Macarena se sentía la mujer más afortunada sobre la faz de la tierra, extrañaría a sus padres y su hermano menor Diego, no tenía duda de ello, pero su futuro dependía de ella, miles de veces sus padres se lo habían dicho, los grandes esfuerzos traen grandes recompensas, estudio hasta casi quemar sus ojos, siempre esforzándose por ser la mejor en todo, y lo consiguió, esta hermosa latina de piel bronceada, casi color caramelo, llego a Rusia con una valija y el alma llena de sueños, cuando sus padres supieron que había conseguido ser becada no se sorprendieron, si alguien podía lograr eso era el
la, camino segura de sí misma llamando la atención de varias personas, con su metro cincuenta y siete y su cabello chocolate con unas mechas rojas, gritaba adolescente latina por cada poro, destacaba entre tanta gente blanca, alta y de ojos claros, y fue por eso mismo que pronto descubrió que levantaba suspiros y odio por igual, no llevaba ni dos semanas en aquel lugar, pero le pesaba como una eternidad, nadie quería realmente su amistad, algunos la buscaban en plan de conquista, aun siendo reservados como lo son los rusos ella lo podía ver, otros, la gran mayoría, la ignoraban o molestaban, fue así que lo conoció, su primer amor, aquel que parecía ser de telenovela, como las que daban en su país, un Ángel guardián.
- Trata de no mirarme, tus ojos parecen dos cuevas oscuras, como toda tú sudaca. - dijo el joven con prepotencia.
- Soy de centro américa, pero ¿qué podrías saber alguien como tú de geografía? - rebatió de manera mordaz, viéndolo directo a los ojos, para que supiera que no le temía, quiso seguir su camino, pero el joven estaba ardido por su respuesta, en un arrebato la tomo de la trenza que ella llevaba colgada a un lado, un ruso de casi dos metros contra la pequeña Macarena y fue allí donde llego él, como todo un ángel. Como un príncipe de brillante armadura y hermoso rostro.
-Elegiste un mal día para molestar a la latina. - la voz profunda de otro joven se dejó oír, mientras ella trataba de no llorar del dolor que sentía, no le mostraría debilidad a nadie.
De un momento a otro el joven agresor fue a dar al piso, mientras otro estaba sobre él en un abrir y cerrar de ojos, parecía una maquina destinada a golpear, alguien creado para hacer daño, en menos de diez segundo el agresor estaba inconsciente, pero su ángel defensor no se detenía.
- Detente, para ¡lo estas matando! - grito con los ojos llenos de lágrimas al ver la sangre correr por el rosto de su agresor, ella nunca fue partidaria de la violencia, venia de un país violento donde la corrupción y el narcotráfico al igual que los asaltos se habían llevado a muchos de sus amigos, como así también a los únicos familiares que tenía, solo le quedaban sus padres y hermano.
- Cuando despierte le avisan que le debe la vida a la latina. - dijo el joven que también era rubio, muy alto y como todos en aquel país de ojos claros.
Macarena lo vio con miedo y en shock por lo ocurrido, era alto, metro ochenta seguro, su cabello rizado y casi dorado, estaba un poco revuelto por los golpes que había dado, su rostro blanco crema no tenía daño alguno, pero sus manos eran otra cosa y lo supo porque el joven, como si la conociera de toda la vida paso un brazo por arriba de sus pequeños hombros y comenzó a arrastrarla con él, estaba segura de que ese joven no era ruso.
- ¿Quién eres? - pregunto mientras lo miraba con los ojos bien abiertos.
- Tu ángel de la guarda. - respondió con una sonrisa de lado y a ella se le hizo inevitable no reír.
- Estás loco, Dios, mira tus manos. - los nudillos del joven estaban lastimados y de ellos brotaba sangre, pero el desconocido parecía no sentirlo.
- No es nada, ya estoy acostumbrado. - eso tendría que, a verla alterado, o al menos advertirle como era el joven, pero estaba demasiado pérdida oliendo su colonia que la envolvía a cada paso.
- Hablas castellano. - dijo un poco sorprendida, cuando el joven le respondió en su lengua natal, solo podía hablar en castellano cuando llamaba a sus padres.
- Castellano, ruso, italiano, espartano. - fanfarroneo guiñándole un ojo, y dejándola sin palabras, algo raro en ella que hablaba hasta por los codos, o eso le decían sus padres. - Hemos llegado morena hermosa. - Macarena observo a su alrededor solo para descubrir que estaba en frente de su clase, la cual estaba por comenzar.
- ¿Vamos juntos? - se vio obligada a preguntar, quizás era su compañero y ella de estúpida no lo sabía, aunque no lo creía, lo hubiera visto, era imposible no ver a esa mole, una mole muy hermosa.
- Qué más quisiera, no vemos morena. - se despidió el joven dejando un beso en su corinilla y siguiendo su camino por el largo pasillo.
Sintió la mirada de sus compañeros cuando ingreso, pero era algo normal, se preguntaba si en algún momento se acostumbrarían a ver a un latino entre ellos, lo que Macarena no sabía era que la observaban por quien la había acompañado al salón. No presto atención a la clase, quería hacerlo, debía hacerlo, pero no pudo, se maldecía por no haber preguntado el nombre al joven que la salvo de un lio bien grande, o quizás se lo había dicho y ella estaba tan embobada viéndolo que no lo escucho.
Cuando la clase término guardo sus cosas con la mayor calma posible, siempre lo hacía, dándole tiempo a sus compañeros de desaparecer, ya no se molestaba como los primeros días en tratar de hacer amigo, al fin y al cabo, no los necesitaba, ella estaba allí era solo para estudiar, debía esforzarse, no solo para no perder la beca, les quería dar un mejor porvenir a su padres, a Diego, su hermanito.
- Morena, si no te apresuras envejeceré aquí esperando por ti. - su corazón latió rápido al mismo tiempo que ella se ponía rígida y giraba de forma lenta, solo para descubrir que no estaba alucinando, el joven ángel que la salvo estaba allí, la estaba esperando.
- Disculpa, ¿me dijiste tu nombre? Porque no lo recuerdo. - dijo llegando a su lado, con un poco de vergüenza.
- ¡Ay, Macarena Fernández! hieres mi ego. - Nuevamente los ojos de Macarena se abrieron de sobre manera, que la llamara morena, latina, era normal, Macarena, aceptable, pero que supiera su apellido no tenía sentido, no si no compartían clases.
- ¿Cómo sabes mi nombre? - el joven le sonrió y nuevamente paso su brazo sobre los pequeños hombros y comenzó a arrastrarla junto con él.
- Yo sé todo de quien quiero saber, mi nombre es Stefano...- antes que termine de hablar un grito lo interrumpió.
- ¡Neizan! - el joven se giró y arrugo su entrecejo.
- ¿Qué? - respondió de forma altanera al rector y Macarena creía que estaba con un desequilibrado mental.
- A mi oficina, ahora. - el hombre se dio media vuelta y comenzó a caminar.
- Pish, nos veremos otro día morena, creo que estoy suspendido, otra vez.
Macarena quedo parada en la puerta de la cafetería, mientras veía esa gran espalda alejarse con cada paso.
- ¡Neizan! - el joven se dio vuelta a verla con curiosidad. - Gracias por rescatarme. - le dijo la morena con una sonrisa y el joven hizo una reverencia como si frente a él tuviera a una reina.
Tres días pasaron, tres días donde ella lo busco en cada pasillo, biblioteca, cafetería, incluso en el campus, el mismo que trataba de no pisar para no ser molestada, pero todo fue en vano, no lo encontró, quizás después de todo si era un ángel, pensó.
- Sudaca, ¿Quién te dio permiso de entrar en mi territorio? - Damián y su grupo de idiotas detuvieron su caminar, Macarena se maldijo internamente, ella sabía muy bien que no era bien recibida en el campus.
- Yo... yo...- hasta el momento había recibido uno que otro golpe de la novia de Damián, pero al haber sido agredida por un joven solo tres días atrás, ya nada le aseguraba que no sea él quien la golpeara, por lo que su inquietud era razonable.
- ¿Escuche bien? ¿tu territorio? Que yo sepa ¡todo esto es territorio de los NEIZAN! - y allí estaba una vez más su Ángel de la guarda.
- Estefan. - dijo con alivio, dándole una sonrisa a su salvador.
- Disculpa la tardanza. - Stefano coloco su mano envolviendo sus hombros y comenzó a caminar, pero a los dos paso se detuvo y giro a donde estaba el grupo de Damián. - Idiota, recuerda que Neizan manda aquí, no la vuelvas a tocar, ni a molestar. - los ojos de Stefano brillaron de tal forma que incluso Macarena tembló un poco, continuaron su camino, hasta llegar nuevamente a la clase de la joven.
