Me di la vuelta y miré la poca ropa que llevaba puesta. ¿Cómo es que todo esto había ocurrido y por qué estaba haciéndolo?
Podría haber pedido un trabajo en una tienda de conveniencia o haberme postulado como coreógrafa, lo cual se suponía que era mi meta en un principio. No me importaba si tenía que hacer estriptis o probarme diferentes atuendos, nunca me importó. Todos tenemos diferentes formas de pagar nuestras deudas y esta es una de ellas, así que no me avergüenzo por hacer eso. Además, es una manera rápida de hacer dinero, pero, aun así, no es lo que había planeado.
-¿Vienes, ardilla, o te quedarás mirando tu c*lo todo el día? -me preguntó Esperanza riendo y pasando por mi lado.
«Ardilla», así era como me habían apodado desde que había llegado ahí. De hecho, era un apodo que me perseguía desde el jardín de infantes hasta ahora. Me empezaron a llamar así por mis «esponjosas» mejillas.
Conocía a Esperanza desde hacía muchos años, pero nos convertimos en mejores amigas solo cuando empezamos a trabajar juntas. Después de ir y venir entre una casa y otra terminé quedándome en el hogar comunitario en el que había estado desde que era una bebé. Por desgracia, nunca conocí a mis padres y tuve pocas oportunidades en mi vida, así que, en mi adolescencia, me prometí a mí misma que sería una mujer exitosa. Mi meta era terminar la secundaria, la universidad y luego conseguir un buen trabajo como coreógrafa, pero, obviamente, la vida no funciona de esa manera. Ni siquiera yo pude haber predicho que terminaría trabajando como bailarina de estriptis en un club nocturno a la joven edad de veintiún años.
-Escuché que los hermanos Escobar estarán en el salón VIP privado hoy, incluso Cristian -comentó mi amiga con voz cantarina mientras aplicaba su labial en sus perfectos labios carnosos.
La miré sospechosamente, intentando descifrar si acaso ella sabía algo de lo que había estado ocultándole. Sus hermosas y largas trenzas caían perfectamente sobre sus cabellos. Esperanza era hermosa y todos lo sabían, incluso los hermanos Escobar.
Cuando mencionó a Cristian, sentí la calentura llegar a mi rostro y miré hacia otro lado de inmediato. Él... el mismo hombre que me había hecho gritar su nombre hacía tan solo dos meses. Nunca fui una chica de aventuras de una sola noche. Sin embargo, aquella vez ambos nos emborrachamos y terminó llevándome a su oficina donde finalmente nos ac*stamos juntos.
«Si tan solo las chicas lo supieran».
«Si tan solo su padre lo supiera».
Nuestro jefe, Lucas Escobar, tenía muchos negocios y el club de estriptis era uno de ellos. De vez en cuando, él y sus tres hijos se reunían con sus socios comerciales y hoy era uno de esos días. Las que trabajábamos en el club no éramos para nada tontas y sabíamos exactamente qué tipo de negocios tenían, pero ninguna estaba lo suficientemente loca como para decirlo en voz alta y soltarlo así nada más. Lucas Escobar era un hombre amable y cálido que me había dado un trabajo al segundo de conocerme. Era como una figura paterna para todas las chicas y un hombre de negocios respetable para muchos.
Sus hijos, sorprendentemente, eran todo lo contrario a él. Jorge, el mayor, era un completo témpano de hielo. Nunca hacía contacto visual con ninguna de nosotras y su opinión quedaba bastante clara. En realidad, todas sabíamos lo que pensaba sobre nosotras. El segundo hijo era Víctor, alguien que todos conocían. Era amable y alegre, pero, de cierto modo, demasiado infantil. Era un mujeriego y conocía bien a las mujeres. Veía todo y a todos como un reto y odiaba perder.
