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Suya por venganza

Suya por venganza

Autor: : Atena S
Género: Adulto Joven
DISPONIBLE EN AMAZON KINDLE Y TAPA BLANDA 24/ JULIO/2025 Parte 1 Leah Bennet es una joven tímida, guapa, estudiante de élite y protegida hija de un temido policía de Manhattan. Vive una vida ordenada, inocente, y su única amiga es Erika, con quien comparte todo... o casi todo. Una noche, Seth Bennet, su padre, le confiesa que ha matado a Levis Russo, la mano derecha del temido Max Ravello, el capo de la mafia conocido como La Bestia. Leah no alcanza a comprender las consecuencias... hasta que al día siguiente, un coche negro la sigue. Esa misma tarde, desaparece sin dejar rastro. Max Ravello se le conoce por no tener piedad. Secuestra a Leah para enviar un mensaje al hombre que destruyó a su familia criminal. Pero cuando la ve por primera vez, algo en ella lo detiene: su mirada. Su inocencia. Su silencio valiente. Leah le planta cara, incluso temblando de miedo. Él la llama "ángel". Y jura que será suya, de la forma que quiera. Leah, rota y asustada, intenta convencerlo de que la libere. Él le da una opción cruel: o se queda, o su padre muere. Leah acepta quedarse. Cuando Erika, preocupada por la desaparición de su amiga, va a visitar a su hermano Max, descubre que la tiene cautiva. Le suplica que la libere, pero Max promete solo mantenerla encerrada... por ahora. Leah empieza a escribir un diario con sus pensamientos. Y en él, sus deseos. Porque aunque lo detesta, no puede negar que Max despierta cosas que no ha sentido jamás. La tensión entre ellos crece, y en medio del peligro, el deseo se convierte en adicción. En ese infierno de poder, pasión y secretos, ambos descubrirán que la mayor venganza... es enamorarse.

Capítulo 1 La confesión

Capítulo 1 - La confesión

-Leah... siéntate -la voz grave de su padre llenó el salón como un disparo.

Leah Bennet parpadeó, sorprendida por la tensión que envolvía la casa. Dejó su mochila sobre el sofá, se quitó la bufanda del cuello con las manos aún frías por el viento de Manhattan y se sentó en el borde del sillón, inquieta.

-¿Ha pasado algo? -preguntó, con su voz suave y nerviosa.

Seth Bennet no era un hombre de muchas palabras. Era rígido, duro, protector hasta el extremo. Nunca le había hablado con ese tono. Esa noche, sin embargo, parecía distinto. Más viejo. Más roto.

-Hoy he hecho algo, Leah... algo que puede cambiarlo todo.

-He matado a alguien. Alguien verdaderamente peligroso. Y ahora... temo por tu vida.

Leah sintió cómo el miedo se le encajaba en el pecho.

-¿Qué? ¿Por qué dices eso? ¿A quién has matado?

Seth apretó la mandíbula. Dudó un segundo, pero luego lo dijo sin rodeos:

-Levis Russo. La mano derecha de Max Ravello.

El aire pareció congelarse en la habitación.

Leah palideció.

-¿Max Ravello? ¿El capo? ¿La Bestia que controla toda Nueva York?

-Sí, princesa -asintió con pesar-. Lo siento por ponerte en peligro.Pero no tuve opción. Era él ... o yo. Tuvimos una redada esta madrugada. Llevábamos meses detrás de su organización. Levis Russo se resistió. Nos apuntó... y yo disparé.

Ella no podía creer lo que escuchaba. Max Ravello era una leyenda oscura, una sombra que los noticieros apenas nombraban. Un mito de sangre, dinero y muerte. Y su padre... lo había desafiado.

-Te prometo que mañana mismo te pongo protección -añadió Seth con firmeza-.-Tienes que tener cuidado, Leah. No vayas sola a ningún sitio. Nada de salidas innecesarias. No le cuentes esto a nadie. ¿Me oyes?

Leah sintió un nudo en el estómago.

-¿Por qué me dices eso, papá?

-Porque tú eres mi hija. Y quiero que estés alerta. Esto... podría tener consecuencias.