- Pequeña morena, has llegado a salvo, te veré luego. - el joven la miro a los ojos y se agacho, quedando a solo centímetros del rostro de la joven. - Y mi nombre es Stefano, con S y O. - Macarena se iba a disculpar, pero Stefano no le dio tiempo, ya que de forma rápida le dio un pequeño beso en los labios y simplemente se alejó, dejando a Macarena completamente confundida.
Desde ese día las cosas cambiaron, cada día ella lo esperaba a la entrada de la universidad y él llegaba mostrando su mejor sonrisa, Macarena sentía que estaba en un cuento de hadas, donde ella se convertía en la envidia de todas las mujeres, por haber atrapado al más bello príncipe, sin saber que Stefano estaba ganando una apuesta, ese fue el motivo por el que nunca corrigió el error del rector, quien aquel día lo llamo por el apellido de su cuñado Neri Neizan, ya que fue el conocido mafioso quien se encargó de todo en la universidad, para que su joven cuñado Stefano Zabet, no tuviera nada de qué preocuparse.
Pocas veces Stefano se prestaba a esos juegos, más bien nunca lo había hecho, pero quería adaptarse a sus nuevos compañeros, y es que desde que nació el joven Zabet nunca estuvo solo, no era solo por tener una gran familia, sino, porque era uno de los quintillizos Zabet o como todos los llamaban, los niños dorados, ir a la universidad en Rusia, era perseguir sus sueños, pero también alejarse de esas cuatro mitades con las que compartía todo, ahora estaba a la deriva, prestándose a un juego o mejor dicho una apuesta que si sus padres supieran, estaba seguro lo desheredarían, además de que su hermana mayor Zafiro, esposa de Neizan, lo golpearía hasta el cansancio, estaba seguro de ello. No pensaba molestar a la latina más de la cuenta, solo sería un coqueteo inofensivo, pero rápidamente se dio cuenta que Macarena era una joven muy dulce y divertida, el tiempo que pasaba con ella paso de ser minutos a horas, y aun así, sentía que no era suficiente, sus manos siempre buscaban una razón para tocar a la pequeña latina, tomaba su mano, la abrazaba, y así como aquel día dejaba suaves roses de labios sobre la joven, que con el tiempo se incrementó, a besos más largos y mucho más apasionados.
- Quiero que seas mi novia. - dijo Stefano de forma agitada cuando libero los carnosos labios de Macarena, estaban en su cafetería preferida como cada tarde.
- ¿Es una pregunta o una orden? - respondió mientras reía, Stefano siempre se mostró como una persona autoritaria, posesiva y demandante, era como algo propio de él.
- Ambas, aunque sé que mueres de amor por mi morena, no trates de negarlo.
Maca, como le decían sus padres, lo hizo sufrir un poco, ella no era alguien sumisa y si bien las cosas que sentía por aquel joven eran fuerte y auténticas, no le gustaba recibir órdenes de nadie, pero al fin acepto, grande fue su sorpresa cuando al llegar a la universidad al día siguiente no lo encontró, creyó que estaba enfermo, por lo que lo llamo, pero no hubo respuesta alguna, así fue por semanas, poco a poco todo volvía a lo que fue en un principio, la acosaban y molestaban, ya su protector no estaba, había desaparecido.
- ¿Te abandonaron latina?
- Déjame tranquila Damián o le diré a Stefano. - trato de amenazarlo, pero la verdad era que ni siquiera sabía dónde estaba su ángel.
- ¿Sabes que es lo que más me molesta de tu gente? - dijo el ruso con cierto desdén en su voz, como si ella fuera de otro planeta, otra especie y no de otro país.
- No y para ser honesta no me interesa.
- Son tan soñadores, tan débiles tan... fáciles de engañar. - Maca dejo de caminar y giro sobre sus talones, observando al ruso que sonreía con regocijo.
- ¿Fácil de engañar?
- Stefano solo se divertía contigo, aunque debo admitir que le hiciste ganar mucho dinero, eras la novatada del año, una apuestas. - termino diciendo en su oído ya que se había acercado a paso lento a donde la joven estaba.
- Estas mintiendo, solo quieres molestarme. - dijo tratando de no caer ante la rabia y el dolor que sentía.
- Si no me crees pregúntale a Maciel cuanto gano Stefano por salir contigo.
Macarena continúo su camino, no quería creer en Damián, pero había muchas cosas que no cuadraban, Stefano jamás la llevo a su departamento, siempre era él quien llamaba, y ahora que era ella quien lo necesitaba contactar, Stefano había desaparecido, como si nunca hubiera existido, pensaba dejar todo allí, esperaría a que Stefano regresara de donde quiera que este y charlaría con él, pero antes de regresar al departamento que alquilaba encontró a Maciel.
- Maciel. - llamo al joven que estaba con otros dos que eran compañeros departamento de Stefano.
- ¿Qué quieres? - ante la ausencia de su ángel guardián todos dejaban de usar la máscara amistosa que ponían cuando estaba con Stefano, incluso los compañeros de departamento de él.
- ¿Cuánto gano Stefano por pedirme ser su novia? - dijo tratando de sonar indiferente y como si siempre lo hubiera sabido.
- Veinte mil dólares americanos, aunque más lo hizo por diversión él no necesita dinero, tiene de sobra, ahora piérdete.
La molestia que reflejaba Maciel le dejaba en claro que no estaba mintiendo, a la única que le habían visto la cara fue a ella, camino de regreso a su departamento, mientras se regañaba mental mente por ser tan estúpida, todos esos años evitando caer en la trampa de algún hombre y tuvo que ir a otro continente para caer como idiota.
- Morena, casi me vuelvo viejo de tanto esperarte. - Stefano la esperaba en la puerta de su departamento como si nada hubiera pasado, como si no hubiera desaparecido por semanas.
- Hijo de puta. - fue todo lo que la joven dijo antes de mostrarle la furia de una latina.
MESES DESPUES.
Macarena al fin regresaba a su país, ese que tantas veces tacharon de subdesarrollado, la sudaca como muchos le decían, al fin estaba en casa, pero no había felicidad, solo tristeza, no solo regresaba con el corazón roto gracias a Stefano, estaba en su tierra natal por algo mucho peor, sus padres habían muerto en un desafortunado accidente, ya no estaban y ahora debía asumir la responsabilidad de cuidar a su hermano menor, ¿Qué podría hacer con 19 años y sin estudios universitarios? No solo eso, ahora su hermano de 12 años era su responsabilidad, sentía que el aire no llegaba a sus pulmones, sentía que todo se oscurecía a su alrededor, estaba sola, ella y su dolor, dio un paso más y sus piernas se doblaron, pero antes de que pudiera tocar el piso un hombre de unos 28 años la atrapo, sus brazos la envolvieron y sus rostros casi chocaron.
- ¿Te encuentras bien? - unos ojos celestes como el cielo mismo la observaban con preocupación.
- Sí, sí, gracias. - pero mientras trataba de mostrarse segura y tranquila, sus lágrimas la traicionaron y comenzaron a caer.
- No, no estás bien. - dijo el desconocido, ajustando su agarre y llevándola a un café cercano.
Una vez que se sentó trato de tranquilizarse, era algo vergonzoso estar de esa manera en frente de un desconocido, pero es que ahora su vida sería así, estaría rodeada de desconocidos, ya no le quedaba nadie, solo Diego.
- Toma este café, té sentirás mejor. - Maca clavo sus ojos marrones en el hombre, no pudo evitar ver lo guapo que era y se maldijo por pensar algo así en ese momento.
- Gracias y disculpa la molestia. - dijo con pena, el hombre le dedico una sonrisa sincera tratando de tranquilizarla.
- No es molestia, tengo muchas primas, casi hermanas, dos rondan tu edad, me gustaría que si algún día están en apuros alguien las ayudara.
- Debe ser maravilloso tener quien se preocupe por ti. - respondió con un nudo en la garganta y comenzando a llorar una vez más.
- Creo que tu problema es por estar sola. - el hombre tomo su mano y le dio un leve apretón.
- Dios, esto es vergonzoso, estoy llorando con un desconocido. - Macarena trataba de tranquilizarse y lo estaba consiguiendo, o quizás era la mano del hombre que ahora le trasmitía tranquilidad.
- Hades Ángel, ese es mi nombre, ya no soy un completo desconocido. - la morena pensó que ese apellido le iba a la perfección, un ángel, aquel extraño era un ángel.
