Aclaración
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Antes de leer esta historia, hay que tener en cuenta ciertos detalles mencionados a continuación.
Primero que todo, esta historia es ficción, si bien es cierto hay hechos históricos que se mencionan y que se apegan en su gran mayoría a la verdad, hay otros que son creación de la autora.
Algunos nombres que aparecen en esta novela son históricamente correctos y se encuentran en los registros municipales de la isla. Son los nombres antiguos de personajes públicos de la época, como intendentes, reyes de la Mayoría y José de Moraleda como capitán de navío español. El resto de los nombres, sobre todo de los que aparecen en la época actual, corresponden a la ficción de la novela, por lo tanto, cualquier parecido o coincidencia es solo eso y no tiene relación con la realidad.
Y, por último, los mitos y leyendas aquí aparecidos son fruto de las historias que se cuentan en la isla, adornadas con la imaginación de la autora.
Dicho y aclarado, les invito a leer esta novela que se divide en cuatro partes: Un vistazo al pasado, Fuera de la isla, De regreso a la isla y La Guerra, donde los puntos de vista cambian en cada sección.
Espero les guste y la disfruten.
Primera parte
UN VISTAZO AL PASADO
A modo de prólogo
Un poco de historia
1790
―¡Estad atentos! ―grité a mi tripulación, necesitaba a cada uno de mis hombres en sus puestos―. En cuanto arribemos a la isla, les demostraré mi poder. No me comportaré como en Queilén, con misericordia, no. ¡Aquí sabrán quién es José Manuel de Moraleda y Montero! No volveré a mi tierra vencido ni me apersonaré ante el rey cargando mi derrota, tampoco vosotros queréis hacerlo, eso significaría la humillación y muerte para todos. ¿¡Es eso lo que queréis?! ―grité, recibiendo un firme "no" por respuesta de mis seguidores―. ¡¿Es eso lo que queréis?! ―insistí con mayor volumen, otra vez su respuesta: "no", retumbó en mi fragata El Socorro―. Entonces... ¡Vamos a por ellos!
Mi postura firme y mi bien ganado orgullo y fortaleza, hizo que mi dotación de marinos tomase las fuerzas necesarias para continuar en nuestra misión, la Ciudad de los Césares debía ser encontrada y los lugareños me debían ayudar. De otro modo, los obligaría. Y tenía los medios para hacerlo.
Apeamos en Tenaún con dos misiones muy claras. La primera conseguir esclavos para llevar a España y a otros tantos para ayudarme en la exploración, en la que debíamos ubicar la ciudad que tan esquiva nos había sido; y la segunda, demostrar mi poder. No dejaría que unos indios sin ley se burlaran de mí.
Muchos de los nativos llegaron a la orilla a observarnos. Y cómo no, si para ellos nosotros éramos dioses. Y les demostraría mi poderío. Verían, con sus propios ojos, de lo que era capaz.
Me posicioné firme en la tierra y hablé a los veliches del sector, quería que confiaran en mí, mas, al no ser posible, ya que nadie quiso tomar mi invitación por las buenas, hice algo con lo que estaba seguro, les convencería.
Usando un hechizo, me convertí en un pez gigante ante sus ojos. La gente aplaudió mi atrevimiento de mostrar mi magia frente a ellos. Caminé hasta una roca y me transformé, de nuevo frente a ellos, en un magnífico lobo de mar.
Si bien era cierto, los indios estaban entusiasmados y complacidos con mi poder, no había asombro en sus miradas.
Entonces, me troqué en paloma y volé por sobre sus cabezas. Pero nada sucedió. No lograba convencer a los indios de acompañarme.
Fue en ese momento que, irguiéndome, los enfrenté.
―¿Qué no os llama poderosamente la atención las maravillas de mi arte? ―los interrogué preocupado, si mis artimañas no funcionaban, no sabría qué lo haría.
Uno de los hombres del lugar dio un paso al frente y me miró con sorna.
―De gustarnos nos gusta ―respondió―, pero no hay brujo de la costa que no haga estas travesuras.
¿Acaso estaba en frente de más hechiceros?
―¿También tenéis hechiceros? ―No era capaz de creer en sus palabras y exigí―: ¡Traedme uno al instante!
―Hay una bruja que está de paso por estas tierras ―explicó―. La buscaremos y la traeremos ante vuestra presencia, señor.
―Eso espero. Aguardaré en mi barco hasta que vosotros volváis con esa mujer.
