre sus gustos, sus aversiones y sus detonantes emocionales, así que ella interpretó su papel a la perfección.
En ese entonces, él era un chico roto y enojado, así que se aferró a ella de inmediato. La joven era la calma en su tormenta. La necesitaba para todo: despertarse, elegir su ropa, recordar sus citas, e incluso para calmarse cuando su dolor por su madre o su anhelo por Kenzie se volvían demasiado para soportarlos.
"Kenzie ni siquiera me miraría ahora", lloraba durante los primeros años, después de que la familia de la chica se mudara al otro lado del país. "Era perfecta y... mi todo".
Ellery, la confidente pagada, escuchaba y decía todas las cosas correctas. Vio su enamoramiento por lo que era: la fantasía de un niño, una obsesión con un recuerdo.
La noche en que Kenzie rompió con su novio de la prepa, Dawson se emborrachó hasta perder el conocimiento. Avanzó a trompicones hasta la recámara de Ellery, con los ojos desorbitados por un dolor que no era por ella. Se había abalanzado sobre ella, medio sollozando, medio exigiendo. Fue así como terminaron cruzando una línea final e irrevocable en su relación.
A la mañana siguiente, él se había despertado con una mirada de horror, no por lo que le había hecho a ella, sino por su propia debilidad.
"Ayúdame, Ellery", había suplicado. "No sé qué hacer. Te necesito".
Ella se quedó. Durante doce años, fue su roca, su secretaria y su amante. Todos pensaban que era la mujer más afortunada del mundo. Sin embargo, la joven era consciente de que era una prisionera bien pagada. Estaba atrapada en el trabajo más agotador y aplastante que podía imaginar.
La muerte de su madre, aunque desgarradora, había sido una llave inesperada para salir de su prisión. Era el permiso final y silencioso que necesitaba. Su mamá, sin saberlo, le daba lo único que nunca había tenido: libertad.
Un día después del funeral, Ellery entró en la sede del Grupo Parks, se dirigió al Departamento de Recursos Humanos y presentó su renuncia oficial.
"¿Te vas? Ellery, no puedes. Dawson se derrumbará sin ti", le dijo Sarah, una de sus compañeras, en completo shock.
"Alguien más aprenderá", había respondió la aludida con calma.
"Pero... él tiene que aprobarlo. Nunca te dejará ir".
Ellery simplemente le había indicado que siguiera el procedimiento.
Dawson recibió la renuncia, junto con una pila de otros documentos de rutina, en su tableta, para que los aprobara digitalmente. Los recibió cuando estaba en una lujosa fiesta en la que celebraba el inminente regreso de Kenzie. Se encontraba rodeado de amigos, riendo y bebiendo, así que deslizó su dedo por todos los documentos, presionando "Aprobar" en ellos, sin dedicarles un segundo vistazo.
Con eso, había aprobado su propia ruina y ni siquiera se había dado cuenta.
Ellery dejó el penthouse sin mirar atrás. Vivió allí como un fantasma, así que no sentía ninguna clase de apego por el lugar; su partida fue limpia, quirúrgica. Además, ya le había indicado a su colega, Sarah, que procesara su renuncia como algo estándar.
"Solo sigue el procedimiento. Él ya lo aprobó", le había dicho.
Dawson, consumido por el regreso de Kenzie, no puso un pie en la oficina durante una semana. Era un hombre obsesionado y su mundo se reducía a un solo punto: la chica a la que había idealizado durante más de una década.
Mientras tanto, Ellery era un torbellino de eficiencia silenciosa. Pasaba sus días en oficinas gubernamentales y consulados, organizando metódicamente su nueva vida: consiguió un nuevo pasaporte, visas, un boleto de ida a un país donde nadie conocía su nombre. Además, vació sus cuentas bancarias, dejando solo los fondos que la familia Parks había proporcionado inicialmente para el cuidado de su madre, y que ella nunca había tocado. Ese dinero estaba manchado de sangre y no quería tener nada que ver con él.