- Macarena, Fernández y permíteme decirte que tus primas, casi hermanas son muy afortunadas de tenerte.
- No lo creo, habitualmente causo más problemas de los que resuelvo, por lo menos con ellas.
Por alguna razón Hades se propuso hacer sentir mejor a la joven, la tristeza que había en su mirada color chocolate le decía que la muerte era el causante de su dolor y es que este hombre conocía bien los rastros de dolor que dejaba la pérdida de un ser querido, él era un asesino después de todo.
Luego de que Macarena se disculpara un par de veces, Hades como todo caballero le ofreció llevarla a su destino, alegando que le inquietaba un poco el estado en el que se encontraba.
- No quisiera molestarte más de lo que ya lo he hecho.
- No es molestia, de todas formas, voy en tu misma dirección. - mintió descaradamente, él estaba en aquel lugar para tomar un vuelo que lo llevara nuevamente a estados unidos y de allí a China, Macarena estaba tan afectada por todo lo que le sucedía que ni siquiera reparo en que Hades no llevaba su equipaje y es que este ya estaba arriba del avión rumbo a Nueva York, por suerte tenía un pequeño bolso de mano con su documentación, dinero y tarjetas.
Al llegar a la pequeña casa de la joven termino de comprender porque estaba tan mal, los cuerpos de sus padres estaban siendo trasladados al cementerio en ese preciso momento, Hades se sintió mal, ya que por la insistencia de él en que Macarena tomara un café, había perdido la posibilidad de despedirse de sus padres, sin pensarlo la acompaño al cementerio, bajo la mirada de algunos conocidos de la familia y de su pequeño hermano. Incluso la acompaño de regreso a su casa, estaba a punto de despedirse cuando sin querer escucho a una vecina hablar con Macarena, en la diminuta cocina.
- ¿Ese hombre es tu novio? ¿el americano del que tanto le hablaste a tus padres? - la curiosidad estaba bien camuflada como preocupación, por lo que la joven no se dio cuenta.
- No, él es un conocido. - respondió incomoda, no sería bien visto que dijera que apenas lo conocía de horas.
- ¿Y eso? ¿Acaso tu novio no creyó necesario acompañarte? Más en tu estado, ¿no sabe que el estrés le afecta a bebé? - los ojos de Macarena se pusieron rojos una vez más y Hades solo la observo a la distancia, sin que ellas se dieran cuenta.
- Ya no tengo novio, terminamos hace una semana. - y para ese momento sus lágrimas caían una vez más.
- Dios, menos mal que tus padres ya no están, sería tan horrible que vean como desperdicias tu vida siendo madre soltera. - la diversión se dejó oír al final y por fin Macarena entendió que aquella mujer solo se estaba regocijando con su dolor.
- ¡Largo de mi casa! - grito apuntando a la puerta y dando un paso en dirección de la indiscreta mujer.
La mujer se fue de inmediato, Macarena era conocida por su carácter fuerte y esa señora no se quedaría para ver si los rumores eran ciertos, Hades la observo mientras la joven apoyaba una mano en el marco de la puerta de la cocina y con la otra acariciaba su vientre.
- Estaremos bien pequeño, solo dame tiempo a solucionar todo, mamá te cuidara. - Hades jamás había visto a una mujer tan desprotegida como aquella joven, su pecho dolía al ver esa imagen.
- ¿Sabe del bebé? - la voz de su nuevo amigo la tomó por sorpresa y se giró de inmediato. - El padre... ¿sabe? - aclaro el castaño, casi rubio.
- No, no me dio tiempo a decirle, él ya tiene a alguien más. - El ángel de la muerte tenía ganas de preguntar quién era y donde se encontraba, estaba dispuesto a dar sus servicios sin pago alguno. Pero en lugar de eso solo la abrazo.
Hades jamás imagino que a partir de ese día su vida cambiaria, para siempre.
Cinco años después:
Macarena caminaba bajo el manto de la noche, no había estrellas ni luna que guiaran sus pasos, parecía que incluso el cielo se había olvidado de ella, no estaba segura de lo que estaba a punto de hacer, mejor dicho, no quería ni pensarlo, sentía el frio calar sus huesos, pero no era el clima, eran sus nervios.
Decir que su jefe era guapo, era un insulto, Mateo Zabet era hermoso, con un aura imponente, mentiría si dijera que nunca lo vio con interés, pero no era solo por ser su jefe, del momento que Macarena consiguió el trabajo de la chica de los recados quedó impresionada, aquel hombre le hacía recordar tanto a Stefano Neizan, el primer hombre que amo, el primero que la lastimo, el padre de su hija, era ridículo que ella encontrara algún parecido entre ellos, su cabello era lacio y el de Stefano ondulado, Mateo tenía una estatura normal para un hombre fornido, mientras Stefano media casi dos metros la última vez que lo vio, pero había algo en el brillo de sus ojos que provocaba que ella lo comparara, aún más sorprendente que también le hiciera acordar a Hades, no tanto en lo físico, era su aura, había visto a su jefe enojado un día, discutía con su hermana y su aura era tan oscura como la de Hades, aquel día que la defendió, el día que ella se había enamorado de su buen amigo Hades.
- Hades, ¿Dónde estás? ¿Por qué me dejaste?
Murmuro con pesar, su vida había cambiado radicalmente cinco años atrás, con la muerte de sus padres y la pérdida de su primer amor, dos años después volvió a sentir lo que era perder a quien se amaba, quedo sola nuevamente y ahora su vida volvía a cambiar, Macarena se preguntaba si alguna maldición caía sobre ella, ¿Qué castigo estaba pagando? No lo entendía, pero sin embargo no se quejaría y lo soportaría, este mundo no la vería abatida, así como así, antes daría pelea, después de todo, dos personas dependían de ella.
Llego al hotel donde Mateo la había citado, su corazón latía deprisa, ¿Qué era lo que estaba por hacer? Salvar a su hija, eso era lo que estaba por hacer y era lo único que importaba.
- Hola, yo... estoy buscando al señor Mateo Zabet. - dijo mientras se sentía como una prostituta, y es que en eso se iba a convertir.
- El señor Zabet la espera en el restaurant del hotel, sígame por favor. - dijo de forma educada el joven y ella se preguntaba si a todas sus putas las trataba así.
El joven la guio a un lugar reservado, por supuesto, pensó Macarena, no se dejaría ver con una... acompañante como ella.
En una mesa para dos personas iluminada con velas y aclimatada con música suave estaba su jefe, un hombre con rostro de Ángel y alma de demonio, su pesadilla, su salvador, un ángel caído como el mismo diablo, dispuesto a tentarte, deseoso de verte caer.
- Buenas noches. - dijo al tiempo que el joven se retiraba y Mateo se levantaba de su lugar para correr su silla, como todo un caballero, maldito, pensó.
- Me alegra que vinieras, aunque... diez minutos tarde, por poco y me vuelvo viejo esperándote. - Esas palabras la llevaron cinco años atrás, el tono de su voz y la forma de su sonrisa, Stefano sería un fantasma que la seguiría de por vida pensó.
Aun con el paso de los años se preguntaba qué sería de la vida de su gran amor, aquel al que le entrego su primera vez, aquel que le mintió, el que la dejo cuando más necesitaba a alguien, por suerte Hades apareció en su vida... Hades.
- ¿Estás aquí Macarena? - dijo en un siseo el hombre y ella lo miro asustada.
- Disculpe, yo... el autobús demoro... - comenzó a explicar, ella jamás se trababa para decir algo, pero Mateo Zabet era el mismo demonio, frio, calculador, paciente.
- ¿Autobús? ¿Por qué no tomaste un taxi? Si mal no recuerdo la parada más cercana a este hotel queda a ocho calles de aquí. - era verdad, ocho calles que Macarena casi corrió para no llegar tarde, con los tacos de 12 centímetros que el señor Zabet le pidió que llevara.
- No estoy en condiciones de gastar dinero que no poseo. - respondió apenas en un susurro mientras bajaba la cabeza, no quería sus ojos juzgándola, no de nuevo.
- Mírame - dijo con voz autoritaria el hombre de 23 años, y Macarena lo obedeció, jamás le había dicho o hecho nada, pero ella le temía.
- Mientras estés conmigo nada te faltara y no debes bajar tu rostro por nada ni nadie. - Hipócrita, pensó la joven, ¿cómo podía ser que ahora se comportara de esta forma? Aunque quizás tenía una oportunidad de cambiar el rumbo de las cosas.
- Señor Zabet, yo lo único que pido es un préstamo... yo lo pagare. - dijo mientras el aire salía de golpe de su interior y sus manos se cerraban con fuerza bajo la mesa.
