Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Fantasía > Su Amor, Mi Condena Eterna
Su Amor, Mi Condena Eterna

Su Amor, Mi Condena Eterna

Autor: : Caitlin Gabriel
Género: Fantasía
Mi conciencia regresó de golpe, despertando al familiar aroma a pino y tierra húmeda. Frente a mí, las figuras de Alejandro y Vladimir se alzaban, como fantasmas de una pesadilla eterna. Y a mi lado, Carla, mi mejor amiga, la voz de la traición que resonaba en mi memoria como un eco helado. "¡Sofía, mira! ¡Son increíbles! ¿A quién elegimos?" Su sonrisa, su emoción superficial y esos ojos fijos en Vladimir, me recordaron la primera vez, el comienzo de mi infierno. Un nudo de pánico se formó en mi garganta, la visión vívida de su mano en mi espalda, el empujón frío. "Lo siento, Sofía", su susurro helado mientras caía hacia el vampiro, sus colmillos hundiéndose en mi cuello. Recordé el grito de furia de Vladimir, no hacia mí, sino hacia ella, mi traidora. La estúpida creencia en una amistad que sólo existía en mi mente me había matado una y otra vez. Pero esta vez, mi corazón gritaba: "¡No otra vez!" No esperé. Me di la vuelta, ignorando a Alejandro y la confundida Carla. Caminé directamente hacia Vladimir, la figura fría y silenciosa. "Cásate conmigo", su voz fue una simple declaración, una oferta de escudo. Acepté su pacto de sangre, sabiendo que sería diferente. Pero cuando desperté, de nuevo, en una cama de hospital, me dijeron que todo fue "un sueño". Intenté creerme la mentira, hasta que encontré la daga de plata, y Carla susurró con una sonrisa fría: "Dale mis saludos a tu Rey... Vladimir". El mundo dejó de tener sentido; estaba atrapada, los límites de la realidad borrosos. Cuando Dmitri, el vampiro cruel de mis "sueños", apareció en las ruinas mayas y me arrastró a un portal, supe que no había escape. En su fortaleza, me arrebató la voz, y mi furia silenciosa solo creció. Sentada en el suelo, viendo a Dmitri en el trono de Vladimir, mi corazón se rompió. Pero entonces, en un estallido, Vladimir apareció, furioso y ensangrentado. "Aléjate de mi esposa", su voz, un rugido de ira. Él había vuelto. Había vuelto por mí.

Introducción

Mi conciencia regresó de golpe, despertando al familiar aroma a pino y tierra húmeda.

Frente a mí, las figuras de Alejandro y Vladimir se alzaban, como fantasmas de una pesadilla eterna.

Y a mi lado, Carla, mi mejor amiga, la voz de la traición que resonaba en mi memoria como un eco helado.

"¡Sofía, mira! ¡Son increíbles! ¿A quién elegimos?"

Su sonrisa, su emoción superficial y esos ojos fijos en Vladimir, me recordaron la primera vez, el comienzo de mi infierno.

Un nudo de pánico se formó en mi garganta, la visión vívida de su mano en mi espalda, el empujón frío.

"Lo siento, Sofía", su susurro helado mientras caía hacia el vampiro, sus colmillos hundiéndose en mi cuello.

Recordé el grito de furia de Vladimir, no hacia mí, sino hacia ella, mi traidora.

La estúpida creencia en una amistad que sólo existía en mi mente me había matado una y otra vez.

Pero esta vez, mi corazón gritaba: "¡No otra vez!"

No esperé. Me di la vuelta, ignorando a Alejandro y la confundida Carla.

Caminé directamente hacia Vladimir, la figura fría y silenciosa.

"Cásate conmigo", su voz fue una simple declaración, una oferta de escudo.

Acepté su pacto de sangre, sabiendo que sería diferente.

Pero cuando desperté, de nuevo, en una cama de hospital, me dijeron que todo fue "un sueño".

Intenté creerme la mentira, hasta que encontré la daga de plata, y Carla susurró con una sonrisa fría: "Dale mis saludos a tu Rey... Vladimir".