Hice embarcar a mi tripulación. Seguramente esa hechicera tardaría, si sabía lo que le convenía, no querría tener un enfrentamiento conmigo.
Pasado el mediodía apareció una mujer. Una mujer de singular belleza y dulce mirada. Se detuvo a unos metros de la orilla.
―¿Qué buscas en mi isla? ―me preguntó con soberbia―. Me dicen que queréis llevaros con vosotros a mi gente como esclavos.
―No como esclavos, mi señora, como ayudantes.
―Sí, vosotros sois todos iguales, mentirosos y arrogantes, engreídos que creéis que la tierra es vuestra y la gente también.
―Necesitamos obra de mano.
―Para tratarlos como animales. ¡De aquí no se mueve un alma con vos!
―¡Eso lo veremos, vuestra merced!
―Chilpilla es mi nombre, señor, y os demostraré que aquí en mi isla nadie viene y va sin mi consentimiento.
―Bien, Chipilla, mi señora, os reto a un duelo de magia, quien venza decidirá el futuro de estas gentes.
La mujer sonrió como si ya fuera la triunfadora. Ilusa. No tenía idea de quien era yo. Yo era más dios que todos sus dioses juntos. Descendí de mi navío y procedí a acercarme a la hechicera. En el camino me convertí en un oso pardo, al cual ella no pareció temerle. Al llegar a su lado, no hizo amago alguno de correr, al contrario, me miró desafiante. Entonces, lancé un rayo que cayó desde el cielo, sin embargo, ella lo desvió a unas rocas a la orilla del mar.
―Buen intento, don José ―me dijo con total falta de respeto―, ahora os demostraré quién soy yo.
Chilpilla principió a romancear una especie de oración, al tiempo que gesticulaba y contorneaba su cuerpo. Todo esto desde su lugar. Sin moverse un ápice de la orilla del mar. Las aguas se revolvieron y empezaron a producir una especie de torbellino en torno a mi goleta, hasta que mi embarcación quedó completamente en seco. La desazón fue general. Nadie entendía nada. Los hombres murmuraban intentando comprender lo que ocurría.
―¡Hostias! ¿Y cómo habéis hecho eso? ―No pude evitar consultar a la mujer―. ¿Qué clase de ilusiones son estas?
Me di la vuelta y avancé por la orilla del mar, gritando a mis hombres que se calmasen.
―¡Tranquilos!, ¿cómo va todo por allá?
―Que estamos en plena lama, Don José Manuel, ¡varados! ―respondieron todos a la vez.
―Sácalos de allí ―ordené a la mujer, pero no me hizo caso―. Por favor, volved mi navío al mar.
Observé a Chilpilla que permanecía rígida como una estatua, como si sostuviera la respiración. Lentamente, fue exhalando a medida que su pecho subía y bajaba y su cabeza se erguía. Las aguas se fueron soltando y mi barquilla de alférez de fragata de la Real Armada Española, comenzó a reflotar. Suspiré alivianado. Si hubiese perdido aquella flota, habría sido hombre muerto.
Cuando terminó de flotar y mis hombres estuvieron a salvo, no había más nada qué decir.
―Pues que vos os habéis hecho merecedora de todo mi respeto y crédito ―acepté haciendo una reverencia―. Y en consideración a lo que mis ojos han visto y mi corazón se ha maravillado, quiero dejaros una joya para que vuestra merced lo administre y le deis el mejor uso posible. Esperadme un instante.
Subí a una piragua en dirección a mi lanchón. Tomé mi Levistorio y lo llevé con la mujer. Ella me miró con desconfianza al yo extender el libro hacia ella.
―En este libro, se anotan todos los secretos de este arte misterioso que es la brujería. Usadlo con juicio y avanzaréis en el dominio de los misterios de la naturaleza y del ser humano ―le señalé para que confiara en mí.
Ella miró el libro y luego a mí.
―¿Por qué yo?
―Seguro estoy de que vos podréis hacer un buen uso de lo que hay escrito en su interior. Vuestra alma es pura y cristalina. Mi corazón lo ha percibido y mis artes mágicas me lo han confirmado. Con vos, este libro estará seguro. Si cae en las manos equivocadas... No os quiero contar lo que podría suceder.
―Don José Manuel de Moraleda, es usted un hombre sincero; creí, al llegar aquí, que usted sería un ser sin corazón ni moral, pero veo que me he equivocado. Puede usted irse en paz.
―Espero algún día volver a encontraros, mi señora. ―Le hice una nueva reverencia, tomé su mano y la besé en un acto de total respeto, que era lo que ella inspiraba en mí.
