Año 1890
La noche se viste con un manto azul profundo, y el cielo de Australia se transforma en un lienzo de luz mágica y sobrecogedora. Sin previo aviso, un fenómeno lunar sin parangón se desvela: una superluna azul se eleva en todo su esplendor, bañando el mundo con un resplandor. Su presencia es un espectáculo raro y majestuoso, desplegando matices plateados y azules que parecen susurrar secretos antiguos al viento. En su fase más grandiosa, la luna derrama una luz luminosa y suave que acaricia cada rincón del paisaje, convirtiendo el bosque y las colinas en un tapiz vibrante de sombras y destellos.
Bajo este cielo inusual, una pequeña cabaña de madera se encuentra aislada en la serenidad del campo. Las paredes de la cabaña, de madera envejecida y rugosa, parecen abrazar la luz lunar, reflejando un brillo cálido, casi sagrado. En el corazón de esta cabaña, una madre se encuentra en las últimas etapas de un parto arduo. A su lado, una partera de rostro sereno y manos expertas trabaja con esmero. El rostro de la partera, iluminado por la luz temblorosa de las velas, muestra una concentración profunda. La cabaña está impregnada del aroma a cera y madera fresca, y el suave crepitar de las llamas en la chimenea añade un toque de calidez al momento.
La madre, envuelta en una manta de lana, se esfuerza en medio de contracciones, sus gemidos y respiraciones profundas llenan el espacio. El padre se mantiene agachado a un lado de la cama, ofreciendo palabras de consuelo con una voz temblorosa pero llena de amor.
-Ya casi, querida -dice con voz temblorosa pero alentadora mientras acaricia suavemente la mano de su esposa-. Sé que puedes hacerlo, eres muy fuerte.
El evento lunar, con su esplendor sobrenatural, parece bendecir el nacimiento que está por suceder. La luz de la superluna se filtra a través de las rendijas de la cabaña, creando un halo resplandeciente alrededor de la escena, como si el cielo estuviera observando y participando en el milagro de la vida. La partera, con una mezcla de profesionalismo y reverencia, asiente al esfuerzo que está haciendo la madre.
-Un empujón más, señora Stokes.
Finalmente, con un último esfuerzo desgarrador y lleno de valentía, la madre da a luz a una delicada niña. El llanto de la recién nacida, un grito agudo y vibrante, rompe la serenidad de la noche. La partera, con las manos temblorosas pero firmes, envuelve a la pequeña en una manta suave y la ofrece al padre con una sonrisa cansada pero satisfecha.
-Señor Stokes, su otra hija ha llegado al mundo -dice con voz suave, mientras le pasa el pequeño bulto al padre.
El señor Stokes, con lágrimas de alegría y el asombro brillando en sus ojos, toma a su hija en brazos y rápidamente le dedica una tierna mirada a su esposa, diciéndole:
-Es una niña hermosa -su sonrisa débil pero radiante-. A esta la llamaremos Elara.
El brillo de la superluna parece intensificarse por un momento, como si celebrara el nacimiento de la niña. Su luz se derrama sobre la cabaña como una bendición silenciosa, envolviendo a la recién nacida en su resplandor. Para los padres, el fenómeno celestial es solo una maravilla más de la naturaleza, un espectáculo que recordarán con asombro. Para el mundo sobrenatural, es una llamada. Una señal.
Entonces, el aire cambia.
Un viento gélido se desliza por las rendijas de la cabaña, cargado con un hedor antiguo, a tierra y ceniza. La quietud se desgarra con un crujido prolongado cuando la puerta se abre de golpe, gimiendo como si la propia madera protestara. Una ráfaga helada irrumpe en la cabaña, apagando las velas en un único susurro, sumiendo la habitación en una penumbra espectral. Y allí, enmarcadas por la oscuridad de la noche, aparecen ellas. Figuras ataviadas con pesados vestidos de terciopelo negro y capas largas con capuchas ribeteadas en encaje oscuro irrumpen en la estancia. Sus faldas rozan el suelo con un murmullo inquietante, mientras sus corsés ceñidos realzan una silueta imponente y antinatural. Bajo las capuchas, sus rostros pálidos y verdosos emergen de las sombras, marcados por una belleza gélida y cadavérica. Sus ojos, completamente negros y brillantes, no dejan rastro de su mirada, como dos abismos insondables que devoran la escena con una intensidad depredadora.
