La oscuridad era absoluta, una densa negrura que parecía devorar incluso el propio paso del tiempo. Isis ignoraba que en esta isla, en esta época del año, los días eran cortos. No había previsto que el autobús del hotel la dejaría sin taxis a la vista, y mucho menos que aceptaría tomar un aventón con un extraño de regreso al hotel, simplemente porque el hombre decía que trabajaba allí.
-¿Qué estaba pensando?- murmuró para sí misma.
Mientras tanto, Isis observó cómo el extraño conducía a una velocidad vertiginosa, sumergiéndose más profundamente en el bosque y en un envolvente manto de oscuridad. La carretera asfaltada dio paso a un camino de tierra, y sólo los faros del coche lograron atravesar la noche omnipresente.
Cuanto más avanzaban, más se adentraban en la inhóspita naturaleza salvaje, dejando atrás cualquier rastro de civilización. A su lado, el extraño al volante se había sumido en un silencio sepulcral, con los ojos fijos en el camino que tenía delante mientras el vehículo surcaba el aire a una velocidad formidable.
-¿Cómo diablos accedí a acompañar a un hombre extraño?- Se reprendió mentalmente, sintiendo que el pánico comenzaba a apoderarse de ella.
Un destello de luz iluminó brevemente la mirada de Jacking dirigida a ella y, por un instante, sus ojos parecieron de un color dorado brillante.
-¿Viste eso? Sus ojos eran dorados...- murmuró una voz en su cabeza, esa voz que le había hablado desde pequeña como si albergara otro ser en su interior.
-Estás viendo cosas-, se amonestó a sí misma, esforzándose por reprimir su voz interior con una lógica forzada.
-¿Pero realmente sabes quién es? -insistió la voz, más inquisitiva esta vez.
-¡Trabaja en el hotel!- Se recordó a sí misma, aferrándose desesperadamente a un hilo de racionalidad.
-¡Ingenua! ¿No ves adónde te lleva? Podría ser un secuestro-, continuó la voz interior sin cesar, evocando escenarios oscuros en su mente.
-¡Suficiente!- Gritó mentalmente, desesperada por restaurar el orden en el caos de sus pensamientos. -¡Déjame pensar!
La tensión entre la necesidad de mantener la compostura y el miedo irracional que amenazaba con engullirla era una batalla con la que Isis estaba muy familiarizada. Pero esta vez, lo que estaba en juego parecía letal.
Jacking conducía con determinación inquebrantable, su mente completamente absorta en idear estrategias para enfrentar a los lobos que se habían atrevido a desafiar a su manada. Su diálogo interno con su lobo, Mat, fue una vorágine de tácticas y reprimendas.
-Mat, necesitamos un plan sólido-, comenzó Jacking, conversando mentalmente con su lobo, sintiendo la tensión de su lobo resonar en su pecho.
-¿Un plan? ¡Lo primero es que no debiste haber expuesto nuestra Luna a este peligro!- La voz de Mat resonó en su cabeza, cargada de actitud protectora y desafiante.
-Lo sé, Mat, pero no había elección. Dejarla atrás no era una opción-, se defendió Jacking, apretando más el volante.
-Entonces mantenla a salvo dentro del auto. No permitiré que ella ponga un pie en este bosque-, ordenó Mat, su tono no admitía discusión.
-Pero si la dejamos aquí y vamos tras los raptores, ella podría...
-¡No!- El gruñido interno fue tan potente que Jacking sintió que le escocían los ojos ante la amenaza de transformación. -¡No abandonaremos nuestra Luna!
Jacking lanzó una mirada fugaz hacia Isis y captó su expresión de asombro. En un instante, desvió la mirada, sabiendo que ella había visto el color dorado de Mat en sus ojos. Podía sentir el miedo de Isis como si fuera suyo, una vibración tangible en la atmósfera cargada del coche. Mientras tanto, el vehículo continuó adentrándose en las sombras de un territorio que sólo él y su manada conocían, y cada metro recorrido marcaba un paso más hacia lo incierto.