―Yo espero que sea en otras circunstancias.
―Lo serán, mi dama, eso os lo puedo asegurar.
―Mejores que esta.
―Por un tiempo mejor para los dos ―me reverencié ante ella.
Sonreí y salí de allí rumbo a mi fragata, esperando no volver por esos lugares, aunque la imagen de Chilpilla jamás la podría borrar de mi memoria.
Y así fue. Hasta el día de hoy.
Chilpilla abrazó el libro como una niña pequeña abraza a su primera muñeca. Luego de mucho rato, lo tomó en sus manos y lo abrió. Solo había un problema. Ella no sabía leer.
Los lugareños se acercaron y la felicitaron por su reciente actuación. Chilpilla solo se limitó a sonreír.
Acompañada de su fiel amiga, Isolina, se dirigió a Quicaví, cruzando bosques y montañas, hasta una cueva muy especial, a donde muy pocos tenían acceso. Seguidas por el fiel sirviente de Chilpilla, Mateo, un niño de diez años, entran a la cueva.
―Reúnelos a todos ―ordenó al niño con cariño―, cualquier brujo que quiera unirse a mí, será bienvenido, siempre y cuando cumpla con un solo requisito, un juramento de lealtad y silencio. Nadie debe saber que existe esta cueva. Nadie más en esta isla debe saber lo que haré.
―Sí, mi señora ―contestó con respeto el jovencito.
―Y Mateo, no me falléis.
El niño la miró fijo un momento.
―No, mi señora, jamás le fallaré.
Diciendo aquello, echó a correr montaña abajo a buscar a los brujos del lugar. Su señora era lo más importante para él y no iba a fracasar en su encomienda.
Chilpilla miró el libro. Era de cuero café, con hojas amarillas, la mujer recorrió con sus dedos una de sus páginas. Lo que había allí era un gran secreto todavía para ella. Pero ya sabría su significado.
Salió de la cueva y se paró fuera de ella. La miró. El lugar era uno de los más recónditos de la isla, si es que no la más escondida; detrás de un traiguén , oculta por la maleza y perdida entre los cerros, no era un lugar de fácil acceso. Esa fue la cueva donde ella nació como bruja. Donde el mismo Diablo la hizo su discípula y le enseñó todo lo que ella sabía.
Recordó aquellos momentos como si hubiesen ocurrido recién. Y habían pasado ya más de cien años.
Hija de madre nativa y padre español, nació siendo la hija de la empleada. Ella, una mujer a la que no le gustaban las órdenes de nadie, no se dejó jamás doblegar, por ninguna persona. Su padre la amaba, de eso no había duda, siempre decía que ella era especial, distinta a sus otros hijos, aunque nunca le explicó por qué, tampoco la trató igual que a sus hermanos, ella gozaba de privilegios que los demás no tenían. Pero todo eso ya no importó cuando su padre murió.
Al llegar a la adolescencia su rebeldía se acrecentó. Y con ella una nueva oportunidad. Un día de agosto de 1675, al adentrarse en los bosques, se encontró con quien dijo ser el mismísimo demonio, el que le ofreció un favor a cambio de sus servicios. Chilpilla, con toda su juventud a cuestas y su inexperiencia, aceptó sin dudar el trato, a cambio de convertirse en la bruja inmortal más poderosa.
Aquella noche desapareció de su casa. Su familia nunca más supo de ella y, por más que su tío paterno gastó fortunas en buscarla, o al menos encontrar su cuerpo, jamás dieron con la niña.
El ritual para convertirse en bruja no era nada fácil. Pero ella haría lo que fuera para conseguir el poder y la vida eterna.
―¿Estás preparada para cualquier cosa? ―le preguntó el demonio una vez más.
―Sí ―afirmó con decisión.
―Sabes que en el transcurso de esto puedes morir.
―Sí.
―¿Estás segura de querer hacerlo?
―Sí.
―¿Entiendes que para ser una de mis hechiceras y lograr la inmortalidad tus sentimientos deben morir o, al menos, esconderse muy en el fondo de tu alma, alma que me pertenecerá por los siglos de los siglos?
―Lo entiendo.
En realidad, hasta ese momento, Chilpilla no entendía a cabalidad todo lo que implicaría convertirse en la bruja más poderosa de la zona; de todas formas, continuó. Ella no echaba pie atrás ante nada y no empezaría en ese momento.
―Verás morir a tu madre.
Chilpilla tomó aire y elevó el mentón.
