Narrado por Brienna Clarks
El correo llegó con el sonido del anuncio en la pantalla, justo cuando intentaba concentrarme en un informe que llevaba horas estancado.
El asunto tenía ese tono rígido que solo usaba el señor Cavendish cuando algo lo sacaba de su calma habitual. "Urgente". Nada más.
Ese tipo de mensajes siempre me tensaban, pero este me heló por dentro porque él estaba a más de tres mil kilómetros, disfrutando sus vacaciones de Navidad, lejos de oficinas, juntas y responsabilidades.
No esperaba que me necesitara, y tampoco esperaba que esa necesidad cayera sobre mí justo ahora, cuando faltaba una semana para Navidad y tenía la ilusión de pasarla tranquila, sin pensar en él más de lo que ya pensaba a diario.
Abrí el correo con las manos frías. Dadas las fechas, algo me decía que mis vacaciones podrían verse afectadas.
"Clarks. La necesito en North Ridge hoy. Asunto confidencial. Confirme de inmediato."
Era escueto, directo, sin detalles que me permitieran imaginar qué podría haber ocurrido. Era tan propio de él que casi pude escuchar su voz, esa manera en que pronunciaba mi apellido como si lo evaluara cada vez o dictara una sentencia.
Tres meses trabajando para Lucan Cavendish y aún no conseguía manejar del todo la forma en que mi cuerpo reaccionaba a su cercanía. No era miedo, nunca lo había sido, ni siquiera el día en que lo vi por primera vez y descubrí que en persona tenía una presencia que ninguna fotografía podía captar. Lo había admirado durante años, y aun así, cuando estaba frente a él, mis manos temblaban como si no encontraran un punto firme donde sostenerse. No era una sensación desagradable; era algo más complejo, una mezcla de tensión y calma que me afectaba sin avisar, como si su presencia tocara partes de mí que prefería mantener bajo control.
Respiré hondo antes de responder. Sabía que no podía decir que no, aunque lo deseara con todo mi corazón. Sabía que mi deber era acudir, pero también sabía que ese viaje me ponía en una situación peligrosa. Mis pastillas se estaban acabando. El paquete nuevo llegaría en dos días y mi cuerpo ya comenzaba a resentir la falta.
Las omegas en celo sin supresores eran un desastre. Una amenaza. Una exposición que no podía permitirme. Lucan no sabía nada de lo que yo era. Había trabajado muy duro para ocultarlo. Lo hice por necesidad, no por vergüenza. Ser omega significaba vulnerabilidad en manos equivocadas, y demasiados alfas en este mundo creían tener derecho sobre nosotras. Pero él no era así. Por esa razón acepté el trabajo. Por esa razón lo escogí a él entre todos. No me asustaba. Me hacía sentir vista, aunque él no lo supiera.
Respondí con rapidez. "En camino, señor Cavendish." Apenas envié el mensaje, su respuesta apareció casi al instante.
Me quedé inmóvil, sin saber qué pensar. Él nunca respondía rápido. Nunca.
Era alguien que manejaba los tiempos a su manera, que respondía cuando quería, no cuando yo lo requería.
"El avión privado la espera en una hora. Puerta 12. No se retrase."
Sentí el pulso acelerarse.
Una hora.
No tenía margen para nada. Ni para preparar equipaje, ni para volver a casa, ni para asegurarme de que tendría suficientes pastillas para mantener mi cuerpo bajo control y que no saliera a flote mi olor. Maldije en voz baja mientras recogía mis cosas y guardaba el portátil. No podía hacer nada. Si quería conservar el empleo -y más que eso, si quería conservar la seguridad de estar cerca de él sin arriesgarme a perder el control-, tenía que correr.
Tomé mi abrigo y caminé a paso rápido hacia la salida del edificio. Las luces del pasillo parecían más frías que de costumbre, o quizá era el peso de la noticia lo que hacía que todo se sintiera más distante. Mientras esperaba el ascensor, escuché a un par de compañeras hablar a mis espaldas con esa ligereza que siempre me daba envidia.
