Ser adolescente es complicado. Los sentimientos fluyen cada día como un torrente y se adquiere un aluvión de experiencias que pueden llegar a ser abrumadoras.
A mis quince años, creía saber muchas cosas de la vida, pero estaba equivocada, mi historia empieza ahora. Bajo mi actitud de niña indefensa, descubro que se esconde una gran luchadora de carácter fuerte.
Mis experiencias vividas me envuelve en gran parte de mis problemas, problemas que tendré que aprender a solucionar yo sola.
Creo que tengo los mejores padres del mundo. Decidieron ponerme Keyla, un nombre que me encanta, tiene algo de exótico y peligroso a la vez.
Actualmente tengo veinte años, me considero una persona muy normal, mi cabello es rizado, largo y de color naranja, mis ojos son verdes, grandes y muy llamativos.
El color de mi piel es como la porcelana, lo que hace que mis mejillas se tiñan de color rosado enseguida. Tengo unas pecas espantosas, alrededor de mi pequeña nariz, las cuales odio y tapo todos los días con algo de maquillaje. Mido poco más de metro sesenta, mi cuerpo es pequeño, pero mi fuerza interior es la que me hace sobrevivir a todas las batallas que existen a lo largo de mi vida.
Soy una gran estudiante de la informática, me quedan poco más de seis meses para terminar mi carrera y... ¡Menos mal! Porque ya llega el verano y espero que este sea muy especial.
Vivo en Cáceres, comparto piso con mi gran amiga Sandra, a la que conozco desde pequeña; su novio, Rubén, se vino con nosotras a vivir hace menos de un año.
Sandra tiene el cabello moreno, liso y tan largo que le llega a la cintura, también es un poco más alta que yo, con un cuerpazo de escándalo.
Por otro lado, está Rubén, que es el típico tío bueno de las pelis; él es alto, con el pelo color castaño claro, tiene unos músculos impresionantes, ¡está buenorro el tío!, hacen una pareja espectacular.
Me da cierta envidia la pareja que forman. ¡Se llevan tan bien, que se me cae la baba! A veces siento que solo convivo con una persona en casa, son mis mejores amigos, les quiero tanto.
Lo más importante de toda esta historia que les voy a contar es cuando comienza a cambiar mi vida de verdad, enseguida empezaré a narrarlo.
Todo comienza cuando retomo el contacto con mi amiga Esthela, a la que hacía tiempo que no veía, no sé cómo, ni de qué manera consiguió mi número de teléfono, me llamó y empezamos entablando una conversación.
La cosa fue cambiando, a medida que íbamos hablando, teníamos más confianza. Esthela no paraba de contarme sus encuentros sexuales con su novio.
Un día, hablando por teléfono, nos intercambiamos los e-mails para poder hablar de forma gratuita.
Una semana después, recibo un correo electrónico de Esthela:
Hola, Keyla, espero que estés muy bien y que cuando leas este e-mail, me contestes enseguida.
Seguramente te estarás preguntando si sigo con el mismo chico. ¡PUES SÍ! Sigo con él y soy la mujer más feliz del mundo.
El martes de la semana pasada me llevó a una tienda de lencería que hay aquí, y una vez dentro, comencé a probarme algunas cosillas. Como todos los hombres, mi chico se aburrió, y salió a la calle.
Y lo que vio en el escaparate le llamó tanto la atención que me lo llevó al probador.
Me estaba probando un conjunto rojo pasión, de tanga y sujetador; él abrió la cortina del probador y metió su cabeza para ver cómo me quedaba.
Y... efectivamente la pasión se encendió en sus ojos, se quedó petrificado al verme así de sexy. No contento me hizo dar una vuelta para él, me dio una cachetada en el trasero y me pasó lo que vio en el escaparate.
