La sexta compañía del ejercito real del reino de Moravia avanzaba cautelosa pero a buen paso por entre el bosque encantado. A la cabeza de esta compañía estaba Otto Benavente, un capitán leal y con larga trayectoria, quien había sido designado por el mismísimo general de todos los ejércitos de Moravia, Famir. La travesía por entre aquel bosque, hasta ese momento inexpugnable para los hombres, debía hacerse a un paso lento pero seguro. Aquel bosque estaba lleno de historias, algunas de ellas fantásticas e increíbles.
Historias que hablaban que aquel bosque era protegido por gigantescas amazonas que capturaban y mataban a los hombres despedazándolos con sus propias manos gracias a su fuerza sobrenatural. Otras historias hablaban incluso que en aquel bosque los arboles cobraban vida gracias a los hechizos de los elfos antiguos. Estos árboles, según se decía, tenían la facultad de hablar entre ellos e incluso moverse con libertad, se decía que estos árboles eran implacables y violentos contra los hombres que osaban adentrarse en aquel bosque. Pero Otto sabía muy bien que esas solo eran historias para contarles a niños asustadizos, más sin embargo el capitán le había pedido a toda su compañía estar atentos a todo lo que ocurría a su alrededor, no quería llevarse alguna sorpresa.
Otto cargaba con una gran responsabilidad impuesta por el general Famir. Se sentía afortunado por haber sido escogido para tal misión, por encima de otros capitanes de otras compañías del ejército real, él había sido escogido por su devoción y eficacia, así que esta era una gran oportunidad para demostrar su valía y así ser tomado más en cuenta en la guerra que se avecinaba. Pero de igual manera, sabía que tenía una presión muy grande, el fracaso aunque era una posibilidad real, no estaba entre los planes del capitán. Pues sabía muy bien lo que le ocurriría si llegaba a fracasar. El rey Wenceslao y Famir en especial, eran muy intolerantes con quienes mostraban ineptitud.
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Unas semanas atrás, el mismísimo Famir, le trasmitió a Otto las órdenes directas venidas desde el mismísimo rey Wenceslao. Las informaciones de los espías, informantes y seguidores de rastros eran iguales. Todos coincidían en que eran altas las posibilidades que Kyra, hija de Teófilo, difunto rey de Britania, estuviera escondida en aquel bosque, llamado el bosque encantado, más precisamente en un lugar conocido como el "santuario de la madre Liris". Aquel lugar, nombrado en muchos de los textos antiguos y antiguas leyendas, era prácticamente un mito. Ningún hombre lo había visto con sus propios ojos y había vivido para contarlo. Así que el capitán Otto, partió al mando de su sexta compañía con la misión expresa de encontrar aquel santuario escondido en algún lugar de ese bosque y de dar captura a aquella mujer, que parecía ser tan importante para su rey.
Por otra parte, Famir había escogido a sus mejores y más letales elementos y armó un grupo con el fin de dar caza al Medio-elfo y el Kalijary, aquellos quienes ayudaron a escapar por segunda vez a la chica. Aquella debía ser una misión de búsqueda y exterminio.
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La sexta compañía avanzaba, adentrándose cada vez más en aquel inmenso bosque. A pesar de los arboles altos, el sol se filtraba, iluminando muy bien cada rincón del bosque, dándole un colorido especial a toda la vegetación. En las copas de los árboles y revoloteando de aquí para allá, los pájaros, de muchas especies, entonaban hermosos canticos. Pero el capitán Otto dio la orden para que sus hombres avanzaran con cautela, no quería sorpresas. De este modo, la sexta compañía del ejército real de Moravia, al comando de Otto Benavente, avanzaba y no dejaba ningún rincón de aquel bosque sin registrar. A pesar de las historias que se contaban, sobre aquellas amazonas defensoras del bosque y de aquellos fantásticos árboles que tenían la capacidad de cobrar vida, la verdad era que en aquellas tres semanas adentrándose en aquella tundra, no habían visto nada de aquello. Aquel bosque parecía solitario y tranquilo, ni siquiera se habían encontrado con algún campesino de la región, nada, ningún ser humano, tan solo los animales típicos de los bosques, pero eso estaría próximo a cambiar.
Si bien en días anteriores había llovido, esta vez lo hizo con más intensidad, lo que hizo que el avance de la compañía se frenara un poco. Esta oportunidad la aprovecharon las defensoras del bosque para atacar a aquellos hombres. Durante días, camufladas en aquellos inmensos árboles, las hermanas del santuario fueron testigos del avance de aquellos profanadores de aquel santo lugar. Con impotencia vieron como detrás de su avance los hombres dejaban tan solo destrucción, árboles talados, la vegetación destruida, suciedad por doquier y lo que era peor para ellas, estos hombres no mostraban ningún respeto por aquel santo lugar. Invisibles a los ojos de los hombres, las defensoras del bosque no perdían de vista a aquellos soldados, gracias a que toda su vida la habían pasado entre aquellos árboles y conocían cada rincón y cada secreto de aquel inmenso lugar, las chicas pasaban desapercibidas para los ojos de aquellos hombres. Ellas hubieran querido atacar antes para así frenar el avance de aquel ejército, pero las ordenes eran esperar un poco, quizá estos hombres solo iban de paso. Pero cuando escucharon conversaciones de estos hombres y se dieron cuenta que aquellos estaban buscando el santuario, las defensoras decidieron que era el momento de atacar.
El capitán vio una agitación al frente de la compañía y azuzó a su caballo para enterarse del porqué del alboroto. Sin poder avanzar debido a la concentración de soldados en torno a algo que no podía ver, el capitán decidió bajarse del caballo y se abrió paso por entre sus hombres, cuando lo hizo se dio cuenta de la situación. En el piso yacían tres de sus hombres, todos tenían clavadas sendas flechas en sus pechos y espaldas. El capitán preguntó qué había pasado y uno de sus hombres le respondió.
-Los encontramos esta mañana, señor. Seguramente fueron atacados durante la noche-.
El capitán inspeccionó bien los cadáveres y se dio cuenta que las espadas, provisiones y objetos personales estaban en la escena del crimen.
