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Te Quito como La Raíce Enferma

Te Quito como La Raíce Enferma

Autor: : Dan Ruo Tu Mi
Género: Romance
Nuestra historia, construida en diez años, se cimentaba en promesas y rituales sagrados, como esa copa de vino carísimo que habíamos soñado con probar juntos. Entonces, una foto anónima de Chile lo destrozó todo: Mateo besando a otra, Érica, su colega. Pero lo que me rompió no fue el beso, sino la copa de vino que él le ofrecía a ella, nuestro ritual más íntimo, profanado sin piedad. Mis mensajes suplicantes de vida recibían un cruel "leído" sin respuesta, mientras él se burlaba de nuestra conexión. ¿Cómo era posible que el chico de 18 años que talló una cajita de olivo para mí y me juró "nunca más te haré sentir esta incertidumbre" se convirtiera en el hombre gélido que me dejaba en visto y me abandonaba en medio de una tormenta? La traición ya no era una foto, era una realidad palpable, y en ese momento, una visita inesperada transformaría mi dolor en una decisión inquebrantable.

Introducción

Nuestra historia, construida en diez años, se cimentaba en promesas y rituales sagrados, como esa copa de vino carísimo que habíamos soñado con probar juntos.

Entonces, una foto anónima de Chile lo destrozó todo: Mateo besando a otra, Érica, su colega.

Pero lo que me rompió no fue el beso, sino la copa de vino que él le ofrecía a ella, nuestro ritual más íntimo, profanado sin piedad. Mis mensajes suplicantes de vida recibían un cruel "leído" sin respuesta, mientras él se burlaba de nuestra conexión.

¿Cómo era posible que el chico de 18 años que talló una cajita de olivo para mí y me juró "nunca más te haré sentir esta incertidumbre" se convirtiera en el hombre gélido que me dejaba en visto y me abandonaba en medio de una tormenta?

La traición ya no era una foto, era una realidad palpable, y en ese momento, una visita inesperada transformaría mi dolor en una decisión inquebrantable.

Capítulo 1

La foto llegó sin previo aviso, un golpe visual que me dejó sin aire.

Era un número desconocido. La abrí.

Mateo.

Besaba a otra mujer con una pasión que yo creía reservada para mí. Estaban en Chile, en uno de sus tantos viajes de negocios. La mujer era Érica, su colega. Lo supe por las etiquetas en las fotos de la empresa.

Pero no fue el beso lo que me rompió. Fue la copa de vino.

Él sostenía una copa de un tinto carísimo, un vino que habíamos soñado con probar juntos. Y se la ofrecía a ella. El primer sorbo.

Ese era nuestro ritual. Nuestro secreto. El símbolo de todo lo que habíamos construido.

Sentí un zumbido en la cabeza. Las náuseas subieron por mi garganta. No era solo una traición física. Era una profanación de nuestra historia. De nuestros diez años de historia.

Mis dedos temblorosos buscaron el ícono verde de WhatsApp. El chat con Mateo.

"¿Cómo va todo por Chile?"

Enviado.

Leído.

Nada.

"La cosecha de este año va a ser increíble, ¿te acuerdas de lo que decía el abuelo sobre la lluvia de primavera?"

Enviado.

Leído.

Nada.

Mi monólogo de mensajes, lleno de vida, de detalles, de nosotros, se enfrentaba a un muro de silencio. El doble check azul era una burla. Una confirmación fría de su abandono.

Me sentí completamente sola.

Un recuerdo me golpeó con fuerza. Nuestro segundo aniversario. En el mirador del Cerro de la Gloria.

Él llegó tarde, muy tarde. Yo lo esperé, con el corazón en un puño, mirando el teléfono sin señal.

Apareció corriendo, sin aliento. Su celular se había quedado sin batería. No quería irse sin terminar mi regalo. Me entregó una pequeña caja de madera de olivo, tallada a mano por él.

Ese día, con su mano sobre la mía, juró.

"Nunca más te haré sentir esta incertidumbre, Sofi. Siempre estaré conectado contigo. Te lo juro."

Miré la pantalla del teléfono, la promesa rota convertida en píxeles azules. La ironía me quemó por dentro. El resentimiento empezó a crecer.

Capítulo 2

El recuerdo de ese día en el Cerro de la Gloria era tan vívido.

Yo estaba sentada en el borde de piedra, el viento de la montaña me enfriaba la piel. La preocupación se había convertido en un nudo en mi estómago. ¿Y si le había pasado algo? ¿Un accidente?

Cuando finalmente lo vi subir corriendo por el sendero, el alivio fue inmenso.

"¡Sofía! ¡Perdón, perdón, perdón!"

Jadeaba, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento.

"Mi celular murió. Estaba terminando esto y perdí la noción del tiempo."

Abrió la palma de su mano. Allí estaba la cajita de olivo, imperfecta, rústica, pero hecha con sus manos. La abrí y dentro había un pequeño papel doblado. "Para mi futura enóloga, mi futura esposa, mi futuro todo".

Lo abracé tan fuerte que casi nos caemos. Sentí la sinceridad en cada fibra de su ser.

"Lo siento tanto, mi amor. Odié cada segundo sabiendo que estabas aquí esperando, sin poder avisarte."

Me tomó la cara entre sus manos. Sus ojos, los ojos del joven Mateo de 18 años, brillaban con una devoción que me desarmaba.

"Te lo juro, Sofía. Nunca más. Nunca más te dejaré a oscuras. Siempre sabrás dónde estoy, siempre tendrás una respuesta. Es una promesa."

En ese momento, sus palabras eran el ancla más segura del mundo. Me sentí la mujer más afortunada, la más amada. Creí en esa promesa con todo mi corazón.

Ahora, sentada en el sofá de nuestra casa, la casa que construimos juntos, esa promesa se sentía como una mentira cruel.

¿Cómo podía ser el mismo hombre?

El Mateo de 18 años que tallaba cajas de madera y hacía promesas solemnes bajo las estrellas.

Y el Mateo de 28 años que me dejaba en visto mientras profanaba nuestros rituales con otra mujer.

La decepción era un peso físico, una opresión en el pecho que me dificultaba respirar. Era increíble cómo diez años podían transformar a alguien tan completamente. El amor que yo conocía se había convertido en algo irreconocible.

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