El mundo dejó de tener sentido; estaba atrapada, los límites de la realidad borrosos.

Cuando Dmitri, el vampiro cruel de mis "sueños", apareció en las ruinas mayas y me arrastró a un portal, supe que no había escape.

En su fortaleza, me arrebató la voz, y mi furia silenciosa solo creció.

Sentada en el suelo, viendo a Dmitri en el trono de Vladimir, mi corazón se rompió.

Pero entonces, en un estallido, Vladimir apareció, furioso y ensangrentado.

"Aléjate de mi esposa", su voz, un rugido de ira.

Él había vuelto. Había vuelto por mí.

Capítulo 1

Mi conciencia regresó de golpe.

El olor a pino y tierra húmeda llenó mis pulmones, un olor que había llegado a odiar con toda mi alma. El aire frío se aferraba a mi piel, haciéndome temblar. Abrí los ojos lentamente, y la familiar escena del claro del bosque bajo la luna me recibió. Era real. Estaba sucediendo de nuevo.

Un nudo de pánico se formó en mi garganta. No, no otra vez. Por favor, no.

Frente a mí estaban las dos figuras que definieron mi miseria. A la derecha, Alejandro, el líder de la manada de lobos, con su sonrisa carismática y su aire de poder salvaje. A la izquierda, Vladimir, el señor de los vampiros, tan pálido y hermoso como una estatua de mármol, con una frialdad que parecía congelar el aire a su alrededor.

Y a mi lado, Carla, mi mejor amiga, mi hermana del alma, la que me traicionó.

"¡Sofía, mira!" su voz sonaba exactamente como la recordaba, llena de una emoción superficial. "¡Son increíbles! ¿A quién elegimos?"

Sus ojos brillaban, fijos en Vladimir. En mi vida anterior, su fascinación por la belleza etérea del vampiro fue instantánea.

"Ese", susurró ella, señalando a Vladimir con un movimiento de cabeza. "Es tan guapo, parece un príncipe de un cuento de hadas oscuro".

Pero entonces, Alejandro dio un paso al frente, y su presencia dominante la hizo dudar. Él le sonrió, una sonrisa que prometía poder y adoración. En mi primera vida, esa sonrisa la había asustado, y ella había corrido a esconderse detrás de mí, empujándome a elegir primero.

Esta vez, la historia se desviaba ligeramente. Carla, al parecer, también recordaba algo, o quizás su naturaleza superficial simplemente la hacía más audaz. Miró de Alejandro a Vladimir, sopesando sus opciones como si estuviera en un centro comercial.

Un recuerdo fugaz, tan afilado como un trozo de vidrio, atravesó mi mente. Yo, corriendo por los pasillos oscuros de la fortaleza de los lobos, con el corazón martillándome en el pecho. Carla, suplicando ayuda desde su celda. Y luego, en el puente de piedra, con los guardias de Vladimir persiguiéndonos, su mano en mi espalda.

"Lo siento, Sofía", su voz, un susurro helado.

Y luego el empujón.

Caí hacia el vampiro que nos perseguía, su rostro una máscara de sorpresa antes de que sus colmillos se hundieran en mi cuello. El último sonido que escuché fue el grito de furia y dolor de Vladimir, no dirigido a mí, sino a Carla.

Sacudí la cabeza, alejando el recuerdo. El dolor fantasma en mi cuello era tan real que me llevé una mano a él.

"Yo..." Carla comenzó, mirando a Alejandro. "Creo que elijo..."

No esperé a que terminara. Sabía lo que iba a elegir. Su envidia por mi posición como Reina de la manada, una posición que odié cada segundo, la había consumido. Ahora, ella quería ese poder para sí misma desde el principio.

Con cada fibra de mi ser gritando en protesta, me di la vuelta. Ignoré la sonrisa triunfante de Alejandro y la mirada confundida de Carla. Caminé directamente hacia la figura silenciosa y fría que se mantenía apartada.

Me detuve frente a Vladimir.