―De todos modos morirá.
El demonio sonrió con satisfacción. Esa mujer, con su enorme energía tomada de los dos lados del mundo, era perfecta para controlar la isla entera y subyugarla para él.
―Entonces, vamos.
El Diablo se convirtió en un hombre casi repugnante y acercó su cara a la de ella. La joven no se movió de su lugar ni apartó la vista.
―Muchas han huido horrorizadas.
―No yo.
―O eres muy valiente. O muy tonta.
―Tonta no soy ni lo he sido jamás.
El hombre caminó alrededor de ella escaneándola de pies a cabeza en todo su contorno. Cuando volvió al frente de ella, era otro. Un joven apuesto y atrayente. Aunque, dicho sea de paso y con sinceridad, el anterior hombre, a pesar de su fealdad, también tenía un imán que atraía.
―Vamos, Chilpilla, que alguien debe morir, no hagamos esperar a la muerte que ya está a las puertas, esperando para ganar un alma.
―¿Dónde irá ella?
―¿Te importa?
―No, la verdad no, es solo que me interesa saber a dónde van todas las almas que han muerto, eso sí me da curiosidad.
―El infierno y el cielo no existen, si es que eso te preocupa, existe un lugar, sí, un lugar de tormento, hasta que todo queda saldado en la tierra y luego se van...
―¿A dónde? ―preguntó interesada.
―A donde tú nunca llegarás.
La tomó del brazo sin delicadeza y emprendió el vuelo hacia el lugar de residencia de los Bahamonde, el padre de la mujer. Ella se intentaba afirmar de él, pero no era capaz.
―No temas, no te dejaré caer.
―Me duele.
―Y esto es solo el principio ―se burló él.
Ella se quedó quieta. Él con un rápido movimiento la apegó a su pecho y Chilpilla se abrazó a su cuello.
―Vamos a ver qué tan dispuesta estás a servirme como lo deseo.
―Estoy dispuesta.
―¿A cualquier cosa?
―A cualquier cosa ―confirmó―. Por la vida eterna y el poder.
―Eres ambiciosa.
―Sí, ¿algún problema con eso?
―También insolente.
―No le he faltado el respeto.
―Me gustas. Serás una gran machi kalku .
―Eso espero.
―Con mi ayuda, claro que sí. Todo el mundo se doblegará a tus pies.
―Eso lo espero más ―respondió sonriendo.
Bajaron a las afueras del campo de los Bahamonde justo al momento en que la madre de Chilpilla salía con unas ropas para llevarlas al río.
―¿Preparada?
―Claro que sí.
Aunque Chilpilla tenía un nudo en la garganta, no le importaba, su madre nunca la quiso, para ella solo era una guacha más del patrón y odiaba que su padre tuviera preferencia por ella.
Un resbalón en la tierra húmeda hizo caer a la mujer que bajaba la quebrada. Cayó al fondo del precipicio, a un lado del estero del bajo. Aún respiraba cuando se acercaron el demonio y Chilpilla.
―No ha muerto ―comentó la joven.
―No. Ahora es tu trabajo.
―¿Qué quiere decir?
―Tienes que terminar de rematarla.
―¿Yo?
―¿No que estabas dispuesta a todo?
―Sí. No es ese mi problema. No sé cómo hacerlo. ―Al decir esto, se giró para mirar a su acompañante a la cara. Craso error, pudo ver en sus ojos las intenciones que tenía.
―No importa. ―Le dedicó una sonrisa deslumbrante y maquiavélica a la vez.
De algún lugar que Chilpilla no alcanzó a captar, salió un enorme palo que le entregó a la joven.
―Un solo golpe basta.
―No soy asesina.
―Entonces no sirves y la muerte de tu madre será en vano.
El hombre, sin insistir, se dio la media vuelta y desapareció de la vista de Chilpilla.
―¡Lo haré! Está bien, lo haré.
No hubo respuesta. Nada. La muchacha no sabía qué hacer. Miró el palo que tenía en las manos y, conteniendo la respiración, dio un certero golpe a su progenitora.
―Bene factum, inquit puellam ―escuchó la voz del hombre a sus espaldas.
La joven giró y lo miró confundida.
―Bien hecho, jovencita ―aclaró con solemnidad.
―¿Ahora sí estoy preparada?
―No te importó asesinar a tu misma madre, supongo que sí estás lista para ser hija de...
―Detén esto. ―Otro hombre, de rostro amable y ojos penetrantes se acercó a la pareja.