- Shhh, aquí quien pone las reglas, soy yo, no tu Maca. - Un escalofrió subió por su columna, solo sus más cercanos la llamaba de esa forma, solo personas que ella quería le decían Maca. - Por ahora cenemos, después tendremos tiempo para lo demás. - Macarena estaba segura de que no podría comer nada, su estómago se cerró al escuchar su promesa.
El hombre de cabello castaño se encargó de pedir la cena, mientras ella permaneció en silencio, esperando un milagro, algo que no llegaría, por lo menos no esa noche.
Cenaron en silencio, aunque la joven solo movió su comida de un lado a otro, a lo sumo fue capaz de comer dos bocados, mientras Mateo no solo cenaba, también la devoraba con la mirada.
Luego que el hombre pagara la cena, partieron rumbo a una suite, con cada paso que daba su corazón se aceleraba, quería salir corriendo de aquel lugar, pero por su hija, y por su hermano ella haría todo, al fin y al cabo, solo era sexo, todas las personas tienen sexo, pensó la joven a modo de consuelo.
- Bien, hablemos de negocios. - dijo con cara de empresario su jefe, mientras, servía dos vasos de wiski.
- Yo...
- Siéntate Macarena, no te quedes de pie. - cada vez que le ordenaba algo, un destello distinto brillaba en sus ojos, una mezcla de cansancio y molestia. Mientras le dio uno de los vasos, Macarena solo lo obedeció, sin embargo, no bebería.
- Necesito 250 mil dólares, es para... - Mateo levanto su mano y ella hizo silencio, provocando una enorme sonrisa de satisfacción por parte del hombre. Satisfacción, que ella lo obedeciera con un solo gesto.
- No me interesa para que quieres el dinero, y ya te lo plantee en la oficina, no doy prestamos, soy un empresario, lo mío son los negocios, te propuse un acuerdo, donde ambas partes teníamos lo que queríamos. - dijo, mientras bebía un poco de su trago, sin sacar los ojos de la joven.
- No soy una puta señor Zabet. - rebatió mirándolo con fuego en los ojos, apretando sus dientes, quería golpearlo, deseaba golpearlo como Hades le había enseñado.
- Lo sé y mataría a cualquiera que te tratara de esa manera. - la sorpresa se vio reflejado en el moreno rostro de Macarena.
- Pero usted... - Macarena estaba a punto de gritarle que él era el único que se atrevió a tratarla de esa manera.
- Conmigo tendrás un contrato de cooperación, yo te daré todo el dinero que necesites, incluso para que no tengas que volver a trabajar jamás y a cambio. - Mateo se levantó y camino, hasta llegar tras ella, se inclinó un poco y con suma delicadeza agarro un mechón de cabello lo llevo a su rostro y lo olio como si fuera el perfume más caro y delicioso del mundo. - Tú serás mía, en cuerpo y alma. - murmuró en su oído y Macarena no pudo evitar estremecerse, después de Stefano jamás había dormido con nadie... bueno con Hades la noche anterior a que la abandonará.
- No sé si pueda, mi cuerpo... si, ¿pero mi alma? - Dijo confundida, ¿acaso realmente era el demonio? ¿estaba haciendo un pacto con el diablo? Apostaría su vida a que así era.
- De eso me encargare yo, tú de lo único que te tienes que ocupar es de firmar ese contrato, donde se especifica que serás mía todo un año y a cambio, te daré todo el dinero que quieras, cada cosa que desees será tuya, por ahora en esa maleta tienes medio millón esperando por ti. - Macarena se sentía sola, atrapada, estaba a punto de convertirse en carne de intercambio, pero lo haría gustosa, solo por ella, por Alma, su hija.
- Será como usted diga señor Zabet, pero solo me iré con 250 mil, ni más, ni menos, es todo lo que necesito y mantener mi empleo.
Mateo Zabet la observo con devoción, como lo hacía hace tres años, tres años que miraba sus piernas que no eran largas, pero si bien tonificadas, soñando con hundirse en ese trasero grande y redondo, imaginando que tan suave eran sus pechos, Mateo Zabet soñó con ella desde el primer día que la conoció, la latina lo enloqueció, la deseaba, la necesitaba y al fin había conseguido el medio para llegar a su fin, enamorar a Macarena. No importaba si para ello tenía que ser el mismo diablo.
- No solo mantendrás tu empleo, serás mi asistente personal, tu paga aumentara, al igual que tus horas de trabajo.
- ¿Asistente personal?, pero usted ya tiene secretaria...
- No es lo mismo, tú estarás en mi despacho, a mi lado, desde que llegue a la empresa, hasta que me marche. - respondió mientras caminaba hasta el bar a servirse otro Wiski.
- ¿Todo por dormir con usted? - Macarena estaba molesta, tres años trabajo allí, como la chica de los recados y solo debía acostarse con el ángel caído, por no decir demonio y todo hubiera sido diferente.
- Mateo, dime Mateo y no, no es por eso, sé que tienes potencial, te he oído ayudar a varias personas de la empresa, pero nadie te toma en cuenta, y para que dejes de pensar mal de ti misma, te lo planteo así, te llevas los 250 mil y el puesto de mi asistente, o dejas que te de medio millón cada dos meses.
No soy nada, está jugando conmigo, le sobra el dinero, tanto como para tirarlo de esta forma, solo debía aprobar el PUTO préstamo.
-Macarena. - la llamo al notar que nuevamente estaba perdida en su mente, odiaba cuando hacia eso.
- ¡Solo debía aprobar el préstamo! tiene tanto dinero que lo desperdiciaría de esa forma, seis millones por tenerme a su disposición por un año, no entiendo...
- Vales más que eso, para mi vales mucho más que dinero.
Macarena no había reparado en que estaba de pie a mitad de la sala, su carácter y furia la traicionaron, reacciono cuando Mateo envolvió un brazo en su cintura para traerla hacia su cuerpo, aun con tacones de 12 centímetros había una diferencia de estatura entre ella y el señor Zabet.
- Puede tener a la mujer que quiera. - susurro con ganas de llorar porque ese hombre se encaprichará con ella.
- Pero solo te quiero a ti. Ahora firmas... o puedes irte con las manos vacías. - advirtió mientras la liberaba, esa no era una opción para Macarena, hacer lo que realmente quería hacer era lo mismo que dejar morir a su hija.
Giró sobre sus talones, tomo su bolso y Mateo creyó que ella se iría, apretó sus manos en puños, sin saber muy bien que hacer para retener a esa mujer allí, no podía perder una vez más, pero para su sorpresa ella saco una pluma y firmo el contrato sin verlo, grave error.
Mateo le mostro una sonrisa que le hizo erizar el bello de la nuca, camino hasta el documento, le pidió la pluma y ella se la paso, coloco su firma y guardo el documento en una carpeta, su más valioso contrato.
- Toma tu trago, te espero en la habitación, el contrato entre en vigencia a partir de este instante. - dijo para luego lamer sus labios y dejarla sola.
-Malditos hombres con cara de Ángeles. - susurro cargada de odio y rencor.
Macarena solo había tenido sexo dos veces en toda su vida, la primera fue con Stefano y la segunda con Hades, hoy se entregaría a alguien por voluntad propia, pero no por placer, esperando que sucediera lo mismo que con los otros dos, que luego de esa noche, simplemente desaparezca.
Cinco años atrás:
Macarena clavo sus ojos color chocolate en Stefano, ¿acaso creía que se burlaría de ella tan fácilmente? Ese joven estaba jugando con fuego y ella se encargaría de hacerlo arder.
- Hijo de puta. - dijo al tiempo que le daba vuelta la cara de una bofetada, estaba a punto de golpearlo nuevamente cando el joven rubio y alto la tomo de las muñecas y casi la levanto en el aire.
- ¡¿Qué rayos te sucede?! - pregunto furioso, nadie lo había golpeado, más que sus hermanos y siempre fue en plan de entrenamiento, ya que los hermanos Zabet, estaban preparados para todo, ser sobrinos de un asesino, cuñado de un mafioso y por supuesto cuñado de la princesa Bach y que tus padres sean multimillonarios siempre te ponían en la línea de fuego de alguien, lo sabían muy bien, ya habían perdido a Dulce por ello, su joven prima que murió antes de los 20.
- ¿Y lo preguntas? ¡Maldito idiota! déjame y vete a gastar el dinero que ganaste con tu puta apuesta. - Stefano se dio cuenta que alguien hablo de más, pero ¿cómo se lo iba a explicar? la latina realmente era un fiera cuando se enojaba, se lo estaba demostrando, que la tuviera de las muñecas no le garantizaba nada, ya que sus pantorrillas estaban recibiendo las furiosas patadas de Maca.