Jacking, sintiendo la urgencia de Mat, luchó por mantener la compostura. La manada se comunicaba a través de aullidos, una sinfonía salvaje que parecía resonar en la noche. La tensión dentro del auto era tangible, un marcado contraste con la tranquilidad del bosque que los rodeaba.
Sin apartar la vista del oscuro y sinuoso camino que conducía a lo más profundo del corazón del bosque, trató de concentrarse en las voces de sus hermanos lobo. Pero la voz temblorosa de Isis lo sacó de su concentración.
-No sabía que había lobos por aquí-, su pregunta fue un mero susurro en la oscuridad.
-Sí, los hay-, respondió Jacking, su tono más duro de lo que pretendía. La preocupación por su manada y por Isis comenzaba a chocar en su mente.
Isis jadeó cuando escuchó otro aullido cerca, y Jacking sintió que el miedo la envolvía como una segunda piel. Quería protegerla, pero también sabía que tenía responsabilidades con su manada.
-No te preocupes, te protegeré-, dijo, aunque su voz sonó más como un intento de convencerse a sí mismo que a ella.
Isis comenzó a contar su pasado y su historia se desarrolló ante Jacking como una película trágica. El flashback de su trauma infantil que involucró a los lobos le permitió a Jacking percibir el miedo profundamente arraigado; comprendió el pánico visceral que ahora la paralizaba.
En el coche, el silencio fue roto por el sonido de la respiración entrecortada de Isis. Sus palabras brotaron en un apresurado murmullo, una cascada de recuerdos que fluían sin control.
-Tengo mucho miedo-, confesó Isis con la voz temblorosa. -Una vez, cuando vivía con mis padres en África, los lobos atacaron nuestro campamento y desde entonces me aterroriza escuchar sus aullidos.
Jacking la escuchó, cada palabra golpeaba su corazón de lobo. La necesidad de protegerla se intensificaba con cada detalle que revelaba.
Retrospectiva:
Isis continuó su historia, llevando a Jacking a ese momento que había marcado de forma indeleble su vida.
Ese año mis padres no habían dejado de viajar de ida y vuelta, siempre conmigo a su lado. Yo sólo tenía cinco años, pero estaba encantada de poder acompañarlos. Fue todo una aventura; descubrir tesoros del pasado y vivir rodeado de naturaleza en lugar de muros de hormigón.
Habíamos llegado a un pequeño pueblo, enclavado entre una exuberante vegetación. Mis padres decidieron acampar cerca del sitio de excavación. Éramos unos cincuenta y yo era el único niño y siempre exploraba la jungla que nos rodeaba.
Por la noche traían comida y la guardaban en la cocina. Estaba durmiendo tranquilamente en la cabaña de mis padres cuando me despertó un dolor agudo en el tobillo y los golpes de mi cabeza al golpear el suelo. Un lobo enorme me arrastraba por un pie; Podía sentir sus colmillos hundiéndose dolorosamente en mi pierna.
Comencé a gritar desesperadamente, despertando a mis padres y a todos en el campamento. Un trabajador acudió en mi ayuda, atacando al lobo que me llevaba. El lobo empezó a correr más rápido. Sentí un fuerte golpe en mi cabeza y vi aparecer una luz blanca antes de caer inconsciente.
Cuando desperté, estaba en un vuelo a Francia con mis padres. Tuvieron que realizarme varias operaciones para reparar mis tendones y músculos desgarrados. Afortunadamente todo salió muy bien, para asombro de los médicos, y mi recuperación fue notablemente rápida. Al final, sólo me quedó una pequeña cicatriz en la pierna, que fue ocultada ingeniosamente por hermosos tatuajes.
Sin embargo, desde aquel incidente, tan pronto como escucho el aullido de un lobo, aunque sea en la televisión, mi miedo comienza a abrumar mi razón, y una intensa necesidad de huir se apodera de mí, resultando muy difícil de controlar. Mi miedo es tal que puedo encontrarme corriendo grandes distancias sin siquiera darme cuenta.
Fin de la retrospectiva.