―¿Qué haces aquí?
―Vengo a ver lo que tú estás haciendo... Y diciendo.
―No he hecho más de lo que tú me has pedido, amo.
―¿Seguro? ―preguntó el hombre sin posar en ninguno su mirada.
―Así es, señor.
Chilpilla se descolocó, no sabía que el Diablo debía dar explicaciones de sus actos a alguien más.
―Porque él no es Satanás. Yo soy el mismísimo Diablo y envíe a buscarte. No a asesinar. ―El hombre la miró con ojos de fuego que sintió traspasar todo su ser con dolor.
Chilpilla se quedó de piedra. No sabía qué replicar. No era su culpa y lo sabía. Fue engañada.
―Sí, lo fuiste ―contestó el recién llegado a sus pensamientos―, pero te costó nada hacerlo.
Chilpilla no dijo nada e intentó no pensar.
―Necesito gente a mi favor, necesito brujos y hechiceros poderosos para que me sirvan ―expresó con firmeza―, pero no necesito sicarios, que para eso, bastante bien lo hace mi rival. ―Sonrió como si lo último hubiese sido un gran chiste―. Lo que necesito es gente valiente que no tema enfrentarse a sus contrincantes, que no tema luchar por lo que cree y que sea capaz de hacer lo que hay que hacer con decisión.
―¿A cambio de qué?
―¿Qué te prometió mi enviado? ―inquirió Chilpilla.
―La vida eterna y el poder.
El líder se echó a reír con burla.
―Pides bastante, muchacha.
―Si no se puede... ―Ella se encogió de hombros e hizo amago de retirarse.
―Claro que puedo darte eso y más. Pero tú debes saber lo que te espera y lo que debes estar dispuesta a hacer. Y por qué te daría a ti, lo que no le doy a otros. ¿Estás dispuesta a hacer todo con tal de obtener aquello que anhelas? ¿Aunque sea mucho peor?
―Acabo de matar a mi madre, ¿qué puede ser peor?
―Saber que la mataste por el motivo equivocado.
Chilpilla, que iba comprendiendo cómo funcionaba aquello, ladeo la cara e intentó no parecer sorprendida.
―¿Y por qué debía matarla?
―Porque ella estaba en oposición a mí. Fue muy religiosa.
―Pero era mala. La iglesia poco y nada le servía. Además, vivía con las machis de aquí, ayudando a la gente, a los enfermos y todas esas cosas. Era machi de cuna antigua.
―Lo sé, pero ella estaba en mi contra, fue una gran hechicera y se volvió mi enemiga. Y debes estar dispuesta a luchar contra quien sea que se oponga a mí y mis leales amigos, entre los que te puedes contar.
Chilpilla le regala una exquisita sonrisa.
―¿Qué tengo que hacer?
―Es simple ―le dijo al tiempo que la tomó del codo y caminó con ella bosque adentro―, lo primero que haré será prepararte. Debes dejar de sentir miedo, dolor y amor. Y para ello, te voy a adiestrar, te vas a enfrentar a los más terribles sucesos que puedas imaginar; si eres capaz de sobrepasarlos y superarlos, entonces, estarás lista para ser mi bruja. ¿Dispuesta?
―¿Voy a obtener lo que quiero?
―Nadie más que yo, en persona, podrá destruirte ―aseguró con voz firme.
―¿Y el poder?
―Eso dependerá de ti.
Se giró y la miró directo a los ojos, volviendo a traspasarla con su mirada, provocando dolor en todas sus terminaciones nerviosas. Él sonrió, lo sabía, pero ella se mantuvo quieta, sin una sola mueca. Le ganaría a ese dolor y, cuando lo hiciera, sería más fuerte.
―Tienes razón.
El hombre siguió caminando sin soltar a la futura hechicera. Podía leer su mente tan claramente que a ratos no sabía si había contestado a sus palabras o a su mente.
Llegaron a lo profundo del bosque, internados lejos de todo.
―Está anocheciendo ―comentó la muchacha.
―Perfecto ―respondió él.
El otro hombre, el primero que habló a Chilpilla, los seguía muy de cerca.
―¿Qué tengo que hacer? ―interrogó ella curiosa.
―Pasarás esta noche y las siguientes trece noches aquí. Enfrentarás tus peores miedos; tus peores pesadillas se harán realidad. La siguiente luna llena vendré a por ti y, si estás más fuerte, te llevaré conmigo a terminar tu entrenamiento. De otro modo, si no has sido capaz de sobrepasar esto...
