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Susurros a la Luna

Susurros a la Luna

Autor: : Jena AS
Género: Historia
Este cautivador libro de cuentos y relatos cortos te sumerge en mundos donde la realidad y la ficción se entrelazan. Cada historia ofrece un viaje único a través de las complejidades de la condición humana, abarcando desde la alegría efímera hasta la tristeza profunda. Con personajes entrañables y giros inesperados, los relatos abordan temas universales como el amor, la pérdida y la búsqueda de identidad. Esta narrativa rica y evocadora invita al lector a reflexionar y sentir, convirtiendo cada cuento en un espejo que refleja fragmentos de nuestra propia vida. Prepárate para descubrir lo que hay más allá de lo aparente.

Capítulo 1 Sombras bajo la luna

La primera vez que escuché las pisadas fue una noche de verano. Las cortinas de mi habitación se agitaban suavemente con la brisa nocturna, y las ramas del roble frente a mi ventana dibujaban sombras danzantes en el suelo. Estaba a punto de dormirme cuando, de repente, escuché los pasos. Eran lentos, firmes, como si alguien caminara deliberadamente en los pasillos de mi casa. Pero, lo más inquietante era que estaba sola. Mamá y papá habían salido de viaje y no debían regresar hasta el domingo.

Me levanté de la cama con un escalofrío recorriéndome la espalda. Los pasos continuaban, suaves pero insistentes. Me quedé quieta, esperando que el sonido cesara. ¿Sería mi imaginación? ¿El viento quizás? Pero no, los pasos seguían, ahora más cercanos, resonando en el piso de madera del pasillo fuera de mi habitación.

"Tranquila, no es nada", me dije, intentando convencerme. Pero en mi interior, sabía que algo no estaba bien. A través de la puerta entreabierta, vi una sombra deslizarse por la pared del pasillo. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Algo o alguien estaba en mi casa.

Me acerqué a la puerta sin hacer ruido, mis pies descalzos amortiguaban el sonido. Con el pulso acelerado, miré hacia el pasillo, esperando no ver nada. Pero allí estaba: una figura de pie frente a la puerta de la habitación de mis padres. Era alta y oscura, con una silueta apenas visible bajo la tenue luz de la luna que entraba por las ventanas. Mis ojos se abrieron de par en par. El intruso no se movía, solo estaba allí, inmóvil, como si supiera que lo estaba observando.

El pánico se apoderó de mí. Pensé en correr, gritar, pero mi cuerpo no reaccionaba. Mi mente corría a mil por hora. ¿Qué hacía en mi casa? ¿Cómo había entrado? Y lo más importante: ¿qué quería? De pronto, la figura giró la cabeza hacia mí, como si pudiera sentir mi presencia. En ese momento, el miedo me paralizó.

De repente, la figura se desvaneció en las sombras. Mis piernas temblaban, pero sabía que tenía que moverme. Tomé el teléfono que estaba sobre mi mesita de noche y marqué el número de emergencia. Sin embargo, cuando levanté el auricular, no había tono de llamada. Estaba muerto. Un sudor frío empezó a correr por mi espalda. No podía quedarme ahí.

Corrí hacia la ventana con la esperanza de abrirla y saltar al jardín, pero la cerradura no se movía, como si alguien la hubiera sellado. Mi respiración se aceleraba. "Piensa, piensa", me repetía. Necesitaba salir de la casa, pero todas las salidas parecían bloqueadas.

Entonces lo escuché de nuevo. Las pisadas.

Esta vez venían del piso de abajo. El sonido era más rápido, como si quienquiera que fuera, ahora estuviera buscando algo... o a alguien. Mis pies me llevaron automáticamente hacia la puerta del armario. Me agaché y me escondí entre los abrigos y las cajas de zapatos, tratando de controlar mi respiración, que ahora era un torbellino descontrolado. El armario olía a naftalina y polvo, pero era el único refugio que tenía.

El silencio reinó por unos instantes. Intenté escuchar, pero el sonido de mi corazón golpeando en mi pecho parecía ensordecerlo todo. ¿Y si había más de una persona? ¿Y si quien estaba abajo no era el único? El miedo me corroía desde dentro. Cerré los ojos, rogando que todo esto fuera solo un mal sueño.

De repente, un crujido rompió el silencio. Los pasos estaban nuevamente cerca, en el pasillo frente a mi habitación. Mi respiración se detuvo, contuve el aliento, aferrándome a la esperanza de que no entraran en la habitación. Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta. La espera era insoportable.

Con un chirrido metálico, la puerta de mi habitación se abrió lentamente. Escuché la respiración de la figura que había visto antes, ahora más nítida, más pesada. Sentía su presencia en el umbral, como si el aire se hubiera vuelto más denso. Mis piernas temblaban tanto que temía hacer ruido. Un par de segundos, que parecieron eternos, pasaron antes de que lo escuchara nuevamente.

