"Auch...".
Mientras sentía una opresión en su cuerpo, Marissa Nash se mareó momentáneamente por la agonía.
Se había sentado sobre un manojo de Dreamweed que había dejado olvidado en el asiento. Sus largas y afiladas espinas se le habían clavado profundamente en la carne.
Dreamweed era una hierba, conocida por sus fuertes propiedades anestésicas, lo que significaba que probablemente estaría entumecida durante las próximas seis horas. Al darse cuenta de esto, decidió cerrar la tienda y descansar.
Apretando los dientes para soportar el dolor, se quitó las espinas y quiso ir a poner el cartel de "Cerrado por hoy".
Pero antes de que pudiera levantarse, un hombre alto y bien vestido, con un traje elegante, entró en la floristería por la puerta de cristal. Su imponente presencia inundó el pequeño local al instante.
Su rostro era atractivo y severo, y en su mirada se arremolinaba una mezcla de desprecio, odio y algo ferozmente destructivo.
Marissa frunció levemente el ceño. No lo reconocía y no sabía nada de sus intenciones.
Sin embargo, era evidente que no llegaba en son de paz.
Tenía muchos enemigos. Aunque solía emplear alias y disfraces en sus misiones, siempre corría el riesgo de que su verdadera identidad fuera descubierta. También existía la posibilidad de que hubiera un traidor en su organización. No era raro que los enemigos la buscaran para vengarse o secuestrarla.
Sintiendo que sus fuerzas se desvanecían, no se atrevió a hacer ningún movimiento en falso. Lo único que podía hacer era luchar por mantener la compostura.
"¿Está aquí para comprar flores, señor?", preguntó.
El hombre resopló con desdén.
Sin mediar palabra, la levantó y la sacó de la tienda.
Instintivamente, intentó golpearlo, pero sus puños, faltos de fuerza, no hicieron nada contra el cuerpo macizo del hombre.
Lo que la esperaba afuera la dejó atónita.
A lo largo de la estrecha y descuidada Calle Vintage, más de una docena de lujosos Rolls-Royce negros formaban una fila imponente.
Más de cien guardaespaldas de rostro severo, vestidos de negro, rodeaban su modesta tienda de flores, convirtiéndola prácticamente en una fortaleza.
Los transeúntes, aterrorizados, ya se habían refugiado en los comercios cercanos.
La escena era digna de una película de mafiosos: un capo irrumpiendo en plena calle.
A pesar de su amplia experiencia, no lograba identificar a qué figura poderosa de Blebert se estaba enfrentando.
Montar semejante espectáculo a plena luz del día era una audacia sin precedentes.
La metió a la fuerza en el auto y, acto seguido, se sentó a su lado.
En cuanto la puerta se cerró, el interior del auto se impregnó de su presencia intensa y gélida, lo que le dificultaba respirar.
Marissa intentó conservar la calma y, disimuladamente, metió la mano en su bolsillo en busca de su celular para enviar una señal de auxilio.
Pero justo cuando sus dedos rozaban el dispositivo, él se lo arrebató.
La chica vio su rostro tenso y endurecido. "Señor, ¿podría al menos decirme su nombre y por qué me lleva...?", jadeó ella.
Su súplica fue interrumpida bruscamente cuando la mano del hombre se cerró con firmeza sobre su cuello.
Era evidente que podría terminar mal si oponía la menor resistencia.
"No me interesan tus jueguitos. Una palabra más y será tu fin", amenazó.
Para su propia seguridad, ella se apresuró a guardar silencio.
Incapaz de defenderse, solo pudo quedarse inmóvil, preguntándose cuál sería el siguiente paso.
Sin embargo, lo que sucedió a continuación la dejó completamente pasmada.
Él la condujo al Ayuntamiento.
Antes de que ella pudiera procesarlo, su nombre ya figuraba junto al de él en un certificado de matrimonio.
De vuelta en el auto, donde fue arrojada sin miramientos sobre el asiento, el shock la mantenía paralizada.
Con la mirada perdida, observó el certificado de matrimonio que aferraba en sus manos. Fue allí donde por fin descubrió el nombre de su captor: Connor Daniels.
En Blebert, ese nombre solo podía pertenecer a una persona: el actual jefe de la familia más importante, también conocido como el hombre más rico de Blebert.
La situación resultaba tan intimidante como incomprensible.
Jamás se había topado con alguien tan poderoso e intimidante.
"Disculpa, señor Daniels...".
"¡Cállate!".
Marissa intentó hablar de nuevo, pero Connor la interrumpió.