También empacó las pocas cosas que tenía en el pequeño departamento que la familia Parks había mantenido para ella, un lugar que rara vez usaba, pero que conservaba como símbolo de una vida que técnicamente era suya. Se concentró en la ropa, los libros y la foto de su madre. Dejó todo lo demás atrás, incluido cada regalo que Dawson le había dado, pues sabía que eran baratijas de parte de su carcelero, y ella no sentía ningún apego sentimental.
Mientras sellaba la última caja, su nuevo teléfono desechable vibró. En la pantalla aparecía un número desconocido, desde el que le habían enviado un mensaje: "Sé quién eres. Él es mío ahora, así que aléjate de él, maldita zorra contratada".
Ellery sintió un nudo en el estómago, pues sabía quién estaba exactamente detrás de eso. Instantes después, su celular sonó: era Dawson.
"¡El, baja! Estoy afuera", le dijo en un tono brillante, ajeno y, aparentemente cargado de felicidad.
La mujer caminó hacia la venta y miró hacia abajo. Vio el elegante auto deportivo de su captor estacionado afuera. Y este estaba apoyado en él, encarnando una visión de riqueza y privilegio casual. Por un momento, vio al niño de trece años que había conocido por primera vez, perdido, enojado y desesperadamente necesitado. No obstante, la imagen desapareció rápidamente, reemplazada por el hombre que la había usado durante doce años.
Con eso en mente, bajó las escaleras. Él no la llevó a su restaurante favorito ni a un parque tranquilo, sino a una joyería de lujo, de esas que tienen guardias de seguridad y cuerdas de terciopelo en la entrada.
"Necesito tu ayuda", comenzó el hombre, con los ojos brillantes. "Tienes buen gusto. Ayúdame a escoger algo para Kenzie".
La petición fue tan increíblemente cruel que Ellery solo pudo sentir un entumecimiento distante y clínico. Su amante de toda la vida le estaba pidiendo que le ayudara a seleccionar un regalo para la mujer con la que pretendía casarse.
"Por supuesto", respondió ella, en un tono perfectamente uniforme. Adentro, Dawson parecía un niño en una dulcería. Señaló un collar de diamantes, un brazalete de zafiros y un par de aretes de esmeralda. Las etiquetas de precio tenían más ceros de los que su acompañante podía contar.
"¿Qué piensas? A ella le gusta el verde, ¿verdad? Tú te acuerdas", inquirió.
Ellery sintió una extraña y desapegada lástima por él. Estaba comprando afecto, tal como su familia la había comprado a ella.
"El collar es más clásico y, por ende, más atemporal", aconsejó, en su tono profesional.
Dawson sonrió alegremente y aceptó esas palabras sin cuestionarlas. Mientras el vendedor envolvía la caja para regalo, él se volvió a su secretaria y con una expresión seria, le dijo en voz baja: "Estamos saliendo oficialmente. Kenzie y yo".
"Me alegro por ti".
"Es perfecta, Ellery. Tan pura. No como... otras chicas", prosiguió efusivamente el hombre, atrapado en sus fantasías. "Ha pasado por mucho. Su familia perdió su fortuna, así que ella tuvo que trabajar para pagarse la universidad... Es tan inocente".
La aludida pensó en el mensaje de texto que había recibido horas antes, en el que la habían tachado de "zorra contratada"; definitivamente no describiría a su autora como pura e inocente. Además, conocía el tipo de mujer que era Kenzie; sabía que las de su clase usaban sus dulces sonrisas como armas.
"Dawson", comenzó, dejándose llevar por el viejo hábito de advertirle. "La gente no siempre es lo que parece". "¿Qué estás tratando de decir?", preguntó el susodicho, perdiendo la sonrisa, mientras su mirada se volvía dura y fría.
"Nada. Solo ten cuidado".
"No te atrevas a hablar mal de ella", siseó él, en un tono amenazante; el aire crepitó con su repentina ira. "No tienes derecho".
