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TORCIDOS: enamorada del primo de mi novio

TORCIDOS: enamorada del primo de mi novio

Autor: : Ranacien
Género: Romance
Se suponía que todo estaría bien. Danzaba entre el éxito y la felicidad. Mi camino era recto, sin mayores cosas que quitar. Todo iba bien. Juro, que era casi perfección. Hasta que me convertí en la obsesión de un chico llamado Maël, y mi mundo se convirtió en algo tan torcido...

Capítulo 1 Algo pasó allí

PRIMERA PARTE

Febrero 01, año 2020, Braga. Quinta da Mafalaia.

Sandra pensaba que yo era mentirosa. O que, en esta estricta ocasión, todo lo que le estaba contando era una vil mentira. Ella conocía a los personajes de mi cuento, pero la sorpresa para ella era tal, que le costaba comprender cada cosa, cada suceso. Y la entendía.

-Podrías decir algo -expresé.

Sentadas bajo aquel árbol frondoso que tanto amaba, sombra hermosa del restaurante Quinta da Mafalaia, observé su rostro ovalado de piel morena clara y extremadamente suave. Ella miraba con asombro y quizás, con algo que me reprobaba.

-Sería bueno que opinaras, Sandra, porque me había jurado que no le contaría esto a nadie. Aunque ya existen personas que lo saben. -Bajé la cara un poco avergonzada por esa información.

A pesar de no mirarla directamente, vi cuando tragó grueso. Y es que la historia era algo que en algunos rincones del mundo solía suceder, pero no a mí. Estas cosas no debían ocurrirle a una simple mortal como yo. Contar algo así no era fácil, yo sabía que no.

-Bueno -comenzó a decir-. Yo... Yo no...

Sí, ella se había quedado sin palabras. Puedo asegurar que al verme llegar a su casa, jamás pasó por su mente a lo que venía esta tarde.

Continuó:

-¿Estás segura que todo esto comenzó desde que él era un... un niño? -No me dejó responder siquiera. Se inclinó hacia delante y susurró con energía contenida-. Me estás hablando de un niño de ocho años -hizo una pausa-. Delu, ¿qué diablos te sucede?

Abrí mis ojos y elevé las cejas todo lo que pude. Ella relajó su cuerpo, entendiendo que estaba exagerando en su pensar. Pude haber cometido mil errores, demasiados para el gusto de cualquiera. Pero no era una mala persona, y menos lo que ella estaba pensando en ese momento.

Al verla devolverse a su posición original, yo asentí:

-Sí, ocho años. Escuchaste bien.

-¡Pero es que no puede ser! Él... Él es... Lo conocí en Viana, no demasiado para saberlo pero es fácil entender que en ocasiones parece tan vacío, tan típico... ¡Por Dios, es un jovencito!

Sin moverme mucho porque deseaba ver en detalle sus reacciones, y sobre todo que ella no confundiera las mías, emití una pequeña risa con tintes de tristeza y de labios cerrados; como enfatizando que mi compañera estaba equivocada.

Bueno, al menos solo un poco.

Él no era típico. El protagonista de nuestra conversación, razón por la cual llegué a la Quinta para contarle todo a mi vieja amiga, era otra cosa muy distinta. Él encerraba una situación que siempre me había vuelto loca.

-Es un ser humano, ¿no? -le dije-. Simple o superficial, sigue sintiendo. ¿O no es así? Pero créeme, todo lo que hasta ahora has creído que era él, bien puede ser lo contrario. Espero no confundirte.

-¿Más?

Suspiré, destapé la caja de cigarrillos que puse sobre la mesa y encendí uno. Sandra miró mi pitillo, ese que por fin me pude fumar después de horas de anhelarlo y por primera vez en la vida supe que estaba a punto de arrancármelo de las manos.

Me eché a reír un poco pensando que mi amiga, quien nunca había sucumbido a ningún vicio, deseaba hacerlo ahora. Precisamente de esto le hablaba, del efecto que algunos tienen en otros; vicios que rompen una cadena de bondad provocados por la ansiedad de una historia.

-No sé qué decirte, Delu -expresó con cara de angustia-. Me dejas verdaderamente pasmada. Esto que me cuentas es una bomba, es algo bastante... intenso.

-Lo sé, y precisamente vine para contártelo porque ya... -Suspiré de nuevo, el peso en mis hombros pulsaba pidiendo liberarse-. Ya no puedo ocultártelo más.

