Todo está oscuro. Así debe ser.
La expectativa que crea la espera, más no saber en qué momento comenzará el show, crea un estado de nirvana que los que mueven este mundo saben aprovechar.
Y es mi momento.
Con mi cuerpo brillante de aceites que me harán brillar, la dosis exacta de cera para no resbalarme en el tubo, debería sentir nervios; pero no lo hago. En este momento previo, solo me llena un sentimiento, ira. Y durante mi presentación, suelo poner mi confianza en la rabia y la decepción, sentimientos fuertes y enérgicos que me llevan a perfeccionar mis movimientos, a hacerlos bruscos y a la vez, perfectos.
-Amaia, sales en cinco, cuenta regresiva...
Cierro los ojos y respiro profundo.
-Cinco...cuatro...
Doy un paso, me acerco más a la cortina de terciopelo negro que separa el antro de la zona trasera.
-Tres...dos...
Murmullos. Chiflidos. Música instrumental de fondo que alborota el ambiente.
-Uno.
Se abren las cortinas y una luz rojiza se refleja alrededor del tubo. Pocos han notado mi silueta al fondo de todo y suelo aprovechar ese momento para impactar. Camino bordeando la pasarela y a mi paso, escucho los susurros de los que ya me han visto. Pronto ya todos lo han hecho y comienza el ruido ensordecedor, que por unos segundos no deja escuchar la sensual música de fondo.
Llego al tubo, mi mano lo rodea con un delicado movimiento y es entonces, cuando comienza el show.
Erótica y provocativa, mi cuerpo se contorsiona, sube y baja por el tubo, al ritmo de una hipnotizante melodía. Poca luz. Silencio. Muchas miradas. Todas encima de mí. La música cambia y ahora todo va in crescendo; mis movimientos se endurecen y comienzo a sentir esa rabia que me corroe y que expulso, con cada segundo. Una rabia que todos ven, pero que malinterpretan, con pasión, con devoción. Arqueo mi cuerpo; mi cabello toca el suelo cuando cuelgo de cabeza solo sosteniéndome de mis pies. Figuras sexys, indecorosas; de esas que muestran un poco de todo, de las que dejan con ganas de más.
Todo perfectamente detallado; bien pulido. Para provocar. Para estimular. Para incitar.
Y lo logro.
Es evidente cuando, al caer de rodillas con mi cuerpo arqueado hacia atrás, el salón irrumpe en una ovación atronadora.
-Amaia, Richard quiere verte -murmura Jessie, asomando su cabeza por la puerta de mi camerino.
Sentada en mi cómoda silla, frente al espejo, resoplo y ruedo los ojos. Cada noche es lo mismo, a estas alturas debería saber que no me interesa lo que tiene que ofrecer.
-¿Te dijo qué quería?
-Sabes que no. -Alza sus hombros.
Suspiro. Tanto Jessie como yo sabemos lo que él pretende, lo que quiere de mí. Es una constante molestia que tengo que soportar, aunque esté cansada de dejarle en claro que no estoy interesada.
-No demores, Amaia, sabes cómo se pone. -La miro a través del espejo y ella solo sonríe, levanta las manos a modo de rendición-. Bueno, no demores tanto.
Le doy una media sonrisa antes de que se vaya y sigo observando mi reflejo en el espejo.
Odio lo que veo; aún llevo puesta mi ropa del show, si es que se le puede llamar ropa a los escasos pedazos de tela que me cubren algunas partes. Mi piel brilla demasiado. Mi cabello se siente duro por tanto producto para mantenerlo aplacado. Mi maquillaje agresivo, consecuente con las luces y sombras que me cubren el rostro mientras estoy en la pista. Y mis ojos. El verde apagado que me devuelve la mirada, me da ganas de llorar.
Pero Amaia Leyva no llora; ya no. No al menos, por las cosas que no valen la pena.
Con una servilleta húmeda comienzo a quitar mi maquillaje. A medida que lo hago, puedo ver la verdadera expresión de mi rostro que oculto cada noche. Piel pálida, a pesar de ser morena; bolsas oscuras debajo de mis ojos, que me hacen lucir como si estuviera enferma. Nada de lo que sentirme orgullosa.