En ese momento se le acercó su mano derecha y segundo al mando y le preguntó -¿Quién pudo haber hecho esto?-.
-Es muy confuso. Esta clase de flechas no las había visto antes-. Dijo Otto al examinar el penacho color rojo de una de las flechas.
-Seguramente sean un par de bandidos que andan por ahí-. Replicó su hombre de confianza.
El capitán no estaba convencido de aquello y por eso habló de nuevo –Si fueran unos simples bandidos ¿Por qué no se llevaron sus espadas y el resto de sus armas y pertenencias?, no, esto va más allá de unos simples bandidos-.
El capitán se puso de pie y le dijo a su ayudante –Que limpien el terreno a unos 200 metros, que ningún rincón se quede sin registrar. Tenemos que encontrar a quienes hayan hecho esto-.
Su hombre de confianza asintió y transmitió las órdenes del capitán a otro hombre, cuando este último se proponía a reunir los hombres para realizar la tarea, algo pasó. Tan silencioso y rápido como el viento, de uno de los altísimos arboles circundantes, un bejuco voló por el aire y en él, una de las guardianas del bosque quien apresó al soldado elevándolo por los aires y cuando estuvo a una altura prudente, lo dejó caer. El soldado se estrelló mortalmente contra el suelo. El estrepito de la armadura del soldado chocando contra el suelo puso en alerta a todos. Pero nadie tuvo la oportunidad de reaccionar, pues al tiempo otras guardianas volaron en sus bejucos repitiendo la Azaña de su compañera, apresando a estos hombres que de igual manera terminaban cayendo desde alturas mortales. Esto ocurría mientras otras mujeres apostadas en los mismos arboles gigantes, hacía volar una considerable lluvia de flechas que muchas de ellas dieron en sus blancos. Estas flechas eran especiales ya que en sus puntas llevaban venenos paralizantes. Aquellas flechas eran las mismas que utilizaban las guardianas para cazar. Apenas las flechas dieran en el blanco, la victima sentía como en pocos minutos sufría una parálisis progresiva que rápidamente lo inmovilizaba por completo. De esta manera estas mujeres obtenían su alimento, con esta modalidad de caza.
El capitán veía con rabia e impotencia como sus hombres eran apresados y luego liberados por las mujeres "voladoras", mientras otros tantos caían víctimas de las flechas. Sabía que tenía que reaccionar y así lo hizo. Organizó una defensa que fuera efectiva contra estas mujeres, haciendo que sus hombres tomaran posiciones en donde no estuvieran al descubierto para ser tomados ni tampoco alcanzados por las flechas. La refriega duró relativamente poco. Si bien estas mujeres conocían muy bien el bosque y los árboles, la superioridad en número, en armas y en entrenamiento militar, finalmente inclinó la balanza en favor de aquellos soldados de Wenceslao. Una a una las chicas fueron derribadas de su bejucos y en el piso, aun heridas por la caída, eran rematadas, no había compasión alguna por aquellas mujeres. Al poco tiempo todas estas mujeres defensoras del bosque fueron neutralizadas. Como había sido la orden de Famir, no se tomaban rehenes, así que la mayoría de las chicas fueron muertas y las pocas desafortunadas que cayeron cautivas vivas, eran tomadas y violadas por una gran cantidad de hombres, sin siquiera importarles que algunas de ellas eran tan solo unas adolecentes que apenas habían florecido. El capitán Otto no detenía aquellos comportamientos de sus hombres pues sabía que sus soldados debían satisfacer sus necesidades. Al final de ser violadas eran pasadas por la espada.
-Esta no, esta dejadla-. Habló el capitán, haciendo referencia a una joven que a pesar de estar herida en la cabeza, se defendía con cuchillo en mano de los soldados que la rodeaban.
El capitán se metió al ruedo que habían hecho sus soldados con la chica que empuñaba un grande cuchillo y se enfrentó a la chica a mano limpia. La chica que parecía desorientada por el golpe en la cabeza, mandaba estocadas con el cuchillo, las mismas que Otto esquivaba con habilidad ante las risas burlonas de sus hombres que lo rodeaban. En una de esas estocadas que mandó la chica, el capitán fue más rápido, esquivó el ataque, tomó el brazo de la chica, lo torció un poco, obviamente la torcedura hizo que la mujer botara el cuchillo, entonces el capitán terminó aquella burla con un golpe en el rostro de la chica quien cayó de bruces en el suelo, sin conocimiento.
-No la vayáis a tocar-. Le dijo el capitán a sus hombres –Curadle las heridas y dejadla vivir. Nos puede ser de utilidad para encontrar el camino al tal santuario-.
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-Los hombres se acercan, mi señora-. Habló Greta en medio de la algarabía que reinaba en aquel salón.
Las informaciones de las exploradoras decían que estos soldados habían derrotado a las defensas que se vieron superadas en número y cayeron muertas y que ahora caminaban hacia el santuario a buen paso.
-A que distancia están del santuario-. Preguntó la Señora Lía con un evidente gesto de inconformidad sobre su rostro.
Greta, la amazona respondió –A medio día de camino, mi señora-.
La Señora Lía no pudo disimular el malestar que le producía esa noticia. Ningún ejército en la historia del santuario había logrado llegar tan lejos y menos aproximarse al santuario sagrado de la madre Liris. Aquello era muy peligroso, Lía sabía muy bien por qué este ejército avanzaba hacia su santuario. Con la responsabilidad de todas las vidas que tenía a su cargo y cautela, la señora del santuario sabía que tenía que actuar de prisa. –Lo más sensato será negociar con estos hombres-. Dijo la señora –Que preparen mi caballo, cuando esté listo iré al encuentro de estos hombres para negociar-.
-¿Cree usted mi señora que es seguro que usted hable con esos hombres que mataron a nuestras hermanas?-. Preguntó una de las mujeres presentes.