-¿Consecuencias? ¿Cómo cuáles?

Su padre se levantó. Caminó hasta la ventana. Observó la calle, como si esperara ver algo. O a alguien.

-Max Ravello no deja cabos sueltos. Es frío, metódico... sádico. Levis no era solo su mano derecha. Era como un hermano para él.

Se giró hacia ella.

-Tú podrías ser un blanco.

Leah tragó saliva. Le dolía el estómago.

-Papá, ¿me estás diciendo que... ese Max... podría hacerme algo?

-No lo sé -susurró él-. Pero haría cualquier cosa por venganza.

Leah sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Y en ese instante lo comprendió:

Estaba marcada.

Esa noche, Leah no pudo dormir. No podía dejar de pensar en los ojos oscuros de aquel hombre al que jamás había visto, pero del que todos hablaban con miedo: Max Ravello. El diablo en carne y hueso.

Por la mañana, Leah caminó hacia la universidad bajo la lluvia fina de Manhattan, con la capucha sobre la cabeza y el corazón en el cuello. Las palabras de su padre la habían dejado inquieta. Y entonces lo notó.

Un coche negro.

Parado en la esquina. Cristales tintados. Motor encendido.

Aceleró el paso, fingiendo que no lo había visto. Pero lo sintió. Cada vez que miraba de reojo, ahí estaba. Persiguiéndola sin moverse. Como un tiburón acechando bajo el agua.Al llegar a la puerta del campus, el coche desapareció. Se mezcló con el tráfico como un fantasma.

Corrió hacia la entrada de la universidad y marcó el número de Erika.

-¿Puedes venir a la cafetería? Necesito verte ya.

La cafetería de la universidad zumbaba con el ruido de tazas, estudiantes medio dormidos y conversaciones superficiales. Pero Leah apenas oía nada. Estaba sentada en una mesa del fondo, envuelta en su abrigo, con las manos temblando alrededor de una taza de té que ni siquiera había probado.

Erika llegó con paso rápido, sin aliento, y se dejó caer frente a ella.

-¿Qué pasa? ¿Estás bien? Me has asustado con tu llamada.

Leah levantó la mirada. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de miedo y confusión.

-No... no estoy bien.

Erika frunció el ceño. Dejó su bolso en la silla y se inclinó hacia ella.

-¿Ha pasado algo, cielo?

Leah dudó. Miró a su alrededor, asegurándose de que nadie las escuchara, y luego se inclinó también.

-Anoche mi padre me dijo algo... algo que no sé cómo digerir.

Erika tragó saliva.

-¿Qué te dijo?

-Que mató a un hombre -susurró Leah, apenas audible-. A uno muy peligroso. A Levis Russo.

Erika se quedó en silencio. Sus pupilas se dilataron. El nombre le cayó como un golpe seco.

-¿Qué? -fue todo lo que pudo articular.

Leah asintió lentamente.

-Era la mano derecha de Max Ravello.

Erika palideció. Sintió que el corazón se le detenía por un instante.

-¿Estás segura? -preguntó, su voz más débil, casi robótica.

-Lo dijo con esas palabras. Que fue en una redada, que no tuvo opción... pero que ahora teme que algo malo pueda pasarme. Me habló de Max como si fuera el mismísimo diablo.

Erika bajó la mirada, tensa, pero intentó mantenerse serena. No podía decirle la verdad. No todavía. No así.

-¿Y tú... estás bien?

-Siento miedo, Erika -confesó Leah, con la voz rota-. Esta mañana, camino a clase, vi un coche negro siguiéndome. No sé si fue mi imaginación, o si de verdad alguien me estaba vigilando. Pero... me sentí como una presa.

Erika tragó saliva. Apretó las manos contra la mesa, para que Leah no notara que le temblaban.

-Quizás estás sugestionada. A veces el miedo nos hace ver cosas...

-No. No lo imaginé. Lo sentí, Erika. Como si alguien... me estuviera vigilando.

Erika levantó la mirada. Sus ojos azules se llenaron de una angustia silenciosa. Quería decirle la verdad. Quería abrazarla y llevársela lejos. Pero no podía. No ahora.

-¿Qué vas a hacer?

