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Su arrepentimiento después de divorciarse

Su arrepentimiento después de divorciarse

Autor: : Calv Momose
Género: Moderno
Estimado lectores, este libro ha reanudado las actualizaciones diarias. A Sabrina le tomó tres años completos darse cuenta de que su esposo, Tyrone, no tenía corazón. Era el hombre más frío e indiferente que jamás había conocido. Nunca le sonrió, y mucho menos la trató como su esposa. Para empeorar las cosas, el regreso de la mujer por la que él tenía interés solo le trajo a Sabrina los papeles del divorcio. Esta última sintió que se le rompía el corazón. Con la esperanza de que aún hubiera una oportunidad para trabajar en su matrimonio, preguntó: "Tyrone, hay una pregunta que me atormenta. ¿Todavía te divorciarías de mí te dijera que estoy embarazada?". "¡Por supuesto!", respondió él. Al darse cuenta de que no significaba nada para él, Sabrina decidió dejarlo ir. Firmó el acuerdo de divorcio mientras yacía en su cama de enferma con el corazón destrozado. Sorprendentemente, ese no fue el final para la pareja. Parecía que a Tyrone se le abrieron los ojos después de firmar los papeles. l hombre que una vez fue tan desalmado se arrodilló junto a su cama y rogó: "Sabrina, cometí un gran error. Por favor, no te divorcies de mí. Prometo cambiar". Sabrina sonrió débilmente, sin saber qué hacer...

Capítulo 1 Su bebé

"Señora, nuestro examen indica que su pared uterina es inusualmente delgada, lo que hace que la posición del feto sea precaria. Es esencial que tenga cuidado con su dieta y sus actividades físicas", explicó el médico, tendiendo un papel a Sabrina Chavez. "Tome esto. Vaya a buscar la medicina".

"Entendido, doctor", respondió Sabrina, tomando con cuidado la receta.

El médico recalcó: "Asegúrese de cuidarse bien. Esto es un asunto serio". Una pared uterina delgada puede aumentar el riesgo de aborto espontáneo. Es lamentable que muchas mujeres que sufren un aborto espontáneo se enfrenten a dificultades para volver a concebir.

"Gracias, doctor. Me cuidaré", le aseguró Sabrina, con una sonrisa decidida en los labios.

Llevaba tres años casada y había esperado con impaciencia a ese bebé durante el mismo tiempo; estaba decidida a hacer todo lo que estuviera en sus manos para protegerlo.

Al salir de la consulta, Sabrina recogió su medicina y se dirigió de nuevo a su auto.

El chofer puso en marcha el motor y la miró por el retrovisor. "Señora, el vuelo del señor Blakely está previsto que llegue a las tres de la tarde. Aún nos quedan veinte minutos. ¿Vamos al aeropuerto ahora?".

Sí, por favor".

La idea de reunirse con su esposo en solo unos minutos calentó el corazón de Sabrina, haciéndola sonreír.

Su marido, Tyrone Blakely, llevaba casi un mes fuera por negocios, y lo echaba mucho de menos.

Durante el trayecto, se encontró revisando una y otra vez el informe del embarazo, con la mano apoyada suavemente en el vientre.

En solo ocho meses, Tyrone y ella darían la bienvenida a su precioso bebé al mundo.

Estaba deseando compartir la feliz noticia con él de inmediato.

Una vez en el aeropuerto, el chofer estacionó el auto de forma estratégica. "¿Va a llamar ahora al señor Blakely?".

Mirando el reloj, Sabrina intentó llamar a Tyrone, pero la llamada quedó sin respuesta.

"Su vuelo debe de estar retrasado. Esperemos un poco más", sugirió ella.

A pesar de una larga espera, Tyrone no aparecía por ninguna parte.

Otra llamada, otro intento, pero de nuevo, sin respuesta.

"Sigamos esperando".

Los retrasos en los vuelos eran habituales, a veces incluso se alargaban un par de horas.

Dos horas más tarde, Sabrina volvió a marcar el número de Tyrone. El celular fue contestado con rapidez. "Tyrone, ¿ya aterrizaste?".

Se produjo un silencio inesperado, seguido de una voz femenina desconocida. "Lo siento. Tyrone está en el baño. Te devolverá la llamada más tarde".

Antes de que Sabrina pudiera responder, la línea se cortó de golpe.

Ella se quedó mirando el celular, confusa.

Hasta donde sabía, Tyrone no tenía ninguna asistente con él en este viaje.

Mirando la pantalla en blanco, Sabrina esperó ansiosa la llamada de su esposo.

Pronto pasaron diez minutos, pero él no se comunicó.

Cinco minutos más tarde, ella volvió a llamarlo.

Tras una larga espera, por fin contestaron al celular y una voz masculina familiar la saludó. "¿Sabrina?".

"Tyrone, ¿dónde estás? Te estamos esperando en el aeropuerto".

Hubo una pausa en la línea. "Lo siento, olvidé encender el celular después de aterrizar. Ya salí del aeropuerto".

La alegría de Sabrina se desvaneció al instante. "Entonces... te esperaré en casa. Hay algo que necesito hablar contigo".