La señora suavizando un poco sus palabras se dirigió a todas las chicas que abarrotaban el gran salón –No os preocupéis, todo saldrá bien. A veces el poder de las palabras es más fuerte que las espadas y lanzas. Estos hombres tendrán que respetar este lugar santo-. Luego de decir lo anterior, la señora llamó a sus colaboradoras más cercanas y les dijo –vosotras iréis conmigo, me acompañaran-. Las mujeres haciendo una reverencia se retiraron a alistar los caballos. La señora entonces miró a Kyra y vio en los ojos de la joven un atisbo de culpa y tristeza, la señora le habló –No debéis sentiros culpable muchacha. Esto no es vuestra culpa-.
Por más que las palabras de la señora fueran sinceras, Kyra no podía dejar de sentirse culpable –Mi señora, si yo no estuviera aquí...-
-Pero estáis aquí-. La interrumpió Lía. –El destino quiso que vinierais con nosotras. Nada ocurre por accidente, niña. Todo en la vida tiene un porque. Vuestro destino fue que llegarais hasta nuestro santuario, la santa providencia así lo quiso y ahora el destino dicta que tenéis que iros-.
-¿Irme? No, no puedo abandonaros ahora-.
-Es preciso que lo hagáis, mi niña-. Dijo Lía con dulzura. La señora se acercó a la confundida joven y tomando sus manos con las suyas le dijo -¿Recordáis lo que os dije cuando llegasteis aquí? Estas son pruebas que la vida os pone para saber de qué estáis hecha. Ya habéis pasado por muchas cosas dolorosas y aun estáis aquí, cada día más vivaz y alegre. Ahora más que nunca debéis ser fuerte de cuerpo y espíritu-. La señora le acarició el rostro –No olvidéis que en tu destino hay cosas grandiosas, pero para llegar a hacer tales cosas debéis hacer también grandes sacrificios. Debéis ser fuerte-.
Luego de aquello la señora le dijo a la gigante mujer –Greta, tomad a Kyra y otras dos chicas y llevárosla de aquí, sacadla por los túneles-.
La musculosa mujer asintió con la cabeza y se preparó para obedecer como siempre lo hacía, sin hacer preguntar ni pedir explicaciones.
De nuevo la señora Lía le habló a Kyra por última vez –debéis irte con Greta, ella os sacará de aquí y os pondrá a salvo-. Por último y ante el doloroso silencio y los ojos aguados de la chica, la señora la abrazó muy cariñosamente. Antes que Kyra saliera del salón acompañada por Greta, la señora llamó a esta última y hablándole al oído le dijo –ahora la vida de esta chica es vuestra responsabilidad. Debéis cuidar de ella. Es una mujer fuerte pero aún hay cosas que debe aprender y vos deberéis enseñarle. Cuidadla-.
De nuevo la amazona asintió y dando media vuelta se retiró a cumplir su misión, llevar a Kyra lejos del santuario y de todo peligro.
-Ya está listo vuestro caballo, mi señora-. Dijo una de las chicas, sacando del aturdimiento y la nostalgia a la señora Lía, quien veía como Kyra y Greta se alejaban.
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Al principio había sido muy difícil el vivir en aquel lugar rodeado de tantas mujeres desconocidas para ella. Al enterarse que había sido abandonada por sus dos amigos, el medio-elfo y el negro, la chica experimentó una tristeza mayúscula. Por días estuvo recluida sin querer salir de su habitación. Otra vez había sido abandonada, otra vez no se había podido despedir, aquello la ponía muy triste, si bien estaba rodeada de mucha gente, Kyra se sentía muy sola, para ella, todas esas mujeres eran extrañas. Fue una noche, en la que la señora del santuario fue a verla, cuando Kyra entendió todo. Esta señora, que le hablaba de forma tan cariñosa y gentil, le hizo ver lo necesario de la ida de aquellos dos hombres. Aquella señora hablaba de forma tan clara y tan convincente que al final terminó por convencer a Kyra, que no debía sentirse triste, por el contrario debía sentirse afortunada de estar con vida y a salvo, lejos del alcance de sus enemigos. Fue entonces cuando Kyra salió por fin de su habitación y se decidió a pasar mejor sus días en aquel lugar. Poco a poco aprendió a conocer a todas las mujeres que vivían en tal santuario. Mujeres de todas las edades y razas que eran muy cordiales y amables con ella. Con el tiempo se dio cuenta de las costumbres de aquellas mujeres y aprendió a valorarlas. Aprendió también a trabajar y a valorar la tierra, a disfrutar de las pequeñas cosas, como ver el amanecer o el rocío cayendo y los atardeceres, el olor a tierra mojada y las fragancias que expelen las flores, a disfrutar de la hermosa vista de los arcoíris y cuando el sol se ocultaba en el horizonte dándole paso a la noche, y en la noche disfrutar del cielo despejado que dejaba ver toda la infinidad de estrellas, unas alumbrando y centellando más que otras. De esta manera los días se hicieron más llevaderos para la joven que con el pasar de los mismos conoció a todas esas mujeres y sus historias, de esta manera supo que muchas de ellas no habían visto la vida lejos de aquellos muros. Muchas, desde muy pequeñas, casi bebes, habían sido abandonadas por los campesinos pobres de las fronteras del bosque, estas eran las más afortunadas, otras habían sido abandonadas en el mismo bosque, muchas habían sido devoradas por las bestias salvajes, muy pocas habían logrado ser salvadas y traídas por las señoras al santuario. De esta manera conoció y valoró a todas aquellas amables mujeres que la rodeaban y que admiraban no solo por su belleza si no por lo que representaba. Para estas mujeres, Kyra era una especie de heroína que a pesar de todo el dolor y el sufrimiento que había tenido que pasar, había logrado salir adelante venciendo a los malvados hombres. Aunque los días parecían ser monótonos dentro de aquel santuario, no lo eran. Kyra, siempre bajo el cuidado y tutela de la señora Lía, aprendió a valorar lo que hacían estas mujeres por el bosque, y no era solo ahora, en el pasado también lo habían hecho. En ocasiones y bajo el permiso de la señora se le permitió salir del santuario para caminar por el bosque conociendo lugares majestuosos y mágicos, lugares construidos y cuidados por aquellas mujeres. Gracias a los libros de la biblioteca, que gracias al permiso de la señora, Kyra pudo leer, la joven conoció la historia del santuario. Un lugar cuya fundación y construcción se remontaba a miles de años atrás, en la época de esplendor de los elfos, en los cuales cientos de generaciones de mujeres vivieron en aquel lugar. Kyra leyó en aquellos libros antiguos toda la historia del santuario entendiendo que aquel santuario se había construido como homenaje a Liris, la reina elfa. La más poderosa y hermosa elfa del mundo conocido. La misma que según otros libros de la misma biblioteca, aún vivía con lo que quedaba de su pueblo más allá del bosque de las druidas, en las tierras inexploradas del este. Así de este modo había trascurrido la vida de Kyra en los últimos seis meses, una vida tranquila que contrastaba con todo lo que le sucedió en el último año, la perdida de sus padres, sus hermanas, su amor y el sometimiento de su gente ante el invasor Wenceslao.