Ella miró a la mesa de hierro y madera que teníamos entre nosotras por unos segundos, para luego mirarme fijamente colocando una de sus manos sobre la única que yo cargaba libre sobre mi regazo.

-Te entiendo, amiga. -Apretó mis dedos y sentí un corriente enérgica pringarme el cuerpo-. No sé exactamente las razones que te obligaron a callar pero aun así, puedo comprender que no quisieras decirlo a los cuatro vientos. Y hablando de ti, que hablas y hablas y en ocasiones no te podemos detener... -Soltó una risilla.

La conocía, ella intentaba animarme. Le correspondí a su risa porque de verdad llevaba razón. Yo era una parlanchina en potencia, pero eso fue mucho tiempo antes de toda esta debacle. ¿Cómo hace alguien que sufre de verborrea cuando se le asoma en los labios un tema de mucho agrado, para no contarle luego a nadie lo que está viviendo a diario?

Difícil, ¿no? Que linda porquería.

-Quiero me disculpes -rompió el corto silencio que se había formado entre nosotras.

Arrugué las cejas.

-¿Por qué?

Suspiró, recostándose en el espaldar de su silla.

-Porque no lo noté. ¡Nunca vi nada! Y sé que necesitabas ayuda, Delu. Por lo menos para desahogarte, para ver las cosas en perspectivas.

Sonreí de nuevo y tomé su mano para tranquilizarla.

-Creo que no me he explicado bien, Sandra. -Mantuve la sonrisa, una que ahora se tornaba compasiva. Se suponía que la misma debería ser dirigida hacia a mí. Pero sentí lástima por mi amiga. Lo que acababa de contarle no era algo fácil de digerir.

Sobé el dorso de su mano y la solté cuando sentí un poco de extrañeza e incomodidad en ella por ese gesto. Bien podía sentir cariño por mí, pero el no haberle contado nada en todo este tiempo suponía algo difícil de perdonar. Y aunque no lo dijera, estaba verdaderamente molesta conmigo.

-No vengo a pedirte ayuda, Sandra. Solo deseo que lo sepas. Es necesario, ¿comprendes?

Pensé que mis palabras fueron las causantes de su detenimiento. Pero luego me di cuenta que era por mi rostro suplicante. Deseaba que ella me entendiera de verdad, con certeza.

-¿Qué debo comprender exactamente? -preguntó-. ¿Por qué lo preguntas así?

-Porque no eres la única que lo sabe. En el mundo, Sandra, nunca estamos tan solos cómo quisiéramos.

Ella abrió la boca sorprendida, sin poder evitar el brillo en sus ojos, llorosos por los golpes que le lanzaba.

-Entonces, ¿por qué no me lo contaste antes? ¿Por qué no me incluiste? ¿Quiénes son esas personas que también lo saben?

Después de esas preguntas que no generaron respuesta inmediata, Sandra emitió otra y fue allí cuando enderecé la espalda e intercambié mis facciones por una simple mirada fija, llana, queriendo parecer calculadora. Cerré los ojos por unos instantes mientras sentía cómo en mi cabeza se formaban varias notas musicales, entre tonadas electrónicas que mezclaban suavidad con fortaleza. Ahora podía entenderlo, era un mecanismo que mi cerebro usaba cuando necesitaba llenar vacíos. Y en ese preciso momento sentía uno muy profundo por el simple hecho de saber qué decir y no poder explicarlo.

Fui hasta allí para soltarlo todo, toda la historia que viví con él, uno de los secretos mejor guardados en mi vida, a pesar de que un número reducido de personas lo sabían. Pero nunca pensé en lo que me diría Sandra, no sabía que una sola pregunta podía enmudecerme.

-Y ahora, ¿qué harás, Delu? -fue su maldita pregunta. Y yo no supe qué decir.

Después de todo por lo que había pasado y de por fin contárselo, no sabía qué diablos hacer. ¿Cómo saberlo? Si más bien creo que nunca supe lo que hacía, hasta ese momento.

Me hice una cola en mi largo cabello negro y lacio, le di la última calada a mi cigarrillo y lo apagué en uno de los ceniceros que el padre de Sandra había dispuesto en cada una de las mesas de su restaurante. Y como si quisiera espabilar una pelusa de mi jean y tras un enésimo suspiro, expresé:

-¿Tienes café? Aún no termino de contarte todo.