El menor de todos era Cristian, quien era incluso más frío que Jorge, algo que en realidad creía imposible hasta antes de conocerlo. Después de hacerlo conmigo, me sacó fuera de su oficina sin siquiera mirarme. Aunque era el menor, era el heredero de todos los negocios de los Escobar y, probablemente, eso se debía a su personalidad directa y seria. La diferencia entre Jorge y Cristian era que el primero tendía a aislarse mientras que al otro nadie se le acercaba por miedo. El hecho de que apenas pasaba tiempo aquí pese a ser el heredero lo hacía incluso más intimidante. Aunque todas las chicas se humillaran a sí mismas para obtener un segundo de su atención, yo hacía mi mejor esfuerzo para evitarlo. Por eso, me sentí avergonzada después de que me echara así, como si yo fuera un pedazo de carne, como si no valiera nada. Pero, bueno, así era él y yo lo sabía de antemano.
-Las estábamos esperando, chicas -gritó Laura, asomando la cabeza por la puerta. Aparte de mi mejor amiga, ella era la única persona en este lugar con quien realmente me llevaba bien. Todas las otras chicas eran groseras o demasiado malhumoradas como para interactuar conmigo. Solo velaban por sí mismas, así que veían a todas las demás como competencia en su camino. Por fortuna, Lucas no era tan estricto, así que apenas nos regañaron por haber llegado un poco tarde, algo que pasaba con bastante frecuencia.
-Ya mismo salimos -grité y jalé el brazo de mi amiga.
La intenté sacar por la puerta con todas mis fuerzas mientras ella intentaba aplicarse su lápiz labial hasta el último segundo. Después de que ambas saliéramos de los vestidores, nos unimos a las demás chicas y todas estuvimos perfectamente alineadas en la oficina de Lucas.
Sin embargo, no era Lucas el que estaba parado allí, sino uno de los jóvenes que había intentado evitar a cualquier costo y el hijo de mi jefe, Víctor. Pasó por donde estaba Esperanza y dio unos pasos más para acercarse hacia mí hasta que estuvo justo al frente. Yo me sentí demasiado asustada como para mirarlo a los ojos, así que bajé la cabeza de inmediato para mirar mis pies. Lo escuché reír bajo.
-¿Siempre llegas tarde? -lo escuché preguntarme.
Sentí escalofríos por todo mi cuerpo. Definitivamente este no había sido mi día de suerte. Tanto Esperanza como yo habíamos llegado tarde, pero él decidió llamarme la atención solo a mí.
-L... lo siento, nosotras, bueno, yo... -tartamudeé, intentando explicarlo, pero no pude decir ninguna palabra más.
-Mírame cuando me hablas -ordenó y, al segundo, levanté la mirada y observé sus ojos.
Por alguna razón, esperaba que me gritara, pero no lo hizo. Tenía una brillante sonrisa en el rostro e inclinaba su cabeza mientras observaba cada detalle de mi expresión. Él acercó una de sus manos hacia mi mejilla y le dio un suave pellizco antes de que una risita se escapara de su boca. No era una risa de burla, más bien estaba incrédulo por mi actitud. Todas las demás chicas me miraron riendo y yo lo miré a él con bastante confusión.
-Solo estaba bromeando, ardilla, pero ahora que lo pienso podría convertir el molestarte en mi nuevo pasatiempo -comentó y liberó mi mejilla para retroceder.
-Eres tan afortunada -susurró mi mejor amiga mientras yo sobaba mi mejilla totalmente incrédula.
«¿Afortunada?». La verdad no sabía por qué. Para muchas chicas este hecho se habría considerado como un éxito, pero, para mí, que me gustaba quedarme en las sombras, eso era cualquier cosa menos fortuna. Y el que dijera que molestarme sería su nuevo pasatiempo se sintió peor.
-Como todas ustedes saben, hoy tenemos una reunión de negocios muy importante con un socio comercial potencial. El objetivo principal de hoy es asegurarnos de que él y su grupo pasen una buena noche para poder obtener su firma al final del día. La reunión se realizará en el salón privado y necesitaré que algunas de ustedes estén allí. Si no menciono su nombre, pueden bajar las escaleras y seguir trabajando como siempre con el resto de clientes -explicó Víctor moviéndose de un lado a otro.
Como siempre, mantuve la calma. Las reuniones de ese tipo pasaban con frecuencia y nunca me elegían de todos modos. A diferencia de las otras chicas, tampoco me importaba ser elegida. Todo lo que quería era regresar a mi trabajo usual para seguir haciendo dinero y marcharme. No tenía deseos de servir a nadie en una de esas reuniones privadas y Lucas lo sabía, así que nunca me había elegido.