Cuando Isis terminó su relato, Jacking se sintió abrumado por un sentimiento de culpa. La cercanía de su manada era un consuelo para él, pero para Isis, cada aullido era un recordatorio de sus peores pesadillas.
-¡Haz algo!- Mat, su lobo, exigió con un gruñido desesperado dentro de su cabeza.
Jacking sabía que tenía que actuar con rapidez. No podía permitir que el terror consumiera a Isis. En ese momento, un lobo entró por su ventana. Los ojos de Isis se encontraron con los del animal, su mundo reducido a un único punto de puro terror.
El animal, una figura imponente de la naturaleza salvaje, era la encarnación de todas sus pesadillas. El golpe al coche fue como el mazo de un juez, sentenciando su cordura a desaparecer en la oscuridad del bosque.
El corazón de Isis latía con tanta fuerza que temía que pudiera estallar dentro de su pecho. Cada inhalación fue un esfuerzo; cada exhalación, un gemido ahogado. La presión en su pecho era insoportable, como si una fuerza invisible intentara aplastarla desde dentro. Las lágrimas brotaron de sus ojos, mientras todo su cuerpo temblaba como una hoja en una tormenta.
El grito que escapó de sus labios no fue humano; era el sonido visceral del miedo primario, un eco de la vulnerabilidad más profunda del ser. Desesperada, Isis actuó por instinto. Se desabrochó el cinturón y se abalanzó hacia Jacking, buscando refugio en el único ser humano presente. Isis gritaba y gritaba, incapaz de controlarse.
Jacking luchó por mantener el control del vehículo, sus músculos tensos y concentrados en la carretera mientras sentía a Isis encima de él, su grito atravesaba la tranquila noche. Con una frenada brusca, los lobos que perseguían el coche chocaron contra él, aturdidos y vulnerables en el suelo.
A través del espejo retrovisor, Jacking vio a su jefe de seguridad, Bennu, y a los guerreros acercándose rápidamente. Su Beta, Amet, le estaba comunicando mentalmente que habían rescatado a las lobas y capturado a los salvajes. Un suspiro de alivio escapó de sus labios; la crisis había sido contenida.
Pero entonces, la voz de su lobo, Mat, resonó en su cabeza, clara y urgente. La situación era tan caótica como dolorosa. Jackingg, dividido entre su humanidad y su naturaleza lupina, había estado luchando con decisiones que su corazón humano rechazaba pero que su lobo, Mat, anhelaba.
-¡Tú la mataste, humano imbécil!- El reproche de Mat retumbó en su cabeza con la fuerza de una tormenta. -¿Por qué la diosa luna me dio a un humano tan imbécil? -¡Mat, no te pases, no fue a propósito! -Gritó Jacking furioso porque su lobo lo estaba insultando, algo que jamás le había permitido ni sucedido hasta ahora que apareció la humana, a la cual estaba odiando con todo su ser. -Ya viste que no tuve opción, así que deja de gritar en mi cabeza para que pueda pensar.
El frenado había sido instintivo, una reacción humana para evitar mayores daños, pero había tenido consecuencias no deseadas. Isis yacía inconsciente, un hilo de sangre corría por su frente para formar un pequeño charco rojo en el piso del vehículo. Jacking la tomó en brazos, su corazón humano lleno de remordimiento y miedo.
La sangre se había detenido y la herida en la frente de Isis parecía menos grave de lo que Jacking había temido inicialmente. Aún así, la imagen de ella desmayada y herida lo perseguía. Fue una ocasión que aprovechó su lobo, Mat, para tomar el control de su cuerpo y, con una delicadeza que contrastaba con su carácter salvaje, amamantó a Isis, pasando su lengua por la herida en un instintivo intento de curación.
Jacking se sintió dividido. Por un lado, su lobo, Mat, mostró una preocupación y un cuidado por Isis que no podía negar. Por otro lado, su lado humano estaba plagado de dudas y culpas. La cercanía emocional que Mat sentía hacia Isis era algo que Jacking aún no estaba dispuesto a aceptar.