―¿Qué me pasará? ―preguntó atemorizada.
―Serás mi presa de por vida, jamás morirás, te lo prometí, y tu castigo será eterno.
Chilpilla tomó aire y accedió a realizar los rituales y las cosas que él ordenara.
―Te daré un poco de mi fuerza, tu juventud puede jugar en contra, y no quiero perder a alguien con sangre tan valiosa como tú.
Antes de que la mujer pudiera notarlo, el hombre se acercó a ella y la besó, pero no fue un beso normal de amor, fue como si hubiese arrojado, dentro de su boca, un humo negro y espeso. Así lo imaginó. Así lo sintió. Lo miró conmocionada.
―Agradece este gesto mío, de otro modo, no serás capaz.
En el aire se desapareció tras una niebla oscura que luego de esfumarse, dejó no solo vacío, sino en completo silencio, todo el lugar.
―Chilpilla... ¡Te estoy hablando! ―exclamó Isolina para sacarla de sus pensamientos.
―¿Qué pasa, Isolina? ―respondió la bruja, molesta por tener que salir de sus recuerdos.
La noche estaba cayendo y los recuerdos cada vez se agolpaban con más fuerzas.
―¿Qué te pasa? Te estaba preguntando qué es lo que pretendes trayendo a los brujos a este lugar. Siempre ha sido solo tuyo, amiga, y ahora lo compartirás con los demás.
―Esto estaba previsto, se vienen cosas, Isolina, hechos nada agradables.
―¿Qué cosas, Chilpilla?
―Cosas... Cosas que nadie espera. Y los brujos deberemos estar más unidos que nunca. De otro modo, todos pereceremos. Y ahora déjame. Necesito pensar.
Chilpilla caminó unos pasos y se sentó bajo la luz de la luna a seguir recordando...
1680
Luego de quedar sola en medio del bosque, sentí mi estómago revuelto, pero no presté atención, todo mi interés estaba en descubrir lo que ese ser me había dicho, de las cosas que tendrían que suceder para convertirme en una gran y poderosa hechicera y obtener la vida eterna. Las dos cosas que más ansiaba en mi vida.
El viento sopló en mi nuca, lo que me provocó un desagradable escalofrío. Pero nada me amilanaría. O al menos eso pensaba.
Eso estaría por descubrirse muy pronto.
Caminé un poco, según yo, saliendo de ese lugar, para ir a un sector habitado. Pero a cada paso, parecía que los árboles crecían de la nada. Después de más de dos horas de camino, no lograba salir del bosque. Seguí caminando hasta encontrar una cueva que, sin saberlo en ese momento, sería mi refugio el siguiente siglo. Aunque en ese instante fue cualquier cosa, menos un sitio seguro.
Un pájaro negro, del que había oído hablar a mis padres y abuelos, apareció allí. El coo, un pájaro en el que se supone se convierten los brujos, con el que hacen mal y pueden llegar a matar. Si el demonio quería asustarme con eso, se equivocaba, había algo en lo que yo no creía... Y era en esos supuestos brujos convertidos en animales. Para mí, la gente se sugestionaba. No creía que ningún humano pudiese convertirse en ave, perro, gato. En nada.
Pero aquel pájaro maldito se tiró a atacarme. Se lanzó en picada contra mí. Yo cubrí mi cara con mis manos. Ese bicho del demonio se me paró en los hombros, picoteando mi cabeza. Con una mano aleteé para quitármelo de encima. No se iba. No quería apartarse de mí. Corrí para alejarme de esa cosa, pero nada, parecía pegado a mi cuerpo. Después de un rato de correr, caí al suelo y el pájaro buscó mi cara, mordiéndome la mejilla en varias oportunidades, quería llegar a mis ojos. ¡Desgraciado animal!
―Maldito pájaro... ¡Muere! ―grité con todas mis fuerzas e ira.
En ese mismo instante, el ave cayó al suelo sin vida. Mi sorpresa fue mayúscula al ver aquel espectáculo. Jamás creí que mis palabras fueran poderosas. Aunque, claro, también podía ser una simple coincidencia.
―Realmente eres poderosa, Chilpilla. ―La voz de un hombre me sobresaltó y me di la vuelta para mirarlo. Era el Demonio en persona que sonreía satisfecho afirmado de un árbol.
Lo observé con fijeza. Él no se movía, yo tampoco lo haría.