Ahora que huía de prisa siguiendo los pasos de Greta, Kyra volvió la vista hacia atrás mirando por última vez aquel lugar que le sirvió como hogar los últimos seis meses. Ya jamás lo volvería a ver ni tampoco a ninguna de las mujeres que allí vivían, incluida la señora Lía.
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Otto Benavente vio a la distancia el tal santuario de la madre Liris. Él no lo sabía pero sus ojos eran afortunados de ver tal construcción pues muy pocos en la historia lo habían visto. Sin duda alguna era un lugar hermoso a la vista, pero a decir verdad, el capitán de la sexta compañía del ejército de Moravia no sintió nada, la belleza de la edificación no lo conmovió en absoluto. Él, como todos los que lo rodeaban solo estaban cumpliendo una misión encomendada por su mismísimo rey, nada más. Al frente de su compañía de hombres, atada de manos iba la chica prisionera y que pese a su negativa pero intimidada ante la amenaza de ser violada finalmente accedió a mostrarles a estos hombres el camino hacia el santuario. A lo lejos, próximo a las puertas del santuario, el capitán pudo ver a varias personas y mientras se acercaba notó que eran mujeres, los estaban esperando, montadas en sendos equinos, eran en total siete mujeres.
Otto dio la orden de detener la avanzada y requirió de sus más allegados colaboradores para que lo acompañasen con el fin de reunirse con aquellas mujeres. Así de este modo, el capitán rodeado con cinco de sus más fieros y crueles hombres salió al encuentro de aquellas mujeres.
-Este ha sido un lugar sagrado por cientos de miles de años-. Dijo la señora Lía cuando los hombres se aproximaron. –No está permitida la presencia de hombres en este territorio-.
El capitán con algo de soberbia en sus palabras respondió a las mujeres –Y sin embargo hemos llegado hasta aquí y aquí estamos-. Sus hombres lo secundaron con risas burlonas.
La señora que estaba en el centro del grupo de mujeres que parecían ser de la misma edad y que vestían de igual forma, con una túnica blanca, de nuevo les habló a los hombres con cordialidad sin prestarle atención a las burlas –Os pido amablemente que dejéis este territorio, aquí no hay nada que os interese-.
-Os equivocáis en eso, señora-. Replicó el capitán –Si hay algo o mejor alguien que nos interesa y no nos iremos sin llevarnos lo que hemos venido a buscar-. La voz del capitán se endureció aún más, tomando un tono amenazante.
La señora tratando de seguir con su tono diplomático de nuevo dijo –No sé a qué os referís, señor. Aquí solo hay mujeres humildes y trabajadoras de la tierra. No hay nada aquí que os pueda interesar. Os ruego que por el honor del rey por cuyo estandarte vosotros cabalgáis, que retiréis a vuestros hombres de estas sagradas tierras-. La señora entonces azuzando a su caballo se le acercó al capitán y le dijo –Miradnos señor, solo somos unas viejas y pacificas mujeres. No sé porque habéis venido ni que esperáis encontrar aquí en mi santuario pero os dijo esto señor. Este lugar es sagrado, lo ha sido por miles de generaciones y siempre hemos estado en paz con los reyes del mundo-. Con el tono más conciliador Lía le dijo al capitán –No hay nada en este lugar que os pueda interesaros a vos ni a vuestro rey, si fuera así, yo mismo os lo entregaría a vos con tal de resguardar la paz de mi santuario-.
Otto Benavente no se dejó conmover de las palabras de la señora y respondió de modo intransigente y sin dejar duda alguna –Hemos venido a cumplir una misión y no nos vamos hasta cumplirla. Entraré a vuestro santuario y mis hombres registraran hasta cada rincón-.
La señora replicó –Los hombres no están permitidos dentro del santuario, señor. Me temo que aquello no os lo puedo permitir-. Esta vez fue Lía quien endureció un poco el tono de su voz.
-Y yo me temo señora que las negociaciones han terminado aquí-. Dijo el capitán al momento que desenfundó su espada y en un rápido movimiento, sin darle oportunidad de reaccionar a la señora, lanzó un tajo sobre el cuello de la mujer. El filo de la espada y la fuerza del tajo fue tal que cercenó el cuello desprendiendo de un solo golpe la cabeza que rodó hasta el suelo, ante el asombro y espanto de las otras mujeres que acompañaban a la señora Lía y que segundos después sufrieron la misma suerte que su señora.
Así de este modo, sin mucha resistencia, los hombres de la sexta compañía del ejército real de Moravia, al comando del capitán Otto Benavente, entraron al santuario de la madre Liris. Las violaciones, matanzas y demás vejámenes que se cometieron ese día en aquel santo lugar, quedarían en la historia como una muestra de hasta dónde llega el odio y la maldad de los hombres
Blas cabalgaba de nuevo después de muchos años por esos paisajes y parajes que le resultaban tan familiares y que le traían recuerdos muy lejanos. El sol en lo alto brillaba, aunque el día en verdad era muy fresco pues una brisa soplaba refrescante. De los arboles circundantes se escuchaban los sonidos y los cantos de la aves. Sabía que estaba muy cerca del rio porque ya lo empezaba a escuchar. Aquel sonido único del agua del caudaloso rio, le trajo una nostalgia de tiempos pasados a este hombre.