Le hice caso, me quité el conjunto rojo y comencé a ponerme el corsé de encaje negro, lo que me hacía aún más atractiva, después me puse el tanga y el liguero, apoyé una pierna sobre un taburete pequeño que había allí, para ponerme la media, y pude ver por el espejo cómo me observaba hasta que terminé de vestirme. Me di la vuelta, corrí la cortina un poco y entró al probador conmigo.
-¿Qué haces? -le pregunté, mientras lo empujaba fuera del probador por miedo de que nos pillaran.
-No te lo quites, ponte la ropa encima y vámonos -me respondió.
-Hay que pagarlo -le dije entre risas.
-Sí -contestó, mientras quitaba las etiquetas con sus dientes a mordiscos y llevarlas al mostrador para pagar.
Por mi extrema curiosidad, llamo a Esthela por télefono antes de terminar de leer el e-mail, sus romances ya hacen estragos de excitación en mi cuerpo.
-Hola, Esthela.
-Hola, Keyla.
-No puedo seguir leyendo este e-mail. Voy por la parte en la que te quedas el corsé puesto. ¿Qué ha pasado después?
-Keyla, pasó lo que tenía que pasar.
-¿Hubo sexo?
-Sí, claro que hubo.
-¿Cómo fue?
-Él lo pagó y me lo llevé puesto, ya nos íbamos a casa, pero... antes de llegar tomó un desvío y me pidió que me quitara la ropa y me quedara solo con el conjunto puesto. Puso su mano en el muslo izquierdo, metió la mano dentro del tanga y empezó a tocarme. Cuando la cosa se calentó, paró el coche en el arcén del desvío, se bajó del coche, me colocó a cuatro patas y me lo hizo allí mismo.
-¿No te dio vergüenza?
-Es lo divertido, mientras tú gozas, los demás pitan con el coche.
Las dos comenzamos a reír por su historia de amor desenfrenado, hasta que colgamos el teléfono.
A la semana siguiente me llama para quedar y lo hacemos en una cafetería, que está un poco lejos de mi casa.
Es sábado, son las cuatro de la tarde y llueve a mares. Llego a la puerta de la cafetería, sacudo el agua de mi paraguas, lo cierro y entro a la cafetería. Voy directa al baño a recolocar mi cabello, con la humedad de la calle se me ha encrespado.
Al salir del baño, diviso una mesa con dos personas, un chico y una chica, me acerco despacio y me doy cuenta de que es Esthela.
-¿Esthela?
-Hola, Keyla.
-Hola, ¡qué cambio has dado!, estás guapísima.
Cuando Esthela se fue de aquí, tenía apenas quince años, era el patito feo de la clase; su cara estaba llena de granos.
Ha cambiado mucho desde entonces, mide sobre metro sesenta, es rubia, con los ojos azules, lleva el cabello a media melena, y es bastante delgadita.
Enseguida los dos se ponen de pie para saludarme. Esthela me presenta a su novio Carlos.
Carlos es del montón, tirando a feíllo; es el típico chico de unos treinta y tantos, de pelo castaño oscuro, con ojos color marrón chocolate. Lo único bueno que tiene es su altura y su musculatura impresionante, me da la impresión de que va mucho al gimnasio.
Terminando las presentaciones, nos sentamos en la mesa. Carlos mira de forma muy extraña, mientras Esthela y yo nos ponemos al día.
-Chicos, voy al baño -dice Esthela poniéndose en pie.
-Aquí te esperamos, Gatita -dice Carlos.
-¡Perdón!, ¿Gatita? -pregunto entre risas.
-Sí, es mi Gatita -dice Carlos.
Esthela se pone en pie y se dirige al baño, dejándonos solos. Decido romper el silencio para acortar las miradas:
-¿Sabes que puedes hablar?, tengo veinte años y aún no me he comido a nadie.
-Esthela me habló tan bien de ti, que vine a conocerte, dice que eres su mejor amiga, que te quiere mucho, pero... nunca me hubiese imaginado que fueses así.