***

Once años antes.

Año 2009. Norte de Portugal.

Supe que algo extraño pasaba desde el momento en que fui observada por "él". Lo supe varios años después, pero jamás pude olvidar esa expresión tan genuina, divina... horrorosa.

Capítulo 2 El pequeño primo

Todo comenzó un día después de entrar a aquella casa, creo recordar que pisé aquel suelo el día 04 de octubre del año 2009. Solo tenía dieciocho años de edad.

Con una carrea en educación que apenas empezaba y justo quería abandonar para enfocarme en otras cosas, mi cabeza estaba repleta de deseos por el dueño de aquella vivienda.

No tenía idea de las personas que me encontraría allí, a parte de mi novio, por supuesto; un joven cuatro años mayor que yo llamado Nikko Saravia, bastante alto, con un atractivo que amenazaba un poco mi seguridad emocional, y con un color de cabello que rivalizaba con mi larga cabellera negra.

Nikko era estudiante de Derecho en la universidad de Minho, sede de mi distrito, lugar donde nos conocimos. Cabe destacar que él y yo no vivíamos en la misma localidad, aunque sí en el mismo Consejo. Mi casa quedaba en el Distrito de Braga, y la de él en Viana do Castelo, a una distancia de 62 kilómetros en carretera a una hora y cuarenta minutos en carro. Para la fecha fui a conocer la vivienda de sus padres, ya teníamos seis meses de noviazgo.

Hasta el momento nunca había pisado el hogar de los Saravias. Solía trasladarme en colectivo de transporte para visitarlo, pero jamás me quedaba. Asistíamos a obras de teatro, dábamos paseos por las calles y bulevares de Castelo... Confieso que viajar para allá me encantaba.

La familia de Nikko era gigante y vivían todos en un mismo complejo habitacional. Sus abuelos habían luchado día y noche para construir una urbanización entera donde los Saravias pudiesen vivir.

Cuando aquello que tanto me ha costado contar comenzó, esa explosión en mente ajena, Nikko había convencido a sus padres para que yo pudiera quedarme a dormir allí, en su casa. Estábamos felices y excitados por esa novedad.

Conocí a sus progenitores: Adelaida y Nicolás, también pude conocer a su hermano, Estéfano y a varios de sus primos: Eusebio y Harry, quienes eran hermanos y un solo año menores que mi novio. Conocí a Catalina, prima de todos ellos y un tanto contemporánea con Nikko, y a Marcelino, un chico de rostro dulce aunque físico imponente, quien era menor que todos nosotros.

Mis nervios me atacaban con el pasar de las horas, y más cuando hicieron que me instalara en el cuarto de Nikko. Él era mayor no solo en edad, sino en... experiencia. Yo solo me había dado unos cuantos besos con algunos chicos.

Así que sin tanto rollo, Nikko se convirtió en mi primer hombre, fue mi primera vez y esa primera vez, se convirtió en algo mucho más profundo.

El día que cumplimos medio año de novios, luego de ir al cine e ir a comer, Nikko y yo llegamos a su casa ese 04 de octubre y después de conocer a todo el mundo, nos encerramos en su cuarto para apaciguar el deseo que nos calentó el cerebro desde la proyección de la película. Estábamos tan calientes y remolones, y Nikko fue tan dedicado... pero a la mañana siguiente me vi sola en la cama.

Salí de las sábanas, me di una ducha en el baño de su habitación y salí en su búsqueda.

-¿Buscas a Nikko? -me asustó su hermano Estéfano, de tan solo dieciséis años, sentado alrededor del gran comedor-. Él no está. Siéntate y ven a desayunar.

-¿Nikko no está? -Me sentí aún más sola y mucho más lejos de casa.

Acepté su invitación. Y mientras conversaba con Estéfano, pensaba que era cierto que los Saravia destacaban en base a un gen único explayado en su anatomía, ambos hermanos (y sus primos) eran muy parecidos unos a otros.

-¿Entonces en verdad no sabes dónde está?

-Ya te lo ubico, pesada. -Qué especial camaradería entablamos de una vez-. De seguro se fue a estudiar. Siempre está estudiando -explicó y se quejó.