El padre de la recién nacida se aferra instintivamente al frágil bulto en sus brazos, mientras la partera ahoga un grito.
-¡¿Quiénes son ustedes?! ¡¿Qué quieren?! -grita la madre, aterrada, su voz quebrada y fatigada por el dolor del parto.
El aire mismo parece contener la respiración cuando las brujas se acercan hacia la madre, trayendo consigo el peso de una sentencia inevitable.
-La SuperLuna ha nacido -murmura una de ellas, alzando una mano de largos dedos huesudos-. La necesitamos para el ritual.
Antes de que el padre pueda reaccionar, una bruma oscura emerge lentamente desde debajo de los pies de las brujas, expandiéndose por la habitación como una sombra que se apodera del aire. La atmósfera se carga de una energía malsana, envolviendo a todos en la habitación en una bruma ligera, excepto a la superluna que, inmune a la magia, permanece inalterada.
La partera es la primera en caer, cuando la bruma la envuelve, su cuerpo se desploma sin vida sobre el suelo de madera haciendo un sonido sordo. James lanza un grito de horror, pero es ahogado por el jadeo de su esposa, quien lucha contra el dolor y la desesperación mientras se cubre la cara con una de las almohadas. En un abrir y cerrar de ojos, la bruma oscura se cierne sobre el padre, espesa y letal, termina tragándose la vida del hombre, quien muere abrazado a su hija.
Una de las brujas se agacha frente al padre y extiende los brazos hacia la recién nacida, pero justo cuando sus dedos están a punto de agarrar el bulto de mantas, una sombra se desliza entre ellas con una velocidad imposible. Un grito ahogado resuena cuando la bruja es arrojada al otro lado de la habitación, impactando contra la pared con una fuerza brutal.
-¡Los vampiros han llegado!
Tres seres pálidos, altos y envueltos en la penumbra, se mueven con una agilidad letal, sus ojos brillando con un resplandor carmesí. Cada movimiento es un destello de violencia pura, atacando con una ferocidad que deja a las brujas tambaleando, incapaces de seguir el ritmo. La batalla se desata con furia, pero los vampiros, con sus habilidades que lo ponen en ventaja, obligan a las brujas a retroceder y huir. Entre ellos, uno destaca: su rostro joven y delicado, los labios teñidos de rojo por la sangre del pasado, el cabello oscuro y la mirada penetrante. Con un movimiento seguro, toma a la pequeña en sus brazos justo cuando un murmullo débil, proveniente de la cama, se cuela entre el caos.
-Devuélvanme a mis hijas... -es la madre, al borde de la muerte, su mirada suplicante clavada en el vampiro que sostiene a la bebé.
-¿Hijas? -repite el vampiro, confundido.
-Gemelas... Tuve gemelas...
El horror se apodera de ellos al descubrir la verdad: había nacido una segunda niña. Dos SuperLunas. No se percataron de que, en un descuido, una de las brujas la había arrastrado hacia sí, llevándosela sin que nadie lo notara.
-¡De-Debemos irnos! ¡El olor a sangre es insoportable! -grita Pier, otro de los vampiros, mientras sus colmillos empiezan a asomarse, él lucha contra el impulso de sucumbir a la tentación de la sangre de la madre. Su rey le ordenó no matar a la familia de la SuperLuna.
-Damián, dejemos a la bebé con la madre, ella estará bien. Por suerte, la bruma que inhaló es mínima; podrá recuperarse -dice Thaddeus, el hermano mayor, con voz calmada pero firme.
Damián, también temblando por la intensidad del aroma, coloca a la bebé en los brazos de la madre.
Un parpadeo después, los tres desaparecen de la cabaña como sombras desvaneciéndose en la oscuridad.
