El brutal sol de junio caía con dureza, y el horizonte de Nueva York se distorsionaba en una bruma sofocante de calor.
Gabriella salió del rascacielos corporativo con la ropa manchada de sangre seca, mientras miraba el contrato de asociación firmado que tenía en la mano. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.
Había recibido una bala para cerrar ese trato.
Y sería lo último que haría por Damian Nunez.
Él la había cortejado sin descanso durante tres años. Estuvieron casados un año, hasta que él la miró a los ojos y le dijo que se había aburrido de ella. Al principio, la joven gritó, luchó y sollozó, pero solo recibió su burla fría y cortante. "Gabriella, te ves horrible. Me repugnas. Divorciémonos".
Más tarde la mujer descubrió que nunca fue solo aburrimiento: él había conocido a su supuesta alma gemela.
Damian no había puesto un pie en su ático de Tribeca en dos meses, desde el día en que mencionó por primera vez el divorcio.
No tenía sentido seguir alargando esto.
Gabriella se cambió la ropa manchada de sangre, paró un taxi amarillo y se dirigió a la sede en el centro de Manhattan. Luego, subió por el ascensor privado hasta la suite ejecutiva del último piso y, antes de llegar a la puerta del despacho, una suave voz femenina la dejó helada. Se colaba por la rendija de la pesada puerta de roble.
"Damian, basta... me vas a hinchar los labios".
Un dolor agudo y punzante le atravesó el pecho.
Para obligarse a soltar por completo sus sentimientos, empujó la puerta entreabierta y entró en la habitación.
El lujoso y extenso despacho se reveló ante sus ojos. Hayleigh Blair estaba sentada cómodamente en el regazo de Damian, con la cara enrojecida, los labios hinchados y marcados, una clara evidencia de lo que habían estado haciendo hacía solo unos instantes.
Era la hija biológica de la familia Blair que había acogido a Gabriella, la misma que siempre afirmó que ese matrimonio estaba destinado a ser suyo.
Cuando vio entrar a Gabriella, el pánico se apoderó de su joven rostro y se levantó rápidamente del regazo de Damian. "Hermanita, yo...".
La otra ni siquiera la miró. Se dirigió directamente al sólido escritorio de caoba, dejó sobre él el contrato de asociación firmado y, encima, un acuerdo de divorcio.
Solo entonces levantó la vista hacia el hombre frente a ella: Damian Nunez, el más rico de Nueva York. Llevaba una camisa negra a medida y pantalones, e irradiaba una elegancia relajada y clásica, con rasgos afilados e increíblemente atractivos. Debajo de su cabello oscuro y peinado hacia atrás, su rostro se contrajo en una mueca de frío disgusto mientras la miraba, una mirada que le provocó un dolor punzante en el pecho.
"La asociación corporativa está cerrada. El contrato está completamente ejecutado", dijo Gabriella, con una voz extrañamente tranquila, como si ese matrimonio no significara nada para ella. "Debajo está el acuerdo de divorcio. Ya lo firmé. Son las dos de la tarde. Vamos al juzgado a finalizar el divorcio hoy mismo".
Solo la palidez mortal de su rostro y la forma en que su delgada y frágil figura se balanceaba con inestabilidad sobre sus pies revelaban la agonía que sentía.
Un destello de sorpresa cruzó el rostro de Damian, que rápidamente dio paso a su habitual desprecio gélido. "Me sorprendes, Gabriella. La mitad de las empresas de Wall Street no lograron cerrar este trato, y tú lo conseguiste. Tengo curiosidad. ¿Cómo lo conseguiste exactamente?".
Su voz grave y arrastrada estaba cargada de desdén, como si ya estuviera seguro de que ella había utilizado medios deshonestos para asegurar el contrato.
La mujer apretó los puños a los costados y bajó la mirada por una fracción de segundo para ocultar el dolor en sus ojos. Soltó una risa fría y hueca. "Solo te importa el resultado final, ¿verdad, señor Nunez? ¿Por qué te preocupas por el proceso? ¿Vas a firmar los papeles del divorcio o no?".
Hayleigh miró al hombre con ansiedad y, con voz tensa y suplicante, dijo: "Damian, prometiste que te casarías conmigo. Este matrimonio nunca estuvo destinado a ser de ella en primer lugar; era mío. Ya estoy de vuelta y tienes que cumplir tu promesa".
Él levantó una mano, acariciando suavemente su mejilla, antes de mirar a Gabriella con una expresión oscura e indescifrable. "¿Casarme contigo? Por supuesto que lo haré. Voy a concretar el divorcio con esta mujer ahora mismo".