Sus ojos rojos me examinaron, sin emoción aparente, pero con una intensidad que me hizo sentir desnuda. No dije nada. No había nada que decir. Mi acción lo había dicho todo.

Detrás de mí, escuché a Carla correr hacia Alejandro, su risa emocionada resonando en el silencioso bosque.

"¡Seré tu reina!" exclamó ella.

Una pequeña sonrisa, amarga y cansada, se dibujó en mis labios. Pobre e ingenua Carla. No tenía idea del infierno que acababa de elegir. No sabía nada de las otras "compañeras" del Alfa, de la crueldad casual, de la lucha constante por la atención de un líder que se aburría tan fácilmente como un niño con un juguete nuevo. No sabía el precio que yo había pagado por ese trono vacío.

Yo, en cambio, había elegido lo desconocido. O más bien, lo que creía desconocido. En mi primera vida, mi interacción con Vladimir fue casi nula, hasta el final. Pero en ese último momento, en su grito, había escuchado algo más que la furia de un cazador al que le roban su presa.

Vladimir extendió una mano pálida y elegante. No tocó mi piel. Simplemente flotó en el aire, una invitación silenciosa.

"Ven conmigo", su voz era un murmululo profundo, sin la calidez fingida de Alejandro. Era una simple declaración de hechos.

Asentí, y lo seguí hacia la oscuridad de su territorio.

El aire cambió al instante. El olor a pino fue reemplazado por el de piedra fría y polvo antiguo. El castillo de Vladimir se alzaba frente a nosotros, una estructura gótica que parecía arañar el cielo nocturno. Era intimidante, silencioso, muerto. Pero por alguna razón, me sentía más segura aquí que en el bullicioso y "vivo" campamento de los lobos.

Mientras cruzábamos el umbral, una extraña debilidad me invadió. La luz de la luna, que se filtraba por un alto ventanal, de repente se sintió abrasadora en mi piel. Un grito ahogado escapó de mis labios mientras sentía un ardor agudo en mi brazo expuesto.

Antes de que pudiera reaccionar, el brazo de Vladimir me rodeó la cintura y me jaló bruscamente hacia la sombra más profunda del pasillo. El movimiento fue tan rápido que me quedé sin aliento.

"Los humanos son frágiles", dijo, su voz todavía monótona, pero su agarre era firme, protector. "La luz de la luna en este mundo quema la piel no acostumbrada".

Me apoyé contra la pared fría, con el corazón latiendo con fuerza, no por miedo, sino por la sorpresa. Él me había salvado. Un simple acto, una reacción instintiva. Y en ese pequeño gesto, encontré una pizca de esperanza. Quizás esta vida, esta elección, sería diferente.

Capítulo 2

Mientras Vladimir me guiaba por los interminables y silenciosos pasillos de su castillo, los recuerdos de mi vida pasada volvían a mí en oleadas. No eran meros pensamientos, eran sensaciones viscerales.

Recordé el día en que Carla fue encarcelada. La había encontrado llorando en su habitación, con el rostro hinchado y los ojos rojos. Me contó que Vladimir era frío, distante, que la ignoraba por completo. Él la había elegido, pero la trataba como a un mueble más de su lúgubre castillo. Su orgullo no podía soportarlo.

"No me toca, Sofía. Ni siquiera me mira", sollozó. "Soy como un fantasma para él".

Impulsiva y desesperada por cualquier tipo de afecto, había buscado consuelo en los brazos de uno de los guardias de Vladimir. Fue un error estúpido, un acto de desafío infantil. Vladimir no toleraba la deslealtad. No la mató. Hizo algo peor. La encerró en las mazmorras, en una celda de plata que quemaba su piel si la tocaba, dejándola sola con su arrepentimiento y el eco de sus propios sollozos.

Fue entonces cuando me envió un mensaje, a través de un cuervo mágico que cruzó las fronteras de los territorios. Una súplica desesperada.

"Sálvame, Sofía. Eres la Reina. Puedes hacer cualquier cosa. Por favor, por nuestra amistad".