Las pisadas se alejaron, y la puerta de mi habitación se cerró. A pesar de que el peligro parecía haber pasado, no podía salir de mi escondite. Mi mente seguía gritando que algo no estaba bien. Sabía que tenía que aprovechar la oportunidad para escapar, pero la parálisis del miedo me había atrapado.

Fue entonces cuando sentí algo rozar mi pie. Algo dentro del armario. Mi corazón dio un vuelco. No estaba sola.

Con el cuerpo completamente rígido, bajé la mirada hacia mis pies. Entre las sombras, un destello. Dos ojos brillaban desde el fondo del armario, observándome. La respiración que escuchaba no era la mía. Era de algo que estaba ahí, en el armario, conmigo.

Un grito ahogado escapó de mis labios mientras me lanzaba hacia la puerta del armario. Golpeé el suelo, intentando ponerme de pie. Mi cuerpo se tambaleó mientras corría hacia la salida de mi habitación, sin mirar atrás. El sonido de las pisadas regresó, esta vez a toda velocidad detrás de mí.

Corrí por el pasillo, bajando las escaleras de dos en dos, mientras los pasos me perseguían. Llegué a la planta baja, desesperada por encontrar una salida, pero la puerta principal estaba cerrada con llave. Golpeé la puerta, gritando por ayuda, pero sabía que nadie me escucharía. Era tarde y la casa estaba alejada de las demás en la vecindad. Estaba sola.

Mis manos temblaban mientras intentaba abrir las ventanas del salón, pero ninguna cedía. De repente, un golpe seco detrás de mí. Me giré y vi la figura que había estado acechándome. Estaba parada en la entrada del salón, bloqueando mi única salida. Su rostro seguía cubierto por la sombra, pero ahora podía ver una sonrisa torcida iluminada por la débil luz de la luna. Algo en esa sonrisa me hizo entender que esto no era un simple robo. Esta figura no estaba aquí por dinero o cosas materiales. Estaba aquí por mí.

-No tiene sentido correr -dijo la voz, susurrante y grave, llenando el espacio entre nosotros.

No respondí. En lugar de eso, corrí hacia la cocina. Sabía que había un cuchillo en el cajón junto al fregadero. Tal vez podría defenderme, tal vez podría...

-No llegarás lejos -dijo la figura, avanzando lentamente hacia mí.

Llegué a la cocina y tiré del cajón con todas mis fuerzas, sacando un cuchillo grande y afilado. Lo levanté con manos temblorosas, sabiendo que este era mi último recurso.

-No tienes que hacerlo -la voz se deslizó, ahora más cerca.

Lo vi venir hacia mí, cada paso firme, cada movimiento calculado. Mis manos sudaban, y el cuchillo se sentía demasiado pesado en mis manos. La figura se detuvo justo frente a mí, y en ese momento, la luz de la luna iluminó su rostro por primera vez.

Era un rostro que nunca había visto antes. Sus ojos eran oscuros y profundos, llenos de una frialdad inhumana. Había algo en su expresión que me recordó a los depredadores que observan a sus presas antes de atacar. Y entonces, lo entendí. Esta figura no era humana. Era algo más, algo mucho peor.

-Esto no es real -murmuré, sin saber si me lo decía a mí misma o a la figura frente a mí.

El intruso sonrió de nuevo, esa misma sonrisa torcida que me helaba la sangre. Entonces, antes de que pudiera reaccionar, dio un paso hacia adelante, y en un movimiento rápido, me arrebató el cuchillo de las manos.

El mundo pareció detenerse. No supe cómo sucedió, ni cómo alguien podía moverse con tanta rapidez. Solo supe que estaba indefensa. La figura levantó el cuchillo, y por un breve segundo, nuestros ojos se encontraron.

Y entonces, algo inesperado sucedió.

Un fuerte estruendo resonó desde la puerta de entrada. La figura se giró, distraída, y vi cómo la puerta se abría de golpe. Un hombre entró, alguien que no había visto antes. Llevaba un abrigo largo y oscuro, y en sus manos sostenía una lámpara que emitía una luz cegadora. La figura frente a mí gruñó, retrocediendo hacia las sombras, como si la luz lo quemara.

-¡Aléjate de ella! -gritó el hombre, avanzando hacia el intruso.

La figura soltó el cuchillo y se desvaneció en las sombras, desapareciendo por completo. El hombre me miró, extendiendo una mano.

-Estás a salvo ahora -dijo, su voz grave pero reconfortante.

No supe qué decir. El terror todavía me envolvía, pero algo en los ojos del hombre me hizo sentir que, alguien me había salvado de algo mucho peor.

-¿Quién eres? -pregunté, retrocediendo un paso, aún temblando.