Esa misma noche, en lo más recóndito de Oceanía, un espeso y profundo bosque de Queensland guarda celosamente el palacio del rey licántropo. La estructura, forjada en rocas antiguas, parece emerger de la misma tierra, como si fuera una extensión de la naturaleza que la rodea. Enredaderas de un verde intenso trepan por sus muros, abrazando las paredes de piedra y ocultando en parte su imponente silueta. Desde lejos, parece casi una ilusión, un castillo perdido entre las sombras y la niebla, protegido por el misterio del bosque.
-Malditos vampiros... ¡Son unos ineptos! -grita Aleron Noctis, el rey licántropo, su voz retumbando en las paredes de un salón dorado.
Frente a él, está el primer vampiro, el rey Caín Vesper. A su lado, sus hijos más jóvenes: Thaddeus, Damián y Pier Vesper.
-Ten cuidado con lo que dices, Aleron. No es nuestra responsabilidad cuidar de esa SuperLuna -responde el rey Caín, su tono sereno pero cargado de advertencia.
-Bien sabes lo que sucederá cuando Alice regrese a la vida... Ella es nuestra creadora, y al igual que nos dio vida, puede destruirnos -replica el rey Aleron, su rostro marcado por la preocupación.
-También sabemos que los vampiros tenemos una gran ventaja sobre las brujas... No pueden matar lo que ya está muerto -comenta Damián, un destello de arrogancia en su mirada.
-Alice puede hacerlo... -afirma el rey Aleron, sin vacilar.
-Nos prepararemos para ella -responde Thaddeus, sin mostrar duda.
El rey Aleron suspira, dejando caer los hombros con un gesto de cansancio. No insiste más en el tema, aunque sus ojos oscuros reflejan una profunda preocupación.
-¿Qué es de nuestra SuperLuna? -pregunta con urgencia, su tono más grave.
-Está con su madre. La mujer logró sobrevivir a la bruma de las brujas -responde Thaddeus con calma.
-Necesitamos proteger a esa niña. Las brujas no deben saber de su existencia. Necesitamos un vigilante. Tal vez un vampiro. -dice el rey Aleron, con una mirada fija en Caín.
-No somos tus esclavos, Aleron -responde el rey Caín, con desdén.
-Si la SuperLuna se une con uno de nuestros SuperAlfas, el poder del nuevo rey licántropo será descomunal. Es un arma poderosa que podemos usar en contra de las brujas -insiste Aleron, su voz llena de determinación.
Nunca antes los vampiros se habían visto involucrados en los eventos de la Superluna, pero todo cambió hace ciento cincuenta años, cuando las brujas descubrieron un antiguo y oscuro ritual: si sacrificaban a la SuperLuna, podrían traer de vuelta a la bruja más poderosa que haya existido. Alice Kyteler, la primera bruja, la madre de toda la magia oscura, despertaría de su largo sueño usando un nuevo cuerpo. Ahora que las brujas han conseguido lo que tanto ansiaban y la Superluna brilla para ellas con una intensidad peligrosa, los vampiros comprenden que, para sobrevivir a la batalla, no tienen más opción que aliarse con los licántropos, sus rivales históricos, aunque la rivalidad entre ambas razas se haya prolongado durante siglos. El tiempo se agota y la guerra es inminente, pues el despertar de Alice Kyteler cambiará para siempre el equilibrio de poder.
-Bien... Mandaré a uno de mis hijos a vigilar a la niña -concede Caín, un brillo de resolución en sus ojos-Damián, dedícale tus noches a la SuperLuna.
Cuatro días después, la luz de la superluna ha sido reemplazada por una luna llena común, pero aun así es brillante. Su resplandor plateado baña el bosque con un ligero resplandor, iluminando las copas de los árboles y proyectando sombras largas y danzantes sobre la cabaña donde Elara ha nacido. Desde su escondite entre las ramas de un viejo roble, Damián se mantiene en silencio, su mirada fija en la pequeña estructura de madera donde la bebé duerme, la observa con una mezcla de curiosidad y propósito, sin entender del todo por qué no siente el aroma en aquella infante.