"¿Supiste lo de Cavendish? Parece que ya escogió novia." Reí sin querer, una risa sin alegría que me arañó la garganta.
Llevaba semanas escuchando ese rumor. Que si era una empresaria del norte, que si era una alfa poderosa, que si por fin sentaría la cabeza.
Me molestaba más de lo que admitiría jamás. No tenía derecho a sentir celos, pero estaban ahí, golpeando justo donde más dolía.
Él era mi jefe. Nada más. Un crush absurdo que no llevaba a ninguna parte. Y aun así, me dolía pensar que algún día otra mujer compartiría lo que yo jamás tendría.
El ascensor llegó y entré sin mirar a nadie. Cuando las puertas se abrieron, salí disparada. Necesitaba llegar a casa y recoger lo mínimo indispensable
Intentaba no pensar demasiado en el viaje ni en lo que significaba salir de la ciudad con tan poco aviso. Él estaba lejos, disfrutando sus vacaciones, y la idea de que me necesitara en ese lugar sin explicación alguna me dejaba inquieta. No imaginaba qué podía requerir de mí, ni cuánto tiempo tendría que quedarme, ni si alcanzaría a volver para Navidad como había planeado. Solo sabía que debía llegar, hacer mi trabajo y regresar antes de que mi cuerpo empezara a fallar por la falta de pastillas.
El invierno siempre volvía todo más difícil. No solo por el celo, también por la forma en que cualquier omega podía intensificarse sin querer, incluso con supresores. Yo llevaba años manejándolo de la única manera que me daba tranquilidad: aislándome en diciembre, alejándome de reuniones, fiestas y espacios cerrados, evitando a los alfas tanto como podía. Era una rutina que me había funcionado, un sistema discreto para sobrevivir sin llamar la atención. Pero esta vez no tenía opción. Las pastillas estaban por agotarse y el viaje me obligaba a moverme justo en la época en la que más vulnerable me sentía.
Corrí hacia la parada del taxi y levanté la mano con desesperación. El tráfico estaba denso, como si toda la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para entorpecer mi día. Cuando por fin uno se detuvo, me lancé al asiento trasero y le pedí al conductor que me llevara a mi apartamento lo más rápido posible. Iba mirando el reloj cada pocos segundos, intentando calcular si alcanzaría a cambiarme de ropa, a recoger mis documentos, a revisar si quedaba alguna pastilla escondida en algún cajón.
Llegamos a mi edificio y subí las escaleras casi sin aliento. No había tiempo para elegancia ni para orden. Tomé una maleta pequeña y metí lo básico. Ropa térmica, un par de suéteres, lo necesario para sobrevivir a unos días de trabajo en un clima que yo detestaba, aunque él lo amara tanto.
Busqué desesperada el frasco de pastillas.
Solo quedaban dos. Dos.
No alcanzaban para todo el viaje si algo se complicaba. No quería admitir que me temblaron las manos, pero lo hicieron. Guardé el frasco y cerré la cremallera de la maleta, sintiendo una presión incómoda en el estómago.
Por favor... que esto sea algo rápido, no puedo estar al lado de un Alfa sin mis pastillas... Debo ser positiva, quizás es algo de un día para otro, a lo mejor... es de ir y venir de una vez. ¡Pero decía urgente!
Mientras bajaba de nuevo al taxi, intenté convencerme de que todo estaría bien. Que sería un asunto rápido, que él no estaría demasiado cerca, que podría mantener la calma. Pero otra parte de mí sabía que no sería tan simple. Él nunca pedía ayuda sin motivo. Si me requería en North Ridge, debía ser por algo serio
Quise odiarlo por arruinar mis planes, por poner en riesgo lo que había logrado mantener oculto durante años. Pero no podía. La simple idea de verlo de nuevo hacía que mi pecho se calentara, y ese era el problema. Yo era una mujer que debía esconder su naturaleza. Él era un alfa que jamás tendría una razón para mirar a una asesora como algo más que una pieza funcional en su agenda. Y aun así, el solo hecho de imaginar su voz al otro lado de la puerta de esa cabaña me hizo desear que el viaje no fuera tan corto.