-¿Yoo?, y... ¿cómo soy?
-Eres especialmente guapa, pareces una muñeca de porcelana -dice muy picaresco.
-Gracias, pero espero que sepas que mi amiga es tu novia.
Han pasado apenas cinco minutos cuando Esthela llega del baño.
-¡Chicosss, ya estoy aquí!, ¿ya os habéis conocido?
-Sí. -Afirmo con la cabeza.
Siento que algo no va bien entre nosotros, la tensión va aumentando a medida que vamos conociéndonos. A las dos horas, más o menos, me pongo en pie y me despido de los dos.
Llego a casa sobre las siete de la tarde. Abro la puerta y al entrar en casa, me encuentro a Sandra sentada a horcajadas en las piernas de Rubén, morreándose a todo lujo.
-Chicos, dejadlo ya, que estoy aquí. Os tengo dicho que no comáis delante de los pobres -digo entre risas.
-Hola, Keyla, estábamos esperándote, ¿qué tal te fue con estos dos?
-A mí me fue bien, pero no sé yo si las cosas van muy bien entre los dos. Carlos me parece un poco rarito. -Las carcajadas salen de los tres.
-¿Qué más ha pasado? -pregunta Sandra.
-Ella me parece un poco lela, dice que está enamoradísima de él, que se quiere casar y que tengo que ir a su boda.
-Espero que les vaya muy bien, que sean felices y que coman perdices, como en los cuentos. -Una vez más las carcajadas brotan de nuestras bocas.
-Chicas... sois malas, pero malas... malas -dice Rubén, mientras se ríe con nosotras.
Después de contarles cómo me fue, Sandra me comunica que mañana se van a conocer a los padres de Rubén.
Sobre las nueve de la noche, cenamos, recogemos la mesa, y nos vamos a todos a la cama, ya que estos dos, mañana madrugan.
Me pongo mi pijama de gatitos, mientras intento no reírme mucho cuando me acuerdo de Gatita y Carlos. Entro en la cama, y recuerdo que Sandra no me ha dicho nada de cuándo van a volver.
Ufff, qué pereza me da tener que salir de la cama. Voy al cuarto de Sandra, toco a la puerta y esta se abre un poco; debía de estar mal cerrada, y la llamo. Como no me contesta, abro un poco más la puerta y...
-Upss. Perdón, perdón, perdón -les digo muy avergonzada, tapándome la cara con la mano.
-¡Keyla!, ¡sal de aquí! -dice Sandra.
-Sí, sí. ¡Fue sin querer!
Salgo del cuarto y cierro corriendo la puerta. Me dirijo al mío para dormirme ya.
Me acuesto en la cama, muy acalorada por lo que acabo de ver: Sandra estaba galopando encima de Rubén a todo trapo, ja, ja, ja, menos mal que estaba cubierta por la sábana y no he visto nada. Parecía estar pasándoselo realmente bien, o por lo menos, sus gemidos eran muy reales.
Después de reírme un buen rato por la escena que acabo de ver, consigo quedarme dormida.
Al día siguiente, suena mi móvil. Me arrastro por la cama para llegar a él de forma muy perezosa, pensando que será Sandra y decirme que ya han llegado, pero para mi sorpresa... -Hola, Keyla. -Reconozco la voz de Esthela.
-Hola, Gatita, buenos días -le digo entre risas.
-¡Ey!, no soy tu Gatita -me contesta también entre risas.
-Ok, GA... TI... TA... ¿hoy también quieres quedar? - pregunto medio dormida.
-Keyla, hoy no podemos quedar, de hecho, ya estamos llegando a fortaleza (Portugal).
-Pensé que os quedaríais unos días más.
-Qué va, no podemos. Mañana tiene que trabajar Carlos.
-Ok, pero dile a Carlos que te tiene que traer más veces.
-Carlos me ha dicho que le gustas mucho y que no puedo tener una amiga mejor, iremos pronto a verte.