El hombre bajó la lámpara, suavizando la luz, y me miró con una expresión de comprensión. Tenía la mirada dura, marcada por años de experiencia, pero también algo en su rostro me resultaba reconfortante, como si de algún modo supiera exactamente lo que había pasado.

-Mi nombre es Caleb -respondió con calma-. Estaba esperando que no llegara a esto, pero llegué tarde. Lamento lo que has tenido que pasar.

-¿Esperando? -pregunté, confundida-. ¿Qué era eso? ¿Qué está pasando?

Mis preguntas se agolpaban una tras otra mientras el miedo volvía a surgir dentro de mí. Aunque la figura ya no estaba, la sensación de peligro seguía presente en cada rincón de la casa.

Caleb suspiró y guardó la lámpara en el bolsillo de su abrigo. Parecía buscar las palabras adecuadas, pero finalmente optó por la verdad, o al menos una parte de ella.

-Lo que viste no era humano -dijo, y mis peores temores se confirmaron-. No es fácil de explicar, pero hay cosas en este mundo que escapan a nuestra comprensión. Lo que estaba aquí esta noche te ha estado observando durante mucho tiempo. Y no parará.

Mi piel se erizó al escucharlo. Esa criatura... ¿me había estado observando? Una sensación de repulsión se apoderó de mí. Intenté recordar algún indicio, algo que me hubiera avisado, pero todo había sucedido tan rápido.

-¿Qué quiere de mí? -logré decir, mi voz apenas un susurro.

Caleb se acercó a la ventana y miró hacia afuera, como si estuviera buscando algo en la oscuridad. Luego, se volvió hacia mí con una expresión sombría.

-Tú tienes algo que necesita -dijo-. Algo que ni siquiera sabes que posees.

Me quedé en silencio, intentando procesar sus palabras. ¿Algo que yo tenía? ¿Qué podía ser tan importante? Mi vida siempre había sido normal, monótona incluso. No había nada especial en mí, o eso creía.

-No entiendo -murmuré, sintiéndome cada vez más desorientada.

Caleb caminó hacia mí, con la misma calma que había mostrado desde que llegó. A pesar de todo, su presencia me reconfortaba de alguna manera. Se detuvo a pocos pasos de mí y bajó la voz.

-No eres una chica cualquiera -dijo-. Eres el último eslabón de algo mucho más antiguo, algo que comenzó hace generaciones en tu familia. Ese ser estaba aquí porque quiere lo que corre por tus venas, lo que has heredado sin saberlo.

Las palabras de Caleb me dejaron sin aliento. ¿Mi familia? ¿Una herencia que desconocía? Todo sonaba demasiado fantasioso, como una historia sacada de un viejo libro de terror. Pero la mirada en sus ojos me decía que no estaba mintiendo. Sentí que el suelo bajo mis pies comenzaba a tambalearse.

-¿Mi familia? -pregunté, mis pensamientos arremolinándose-. ¿Mis padres saben algo de esto?

Caleb dudó un segundo antes de responder.

-Tus padres no son quienes crees que son -dijo finalmente-. Ellos sabían, pero te lo ocultaron para protegerte. No querían que el pasado te alcanzara. Pero ahora, ya no hay vuelta atrás.

El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa. Mi vida entera parecía haber sido una mentira, una fachada cuidadosamente construida para ocultar un secreto que ni siquiera había imaginado. ¿Qué había en mí que esa criatura deseaba? ¿Qué tipo de legado oscuro había heredado sin saberlo?

-Entonces, ¿qué hago? -pregunté, con la voz entrecortada, mientras las lágrimas amenazaban con brotar-. ¿Cómo me enfrento a algo que ni siquiera comprendo?

Caleb esbozó una leve sonrisa, una sonrisa cansada, como la de alguien que ha luchado muchas batallas y sigue de pie.

-Primero, necesitas respuestas -dijo-. Y te prometo que te ayudaré a encontrarlas. Pero para eso, tienes que confiar en mí. No será fácil, pero no estás sola en esto.

Me quedé mirándolo por un momento, tratando de encontrar alguna señal de duda en sus palabras, alguna razón para no creerle. Pero no la había. Por alguna razón que no entendía del todo, sentía que podía confiar en él, que este hombre había sido enviado aquí por algo más grande que nosotros.

-Está bien -asentí, limpiando las lágrimas que amenazaban con caer-. ¿Por dónde empezamos?

Caleb me miró con determinación y, por primera vez en toda la noche, sentí una chispa de esperanza.

-Primero, necesitamos salir de aquí -dijo, mirando nuevamente hacia la ventana-. No estamos seguros. Y esa cosa regresará.

Sentí un nudo en el estómago. Caleb me tomó del brazo con suavidad, guiándome hacia la puerta de la cocina. Afuera, la luna brillaba intensamente, pero las sombras que se extendían en el jardín parecían moverse, como si algo estuviera acechándonos. El viento había dejado de ser una brisa suave; ahora era un aullido escalofriante que hacía que todo pareciera aún más surrealista.