Podía bailar y servir bebidas a extraños, pero, siempre que estaba en situaciones incómodas y extrañas, mi falta de habilidades sociales salía a flote. Lucas estaba consciente de eso. Teníamos un vínculo estrecho y él podía leer a través de mí. Por ello, no había razón para preocuparme.
-Las chicas que quiero que me acompañen son Laura, Andrea, Alba, Esperanza -dijo Víctor e hizo una pequeña pausa.
Como esperaba, probablemente mencionaría a Lila al final e iría a la reunión con las chicas que casi siempre elegía.
-Ah y ardilla -dijo entonces.
Sorprendida, levanté la mirada y me di cuenta de que Víctor y todas las demás me miraban. «¿Qué hice yo para merecer esa selección?».
-¿Y... yo? -farfullé.
Víctor asintió con la cabeza y dejó que todas las otras chicas salieran de la oficina. Yo todavía estaba perpleja y me había quedada congelada exactamente en el mismo lugar. «¿Yo?». Pudo haber elegido a cualquier otra, pero había decidido arruinarme el día. No me interesaba hacer de mesera, menos para hombres que probablemente estaban en la mafia, pero no me atrevería a contradecir a Víctor. A pesar de lo tranquilo que era, seguía siendo mi jefe.
-Los hombres que estarán aquí esta noche son duros y difíciles de manejar, pero confío en que cada una de ustedes hará un buen trabajo y no echará todo a perder -dijo él con una sonrisa de un millón de dólares.
Incluso si es que hablaba en serio, todavía seguía teniendo una gran sonrisa en el rostro.
-¿Estás nerviosa, ardilla? -me preguntó.
Lo observé con unos ojos agrandados, como si estuviera devolviéndole la pregunta. «¿Lo estaba?». Laura y Esperanza apoyaron su cabeza contra la mía para calmarme.
-¿Estarás allí? -le pregunté de inmediato.
De todas las personas con las que me sentía incómoda, él era una de las últimas en mi lista sorprendentemente. Aun así, apenas si podía formular una oración frente a él. No quería ni imaginar cómo sería con los demás. Él se rio y juguetonamente empujó mi hombro.
-No, pero descuida, Cristian estará allí.
En el momento en que esas palabras salieron de su boca, solo un pensamiento rondaba por mi cabeza.
«¿Por qué a mí?».
Estábamos en el bar del salón privado, esperando más instrucciones. No se suponía que esto fuera así. No debería estar aquí. Debía estar en el primer salón bailando con las otras chicas.
Miré alrededor y observé mi nuevo entorno. Había estado trabajando en este lugar por seis meses, pero nunca había estado en ese piso, excepto la vez en la que Cristian me trajo. Estaba estrictamente prohibido y bien protegido por una razón. El segundo piso era donde se realizaban todas las reuniones de negocios. Mientras caminaba hacia el salón privado, pude ver muchos rostros diferentes, incluso los de hombres protegidos totalmente con armas.
Había diferentes salones privados y diferente personal de atención. Era como estar en un club totalmente diferente.
-Cálmate, estás temblando -se rio Esperanza y acarició mis rizos con sus dedos.
Solo cuando lo dijo, me di cuenta de que mis piernas estaban temblando. Tomé una profunda respiración para poder controlarme. No sabía si estaba asustada porque estaba a punto de ver al mismo hombre que había intentado evitar con todas mis fuerzas o porque estaba rodeada de un montón de poderosos y peligrosos hombres en una sola habitación.
-Solo entrega las bebidas y los aperitivos. Es todo. No tenemos que bailar ni hacer nada de eso. Es tan simple como eso -intentó tranquilizarme Laura, pero solo consiguió asustarme incluso más.
-Todo lo que escuchas en esa habitación se queda dentro de la habitación. Cuando alguien dice o hace algo inapropiado, dejas que la seguridad se encargue -indicó ella.