- Tranquila, no es lo que piensas, ¡detente Macarena o te lastimare! - advirtió gritando, Stefano nunca tuvo paciencia, siempre era un volcán a punto de hacer erupción. Macarena se detuvo de inmediato, Stefano ya le había dicho de los problemas que tenía para contenerse cuando se enojaba y no quería comprobar que tan ciertos eran.
- Suéltame y lárgate, no quiero volver a verte, nunca. - quería sonar firme y fuerte, pero en la última palabra su voz se quebró, ella se había enamorado de ese rubio mentiroso y embustero.
- Maca, no recibí el dinero, es verdad, me acerque a ti para poder integrarme a los idiotas con los que compartía mi departamento, pero además quise cuidarte, siempre te veía tan metida en los estudios, que me di cuenta de que no tenías idea de lo que pasaba a tu alrededor, me sume a la apuesta para que no te siguieran molestando, pero me enamore de ti latina, esa es la verdad. - termino de confesarle cuando ambos estuvieron más tranquilos y liberando sus muñecas, las cuales estaban rojas, al igual que los ojos de la joven.
- ¿Cómo podre creerte? - respondió Maca al tiempo que se sobaba las muñecas.
- Sé que Maciel fue el que te lo dijo, estoy seguro, porque abandoné el departamento y me fui a vivir solo, no me interesa conocer a nadie que no seas tú, debes creerme, no sabes cuánto sufrí por no verte estos días. - al momento que Stefano recorrió su mejilla limpiando una de las tantas lagrimas que había derramado, sintió que le decía la verdad.
- Ven, entremos y me explicas. - Stefano entro tras ella, era la primera vez que estaba en el pequeñísimo departamento de Macarena, que en realidad era un cuarto de unos pocos metros cuadrados, de un lado tenía la cama en frente la cocina y un pequeño mueble donde comía y desayunaba, a un lado un baño casi diminuto.
- ¿Vives aquí? - el joven sentía que le faltaba el aire, aunque la ventana estaba abierta.
- Sí, es lo más barato que encontré, únicamente tengo el dinero de la beca, mis padres son personas trabajadoras, pero aún tienen que criar a mi hermano menor y pagar la hipoteca de la casa. - Dijo en un suspiro mientras se sentaba en su cama, ya que solo tenía una silla, la cual le cedió a Stefano.
- Lo entiendo. - respondió, aunque no era verdad, Stefano jamás había pasado alguna necesidad y es que siendo hijo del magnate de las joyas Amir Zabet no conocía lo que era la necesidad de nada.
Pasaron horas hablando, Stefano había ido con la idea de contarle todo, la absurda apuesta, el error de su apellido que Neizan era su cuñado y que él era Stefano Zabet, solo así Macarena comprendería que las semanas de ausencia del joven en la universidad se debían al secuestro de su hermana Victoria y no a que la estuviera evitando, pero con todo el tiempo que le llevo a la latina creer en su palabra con referente a la apuesta, no creyó prudente decirle que también le había mentido con su apellido, no estaba seguro de lo que sentía por ella, pero si estaba seguro que no quería perderla, sin embargo se enfrentaba a un dilema, su hermana Victoria se había ido a vivir con él, no creyó prudente decirle, después de todo su hermana seguro se encariñaría con Macarena, como él lo había hecho, y si las cosas no marcharan bien, su hermana estaría triste, eso no era bueno, la joven que era ciega ya había pasado por demasiado, hacia solo unos días que la habían recuperado, cuando Macarena al fin se tranquilizó, fue a pedirle consejos a su cuñado Neizan Neri, mejor conocido como El Vidente, Jefe del clan Neizan, los que manejaban casi toda Rusia.
- Stefano, si quieres algo serio con ella debes serle honesto, ese es mi consejo. - dijo el ruso que estaba sentado en su despacho con el joven frente a él.
- Ese es el problema, no puedo ser honesto, recuerda que secuestraron a Vicky, qué tal si ella es una infiltrada o algo. - Stefano se sentía un poco paranoico, pero era entendible.
- Entiendo tu preocupación, pero dime, ella no sabe que tú y tus hermanos son quintillizos, tampoco sabe que desapareciste porque una de tus mitades fue secuestrada, no sabe ni siquiera tu apellido e inclusive estoy seguro de que no sabe quién soy yo, creo que, si no tienes la confianza suficiente para abrirte a ella, es mejor que la dejes ser, quizás en este tiempo encuentre a otro joven que, si la quiera, no todos son racistas aquí.
Las palabras de su cuñado en lugar de tranquilizarlo solo lo hicieron poner más nervioso, Stefano había comenzado a sentir cosas fuertes por esa latina, al punto que mientras estuvo en su hogar esperando noticias de Victoria se dedicó a entrenar, con el solo hecho de auto castigarse, por estar pensando más en que si Macarena estaba bien en lugar de estar preocupado por su hermana, como lo estaban todos.
Los días pasaron, las cosas volvían a la normalidad y ellos comenzaban una relación como cualquier otra pareja de adolescentes, pero Stefano sabía que no duraría mucho, él le ocultaba demasiadas cosas y Macarena comenzó a sospechar, mientras la joven le contaba a sus padres de que estaba saliendo con un joven americano, estos hacían preguntas, las cuales la morena no podía contestar.
- ¿Stefano, tienes hermanos? - pregunto mientras caminaban hacia su departamento.
- Si. - fue todo lo que respondió, siempre era así cuando ella hacia preguntas sobre su familia.
- ¿Y cómo se llaman? - insistió para que siguiera hablando.
- Eros, Zafiro... - y mientras el joven hablaba una rubia despampanante aparecía ante ellos, con una gran barriga que dejaba en claro que estaba embarazada.
- ¿Alguien me llamo? - pregunto la mujer de 25 años.
- Macarena, te presento a Zafiro Neizan. - dijo de forma teatral el joven, sabía que a su hermana le encantaba lucir el apellido de su esposo. Pero para Macarena ese apellido era de la familia de su novio.
- Hola, mucho gusto Macarena. - dijo la joven al tiempo que extendí su mano para saludarla.
- La latina. - respondió divertida Zafiro, dándole a entender que él hablaba de ella, y provocando que su hermano enrojeciera.
- ¿Qué haces por aquí? - rebatió el joven al ver que su hermana se estaba burlando de él.
- Comprando, en fin, mañana tendrás el día libre, yo me ocupare de tomar tu lugar. - la forma en la que los hermanos hablaba parecía que era una especie de código secreto o algo por el estilo, Stefano se despidió de Zafiro al igual que Macarena, la cual solo estaba feliz de que a pesar de que su novio no hablara de su familia, si le hablaba a su familia de ella.
- Maca, ¿Qué te parece si mañana nos tomamos el día para nosotros? - Solo bastaron esas palabras, para que el corazón de Macarena latiera con fuerza, esta joven estaba perdidamente enamorada de Stefano.
- Claro. - fue todo lo que dijo.
Al día siguiente Stefano la paso a buscar y para su asombro la llevo a un hotel cinco estrellas, la joven lo observo con una mezclas de sensaciones, pero Stefano se defendió diciéndole que solo charlarían, termino de creerle cundo se encontró dentro de la suite, donde un banquete los esperaba, almorzaron de forma tranquila y riendo de anécdotas que la joven le contaba sobre su infancia, Stefano había organizado todo para decirle la verdad, quien era él, para hablarle con la verdad, pero su teléfono sonó, interrumpiendo todo lo que el joven tenía pensado hacer.
- Debo irme. - dijo de forma apresurada.
- ¿Ya? Creí que... - Macarena realmente pensó que perdería su virginidad aquel día, pero no podía decirlo, así como así.
- Lo lamento amor, pero mi hermana está a punto de dar a luz a mi sobrino. - era tanta la emoción que no reparo en lo que decía, pero Macarena si, él la llamo amor y fue allí donde la latina cayó ante el Ángel guardián que había conocido en rusia.
Meses después
- Estaremos bien pequeño, solo dame tiempo a solucionar todo, mamá te cuidara. - Hades jamás había visto a una mujer tan desprotegida como aquella joven, su pecho dolía al ver esa imagen
- ¿Sabe del bebé? - la voz de su nuevo amigo la tomó por sorpresa y se giró de inmediato. - El padre... ¿sabe? - aclaro el castaño casi rubio.
- No, no me dio tiempo a decirle, él ya tiene a alguien más. - El ángel de la muerte tenía ganas de preguntar quién era y donde estaba, estaba dispuesto a dar sus servicios sin pago alguno. Pero en lugar de eso solo la abrazo, y Macarena se permitió lloran una vez.