Ella sintió la presión familiar de su posesividad, un peso que había cargado durante años. Dawson la veía como su propiedad, y acababa de hablar fuera de lugar.
"Lo siento. Tienes razón", musitó la joven, bajando la mirada.
Con eso, el hombre se aplacó y la tensión desapareció de inmediato, pues había recuperado el control de nuevo.
"Necesito que hagas algo más por mí", dijo Dawson, recuperando su tono habitual. "Kenzie mencionó que quería una caja de música antigua, esas de las que hacían en Suiza en el siglo XIX. Consígueme la mejor, que el dinero no es problema".
"Por supuesto", contestó la asistente, con voz monótona. "¿Ella quiere alguna melodía en particular?".
"¿Ni siquiera estás un poco celosa?", inquirió él, con una expresión extraña en su rostro.
'Nunca estuve enamorada de ti. De hecho, odié cada segundo de esto y, honestamente, solo estaba contando los minutos para que todo acabara', pensó la chica. Sin embargo, se forzó a sonreír y contestó: "Dawson, lo único que quiero es que seas feliz".
El celular del hombre sonó. Él contestó, transformando su expresión al instante.
"Kenzie, ¿qué pasa? Tranquila".
Ellery podía oír la voz frenética y llorosa al otro lado de la línea, que decía: "¡Tengo miedo! Me secuestraron... Estoy en una azotea... ¡En un lugar que no ubico!".
"Quédate en la línea. Te estoy rastreando en este momento. Ya voy para allá", contestó su interlocutor, poniéndose pálido.
Tras eso, encendió el vehículo, piso el acelerador a fondo y maniobró el volante con tal violencia que Ellery se estrelló contra la ventanilla del asiento del copiloto. Su cabeza golpeó la ventana, produciendo un chasquido nauseabundo, que la hizo experimentar un fuerte dolor, mientras sentía algo cálido y húmedo gotear por su sien.
Dawson no se dio cuenta. Sus ojos estaban fijos en el GPS de su tablero, y sus nudillos blancos sobre el volante. En ese momento era un hombre poseído, y su única realidad era la voz aterrorizada que había escuchado en su celular.
Recorrió la ciudad en minutos, un borrón de semáforos y bocinazos. Detuvo el auto con un chirrido cuando llegaron al estacionamiento de un hotel de lujo. Acto seguido, salió corriendo hacia los elevadores, antes de que su acompañante pudiera siquiera desabrocharse el cinturón de seguridad.
"¡Quédate aquí!", indicó el jefe, pero Ellery ya lo estaba siguiendo, con la cabeza palpitando.
Los dos irrumpieron en la azotea. Allí, un matón corpulento sostenía a una aterrorizada Kenzie cerca del abismo. Pero algo andaba mal: el rostro del criminal le resultaba familiar a la joven. El atacante era el hijo de un contratista al que su padre había arruinado años atrás, un hombre que culpaba a los Evans y, por extensión, a los Parks, de la ruina de su familia.
Al verlo, Dawson se congeló, y un destello de confusión apareció en sus pupilas. Luego, sonrió lenta y fríamente, pues entendió que ese no era un secuestro al azar, sino un mensaje. Y él sabía cómo manejarlo.
"¿Quieres dinero? ¿Es eso? Patético", comenzó, en un tono que goteaba desprecio, mientras daba un paso al frente. Luego hizo algo que le heló la sangre de Ellery. Le rodeó la cintura con un brazo, y la atrajo hacia él.
"¿Quieres lastimarme?", prosiguió Dawson, en un tono lo suficientemente alto para que el hombre la oyera. Señaló a su asistente y declaró: "Esta es mi novia. La mujer que amo".
Acto seguido, se inclinó sobre su empleada y, con los labios rozándole la oreja, le susurró al oído: "Sígueme la corriente. Camina conmigo. Ahora".
Tras eso, comenzó a retroceder, jalando a su empleada con él, sin quitarle los ojos de encima al matón.