Cabalgaba solo y a buen paso y aunque había escuchado historias que decían que aquellos caminos en la actualidad eran frecuentados por ladrones que robaban a los viajeros, la verdad era que en los últimos dos días, Blas no se había topado con nadie. Ahora, después de muchos años, tantos que el mismo Blas ya había perdido la cuenta, él estaba en los límites de su pueblo, en donde nació y había vivido en su niñez, ayudando a su padre en las labores de la tierra y de la pesca. Después de mucho tiempo volvía a casa. Pero ahora era todo diferente. Blas ya no era aquel joven curioso y emocionado por conocer el mundo, ahora ya era un hombre con experiencia y con conocimientos, muchos de los cuales se los debía a su maestro y mentor, Grindal. Precisamente siguiendo las últimas instrucciones de su maestro, era que Blas se encontraba tan cerca del lugar que por mucho tiempo había sido su hogar.
Las instrucciones de Grindal habían sido claras, debía encontrar al hijo primogénito de Emerson y Beatriz, los reyes medio-elfos. Así que después de regresar a Portmunt para descansar unos días y reabastecerse de comida y provisiones, Blas inicio su viaje hacia el lugar indicado por su maestro. Este viaje era largo y peligroso ya que debía atravesar tierras hostiles, dominadas por las guerrillas de los medio-elfos, otras eran controladas por los negros y otras simplemente estaban infestadas de ladrones y toda clase de maleantes. Durante el viaje, el discípulo de Grindal tuvo que detenerse en unos cuantos poblados para comprar provisiones y cambiar su caballo ya que los animales se fatigaban mucho debido a las largas jornadas de cabalgata por diferentes terrenos, unos escarpados, otros pantanosos, otros eran caminos polvorientos y otros eran simplemente intransitables debido al fango. Las jornadas de cabalgata eran bastante extenuantes. Desde que el astro rey brillaba con sus primeros rayos hasta que ya la tarde empezaba a caer y en las noches acampaba, si la suerte estaba de su lado lo hacía en los poblados a los que alcanzaba a llegar, si no al aire libre. Cualquier otro, dado lo difícil y agotador de su tarea, había desistido. Pero Blas seguía firme en su intención de cumplir con la misión de Grindal. Y era el mago quien habitaba en todos los pensamientos de aquel hombre. Grindal había sido más que su maestro y mentor, con el tiempo se convirtió como en su segundo padre. Al pasar de los días y de los años, Grindal había sido su única familia, el viejo mago lo instruyó, le enseñó muchas cosas, lo tomó bajo su protección y tutela y gracias al viejo mago, Blas pudo conocer muchos lugares, haciendo así realidad los sueños que tenía desde niño; de viajar y conocer a muchas gentes de diferentes países. Por eso ahora al pensar en el destino de su maestro la nostalgia lo invadía. Sentía algo de culpa por dejar ir solo a su maestro a aquella torre, después de eso, no tuvo noticia alguna del mago. A esta altura ignoraba que había sido del destino de Grindal. Tan solo sabía que su tutor estaba aún con vida. Grindal le había enseñado a concentrarse de tal forma que pudiera sentir la energía de las personas, así estas estuvieran muy lejos. De este modo Blas podía sentir que su maestro aún vivía, aunque la energía que podía sentir era muy pequeña y débil y cada día disminuía más.
La idea de Blas era pasar desapercibido para todos, que simplemente lo vieran como un simple viajero solitario. Así de ese modo pudo pasar todos los controles de seguridad que el ejército de Moravia tenia a lo largo de aquel vasto territorio. El hombre fue testigo del avance de la maquinaria de guerra de Wenceslao. Cientos de tropas desplazándose hacia el norte. La guerra contra el pequeño país de Cadelia pronto estaba a comenzar.
Aquel viaje se prolongó por dos largos meses hasta que estuvo en los límites del lugar indicado por su mentor. Cumplida esta parte del itinerario, Blas pasó a la segunda parte, encontrar aquella vieja casa en donde treinta años atrás, su maestro había dejado al heredero al trono de Sarabia. Pero al parecer no era el único que estaba interesado en encontrar a dicho medio-elfo tan importante. Indagando con vecinos del lugar sobre los nombres dados por Grindal, Blas se enteró que días atrás unas personas también habían preguntado por los mismos nombres.
-¿Me podéis llevar hasta el lugar donde está la casa?-. Preguntó Blas a un campesino.
El hombre dudó un momento pues estaba en las labores del trabajo de la tierra, pero esas dudas se fueron cuando Blas le ofreció unas cuantas piezas de plata. –Solo llevadme hasta la casa, nada más-.
El campesino asintió y dejando el azadón con el cual estaba trabajando se puso en camino por delante de Blas. El hombre condujo a Blas por un camino pedregoso que se desprendía de una vía principal y adentrándose a unos trecientos metros, el hombre señalando una casa dijo –Esa es la casa-.
Blas bajó de su caballo y observó el lugar. La casa que le mostraba el hombre estaba prácticamente en ruinas, se notaba que nadie había vivido allí en un largo tiempo.
El campesino viendo la expresión en el rostro de Blas habló –Las personas que vivían en esta casa murieron hace mucho tiempo-. E invitando a Blas a seguirlo dijo –Venid-. El campesino caminó hacia la parte trasera de la casa y atravesando lo que parecía que en tiempo atrás había sido un huerto se detuvo y le indicó con la mano un lugar a Blas que lo seguía de cerca.
Blas se acercó y vio que el lugar que le indicaba su guía era lo que parecía ser dos tumbas, una próxima a la otra. En cada una de ellas había unas lapidas desgastadas, carcomidas y dominadas por la vegetación, cuyas escrituras estaban casi ilegibles. Agachándose limpió la suciedad retirando la vegetación y la mugre y al final en una letra desgastada y poco legible leyó en la primera de las lapidas el nombre de Tamir y en la otra lapida el nombre de Sirna. En efecto esos eran los nombres que Blas estaba buscando. –Ellos tenían un hijo ¿sabéis algo de él?-. Preguntó con la esperanza de que el campesino supiera el paradero del heredero medio-elfo.