Llegué a la terminal con apenas minutos de margen. La puerta 12 estaba al final, solitaria y silenciosa, como si el mundo hubiera decidido apartarse para dejarme a solas con mi decisión. El avión esperaba encendido, elegante y discreto, como todo lo que él hacía. Caminé hacia la escalerilla sintiendo el peso de cada paso. No sabía cuánto tiempo estaría allí, no sabía qué necesitaba él realmente, pero sí sabía que mis pastillas no alcanzarían y que mi cuerpo ya daba señales de que el invierno estaba tocando fibras sensibles.
Subí al avión y me dejé caer en el asiento con algo de ansiedad.
Ya llevaba un par de días sintiendo esos avisos silenciosos que siempre intentaba ignorar. No llegaban de golpe, solo se instalaban en mi cuerpo con una paciencia incómoda.
Empezaba con una sensación tibia bajo la piel, algo que se movía despacio y me hacía consciente de cada respiración. Luego venía esa inquietud sutil en el pecho, como si me faltara un poco de aire cuando no había motivo para ello. Podía estar sentada trabajando y, de repente, la ropa me rozaba distinto, demasiado presente, demasiado cerca. A veces el pulso se aceleraba sin explicación, un ritmo que no obedecía a mis pensamientos, y entonces sabía que los supresores estaban perdiendo terreno.
También me costaba mantener la mente enfocada; las ideas se dispersaban con una facilidad que me molestaba, como si mi cuerpo marcara el ritmo y mi cabeza tuviera que seguirlo.
Lo peor era esa presión baja en el abdomen, suave y constante, una alarma de que diciembre siempre me alcanzaba, aunque intentara esconderme de él. Era un estado que no podía compartir con nadie y que solo yo entendía, porque la lucha era interna, callada, y cada año me dejaba con la sensación de que estaba perdiendo un poco más de control.
Narrado por Brienna Clarks
North Ridge parecía un punto perdido entre picos blancos y árboles cubiertos por capas gruesas de nieve. No había nada alrededor salvo viento y silencio.
Apenas bajé las escalerillas, el frío me golpeó con una fuerza que me hizo sentir que estaba entrando en otro mundo. Un coche oscuro esperaba con las luces encendidas, el motor funcionando y las ventanas empañadas. El chofer me saludó con un gesto rápido y me abrió la puerta trasera. Apenas subí, arrancó sin decir nada.
Apoyé la cabeza en el vidrio mientras el coche avanzaba por la carretera angosta. La nieve caía sin detenerse, pesada, constante, movida por un viento que parecía querer arrancarlo todo. Yo trataba de mantener la calma, aunque dentro de mí las cosas se movían de una manera que no tenía control.
En la radio hablaban de la tormenta más grande del invierno, esa que venía formándose días atrás y que, según el locutor, podía desatarse en cualquier momento de la madrugada. Cuando escuché esas palabras, mi cuerpo reaccionó como si alguien hubiera encendido una alarma. Llevaba pocas pastillas, estaba al borde de diciembre, y lo último que necesitaba era quedar atrapada allí sin posibilidad de regresar a tiempo.
Me quedé mirando el paisaje, aunque no había mucho que ver. Todo era blanco. Montañas blancas, caminos blancos, árboles blancos. El mundo entero parecía cubierto por la misma manta interminable. Era imposible saber dónde estábamos o cuánto faltaba.
El chofer permanecía concentrado en la carretera, ajustando la calefacción de tanto en tanto mientras la radio seguía insistiendo en que los vuelos podrían cancelarse si el clima empeoraba. Sentí un nudo en la garganta. Comencé a rogar mentalmente que el viento cediera, que la tormenta no cayera tan pronto, que pudiera volver antes de que mi cuerpo tomara el mando de una forma que no podía permitir.