Suspiro una última vez y me levanto de la silla, para cambiarme de ropa y salir de aquí de una vez. Camino hasta la puerta del camerino y la cierro, para poder hacerlo con tranquilidad; no quiero sufrir percances como los del principio. Con cansancio y nada de ánimos, me desvisto por completo; me pongo mis habituales jeans rotos y mi camiseta lisa. Calzo mis pies con mis sencillos tenis y me hago una coleta alta. Recojo mis cosas, revisando que nada se me quede y las guardo en mi bolso, antes de colocar la ropa que me quité en su lugar de siempre.
Antes de salir, miro cómo dejé todo y apago la luz; luego cierro la puerta. Es una rutina que siempre hago, esta última, porque hay días que he llegado y es evidente que alguien estuvo rebuscando por quién sabe qué. Es mejor saber a lo que atenerse.
Avanzo por el pasillo, donde cada puerta pertenece a un camerino de una chica diferente, o varias chicas, en la mayoría de los casos. Solo Jessie y yo tenemos lo que se podría decir, camerino VIP, un lugar solo para nosotras. El habitual guardia está apostado en la puerta que comunica a la zona interior del club y me saluda cuando paso por su lado.
-Amaia, Richard te espera -dice, con su voz grave y su mirada ausente. Porque sí, es de esos que usa gafas de sol pese a que es de noche y está dentro de un edificio.
-Ya voy, Johnny. No necesito niñera -respondo, rodando los ojos; lo que nunca llego a saber si en verdad le molesta, porque ni se inmuta.
Entro al salón principal, que ya está cerrado para el público. Cada noche, luego de la última actuación, que es la mía, se cierra el local. A estas horas, ya todo está limpio y recogido; las mesas organizadas y las sillas en su lugar. Las luces están encendidas y dejan ver la hermosa decoración que luce mucho más cuando todo está en penumbras. Camino entre las pistas de baile que están ubicadas a detalle y con panorámica de todo el salón; para que puedan vernos desde cualquier distancia del mismo. Los tubos color plata, relucen bajo las luces intensas y son un recordatorio de lo que mi vida es aquí. No una simple camarera, ni siquiera una del servicio.
No. Soy la atracción principal.
Y todo por salir adelante, por sobrevivir.
Cada vez que miro a mi alrededor, cada vez que recuerdo la situación tétrica que me trajo hasta aquí, mi cuerpo hierve y quiero gritar. Pero luego pienso en el motivo principal de que aún, cuatro años después, yo siga donde mismo. Mi hija. Audrey merece cada cosa que yo pueda darle; solo la tengo a ella en la vida y daré hasta lo que no tengo, por su felicidad. Así sea a costa de la mía.
Paso el bar y Mateo, el bartender de turno, me ofrece una bebida. No suelo beber, como las otras chicas; prefiero estar enfocada en lo que sucede a mi alrededor y no dar paso a desorientaciones. Tampoco culpo a las que sí lo hacen para llenarse de fuerzas y ser menos conscientes de lo que hacen para ganarse la vida. Es un motivo válido, si me preguntan a mí. Sin embargo, hoy le acepto la invitación, porque Mateo me cae bien y necesito un plus de energía para volverme a encontrar con la maldita cara del maldito Richard.
-Hoy te la acepto, porque me hace falta -respondo con una sonrisa, a la vez que me siento en una de las altas banquetas de la barra.
Mateo asiente y me guiña un ojo, devuelve mi sonrisa y se pone a trabajar. No me dice lo que está preparando, pero yo no dejo de mirar sus manos mientras lo prepara. Díganme desconfiada o lo que sea, pero en este mundo, aunque sea un mundo lujoso y elegante, hay más mierda que en cualquier otro lugar. Aquí el dinero lo compra todo, incluso, a las que no quieren dejarse comprar.
Observo todo el proceso y cuando Mateo por fin pone la bebida color rosa oscuro delante de mí, suspiro con alivio. Ahora sí puedo disfrutar mi Manhattan.