El campesino negó con la cabeza –Después de la muerte de sus padres, él se fue de aquí-.
-¿Sabéis a donde se marchó?-.
El hombre volvió a negar con su cabeza.
Blas entonces le pagó al campesino con las piezas de plata, según lo prometido. Después de tener su pago, el lugareño se fue de aquel sitio dejando solo a Blas. Ahora ya no tenía pista alguna del hijo de Emerson y Beatriz, lo único que lo tranquilizaba era saber que los hombres que habían venido antes que él tras la pista del medio-elfo, quizá también hubieran perdido su pista, pues aquello era un callejón sin salida. Blas volvió al caserío queriendo averiguar por el hijo de Tamir y Sirna pero ningún habitante supo dar razón. Nadie supo que decir sobre el destino de aquel extraño joven que tenía rasgos muy parecidos a los de un medio-elfo.
Sin ninguna pista para seguir, sin lugar al que ir a buscar y encontrándose muy cerca al lugar donde habitaba su familia, Blas decidió, después de muchos años, regresar a su hogar.
A la distancia Blas vio su casa. Los años pasados habían hecho mella en la edificación que lucía desgastada. Mientras se acercaba le salieron al encuentro un par de perros que ladraban ante la presencia de un intruso. El ladrido de los canes debió alertar a los habitantes de la casa ya que uno de ellos, una mujer, salió para ver el porqué del alboroto de los canes.
Blas vio salir de la casa a esta mujer de mediana estatura que vestía unas ropas humildes cuya piel bronceada dejaba ver que era una trabajadora de la tierra. La vio calmar a los canes y tomar en su mano un machete de trabajo. Blas se acercó entonces hasta la mujer y dio un saludo que esta última respondió escuetamente. Blas entonces descendió de su equino y acercándose a la mujer, quien lo miraba desconfiado, la observó fijamente notando el gran parecido con su madre dijo -¿Ricca, sois vos?-.
La mujer confundida de que aquel extraño hombre supiera su nombre y aun aferrada a su machete replicó -¿Cómo sabéis mi nombre?-.
-Ricca soy yo ¿Es que no me reconocéis?-.
La mujer agudizó la vista. Parecía confundida. Por espacio de unos minutos que se hicieron eternos esta mujer se detuvo a mirar fijamente a aquel hombre. Lo miró de tal manera como tratando de reconocerle. No sabía porque pero aquel hombre le resultaba tan familiar, más sin embargo no podía saber quién era.
Blas entonces intentó acercarse más a la mujer y esta última dio un paso hacia atrás aun con su machete en la mano. Blas notando el evidente nerviosismo de su hermana dijo –Ricca soy yo, soy Blas, vuestro hermano-.
La mujer entonces se dejó vencer por la emoción y rompió en llanto al tiempo que dejaba caer el machete al suelo y abriendo los brazos se dejó abrazar por su hermano mayor. Aquel abrazo le devolvió parte de la vida, alegría y esperanza al corazón de Blas, que estaba acongojado por la desaparición de su maestro y por el fracaso de la misión que este último le había encomendado. Mientras Blas y Ricca se abrazaban, el hombre vio que unos niños se asomaban por la ventana, curiosos. -¿Quiénes son ellos?-. Preguntó Blas.
-Ellos son mis hijos-. Respondió Ricca, luego llamó a sus pequeñines, tres en total y los presentó ante su tío.
Pero aquella alegría del reencuentro duro poco ya que, adentro de la casa, la mujer le relató a Blas las malas noticias. Su padre y madre habían muerto. La noticia cayó como un baldado de agua fría sobre Blas. Si bien sabía que al marcharse tan joven, como discípulo de Grindal, todo contacto con la familia, amigos y conocidos quedaban atrás, Blas siempre tenía la esperanza de volver a ver a sus padres y que estos vieran y se sintieran orgullosos del hombre en el que se había convertido.
-Nuestra madre murió primero-. Dijo Ricca. –Una infección en las tripas la mató. Muchos médicos la vieron pero nadie pudo ayudarla. Después de eso, mi padre cayó en depresión. Él os quería ver de nuevo -. Le dijo mirando a Blas. -Aun en su lecho de muerte, mi padre preguntaba por vos. A comparación de madre, el murió de una manera tranquila-. Ricca hizo un corto silencio y luego prosiguió –Después de eso, Marcia se fue de la casa con su marido y yo me quedé aquí con el mío y con mis hijos-.
-Quiero ver la tumba de mis padres-. Dijo Blas. Ricca asintió.
Al estar allí, al pie de las tumbas de sus padres, Blas sopesó todo. Tener a un mago en su casa había sido un sueño hecho realidad. Aquellos cuatro meses en los que Grindal estuvo en su casa recuperándose de sus heridas, habían sido los mejores para Blas en todos sus trece años de vida. Todos los días se sentaba frente al mago a escuchar sus historias fantásticas, de este modo el joven Blas comenzó casi que a venerar a Grindal. Grindal era un hombre que había vivido mucho y con muchas experiencias así que las historias que contaba eran todas llenas de fantasías, historias increíbles y que el mago contaba de forma tan magnifica que hacia volar la imaginación de Blas.
Pasaron un poco más de cuatro meses y Grindal ya parecía bastante recuperado de sus heridas. Durante el tiempo que estuvo recuperándose en la casa de aquella humilde pero atenta y cálida familia, el mago nunca mencionó las circunstancias en las que se había herido. Tampoco nadie preguntó, a excepción hecha de Blas quien alguna vez le preguntó al mago y este último le respondió como solía hacerlo, contándole una historia llena de fantasía que por supuesto dejaba perplejo al joven. Pero el día de la partida de Grindal de aquella casa llegó. Ya el mago se sentía mejor y con sus fuerzas renovadas, listo para el viaje a su casa. Fue allí cuando el joven Blas le abrió su corazón al mago diciéndole que quería acompañarlo y ser su discípulo. Los padres de Blas por supuesto se escandalizaron, no estaban dispuestos a dejar marchar a su joven primogénito, pero la voluntad de Blas por marcharse con el mago era tan inquebrantable que al final terminaron cediendo. No sin antes con la intervención del mago quien convenció a los padres del joven para dejarlo ir con él. Así de este modo, a la edad de trece años, Blas partió con Grindal dejando atrás su hogar, a sus padres, hermanas, su perro Oso y todo lo que conocía. Ahora por delante tenía una gran aventura, un mundo entero por descubrir. Ahora quería tener sus propias aventuras para contar y no vivir de las de Grindal. Aquel momento fue muy extraño para Blas, no tenía miedo, no sentía tristeza por dejar a los suyos, por el contrario sentía como si hubiera nacido para eso, como si los dioses al nacer le hubieran trazado aquel destino y él estaba feliz de por fin poderlo cumplir. Así, con muchas expectativas, Blas cabalgó con Grindal hacia una vida de nuevas experiencias y estas no decepcionarían al joven para nada.
