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Tercer Tiempo al Amor

Tercer Tiempo al Amor

Autor: : Sol Cánaves Díaz
Género: Romance
Thomas, un talentoso, pero temperamental jugador de rugby ve su carrera tambalearse tras un incidente en pleno partido que lo lleva a ser sancionado por conducta antideportiva. Como parte de su castigo, es obligado a realizar trabajo comunitario. Allí conoce a Sophia, una voluntaria que dedica su tiempo a leer cuentos a los pacientes que están alojados en diferentes hospicios. Sophia, con su calidez y amor por las historias, comienza a desarmar las barreras emocionales de Thomas. Sin embargo, Gabriel, un jugador carismático y rival de Thomas, también siente una fuerte atracción por ella. Entre la intensidad de Thomas y el encanto de Gabriel, Sophia se ve atrapada en un triángulo amoroso que pondrá a prueba sus emociones y desvelará las verdaderas personalidades de ambos hombres.

Capítulo 1 El Rey y la Bestia

El rugido de la multitud resonaba en el estadio. Era un mar de colores y banderas ondeando al viento mientras el partido de rugby alcanzaba su clímax. La gente gritaba, aplaudía y silbaba, mientras en el centro del campo, los jugadores se movían con una energía frenética, sus cuerpos chocaban con fuerza en cada tackle y ruck. El sol brillaba sobre ellos, haciendo brillar el sudor en sus frentes y acentuando cada golpe y empuje y sacando a lucir seductoramente la fuerza que reflejaban sus músculos, venas y tendones.

Thomas se limpió el sudor de la cara con la palma de su mano. Era una fuerza imponente en el campo. Su físico robusto y su barba crecida al estilo vikingo le daban una presencia intimidante. Sus ojos marrones, llenos de furia y concentración, seguían cada movimiento con una intensidad que hacía temblar a sus adversarios. Su cabello castaño claro, desaliñado, y la cicatriz en la nariz que le atravesaba la cara desde la altura del pómulo derecho hasta perderse en la mejilla izquierda, resultado de una batalla anterior en el campo, solo acentuaban su aura de dureza. Un enorme número uno se lucía en la espalda de su camiseta color azul, indicando su posición en el campo. Era el pilar izquierdo y capitán de su equipo.

Gabriel, por otro lado, era el centro de todas las miradas. Su encanto natural y su presencia magnética no solo lo hacían destacar en el campo, sino que también atraían la admiración de los espectadores y compañeros de equipo por igual. Con su físico atlético y su actitud arrogante, Gabriel jugaba con una confianza desbordante, luciendo con orgullo el número diez en su camiseta color verde que se ajustaba a su esculpido cuerpo. Sus pases eran precisos y sus movimientos ágiles, parecían calculados por una inteligencia artificial. Sus patadas al arco tenían una precisión absoluta, y era ovacionado por todo el público, tanto el femenino como el masculino. Y no sólo porque cada puntapié se convertía en puntos para su equipo, sino porque mientras Gabriel se tomaba al menos unos minutos para saludar a los aficionados, firmarles autógrafos y sacarse fotos con ellos -especialmente con los niños- Thomas no hablaba con nadie y salía de los enfrentamientos con cara de pocos amigos, ignorando a los pocos fanáticos que tenía.

Lucas, el fiel compañero de Gabriel, se acercó luciendo el número doce estampado en la camiseta y trayendo el "Tee", aquel soporte de plástico en el que iba a ir depositada la pelota, para que su capitán pueda hacer la patada a los palos de la enorme H que era el arco. Con su cabello corto y arreglado, Lucas no perdía oportunidad para ofrecer elogios a Gabriel, siguiéndolo a todas partes y animándolo con fervor. Colocó el soporte en el césped y luego la pelota sobre él, dejando todo listo para que Gabriel pueda patear. Antes de hacerlo, Gabriel hizo su "ritual": Miró a la tribuna, guiñó un ojo y sonrió para su público, siendo ovacionado y gritado con entusiasmo. Pateó con fuerza la pelota, haciendo que ésta haga un bonito arco en medio de los dos palos paralelos. Una nueva conversión a su racha invicta como capitán y apertura, su posición en el equipo.

El partido estaba en sus minutos finales, y el marcador estaba ajustado. Gabriel recibió el balón en una posición prometedora, con un espacio claro delante de él para avanzar. Su sonrisa arrogante brillaba mientras se preparaba para ejecutar un movimiento espectacular que, en su mente, le aseguraría el triunfo y consolidaría aún más su estatus de estrella.