Antes de salir, Caleb se giró hacia mí una vez más.

-Hay algo que debes saber -dijo, con una seriedad que hizo que mi corazón se detuviera por un momento-. No todos los monstruos tienen la apariencia de una bestia. Algunos se esconden a plena vista.

No entendí del todo lo que quería decir en ese momento, pero las palabras se quedaron conmigo mientras avanzábamos hacia la oscuridad de la noche. Afuera, en el mundo que siempre había creído normal, una nueva realidad comenzaba a formarse, una donde los monstruos no eran cuentos de terror, sino amenazas reales, siempre acechando en las sombras.

Y yo, sin saberlo, era el centro de todo.

La historia había comenzado con pasos en el pasillo, pero lo que venía después, lo que estaba por descubrir, cambiaría mi vida para siempre.

Salimos de la casa en silencio, con Caleb guiándome hacia la oscuridad del jardín. Mis pies descalzos rozaban el césped húmedo, y sentía cómo el frío de la noche se filtraba por cada poro de mi piel. A cada paso que daba, no podía evitar la sensación de que algo o alguien nos estaba observando, como si las sombras de la noche se movieran por su cuenta, conspirando en mi contra.

Caleb me mantenía a su lado, vigilante. No decía nada, pero podía sentir su tensión, su preparación para lo que pudiera suceder. En su rostro se dibujaba una determinación que me daba fuerzas para seguir adelante, a pesar del miedo que aún me atenazaba.

-¿A dónde vamos? -pregunté en voz baja, temiendo que si hablaba más fuerte, algo nos escuchara.

Caleb no apartó la vista del camino frente a nosotros, pero su respuesta fue clara:

-Hay un lugar seguro. Un refugio. Allí podremos planear qué hacer a continuación.

No podía imaginar a qué tipo de refugio se refería, pero confié en él. No tenía otra opción. A medida que avanzábamos, me di cuenta de que estábamos alejándonos de la ciudad, de cualquier señal de civilización. El aire parecía más espeso, más cargado de una energía extraña. Los árboles se alzaban a nuestro alrededor, creando una especie de túnel oscuro que nos tragaba.

Entonces, sentí de nuevo aquella presencia. Algo o alguien nos seguía. Miré por encima del hombro, pero no vi nada, solo sombras alargadas y el movimiento del viento entre las ramas.

-Nos siguen -susurré, sin poder ocultar el temblor en mi voz.

Caleb asintió, pero no pareció sorprendido. En su lugar, apretó el paso.

-Lo sé. No nos detendremos. Tienen menos poder aquí afuera, pero aun así, debemos darnos prisa.

Intenté no pensar en lo que significaba "menos poder". Aceleré el ritmo junto a él, corriendo casi a ciegas entre los árboles. Mis pensamientos volvían a lo que Caleb me había dicho antes, sobre mi familia y el oscuro legado que, aparentemente, corría por mis venas. Todo sonaba tan irreal, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

De repente, Caleb se detuvo en seco. Habíamos llegado a un claro en medio del bosque, y frente a nosotros, lo que parecía una pequeña cabaña se alzaba en la oscuridad. A simple vista, no era más que una vieja construcción de madera, pero había algo en ella que me hizo sentir una sensación extraña, como si ese lugar tuviera una energía propia, una vibración que no podía explicar.

-Aquí estaremos seguros por ahora -dijo Caleb, señalando la cabaña-. Pero no podemos quedarnos mucho tiempo.

Entramos rápidamente. El interior era sencillo, con muebles antiguos y una chimenea apagada en una esquina. Caleb cerró la puerta tras nosotros y aseguró las ventanas con tablas que parecían haber estado preparadas para ese propósito.

-¿Qué es este lugar? -pregunté, observando el entorno con desconfianza.

-Es uno de los pocos sitios donde "ellos" no pueden entrar -respondió Caleb, refiriéndose a las criaturas que nos habían estado acechando-. Lo construyeron mis antepasados, para proteger a gente como tú.

Me quedé en silencio, tratando de entender. Parecía que todo lo que había creído sobre mi vida estaba siendo arrancado de raíz. ¿Antepasados? ¿Gente como yo? Nada tenía sentido, pero antes de que pudiera hacer más preguntas, Caleb se acercó y colocó una mano en mi hombro.

-Sé que esto es difícil de aceptar, pero necesito que confíes en mí. Tu familia forma parte de algo antiguo, algo que comenzó mucho antes de que nacieras. Esos seres... esas sombras han estado buscando lo que tú tienes durante siglos.

-¿Qué tengo? -pregunté, incapaz de contenerme más.

Caleb me miró directamente a los ojos, y en su mirada pude ver un peso de dolor y responsabilidad que no había percibido antes.