Blas ahora era un hombre diferente al joven que muchos años atrás se había ido de su casa detrás de sus sueños. Al pie de las tumbas de sus difuntos padres entendió todo. Nada pasa por accidente y por mera casualidad. El destino había querido que aquel día en el que iba a revisar las redes de pesca se encontrara con el moribundo Grindal. El destino quiso que lo llevaran a casa y lo ayudaran a recuperarse y luego el mismo destino dictó que la vida de Grindal y Blas debían estar unidas. Ahora que su maestro, mentor y amigo se había ido, Blas tenía que cumplir con su destino. No podía rendirse, no debía hacerlo. Tenía que encontrar a aquel medio-elfo y protegerlo como una vez su maestro, muchos años atrás lo hizo. Ya era hora que pusiera en práctica todo lo que Grindal le había enseñado. Así que después de cenar y descansar por esa noche en aquella casa que le traía tantos recuerdos, Blas a la mañana siguiente de nuevo se despidió de su hermana, cuñado y sobrinos y marchó de nuevo no sin antes dejarles una suma de dinero para los gastos. De nuevo Blas cabalgaba para cumplir su destino. Su misión, encontrar al medio-elfo, que por las informaciones recolectadas días atrás, se llamaba Dante.
-¡Qué bueno veros de nuevo!-. Exclamó con alegría Yaren –Mis queridos amigos, pensé que nunca iba a volver a veros-.
Dante y Drako descendieron de sus bestias correspondiendo las muestras de alegría del enano.
Yaren se encontraba a las puertas mismas de su casa, junto a él estaban varios de su raza, que por los halagos y muestras de alegría de Yaren, habían salido a ver de quien se trataba toda aquella algarabía. –Mis amigos, siempre estaré en deuda con vosotros dos. Venid, venid y pasad a mi casa para que comáis algo y podáis descansar bien. Vuestra presencia deja mucho que desear-. Dijo el enano mientras les giñaba un ojo a modo de complicidad.
Dante entendió la broma y le devolvió una sonrisa al enano porque en realidad tenía razón. Las jornadas de cabalgata se habían extendido por muchas horas y por muchos territorios. Tan solo pernoctaban en las noches en posadas y lugares de paso y muy temprano al amanecer partían de nuevo a cabalgar. Tanto él como Drako sabían que no estarían seguros hasta alejarse de aquel país, lo más probable era que los esbirros de Wenceslao los estuvieran buscando, así que trataban de pasar desapercibidos sobre todo en los grandes pueblos. Tan solo tenían la tranquilidad de haber dejado a salvo en aquel lugar sagrado a Kyra, de eso ya habían pasado seis meses. –Con gusto aceptamos vuestra oferta, señor enano-. Dijo el medio-elfo después de consultar con la mirada al negro y este último asentir.
-Llamadme Yaren. Todos mis amigos me llaman así y vosotros también lo sois-. El enano llamó a un muchacho y le dijo –Ayudadlos a descargar y llevaros los caballos. Aseadlos y alimentadlos-. El joven asintió con un <
En ese momento uno de los enanos, que viajaba en la caravana de Yaren y que era socio de negocios le dijo al oído a su amigo -¿Creéis que es buena idea de invitar a estos tipos a pernoctar aquí con nosotros?-.
Yaren le respondió con su voz firme y que no dejaba duda alguna –Mi querido Kurin, ¿acaso no recordáis que ellos nos salvaron de aquellos ladrones de caravanas?-.
-Por supuesto que me acuerdo, pero vos bien sabéis lo peligroso que es tenerlos en nuestro campamento. Sabéis quién está detrás de estos hombres-.
-Lo se amigó–. Replicó Yaren. –Pero miradlos, se ven realmente agotados y cansados, solo pasarán aquí la noche y mañana seguirán con su camino al igual que nosotros-.
Aquella casa, una de las muchas que tenía el enano, en realidad era muy cómoda. –Seguid mis amigos, seguid y sentaros-. Dijo con amabilidad Yaren. Dante y Drako entraron encontrándose con un lugar bastante cómodo en el que estaban varias personas, enanos en su mayoría.
-Sentaros a descansar-. Dijo el enano mostrándoles unos muebles que parecían muy cómodos. El par de sujetos, invitados de Yaren, aceptando la invitación se sentaron y saludaron a los presentes, varios de ellos ya los habían visto en el primer encuentro. –Estos son mis hermanos de raza-. Dijo Yaren refiriéndose a los demás enanos que estaban allí. –Ellos son Gódin, kabin, Ros y mi hermano de sangre Claudio-. Los enanos, con mirada desconfiada por naturaleza saludaron al medio-elfo y al negro con una fría genuflexión de la cabeza. –A estas ya las conocéis-. Hablo el enano refiriéndose al par de mujeres que segundos antes entraron por otra puerta de aquella sala. –Saila y su hija Beth-.
Beth no pudo evitar sonrojarse cuando sus ojos se toparon con los del medio-elfo. A pesar de las ropas sucias y de su aspecto descuidado, aquel invitado de Yaren, se veía muy apuesto.-Traedles algo de beber a estos hombres que deben estar sedientos-. Dijo Yaren sacando del letargo a Beth. Así de este modo la chica salió de aquella sala con su madre, no sin antes de nuevo mirar atrás para ver a Dante.