-¿Crees que se fue a Braga? -pregunté sin podérmelo creer, no había pensado en esa posibilidad. La incomodidad aumentó.

-No lo creo, ¿contigo aquí? Nahh. Voy a llamarlo. -Asentí y me quedé sentada frente al comedor tomándome un jugo de naranja.

Me recosté en el espaldar de mi silla y me relajé. El viento posarse sobre el tejado removiendo los árboles del patio trasero y los arbustos del frente, queriendo entrar por las amplias ventanas daba la bienvenida al invierno y describía al norte de Portugal en su estación más impresionante.

Comencé a detallar el lugar. A la señora Adelaida, mi suegra, le encantaban los recuerdos y adornos que traía consigo en los viajes que hacía con su esposo. Allí estaban los móviles colgados en varias esquinas. Sus sonidos tintineantes atravesaban la estancia y lograron reconfortarme. La noche anterior había perdido mi virginidad y me sentía tan rara... No era un sentimiento feo, pero Nikko no estaba.

Me puse a divagar entre mis pensamientos, mi decisión de abandonar la carrera de educación para meterme en la actuación teatral, contárselo a mis padres y a mi hermano...

-¿Tía Adelaida? -Una voz algo infantil me regresó a tierra-. ¿Tía Adelaida? ¿Tía Adelai...?

El niño más bello que había visto en mi vida estaba parado frente a mí, no muy lejos del comedor, petrificado, sin habla, mirándome fijamente.

De pronto, un lindo perrito le pasó de largo y vino corriendo hacia mí.

-Mira nada más, ¡qué lindo! ¿Es tuyo? -le pregunté al niño, quien no me respondió.

Toqueteé la cabecita del pequeño can devolviéndole la emoción a esa bola marrón que intentaba lamer mis manos.

Alcé la cara, incliné mi cabeza a un lado por la ternura que destilaba también ese precioso niño con sus cabellos casi rubios.

Pero él me miraba serio. Y el viento de un momento a otro se detuvo.

-Si buscas a tu tía Adelaida, me temo que no está.

El niño estaba tieso como un palo debajo del gran marco de yeso que le daba la bienvenida al comedor; un pequeño cuerpo rígido que me hizo perder la sonrisa.

-Ehh... -Rasqué mi cuello, puse cara de circunstancias.

-¡Maël! -Respingué con la voz de Estéfano-. ¿Qué haces ahí parado? ¿No ves que Bobby molesta a la visita?

-No, no hace falta, no me está molestando.

-Disculpa, Delu. Me tardé porque mi hermano no me contestaba. Al parecer, papá lo llamó para que fuese urgente a su trabajo y no pudo despedirse de ti. Me dijo que lo disculparas y que no te fueras, ya que te llevará a Braga en el carro de papá.

Asentí agradeciéndole la información. Giré mi rostro de nuevo hacia (ahora sabía que se llamaba) Maël, y ya no estaba, al igual que el perro.

Pero al rato pude fijarme que el Niño Maël que no se había ido del todo. Nos observaba escondido detrás de una de las paredes del pasillo.

Sonreí.

-¿Ese niño es hijo de quién? -le pregunté a Estéfano.

-De mi tía Antonia y tío Carlos. Es el hermano menor de mi primo Marcelino.

Hice memoria sobre el otro hermano.

-Ahhh, claro, Marcelino. A él lo recuerdo. A tus tíos aún no los conozco.

-Ellos viven en la casa del frente -señaló a su lado derecho con el cuchillo con el que seguía untando su pan con la mantequilla-, pero por el trabajo de tío Carlos viven viajando a Lisboa. Mis primos a veces se quedan aquí. -Masticó un poco de su pan y tragó casi sin morder-. Ahora le han regalado un perro a Maël y anda como loco siempre detrás de Bobby para arriba y para abajo. Y lo peor es que el perrito es un desastre.

Reí un poco.

-Es un cachorrito. Todos son así de desastrosos.

Él se encogió de hombros.

-Sí, puede ser.

-Se ve tierno -aseguré.

Estéfano se rió.

-¿Quién¿ ¿El perro? Pero si es una bola de puro pelo.

-¡No, el niño! -bromeé.

-Ah, bueno, sí. A ustedes las chicas les encantan los cachorritos y los niños -dijo con la boca llena de pan.