A continuación, él le tomó la mano izquierda y le deslizó en el dedo anular un anillo de diamantes de un valor incalculable.
"Vas a hacer feliz a mi abuela, como lo hacías antes. Y no vuelvas a provocarme", le ordenó con frialdad.
Marissa se quedó sin palabras.
Jamás había conocido a la abuela de ese hombre. ¿Cómo se suponía que iba a hacerla feliz?
"Señor Daniels, creo que ha habido un error...".
Su voz se ahogó cuando Connor llevó una de sus manos a su cuello.
Su rostro era tenso y sombrío. Cada una de sus palabras salía cargada de una gélida amenaza.
"Te esforzaste mucho para engañar a mi abuela para que me obligara a este matrimonio. Después de que acepté y enviamos las invitaciones, desapareciste el mismo día que íbamos a firmar los papeles. No me interesa por qué me buscaste para luego huir, ni me importa la vergüenza y los problemas que causaste. Pero mi abuela está en el hospital por tu culpa, y eso lo vas a arreglar. Su salud es delicada, así que vas a volver y a actuar como la nuera ejemplar que fingiste ser. Si intentas uno de tus trucos, me aseguraré de que toda la familia Nash lo pague muy caro".
Marissa empezó a atar cabos.
¡Había llevado a la mujer equivocada!
El motivo del error era evidente: era casi idéntica a la verdadera prometida, la que había huido.
Sin embargo, Marissa tenía planeado regresar mañana a su ciudad natal, Adagend, para casarse con su prometido, Derek Tucker. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?
Marissa hervía de ira por haber sido confundida con otra persona.
Connor había destrozado sus planes meticulosamente trazados, e incluso si recuperaba su libertad en el futuro, sería una mujer divorciada.
¡Ese desgraciado ciego y grosero!
Un impulso irrefrenable de despedazar a Connor la carcomía por dentro.
Sin embargo, en ese momento, no le quedaban fuerzas ni para defenderse, y su presencia dominante y agresiva la obligó a someterse una vez más.
Al atardecer, cuando el sol se ponía, proyectando su última luz dorada, su auto entró en los opulentos terrenos de la Mansión Daniels.
Tan pronto como Connor la sacó del auto, un mayordomo angustiado se apresuró a acercarse con noticias urgentes.
"Señor Daniels, debe venir rápido. Su abuela ha vuelto a desmayarse y están intentando reanimarla. Esta es la tercera vez... Los médicos dicen que su corazón está fallando y que su estado es muy crítico...".
La expresión de Connor se torció en una de ira.
Marissa retrocedió instintivamente, sintiendo el aura tensa que emanaba de él.
Antes de que pudiera reaccionar, él la agarró por el cuello y la empujó contra la puerta del auto.
Su agarre era el de un loco; cerraba su mano sobre su cuello con tanta intensidad que casi la hacía desmatarse
"¡Más te vale que mi abuela supere esto! Si no lo hace, ¡me aseguraré de que te entierren junto a ella!".
Tras un último apretón amenazante, la soltó y entró furioso en la residencia.
Jadeando en busca de aire, Marissa se agarró la garganta amoratada y tosió dolorosamente.
La sensación de haber visto cara a cara a la muerte la dejó aterrorizada, pero también encendió en ella una furia incontenible.
¡Este hombre estaba completamente loco!
Y lo peor era que aún no se había dado cuenta de que se había casado con la mujer equivocada.
Dada su estado actual, si la anciana moría, estaba segura de que él cumpliría su amenaza.
Para asegurar su supervivencia hasta que la verdad saliera a la luz, sabía que debía intentar salvar a su abuela.
Con esa determinación, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y lo siguió al interior de la mansión.
Dentro del dormitorio, Arabella Daniels, una anciana de pelo plateado, yacía inmóvil en la cama.
El personal médico luchaba desesperadamente por salvarla, pero los monitores que seguían sus constantes vitales indicaban que su tensión arterial y su ritmo cardíaco eran críticamente bajos.
Connor se detuvo en el umbral, con el rostro contraído por la angustia. Marissa, justo detrás de él, contuvo el aliento.
De pronto, el pitido rítmico del monitor cardíaco cesó, reemplazado por un tono agudo y continuo.
El equipo médico se detuvo un instante, para luego reanudar con frenesí sus esfuerzos por reanimarla.
Pero el corazón no respondió.
Finalmente, el médico jefe dijo con gravedad: "La señora Daniels ha fallecido. Por favor, acepten nuestras condolencias".