El viaje se alargó más de lo que imaginé. Las horas parecían mezclarse con el sonido del motor y la oscuridad que iba tragándose el cielo.
¿Qué tan lejos quedaba esto de la civilización?
Cuando por fin las ruedas tocaron un tramo de camino más estable, supe que estábamos llegando. El chofer anunció que faltaban unos minutos y sentí cómo el corazón me golpeó el pecho con fuerza. No sabía qué esperaba encontrar. Solo sabía que él me había pedido estar allí y que algo urgente debía estar ocurriendo.
La propiedad apareció entre los árboles como una sombra enorme y elegante, iluminada por luces cálidas que contrastaban con la noche helada. El coche se detuvo frente a la entrada y dos personas salieron enseguida, abrigadas de pies a cabeza. Me recibieron con amabilidad, tomaron mi maleta y me hicieron entrar.
El interior estaba caliente y acogedor, un alivio después de tantas horas entre nieve y viento.
Me guiaron hasta un salón amplio, con muebles bien distribuidos y una chimenea encendida. Se sentía el calor agradable del lugar.
Me ofrecieron té, café, chocolate, agua; acepté un té solo para tener algo entre las manos. Luego me entregaron un portafolio oscuro.
-El señor Cavendish pidió que recibiera esto al llegar y que se pusiera de una vez con ella, que tiene prioridad-comentó una de las mujeres.
-¿Él no está aquí?
-No, señorita Clarks. Salió hace unas horas. Regresará esta noche -respondió ella con amabilidad.
Urgente.
Me llama desde miles de kilómetros.
Me obliga a tomar un avión privado en una hora.
Y él no está.
Tragué saliva. No servía de nada enojarme, pero la sensación estaba ahí, firme, ardiendo como si algo dentro de mí se hubiera torcido sin permiso. Me quedé sola en el salón, con el portafolio en las manos. Me senté en el sofá y lo abrí con cuidado, aunque sentía que ya sabía lo que iba a encontrar. Algo en mí se preparaba desde hacía días para enfrentar la realidad que tanto había evitado.
Cuando vi los documentos, la vista se me nubló. Tuve que parpadear varias veces para poder leer. La palabra "compromiso" aparecía escrita en la primera página. Luego los nombres. Su nombre. Y el de ella.
Isaelle Moonridge.
La heredera menor de una de las familias alfa más influyentes. Competente, respetada, hermosa según todo lo que había visto en revistas. Perfecta para un acuerdo empresarial de alto nivel. Perfecta para él.
Me llevé una mano al rostro sin poder evitarlo. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas y odié esa reacción inmediata, esa fragilidad que no sabía si venía del corazón o del cuerpo que ya empezaba a desobedecerme.
Se casaba. Era cierto. Lucan se casaba.
Volví a mirar las carpetas. Pedían que preparara una presentación detallada para la familia Moonridge.
Debía organizar todos los puntos relacionados con su manejo público, la reputación corporativa involucrada, el protocolo social, la comunicación discreta y todo lo referente a esa unión estratégica.
Él quería que todo estuviera listo antes de anunciar el compromiso.
Me temblaron las manos. No sabía si era por los síntomas que ya reconocía demasiado bien o porque mi crush estaba a punto de casarse con una alfa extraordinaria de una familia poderosa. Tal vez era ambas cosas. Esa mezcla extraña de pena y necesidad que diciembre siempre traía conmigo.
Me levanté y le pregunté a uno de los empleados dónde estaba el baño. Necesitaba un momento sola. El peso en mi pecho no dejaba de crecer.
Entré, cerré la puerta y respiré hondo varias veces, intentando recuperar fuerza. Las lágrimas cayeron sin que pudiera detenerlas. Me limpié el rostro con rapidez, sintiendo ese calor incómodo en la piel que no debía tener tan pronto.
Era demasiada tensión para mi cuerpo si las pastillas seguían fallando.