Al finalizar el desayuno, Estéfano me invitó a ver televisión con él en el cuarto de Nikko mientras lo esperábamos. Bobby se nos unió. Me encariñé de inmediato con el perrito y por consiguiente Maël vino detrás, persiguiendo a su mascota por todo el pasillo.

Luego de acomodarnos sobre el colchón frente al gran televisor, vimos al niño llegar al umbral de la entrada al cuarto. Estéfano no vio lo que yo sí, estoy segura de ello. Y no hablo de su llegada, precisamente, sino de otra cosa que ya me estaba empezando a generar curiosidad y una renovada incomodidad.

Maël se detuvo nuevamente, tal cual hoja capturada por el lente de una cámara. No logró entrar de inmediato a la habitación, simplemente se quedó quieto pegado al marco de la puerta, mirándome de una forma que nadie jamás lo había hecho.

Su mirada fue difícil de descifrar. Ese niño de cara seria, aunque algo hostil, parado allí sin quitar sus ojitos encima de mí, ancló una especie de barrera temerosa, pero firme. Algo rondaba su cabecita, algo que no era común en un niño. Me atrevo a decir que esa mirada no podía hacerla un adulto aunque quisiera. Por supuesto que no, era expresa y únicamente creada por un menor. ¿Quién se atrevería a competir con la expresión que emana de un secreto infantil?

-¿Por qué no pasas, tonto? -le preguntó su primo-. ¡Va! ¿Te gusta la niña? -se burló de él, señalándome con el pulgar.

A pesar de las burlas, el niño Maël no dejó de mirarme tan extraño...

Se trataba de un chiquillo precioso y se parecía mucho a sus otros primos, por supuesto, faltaba más. Cabello castaño, muy claro, ojos color marrón, facciones muy lindas para ser tan jovencito, y me causó curiosidad toda su actitud para conmigo.

Aquel día finalizó bien y el tiempo siguió pasando. La mirada del pequeño Maël se repitió muchísimas veces en todas las ocasiones que visité a Nikko. Puedo constatar que hasta sus primos notaron el trance en el que caía el menor cuando yo aparecía. Le hacían bromas al respecto, ridiculizándole, incluso. Bromas enfocadas en la idea de él teniendo una novia llamada Delu Vaz: "Maël está enamorado, Maël está enamorado de Delu!" Yo misma, en unas poquísimas oportunidades, cuando estábamos todos en grupo, me vi agarrando las tiernas mejillas de Maël y hasta le planté besitos poniéndole rojo de vergüenza. Al final sí lograba seguirles un poco el juego, entendí que siempre es atractivo ser adulada así sea por las babas de un bebé.

Luego de un tiempo, el infante se mudó junto a su hermano y sus padres a Lisboa, no lo vi más. Y por eso fui olvidando aquella mirada tan desolada, asombrada y muda; una mirada que no se expandía con el fortuito descubrimiento de un menor, sino que se quedaba clavada manteniendo su forma original. Estoy segura que Maël a esa edad supo esconder bien lo que sea que haya sentido. Importante y fuerte, de eso estoy segura; algo muy importante en la vida de aquel.

Me concentré los siguientes siete años de relación con Nikko en vivir aquel noviazgo a plenitud, entre los cambios universitarios y mi incorporación de lleno en el teatro luso. Estuve ocupada amando a Nikko con las locuras de una ex adolescente, deslumbrándome con su cuerpo alto y bien formado, duro y bien definido. Me enamoré perdidamente de él. En siete años experimentamos en la cama todo lo que podíamos, en la calle todo lo que debíamos. Junto a él conocí las aventuras de los hoteles, por él lloré escandalosamente y reí pletórica de placer y alegría. ¿Qué no hice con Nikko? Pero el tiempo no viene solo y trae consigo el cambio. Y nuestra relación se adaptaba a ellos en la medida de si eran buenos o malos.

Terminamos muchas veces la relación, y en esa cantidad volvíamos a los brazos del otro. Entre más enamorada estaba de él, más me daba cuenta de que Nikko no amaba igual que yo. Me acostumbré a cuestionarle por sus desaparecidas y él por las mías. Aunque las mías no eran tantas como las de él.