"Bien. Yo también tengo algo que decirte".

"Le pediré a la cocinera que prepare tus platos favoritos para cenar".

"Cena sin mí. Tengo otros compromisos. Llegaré a casa más tarde".

Intentando ocultar su decepción, Sabrina aceptó. "De acuerdo".

Cuando estaba a punto de terminar la llamada, volvió a oírse la voz de la mujer. "Tyrone, lo siento. Olvidé informarte de que Sabrina llamó".

Sabrina sintió un vuelco en el corazón y frunció el ceño. Cuando estaba a punto de preguntarle a Tyrone por la mujer que había contestado, la llamada se cortó de golpe.

Mirando la pantalla del celular, Sabrina apretó los labios con decepción. Se volvió hacia el chofer y le dijo: "Volvamos a casa".

El empleado, al percibir su angustia, la llevó de vuelta.

A pesar de la agitación, Sabrina se obligó a comer por el bien de su bebé nonato.

La televisión estaba encendida en el salón.

Se sentó en el sofá con un cojín en los brazos y miró el reloj con frecuencia. No tenía ganas de ver lo que ponían en la televisión.

A las diez, el cansancio se apoderó de ella y se quedó dormida.

De repente, sintió que la levantaban.

Medio dormida, Sabrina percibió un aroma familiar mezclado con un toque de alcohol. "¿Tyrone?", murmuró.

Capítulo 2 Divorciémonos

"Soy yo", respondió Tyrone.

"¿Bebiste?", preguntó Sabrina.

"Bebí un poco con un amigo".

El sonido amortiguado del agua cayendo en el baño llenó la habitación. Sabrina hizo una mueca, pues su descanso había sido perturbado.

Poco después, el colchón se hundió cuando él se deslizó en la cama.

Una mano se posó en su cintura, dejando una sensación punzante en su piel.

"Uhm... Esta noche no...". Con los ojos cerrados, ella apartó su mano con somnolencia.

En el fondo, temía hacerle daño a su hijo nonato.

Él se quedó congelado un instante, antes de poner la mano en su espalda. "Duerme".

La somnolencia se apoderó de Sabrina y la llevó con ternura a un sueño tranquilo.

Cuando llegó la mañana y abrió los ojos, descubrió un espacio vacío a su lado en la cama. Solo quedaban las sábanas ligeramente arrugadas como prueba de que él había regresado a casa la noche anterior.

Una pizca de fastidio se coló en su interior. ¿Por qué se había dejado vencer por el sueño tan pronto?

Pero no importaba. Aún podía compartir la noticia con él más tarde.

Una vez terminada su rutina de higiene matutina, Sabrina se dirigió al armario y seleccionó un traje blanco para Tyrone. Teniendo en cuenta la alegre noticia de su embarazo, optó por una corbata de rayas rojas, que colocó sobre la cama.

Tyrone ya había vuelto de su carrera matutina y estaba tumbado en el sofá, vestido con su pijama. Al verla bajar las escaleras, dejó los papeles que tenía en la mano y comentó: "Es hora de desayunar".

Después del desayuno, Sabrina se armó de valor, con la voz llena de esperanza y felicidad. "Tyrone, tengo que darte una noticia".

Seguro que el anuncio de un bebé traería alegría, ¿verdad?

"Yo también tengo algo que compartirte", confesó él.

"De acuerdo, tú primero". La cálida y dulce sonrisa de la mujer llevaba un sutil toque de timidez.

"Sabrina, divorciémonos". Levantándose, Tyrone tomó el documento del sofá y se lo tendió. "Este es nuestro acuerdo de divorcio. Tómate tu tiempo para leerlo. Si tienes alguna duda o requisito, házmelo saber".

A Sabrina se le aceleró el corazón mientras lo miraba con expresión atónita.

Por un momento, su mente se quedó en blanco, dudando de sus propios oídos.

El tiempo pareció alargarse antes de que consiguiera balbucear: "¿Divorciarnos?".

¿Él le estaba sugiriendo el divorcio?

¿Qué lo impulsaba a considerarlo de forma tan abrupta?

La situación la tomó completamente por sorpresa.

"Los dos fuimos engañados esa noche. Nos obligaron a casarnos y no hicimos público el matrimonio. Como no hay amor entre nosotros, será mejor que lo dejemos", explicó Tyrone con indiferencia, como si estuviera hablando de tareas mundanas.

Sabrina palideció.

Sintió que se le encogía el corazón, lo que le dificultaba la respiración.

No podía ser.

Llevaba nueve años amándolo.

Se unió a la familia Blakely y se enamoró de él a los dieciséis años.

Llevaban tres años casados. Su amor por él solo se había hecho más fuerte.

Ella quería este matrimonio; no se lo impusieron.

Sin embargo, para él, la unión distaba mucho de ser perfecta.

Luchando por tragarse el nudo que tenía en la garganta, estabilizó la respiración. Mirándolo a los ojos, intentó mantener firme su voz. "¿No han sido buenos los últimos tres años? ¿Estás seguro de que quieres divorciarte de mí?". Le dolía el corazón al pronunciar esas palabras.