Me quedé unos segundos apoyada en el lavabo, solo buscando tener el control suficiente para salir con dignidad.
Cuando abrí la puerta del baño, aún tenía el corazón acelerado. Caminé hacia el salón con la intención de tomar otra carpeta y continuar revisando, pero me detuve al escuchar el golpe del viento entrando por la puerta principal. Me giré y allí había un hombre.
Él.
Lucan entró cargando el equipamiento de esquí sobre un hombro, sacudiéndose la nieve del abrigo con un gesto cansado. Dejó caer el casco sobre una mesa cercana y se quitó los guantes con una brusquedad que me hizo recordar todas las veces en las que lo vi trabajar sin descanso. Su cabello estaba húmedo por la nieve y, cuando se pasó la mano por él para alejarlo del rostro, algo en mi pecho se tensó de una forma que conocía demasiado bien. No supe si era culpa de diciembre o de lo que sentía desde que lo conocí.
Se encorvó ligeramente para desatar las fijaciones de las botas y luego se enderezó al verme. Sus ojos se detuvieron en los míos con ese peso que siempre lograba dejarme sin palabras.
Una sonrisa breve, casi escondida, apareció en su rostro. Una que nunca mostraba en público, pero que yo tenía el placer de ver de vez en cuando.
-Clarks, qué bueno que ya estás aquí -dijo mientras dejaba el resto del equipo en el suelo sin preocuparse por el desorden que estaba creando.
Me quedé inmóvil. No sabía si responder, acercarme o simplemente respirar hondo para mantener el control. La piel me ardía de manera incómoda, pero mantuve la expresión neutra. Él se acercó un poco más, relajado, como si acabara de salir de una tarde tranquila y no de un fin de semana de negociaciones que estaban a punto de cambiar su vida y destrozar la mía.
Lucan se quitó el abrigo y lo dejó sobre un sillón. El salón quedó lleno de su presencia, ese aroma suave mezclado con frío que traía de la nieve, ese aire seguro que tenía incluso cuando estaba cansado. Yo seguía con los documentos en la mano y él los miró un instante, como si así confirmara que ya entendía el motivo de mi llegada.
Preferí quedarme en silencio; cualquier palabra habría salido inestable. Él tampoco preguntó si estaba bien. Solo me observó, como si buscara algo en mi rostro. Yo forcé una respiración lenta para sostenerme. Mi cuerpo estaba demasiado sensible y la cercanía de un alfa tan fuerte no ayudaba. Sobre todo, ese alfa.
-Espero que tu viaje haya sido agradable, te necesito lista, vamos a trabajar toda la noche, es la única manera en la que podrás irte mañana antes de que la tormenta te atrape aquí. Y yo también debo ir a otro lugar, mi vuelo sale mañana a las nueve. ¿Crees que podríamos terminar todo esta noche?
-Yo...-¿por qué se incluía? Era algo que podía hacer yo sola sin su presencia constante, juro por Dios que estoy acostumbrada a trabajar con su cercanía, ¡pero las fechas no ayudaban! Lo que sí me daba un gran alivio era saber que él estaba al tanto de la tormenta y procuraba que yo no me quedara aquí atrapada-. No necesito que se quede, señor. Puede descansar.
-De eso nada, no voy a dormir mientras tú te desvelas, además, debo asegurarme de que lo hagas esta noche, porque mañana debo partir con el-levantó una mano y las dos mujeres regresaron de nuevo-. Preparen la cena, estaremos en mi despacho, que no se nos moleste para nada.
-Sí, señor.
-Pueden recoger sus cosas, el chofer las llevará a sus hogares luego de la cena.
-Gracias, señor.
Las mujeres desaparecieron por donde mismo llegaron, Lucan tomó las cosas y señaló su despacho.
-Vamos, debemos empezar. Será una larga noche, Clarks.
Narrado por Brienna Clarks
El despacho de Lucan estaba al fondo del pasillo, aislado del resto de la casa. Lo seguí, intentando ordenar mis ideas, pero cada paso en esa alfombra gruesa parecía recordarme que estaba entrando en un lugar donde él imponía sus reglas sin esfuerzo.