Así éramos: arrastrados a un lado, empujados hacia el otro. En el fondo de todo ese meollo, Nikko y yo seguíamos necesitándonos. Y al cumplir los fulanos siete años de noviazgo, las cosas se pusieron un poco más atípicas, difíciles, raras, porque luego de yo cumplir los 25 años de edad, la familia del niño Maël regresó de la capital y se instalaron en su antigua casa, frente a la de mi pareja. Al saberlo recordé de inmediato esa mirada, esa complicidad extraña que se había formado entre ambos: mujer e infante. Una de esas caricias que da el aire entre dos seres que no se conocen de nada y que dentro de la cabeza de cada uno, pensamientos, preguntas y dudas crecen como montañas a nuestro alrededor.

Aquella vez que vi de nuevo al pequeño primo, me di cuenta que en verdad las cosas, las personas, las situaciones cambian. Todo cambia por completo y nada regresa a su cauce, cuando en vez de cubrirte, esas amenazadoras montañas ya no están rodeándote, sino que ahora son tú mismo. Las cosas se pusieron demasiado tercas con Maël de nuevo en la vida de Nikko.

Capítulo 3 Regresó un fantasma

Año 2016.

-¿Qué hacen los fantasmas merodeando por aquí?

Las palabras de Maël hicieron que mi cara se arrugara y me girara hacia él. Por primera vez escuchaba la voz crecida del "niño".

Cuando pequeño, era juguetón y hasta tremendo con los mayores, pero conmigo se desvanecía, perdía la capacidad de hablar.

Sabía que por alguna razón, o varias, los primos le molestaban, a veces eran crueles. A pesar de su comportamiento, siempre me pareció un niño muy inteligente.

Pero esas burlas quedaron siete años atrás, cuando dejé de verlo por motivo de su viaje a la capital. Su regreso a Viana fue más que suficiente para recordar de sopetón aquella carita tersa y linda para que ahora, a comienzos del año 2016, mis ojos pudieran ver que ya no se trataba de un infante cualquiera, sino de un adolescente de quien ya más nunca nadie se burlaba.

En esa actualidad pude sentir cómo se forma el carácter de un sujeto cuando crece demasiado pronto.

Siempre me pregunté ¿qué sintió él cuando me vio después de tanto tiempo? ¿Cuánto duraban los amoríos en los niños? ¿Cuánto tiempo duraban enamorados de su maestra, por ejemplo? ¿Son ciertos los casos en los que, al salir de la escuela, siguen embobados por aquellas faldas? Solo supe una cosa: cuando me vio ahora en el año 2016, por primera vez me dirigió una frase, mi presencia le hizo hablar como nunca antes, porque ahora era capaz de hacerlo, hablar y mucho más; hablar y estar allí de pie mirándome por los rabillos de sus ojos como si fuese posible no notarle. Entonces le preguntó a los primos con los que estaba reunido: "¿Qué hacen los fantasmas merodeando por aquí?" Justo cuando aparecí en la zona. ¿Qué significaba eso? ¿Yo era un fantasma? Me devané los sesos pensando en qué diablos quiso decir aquel niñato. Jamás, ningún miembro de aquella familia me había tratado de mala manera. Pero luego de mirarle, sentir el impacto y ocultarlo muy bien, pensé que aún seguía siendo un muchacho, un puberto con las hormonas revueltas y la rebeldía a flor de piel. Decir sandeces y meterse con lo ajeno debía ser tan divertido para él, seguro que sí.

Pero es que... ¡Dios! El comentario fue tan extraño que al saludar a todos los presentes, una energía amarga impidió que le diera mis saludos. Me dio rabia, él me dio rabia aquella vez. No lo soporté, me cayó mal, directo al estómago.

Aun así, tuve tiempo para observarlo. Maël se había convertido en uno de los adolescentes más hermosos que jamás había visto en mi vida. ¡No exagero nada! Extra de alto, extra de buenmozo, limpio, guapo... divino, bello, apabullante de sensual. ¡Sensual! Portugal está llena de rostros y físicos hermosos, pero si me topaba por la calle con alguien así, no sabría qué hacer de los nervios. Él era anormal, ni siquiera aparentaba su edad, la que calculé rápidamente debía ser de catorce o quince años.

Pero lo más interesante era su temperamento, la forma en cómo se posaba sobre las cosas, fingiendo estar relajado, la manera en cómo miraba a sus familiares. Y ese día que nos vimos noté que no, no estaba para nada relajado. Se vislumbraba en la distancia esa tensión en aquellos juveniles brazos. «¡Por Dios! Soy una adulta, ¿qué haces mirando?» me regañé.