Thomas, sin embargo, no estaba dispuesto a permitir que Gabriel se saliera con la suya. Sus ojos se encontraron con los suyos, y una chispa de desafío se encendió entre ellos. En un movimiento decidido, Thomas se lanzó hacia adelante, dispuesto a detener a Gabriel a toda costa. El choque fue brutal. Gabriel, sorprendido por la intensidad del impacto, cayó al suelo con un golpe seco que resonó en el estadio.

-¡Eso es lo que pasa cuando te crees el rey del campo! -gritó Thomas, su voz grave retumbó sobre el ruido del público. La agresividad en su tono reflejaba años de frustración acumulada y un resentimiento profundo, especialmente por los dichos de los comentaristas y del público respecto a su actitud hosca para los aficionados del deporte.

Gabriel, aturdido, pero con su orgullo intacto, se levantó lentamente. Su expresión de sorpresa se transformó en una mueca de desdén mientras miraba a Thomas.

-¿Eso es todo lo que tienes, bestia? -lo retó, con su voz cargada de desprecio, llamándolo por el sobrenombre que la prensa le había puesto por su apariencia física y su brutalidad-. ¿Acaso no sabes jugar limpio?

Lucas se acercó rápidamente, colocándose a un lado de Gabriel y ofreciéndole una mano con una sonrisa exagerada.

-¡Vamos, Gabriel! No te dejes afectar por este tipo. ¡Eres el mejor en el campo! -decía, mientras echaba una mirada despectiva hacia Thomas, que mantenía su mirada fija en Gabriel.

Thomas no respondió, su concentración estaba en el juego. Aunque la actitud de Gabriel y el comportamiento adulador de Lucas lo irritaban, sabía que su foco debía permanecer en ganar el partido, no en las provocaciones, aunque él haya sido el provocador. Sin embargo, el altercado había dejado una marca en el ambiente. La tensión entre Thomas y Gabriel era palpable, y la rivalidad que se había cocinado a lo largo de la temporada estaba a punto de estallar como un polvorín. Y finalmente, estalló.

Cuando Thomas por fin tuvo posesión de la pelota, se dirigió hacia la zona de anotación, siendo rodeado por sus compañeros. Si lograba marcar ese try, ganarían el partido sólo por un punto, pero lo ganarían. Sólo tenía que llegar hasta la línea del in-goal y apoyar la pelota.

Pero una fuerza desconocida para él lo jaló hacia el césped, a sólo escasos centímetros de la línea de anotación. Alguien lo había tomado de la barba y jalado de ella en un tackle ilegal, aprovechándose de la cobertura de los miembros de su equipo y los del equipo rival. Sonó la bocina que indicaba el final del partido.

El silbato del árbitro se hizo escuchar, y mientras revisaban la partida en el TMO, Thomas se levantó del suelo con furia contenida pues había visto la sonrisa sínica de Gabriel mientras él caía al suelo.

-¿Quién es el del juego sucio, eh? -le gritó Thomas a Gabriel, arrojándole al pecho la pelota ovalada con gran ira.

-¿De qué estás hablando? ¡Estás cada día más loco! -exclamó Gabriel, fingiendo inocencia.

Los réferis tenían una decisión: Evidentemente no había sido try, pero tampoco habían visto el tackle ilegal que alegaba Thomas. El silbato del árbitro marcó el final del partido. Pero las broncas apenas comenzaban, porque Thomas, harto de la payaseada de Gabriel en el campo de juego, y sin ser capaz de contener más la ira acumulada por la injusta cometida por el equipo de árbitros, cerró el puño y se lo hundió en la cara a Gabriel. Más pronto que tarde, los treinta jugadores, y algunos suplentes, estaban intercambiando golpes en un burdo intento de detener la pelea iniciada.

El partido había terminado, pero la batalla entre Thomas y Gabriel apenas había comenzado. Los conflictos en el campo solo eran el preludio de una confrontación mucho más profunda que se avecinaba.

Capítulo 2 Entre páginas y susurros

El sol apenas asomaba sobre el horizonte cuando Sophia se despertó, rodeada por el suave murmullo de la naturaleza. Afuera, el canto de los pájaros marcaba el inicio de un nuevo día en su pequeña casita campestre. Abrió los ojos lentamente, disfrutando de esos primeros momentos de paz antes de que el mundo comenzara a moverse a su alrededor. A lo lejos, se escuchaba el viento rozar las hojas de los árboles frutales que adornaban el jardín, un sonido tan familiar que se había convertido en su melodía de cada mañana.