- Dios, no sé qué me sucede, yo no soy así, soy fuerte, es solo...
- Acabas de perder a tus padres y estas embarazada, no es momento de ser fuerte, es tiempo de llorar, sacar todo y seguir adelante. - Hades sabia de eso, si bien sus padres estaban vivos, su hermana menor no lo estaba, Dulce Ángel se había ido dejando un vacío en el corazón de su hermano que creía que jamás llenaría, él mejor que nadie sabía lo que era perder un familiar, perder un amor, pues él había perdido a la estrella de los enamorados, aunque perder no sería la palabra, ya que Lucero Bach nunca fue suya, siempre brillo para Eros, su primo.
Ese día nació una amistad muy particular, Hades era un famoso asesino, conocido como el Ángel de la muerte, primogénito de Matt Ángel y su esposa Melody, sus padres no lo habían criado, habían dejado esa responsabilidad a su tía Candy Ángel, esposa del empresario Amir Zabet, madre de los quintillizos, por lo que estos eran como hermanos, unos tan unidos que darían la vida por el otro, Hades debía estar en camino a China en ese momento, su prima Rosita, hija adoptiva de Candy y Amir lo necesitaba, estaba embarazada de un Bach, uno que no la merecía, pero cuando estaba punto de embarca en Nueva York con destino a China, recibió una llamada, un pedido que no pudo negarse a realizar. Debía ir a México y matar a un conocido narcotraficante que había acabado con la vida de varios adolescentes, y todo por el hecho de que estos se reusaban a vender sus drogas, fue eso lo que lo llevo al país de Macarena, termino su trabajo lo más rápido que pudo, su mente estaba en regresar a norte américa y de allí partir a China, su prima Rosita necesitaba su ayuda y él se la brindaría, pero cuando se cruzó con la latina en el aeropuerto algo dentro de él se activó, algo que nunca había sentido, la obligación de ayudar a esa joven, creyó que era culpa, su último trabajo no había salido bien, además de asesinar al narcotraficante, habían dos víctimas más, daño colateral, diría cualquiera, pero para Hades, eran dos inocentes a los que él le quito la vida.
Lo que comenzó como un método de auto ayuda, para tranquilizar su conciencia, se convirtió en una amistad verdadera, a tal punto que paso de vivir en un hotel de mala muerte, a vivir en casa con Macarena y Diego, su hermano menor, ocultándole a que se dedicaba, decidió que lo mejor y más seguro era mentirle, sabía que la joven no era partidaria de la violencia, menos de la muerte, le dijo que viajo por negocios y luego cuando su estadía se alargo dijo que lo habían despedido, no buscaba otra cosa de que ella dejara de hacerle preguntas, las cuales no estaba dispuesto a contestar, nunca se imaginó que cuando la latina supiera que se había quedado sin empleo lo obligaría a mudarse a su hogar, pactaron que se quedaría allí mientras Hades buscaba trabajo, y en su tiempo libre cuidaría a Diego, mientras Macarena trabajaba en una cafetería, era el único empleo que había conseguido la joven, hasta el día que lo llamaron por teléfono.
- Hola. - dijo en un fluido castellano Hades.
- ¿Familiar de Macarena Fernández? - un escalofrió recorrió su espalda en ese momento.
- Si, ¿Qué sucede?
- Necesitamos que acuda al hospital Pince, la joven fue ingresada por una amenaza de aborto y se encuentra en estado delicado.
Hades no necesito nada más para salir hasta el lugar, acompañado de Diego, el hombre se encargaba de cuidar al hermano de la joven y luego trabajaba de noche en un taller mecánico, ni él mismo sabia porque hacia todo eso, pero simplemente no podía llegar con dinero de la nada y darle a Macarena para los gastos de la casa, eso sería sospechoso, más cuando se quería mostrar cómo alguien sencillo.
- Hola linda. - dijo de forma suave y mostrando una sonrisa cuando Maca abrió sus ojos.
- ¿Hades? ¿Qué sucedió? - dijo al tiempo que miraba a su alrededor.
- Estas muy estresada Maca, te desmayaste en la cafetería.
- Si lo recuerdo...yo... Dios ¿mi bebe? - pregunto de forma agitada, por lo que Hades tomo su mano para tranquilizarla.
- Está bien, pero tuviste una amenaza de aborto, tienes la placenta previa, debes mantener reposo y yo me ocupare de eso.
- Nosotros te cuidaremos hermana. - dijo Diego apareciendo entre ellos.
Y así lo hizo, Hades se ocupó de ellos, tomo turno doble en el taller, mañana y tarde, para todos los del vecindario ellos eran una familia, se comportaban como una familia, Macarena le prepara el almuerzo y siempre dejaba una nota afectuosa en la lonchera.
Cuídate mucho, no olvides beber mucha agua, hoy pronosticaron altas temperaturas, y regresa pronto a casa.
Hades leía varias veces al día las notas que la joven le dejaba y las guardaba, todas y cada una, regresaba a casa lo más rápido que podía para que su latina no se preocupara y poder cenar juntos, luego cada noche le hacía masajes en los pies, ya que la joven no podía caminar mucho, él se encargaba de que sus pies no se hincharan, Hades la cuidaba como jamás había cuidado a nadie y como nadie la había cuidado antes.
Todo marchaba de maravilla, hasta que Hades llego un día con bastante dinero, más de lo habitual, mucho más, y Macarena se preocupó, hacía unos días lo observaba ansioso, preocupado e incluso con un brillo frio y espeluznante en sus ojos.
- ¿Qué es esto? - pregunto la latina al tiempo que se sorprendía por la cantidad de dinero que veía.
- Pedí un préstamo, no te preocupes, quiero que lo uses para todo lo que creas necesario, no temas gastarlo. - el pecho de Macarena se oprimió, en esos cuatro meses Hades se había convertido en alguien importante en su vida, alguien muy importante.
- Pero... ¿Por qué dices eso? ¿Acaso me dejaras? - y por tonto que parecía ella sentía que la estaba abandonando, cuando en realidad eran amigos, solo amigos se repitió.
- Jamás te dejare, jamás los dejaré. - dijo observando a Diego que también lo miraba con preocupación.
- ¿Entonces? - cuestiono el niño de 12 años y quien había aprendido a ver a Hades como un ejemplo a seguir.
- Debo viajar por un problema que hubo en la empresa donde trabajaba, uno de los últimos contratos que hice, no sé, encontraron un problema, me explicarán más al llegar y no sé cuánto me demore, por lo que me quiero asegurar que estarán bien mientras regreso. - Hades se sentía dividido, necesitaba regresar a Nueva York, habían atacado la mansión Zabet, el hogar de sus tíos, el loco de Arkady Neizan se había atrevido a atentar contra su familia, y además su ahijada, la hija de su prima Victoria había nacido, debía ir. Por más que no quisiera dejar sola a su latina.
- Pero volverás, ¿verdad? - dijo la joven morena reteniendo las lágrimas.
- Puedes estar segura de que siempre regresare por ti... por ustedes. - juro mientras se perdía en el caramelo líquido que eran los ojos de Maca.
En el momento que Hades la abrazo, descubrió que se había enamorado de esa latina. El ángel de la muerte grito en su mente algo que en ese momento no pudo decir.
Te amo Macarena.
Años después.
Mateo Zabet regreso a su hogar un año antes que sus hermanos, la universidad de Canadá fue casi un juego para el joven de 20 años, de todos en la familia era el que más destacaba por su inteligencia y uno de los pocos que no había desertado con los estudios, paso unos días en la gran mansión, donde fue recibido por sus padres Candy Ángel, Amir Zabet y su hermano Eros, se tomó una semana para saber cómo estaba su familia, Eros quien era el mayor, seguía tan enamorado como el primer día de su esposa Lucero, la princesa de los Bach, quien se estaba preparando para asumir como cabeza de la familia más poderosa del mundo, ambos seguían cuidando del hijo de su difunta prima Dulce y su esposo Tiago, el pequeño Horus, ya no era tan pequeño, Zafiro seguía tan feliz y letal como siempre junto a su mafioso ruso criando al pequeño Lukyan, Rosita, su hermana adoptiva también vivía feliz junto a su hija Violeta y su esposo... un Bach, que no terminaba de convencer a nadie de la familia de ser lo que ella merecía, y luego estaban sus mitades, como ellos se llamaban, eran quintillizos y de una u otra manera estaban conectados, Victoria quien era ciega estaba embarazada por segunda vez, parecía que la mafia Siciliana seguiría creciendo, Ámbar cada día estaba más loca, aun le quedaba un año para terminar la universidad en España, aunque debía admitir que lo tenía alucinando el hecho que la loca de Ámbar se hubiera encariñado tanto con los mellizos Constantini, siempre se la veía con los casi adolescentes a su lado y eso que ya no era su niñera, Felipe estaba raro, más de lo habitual, no contaba mucho de su vida, algo raro sucedía, no faltaba mucho para su tan soñada boda con su sicario apodado el caimán, algo raro pasaba con ellos, cualquiera pensaría que estaban ocultando a un hijo, pero era algo imposible, eran dos hombres, lo que sea que mantuviera al pequeño rubio en Chicago y no corriendo a Nueva York para ver a Mateo, el de ojos celeste lo averiguaría, tarde o temprano, mientras Stefano sufría, siempre dijeron que los Zabet amaban con locura pero lo que le sucedía a su hermano le parecía ridículo.