Cuando abrió la puerta y me cedió el paso, sentí cómo el ambiente cambiaba. El calor de la chimenea, el aroma tenue a madera, el silencio firme que lo acompañaba siempre. Era el tipo de espacio donde un hombre como él trabajaba sin interrupciones y sin piedad.
Lucan cerró la puerta y dejó caer el abrigo sobre una silla. Había recuperado el aliento después del esquí, pero su cuerpo seguía mostrando ese desgaste atractivo de un alfa que había pasado horas enfrentando el frío sin debilitarse. Llevaba un suéter oscuro que marcaba la fuerza de sus hombros y la forma de sus brazos, y el cuello alto dejaba ver apenas la línea de su mandíbula. La luz cálida del despacho resaltaba la dureza de sus rasgos: el puente recto de la nariz, la sombra breve de barba que siempre terminaba saliéndole al final del día, y esos ojos grises que parecían medirlo todo sin mostrar grietas.
Me obligué a respirar con calma para que ese efecto no me derribara. Las pastillas estaban actuando, pero no lo suficiente. Sentía un hormigueo bajo la piel desde que él entró al salón, como si mi cuerpo registrara su cercanía antes que mi mente. Diciembre siempre complicaba las cosas, pero aquella noche todo era más intenso.
Lucan se acercó al escritorio y señaló la mesa larga de reuniones.
-Trabajaremos aquí. Siéntate.
Obedecí y me acomodé en una de las sillas. Él tomó los documentos que había dejado antes y abrió la primera carpeta. La postura de su cuerpo hablaba de concentración, pero yo sentía que cada movimiento suyo alteraba el aire a mi alrededor.
Un Alfa... una Omega a punto de entrar en celo, una combinación catastrófica, más cuando todo lo que deseo es ocultarlo, por mi seguridad, por mi libertad.
Si descubre, por alguna razón, que yo soy una omega, mi vida cambiará para siempre. Y no para bien.
-Quiero que revisemos esto punto por punto -dijo mientras pasaba una hoja-. No puedo permitirme errores con la familia Moonridge. Quieren garantías, protocolo, una imagen impecable. Y he dejado que el tiempo corra, sin darme cuenta de que esto ya no puedo retrasarlo más. Pensé que podría ser para año nuevo, pero todo indica que no. Es la razón de que estés aquí. Podría haberlo hecho, pero exigen un grado de precisión al que no quiero verme fallando. Esto es importante.
Asentí, tomando notas, aunque todavía tenía la vista algo nublada por el impacto emocional de saber que él realmente iba a casarse. Me forcé a leer en voz baja algunos apartados, tratando de ignorar la presión leve en el abdomen. Mi cuerpo ya empezaba a mostrar señales de que el tiempo corría en mi contra.
La noche avanzaba y el viento seguía golpeando las ventanas. Él caminaba alrededor de la mesa con pasos seguros, siempre pendiente de los detalles. Yo trataba de concentrarme en cada punto, pero había momentos en los que su cercanía me obligaba a tragar saliva.
Cuando se inclinaba para ver lo que estaba escribiendo, su brazo quedaba a unos centímetros del mío, y ese calor, tan propio de los alfas, me recorría entera. Era injusto. Ningún supresor lograba apagar del todo lo que despertaba mi cuerpo cuando un alfa se acercaba así, y menos uno como él.
-El comunicado necesita un tono más formal -comentó mientras se inclinaba sobre mi hombro. Su respiración me rozó el cuello, cálida, firme. Mi estómago se contrajo con una fuerza que me dejó sin aire.
Intenté mantener la calma, pero mi mano tembló ligeramente sobre el bolígrafo. Él lo notó porque sus ojos bajaron hacia mis dedos. No dijo nada, solo tomó el papel y escribió una frase alternativa. Lo vi mover la mano y sentí como si la temperatura del despacho hubiera subido. Su cuerpo estaba demasiado cerca y yo empezaba a perder la noción de cuánto tiempo llevaba sentada allí con él.