Estaba con un traje y un largo abrigo, todo en negro, completa y absolutamente, de negro. Un sombrero de ala ancha cubría gran parte de su rostro; las manos en los bolsillos en una actitud displicente. Sonreía. Su boca era lo único que se dejaba ver, con una hilera de dientes perfectos.
―¿Terminaste? ―me consultó cuando terminé de examinarlo.
―¿Qué se supone que fue eso?
―Mataste a uno de mis brujos ―respondió como si no le importara.
―Pero ¡si no hice nada! ―protesté.
―Lo hiciste. Eres poderosa Chilpilla, mucho más de lo que crees.
―No entiendo.
―Lógico que no entiendas si no sabes tu origen.
―Conozco a mis taitas y a mis abuelos, ¿qué más tendría que saber yo?
El hombre sonrió como burlándose.
―¿Sabes, realmente, quién era tu madre? Te di una pista esta tarde.
―Una de sus brujas ―contesté por inercia.
―Y su madre y la madre de su madre, eres la séptima generación que me sirve.
―Pero todas se murieron... ―expuse.
―Ninguna me pidió la vida eterna. Aunque cada una de ellas ha vuelto en otro cuerpo, en otro lugar, ninguna quiso volver aquí. Ninguna es bruja ahora.
―Eso qué significa para mí ―exigí sin preguntar.
―Que tú has adquirido sus poderes y habilidades, cada una con una cualidad que la hacía especial.
―¿Matar con una palabra va dentro de esas cualidades?
―Potens Verbum ―dijo como recordando―. La palabra poderosa. Tu tatara abuela.
―¿Qué otras cualidades tengo?
―Las debes descubrir por ti misma, pero si tienes la palabra...
―Si tengo la palabra, ¿qué?
Él me miró por un largo rato, yo sostuve su mirada, aunque me doliera.
―Eres imprudente, como tu bisabuela, con el carácter de la madre de ella.
―¿Esas son mis cualidades?
―No, más bien son defectos que deberás trabajar.
―¿Cómo hago eso?
―Ya lo verás, te quedan doce días por delante para hacerlo.
El demonio se iba a ir, pero no lo permitiría.
―¡Espera! ―grité.
Se dio la media vuelta y me miró por debajo de su sombrero con una expresión extraña, pero divertida.
―Todos me llaman amo y señor y lo soy. Y tú te atreves a gritarme así, a hablarme como una insensata. No me caracteriza la paciencia, en realidad, Chilpilla, no me caracteriza ninguna cualidad.
―Lo siento ―me disculpé, más por la forma amenazante en que lo dijo que por las palabras mismas.
―Está bien, comprendo tu carácter irracional, tu juventud te hace actuar de forma intempestiva, pero no tendré mucha paciencia, eso te lo puedo asegurar y en estas noches bajaré tus humos y tus aires de suficiencia.
Yo solo me limité a bajar la cabeza, no sabía qué tenía que decir o cómo actuar. Yo era como era y no me importaba nada ni nadie. Sin embargo, estaba segura de que debería aprender buenos modales, como siempre me sugería mi abuela.
―Tu abuela era sabia. Lástima que todavía duda en si volver o no, con otro cuerpo. Me sería de mucha ayuda, aunque ya no sea bruja.
―Y yo, ¿voy a vivir siempre en este cuerpo?
―Así es, eso pediste, ¿no? Crecerás un poco más, pero quedarás siempre joven ―contestó un poco molesto, al parecer seguía enojado conmigo―. No estoy enojado ―respondió a mis pensamientos―, solo que a veces eres un poco... insufrible.
―Lo siento, yo no quiero ser así.
―Lo sé, pero lo eres, por eso no me enojo, es parte de lo que tú eres, ya madurarás y aprenderás a comportarte ante alguien como yo.
―¿Cómo se supone que debería ser?
―Más respetuosa, yo no estoy a tu altura. Agradece que no soy el otro, a mi querido padre no le gustan las impertinentes. Y él tiene un carácter mucho más irracional que el mío, mata de inmediato.
―¿Padre?
Otra vez se cubrió la cara con el sombrero y mostró sus hermosos dientes en una irónica sonrisa.
―Bueno, padre, padre... No. Él me creó, aunque ahora lo niegue. Ambos somos dioses, pero él no quiere compartir su título. Así que me llamó demonio y renegó de mí.
―¿Dios? ―pregunté para asegurarme que era él de quien hablaba. Él solo hizo un gesto de asentimiento―. ¿No se supone que tú... usted, renegó de él?
Su sonrisa no huyó de sus labios.
―Eso dice él.
―¿No fue así?
Se dio la media vuelta.