-Espero que te guste -murmura y con una toalla que lleva en sus manos, seca algunos vasos de cristal y de boca ancha, sin apenas mirarlos.
Pruebo el delicioso cóctel y no puedo hacer otra cosa que no sea gemir de puro gusto.
-Delicioso -declaro, con un susurro y con los ojos cerrados para disfrutarlo un poco más.
-Disfrútalo, hermosa -farfulla y sigue a lo suyo.
Cada pocos segundos, vuelve a cruzar su mirada con la mía; sonríe y me guiña un ojo. Yo no hago más que dirigirle una sonrisa condescendiente y medio plástica, porque sé lo que quiere, pero a él tampoco se lo daré. Mateo es de esos hombres que te entran con solo verlo a los ojos; tan oscuros como la noche y tan expresivos. Con un cuerpo de infarto debajo de esa fina camisa negra que lleva por uniforme y los pantalones de igual color caídos tan abajo que provoca bajar la mirada, una puede imaginar cuántas buenas cosas podían suceder si nos abandonamos al pecado; pero no debo.
Tengo una imagen que mantener en este lugar.
Siempre inalcanzable. Porque eso es lo que ahora soy.
Termino mi bebida y le agradezco el gesto, antes de levantarme de la silla y dirigirme a la oficina de Richard. Con paso lento, subo las escaleras y llego al segundo piso, donde otros dos gorilas forman parte de la seguridad del local. No entiendo las razones de que el gordo de Richard necesite seguridad, cuando este lugar se mueve con lo legal y tiene el privilegio de pertenecer al reducido círculo de lugares considerados VIP, para los adinerados de la ciudad y los alrededores. Aquí se paga lujo, se paga calidad, se paga seguridad. Pero ni modo, mi jefe es tan presuntuoso, que necesita darse sus momentos de importancia.
-Buenas noches, señores -saludo y los dos grandulones, solo asienten con sus calvas cabezas-. ¿Puedo pasar?
Ambos se quitan del medio de la puerta a la vez, lo que me hace gracia, al ver la coordinación en los gestos de ambos.
«De seguro se enorgullecen de eso», pienso y quiero reír, pero se vería extraño.
Por el momento, dejo las risas para cuando me acuerde y llamo a la puerta, para informar a Richard que ya estoy aquí.
-Pasa, Amaia. -Una voz fofa me responde.
Tomo una respiración profunda antes de abrir la puerta y entrar.
-Me dijo Jessie que querías verme -digo, sin siquiera saludar y apenas a dos pasos de la puerta que dejé abierta.
La oficina huele a rancio, a tabaco y a whisky. Lo que antes debió ser un lugar majestuoso, terminó siendo el antro de perdición de este gordo pervertido que tengo por jefe. Aunque tengo entendido que él no es el mandamás de todo esto, en realidad.
-Sí, también le dije que te apurara -declara, con el mismo tono de siempre, prepotente y mandón, que suelo ignorar-. Cierra la puerta y entra de una vez.
Lo miro, sentado detrás de un inmenso escritorio, tan bajito que los brazos le quedan cortos ante lo ostentoso del mueble de madera preciosa oscura. Su cara de papa y su cabeza calva. Un traje de sastre, que ni hecho a medida logra mejorar su apariencia. Un reloj inmenso, que cubre por completo su muñeca y al contrario de lo que él pretende, lo hace lucir más pequeño de lo que es.
-No me puedo demorar, ya es demasiado tarde y mi hija me espera -aseguro, sin duda en la voz, sin titubear.
-Lo sé, pero es culpa tuya por perder tu tiempo en estupideces -bufa y sé que se refiere al trago de antes.
Debería preocuparme que me esté vigilando, pero ya eso no es sorpresa. Precisamente porque conozco sus enfermas formas de acercamiento, es que tengo tanta precaución en este lugar, no confío en nadie.
-Me duele la cabeza, Richard, dime qué se te ofrece. -Impongo mi carácter porque es así como debo presentarme ante él. Ni una pizca de confianza debo darle; aquí todo se malinterpreta.
-Voy al grano, como cada noche, Amaia. -Se acomoda en su silla y lleva un tabaco a su boca-. Sabes que yo puedo ayudarte a mejorar tu modo de vida, solo necesitas aceptar la propuesta.