-¿Te sientes bien? -preguntó sin apartar la vista del documento, como si necesitara la respuesta sin mirarme directamente.
-Sí -mentí con voz suave-. Es el cansancio.
Él asintió, pero su mirada pasó por mi rostro un segundo más, como si algo en mí no encajara con la explicación. Me obligué a retomar el trabajo, concentrarme en el texto, respirar profundo.
La presión en el abdomen iba y venía, el pecho se me llenaba de un calor extraño y la piel reaccionaba al más mínimo roce. No era peligroso aún, pero era incómodo. Esa sensación sutil que anunciaba el comienzo de algo que llevaba semanas intentando retrasar.
Seguimos avanzando con las carpetas.
Había momentos en los que nuestras manos chocaban sin querer mientras movíamos documentos, y esa descarga leve que me recorría el brazo me hacía querer alejarme y acercarme al mismo tiempo. Él parecía no notarlo, pero había algo en su postura que cambiaba apenas nuestras pieles se tocaban. No decía nada, aunque a veces respiraba profundo, como si necesitara ordenar sus sentidos antes de continuar.
-Lee esto -dijo pasándome otro documento.
Cuando tomé la hoja, sus dedos rozaron los míos, apenas un segundo, pero mi pulso respondió al instante. No podía permitir que él lo notara. Me moví un poco hacia atrás y fingí acomodar mis papeles. Él me observó un momento, como si analizara un detalle que no lograba entender.
La tormenta afuera parecía volverse más fuerte. El viento rugía sin descanso y la nieve golpeaba los ventanales con insistencia. En cualquier otro momento habría sentido miedo de quedar atrapada allí. Ahora solo pensaba en lo cerca que él estaba y en lo mal que me venían esas sensaciones mientras intentaba mantener el control.
Lucan se quitó el suéter en algún punto, quedándose con una camiseta oscura de manga larga que marcaba la forma de su torso. Sentí un calor inesperado en el pecho cuando lo vi mover los brazos para ajustar la tela. Él no parecía notarlo, y yo agradecí que estuviera tan concentrado en los documentos como para no ver cómo mis mejillas se calentaban. Era absurdo, pero verlo así, relajado, con ese aire varonil que siempre proyectaba, me afectaba de una manera casi obscena.
Pasaron horas sin que lo notáramos. El reloj avanzaba y la sensación de encierro hacía que todo fuera más intenso. Él caminaba de un lado a otro, se inclinaba para tomar notas, se acercaba para revisar mis correcciones. Su aroma era una mezcla tenue de ropa limpia, frío; me hacía sentir un tirón interno que amenazaba con salirse de control.
Deseo.
Esa era la segunda fase al inicial mi celo.
Sé que todo esto iba yendo muy deprisa, y era por la presencia de un Alfa.
Lo normal sería que lograra pelear, aunque sea un poco con esto, pero había algo a lo que no estaba costumbrada, y eso era estar cerca de un Alfa cuando mi celo daba comienzo.
Me afectaba... Tenerlo cerca aceleraba mi celo y debilitaba mi resistencia.
-Esto debe estar perfecto -murmuró mientras apoyaba una mano en la mesa justo al lado de la mía-. No podemos permitir que la familia Moonridge tenga dudas sobre cómo vamos a manejar esto.
Asentí mientras sentía el calor de su cuerpo tan cerca que la piel me hormigueó de nuevo. No podía moverme, no podía alejarme sin que se notara, y tampoco quería hacerlo. Me quedé quieta, consciente de cada parte de mi cuerpo, de los síntomas que empezaban a despertar, de lo complicado que sería sostener una noche entera así.
Mi boca se secaba, sentía mis pezones endurecerse y me quedaba mirando demasiado tiempo el movimiento de sus labios al hablar.