La ternura en sus ojos al mirar a Hayleigh atravesó el corazón de Gabriella como un cuchillo. En ese momento, comprendió con una sacudida nauseabunda que Damian nunca la había mirado con esa ternura. Ni una sola vez en todos sus años juntos.
"Sabía que siempre me elegirías a mí", susurró Hayleigh, acurrucándose feliz contra su pecho y lanzándole a Gabriella una sonrisa triunfante y desafiante por encima del hombro.
La otra bajó la mirada al suelo, negándose a mirar la escena que le partía el corazón. Apenas podía distinguir si el dolor ardiente provenía de la herida de bala en el costado o del que acababa de partirle el corazón.
Damian tomó el acuerdo de divorcio y pasó las páginas hasta llegar a la cláusula que Gabriella había modificado. Sus pupilas se contrajeron con violencia y su voz se volvió un murmullo grave y peligroso. "¿Estás renunciando a todos tus derechos sobre la fortuna de la familia Nunez? ¿Te vas sin nada? ¿Un corte limpio?".
Gabriella forzó las palabras entre dientes, con voz ronca y quebrada. "Si nos divorciamos, cortaremos los lazos por completo. No quiero nada de ti".
Una vez que tomó una decisión, nunca se echaba atrás.
Cuatro años. Sus cuatro años con él llegaban a su fin. Era hora de marcharse, para siempre.
El rostro de Damian se transformó mientras una tormenta de emociones contradictorias se agitaba en sus profundos ojos, aunque el desdén seguía siendo claramente visible. "Eso es muy tuyo, Gabriella. Siempre tienes que ser así de despiadada con todo. Vamos. Al juzgado".
Gabriella esbozó una sonrisa amarga. Así que esto era lo que ella siempre había sido para él.
Una hora más tarde, Gabriella y Damian salieron del Tribunal Civil de Nueva York. Cada uno sostenía en la mano una sentencia de divorcio finalizada.
Hayleigh esperaba ansiosa junto a la acera, con los ojos brillantes al ver los papeles del divorcio en la mano del hombre. Por fin se había ganado el derecho a ser su esposa, como era debido.
Fingió preocupación al mirar a su hermana. Algo había cambiado en la mujer: su belleza ahora se veía más impactante, pero tenía un aire frío y distante que intimidaba.
Siempre había envidiado esa cara. Por fin no tendría que volver a verla.
"La familia ya no te quiere, y te fuiste sin nada", dijo con una dulzura empalagosa. "¿Tienes siquiera a dónde ir?".
Para ella, Gabriella no era más que una pueblerina del Rust Belt de Ohio. Había sido una bendición para ella incluso poder entrar en el círculo de los Blair, pero todo había acabado.
La otra soltó una carcajada gélida. Incluso ahora, Hayleigh seguía fingiendo preocuparse por ella.
Los recuerdos la asaltaron, agudos e implacables. Cuando los Blair descubrieron que había sido cambiada al nacer, la enviaron a vivir con parientes lejanos en el Rust Belt en cuanto nació. Nunca la visitaron. Nunca se preocuparon por ella. Solo la trajeron de vuelta a Nueva York cuando cumplió dieciocho años, el mismo año en que conoció a Damian.
Hayleigh, la verdadera hija de los Blair, había sido encontrada dos años antes, e inmediatamente enviada a un internado privado de élite en Suiza, todo con el único propósito de convertirla en alguien digna del heredero de la vieja fortuna, Damian.
No fue hasta que Hayleigh regresó a Nueva York para siempre que Gabriella se enteró de la verdad: la familia había encontrado a su verdadera hija y ya no quería saber nada de ella.
Nunca la habían criado. Cortar lazos no significaba nada para ella. Solo volvió a Nueva York para averiguar qué había sido de sus padres biológicos.
También descubrió por fin por qué la habían enviado lejos en primer lugar: nunca fue una Blair, no de sangre.
Y solo unos días antes, escuchó hablar a los amigos de Damian: él conoció a la dulce e inocente Hayleigh en un viaje de negocios a Europa y se enamoró perdidamente a primera vista. Cuando esta volvió a Nueva York, iniciaron un romance apasionado.
Hayleigh incluso le envió a Gabriella fotos explícitas de ella y Damian en la cama, una y otra vez, solo para burlarse de ella, para humillarla.
Una rompehogares descarada y sin vergüenza.
Gabriella le lanzó una mirada helada. "No te molestes, señorita Blair. Adónde vaya no es asunto tuyo".
No le dedicó ni una mirada a Damian. Con la espalda erguida, paró un taxi y se subió. Cerró la puerta con un golpe seco.
Se marchó con esa determinación porque sabía la otra cosa terrible que Damian le había hecho.