Ellery vio las maquinaciones en la mirada de Dawson: estaba creando una distracción, un nuevo objetivo. Entonces, supo que iba a sacrificarla. Iba a intercambiar su vida por la de Kenzie, sin dudarlo.
El plan funcionó a la perfección. El atacante, con los ojos desorbitados por la rabia y la desesperación, vio su oportunidad: soltó a Kenzie y se abalanzó sobre Ellery.
Para la última, todo sucedió muy rápido. Un momento estaba en los brazos de Dawson y, al siguiente, una mano áspera le tapaba la boca y un brazo musculoso le rodeaba el cuello y la jalaba hacia atrás. Sintió su espalda golpeando el frío e implacable concreto del borde. Por un segundo que le paró el corazón, se tambaleó sobre el abismo, mientras percibía las luces de la ciudad como una borrosa mancha.
Luego, no hubo nada, más que la sensación de caer. El viento rugía ensordecedoramente en sus oídos, tragándose cualquier otro sonido. Ella sintió que estómago se le revolvía y su corazón martilleaba contra sus costillas, en un tamborileo frenético y salvaje.
Ellery cerró los ojos. En ese momento aterrador, un pensamiento, claro y frío, atravesó su pánico. 'Él me mataría por ella'.
Dawson había visto al matón abalanzarse sobre ella, y lo había dejado pasar. De hecho, la había usado como escudo humano, un peón desechable para asegurar la seguridad de su preciosa e idealizada Kenzie. Los doce años de su vida, los interminables días y noches de su servicio, no significaban nada para él. Eso le dejó en claro que la veía como una pérdida aceptable.
Lo siguiente que percibió fue el olor estéril y antiséptico de un hospital; un pitido suave y rítmico llenaba el aire. Ella parpadeó varias veces, mientras sus ojos luchaban por adaptarse a las nuevas luces fluorescentes.
Una enfermera le estaba revisando el suero y, al verla despierta, le sonrió y le dijo: "Bienvenida de nuevo. Es usted una joven muy afortunada".
"¿Qué... pasó?", preguntó Ellery, en un susurro ronco.
"Cayó desde una gran altura", contestó la otra, en un tono práctico. "Pero aterrizó en una red de seguridad que el hotel había instalado para los limpiadores de ventanas. Terminó con unas cuantas costillas rotas y una conmoción cerebral, pero vivirá. El hombre que cayó con usted no tuvo tanta suerte, pues no aterrizó en la red".
La joven cerró los ojos, mientras procesaba esas palabras. Su agresor no había caído en la red. No tenía dudas de que Dawson sabía de esta.
Una realización le causó un escalofrío: él no solo había dejado que la atacaran, sino que había calculado sus probabilidades de supervivencia. Sabía que había una posibilidad de que ella sobreviviera, mientras se aseguraba de que la amenaza para Kenzie fuera eliminada permanentemente. No fue una decisión impulsada por el pánico en el último segundo, sino un cálculo frío y despiadado.
Instantes después, la puerta de su habitación se abrió y él entró. Se veía cansado y su traje caro estaba arrugado. Sin perder tiempo, se acercó a su cama, con una expresión mezcla de preocupación y molestia.
Acto seguido, extendió la mano para tocarle la mejilla, pero ella apartó la cabeza.
Dawson se quedó con la mano congelada en el aire y dejó escapar un largo y cansado suspiro. Luego, agarró la mano de la mujer con firmeza y le preguntó en un tono suave: "¿Me estás culpando?".
Ella no respondió.
"Vamos, Ellery", musitó él, adoptando el tono infantil al que recurría cuando quería algo. "No te pongas así. Estaba asustado. Kenzie estaba en peligro".
"Sabías de la red", dijo, su secretaria, en voz plana, mientras se zafaba lentamente de su agarre.
Dawson se quedó quieto, soltó una risita cargada de incredulidad y respondió: "¿De esto se trata todo? ¿Estás enojada porque te salvé? ¿Crees que dejaría que le pasara algo a mi protectora?".