¿Cómo se sentiría besarlo? ¿Cómo podría... lograr llegar a esos labios? Era imposible, no solo era mi jefe, mi crush, sino que ahora estaba prometido a alguien más, en mis manos estaban acuerdos, anuncios y una promesa de una unión que desataban una fuerza empresarial jamás antes vista, sin mencionar la perfecta combinación de genes, linaje.
Era como unir dos puntos de la realeza, formando una unión esperada, casi ancestral. Contra eso no se podía competir.
Llegó un momento en el que se agachó a mi lado para revisar un párrafo que estaba reescribiendo. Su rodilla rozó mi pierna y una corriente caliente me recorrió desde el abdomen hasta el pecho. No supe si él lo sintió también, porque permaneció en esa posición unos segundos más de lo necesario. Su respiración estaba tan cerca de mi oreja que tuve que cerrar los ojos para no perder el control.
Deseaba sentir su toque, una mano sobre mi piel, calmar el ardor que crecía entre mis piernas y lograr controlar esta necesidad tan natural como inquietante.
Ansiaba cualquier contacto, por mínimo que fuese... tan solo un toque, y podría calmarme y al mismo tiempo despertar del todo estas ganas que venían como torrente debido a mi inicio del celo.
-Así está mejor -dijo con voz más baja de lo habitual. Luego se incorporó despacio, como si evaluara mi reacción.
Yo apreté las manos sobre la mesa. Sentía mi cuerpo demasiado despierto y la presión interna avanzaba con una claridad que me asustó.
Si esto continuaba, no podría seguir fingiendo que todo estaba bajo control.
Deseaba tenerlo cerca, pero este deseo no era sensato, era parte del descontrol que desataba mi celo.
Incluso mis pensamientos ya actuaban en mi contra.
Después de varias horas, logramos terminar la última revisión. Él dejó las carpetas cerradas sobre el escritorio y respiró profundo, cansado, parecía satisfecho. Yo aparté mis notas y me obligué a mantener la compostura.
Debía sentirme aliviada de que al fin nos íbamos a alejar... Pero solo llegaba la angustia de tenerlo lejos.
-Buen trabajo -dijo mientras recogía algunos documentos-. Con esto basta. Mañana ya no tendrás que hacer nada más. -¿Era una despedida? Lucan miró el reloj y tomó su abrigo-. Saldré temprano. Mi vuelo está programado para las nueve. El tuyo es a las diez. No habrá margen para retrasos, así que asegúrate de descansar. -Quise responder con algo profesional, pero la voz estaba atrapada en mi garganta y tenía miedo de decir algo que me delatara, como un "calme mi calor esta noche. Quédese un poco más, por favor". Por suerte, nada de eso salió de mis labios. Él me sostuvo la mirada un instante, como si buscara una señal de agotamiento o malestar. Yo me limité a asentir para no mostrar lo mucho que me afectaba su cercanía y también que ahora se alejara.
-Nos vemos por la mañana, Clarks.
Abrió la puerta del despacho. Por Dios... ya se iba. Y antes de marcharse por completo, volvió la cabeza apenas un instante hacia mí.
Ese segundo bastó para que mi cuerpo reaccionara otra vez, mordí mis labios para no gemir, conteniéndome todo cuanto podía. Con una mirada, con esa maldita mirada, mi loba ya quería saltar hacia él e implorar por ser marcada.
Que condena.
Recogí todo rápidamente y me marché a la habitación asignada, sin imaginarme que todo olía él. Cada parte de este espacio llevaba su aroma, su marca.
¿Era así estar en territorio de Alfa?
Meterme a la cama no un proceso largo, pero sí la peor de las ideas.
Mi cuerpo empezó a dar vueltas y más vueltas, restregándome en su olor. Tarde me di cuenta de que ese comportamiento no era normal. Tomé el bolso con manos temblorosas y saqué una pastilla, la metí a toda prisa en mi boca, suplicando para que me calmara.
Nunca se había desatado mi celo con esta rapidez.
Era su presencia. Yo sabía que era eso.