-Eres la última de una línea de guardianes -dijo-. Tu sangre tiene el poder de cerrar el portal que esos seres utilizan para entrar en nuestro mundo. Tus antepasados lo hicieron antes, pero la barrera que crearon se está debilitando. Y ahora, te necesitan a ti para hacerlo de nuevo.

Las palabras resonaron en mi mente como un eco interminable. ¿Un portal? ¿Guardianes? Era demasiado. Me llevé una mano a la cabeza, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.

-No sé cómo hacer eso -dije finalmente, sintiéndome completamente desbordada.

Caleb asintió con comprensión.

-No estás sola en esto. Te entrenaré. Te prepararé para lo que viene. Pero debes saber algo más: esas criaturas no descansarán hasta que te consigan. Y no son los únicos que están detrás de ti.

Me miró con seriedad, y su siguiente frase me heló la sangre.

-Hay otros que quieren tu poder para sí mismos. Humanos. Ellos son incluso más peligrosos que las sombras, porque saben cómo manipular y engañar.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Estaba atrapada en un conflicto que no comprendía del todo, y ahora, además de las criaturas que me acechaban, había personas que también me buscaban.

-¿Qué hacemos ahora? -pregunté, sintiendo que cada paso que daba me alejaba más de la vida normal que alguna vez conocí.

-Primero, descansa -dijo Caleb-. Mañana empezaremos a entrenar. Necesitarás todas tus fuerzas.

Me recosté en un viejo sofá de la cabaña, aunque sabía que el descanso sería difícil. Mi mente estaba llena de preguntas, de miedos, y sobre todo, de la abrumadora sensación de que mi vida estaba cambiando para siempre.

Esa noche, mientras intentaba dormir, escuché de nuevo las pisadas. Esta vez, no eran las criaturas que me habían acechado. Eran más suaves, casi imperceptibles, pero claramente humanas. Sabía que el peligro no había terminado. Sabía que lo peor estaba por venir.

Y así, con el peso de un destino que aún no comprendía completamente, me di cuenta de que ya no había vuelta atrás.

Capítulo 2 La rosa marchita

En un jardín oculto por los muros altos de una antigua mansión, crecía una única rosa. No era una rosa cualquiera, sino una de esas flores cuyo color carmesí profundo parecía contener todos los secretos de la vida misma. Los pétalos eran aterciopelados, suaves como un susurro, y despedían un aroma que invadía el aire con una dulzura casi insoportable. Pero más allá de su belleza, esta rosa tenía un significado más profundo: representaba los sentimientos de aquellos que la cuidaban.

Lucía, una mujer de treinta y tantos años, había heredado el jardín junto con la mansión tras la muerte de su madre. Desde niña, había escuchado las historias que su madre contaba sobre la rosa. "Es una flor especial," decía, mientras acariciaba con delicadeza los pétalos. "Refleja el estado de nuestros corazones. Si la rosa florece, significa que en tu interior hay amor y esperanza. Si empieza a marchitarse, es porque algo dentro de ti está muriendo."

Durante muchos años, Lucía había observado cómo su madre cuidaba la rosa con devoción. Era la pieza central de su jardín, y su madre parecía siempre vibrante, llena de vida y energía. La rosa nunca mostró señales de marchitarse mientras ella vivía. Sin embargo, después de su muerte, algo cambió.

Al regresar a la mansión, Lucía encontró la rosa que alguna vez había florecido tan majestuosa, ahora pálida y débil. Los bordes de los pétalos se oscurecían, enroscándose lentamente hacia adentro como si la vida estuviera escapando de ellos. En su juventud, Lucía había pensado que esas historias eran simples metáforas, cuentos para llenar el tiempo. Pero ahora, observando la rosa, comenzó a darse cuenta de que había algo de verdad en ellas.

Los días de Lucía se habían vuelto grises. Tras la pérdida de su madre, había quedado atrapada en una rutina vacía. Cada mañana se levantaba, preparaba su café, y miraba sin emoción hacia el jardín, donde la rosa continuaba marchitándose. Intentaba ignorar lo que eso podía significar. Se convencía de que era solo una coincidencia, que el jardín necesitaba más agua o tal vez mejores condiciones de luz. Pero, en el fondo, sabía que la rosa estaba reflejando lo que ella misma sentía.

El dolor que sentía por la pérdida de su madre la había paralizado. Recordaba los momentos felices de su infancia, cuando la vida parecía más sencilla y su madre siempre estaba ahí, cuidando de todo, manteniendo viva la llama del amor y la esperanza. Ahora, sin esa presencia, Lucía se sentía vacía, como si todo en su vida estuviera desmoronándose.