-No lo sé. Solo quería contártelo... porque tú eres lo único real que tengo. No puedo hablar de esto con nadie más. Y me siento... como sino tuviera ninguna salida.

Erika asintió, con una presión en el pecho que la estaba asfixiando.

-Estoy contigo, Leah. Pase lo que pase.

Leah esbozó una sonrisa temblorosa. No lo sabía, pero acababa de confiar su miedo a la persona menos indicada... o quizás, a la única que podía salvarla.

Erika solo pensaba una cosa: Tenía que hablar con Max. Antes de que fuera demasiado tarde.

...

Max entrecerró los ojos y encendió un cigarro. El fuego del encendedor iluminó brevemente sus facciones: mandíbula afilada, mirada de acero. El humo se mezcló con la humedad de la lluvia afuera, como si el mismo aire supiera que algo oscuro estaba por ocurrir.

Leah seguía dentro de la cafetería, hablando con Erika, ajena al infierno que se cernía sobre ella. Su voz no podía oírse, pero sus ojos... esos ojos verdes vibraban con miedo.

Y ese miedo lo excitaba.

-Esta noche -dijo Max, sin apartar la vista del cristal-. La quiero en la mansión antes de que amanezca.

Marco Santoro giró la cabeza, sorprendido por la orden.

-¿Esta noche?

-Sí. Lo quiero limpio. Rápido. Sin gritos, sin sangre, sin testigos. Ni un solo puto rastro.

Marco asintió, aunque la tensión se le marcaba en la mandíbula.

-¿Cómo quieres hacerlo?

Max exhaló una bocanada de humo, lenta, letal.

-Tú encárgate del traslado. Yo me encargaré de todo lo demás.

Marco dudó un segundo. Luego habló, en tono más bajo:

-Podemos drogarla. Algo suave. Nada que la lastime. Solo para que no grite ni se resista. ¿Quieres que lo prepare?

Max lo miró de reojo, evaluando. Luego asintió.

-Pero no le hagas daño. Ni un puto rasguño, ¿me oyes?

Marco levantó las manos.

-Lo sé, jefe. Ni una marca. Será como si se hubiera dormido y despertado en otro mundo.

Max apagó el cigarro en el cenicero del coche con una lentitud inquietante. Su mirada volvía, una y otra vez, a Leah. No sabía aún si quería destruirla o poseerla. Tal vez ambas.

-Quiero que, cuando despierte... -murmuró, más para sí mismo que para Marco-. Me mire a los ojos y entienda quién manda ahora.

Marco tragó saliva.

-¿Y si el padre mueve cielo y tierra para encontrarla?

Max sonrió, esa media sonrisa oscura que daba escalofríos.

-Que lo intente. Cuanto más se acerque... más rápido morirá.

Fuera, la lluvia comenzó a caer con más fuerza, empapando la ciudad como si intentara borrar lo que estaba a punto de pasar.

Pero nada borraría lo que él iba a hacer.

Y Leah... ya era suya.

Capítulo 2 El secuestro

Capítulo 2 - El secuestro

La clase de Literatura Contemporánea se desarrollaba frente a Leah como un murmullo lejano. Las palabras del profesor flotaban en el aire, pero no llegaban a instalarse en su mente. Sus apuntes estaban en blanco, su bolígrafo giraba entre los dedos con movimientos inconscientes. Veía moverse los labios del profesor, los suspiros de sus compañeros, las hojas pasar... pero no escuchaba. No estaba allí.

Seguía viendo los ojos de Erika, su reacción tensa, su voz temblorosa. Seguía escuchando la confesión de su padre como un eco punzante. Y, sobre todo, volvía a ese coche negro. A esa certeza que no podía explicar, pero que había sentido tan vívidamente como una mano en el cuello.

La inquietud le trepaba por la espalda como un animal invisible. ¿La estaban vigilando? ¿Iba a pasarle algo? ¿Y si estaba exagerando? ¿Y si no?

Un ligero temblor le recorrió las piernas bajo el pupitre. Alzó la vista hacia la ventana. El cielo estaba gris, con nubes bajas y pesadas. Como si Manhattan supiera lo que estaba por ocurrir.