Él apretó la sentencia de divorcio hasta que sus nudillos se pusieron blancos y se le hincharon las venas del antebrazo. Ella se había ido sin mirarlo ni una sola vez.
¿Pero por qué caminaba así? ¿Tan raro?
Se quedó mirando el taxi mientras desaparecía entre el tráfico de Nueva York, con la mirada fija en la carretera vacía mucho después de que se hubiera ido, sin poder apartar la vista.
"¡Damian, esto es perfecto!", exclamó Hayleigh, aferrándose a su brazo. "Esa pueblerina por fin se fue, y podemos estar juntos, como se debe, para que todo el mundo lo vea".
Estaba tan contenta que apenas podía esperar para llamar a sus padres y darles la buena noticia.
Un brillo frío cruzó por los ojos de Damian, pero su voz fue suave y tierna cuando habló. "Hayleigh, déjame llevarte a casa".
"¡Oh, qué maravilla!". Ella sonrió radiante. "Papá se pondrá muy contento cuando se entere de que estás divorciado. ¡Vamos a casa y contémosle la buena noticia ahora mismo!".
Los ojos de Damian se oscurecieron con una emoción que apenas podía contener, indescifrable para cualquiera excepto para él mismo. Miró a la dulce e inocente joven que tenía delante y sonrió con suavidad. "Por supuesto, Hayleigh. Vamos a decírselo a tu padre ahora mismo".
"¡Sí!". Hayleigh estaba eufórica. Por fin se había librado de Gabriella para siempre. Desaparecida por completo. Todo gracias al impecable plan de su madre, el que había logrado el divorcio de Damian y Gabriella de una vez por todas.
El hombre detuvo el auto frente a la gran casa de la familia Blair en el Upper East Side. Su celular zumbó en su bolsillo, mostrando en el identificador de llamadas al CEO de H.Y. Holdings. Le dijo a Hayleigh que saliera del carro y lo esperara dentro.
Ella asintió obediente, salió y esperó en los escalones de la entrada.
"¿Hola?", respondió Damian, con voz grave y ronca, y rasgos duros y fríos.
Una voz burlona, pero profundamente impresionada, se escuchó del otro lado de la línea. "Vaya, vaya. Tu directora de ventas tiene mucho valor. Se presentó en mi almacén con un cuchillo en mi garganta y me hizo firmar ese maldito contrato. Le puse una bala en el costado y ella se la sacó con sus propias manos delante de mí. Nunca he admirado a una mujer en mi vida, pero tu Gabriella... es única. ¿Sigue respirando?".
Las pupilas de Damian se contrajeron con violencia y la sangre se le heló. "¿Qué acabas de decir?".
Damian apretó el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y, sin perder un segundo, marcó el número de su asistente ejecutivo.
"¿Dónde está Gabriella Blair?", preguntó.
"Señor Nunez, hace un rato, la señorita Blair estuvo en la mansión. Agarró una maleta y se marchó".
Damian sabía que ella lo dejaría, pero nunca imaginó que desaparecería tan rápido. ¿Cómo podía irse así de rápido, herida y sin tener a dónde ir?
"¿Dijo a dónde iba?".
"No, señor. Pero fue recogida por un auto de lujo valorado en millones, y al volante iba un hombre guapo y obviamente adinerado".
Una frialdad glacial se apoderó de la mirada oscura de Damian. Lentamente, dejó el dispositivo sobre el escritorio. Su rostro se endureció en una máscara de indiferencia, pero por dentro, la rabia y el veneno se arremolinaban en su pecho.
'Apenas un día divorciados y ya anda paseándose con un bastardo rico. Nunca me amó, ¿verdad? Por eso me traicionó sin dudarlo', murmuró para sus adentros.
'Gabriella, de verdad que no tienes límites', pensó.
El hermano mayor de Gabriella, Andrew Carlisle, fue a recogerla y la llevó directamente a la Mansión Carlisle, la palaciega y fuertemente custodiada propiedad privada de la Fundación Carlisle en el corazón del Upper East Side de Manhattan. Andrew tuvo que irse por un asunto urgente de la fundación, dejándola sola en la mansión. Él no sabía que ella había recibido un disparo.
Gabriella se recostó en la suave cama king size hecha a medida, contemplando el entorno opulento y familiar de la suite en la que no había puesto un pie en cuatro años. Ya no podía soportar el dolor. Su rostro estaba mortalmente pálido, y el sudor frío le perlaba la frente y caía en gotas. El dolor punzante de la herida de bala en el costado, mezclado con el dolor aplastante en su corazón, era insoportable.