Nuestra amistad. Esa palabra me había impulsado. A pesar de que mi vida como "Reina" de Alejandro era una pesadilla, a pesar de que él me trataba como una posesión y me recordaba constantemente mi lugar, reuní a los pocos lobos que me eran leales. Organicé un rescate suicida.

El recuerdo más vívido era el del puente de piedra que conectaba la torre de la prisión con el resto del castillo de Vladimir. Habíamos logrado liberar a Carla. Corríamos, con las alarmas sonando a nuestras espaldas. Podía escuchar los pasos rápidos y silenciosos de los vampiros acercándose.

"¡Más rápido!", le grité a Carla, tirando de su mano.

Ella tropezó y cayó. Me detuve para ayudarla a levantarse, poniéndome entre ella y nuestros perseguidores. Fue entonces cuando vi a Vladimir al final del puente. No parecía enfadado. Parecía... decepcionado.

"Lo siento, Sofía", susurró Carla detrás de mí.

Sentí su mano en mi espalda. No fue un empujón violento. Fue deliberado, calculado. Me desequilibró justo cuando el primer guardia vampiro llegaba a nosotros. Caí hacia él. El shock en el rostro del vampiro fue evidente. Sus instintos se apoderaron de él. El dolor fue agudo, cegador, y luego, la oscuridad.

Mi último pensamiento no fue de odio hacia Carla. Fue de una profunda y amarga estupidez. ¿Cómo pude haber sido tan ciega? Mi lealtad no significaba nada para ella. Para Carla, yo era solo una herramienta. Una herramienta que ya no le servía.

La estupidez. Eso era lo que me había matado. La estúpida creencia en una amistad que solo existía en mi mente. La ingenua idea de que la lealtad sería correspondida en un mundo regido por el poder y la supervivencia.

"Hemos llegado".

La voz de Vladimir me sacó de mi trance. Estábamos frente a un par de puertas de madera oscura, enormes y ornamentadas. Las abrió sin esfuerzo, revelando una habitación lujosa. Una cama con dosel, una chimenea crepitante y muebles elegantes que parecían no haber sido tocados en siglos.

Me quedé parada en la entrada, sin saber qué hacer.

Vladimir se giró hacia mí. Sus ojos rojos me estudiaron de nuevo.

"¿Por qué me elegiste a mí?", preguntó directamente.

Tragué saliva. "Porque no quería ser la reina de los lobos".

Era una media verdad.

Él pareció aceptarlo. Hubo un largo silencio. El único sonido era el crepitar del fuego.

"Cásate conmigo", dijo de repente.

Parpadeé, confundida. "¿Qué?"

"Cásate conmigo", repitió, con la misma voz monótona. No era una propuesta romántica. Sonaba como una transacción comercial. "Serás mi esposa. Mi Reina. Tendrás mi protección. Nadie en este castillo, ni en ningún otro territorio, se atreverá a tocarte".

Lo miré fijamente, tratando de encontrar alguna trampa, alguna intención oculta en su rostro inexpresivo. No encontré nada. Solo una oferta directa.

En mi vida anterior, había anhelado la protección. Como la compañera humana de Alejandro, siempre fui vulnerable. Cualquier lobo resentido podía desafiarme. Cualquier enemigo podía usarme como un peón. El poder que tenía era prestado, frágil.

La oferta de Vladimir era diferente. Era un escudo. Una fortaleza.

Pensé en Carla, en su risa emocionada mientras corría hacia Alejandro. Pensé en las noches de insomnio, en el miedo constante, en la humillación. Y luego pensé en esta habitación silenciosa y segura.

Quizás no sería amor. Quiz's no habría pasión. Pero podría haber paz. Podría haber supervivencia. Y en este momento, eso era todo lo que quería.

Además, una pequeña parte de mí, una parte que no quería admitir, sentía curiosidad. Curiosidad por el vampiro que había gritado mi nombre con tanta furia en el momento de mi muerte.

"Acepto", dije, mi voz más firme de lo que me sentía.

Una vida como la Reina de los Vampiros. No podía ser peor que ser el juguete del Rey Lobo. No podía.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022