La audacia de esas palabras, la forma en la que él torció su acto egoísta en una especie de noble sacrificio, fue asombrosa.
'Tú solo me ves como tu empleada', pensó Ellery. Sin embargo, solo se limitó a susurrar: "Deberías irte. Kenzie debe estar aterrorizada, así que seguramente te necesita".
Él pareció reflexionar sobre esas palabras y luego asintió, aliviado de tener una excusa para irse.
"Tienes razón. Está hecha un desastre. Volveré cuando tenga tiempo", contestó. Tras decir eso, se dio la media vuelta y se fue.
Nunca volvió. En los días que siguieron, Ellery lo veía ocasionalmente desde su ventana, caminando por los jardines del hospital con Kenzie. Con ella, se comportaba como una persona diferente: era gentil, atento y le complacía todos sus caprichos. Por ejemplo, le daba helado, le ponía su chaqueta sobre los hombros cuando temblaba, y se besaban, larga y lentamente, ajenos al mundo que los rodeaba.
Las escenas de la pareja no le causaban ni celos ni desamor a Ellery, solo una profunda e insondable sensación de alivio. Y el día que la dieron de alta, se encontró a los novios en el pasillo.
Kenzie, adoptando una expresión de dulce preocupación, corrió a su lado, la agarró del brazo y exclamó: "¡Ya estás bien! Dawson, deberíamos llevarla a casa, ¿no crees?".
La sonrisa en su rostro era la misma que Ellery había llegado a esperar, salamera y falsa, un marcado contraste con el grosero mensaje de texto que le había enviado.
En el auto, Kenzie parloteaba sin cesar, y mantenía su mano posesivamente sobre el muslo de Dawson. Ellery se instaló silenciosamente en el asiento trasero, como un fantasma en su nuevo y perfecto mundo.
De repente, la primera se giró hacia Dawson y, con expresión seria, le preguntó en un tono que era la mezcla perfecta de inocencia y ansiedad: "¿Tienes... a alguien más? ¿Otra novia?".
En el interior del vehículo se instaló un profundo silencio. El hombre apretó el volante con fuerza, pues era un pésimo mentiroso.
"Por supuesto que sí", intervino Ellery, con una sonrisa de complicidad, antes de que su jefe pudiera balbucear una excusa.
La otra giró bruscamente la cabeza y abrió mucho los ojos. Dawson miró a su asistente con una expresión de pánico por el espejo retrovisor.
"¿Quién?", quiso saber Kenzie, con voz aguda.
"Tú", contestó Ellery, mirándola fijamente y ensanchando su sonrisa.
Con eso, comenzó a tejar una hermosa y elaborada mentira. Le contó a Kenzie cómo, durante doce años, Dawson nunca había dejado de amarla. Cómo hablaba de ella durante horas, y cómo percibía a cada mujer que conocía como una pálida imitación suya. También describió su anhelo, su devoción y su creencia inquebrantable de que estaban destinados a estar juntos.
Cuando terminó, la otra estaba llorando, con el rostro enterrado en el hombro de su novio. Estaba completa y absolutamente conquistada.
Dawson dejó a su pareja primero. Cuando se quedó a solas con su empleada, detuvo el auto y, con una expresión mezcla de confusión e ira, la agarró de la muñeca y le preguntó: "¿Qué fue eso? ¿A qué estás jugando?".
"¿No era eso lo que querías?", inquirió Ellery con tranquilidad. "¿Una historia de amor perfecta? Solo te estaba ayudando a venderla".
Él se le acercó tanto que sus caras quedaron a centímetros. Escrutaba su rostro, en busca del menor signo de dolor o celos.
"Ni siquiera estás un poco triste. ¿Por qué?", soltó en un gruñido bajo y frustrado.
'Porque nunca fui feliz. Porque no te amo y nunca lo he hecho', pensó, la chica, sintiendo que el agotamiento la invadía. Pero no lo dijo, pues sabía que no tendría sentido. Él no lo entendería.