Con Isis todavía inconsciente en sus brazos, Mat se dirigió a su casa, sin que nadie de la manada lo notara. Una vez a salvo en su habitación, la recostó con cuidado en la cama y se sentó a su lado, vigilante. La noche avanzó en silencio, y mientras Jacking observaba desde las sombras de su propia conciencia, no pudo evitar preguntarse por qué Isis estaba allí.
-Mat, quédate con ella esta noche-, le susurró Jacking a su lobo. -Protege a nuestra... invitada.
-Si algo le pasa a mi Luna, nunca te lo perdonaré-, respondió Mat con una firmeza que sorprendió al propio Jacking. -No me importa que la rechaces, será solo mía, pero no esperes que yo la rechace, no lo haré. He esperado demasiado por nuestra Luna y ahora qué apareció no permitiré que la trates así. Vete, yo me encargo de mi Luna.
Jacking no dijo nada, nunca antes su lobo se le había revelado, esto era un asunto muy serio. Mientras Isis dormía, las preguntas persistían en su mente: ¿Qué había traído a Isis a este lugar? ¿Cómo los había encontrado? ¿Estaba su destino irrevocablemente ligado a la manada... y al de él? ¿Cómo podría hacer que su lobo la rechazara?
La oscuridad que rodeaba a Isis comenzó a disiparse lentamente. A medida que su conciencia emergía del abismo del inconsciente, los recuerdos de la noche anterior se entrelazaban con sueños febriles. Imágenes de lobos emergiendo de la oscuridad para atacarla y susurros en un idioma olvidado danzaban en su mente, mezclándose con la realidad de la habitación en la que ahora despertaba.
Isis no comprendía qué había sucedido. Tras el impacto en su cabeza, la oscuridad se apoderó de todo. Se percató de que estaba recostada en una cama de una suavidad excepcional. Voces indistintas flotaban a su alrededor, irreconocibles y lejanas. Intentó abrir los ojos; sin embargo, una pesadez abrumadora se lo impidió volviendo a dormirse.
Cuando recuperó de nuevo la conciencia, estaba sola. Con cautela, intentó sentarse, lentamente para evitar marearse. La sensación de vértigo persistía, pero logró mantenerse erguida. A su alrededor, el silencio era tan profundo que podía oír el latido de su propio corazón.
¿Cómo era posible que se encontrara en una situación como esa, cuando solo una semana atrás su vida transcurría pacíficamente?
Unos días antes había tomado la decisión más impulsiva y emocionante de su vida: dejarlo todo atrás y viajar en busca de aventuras, de retos que le hicieran sentir viva. Pero nada la había preparado para el giro que habían tomado los acontecimientos.
La memoria le llegaba a borbotones; recordaba ir de compras, el autobús que partió sin ella y luego... el extraño llamado Jacking. El hombre que se ofreció a llevarla de vuelta al hotel, un hombre cuya presencia era abrumadora. Recordaba haber asentido a su petición para resolver un asunto urgente y luego..., la oscuridad, el bosque, los lobos, el ataque y nada más. Existía un vacío donde deberían estar los recuerdos. ¿Cómo escaparon de la jauría de lobos?
Por mucho que se esforzaba en recordar, solo llegaba hasta dónde se había avalanzado sobre Jacking, el frenazo... y nada más. Ahora, estaba en un lugar que no reconocía, una habitación que olía a madera fresca y a un toque de algo salvaje e indómito. La cabeza le dolía terriblemente, un recordatorio palpable del golpe que había sufrido.
Se pasó las manos por la frente, sintiendo el contorno de una venda. ¿Qué tan fuerte me golpeé?, se preguntó, pero no había nadie para responder.
Tomando una respiración profunda, decidió explorar. Si había aprendido algo en sus veintitrés años, era que la aventura a veces te encuentra a ti, y cuando lo hace, no hay más opción que seguir adelante.
-Está bien, Isis-, se dijo a sí misma. -Puede que esto no sea lo que esperabas, pero es la aventura que tienes. ¿Por qué tuve que decidir venir a esta extraña isla sin saber que existían lobos? Precisamente los únicos animales a los que les temo.