Al rato, ya no estando allí, no me aguanté y lo busqué en las redes.

Y no solo una vez.

Estábamos en enero y durante mis días en Viana Do Castelo luego de las celebraciones decembrinas, el tenerlo cerca encendió mi curiosidad por ver sus fotos todos los días. Vi algunas que se tomó frente a un espejo, otras sin camisa o logrando una hazaña en el gimnasio, haciendo un deporte al aire libre... Lo detallé mejor y en segundos pensé que había exagerado un poco con su entrenamiento, demasiada hormona en ese cuerpo tan joven.

Pero una imagen me asqueó y a la vez me dejó con la boca seca. Una tercera persona tuvo que haberla tomado. Sentado, con los antebrazos sobre sus rodillas, sin camisa una vez más, con un pantalón corto tipo caqui, descalzo, serio y mirando al frente como si le supusiera un leve esfuerzo levantar la mirada.

Sus ojos... Allí estaba, aquella misma estúpida mirada intensa seguía merodeando sus facciones, eso no había cambiado, más bien parecía haberse intensificado.

Sentí algo en el pecho y aparté la mirada cerrando la aplicación de móvil.

Maël dejaba libre ante todos que yo no le caía nada bien. Solía ser tan soez conmigo que incluso se lo comenté al propio Nikko, quien me dijo, sin prestarle demasiada atención, que el "niño" solía ser así con todo el mundo. ¡Mentira! Lo más falso que le había oído decir a mi pareja. Esas actitudes, las cuales rozaban la incomodidad, eran solo para conmigo, el panorama estaba al ras de tierra. A Maël le faltaba madurar, Nikko pensaba igual, eso sí que era verdad.

Me quedé en Viana dos largas semanas, unas cortas vacaciones. Comencé a toparme a Maël en cada esquina. No sabía si era el perseguir de un destino cruel, o que tal vez él ya comenzaba a dejarse llevar por sus instintos. Pero lo veía más que a Nikko, me lo encontraba en cada pasillo y me fui dando cuenta de que mi presencia era un caos para él. Me vi ignorada por él en cada uno de mis saludos, cuando su mirada de asombro cambiaba dando paso a una de repugnancia o fastidio. Sopesé que mi forma de ser no le gustaba. La Delu Vaz de aquella época reía fuerte, siempre estaba apurada y nunca llegaba a ningún sitio. Decía cosas locas, vivía metida en un personaje, estudiaba guiones en voz alta, cantaba a cada rato, vestía de jeans, sandalias o botas, usaba suéteres todo el tiempo (o quizás alguna chaqueta de cuero para la templada temperatura), llevaba el pelo ondulado y extra de largo. Viéndolo a él, con sus camisetas de alguna banda rara bien pegada al cuerpo, jeans gruesos que se vislumbraban de buena marca, zapatos deportivos de la mejor calidad, cabello bien cortado, perfumes caros, yo no entraba en el reino de su lujoso cielo. Pensé tantas cosas intentando apartar de mi cabeza lo que me parecía ser la razón de su odio hacia mí.

Así que decidí ignorarle porque me estaba volviendo loca. Y en ocasiones también me divertía. Ver cómo se iba cuando me sentaba a su lado, o se cambiaba de puesto frente a una mesa compartida. Me reí bastante al verle cruzar varias veces por la tangente cuando me acercaba a saludar a sus tíos, y pude morir de asombro cuando actuaba delante de todos como si yo no existiera. Tétrico y divertido. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere.

Eso no acabó con mi regreso al trabajo en Braga, sino que se propagó para ejecutarse los fines de semana, cuando tomaba el bus y me dirigía a Castelo. Siguió pasando y pasando, así y así durante meses, todo el tiempo que sucedía Maël fue así de infantil, como si yo le hubiese hecho algo muy malo. Porque las maneras de su trato se asemejaban a las de un jovencillo rencoroso que odiaba el mundo, simplemente él odiaba el mundo en el que yo estaba.

Su familia nunca notó nada. Ni siquiera se preguntaron qué le pasaba. Era tan extraño, que deseaba que Nikko supiera de aquello para que le desatara su pleito y todo terminara en sana paz, pero seguí siendo entonces la odiada a escondidas, retrasando mis ganas de ser yo quien lo detuviera.

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