La campana sonó y apenas se movió. Alrededor, la gente recogía libros y salía a toda prisa. Ella tardó más. Quería parecer tranquila, aunque por dentro sentía que algo se rompía. Caminó despacio por el pasillo, saliendo al patio central de la universidad. La lluvia fina había vuelto, acariciando su rostro con una humedad helada.

Sacó el móvil y revisó los mensajes. Nada nuevo.

Miró a la izquierda.

Nada.

A la derecha.

Tampoco.

Se giró.

Ni una sombra.

Respiró hondo y bajó los escalones con paso más firme. Trató de convencerse de que todo estaba bien. Que podía ir a casa. Que su padre había exagerado. Que el miedo solo estaba en su cabeza.

Entonces lo sintió.

Un pinchazo.

Seco. Furtivo. Preciso.

En el lado izquierdo del cuello.

-¿Qué...? -alcanzó a decir, llevándose la mano a la zona.

Un ardor tibio se extendió bajo su piel.

Y luego, el frío.

No el frío del clima. No el de la lluvia.

Uno más profundo.

Un frío que se coló en sus venas, que le paralizó los dedos, que le nubló la vista. Sus piernas fallaron, su visión se oscureció.

La calle se curvó como si el suelo se deslizara bajo sus pies. Las voces se apagaron. El mundo giró.

Antes de caer, sintió unos brazos rodearla con fuerza. Una voz desconocida le susurró al oído:

-Shhh... tranquila . No luches. No servirá de nada.Quédate quieta.

No podía moverse, aunque hubiera querido. Todo se desvanecía. La calle, los rostros, el cielo.

Después, la oscuridad la envolvió.

Leah cayó en un abismo sin fondo.

Y Marco Santoro se la llevó. Sin dejar rastros.Sin ruidos. Sin testigos.

Lejos de la universidad, en las entrañas de Manhattan, Max Ravello la esperaba.

...

El mundo volvió lentamente, como si emergiera desde el fondo de un lago oscuro. Leah parpadeó. Su cuerpo estaba pesado, entumecido. El colchón bajo ella era suave, demasiado suave. El aroma del cuarto era extraño, masculino: cuero, humo y algo especiado.

Abrió los ojos.

El techo no era el de su habitación. Tampoco las paredes. Aquello era una habitación amplia, con cortinas gruesas, muebles elegantes y una tenue luz dorada filtrándose desde una lámpara de pie.

Su corazón se agitó.

No llevaba su ropa. Solo una camiseta larga, de algodón suave, que apenas le cubría los muslos. No había signos de violencia... pero se sentía expuesta, vulnerable.

Se incorporó de golpe y su mirada lo encontró.

Él.

No necesitaba preguntar quién era.

Era guapo. Tan guapo que dolía mirarlo. Cabello oscuro, mandíbula marcada, ojos oscuros que no parpadeaban. Un hombre alto, de complexión sólida, vestido con camisa negra ajustada, mangas remangadas, tatuajes asomando por los antebrazos. Atractivo de una forma peligrosa.Estaba recostado con una pierna cruzada sobre la otra, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Pero Leah lo supo de inmediato.

Ese hombre era el diablo.

Y ella estaba en el infierno.

-Así que tú eres la princesita de papá -dijo con voz baja, rasposa, con un deje de burla en la lengua.

Leah se encogió sobre sí misma, tirando con ambas manos la camiseta hacia abajo, intentando cubrirse lo más posible. La tela no ayudaba. Sentía su mirada como una quemadura sobre la piel.

-¿Supongo que sabes por qué estás aquí? -continuó él, acercándose unos pasos. Sus botas resonaron sobre el suelo de madera.

Ella negó lentamente con la cabeza, aunque la respuesta estaba clavada en su pecho como un puñal.

Max se inclinó hacia ella, sin dejar de mirarla, y le acarició la mejilla con los nudillos. Un contacto lento, calculado.

Leah tembló.

-Hasta que me decida qué hacer contigo -susurró-, estarás encerrada aquí, ángel.

Ella apretó los labios, el miedo en su garganta convertido en nudo. Aún así, encontró fuerzas para hablar.