Un día, mientras se sentaba en el banco frente al jardín, notó algo peculiar. Un pequeño capullo comenzaba a formarse junto a la rosa marchita. Era débil y pequeño, apenas perceptible, pero estaba allí. Era un recordatorio de que, aunque la vida parecía desvanecerse, siempre existía la posibilidad de renacer.

Lucía se acercó y tocó el capullo con una suavidad que no había mostrado en semanas. Sentía una leve vibración, como si algo intentara abrirse paso a través de la oscuridad. De repente, la rosa marchita dejó de parecerle una señal de muerte inminente, y empezó a verla como una advertencia, una llamada a la acción.

Recordó las palabras de su madre: "La rosa refleja el estado de tu corazón." Si eso era cierto, entonces había algo en su interior que aún podía florecer. Tal vez no todo estaba perdido.

Los Recuerdos

Esa noche, Lucía fue a la vieja biblioteca de la mansión. Allí, entre los libros empolvados y los muebles antiguos, encontró un diario que su madre solía llevar. Al abrirlo, las páginas revelaban una mezcla de memorias y consejos sobre la vida, el amor y el dolor. Pero había una entrada en particular que llamó su atención. En letras pequeñas, su madre había escrito:

"La rosa no siempre florece. Hay momentos en los que parece que se marchita, pero eso no significa que esté muerta. El amor también pasa por etapas. A veces, nuestros corazones están tan heridos que parece que no hay vuelta atrás, pero siempre hay una oportunidad para sanar. Cuidar de la rosa es recordar cuidar de uno mismo."

Lucía cerró el diario, dejando que esas palabras resonaran en su mente. Había pasado tanto tiempo sumida en su dolor que había olvidado la importancia de cuidar su propio corazón. Si la rosa aún podía tener un pequeño brote de vida, tal vez ella también podría encontrar una manera de seguir adelante.

Durante las semanas siguientes, Lucía comenzó a pasar más tiempo en el jardín. No solo regando y cuidando la rosa, sino permitiéndose sentir de nuevo. Permitió que las lágrimas cayeran sin contenerlas, sintió el dolor de su pérdida sin intentar ignorarlo. Y, lentamente, algo comenzó a cambiar.

La rosa, que había estado al borde de la muerte, comenzó a mostrar signos de recuperación. Los pétalos dejaron de marchitarse, y el capullo que había comenzado a formarse ahora se abría, revelando un pequeño destello de color. No era la flor majestuosa que alguna vez había sido, pero era un comienzo.

La Fragilidad del Amor

Un día, mientras trabajaba en el jardín, un hombre llamado Andrés apareció en la entrada de la mansión. Era un jardinero local que había oído hablar del antiguo jardín y estaba interesado en ayudar a restaurarlo. Lucía, al principio, fue reacia a aceptar su ayuda. Había pasado tanto tiempo aislada que la idea de compartir su espacio con otra persona le resultaba incómoda. Sin embargo, algo en la manera tranquila de Andrés la convenció de darle una oportunidad.

A medida que trabajaban juntos, Andrés comenzó a hablarle de su propia vida. Había perdido a su esposa años atrás y, al igual que Lucía, había pasado por un periodo oscuro donde todo parecía marchitarse a su alrededor. Sin embargo, encontró consuelo en la jardinería, en cuidar algo que podía florecer incluso cuando todo lo demás parecía desmoronarse.

Sus palabras resonaron profundamente en Lucía. Había creído que su dolor era único, que nadie podría entender lo que estaba sintiendo, pero al escuchar la historia de Andrés, se dio cuenta de que el sufrimiento era una experiencia compartida. Ambos habían experimentado la pérdida, y ambos habían encontrado una forma de seguir adelante.

Con el tiempo, su relación con Andrés se profundizó. Al principio, era simplemente una amistad, un consuelo mutuo en sus pérdidas. Pero, al igual que la rosa, sus sentimientos comenzaron a florecer de nuevo. Sin darse cuenta, el jardín se había convertido en un lugar no solo de memoria, sino de nuevos comienzos.

El Ciclo de la Vida

Meses después, el jardín estaba irreconocible. La rosa, que había estado al borde de la muerte, ahora florecía con más vida que nunca. Los pétalos carmesí brillaban bajo la luz del sol, y el aroma llenaba el aire con una dulzura que parecía prometer un futuro lleno de esperanza.

Lucía, al observar la rosa en todo su esplendor, comprendió que su madre tenía razón: la rosa era un reflejo de sus sentimientos. Había pasado por un periodo de oscuridad, pero al igual que la flor, había encontrado la fuerza para seguir adelante.

El dolor de la pérdida nunca desapareció por completo, pero dejó de ser lo único en su vida. Aprendió que, aunque los sentimientos pueden marchitarse, siempre hay espacio para que algo nuevo crezca. Como el capullo que apareció cuando todo parecía perdido, su corazón también había encontrado una manera de florecer de nuevo.