«Todo lo que escuchas en esa habitación se queda dentro de la habitación». Esa frase me resultaba familiar. Y con Cristian pude entender cómo es que funcionaba en realidad.
Estos hombres no eran empresarios normales, sino que trabajaban para la mafia. Muy en el fondo, sabía que, si hacía un mal movimiento, tiraba una bebida o hacía cualquier cosa remotamente estúpida (lo cual era algo que me sucedía a menudo), sería lo mismo que pedir un deseo de muerte.
-Es dinero fácil y ni siquiera tenemos que hacer mucho. Solo respira y relájate, ardilla -me pidió Laura.
Bien, trabajo fácil. Qué podría salir mal. Todo lo que tenía que hacer era asegurarme de no tirar nada.
-Vamos, chicas, avancen -dijo de repente un hombre.
Vestía un traje de calidad y era alto y tonificado. En lugar de verlo a los ojos, mi mirada se plantó en el arma en sus bolsillos y me congelé por un segundo.
Por supuesto, tenía un arma. Sabía en lo que me había metido.
-Oye, ardilla, ¿no sueles estar abajo? -preguntó y dio un paso hacia delante de mí.
Yo nunca había hablado con él antes, pero él sabía quién era. Por supuesto, tenía que saberlo, era su trabajo vigilar a todas las chicas. O quizá sabía quién era porque siempre se mantenía al lado de Cristian y ambos parecían cercanos. Pero, de nuevo, ¿por qué Cristian hablaría de mí?
-S... sí -dije apenas en un susurro.
Él me dio una cálida sonrisa y colocó su mano sobre mi hombro desnudo.
-Soy Marcos. No tengas miedo. Estoy aquí para protegerte -dijo y miró hacia su propia arma.
Supongo que lo hizo para calmarme, pero eso solo empeoró las cosas.
-Te llamas Paz, ¿no?
Por el rabillo del ojo, pude ver a diferentes hombres en traje, incluidos los dos hermanos Escobar, Víctor y Jorge, entrar al salón y dirigirse hacia la gran mesa. Por suerte, todavía estábamos detrás de la barra del bar y había un vaso que se interponía entre nosotros, así que no podían vernos.
-Sí -respondí y lo miré con ojos suplicantes, como si estuviera rogándole que me sacara de ahí.
-Lucas nos dijo que no te tocáramos y que ni respiráramos cerca de ti, pero aun así te trajo hasta aquí... No entiendo la razón, especialmente con esta reunión tan importante en la mira -comentó Marcos confundido.
En ese momento, yo estaba tan confundida como él porque me estaba preguntando por qué Lucas les había dado esas instrucciones. Sin embargo, antes de que pudiera preguntar nada, Laura ya había intervenido en nuestra conversación.
-Lucas tuvo que irse a último momento. Fue Víctor quien se encargó de todo -explicó ella.
-Ah, tiene sentido -respondió él riendo entre dientes mientras me miraba de arriba abajo por última vez.
-Muy bien, entonces. Tiempo de trabajar, señoritas -gritó un hombre y nos entregó las bandejas.
Por desgracia, a mí me tocó la que tenía el champán. Confundida, caminé después de las otras chicas y seguí su ejemplo. No tenía instrucciones, nada. Era como si esperaran que supiera lo que tenía que hacer.
-Solo haz lo que yo hago -me susurró Esperanza al oído y me detuvo con la mano para evitar que siguiera caminando.
Todas nos detuvimos en línea y yo imité su postura, intentando mantener el equilibrio de las bebidas en la bandeja sobre mis manos.
No sabía dónde mirar y observé torpemente alrededor hasta que mis ojos vieron a Cristian entrar al último. A su lado estaba Marcos, quien siempre permanecía con él como su mano derecha, como nos gustaba llamarlo, y el primo Javier.
A diferencia de Cristian, Javier era conocido por ser una persona cálida que siempre sonreía a todos los que pasaban por su lado. Su presencia y la de Marcos calmaron mis nervios.
Cristian tenía una imponente presencia y, en el momento en que se sentó, el salón permaneció en silencio. Incluso si no supiera quién era, habría adivinado qué tipo de estatus tenía solo por su presencia. Estaría mintiendo si dijera que el chico no era atractivo, pues en realidad parecía un dios andante.