La casa de Sophia, ubicada a las afueras de la ciudad, era su refugio. No era grande ni lujosa, pero tenía todo lo que necesitaba: paredes de madera, cortinas de bordado francés y estantes llenos de libros. Todo en su hogar tenía un propósito, cada rincón hablaba de sus gustos y su personalidad. Se levantó de la cama y abrió las ventanas, dejando que la luz dorada del amanecer llenara el espacio. El aire fresco del campo inundó la habitación, revitalizándola.

En la esquina más acogedora de su sala, rodeado por una montaña de libros apilados desordenadamente, descansaba un perro negro en el sillón favorito de su dueña. Un sillón viejo, pero cómodo, desgastado en los bordes y cubierto por una manta de lana color mostaza. La luz suave del amanecer que se colaba iluminaba una lámpara de pie, de pantalla de tela bordada, proyectando sombras tranquilas que se mezclaban con los colores cálidos del lugar. El ambiente era sencillo, pero lleno de personalidad. Cada objeto, desde las plantas en macetas, hasta los libros cuidadosamente desordenados en cada rincón, hablaba de alguien que había aprendido a vivir con calma y a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida: Una taza de buen café, un pedazo de pastel, música y un buen libro. Así sí que valía la pena estar vivo.

Su hogar era su refugio modesto pero encantador, donde las paredes estaban cubiertas de recuerdos. En el aparador, algunas fotos marcadas mostraban momentos felices: una con su madre, sonriendo en un viaje al campo, y otra de su infancia con su abuela, quien le había enseñado a amar los libros; otra con su padre, el día de su graduación, y una última de su hermano, que sonreía de oreja a oreja. Esta última foto tenía un lugar privilegiado en el aparador de los recuerdos. No había lujos, pero sí una calidez que invitaba a quedarse, a relajarse y a perderse en el tiempo. En la repisa sobre la chimenea, siempre había dos o tres libros apilados, como si Sophia estuviera constantemente pasando de una historia a otra, buscando nuevos mundos donde sumergirse. Pero si había algo especial en ese apartamento era el delicioso perfume que flotaba en el aire: Pan recién hecho, mezclado con el aroma a manzanas y frutillas del aromatizador de ambiente.

-Una casa se transforma en hogar cuando huele a comida casera -le había dicho su abuela, una tarde lluviosa y gris mientras amasaba el pan-. Pan casero, esas sopitas que reparan el alma, una tacita de té o café... Son pequeños detalles que te endulzan la vida.

Sophia se dirigió a la cocina, donde preparó su ritual matutino: café recién hecho y una rebanada de pan tostado con mermelada casera de sus propios duraznos. Mientras el aroma del café invadía el ambiente, Sophia se sentó junto a la ventana, mirando el jardín. Aquellos momentos de quietud eran sagrados para ella, un respiro antes de sumergirse en sus actividades diarias. El perro negro despertó y estiró su cuello, tirando su cabeza hacia atrás, dio un largo bostezo y se levantó del sillón con cuidado de no perder el equilibrio y caer de bruces hacia adelante, pues al querido Rex le faltaba la pata trasera izquierda. Se acercó a su dueña moviendo la cola con alegría, pidiendo su rebanada de pan de todas las mañanas.

Después del desayuno, Sophia se dirigió a su escritorio. Abrió las ventanas y permitió que aquella orquesta de los sonidos más variados le llene el alma: El canto de los pájaros se unía a los relinchos de los caballos del predio vecino, donde se hacía equino terapia y equitación. En la sala junto a la biblioteca, una vieja máquina de escribir reposaba sobre una mesa de madera. Aunque las nuevas tecnologías le facilitaban la vida, a Sophia le gustaba la sensación de las teclas bajo sus dedos, el sonido rítmico de las letras marcando el papel y la textura de este al ver sus ideas plasmadas en tinta. Frente a ella, un cuaderno lleno de anotaciones y garabatos le recordaba las historias que aún aguardaban ser contadas.