-Déjame ir a casa. Prometo ayudarte con mi padre. Haré lo que me pidas, solo... -trató de sonar firme, pero la súplica quebró su voz.

Max sonrió. Frío.

-Ni lo sueñes. Ya puedes borrar esa idea. O te quedas... o tu padre muere.

Leah lo miró, incrédula, los ojos inundados por lágrimas que aún no caían.

-Eres un monstruo -escupió con un hilo de rabia que le salió desde las tripas.

Él alzó una ceja, divertido.

-Bueno... me dicen La Bestia. Por algo será.

Leah tragó saliva. El silencio que siguió fue más cruel que cualquier amenaza. Lo miró con una mezcla de desafío y dolor. Luego murmuró:

-¿Sabes qué? Mejor mátame ya. Si ya por estar aquí contigo... me siento muerta.

Un instante.

Un latido.

Los ojos de Max se oscurecieron apenas, como si sus palabras hubieran tocado un rincón oculto de su alma. Pero su expresión no cambió.

-Eso no va a pasar, ángel. -Su voz descendió a un susurro venenoso-. Y no te equivoques: no estás muerta. Lo estarás cuando yo lo decida.

Leah bajó la mirada, tragando su miedo como veneno. El infierno acababa de comenzar.

Y Max Ravello tenía la llave.

...

Pasaron muchas horas desde que Leah había desaparecido. Su móvil seguía apagado, y los mensajes sin leer se acumulaban como una sombra en la mente de Erika. La inquietud se volvió dolor físico en su pecho. Ella conocía demasiado bien ese silencio. No era normal. No con Leah.

Entonces, como un rayo en medio de la tormenta, una sospecha helada se deslizó en su mente.

-No puede ser... -susurró, con los ojos bien abiertos.

Dejó caer el móvil sobre la mesa, tomó las llaves del coche y salió disparada, sin pensar en nada más. Conducía a toda velocidad por las calles de Manhattan. Solo un destino la consumía: la mansión Ravello.

Cuando llegó, bajó del coche sin apagar el motor. Su pulso latía con furia mientras cruzaba el jardín y subía las escaleras de mármol. Empujó la puerta con fuerza. No necesitó preguntar. Gritó el nombre de su hermano:

-¡Max!

Al otro lado de la casa, Leah se irguió sobre la cama, pálida.

Reconocía esa voz.

-¿Erika...? -murmuró, atónita-. ¿Qué está haciendo ella aquí?

Se acercó a la puerta, golpeó con ambas manos, desesperada, y gritó con todas sus fuerzas:

-¡Ayudaaaa! ¡Estoy aquí! ¡Erikaaaa!

Max, sentado en un sillón con una copa en la mano, se levantó con un suspiro exasperado.

-Tengo asuntos familiares que resolver -dijo con frialdad.

Caminó hasta la puerta de la habitación, abrió, empujó a Leah de vuelta hacia la cama, y cerró con llave desde fuera.

En el pasillo, Erika lo esperaba, con la cara tensa y los ojos húmedos.

-¿Dónde está? ¿Dónde la tienes? -exigió.

-Ya sabes dónde.

-Por favor, suéltala. Ella es como mi hermana. No tiene nada que ver con su padre . No tiene culpa. ¡Por favor, hermano! -La voz se le quebró-. Si me quieres, no la mates. Si le haces algo... no te lo voy a perdonar nunca.

Max la miró con dureza. El hielo en sus ojos no se derretía con súplicas.

-No sabes lo que me estás pidiendo, Erika -gruñó.

-Sí lo sé. Y aun así te lo suplico. Ella es muy importante para mí. Haría cualquier cosa por ella.

Un largo silencio se instaló entre ambos.

Finalmente, Max asintió con un leve movimiento de cabeza.

-Está bien. No la mataré... pero tampoco la voy a soltar. Se queda aquí. Encerrada.

-Déjame verla. Necesito verla.

Al otro lado de la puerta, Leah escuchaba todo, con el corazón a punto de estallar.

-¡Erika! -gritó con desesperación-. ¡Estoy aquí! ¡Ayúdame!