Resoplo y con una mano froto mi rostro, cansada de recibir cada noche la misma oferta enfermiza y depravada.
-Ya te dije que no, Richard, no insistas -declaro, con voz fuerte.
-Piénsalo, Amaia. Ganarás mucho más de lo que haces en la pista cada noche. El doble, hasta el triple. -Continúa, insistente. Mueve la silla hacia atrás y yo me pongo en tensión, porque pretende acercarse-. Son muchos los clientes que tienes a la espera.
Me indigna escuchar sus palabras, pero hace mucho comprendí que a él le gusta jugar con mis emociones. Enojo, ira; imagina que mi mundo se mueve en torno a eso. Y aunque tiene toda la razón, hace un tiempo aprendí a canalizar esa energía negativa en los momentos claves. Así que, lo que ahora él pretenda lograr en mí, no tiene las de ganar.
-Pues, diles a esos clientes, que no pierdan el tiempo esperando. Mi decisión ya la conoces -murmuro, con la mayor tranquilidad que puedo exteriorizar. Finjo que me miro las uñas y en mi rostro, una expresión de indiferencia total-. ¿Ya terminaste, o hay algo más que quieras informarme?
Richard se queda viéndome, mastica el asqueroso tabaco y me observa, midiéndome. Yo mantengo mi actitud despreocupada, aunque no me gusta nada la forma en que me mira. Cuando se cansa de tratar de intimidarme, va hasta su escritorio y recoge un sobre, que luego me alcanza. Lo tomo teniendo cuidado de no tocarlo a él y, sin siquiera abrir el sobre o dar las gracias, doy media vuelta, dispuesta a salir.
-Amaia... -llama y yo giro un poco la cabeza, para poder verlo-. Algún día, voy a lograr lo que quiero. Hazte a la idea.
Sus palabras me provocan escalofríos, pero los disimulo. Sin embargo, lo miro de arriba a abajo, con desdén y como quien mira a alguien que no tiene importancia. Vuelvo a su rostro y alzo una ceja inquisidora.
-Supéralo, Richard -declaro y salgo de la oficina, sin mirar atrás.
Antes de alejarme lo suficiente, logro escuchar su reacción.
-Te vas a arrepentir.
Debo ser sincera conmigo misma y aceptar que me preocupa, pero no puedo aparentar ser oveja entre tantos lobos. En este mundo es muy fácil caer en desgracia y, aunque lo odie, cada día salgo a bailar con la desesperanza; porque es lo único que hasta ahora, me saca de los apuros.
Salgo del club y camino hasta el aparcamiento, en busca de mi viejo auto. Es un cacharro, pero cumple su función, que es llevarme sana y salva a casa sin depender de nadie. Aunque tengo muchas necesidades, estuve ahorrando un tiempo para poder adquirirlo. No podía seguir gastando la mitad de mi sueldo pidiendo un taxi o exponiéndome a las manos largas de algunos de mis "compañeros" de trabajo. Por mi salud mental y bienestar, decidí hacer esta inversión.
Quito el seguro y abro la puerta, tiro mi bolso al asiento del lado y antes de subirme, miro a mi alrededor. Es como si sintiera la mirada de alguien sobre mí y tuviera la necesidad de corroborarlo. Mi piel se eriza al ser consciente de la oscuridad que me rodea, solo un poste proyecta algo de luz a unos metros de mi posición. Aprieto la mandíbula y rechino los dientes para aguantar el temblor que me recorre por un segundo. No confío en nada ni en nadie en este lugar y, precisamente por eso, es que tengo miedo de lo que puede esperarme cuando estoy sola. Es de valientes, conocer y temer las características de sus enemigos; aunque pretendo aparentar calma y tranquilidad mientras estoy rodeada de buitres, mantengo un ojo abierto y atento a todo.
Suspiro y me subo al auto de una vez, no es como si quisiera quedarme aquí para averiguar si son paranoias o no. Arranco y me voy, rumbo a casa, rumbo a mi hija.