Sus hermosos ojos almendrados color avellana combinaban con su piel de tez ligeramente aceitunada. Su perfecto cabello castaño oscuro combinaba con sus cejas gruesas y perfectamente formadas. Incluso con el traje que usaba, podía ver lo notificado que era.
-No mires al jefe, ¿estás loca? -susurró Esperanza en mi oído, lo que me hizo bajar la mirada en un instante.
«¿En qué estaba pensando? ¿Me vio?», me pregunté.
-¿No deberían tus hermanos dirigir esta reunión? Estoy seguro de que Lucas no está tan loco como para permitir que un chico de veintitrés años dirija una reunión de negocios -dijo uno de los hombres riendo y codeó a los demás asistentes, pero nadie más se rio; en cambio, miraron al joven líder, asustados de conocer su reacción.
A él no le gustaba pasar vergüenza. Era algo de lo que me había dado cuenta el día en que me había dominado en el escritorio de su oficina. Le gustaba tener el control y no se atrevería a perderlo.
Esas eran las mismas palabras que las chicas siempre decían cuando hablaban entusiasmadas de él. Todos lo miraron esperando conocer su reacción, pero, para sorpresa de todos, solo se rio y levantó la cabeza.
-Soy el heredero, no mis hermanos, así que dirijo las reuniones de negocios -dijo solamente y prosiguió a hablar del negocio.
Todos los términos que usaron fueron demasiado confusos para mí, así que los ignoré mientras me preguntaba cuánto más esperaban que sostuviera la bandeja como si fuera una especie de muñeca de porcelana.
Lo único en lo que me concentré fue en no prestarle atención a Cristian, pero era difícil de lograr, puesto que él era quien dirigía la reunión.
Sentí que mis piernas estaban a punto de rendirse, así que di mi mayor esfuerzo para equilibrar la bandeja mientras intentaba prestar atención a cualquier cosa. Durante los últimos minutos, había hecho de todo, desde contar fichas hasta los segundos del reloj.
-Terminará pronto -se rio Esperanza en mi oído para calmar mi nerviosismo.
En todo caso, ella sabía cuán mala era para quedarme quieta. Era algo para lo que no estaba hecha.
-Denle algo de beber a estos hombres -ordenó de repente Jorge, dirigiéndonos con su mano hacia los hombres en la mesa.
Laura, que estaba al otro lado de mí, me dio un pequeño empujón para que no perdiera el equilibrio.
-Esta es tu señal. Eres la que tiene las bebidas -me dijo.
Miré a Laura, a la bandeja, a los hombres que también me miraban y, cuidadosamente, caminé hacia adelante. Me aseguré de no tirar nada. Si se me hubiera permitido sudar, probablemente lo habría hecho. Decidida a no hacer contacto visual con nadie, rodeé la mesa y le di a todos una copa de champán. Hasta ahora, todo iba bien.
Justo cuando solo me quedaban dos copas más, sentí un repentino mareo y derramé un poco de champán por accidente. Un escenario aceptable habría sido que solo se hubiera derramado en la mesa; sin embargo, cayó un poco de líquido en el traje del hombre al que se suponía que debía servirle la copa. -¿Pero qué haces? Discúlpate -ordenó Jorge de inmediato, causando escalofríos alrededor de todo mi cuerpo. Jorge era alguien a quien nadie quería enojar y un perfeccionista.
-L... lo siento mucho -tartamudeé y tomé una servilleta para limpiar el traje del hombre, pero, antes de que pudiera acercarme a limpiarlo, tomó mi mano y la apretó.
-No te preocupes, es solo un traje -dijo sonriente. Sorprendida por su despreocupado comentario, lo miré por primera vez y noté que no era mucho mayor que yo, así que probablemente no era tan estricto. Él tenía una cálida sonrisa en el rostro y frunció el entrecejo cuando me descubrió observándolo. Miré hacia abajo con un rubor en mis mejillas, pero me recuperé con prontitud cuando escuché la tos saliendo de la boca de Cristian.