Los humanos tienen un olor particular. Su sangre es como una sinfonía de fragancias que revelan su esencia: el dulzor de la juventud, el hierro caliente del miedo, la acidez del sudor en momentos de tensión, el perfume sutil del deseo. Cada individuo tiene su propia composición aromática, un rastro inconfundible que delata su presencia. Pero ella... ella es distinta. No hay rastro del dulzor característico de un niño, ni el leve aroma ferroso que cualquier criatura viva debería exhalar. Es como si su existencia fuera incompleta, como si su cuerpo aún no hubiera sido reclamado por la vida... o por la muerte. Y eso... a él le da tranquilidad.
La madre de Elara es fuerte, resiliente y consciente de los peligros que acechan en la oscuridad. Damián también la protege en silencio, pues sabe que, sin ella, la niña no tendría una crianza adecuada. Cuando el viento sacude las ramas o un búho ulula en la distancia, él permanece cerca, listo para intervenir si es necesario. A veces, cuando la mujer sale con su bebé a buscar leña en las frías noches de invierno, él la sigue sin ser visto, asegurándose de que llegue sana y salva de regreso a la cabaña.
Los años pasan y Elara crece bajo el amoroso cuidado de su madre. A los seis años, es una niña curiosa y llena de imaginación. Damián la sigue observando, oculto entre los árboles que rodean la cabaña, escuchando cómo su madre le cuenta historias antes de dormir. Habla de vampiros, brujas y hombres lobo, no como seres de terror, sino como parte de un mundo antiguo y secreto. Lo hace con un tono sereno, como si estuviera preparando a su hija para algo más grande de lo que puede comprender.
Una noche, mientras juega cerca de la cabaña, Elara se detiene de pronto y mira fijamente hacia el bosque. Sus ojos recorren la oscuridad con una expresión de certeza.
-Mamá -dice con voz dulce-, creo que tengo un ángel de la guarda.
Su madre sonríe y se acerca a ella.
-Ah, ¿sí?
Elara asiente con seriedad.
-Sí, pero... no es un ángel como los de tus cuentos. Este es un ángel negro y oscuro. Solo aparece por la noche.
La madre de Elara no parece sorprendida. Se arrodilla junto a ella y le acaricia su ondulada cabellera con delicadeza.
-Bueno, cariño -dice-, así como hay diferentes tipos de personas, tal vez también haya diferentes tipos de ángeles guardianes. Estoy segura de que ese ángel siempre estará presente para protegerte.
Damián, oculto entre las sombras, siente algo extraño dentro de sí. No es humano. No tiene alma. Y, sin embargo, en ese momento, quiere creer que las palabras de la mujer son ciertas, que es alguien bueno para Elara.
Elara crece con la certeza de que alguien la vigila. A veces, en las noches más silenciosas, siente una presencia cercana. Y en más de una ocasión, cree ver una sombra a lo lejos, una silueta oscura que desaparece en un parpadeo antes de que pueda distinguirla con claridad. Pero no tiene miedo. Su ángel oscuro está allí, y eso le da seguridad.
Los años pasan, y Damián sigue protegiéndola, no solo de las sombras que acechan en la noche, sino también de los peligros de la humanidad. Cuando tiene catorce años, un forastero se acerca demasiado a la cabaña con intenciones siniestras, y nunca se vuelve a saber de él. A los diecisiete, cuando viaja al pueblo, un hombre intenta seguirla en el camino de regreso, pero es encontrado días después con el cuello destrozado, como si un animal salvaje lo hubiera atacado.
Pero la noche que más la marca llega cuando Elara ya es una joven de veinte años. En plena noche, se adentra en el bosque sola a busca agua del pozo, sin imaginar el peligro que la acecha. Un grupo de hombres la acorrala entre los árboles, mirándola con intenciones oscuras. Elara siente el terror congelarle la sangre, y cuando uno de ellos se lanza sobre ella, grita con todas sus fuerzas.
Y entonces, la muerte desciende sobre ellos.