- ¿Abandonaste la universidad para buscar a una mujer? - esto era algo inaceptable para Mateo, aunque nunca admitiría que él lo pensó, claro que Mateo pensó en dejar todo he ir por ella.
- No lo entenderías, tú no sabes lo que es el amor, además... - Stefano parecía otra persona, ya no tenía ese temperamento que lo metía en tantos problemas.
- ¿Además? - lo apremio, porque podría no saber lo que era el amor, pero sabía lo que era perder a alguien o mejor dicho dejarla ir.
- Creo que tiene un hijo mío. - termino de decir su secreto, jamás le había dicho a nadie, pero ahora se lo confiaba a una de sus mitades.
- ¿Qué mierda? ¿Cómo qué crees? - Mateo se permitió tomar un poco del wiski que su padre tenía en la oficina de la mansión, quizás se le había hecho un habito en los últimos 3 años, desde que la perdió, a ella, Elizabet.
- Hicimos el amor, el preservativo se rompió y no quería perder tiempo, era su primera vez y me aproveche de eso, creyó que era su sangre la que sentía y no mi semen. - reconoció con vergüenza, y Mateo lo vio con dureza antes de hablar.
- ¿Por qué rayos no le advertiste? Podría a ver tomado la píldora del día después. - Mateo estaba enojado, no podía creer que su hermano engañara a una mujer.
- Tenía miedo de que se enojara, ella es tan temperamental como lo era yo, ¿entiendes? Nos amábamos, pero también nos lastimábamos por igual, o mejor dicho yo la lastimaba, provocando su furia, pasaron dos semanas y estaba atentó a ella, al primer síntoma de embarazo le pediría matrimonio, arreglaría todo, pero entonces Arkady jugo con mi mente, el bastardo estaba furioso porque Vicky estaba con Alessandro y lo había despreciado. - veía como los músculos de los brazos de Stefano se trenzaban, definitivamente había aprendido a controlar su furia, si esto hubiera pasado dos años atrás... estaría destrozando todo a su paso.
- ¿Qué fue lo que hiciste realmente? ¿Por qué ella huyo de ti? - lo suponía, aun recordaba el día que Stefano casi golpeo a Victoria, y todo por estar drogado.
- No lo hizo, no importo lo bestia que fui, ella no huyo de mi... - recordó el rubio mostrando una sonrisa tan rota como su alma. - Arkady me aseguró que me engañaba, sabes que tenía problemas de ira, yo... la golpee y luego en lugar de tratar de escucharla, la deje y comencé a salir con Dalila, mientras comenzaba el tratamiento para dejar las drogas, mi hermosa morena solo lo soporto dos meses, veía el dolor en sus ojos cada vez que me veía besar a Dalila, un día trato de hablar conmigo, dijo que tenía algo importante que decir, ya estaba en tratamiento para manejar mi ira, esas ganas de destruir todo, pero aún estaba demasiado lejos para mantener la calma, primero le dije que sí, que hablaríamos, pero luego la vi abrazada de Milco su compañero de clases, le grite delante de todos, la trate de lo peor, a los dos días la vi salir de la rectoría, sus ojos estaban hinchados, se notaba que había llorado, se veía tan mal, pero no me acerqué, aún recuerdo cómo me miro, sus ojos imploraban por mí, pero justo llego Dalila y comenzó a besarme, cuando regrese mi vista, ella ya no estaba, paso una semana y no había rastros de Macarena, entonces fui a pedirle explicaciones a Milco, creí que ellos tenían algo, cuando él me dijo que no eran nada y que ese día solo la ayudo porque Maca estaba mareada y había estado vomitando toda la mañana lo supe, estoy seguro que ella estaba embarazada, estoy seguro que eso era lo que queria decirme. - una de sus mitades se quemaba en el infierno, ardía en las llamas de la incertidumbre, y Mateo comenzaba a sentir la desesperación de Stefano.
- Pero ella ¿Qué te dijo? - indago sirviéndose otra copa, algo que, para Stefano, no pasó desapercibido, pero no dijo nada, Mateo siempre sabía lo que hacía o eso creían todos.
- Nada, no la pude encontrar, ella dejo la universidad, ese día que la vi y ni siquiera pude obtener su dirección, jamás en el tiempo que salimos le pregunté exactamente donde vivía, solo disfrutaba estando a su lado, tocarla, besarla.
- Stefano, quizás estaba enferma del estómago, quizás...
- ¿Y si no? Ella estaba en Rusia por una beca, vi el diminuto cuarto en el que vivía, si tiene a mi hijo y están pasando hambre, frio, si se enferma, ¡Dios hay días que creo que me volveré loco!
Mateo consoló a su hermano, el dolor de uno siempre seria compartido por los demás, pero, aun así, la vida seguía, cada uno tenía cosas que hacer.
No le llevo mucho tiempo a Mateo montar su propia empresa, desde que era un niño lo había decidido, un año llevaba siendo su propio jefe, y si bien en un principio quiso ayudar a su hermano Stefano, pronto se vio abocado a sus problemas, Ámbar había regresado de la universidad y era un peligro para todos, en especial para el negocio de Mateo, la joven se había acostado con uno de sus inversionistas que era casado y su esposa se había enterado, generando un gran problema.
- No me grites Mateo. - dijo la rubia poniéndose de pie.
- Agradece que solo te grite, no me importa con quien duermas, solo ¡no interfieras en mis negocios! - la advertencia fue seguida de un golpe de puño en su escritorio y su hermana se largó sin siquiera cerrar la puerta de la oficina.
Mateo camino a cerrarla no quería ver a nadie, porque estaba seguro de que en ese momento sería capaz de descargar su enojo en algún pobre trabajador, pero se detuvo en el marco de la puerta, y sus ojos se abrieron con sorpresa al ver un trasero grande y redondo, la joven estaba en una posición muy comprometedora y a él le tentaba darle una nalgada.
- ¿Y tú quién eres? - Su voz sonó furiosa, aun le duraba el enojo por el contrato perdido. De forma automática la joven se levantó y quedo dándole la espalda, la cual se notaba tensa, giro lentamente, mientras Mateo descubría que sus piernas eran cortas, ya que aun con los grandes tacones que llevaba se veía pequeña.
- Se...señor...yo...MACA...Macarena, soy Macarena Fernández. - dijo temblando como una hoja, sus ojos color chocolate brillaban de una forma única, y sus labios gruesos invitaban a querer besarlos.
- ¿A qué sector perteneces? - indago el hombre mientras la veía de forma descarada.
- Recados, soy la chica de los recados.
Mateo cerró la puerta casi en la cara de la joven, estaba asustado, no entendía que le pasaba, ¿Por qué su corazón latía de forma errática?
Necesito dos años para descubrir que estaba enamorado de ella, dos años en los cuales no perdía detalle de aquella mujer, esa latina que levantaba suspiros entre los hombre y los cuales él se encargaba de despedirlos por una u otra razón, 730 días en los que Mateo hizo hasta lo imposible por llamar su atención, pero ella siempre huía de él, parecía un conejo asustado y él un lobo hambriento, no entendía porque, era guapo, lo sabía, estaba en el cuarto puesto de los empresarios más sexy, superado por sus hermanos Eros, Stefano, y su cuñado Santoro, tenía dinero, era soltero, entonces...
- ¿Por qué mierda no me miras? - dijo una vez más apretando sus puños, la acababa de cruzar en el pasillo y como siempre ella corrió su cara, como si viera al demonio. Unos golpes en la puerta lo sacaron de su miseria.
- ¡Adelante! - grito producto de la frustración que sentía.
- Ho...hola se...señor. - Ante él la mujer que lo traía loco los últimos dos años, mirándolo desde la puerta, con el temor grabado en su rostro.