Y así, mientras las estaciones pasaban y el jardín seguía cambiando, Lucía entendió que la vida, como la rosa, era un ciclo de muerte y renacimiento. Cada emoción, cada pérdida, cada momento de alegría formaba parte de ese ciclo, y al final, lo más importante era seguir cuidando la rosa interior que todos llevamos dentro.

Capítulo 3 El susurro del abismo

La noche había caído con un peso insoportable sobre el pueblo de San Isidro, una pequeña aldea enclavada entre montañas que parecían guardar secretos milenarios. El viento, frío y afilado, aullaba como un lobo herido mientras agitaba las ramas de los cipreses. Nadie salía después del atardecer. No desde que los primeros desaparecidos comenzaron a ser noticia.

Marta caminaba apresuradamente, su linterna parpadeando en el camino de tierra. Había prometido a su abuela que volvería antes de que el sol se escondiera, pero una visita inesperada al único hospital del pueblo la había retrasado. Su madre, enferma desde hacía meses, no mejoraba. Mientras cruzaba el sendero bordeado por espesos árboles, escuchó algo que la hizo detenerse.

Un susurro.

Era leve, casi imperceptible, pero tenía algo extraño. No era el sonido del viento ni el crujir de las hojas secas. Era una voz. Su piel se erizó cuando el murmullo se transformó en palabras:

-Marta... ven...

El corazón le dio un vuelco. Miró a su alrededor, enfocando con la linterna los rincones oscuros, pero no vio nada. El silencio volvió, salvo por el martilleo de su propia respiración.

"Estoy imaginando cosas", pensó, tratando de tranquilizarse. Pero cuando estaba a punto de retomar el paso, el susurro regresó, esta vez más claro.

-Ayúdame...

El sonido parecía provenir del bosque que bordeaba el sendero. Marta sabía que no debía entrar; desde niña, su abuela le había contado historias sobre el abismo escondido en esas tierras. Un lugar donde, según la leyenda, los vivos desaparecían y los muertos murmuraban.

Pero la voz sonaba tan desesperada.

"¿Y si alguien realmente necesita ayuda?", se dijo, tratando de ignorar el nudo en su estómago.

Tomando aire, se internó en el bosque.

Marta avanzó entre las sombras del bosque, su linterna apenas iluminando el camino. A cada paso, las ramas crujían bajo sus pies, como si el suelo mismo intentara advertirle que regresara. El aire olía a humedad y a algo más... algo metálico. La voz continuaba, arrastrándose entre los árboles como una serpiente invisible.

-Por favor... no me dejes...

El tono dolido hizo que Marta apretara los labios. A pesar del miedo que le recorría la espalda como un escalofrío helado, no podía ignorarlo. Se detuvo un momento, tratando de localizar el origen. Entonces lo vio: un tenue destello rojizo en la distancia.

"¿Una fogata?", pensó. Pero la luz era extraña, pulsante, como si respirara. Marta avanzó hacia ella, el nudo en su estómago creciendo con cada paso.

Finalmente llegó a un claro donde el suelo se abría en un enorme abismo. La luz roja emanaba de las profundidades, iluminando el borde con un resplandor espectral. Marta sintió que las piernas le temblaban.

-¿Hola? -preguntó con la voz entrecortada.

El silencio fue su única respuesta. Estaba a punto de retroceder cuando algo se movió a su derecha. Giró la linterna rápidamente, enfocando la figura de un hombre. Estaba de rodillas junto al borde del abismo, con la cabeza inclinada hacia abajo, como si rezara. Su ropa estaba desgarrada, y su piel parecía pálida, casi traslúcida.

-¿Se encuentra bien? -preguntó Marta, dando un paso hacia él.

El hombre levantó la cabeza lentamente, y Marta contuvo un grito. Sus ojos eran completamente negros, dos abismos que reflejaban la luz roja del fondo. La sonrisa que se dibujó en su rostro no era humana.

-Te estaba esperando -dijo, con una voz que no era la misma que había escuchado antes.

Marta retrocedió, tropezando con una raíz. La linterna cayó al suelo y se apagó, dejándola en una oscuridad casi total. La luz roja del abismo era lo único que iluminaba ahora la escena.

El hombre comenzó a levantarse, sus movimientos eran torpes, casi mecánicos, como si no estuviera acostumbrado a usar su propio cuerpo.

-¿Qué quieres? -gritó Marta, su voz quebrándose.

-Tú. -La palabra resonó como un eco en el claro.

Sin pensarlo, Marta se dio la vuelta y corrió. Se adentró en el bosque, ignorando las ramas que rasgaban su piel y las raíces que intentaban hacerla caer. El aire parecía más espeso, como si el bosque mismo intentara detenerla.

Detrás de ella, el sonido de pasos apresurados la hizo correr más rápido. Pero no era el sonido de un solo perseguidor; eran muchos. Era como si todo el bosque hubiera cobrado vida.