Max resopló, fastidiado, pero giró la llave y abrió la puerta.

Erika se precipitó dentro , lanzándose a abrazar a Leah.

-¡Cielo! ¡Dios mío! -La envolvió entre sus brazos, temblando-. ¿Estás bien? ¿Te hizo algo?

Leah no respondió de inmediato. Solo la miró, confundida y herida.

-¿Cómo... cómo que eres hermana de ese monstruo?

Erika bajó la mirada, avergonzada.

-Lo siento. Lo siento tanto. No te lo conté porque... no puedo ir por ahí diciendo que soy su hermana. Es peligroso para todos. Pero te juro que no sabía que esto iba a pasar. No lo habría permitido.

-Ayúdame. Por favor. Sáacame de aquí.

-No puedo hacer mucho. Pero te prometo algo, Leah. Vas a estar bien. Yo vendré a verte todos los días. No estás sola.

Max entró con paso tranquilo, apoyándose en el marco de la puerta. Miró la escena con aire divertido y se acercó a Leah. Le acarició el brazo con los dedos.

-Tranquila, hermanita -le dijo a Erika, con una sonrisa torcida-. Tu amiga va a recibir muy buenos cuidados.

Leah lo fulminó con la mirada.

-Eres un cerdo asqueroso -escupió, y lo escupió de verdad, directo al rostro.

Max retrocedió un paso y se limpió con el dorso de la mano, sonriendo con más gusto.

Erika se interpuso, furiosa.

-¡No te acerques a ella! ¡Mantén tus manos lejos! ¡Vete con cualquiera de tus putas y déjala en paz!

Max rió, una carcajada seca, sin alma.

-Te prometí que la mantendría con vida. Pero lo que pase entre nosotros... eso ya será cosa mía.

Se volvió hacia Leah y se acercó de nuevo. Ella retrocedió hasta chocar contra el cabecero de la cama, temblando.

Max le susurró al oído:

-Así temblando... te quiero ver en mi cama.

-¡Max, por favor! -rogó Erika con lágrimas en los ojos-. ¡Por favor, te lo suplico!

Él la miró, con la mandíbula tensa. Una vena le latía en la sien.

-Erika... eso no te lo voy a prometer. Y si sigues insistiendo... la mato ya.

Erika tragó saliva. Bajó la mirada. Su corazón latía como un tambor.

-Está bien. No insisto. Pero... hazlo por mí.

Max no respondió. Solo la miró.

Erika le dio un último abrazo a Leah, le acarició el cabello, y salió de la habitación sin decir más.

La puerta se cerró con un clic que sonó como una sentencia.

Y Leah se quedó sola con la bestia.

Capítulo 3 Un padre dispuesto a todo

Capítulo 3 - Un padre dispuesto a todo

El reloj marcaba las 8:14 de la mañana cuando Seth Bennet salió de la comisaría como un huracán, sin mirar a nadie, sin responder saludos. Su rostro, habitualmente severo, estaba deformado por la angustia. Quienes lo conocían sabían que no era un hombre fácil de conmover. Pero esa mañana, Seth no era el teniente de la policía de Manhattan. Era un padre desesperado.

Leah no había llegado a casa.

Catorce horas.

Catorce malditas horas sin saber nada de su hija. No respondía el teléfono. No estaba en casa de Erika. No en la universidad. Nadie la había visto. Su móvil estaba apagado, algo completamente fuera de lo común en ella.

Su princesa. Su niña. Su tesoro.

-Tiene que ser él -murmuró mientras se subía al coche patrulla. Su mandíbula estaba tensa, los nudillos blancos de apretar el volante con furia-. Max Ravello.

El nombre le sabía a veneno.

Conocía el tipo de hombre que era Ravello. El mismo tipo de basura que él había combatido durante décadas. Letal. Intocable. Invisible. Uno de esos monstruos que vivía escondido tras lujos, abogados y secretos. Había jurado derribarlo algún día. Y ahora, estaba convencido de que ese día había llegado... pero a un precio que jamás habría imaginado.

-Dios... Leah... -susurró mientras pisaba el acelerador.

Una imagen se le coló en la cabeza: su hija con la mirada perdida, sin voz, sin vida. Le faltó el aire.