Damián aparece con una velocidad inhumana, una sombra entre sombras. Antes de que la joven pueda siquiera procesar lo que sucede, los hombres comienzan a caer uno por uno, arrastrados hacia la oscuridad. No puede ver nada con claridad, pero sí escucha el crujido de huesos rotos, los jadeos ahogados y el goteo espeso de la sangre cayendo al suelo. El hedor metálico impregna el aire. Para cuando todo termina, el silencio es lo único que queda.
Desde su escondite, Damián lame la sangre de sus labios. No es solo el placer del alimento lo que lo embriaga, sino el sabor de la venganza, de la justicia brutal e implacable. Sabe que Elara nunca debería descubrir lo que ha hecho, pero no se arrepiente.
Porque ella le pertenece. No como un objeto, sino como alguien que forma parte de él de un modo más profundo. La ha visto crecer, la ha protegido, y con los años, se ha encariñado con ella como si fuera una más de su raza, como si fuera su familia.
Y ahora, con la luz de la superluna reemplazada por una luna común, Damián sabe que pronto esto va a cambiar. Que su presencia en la vida de Elara no podrá seguir siendo para siempre. Porque tarde o temprano, ella deberá saber la verdad: le pertenece a los licántropos, y en solo cinco años vendrán por ella.
Es el año 1915 cuando Elara Stokes, ya con veinticinco años, se dirige a casa junto con su madre. La noche ha caído con la calma singular del bosque, el cielo estrellado desplegando un manto de tranquilidad sobre el paisaje. La luz de la luna llena, filtrada a través de las copas de los árboles, proyecta una serie de destellos plateados sobre el suelo, creando un mosaico de sombras en movimiento.
Ambas avanzan por el bosque envueltas en gruesas capas de lana, el frío nocturno se siente más agudo en el aire. Sus pasos crujen sobre las hojas secas del sendero, creando un eco suave que resuena en la serenidad del bosque. Cada una lleva un saco de leña, su peso haciendo que cada paso sea un esfuerzo. La leña, recogida con dedicación, roza contra sus piernas mientras avanzan.
De pronto, Elara se detiene en un pequeño lago a lo largo del camino.
-Madre, espera, que tengo sed.
Se inclina sobre el borde del agua para beber un sorbo, y mientras lo hace, nota un brillo inusual en sus ojos. En un breve instante, sus ojos parecen iluminarse con una luz blanca azulada, un destello fugaz que se refleja en la superficie del lago. El resplandor es efímero, y cuando sus ojos vuelven a parpadear, estos regresan a su color castaño habitual, Elara se pregunta si lo que vio fue solo una ilusión... Sí, de seguro lo fue.
Con un suspiro, Elara se reincorpora y, junto a su madre, se ajustan el saco de leña sobre sus hombros. La noche es un manto de serenidad, pero, de pronto, mientras regresan a la cabaña, una sensación inquietante les recorre la espalda. No es solo el frío cortante que les provoca un escalofrío, sino también la creciente sensación de que no es solo aquel ángel guardián quien las sigue. Presienten que hay otros más. Los sonidos de pisadas, sutiles y apenas perceptibles, parecen rodearlas desde todos los rincones del bosque.
-Elara, presiento que no estamos solas -susurra su madre, deteniéndose por un instante y lanzando una mirada inquieta a su alrededor.
Elara aprieta los labios y asiente con nerviosismo.
-Mejor apresurémonos.
Con el corazón palpitando con rudeza, aceleran el paso, sus ojos intentando penetrar la oscuridad que las rodea. El sendero serpentea a través del bosque, flanqueado por árboles altos cuyos contornos se funden en las sombras. Las hojas secas crujen bajo sus botas mientras avanzan, el peso del saco de leña se siente cada vez más agotador. De repente, un ruido inesperado las hace detenerse en seco. La sensación de que alguien ha caído de pie detrás de ellas las paraliza momentáneamente. Elara gira lentamente sobre sus talones, el sudor frío acumulándose en su frente a pesar del aire helado.