Sophia pasó cerca de dos horas escribiendo, inspirada por el canto de las aves y el suave tintineo de las campanas de viento en la galería de su casa, y siendo interrumpida por los constantes gritos de júbilo y de reproche de la cancha de rugby cercana. Su próxima novela, una historia de amor ambientada en un mundo de fantasía, comenzaba a tomar forma. Cada palabra que escribía era una ventana hacia otro lugar, otro tiempo. Para Sophia, escribir no era solo un trabajo, era una forma de vida, un medio para expresar las emociones y pensamientos que no siempre era fácil compartir con los demás.

Al terminar su sesión de escritura, se levantó y miró su reloj. Era hora de prepararse para su jornada de voluntariado. Trabajar en los hospicios era algo que le llenaba el alma; leer cuentos a los pacientes le permitía conectarse con ellos de una manera única, ofreciéndoles un escape de la realidad a través de las palabras. Sophia sabía que, aunque los libros no podían sanar el cuerpo, podían aliviar el espíritu. Le encantaba leerles a los ancianos, a los enfermos, a los niños que atravesaban quemaduras o el cáncer... A aquellos que ya no podían sostener un libro, pero que aún podían disfrutar de una buena historia. A menudo se llevaba consigo dos o tres libros, nunca sabía cuál elegirían sus oyentes, pero siempre la acompañaban dos libros fijos para personas muy importantes: El Conde de Montecristo, para Don Evaristo, un viejito ciego en el hogar de ancianos, y Harry Potter, para Valentina, la niña que había vivido más tiempo en el pabellón de oncología pediátrica que en su propia casa.

Antes de salir, se tomó un momento para caminar por su jardín. La casa estaba rodeada de un mar verde, con árboles frutales que daban sombra al césped. Sophia había plantado un pequeño huerto de hierbas aromáticas al costado, y en primavera, las flores salvajes crecían alrededor de la cerca que bordeaba la propiedad. Desde la ventana de la cocina, que daba justo a la tranquera de madera de su casa, se podían ver las mariposas revoloteando de un lado a otro. Ese lugar le brindaba la tranquilidad que necesitaba para escribir, un espacio donde podía dejar que sus pensamientos fluyeran libremente entre el zumbido de las abejas, el suave aleteo de los colibríes y el susurro del viento.

Las ramas de los árboles de manzano, ciruelo, damasco y durazno se mecían suavemente con la brisa. La higuera estaba llena de brotes, al igual que las suaves y bellas flores blancas y rosadas de sus árboles frutales, y los limoneros estaban a rebosar de frutos de un color amarillo intenso y brillante. La primavera estaba llegando, y con ella el calor. Se agachó para inspeccionar las fresas que crecían cerca de la entrada y sonrió al ver los pequeños frutos rojos comenzando a madurar. Este era su pequeño paraíso, lejos del caos de la ciudad y de las complicaciones de la vida. Sólo el griterío de la cancha de rugby la sacaba del trance de su Edén personal; era el precio que tenía que pagar por vivir allí, cada sábado, y a veces los domingos, y en los horarios de entrenamiento de los equipos de diferentes categorías.

Una vez finalizada la inspección a su jardín, regresó a su dormitorio y abrió su armario. Su ropa era tan modesta como su casa: cómodos suéteres de lana, jeans gastados, algunos sombreros y boinas, y algunos vestidos sencillos para ocasiones especiales, o para cuando hacía mucho calor. Tomó un ligero suéter de lana muy fina, algo que siempre llevaba cuando salía, y se puso una sencilla, pero muy hermosa blusa, de color mostaza con flores, un jean desgastado con una apertura en la rodilla y sus sandalias de color coral.

Se detuvo un momento frente al espejo del pasillo. Se acomodó el cabello castaño ondulado, que solía caerle desordenado sobre los hombros, y se observó a sí misma con sus ojos de color avellana con cierta timidez. Sabía que no destacaba por su apariencia, y nunca se preocupó demasiado por ello. Lo importante, para ella, estaba en su interior: en sus historias, en las emociones que podía compartir con otros a través de las palabras. Se echó al hombro su bolso, que, además de contener los libros y sus cosas personales, en esta ocasión llevaba un frasco de mermelada casera para Edith, una de las ancianas a quién leía. Salió de su acogedor refugio hacia el mundo exterior, pedaleando su bicicleta con canasto, donde iba su bolso, tintineando alegremente por los sueños y atenciones que llevaba en su interior.