Finalmente, vio el borde del bosque y la tenue luz del sendero donde había comenzado todo. Reunió todas sus fuerzas y corrió hacia él. Al cruzar, el silencio volvió. Miró hacia atrás, pero no vio a nadie.

El alivio fue momentáneo. Cuando se giró para continuar, un escalofrío recorrió su espalda. Frente a ella, en el sendero, estaba el hombre de ojos negros, sonriendo.

-Nadie escapa del abismo, Marta.

Marta retrocedió instintivamente, aunque el bosque detrás de ella parecía tan peligroso como el hombre frente a ella. Su mente trabajaba a toda velocidad, tratando de encontrar una salida.

-¿Qué quieres de mí? -preguntó de nuevo, su voz temblando mientras trataba de mantener la calma.

El hombre inclinó la cabeza, como si considerara su pregunta. Su sonrisa se amplió, revelando dientes afilados como agujas.

-No es lo que yo quiero... es lo que el abismo quiere. -Señaló hacia el bosque con un movimiento lento de su mano, y el aire alrededor pareció ondular, como si algo invisible se moviera entre los árboles.

Marta sintió un zumbido en los oídos, un ruido extraño que parecía venir desde el fondo de su mente. De repente, recordó las palabras de su abuela: "El abismo no solo toma cuerpos; toma almas. Susurros que prometen ayuda son trampas para aquellos con corazones débiles."

-No voy a caer en esto. No pertenezco al abismo -dijo, tratando de sonar segura, aunque sus piernas temblaban.

El hombre soltó una carcajada que no era humana, un sonido hueco y metálico que parecía venir de todas partes a la vez.

-Oh, pero ya eres parte de él, Marta. Entraste, escuchaste, viste... y el abismo no olvida.

Antes de que Marta pudiera responder, el suelo bajo sus pies comenzó a temblar. Una grieta se abrió entre ella y el hombre, extendiéndose hacia el bosque, mientras una luz roja y pulsante se derramaba como sangre desde el suelo. Marta cayó al suelo, pero se arrastró hacia atrás, lejos del abismo que parecía devorar todo a su paso.

-No puedes correr para siempre -dijo el hombre, mientras su cuerpo comenzaba a desmoronarse, como si fuera una mera ilusión.

Cuando Marta volvió a mirar, él ya no estaba.

El regreso al pueblo

Marta no perdió más tiempo. Corrió sin mirar atrás hasta que el bosque se quedó atrás y las primeras casas del pueblo aparecieron a la distancia. Se detuvo, jadeando, con las piernas temblorosas. La luz en las ventanas de las casas parecía tranquilizadora, pero una sensación de peligro persistía en el aire.

Entró corriendo a su casa y cerró la puerta con fuerza, asegurándose de atrancarla. Su abuela, sentada junto a la chimenea, la miró con preocupación.

-¿Qué has hecho, niña? -preguntó, su voz temblando.

Marta no sabía por dónde empezar. Le explicó todo: el susurro, la voz, la luz roja, el hombre del abismo. La abuela la escuchó en silencio, su rostro poniéndose cada vez más pálido.

Cuando Marta terminó, la abuela se levantó lentamente y se dirigió a una vieja caja que siempre había mantenido cerrada. Sacó un crucifijo de hierro oxidado y un pequeño frasco de vidrio lleno de un líquido que parecía aceite.

-Esto no es un cuento, Marta. El abismo ha reclamado a muchos antes, pero tú eres la primera en volver. Eso significa que quiere algo más de ti.

-¿Qué puedo hacer? -preguntó Marta, su voz apenas un susurro.

-No enfrentarlo sola. El abismo se alimenta del miedo, de las dudas. Necesitarás más que coraje; necesitarás aliados y respuestas.

Marta no entendió del todo, pero las palabras de su abuela encendieron una chispa de esperanza. Sabía que no podía ignorar lo que había visto ni quedarse esperando a que el abismo viniera por ella.

La búsqueda de respuestas

Esa misma noche, Marta decidió buscar a los pocos ancianos del pueblo que conocían las historias más antiguas. Con cada relato, una imagen más clara del abismo comenzó a formarse en su mente. Era un lugar antiguo, una grieta que conectaba este mundo con algo más allá, algo que no debería existir. Nadie que cayera en él regresaba, al menos no como humano.

Sin embargo, también descubrió que existía una manera de cerrar el abismo. Era un ritual peligroso, que requería que alguien enfrentara a las entidades del otro lado directamente. Marta sabía que esa persona tendría que ser ella.

Al amanecer, Marta se preparó. Tomó el crucifijo de su abuela, el frasco de aceite y una vieja daga que encontró en el sótano. Con el corazón pesado pero decidido, regresó al bosque.

El abismo la esperaba.

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