Lo que tiene frente a ella no es humano. No del todo. No sabe qué es, pero lo está viendo con sus propios ojos, y no, no está loca. El horror es real. Lo confirma el pánico reflejado en el rostro de su madre cuando la mira, tan aterrada como ella. Ambas tiemblan frente a una criatura grotesca, de más de dos metros de altura, con un cuerpo descomunal que amenaza con desgarrar la poca humanidad que aún le queda. Sus músculos, marcados bajo una piel cubierta de un pelaje gris, espeso y desordenado, se estremecen con cada movimiento. Sus rostros, deformes y monstruoso, combinan lo peor del hombre y la bestia: hocicos alargados plagados de colmillos afilados, ojos de un ámbar neón que arden con un hambre primitiva, dedos largos de garras letales.
La ropa que alguna vez le perteneció está ahora desgarrada y ajustada de forma grotesca a su cuerpo, como si en algún momento hubiera sido hombre y hubieran estallado desde adentro hacia afuera, convirtiéndose en esta aberración. Los botones de su camisa han saltado, dejando la tela abierta sobre su torso peludo. La larga gabardina se aferra a sus brazos colosales, con las costuras a punto de reventar, mientras el pantalón lucha por mantenerse en sus enormes muslos. Ya no tiene zapatos. En su lugar, horrendas patas de bestia, de garras curvas y afiladas, se aferran al suelo con una ferocidad inhumana.
Elara siente cómo el aire se espesa, volviéndose irrespirable. Su cuerpo se congela, incapaz de reaccionar. Un frío punzante se instala en su columna vertebral, paralizándola, pero no es el clima lo que la inmoviliza. Es el pavor absoluto.
La bestia da un paso adelante. Su pelaje es de un gris espectral, opaco, sin vida, como si estuviera bañado por la luz de la muerte, y sus fauces gotean una saliva densa que brilla como plata líquida. Sus ojos la perforan con una inteligencia cruel, un placer macabro en la cacería.
-¡No, no se llevarán a mi otra hija! -La voz de su madre rasga la noche, firme, desafiante, mientras se interpone entre Elara y las criaturas. Extiende los brazos como si su propio cuerpo pudiera servir de barrera.
Todo sucede en un parpadeo.
La bestia se abalanza sobre ella con furia. Sus garras, largas como dagas, atraviesan su abdomen con una facilidad repugnante. Un sonido húmedo y espeso llena el aire, y enseguida la sangre brota en un chorro caliente, empapando la palma de la criatura con su torrente vital.
Elara ve cómo la vida se escapa del rostro de su madre. Sus labios se abren, pero ya no hay palabras, solo un gorgoteo sordo. La luz en sus ojos se apaga antes de que su cuerpo cuelgue desde las garras que la sostiene.
Cuando la bestia saca la garra del cuerpo, la sangre salpica al aire. Elara la observa sin comprender. Su mente se niega a aceptar lo que acaba de ocurrir. Su madre cae de golpe al suelo. Su madre no se mueve. Su madre está...
Un sollozo ahogado intenta escapar de su garganta, pero su cuerpo sigue en shock. Sus oídos zumban, su visión se torna borrosa por las lágrimas. Su mente se desconecta de la realidad en un intento de protegerse de la brutalidad del momento.
Antes de que pueda hacer cualquier intento de escape, es brazo de la bestia la rodea por completo con una fuerza sobrenatural, inmovilizándola con una precisión que desarma cualquier resistencia que pueda ejercer. Sus gritos de desesperación se pierden en el aire, pronto le tapa la boca con un pañuelo, y no pasa mucho cuando la negrura de la inconsciencia comienza a envolverla. Sus parpadeos se vuelven cada vez más lentos, y el mundo a su alrededor se desdibuja en un remolino de sombras y sonidos distantes. La última imagen que ve antes de ser arrastrada a la inconsciencia es la silueta inmóvil de su madre en el suelo. Y el fulgor amarillo de los ojos del monstruo, mirándola, reclamándola como suya. El cloroformo, con su influencia adormecedora, finalmente la arrastra a un abismo de oscuridad profunda, dejando solo un rastro de confusión y terror detrás de ella.