"Ya tomé mi decisión".

"Pero tus abuelos...".

"Yo me encargaré de ellos".

"¿Y si yo estoy...?". Quería decirle que estaba embarazada.

Impaciente, él la interrumpió: "Galilea volvió".

Las palabras fueron como una brutal puñalada en el corazón de Sabrina.

Aceptó el acuerdo de divorcio aturdida y dijo: "De acuerdo. Lo leeré".

¿Obligados a casarse? ¿Sin amor? Esas eran solo excusas.

Su frase final reveló la verdadera razón de su decisión.

Galilea Clifford había vuelto.

Capítulo 3 De esposa a hermana

Durante los últimos tres años, aunque Sabrina y Tyrone no habían anunciado públicamente su matrimonio, vivían juntos como cualquier otro matrimonio.

Cada mañana, ella elegía cuidadosamente el traje y la corbata de su marido, y luego emprendían juntos el camino al trabajo.

Por las noches, durante sus reuniones de negocios, él se tomaba un tiempo para llamarla y contarle lo que había hecho durante el día.

Todas las noches, se consolaban el uno en los brazos del otro, a veces se daban duchas íntimas, y siempre sellaban la noche con un tierno beso antes de dormir.

En ocasiones importantes, como su aniversario, el Día de San Valentín y su cumpleaños, él le hacía regalos bien pensados.

Siempre estaba dispuesto a cumplir sus deseos, sin importar cuáles fueran, pues era un hombre romántico.

Había cumplido con todos los deberes que se esperaban de un esposo ideal.

De hecho, incluso ella se dejó llevar por esa ola de alegría, convencida de que sus días estarían llenos de felicidad para siempre.

Pero un día, Galilea reapareció.

Y con su llegada, Sabrina sintió el inminente final de su feliz matrimonio.

¿Era la voz de Galilea la que escuchó por teléfono ayer?

¿Ya se habían puesto en contacto?

¿Habían pasado todo un mes juntos cuando él supuestamente estaba de viaje de negocios?

¿Regresaron al país juntos?

¿Había pasado la noche anterior con ella?

Mientras estos pensamientos daban vueltas en su cabeza, sintió que su corazón se hundía en un abismo de desesperación. Tyrone le había roto el corazón.

"No te preocupes, Sabrina. Aunque nos divorciemos, te seguiré considerando mi hermana, mi familia".

¿Hermana?

Habían estado casados y durmiendo en la misma cama durante tres años. ¿Y al final decía que la veía como a su hermana?

¿Cómo podía aceptar algo así?

"Ya hablaremos de eso más tarde". Con una sonrisa burlona dibujada en su rostro, ella apartó la mirada.

Tyrone se acomodó el cuello y le dirigió una mirada profunda e intensa. "Por cierto, ¿qué ibas a decirme?".

Sabrina revisó casualmente el acuerdo de divorcio que tenía en la mano, con una leve sonrisa en el rostro. "No te preocupes. Los diseños de la ropa de la próxima temporada ya se lanzaron. Quería discutir una idea contigo, pero ya se me ocurrió algo".

No había necesidad de decirle que estaba embarazada.

"De acuerdo, agradezco tu dedicación".

Sabrina era la directora de la marca del Grupo Blakely, y él confiaba plenamente en su habilidad.

Era una experta natural en su campo. Cualquier producto que tocaba, ya fueran joyas, ropa, videojuegos o aparatos tecnológicos, se volvía un éxito rotundo.

"Solo hago mi trabajo. Ahora, si me disculpas, tengo que irme a trabajar".

Ella respiró hondo, se recompuso y comenzó a girar, esforzándose por mantener la calma.

"Iremos juntos". Después de su declaración, Tyrone subió a cambiarse de ropa.

Sabrina se detuvo, con un nudo en la garganta y los ojos húmedos.

¿Cómo podía mantenerse tan tranquilo, pedirle el divorcio y luego invitarla a ir juntos al trabajo?

Su amor por ella no existía.

"Bueno. Como vamos a divorciarnos, es mejor que no te vean conmigo".

Dicho eso, salió rápidamente.

La impulsaba el miedo a perder la compostura en presencia de Tyrone.

Simplemente no podía permitirlo.

Después de todo, él solo aceptó casarse con ella creyendo que no le causaría problemas y que nunca se enojaría.

Sentía culpa por el hijo que llevaba en su vientre. Un niño destinado a nacer sin padre.

Mientras ella se alejaba, Tyrone frunció el ceño.

Al llegar al garaje, abrió la puerta del asiento del conductor y se subió. En lugar de encender el motor, abrió su Facebook.

Después de navegar un rato, se encontró con algo.

A Tyrone y a la mayoría de sus amigos no les gustaba compartir cosas en redes sociales, pero había algunas excepciones en su círculo social.

Eddie Dawson era una de ellas.

Sabrina se topó con una publicación suya de una cena, con la leyenda: "¡Bienvenida de vuelta al país, Galilea! ¡Se viene una boda!".

Agregó un emoji de celebración al final.

La ubicación indicaba el club al que solían ir.

Una lágrima cayó sobre la pantalla de su teléfono.

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