- Pasa. - dijo con molestia y sin entender porque actuaba así con él, solo con él su voz temblaba.
- Señor Zabet, lamento interrumpirlo. - podía verla temblar y tenía ganas de preguntar ¿por qué?
- Dime que necesitas. - la joven abrió sus ojos y Mateo se dio cuenta que su voz salió sumamente suave y seductora.
- Señor Zabet, yo... quería saber si puede autorizar un préstamo... para mí. - termino diciendo en un susurro y bajando su mirada.
- ¿El sueldo no te alcanza? - Sin querer la voz del hombre salió con un poco de burla, sabía que le pagaban bien, él había ordenado que aumentaran su sueldo cada tres meses.
- No, digo sí, pero necesito 250 mil dólares. - Desesperación, eso gritaban sus ojos y Mateo al fin tuvo la llave para llegar a ella.
- Lamento informarle que no doy préstamos.
- Pero si se les han otorgado a otros empleados. - podía ver que esa latina tenía carácter, sus cejas casi chocaban y la veía apretar sus puños conteniendo su enojo.
- Empleados, pero tú solo eres una simple chica de recados, dime, ¿lo consideras un verdadero trabajo? Creo que incluso te pagan más de lo que vales. - su mente de empresario le jugó una mala pasada, no lo pudo evitar, la deseaba, la veía como el mejor negocio de su vida, ese que llevaba dos años persiguiendo y ella ni cuenta se había dado.
- No es necesario ser cruel, señor, lamento quitarle su valioso tiempo. - la vio parada frente a él, tan indefensa, tan vulnerable.
- Soy un hombre de negocios, dime, si te doy el dinero que necesitas ¿Qué garantía me darías?
- Lo que usted quiera. - Dijo sin pensarlo - Vera yo necesito ese dinero porque...
- No me interesa el porqué, y te daré todo lo que pidas, con una condición. - la interrumpió mientras sonreía y ella como acto reflejo retrocedió, grave error, él iba a poner como condición que le diera la oportunidad de conocerse mejor, pero ante el gesto de la joven su mente le dio un plan mejor a seguir.
- Cu... ¿cuál?
- Tú serás mía, cada vez que yo lo requieras. - no perdió tiempo en ver su cara, estaba seguro de que lo rechazaría, tomo unos documentos de su escritorio y trato de leerlos, algo imposible estando ella allí.
-... - pasaron unos minutos que parecieron eternos, hasta que Mateo al fin levanto su cara.
- No tengo todo el día, soy un hombre ocupado.
- Yo... - Mateo la vio indecisa y ataco una vez más.
- Toma, te espero en este hotel hoy, se puntual, si no llegas me daré por enterado que no te interesa hacer negocios conmigo.
Mateo se encontraba en la habitación de aquel lujoso hotel aun no podía creer que ella había firmado el contrato, no podía creer que al fin la probaría, se había desecho del saco y había abierto su camisa un poco, estaba nervioso y le parecía ridículo lo que el amor podía hacer, esta vez no fallaría, esta vez haría lo necesario, no la perdería una vez más, Macarena golpeo la puerta, y el dio el pase.
- El uniforme de trabajo siempre resalto tus atributos. - dijo con voz cargada de deseo y Maca se congelo en su lugar. - ¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste?
- No...es, es solo que... no sé qué hacer. - vio cómo su piel color caramelo tomaba un color rojizo y se maravilló.
- ¿Cuántos novios has tenido Maca? - pregunto divertido, sabía que no estaba casada y que en ese momento no tenía novio, por lo que se decían en los pasillo Macarena estaba sola hacía tres años.
- Uno. - dijo en un susurro, bajando la cabeza.
- ¿Uno? - no lo podía creer.
- Si... bueno, no... - no sabía porque quería saber aquello y ella no sabía cómo explicarlo, pero lo único que consiguió fue incrementar la curiosidad del hombre.
- ¿Con cuántos hombres has dormido? - pregunto acercándose a ella, ya que no se movía de su lugar.
- Dos. - respondió mientras observaba como se acercaba lentamente a ella.
- Entonces, ¿dos novios? No tienes cara de relaciones ocasionales. - respondió mientras caminaba a su alrededor como quien observa una obra de arte.
- No, un novio y un amigo. - Mateo detuvo su caminar y llevando dos de sus dedos a la barbilla de Maca, levanto su rostro para que lo viera a los ojos.
- ¿Duermes con tus amigos? - indago con molestia.
- No, solo sucedió una vez, hace tres años, creí... - no sabía porque seguía hablando, pero no quería recordar a Hades, no quería admitir que creyó que su amigo también la amaba. - Pero no fue así. - dijo sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
- ¿Que no fue así? - no le gustaba el dolor en sus ojos, así no se parecían a los de ella, Elizabet sonreía con los ojos.
- ¿Le preocupa si estoy limpia? - Dijo con la furia que la situación le generaba - Para que sepa señor Zabet solo he tenido sexo dos veces en mi vida, a los 18 con el idiota de mi novio una sola vez y a los 20 con mi mejor amigo el cual desapareció al día siguiente.
Mateo la observaba temblar de rabia por sus preguntas, por haber estado con ellos, porque la lastimaron, sin pensarlo mucho tomo sus labios, lentamente los saboreo, dejo que Macarena reaccionara al contacto y lo consiguió luego de unos minutos, sus manos que estaban en la ancha cadera de la joven bajaron a su trasero, el cual apretó hacia él causando que ella sintiera su férrea erección en el vientre y un pequeño gemido salió de sus labios, dejo su boca y bajo por el cuello, lamiendo y chupando todo lo que había a su paso, mientras su respiración daba en la oreja de Macarena, quien se estremeció y no pudo evitar apoyar sus manos en el pecho duro del hombre, hacia demasiado tiempo que no estaba con alguien, pero no tenía tiempo para eso, el amor, el sexo, y la compañía masculina formaban parte de un pasado ya muy lejano, tenía demasiadas responsabilidades en ese momento como para buscar novio, o así sea diversión de una noche.
- Eres hermosa. - susurro a tiempo que desabrochaba cada botón de la camisa blanca de la joven y volvía a besar su labios.
Macarena se desconectó de cualquier pensamiento, no valía la pena pensar en nada, lo correcto e incorrecto perdía sentido, todo era por Alma, por su hija, la misma que esperaba en el hospital para someterse a una operación para corregir una malformación en su corazón, solo ella podía conseguir el dinero para la operación y tratamiento de recuperación, a pesar de que su hermano Diego, hoy de 17 años, hiciera todo lo posible por ayudarla no era suficiente, todo dependía de ella, como en los últimos cinco años.
Mateo la guio a la cama, mientras ella esperaba que sacara el animal que sabía que llevaba dentro, sus ojos celestes se los mostraba, y fue en ese momento en el que reparo que eran del mismo color que los de Hades, y como si hubiera viajado tres años atrás rompiendo la barrera del tiempo, como en aquella noche que ella se entregó a su amigo, levanto su mano y acaricio el rostro de aquel hombre, pero solo le bastó con oír su voz para saber que él no era Hades.
- Macarena, no te permito pensar en otro que no sea yo. - Mateo se dio cuenta del cambio en el brillo de su mirada y no estaba dispuesto a que ella soñara con otro en ese momento. - Di mi nombre. - ordeno a la vez que apretaba uno de sus senos, aun cubierto por el sostén.
- ¡Mateo! - dijo de forma fuerte al sentir un poco de dolor por el arrebato de su jefe.
- Así es morena, soy Mateo, estás conmigo... eres mía. - y mientras hablaba llevaba su mano bajo la falda, colándose por su ropa interior, descubriendo que el cuerpo de la latina reaccionaba de grata manera a su contacto.
Se tomó su tiempo para acariciar cada parte de su cuerpo, la había deseado con tanto fervor que disfrutaría de toda ella, pero lo que más le gusto, fue ver como poco a poco, con cada caricia, con cada beso, Macarena se dejaba llevar un poco más.
Estaba con su cabeza entre las piernas de Maca, lamiendo todo de ella, cuando sintió las manos de la joven tomar su cabello con fuerza y comenzar a mover las caderas, lo estaba disfrutando, al fin Macarena se estaba entregando al completo y él se dedicó a jugar con su clítoris, mientras disfrutaba de los gemidos de la latina.
- Deliciosa. - dijo al tiempo que se levantó para quitarse la ropa y la vio acalorada y un poco avergonzada. - Solo disfruta. - la tentó una vez más, si, para Macarena él era un demonio, y estaba a punto de llevarla a las profundidades de su infierno.