Permanecía allí débil y agotada, con los ojos cerrados y las largas pestañas temblando suavemente. No podía entenderlo. ¿Cómo era posible que dos personas que se habían amado tanto terminaran así, de repente y sin remedio?
Cada recuerdo de los últimos cuatro años con Damian desfiló por su mente: la mirada suave y tierna de sus ojos que una vez fue solo para ella, una que ahora pertenecía a otra persona para siempre. Ese pensamiento le provocó un dolor agudo y desgarrador en el pecho.
Al parecer, hasta los juramentos más sinceros tenían fecha de vencimiento.
Había otra razón por la que estaba tan decidida a finalizar el divorcio: estaba embarazada.
Pero Damian tenía ojos y oídos en todas partes; su alcance era infinito en Wall Street y Manhattan. Bajo ninguna circunstancia podía permitir que él se enterara del bebé.
Después de que le dispararan, se había arrancado la bala del costado con sus propias manos. Se negó a que la anestesiaran, aterrorizada de que pudiera dañar al bebé que crecía en su interior.
Su mente se desvió hacia la promesa que le hizo a su abuelo, el jefe de la Fundación Carlisle, todos esos años atrás. Finalmente había tomado su decisión: volvería a casa, ocuparía el lugar que le correspondía como la única heredera del legado Carlisle.
Por fin había dejado atrás esta relación rota para siempre. Era hora de volver a donde realmente pertenecía, de recuperar su verdadera identidad: Gabriella Carlisle.
Un mes después.
Era un día luminoso y soleado de principios de otoño.
Gabriella por fin se había recuperado de su herida. Salió de la Mansión Carlisle y se puso unos lentes de sol de diseñador de gran tamaño. Miró hacia el brillante cielo y sonrió ampliamente.
Durante un mes se había mantenido alejada aquí, cortando todo contacto con el mundo exterior.
Llevaba un elegante blazer carmesí a medida, los labios pintados de rojo intenso y una sonrisa rebelde y libre. Subió al sedán de lujo que la esperaba en la acera y le dio al chofer una sola instrucción: la sede del Grupo Nunez. Iba a recoger lo último que quedaba de sus cosas de su oficina.
Frente al rascacielos del Grupo Nunez, Gabriella abrió la puerta del auto y se topó de frente con Damian, que acababa de salir del edificio. A su lado estaba Hayleigh, con una sonrisa suave y recatada, y el brazo entrelazado con el de él.
Cuando vio la mirada tierna y amorosa que él le dedicaba a esa mujer, sintió una punzada en el pecho, y su mano se cerró en un puño apretado instintivamente.
Hayleigh la miró de reojo, y un destello de sorpresa cruzó su rostro. '¿Qué hace ella aquí?', pensó. Pero su expresión se suavizó al instante y le dedicó una sonrisa desafiante y triunfante. "¡Gabriella, cuánto tiempo sin verte!", saludó con una voz tan dulce que resultaba empalagosa.
La otra la ignoró por completo.
Damian miró a Gabriella con una sonrisa burlona y despectiva, y su mirada pasó por delante de ella hasta el sedán de lujo estacionado tras su ex. Sus ojos se cruzaron, y su mirada aguda y penetrante se posó, casi imperceptiblemente, en el costado de ella, donde había estado la herida de bala.
Soltó una carcajada fría y aguda, con el disgusto arremolinándose en el fondo de sus ojos. "Vaya que te das la gran vida. Recibiste una bala en el costado y sigues de pie, caminando como si nada hubiera pasado. Tienes suerte de estar viva".
Un dolor agudo y punzante atravesó el pecho de Gabriella. El corazón que él le había roto no se había entumecido; le dolía más que nunca, ahora que lo había dicho en voz alta. "Mis disculpas por no morir y decepcionarte", respondió ella con un tono gélido y carente de emoción. "Solo vine a recoger mis cosas de la oficina, y luego me iré".
Damian la miró con frialdad y sin emoción, y sus ojos se volvieron más oscuros, más gélidos, más sanguinarios a cada segundo. "No me extraña que te fueras sin nada en el divorcio, Gabriella. Ya tenías a tu próximo patrocinador esperándote, ¿verdad? Eres una desvergonzada".
Esas palabras la hirieron como puñales. Levantó la vista hacia su rostro cruel y burlón, y soltó una carcajada fría y amarga. "Tú le fuiste infiel a tu esposa mientras aún estabas casado, señor Nunez. ¿Y tienes el descaro de llamarme desvergonzada a mí?".
Pasó entre ellos, con la espalda perfectamente recta, y caminó hacia las puertas de cristal del Grupo Nunez.
La furiosa voz de Damian retumbó detrás de ella, firme e implacable: "¡Gabriella! ¡Detente ahí mismo!".