Sophia era feliz en su simplicidad, en su pequeña rutina. No necesitaba grandes cosas para sentirse plena, solo sus libros, su escritura y, sobre todo, la conexión que lograba con las personas a las que les leía. Para ella, cada día era una nueva oportunidad de sumergirse en historias y compartirlas con otros, de encontrar la belleza en los pequeños detalles de la vida. Pero lo que Sophia no sabía era que pronto su mundo, su tranquila rutina, estaba a punto de verse sacudida por un encuentro inesperado que cambiaría todo lo que conocía.

Capítulo 3 El príncipe encantador

Sophia bajó de la bicicleta y la ató con la cadena al soporte. Había demorado un poco más de lo normal por el peso del frasco de mermelada para Edith; pero de todas maneras logró su cometido y ya se encontraba en el hospital de niños. Tomó su bolso y empujó la puerta con confianza. Con una sonrisa en el rostro saludó al guardia de seguridad y le mostró su identificación.

-Buenos días, Ernesto -lo saludó. Su voz salió dulce y cálida como un té recién hecho. Ernesto le sonrió de oreja a oreja con un ligero rubor en sus mejillas.

-Sophia, buenos días -tartamudeó el joven guardia-. No hace falta que me presentes eso, ya eres una más del equipo.

-Reglas son reglas, mi amigo. Y tú deber es anotar quién entra y quién sale -le recordó Sophia. Sin embargo, Ernesto la había recibido tantas veces en el hospital que se sabía sus datos de memoria. Su rutina era la misma: Todos los domingos, miércoles y viernes Sophia estaba allí, puntual como siempre. Se sentaba en el parque que quedaba justo en frente a comer un sándwich y luego se iba pedaleando en la bicicleta hacia el hogar de ancianos. Era un reloj.

-Tienes razón -dijo con una sonrisa Ernesto. Le tendió la mano-. ¿Quieres que te guarde el bolso mientras trabajas?

-El bolso no, porque tengo mis libros aquí. Pero si puedes cuidarme esto... Me aliviarías mucho peso. -Sophia le pasó el frasco de mermelada. Ernesto lo tomó, y luego de prometerle que sólo comería una cucharada, la mujer se despidió de él para ingresar al elevador.

Las puertas se abrieron en el piso del salón de juegos y lectura, donde ya tenía todo listo para leerle a los pequeños que la esperaban y que querían escuchar las historias que les compartía. Lleno de cojines, almohadones, juguetes y colores, el salón de juegos albergaba todo tipo de entretenimientos para aquellos pacientes que, como Valentina, estaban cursando alguna enfermedad. Y a los que no podían salir por encontrarse aislados, le enviaban a algún amigo con que jugar. Los niños llegaron puntuales acompañados por sus padres, o por algún enfermero o acompañante, para escuchar a Sophia una vez más. Y luego de una hora de leerles diferentes cuentos, la muchacha se despidió de la joven audiencia para ir a visitar a Valentina.

Ascendió al ala de oncología, donde se le permitió el ingreso como siempre, y entró a la habitación donde Valentina la esperaba.

-¡Sophia! -exclamó la niñita. No tenía cabello, ni cejas ni pestañas, pero sí una sonrisa radiante que le iluminaba el alma a cualquiera. Sophia se acercó a ella, luciendo el camisolín con el que se vestía cada vez que ingresaba y le dio un abrazo.

-¡Cada día más hermosa, mi querida niña! -sonrió la mujer.

-¡Me gusta esa blusa que llevas, pareces un hada! -exclamó la niña observando su atuendo.

-¡Gracias! Es una de mis favoritas. -Sophia tomó asiento mientras sacaba el libro dedicado para la pequeña-. ¿Lista para saber cómo continúan las aventuras de Harry Potter?

-¡Sí, sigamos por favor!

Invirtieron una hora leyendo al menos tres, o cuatro capítulos. Sophia le ponía voz diferente a cada personaje, y Valentina se reía de las ocurrencias de cierto par de gemelos pelirrojos. Para cuando se cumplió el tiempo establecido, Sophia guardó el libro.

-Ya tengo que irme -dijo apenada. Antes de que la mujer se vaya, Valentina le dio un obsequio: Un muñequito tejido por ella.

-Como tengo mucho tiempo, mi abuelita me está enseñando a tejer al crochet. Intenté hacer a Harry, pero creo que me salió muy cabezón.

Evidentemente el muñeco estaba muy desproporcionado. La cabeza era monstruosamente grande a comparación del resto del cuerpo, y el cabello parecía un erizo por la cantidad de hilo que había usado, pero Valentina lo había hecho con sus manos en una muestra de amor. Así que asegurando que era el mejor regalo del mundo -y lo era- Sophia tomó el muñequito.