―No vine a hablar de mis dramas familiares contigo, Chilpilla, vine a ver cómo te tomabas todo esto. Suerte. Busca tus poderes, tus cualidades y a tus ancestros.
―Pero ¿cómo voy a...?
Antes de terminar la oración, había desaparecido. Me quedé inmóvil durante mucho rato. ¿Qué se supone debía hacer? No tenía idea. La luna se ocultaba por entre los cerros. Eso significaba que pronto amanecería. Me senté a los pies de un árbol a esperar. No sé qué, pero tampoco me apetecía seguir caminando. Entonces lo vi. En el lugar donde estaba antes el pájaro coo, estaba un hombre. El que me había guiado aquella tarde a matar a mi mamá. Estaba muerto, con los ojos desorbitados y cara de horror. ¿Cómo era que había muerto así? ¿Por qué me había atacado? Un hilo de sangre comenzó a salir por su boca.
Miré hacia todos lados. No quería quedarme con un cadáver sola de noche en el bosque, así que me levanté y empecé a caminar; donde fuera, sería mucho mejor que allí. O al menos eso creí.
Llegué a un claro del bosque y me tiré a la orilla de un río, en un traiguén , y me dormí. Estaba cansada. La noche había pasado como una exhalación, demasiado rápida, aun así, mi cuerpo se sentía agotado y mi mente exhausta.
―¿Pretendes seguir durmiendo?
Una voz de ultratumba y retumbante, me despertó asustada. Abrí los ojos y me senté de golpe. El demonio estaba allí, parado como antes, con las manos en los bolsillos y mirándome con intensidad.
―¿Qué hora es? ―inquirí cuando mi corazón se relajó.
―Las nueve y cuarto.
Recién entonces, me di cuenta de que ya había anochecido. ¿Tan rápido pasó el tiempo? Parecía que recién había cerrado los ojos.
―Pues no, dormiste más de quince horas ―respondió divertido.
―Tengo hambre ―protesté.
―¿Y qué quieres que haga? ¿Quieres que te alimente? ―se burló con una sardónica sonrisa.
―Claro, si tengo que permanecer en este lugar por trece noches.
―Ahora te quedan doce.
―¿Entonces? No puedo salir de este lugar, anoche, por más que corrí no llegué a ninguna parte... No me dejó salir ―le reproché con enojo ante sus burlas.
―Y no saldrás.
―Entonces, ¿me voy a morir de hambre?
El retrocedió un poco, pero no como asustado o nervioso, no, al contrario, se echó hacia atrás como dándome espacio para que pudiera mirarlo mejor. ¿Tenía que ser así de bello? Sonrió de medio lado, se levantó un poco el sombrero y me miró de frente. Su mirada quemaba... traspasaba todo mi ser como si quemara. Y seguía doliendo como la primera vez que me miró.
―¿Sabías que pocos son capaces de contemplar mi rostro?
―¿Por eso te... se esconde detrás del sombrero?
―Así es, pero no por mí, por ustedes. La mayoría no puede con el dolor.
―No es na'' tan terrible ―comenté descuidada.
―Para ti.
Me levanté de una vez y caminé en dirección opuesta a ese demonio que decía ser el Diablo.
―No solo lo digo. Lo soy.
El hombre ya estaba frente a mí, con sus ojos cubiertos por el ala del sombrero. Era mucho más alto que yo. Por lo menos unos veinte centímetro. Alcé mi mano y levanté su sombrero, quería saber si su mirada dolía más estando más cerca. Además, quería mirarlo a la cara...
Se dejó. Cuando vi sus ojos fue como si un torbellino me atravesara. Sentí en mi pecho como si una mano apretara y soltara mi corazón sin consideración. Mi estómago se contrajo retorciendo todo en mi interior. Mis brazos los sentí adormecidos, sin fuerzas. Mis piernas flaquearon, tanto que me tomé de sus brazos para no caer. Él no hizo amago alguno de sujetarme. Pero lo más impresionante de todo fue que no pude apartar mis ojos de los de él. Era como si un imán me hubiese dejado atrapada a su mirada y todo lo que existía en ese momento era él. Como un dios hecho hombre al que había que rendirse sin objetar nada.
―¿Conforme? ―preguntó con sorna y me dejó libre de su hechizo. Yo bajé la cara avergonzada y lo solté.
Cuando levanté mi rostro para disculparme por mi estupidez, ya no estaba. Di una vuelta completa para buscarlo, pero se había ido y otra vez estaba sola.