Connor no podía aceptarlo. Sus ojos, ya enrojecidos, se volvieron salvajes de dolor.
"¡No! ¡Sigan intentándolo! ¡Usen todos los medios necesarios, cueste lo que cueste!".
El doctor suspiró y replicó con pesar: "Señor Daniels, su corazón se ha detenido. Es inútil continuar".
Connor estaba al borde del colapso.
Había perdido a sus padres de niño y su abuela lo crio; era la única familia que le quedaba.
"No, no puede irse así. Quería verme casado, conocer a sus bisnietos... Dijo que solo entonces podría descansar en paz".
Un silencio sepulcral se apoderó de la habitación; nadie se atrevía a hablar. Finalmente, Neil Daniels, el hermano de Connor, rompió el silencio con un comentario despectivo. "¡Basta, Connor! ¿De qué sirve esa farsa ahora?".
Era el hermano mayor de Connor, veintitrés años mayor que él. Sus palabras eran muy duras.
"Arabella murió por el disgusto que le causó tu prometida fugitiva. Su muerte es tu culpa. Ni siquiera puedes controlar a una mujer, ¿y pretendes que te confiemos el liderazgo de toda la familia? Si tienes algo de remordimiento, cede el control, las acciones y la dirección de los negocios".
Connor apretó la mandíbula, luchando por no desmoronarse.
Neil siempre había resentido que su abuela le confiara a Connor el control de la familia y las acciones, en lugar de a él, el nieto mayor. Por eso, nunca perdía la oportunidad de culparlo.
Normalmente, Connor no habría tolerado las acusaciones de su hermano y tendría una respuesta mordaz para mantener a raya al manipulador.
Pero ese día, no tenía ánimos para discutir. Estaba demasiado abrumado por el dolor y lo único que anhelaba era que su abuela pudiera, por fin, descansar en paz.
Pero su otro hermano, Glenn, postrado en una silla de ruedas, no pudo soportarlo más.
"Neil, la abuela eligió a Connor. ¡Es indecoroso que intentes arrebatarle el liderazgo y las acciones justo ahora!".
"Glenn, ¿desde cuándo tienes tú voz o voto en esta familia?". La esposa de Neil, Lorna Daniels, intervino bruscamente antes de que su esposo pudiera responder, con la voz cargada de sarcasmo. A pesar de su maquillaje impecable, su malevolencia era descaradamente visible.
"Connor no tiene la integridad para ese puesto. ¡Lo justo es que entregue el liderazgo y las acciones! Y tú, un inútil, ¿acaso crees que tienes derecho a opinar?". Era conocida por su lengua afilada y siempre sabía golpear donde más dolía.
Como era de esperar, el rostro de Glenn se contrajo en una mueca de dolor. Se aferró a sus propias rodillas, incapaz de responder, ahogado por la angustia.
Desde un rincón, Marissa observaba el drama familiar en silencio, completamente ajena a sus disputas de poder.
Mientras los demás se enzarzaban en la discusión, su atención permanecía fija en la anciana sobre la cama.
Mientras la discusión se intensificaba, Marissa dijo con calma: "La señora Daniels aún puede salvarse...".
En el momento en que Marissa habló, toda la atención se centró en ella.
Connor, consumido por el dolor, parecía recordar su presencia solo en ese momento, girando la cabeza bruscamente hacia ella, con los ojos llenos de una ira feroz.
Marissa retrocedió instintivamente un paso, sintiéndose como si caminara peligrosamente al borde de un precipio.
"¿No es esa la novia fugitiva de la Familia Nash?".
"¿Cómo se atreve a mostrar la cara aquí?".
La multitud la miraba con evidente desdén.
Ella se sintió como una presa rodeada por una manada de lobos. Con cautela, le preguntó a Connor: "¿Puedo examinar a la señora Daniels? Quizás pueda ayudarla?".
¡¿Qué?! Todos se quedaron estupefactos.
Lorna soltó una risa aguda y burlona y dijo: "¿Señorita Nash, estás loca? Todo el mundo sabe que nunca terminaste la secundaria. ¿Cuándo te convertiste en una experta en medicina?".
Marissa ignoró el comentario hiriente.
Su atención se centraba únicamente en intentar salvar una vida, y le suplicó a Connor: "Si los doctores ya se dieron por vencidos, ¿qué pierde con dejarme intentarlo? Las cosas no pueden empeorar".
El equipo médico estaba indignado.
¿Cómo iban a permitir que una chica rica y notoria por su mala reputación anulara su declaración de muerte?
Los miembros de la Familia Daniels también estaban furiosos.