Intentó incorporarse, pero un nuevo mareo hizo que volviera a tenderse en la cama, cerrando los ojos. Quería estar ahora mismo en su habitación, en su lujoso y confortable apartamento en París. Quería tener los cuidados amorosos de sus padres y su mejor amiga Antonieta.
Solo habían transcurrido unos pocos días desde que comenzó a sentir la urgencia de desaparecer. De buscar eso que la hacía sentir incompleta.
-¿Qué voy a hacer ahora? ¿Me habrán raptado?-, se preguntó mientras volvía a recostarse, sintiendo que su mundo se había trastocado de una manera inimaginable. Cerró los ojos como si con ello pudiera evitar hundirse en la profundidad de la inconsciencia.
Se vió de nuevo en su cómoda cama, en su céntrico y lujoso apartamento, un regalo de sus padres en el corazón de París. Aquel día en que tomó la decisión de escapar de todo, se despertó al sonido familiar de su alarma, una melodía elegida por su capacidad de ser lo suficientemente irritante como para sacarla de los brazos del sueño cada mañana.
Mientras se estiraba, su mente vagaba hacia el día anterior, recordando las risas con sus amigos y las discusiones sobre mitología que siempre parecían seguir a sus padres arqueólogos como una sombra. Pero algo en ese día se sentía diferente; una corazonada le decía que ese día no sería como los demás.
Pero nada la había preparado para esto. Recuerda que ese día, no tenía idea de que muy pronto sus conversaciones sobre dioses antiguos y criaturas míticas dejarían de ser meras especulaciones para convertirse en su realidad viviente. Suspiró mientras repasaba toda su vida en su mente. ¿Quién era ella realmente? Seguramente ustedes se estarán preguntando eso a estas alturas.
Su nombre es Isis Mujtar, una chica de veintitrés años recién cumplidos. Según su madre, era la reencarnación de la diosa egipcia Isis, así como lo oyen, esa era la manera en que su madre la veía. Ella es arqueóloga y se la pasa viajando por el mundo abriendo hoyos por todas partes, como suele decirle cariñosamente.
Amanda es su nombre real, aunque su esposo la llama Amonet. Es una morena del Caribe que viajó a Egipto en una expedición cuando tenía dieciocho años por su universidad y ¡plas! ¡Se enamoró de Dakarai Mujtar, su padre, también arqueólogo!
Según Amanda, desde la primera mirada, supo que ese hombre tenía que ser suyo. Dakarai es alto y bien formado, con ojos negros como el azabache que la miraron y se quedaron prendados de ella. Solo les bastó una semana para enamorarse perdidamente y al mes ya estaban casados.
Quizás piensen que Isis exagera en la manera de describir a sus queridos padres. Pero no lo hace, su amor fue y es tan apasionado que, incluso ahora, después de veintitrés años, se miran como si fuera la primera vez. Y eso sin contar que pareciera que no quisieran salir nunca de la cama.
Con esos padres, ya queda claro que Isis es una morena de uno setenta y cinco metros de altura, con unas curvas de infarto, según sus amigos. Sus ojos son negros azabache, al igual que los de su padre, y sus labios son rojos y carnosos, como los de su madre. Es una mezcla algo peculiar, pero con un buen resultado. Suele llevar el cabello largo y suelto, lo que le da un aspecto único, con ondas negras.
Debido al trabajo de sus padres, Isis ha viajado prácticamente por todo el mundo y ha vivido en los lugares más increíbles. Sabe hablar y escribir perfectamente siete idiomas, además de un sinfín de dialectos. Tiene amigos y conocidos en todas partes. Su pasión es la lectura, el baile y la música.
Aunque es muy feliz de tener esos padres, a veces se siente asfixiada con tanto cuidado. Aunque en estos momentos no le molestaría para nada ver aparecer a los guardias que la siguen a todas partes por orden de su padre. ¿Por qué tuvo que escapar de la manera que lo hizo de ellos?