A estas horas, las calles están casi vacías, solo algún que otro auto y las últimas rutas de autobús. Avanzo con mis manos apoyadas sobre el volante y mirando al frente, atenta a cada detalle para evitar sorpresas; en la noche, como que los conductores se vuelven un poco locos. Tomo la misma ruta de siempre, la más directa; aunque cada noche tener que pasar por aquí, sea un recordatorio en mi misma cara de todas las mentiras que creí.
Miranda' s Jewelry abarca media cuadra de extensión. Sus salones lujosos y escaparates exclusivos, muestran joyas aún más exclusivas, caras y elegantes; a la altura de personalidades importantes e inalcanzables para gente como yo. No debería importarme siquiera lo que es o lo que representa esa marca reconocida, pero sí lo hace. Ese cartel inmenso, fino y brillante, que anuncia el nombre de la dueña, me recuerda constantemente lo que pudo más que años de amor y compromiso. El dinero.
No quiero cerrar los ojos, porque además de atender el tráfico, no quiero que las lágrimas que los empañan caigan sin remedio; pestañeo, porque me prometí no llorar más. A estas alturas, no debería importarme. Pero es tan complicado olvidar lo que me hizo caer en depresión por meses, lo que me llevó hasta donde hoy estoy.
Es inevitable recordar los inicios, el principio de un sueño. Aquello que deseábamos más que nada y que a base de tropezones, pudimos lograr; o al menos una parte.
De mi vida antes de él, poco recuerdo. Llegó muy temprano, apenas teníamos seis años cuando nos conocimos. Lo que comenzó como una amistad pura y sencilla desde primer grado de la escuela primaria, se convirtió luego en una hermandad sin límite; hasta que fuimos un poco más allá. Siempre estuvo presente y para nadie fue una sorpresa, que un amor natural y sin igual, surgiera entre nosotros con los años. Llegada la etapa de universidad, no podíamos negar que nos amábamos sin medida.
Como fieles amigos de la infancia, siempre compartimos sueños. Metas que escribimos en una carta, para luego quemarla en una hoguera, y que se cumplieran nuestros sueños. Las que aún hoy, recuerdo como si fuera aquella niña de diez años que sonreía emocionada ante la expectativa de lo que depararía su futuro.
Tener un título universitario. Encontrar nuestro compañero de vida (en su caso, compañera; recuerdo que así mismo lo escribimos). Salir del país, viajar por el mundo.
Esta última meta, con los años, tomó fuerza. Se volvió una necesidad encontrar un lugar donde realmente pudiéramos crecer, desarrollarnos como profesionales y garantizar un sustento adecuado. Ya no pretendíamos viajar por el mundo, solo queríamos una oportunidad, de salir e intentar progresar.
Por motivos de responsabilidad, desinterés, o cualquier otro que aún a estas alturas no puedo comprender; la única que pudo conseguir el segundo objetivo, entre los dos, fui yo. Fui feliz aquel glorioso día en que, dentro de un inmenso y repleto teatro, subí al estrado para exponer el discurso de despedida, por ser la mejor graduada de mi año. Ahí supe, cuánto había resultado mi sacrificio y quise demostrarlo, un poco más allá.
Logramos salir de nuestro país y llegamos al nuevo mundo, algo completamente diferente a lo que conocíamos. Al principio, nos quedamos en casa de unos amigos, que llevaban unos años aquí y estaban un poco más asentados. Yo tenía mi título universitario, pero no me sirvió de mucho. Sin un currículum y experiencia profesional, en este país era una de las tantas personas que tenían algo de estudios. Logré conseguir un trabajo como secretaria en una mediana empresa en desarrollo, no era la gran cosa, pero al menos alcanzaba mi sueldo para los pocos gastos que teníamos.
Sin embargo, solo dos meses nos duró la felicidad.
El punto de inflexión en mi vida, puede considerarse como contradictorio. Por un lado, llegó la mayor felicidad que alguna vez he tenido y el único motivo por el que me levanto cada día. Por otro, fue el detonante para que mi vida fuera cuesta abajo sin poder hacer nada.
Para que yo conociera en realidad, quién era Ernesto Díaz.