Con dolor en el estómago, volteé y me encontré con el mismo hombre que había intentado evitar de la misma forma en la que él había estado evitándome. La última vez que me miró a los ojos fue cuando accidentalmente bloqueé su camino la semana pasada y entonces me pidió que me moviera.
En el momento en que coloqué su champán frente a él, su mano envolvió con prontitud mi muñeca y me jaló lo suficientemente cerca como para poder susurrar en mi oído. -¿Estás bien?
Sentí un atisbo de preocupación en su voz, pero su reacción repentina me tomó por sorpresa porque de antemano me había estado preparando para el regaño, así que me alejé con prontitud para tomar distancia mientras asentía con la cabeza. Por unos cuantos segundos, me quedé congelada en mi sitio hasta que hice contacto visual con Esperanza, cuyo brillo en los ojos me decía que regresara.
-¿Estás bien? -me preguntó mi amiga. El hecho de que casi me había desmayado solo por los nervios ya de por sí era demasiado vergonzoso, así que lo único que hice fue asentir con la cabeza y mantenerme callada.
Aunque Esperanza había dicho que terminaría pronto, en realidad no fue así y, una vez más, empecé a contar ovejas en la cabeza. Miré entre Cristian y el joven que me había dicho que no me preocupara por haber arruinado su traje. Por la forma en la que interactuaban, parecía que eran bastante cercanos entre ellos. ¿Quién habría imaginado que Cristian era capaz de sonreír?
Cuando el tipo me descubrió mirándolo, me regaló una sonrisa y me guiñó el ojo, lo que causó que inmediatamente volteara y fingiera que no lo estaba mirando. Estaba claro que ya era demasiado tarde, siendo que ya me había acost*do con mi jefe, pero no quería involucrarme más con esas personas de ninguna manera hasta el punto en que no quería que ni supieran mi nombre. Lo único que me importaba era hacer suficiente dinero para pagar mis cuentas.
Después de unos minutos que se sintieron como horas, la reunión finalmente terminó y todos los hombres se prepararon para dejar el salón otra vez. Yo mantuve mi cabeza gacha e intenté quedarme de ese modo hasta que todos los hombres se fueran, pero entonces noté que una figura caminaba hacia mí y mis ojos se encontraron con un par de zapatos Oxford. No supe qué tan rápido levanté la cabeza y entonces me encontré con un par de ojos marrones dulces.
-Lamento que te hayamos agotado así, pero ¿estás segura de que no estás enferma? -se disculpó Javier con una expresión apenada en el rostro. Sostuvo su mano contra mi frente e hice mi mayor esfuerzo para ocultar el rubor que se esmeraba por aparecer en mis mejillas. Le regalé una sonrisa forzada.
-Está bien. Yo también me quedé dormido -bromeó Marcos y rodeó los hombros de su amigo con el brazo. Los dos bromearon el uno con el otro y el resto de las chicas se unieron a ellos. Yo me sentí agradecida de que Javier por fin quitara su mano de mi frente, pero me asusté un poco cuando vi a Cristian recostado contra la puerta con los brazos cruzados.
Parecía molesto. Cerró los ojos y se aclaró la garganta, lo que hizo que todos voltearan a verlo.
-Marcos, lleva a las chicas de regreso abajo y, Javier, a mi oficina -fue lo único que dijo y se fue. Javier nos regaló una última sonrisa antes de obedecer a su primo y seguirlo mientras que Marcos también obedeció y nos llevó de regreso.
-Estás comiendo bien, ¿verdad? -me preguntó Esperanza, posiblemente refiriéndose a que apenas podía mantenerme en pie sobre mis piernas. La verdad es que me sentía fatal, pero si una no se siente bien, entonces no puede trabajar. Y no estaba en una situación en la que podía perder dinero, así que hice mi mayor esfuerzo y asentí con la cabeza. -Estoy bien. Solo me sentí un poco nerviosa. Es todo -respondí.
Ella me miró con desconfianza, pero luego se encogió de hombros y pasó su mano alrededor de mis hombros. -Bien, porque necesito a mi mejor amiga en el trabajo.
Pensé en las razones por las que podría estar sintiéndome así de mal, pero no encontré ninguna.
Entonces, ¿de verdad me encontraba bien?