Mientras abandonaba el pabellón de oncología, la mujer se encontró de frente con alguien con quien no tenía mucho trato. Gabriel, secundado por su amigo y compañero Lucas (quien estaba filmándolo con su teléfono), la saludó desde el otro extremo de la sala en el que estaba el elevador.

Sophia, con el muñeco de Valentina aún entre sus manos, se detuvo al escuchar la voz de Gabriel, ese tono altanero y seguro de sí mismo que resonaba en el pasillo como si fuera el centro de atención, incluso en un lugar tan delicado como un hospital infantil. Gabriel avanzaba hacia ella, acompañado por Lucas, quien le seguía con una risa cómplice.

- ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? -dijo Gabriel con una sonrisa que podría haber sido encantadora, si no fuera por la condescendencia que la acompañaba-. ¿Otra vez leyendo cuentos a los niños, Sophia?

El tono de su voz implicaba que era algo trivial, como si su tiempo en el hospital no fuera más que una curiosidad pasajera. Sophia, sin perder su compostura, le dedicó una sonrisa educada, pero sin entusiasmo.

-Así es -respondió, sujetando el muñeco con delicadeza. Su mirada se dirigió un segundo hacia Lucas, quien mantenía una expresión entre divertida e incómoda, como si estuviera acostumbrado a ser espectador en las maniobras de Gabriel.

Con una media sonrisa, Gabriel tapó el lente de la cámara del teléfono de Lucas, indicándole que no quería que filme eso. Gabriel, alto y corpulento, llevaba puesta una chaqueta deportiva ajustada que destacaba cada músculo. Estaba claro que disfrutaba de la atención que su físico atraía, y no dudaba en usarlo a su favor. Se inclinó ligeramente hacia Sophia, lo justo para que sus palabras llegaran a ella en un tono más íntimo.

-Debo decir que es admirable lo que haces aquí, pero, dime... -Gabriel se cruzó de brazos y lanzó una mirada rápida al muñeco-, ¿no crees que podrías estar usando tu tiempo en algo... más emocionante?

Soltó una risa baja, como si lo que acababa de decir fuera una broma entre ellos, algo que ella seguramente entendería y con lo que se reiría también. Broma que únicamente captó Lucas, porque Sophia no mordió el anzuelo. Su rostro permaneció sereno, casi despreocupado, mientras acomodaba el muñeco en su bolso.

Levantó la mirada, calmada y segura.

- Para mí, no hay nada más emocionante que ver la sonrisa de los niños después de leerles -dijo, con esa dulzura tranquila que contrastaba fuertemente con la energía imponente de Gabriel.

Él, acostumbrado a ser el foco de admiración, se encontró desconcertado por la falta de reacción. Su sonrisa se congeló un instante antes de recomponerse, y cambió de táctica, inclinándose aún más hacia ella.

- Eso suena... encantador. Pero si alguna vez te apetece algo más... emocionante fuera de este lugar, ya sabes dónde encontrarme -dijo con un guiño, dando por sentado que su oferta resultaría tentadora-. De hecho, los chats de mis redes sociales siempre están abiertos para ti, hermosa. A la hora que sea.

Sophia apenas parpadeó. Con una calma inmutable, le dedicó una sonrisa educada y luego, simplemente, se giró hacia el ascensor. Presionó el botón para bajar, sin ofrecerle más atención.

-No creo que lo necesites, Gabriel -respondió mientras las puertas se abrían-. Pero gracias por la sugerencia.

El tono era educado, pero claro en su indiferencia. Sin esperar respuesta, Sophia entró en el ascensor, dejando a Gabriel con su orgullo herido. Lucas, notando el cambio en su amigo, se aclaró la garganta, buscando suavizar la situación.

- ¿Todo bien, Gabo? -preguntó, aunque la sonrisa en su rostro mostraba que sabía muy bien que Gabriel no estaba acostumbrado a ser ignorado de esa manera.

Gabriel se quedó mirando el elevador que se cerraba ante él, la mandíbula estaba apretada y la mente ya trabajaba rápidamente para decidir cómo responder a la inesperada indiferencia de Sophia. No estaba acostumbrado a que lo ignoraran, y mucho menos en un lugar donde solía ser el centro de atención.

-Ya veremos. -murmuró, con un brillo en los ojos que prometía que no dejaría las cosas así.

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