Esta mujer, que los había humillado al huir de la boda, ahora se atrevía a intervenir en la muerte de Arabella.
Todos esperaban que Connor ordenara que echaran a esa lunática.
Inesperadamente, la feroz ira en los ojos de él se desvaneció.
Siguió mirando el rostro de Marissa, dejando a toda la sala en silencio.
Al final Neil, incapaz de contener su ira, golpeó la mesa y exclamó: "¡No podemos permitir que esa mujer ignorante se entrometa! ¡Échenla ahora!".
Los guardaespaldas, anticipando esta orden, comenzaron a acercarse para escoltarla.
"¡¿Quién se atreve a ponerle un dedo encima a mi mujer?!".
Todos se quedaron atónitos.
La imponente presencia de Connor llenó la sala, sin dejar lugar a la desobediencia.
Incluso los alborotadores, Neil y Lorna, se vieron obligados a guardar silencio.
Con una sola orden, tomó el control de la situación.
Luego, tomó de la mano de Marissa y la llevó hasta la cabecera de la cama, diciendo simplemente: "Por favor".
Nadie se atrevió a cuestionar la decisión del jefe de la familia.
Marissa comenzó a examinar el cuerpo de Arabella.
Dado que no había recuperado del todo sus fuerzas, sus manos temblaban visiblemente, lo que hacía que su examen pareciera torpe.
Los espectadores interpretaron esa torpeza negativamente.
Asumieron que no sabía nada de medicina, que solo buscaba llamar la atención y que estaba visiblemente nerviosa.
Muchas mujeres habían intentado llamar la atención de Connor con gestos dramáticos, pero usar a Arabella como parte de su plan era algo sin precedentes.
Antes había convencido a Arabella de que aceptara su matrimonio con Connor, demostrando cierta astucia. Pero ahora que la anciana ya no estaba, ¿de verdad creía que podía revivir a los muertos?
¡Eso era una locura!
Todos observaban a Marissa con atención.
Estaban ansiosos por verla hacer el ridículo, esperando que Connor la echara y la caída de la familia Nash junto a ella.
La joven no les hizo caso. Tras terminar su examen, se detuvo a pensar un momento antes de sacar su kit de acupuntura.
Al ver eso, todos se burlaron de ella.
Esperaban alguna intervención médica sofisticada, pero recurrió a la acupuntura, algo que muchos consideraban mero folclore.
El corazón de Arabella había dejado de funcionar; ni siquiera una cirugía podía salvarla, ¿y ella creía que unas cuantas agujas la revivirían?
Connor debía de estar loco para permitirle tratar a Arabella.
Era una figura muy venerada. ¿Cómo podían permitir que esa loca tocara su cuerpo? ¡Era una falta de respeto!
Sin embargo, Connor no intervino, así que nadie se atrevió a criticar abiertamente sus acciones.
Marissa esterilizó las agujas de plata y comenzó a insertarlas en puntos estratégicos del cuerpo de Arabella.
Su creciente debilidad hacía que sus manos temblaran más visiblemente, y gotas de sudor se formaban en su frente.
Los espectadores, al notar sus manos temblorosas, se sintieron ansiosos y aterrorizados al presenciar la colocación de cada aguja.
Cuando se insertó la primera aguja, no hubo cambio.
La segunda siguió, y aun así, no hubo respuesta.
En la novena aguja, todavía no había señales de ningún milagro.
En ese momento, los espectadores no pudieron contenerse más.
"¡Basta!", gritó Neil, furioso.
"¡Qué descaro, intentaste engañarnos! ¿Nos tomas por tontos?".
"¡Te estás metiendo en serios problemas!".
Todos miraron a Marissa, furiosos, listos para despedazar a esta mujer que creían que había faltado al respeto a Arabella.
Incluso Glenn, siempre tan amable, parecía inusualmente sombrío. "Connor, ¿de verdad vas a dejar que esta mujer continúe con sus farsas?".
Pero Connor no la detuvo; al contrario, gritó: "¡Todos, silencio!".
Marissa respiró aliviada. Solo le quedaba una aguja.
Si Connor hubiera cedido a la presión de la multitud y la hubiera detenido, todo su esfuerzo habría sido en vano.
La autoritaria presencia de él volvió a callar a todos, pero la habitación se sentía más pesada, con la ira reprimida acechando bajo la superficie.
Con toda la atención centrada en ella, colocó la décima y última aguja.
Al hacerlo, Arabella inhaló bruscamente una bocanada de aire.
Estaba viva.