¡No! No iba a pensar así. No mientras le quedara un solo latido en el pecho.

Encendió el equipo de radio.

-Aquí teniente Bennet. Quiero alerta roja en toda Manhattan. Vehículo negro sospechoso modelo Maserati Quattroporte, cristales polarizados, sin placas visibles. Manden el helicóptero. Revisen cámaras. Quiero cada calle de este maldito distrito rastreada. ¡AHORA!

La voz del operador tembló:

-¿Teniente... se trata de...?

-¡Mi hija! -gruñó-. ¡Mi hija ha desaparecido! Y si Max Ravello está detrás de esto... juro por todo lo que amo que no va a salir vivo de esta.

Cortó la transmisión y miró el horizonte. Las luces de la ciudad aún parpadeaban como estrellas artificiales. Bajo esas luces, su Leah estaba en algún lugar. Tal vez asustada. Tal vez... peor.

Golpeó el volante con fuerza.

No. No iba a caer en la desesperación. No ahora.

Sabía que tenía que pensar como policía, pero su corazón solo gritaba como padre.

¿Cómo habría pasado la noche su princesa? ¿Estaría viva? ¿Habría llorado? ¿Habría sufrido?

Un nudo le apretó la garganta.

No sabía dónde estaba la mansión Ravello. Max era un fantasma bien protegido, con múltiples residencias legales falsas, identidades cubiertas y propiedades bajo nombres de testaferros.

Tomó una decisión.

Ya no iba a seguir las reglas.

No cuando se trataba de Leah.

-Te voy a encontrar, hija -murmuró con voz ronca, mientras el motor rugía bajo sus pies-. Te juro por tu madre que te voy a traer de vuelta. Y si tengo que matar al mismísimo diablo para hacerlo... lo haré.

Y mientras Manhattan comenzaba a despertar con su ruido habitual de sirenas, pasos, humo y tráfico...

Un padre había comenzado la caza.

Y estaba dispuesto a todo.

...

Mientras Seth Bennet movilizaba a medio Manhattan para encontrar a su hija, del otro lado de la ciudad, el silencio envolvía la mansión Ravello como una jaula de terciopelo.

Max subió las escaleras sin apuro, con una taza de café en una mano y un plato con un croissant caliente en la otra. Empujó suavemente la puerta blanca de la habitación. El suave crujido de las bisagras fue lo único que rompió el silencio.

Leah estaba despierta. Sentada en la cama, con el cabello revuelto y los ojos enrojecidos, pero serena. No había dormido más de dos horas. La tensión, el miedo y el extraña sensaciones que le dejaba ese hombre en la piel no le permitían desconectarse.

Cuando Max entró, ella lo miró con una mezcla de desdén y recelo.

-No quiero nada -soltó con frialdad.

Él no respondió de inmediato. Se acercó, dejó la bandeja sobre la mesita de noche y se quedó de pie frente a ella, imponente, como una estatua hecha de pecado y acero.

-Le prometí a mi hermana que te mantendría con vida -dijo en voz baja, casi ronca-. Y para eso, tienes que comer.

Leah alzó la barbilla con dignidad.

-Comeré... si me traes un cuaderno y un bolígrafo.

Max ladeó la cabeza. Una risa grave escapó de su garganta.

-¿Un cuaderno?

-Si me vas a tener encerrada, necesito ocupar mi tiempo. Escribir me ayuda. Y si puedes traerme libros, mucho mejor.

Max la observó por un largo segundo. Sus ojos eran hielo fundido. Penetrantes. Impredecibles. Pero tras esa mirada, algo se removía. Algo oscuro... y curioso.

-Está bien -aceptó al fin-. Pero primero, come.

-¿Cómo sé que no me mientes?

Max se inclinó levemente, sus ojos prendidos en los de ella.

-Porque soy un hombre de palabra -dijo, y sonó jodidamente serio.

Leah no respondió. Tomó el café y bebió un sorbo. Luego mordió el croissant, con las manos temblorosas. Él no se movió. La miraba. La devoraba con los ojos.

Tenía algo. No solo belleza. Era más profundo. Más... tentador. Frágil, sí. Pero no débil. Leah era como un cristal fino: podía romperse, pero también cortar.

Max se sentó al borde de la cama, sin pedir permiso. La cercanía hizo que ella se tensara.

-Desde hoy -murmuró él, con la voz cargada de autoridad- habrá algunos cambios.

Ella dejó de masticar.

-Comerás conmigo. Dormirás conmigo. Te ducharás conmigo.

Leah se quedó helada.

-No puedes hacer eso.

Él esbozó una media sonrisa, peligrosa.

-Claro que puedo. Y tú no estás en posición de exigir nada.

Los ojos de Leah se humedecieron. El miedo se coló en su garganta como una garra. Empezó a temblar, sin poder evitarlo. Lo miró, y lo único que pensó fue: cómo un rostro tan hermoso podía esconder semejante monstruo.

Max notó el temblor.

-Tranquila, angelito -dijo con una suavidad engañosa-. De momento... no te voy a tocar.

Le rozó los labios con el pulgar. Su toque era cálido. Su mirada, una promesa de fuego y caos.

-Aunque si rogaras por ello... -susurró- tal vez lo haría.

Leah reaccionó de inmediato, apartando el rostro con furia.

-Eso en tus sueños -escupió-. No me vuelvas a tocar, asqueroso.

Max la observó con una mezcla de diversión y deseo reprimido.

-Ya veremos -dijo con voz baja, y se levantó.

Se marchó sin más. Pero apenas unos minutos después, regresó con un cuaderno de tapas negras y un bolígrafo.

Se lo tendió sin decir una palabra.

Leah lo miró con extrañeza. No lo entendía. Lo tomó entre las manos, apretándolo como si fuera un pequeño escudo.

-Gracias, supongo -murmuró.

-¿Quieres que te deje sola? -preguntó él, ya en la puerta.

-Sí.

Sin replicar, Max salió, cerrando la puerta tras él.

Y por primera vez desde que todo comenzó... Leah pudo respirar.

Pero muy dentro, sabía que eso era solo el principio.

Porque Max Ravello no era solo su captor.

Era el lobo que la miraba como si ya fuera suya.

Leah permanecía sentada en el borde de la cama, con las piernas recogidas y el cuaderno negro sobre sus muslos.

Con los dedos temblorosos, lo abrió.

Página uno.

Trazó la fecha en la esquina superior. Luego se quedó quieta. Respiró hondo. El bolígrafo rozó el papel.

Y escribió:

«Día 1.

Estoy atrapada.

Y no sé cuánto tiempo podré soportarlo.»

Su caligrafía era ordenada, limpia, pero las palabras dolían.

«Él se llama Max Ravello. Lo he escuchado nombrar en susurros. El monstruo. La bestia. El capo. Ahora sé que todos esos nombres le quedan pequeños. Tiene el rostro más hermoso que he visto en mi vida... y los ojos más oscuros. Me mira como si ya me hubiera desnudado mil veces en su mente. Como si supiera cada rincón de mí. Y lo peor... es que cuando me mira así, siento que mi cuerpo lo recuerda.

Siento rabia por eso. Asco. Y miedo. Mucho miedo.»

Dejó el bolígrafo un momento. Apoyó la cabeza contra sus rodillas, tragando el nudo que le subía por la garganta. Luego volvió a escribir:

«Hoy me dijo que a partir de ahora comeré con él, dormiré con él... incluso ducharme. No sé si lo hará. No sé si lo dice para asustarme o si realmente piensa hacerlo. Lo único que sé es que estoy sola. Erika...

¿Dónde estás, Erika? ¿Por qué nunca me dijiste que tenías un hermano? ¿Por qué Max me llama "angelito" con esa voz que se cuela bajo mi piel?»

Se detuvo. Cerró los ojos. Recordó el momento en que Max le tocó los labios con el pulgar.

Su respiración cambió. El recuerdo no era del todo desagradable.

Y eso la llenó de culpa.

«No quiero desearlo. No quiero pensarlo.

Pero hay algo en él que me atrae como un abismo.

Quizás porque sé que es peligroso.

Quizás porque en el fondo...

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