-La última vez que nos vimos ibais en camino a Leninston, ¿ahora a donde os dirigís?-. Preguntó Yaren después de sentarse pesadamente en un sillón.
Dante y Drako se miraron como no sabiendo que responder. Después que dejaran a Kyra en el santuario, las hermanas y cuidadoras del bosque encantado los escoltaron hasta las fronteras del mismo, allí el par de amigos, sabiendo que ya la joven estaba segura y que probablemente el rey Wenceslao iba a poner precio por sus cabezas, decidieron ir al norte, hacia Cadelia. Aquel país se había opuesto a los planes expansionistas de Moravia y por eso, en toda parte se decía que Wenceslao atacaría a aquel país del norte. La reina Ana, se decía también, era una auxiliadora de las guerrillas de los medio-elfos, dándoles suministros y armas, aunque otros decían que también los financiaba con dinero. Por eso Dante y Drako decidieron ir al norte a Cadelia.
-Vamos al norte-. Respondió Drako.
Yaren asintió. Había algo en la mirada del negro que le hacía saber que no debía hacer más preguntas. En ese momento de nuevo hicieron presencia en la habitación Beth y su madre quienes traían unos cuantos vasos de cristal y una jarra. Luego fueron llenando los vasos con el contenido de la jarra y lo repartieron a todos los presentes. Cuando Beth llegó hasta Dante, la chica le dio una sonrisa que el medio-elfo respondió con otra igual.
-La máquina de guerra de Wenceslao cada día crece más-. Dijo uno de los enanos después de degustar el sabroso vino.
Yaren secundó aquella afirmación diciendo –No sé cuándo el rey de Moravia decida atacar a Cadelia, solo sabemos que será muy pronto y por supuesto será un ataque fulminante. Además estos hideputas no hacen sino cobrar más y más impuestos para financiar su guerra, francamente entre los impuestos de Wenceslao, las extorciones de los medio-elfos y la seguridad que tengo que pagar contra los bandidos, me van a quebrar-.
Dante y Drako de nuevo se miraron pero esta vez no dijeron nada solo atinaron a seguir escuchando.
-Este ejército de Moravia no tiene respeto por nada ni por nadie-. Habló Claudio, el hermano de sangre de Yaren. –Fue realmente triste lo que pasó en el bosque encantado-.
-¿Qué pasó?-. Preguntó realmente interesado el Kalijary.
-¿No lo sabéis?-. Respondió otro de los enanos, el que parecía ser el más joven de ellos. –Las noticias que nos llegan son muy confusas. Algunos hablan que la hija de Teófilo, y heredera de Britania que estaba casada con el primogénito de Wenceslao, escapó con la ayuda de uno de los más altos oficiales del rey-.
En este punto Yaren interrumpió y siguió con el relato –Esa es la historia que ya todos conocen. Después de eso no se supo más de esta chica. Wenceslao que no estaba dispuesto a dejarla libre y viva, contrató a uno expertos rastreadores para hallar de nuevo a esta mujer-. El enano hizo una pausa para servirse más vino en su vaso. –Lo que hemos escuchado es que estos rastreadores hicieron muy bien su trabajo y dieron de nuevo con la chica-.
-Hemos escuchado toda clase de versiones acerca de lo que le pasó a la chica-. Habló Gódin, uno de los enanos presentes, siguiendo con el relato. –Pero las fuentes más fidedignas dicen que este par de sujetos, los rastreadores, escaparon con la chica. Se dice que eran un medio-elfo y un negro, al menos eso es lo que hemos oído-. El enano hizo una pausa mirando a los dos invitados de Yaren. Pero estos dos últimos ni se inmutaron.
Por un momento un silencio incomodo reinó en la habitación, silencio que fue cortado prudentemente por Yaren quien dijo –También hemos oído que eran dos hombres salvajes, inclusive que este par de sujetos eran enanos-. Yaren sonrió maliciosamente. –Como sea, el fin es que este par de sujetos, no sé muy bien sus motivos, cuidaron a la chica evitando que cayera de nuevo en manos de Wenceslao. Es allí cuando todo es confuso. Hay muchas versiones, que la chica huyó al norte, que los soldados de Moravia les dieron alcances y ajusticiaron a los hombres y a la chica. Vaya Dios a saber que pasó en realidad-.
Otro de los enanos presentes que respondía al nombre de Ros habló con voz aguardentosa y ronca –Inclusive otros hablan que los medio-elfos capturaron a la muchacha-.
-En fin, la versión más cercana a la realidad, por lo menos para mí, es que este par de sujetos llevaron a la chica al bosque encantado con el fin de encontrar el santuario sagrado de Liris-. Habló de nuevo Yaren
Esta vez fue Kabin quien interrumpió con una risa burlona –Aquel lugar solo es un mito-.
-Lo mismo creía yo-. Dijo Yaren. –Lo cierto es que Wenceslao tiene muchos esbirros y espías en todo lado. De alguna manera estos espías se enteraron del camino que tomaron los hombres y la chica y se lo hicieron saber al rey de Moravia-.
Mientras tanto el negro y Dante escuchaban atentamente al señor enano y de vez en cuando se mandaban miradas cómplices.
Yaren siguió con su relato –Wenceslao, que no está dispuesto a olvidar a esta chica, mandó una compañía completa de su ejército para buscar aquel mítico lugar en el bosque encantado-.
En este punto el enano con la voz aguardentosa siguió con el hilo de la historia –Un medio-elfo amigo nuestro, también comerciante e informante nos dijo que efectivamente aquel santuario en realidad si existe y que estos soldados de Moravia dieron con el-.
Yaren notando como las caras de sus dos invitados se endurecieron poniendo gestos severos dijo –Aquellos hombres destruyeron aquel santuario, quemaron el lugar dejándolo en cenizas-.
Esta vez Drako preguntó -¿Qué pasó con las mujeres que vivían allí?-.
Claudio contestó con sinceras palabras de tristeza –Lo que este medio-elfo amigo nuestro cuenta es que lo que vio es horrible. Al parecer antes de quemar todo aquel lugar, estos hombres violaron a todas las mujeres antes de asesinarlas. Según nuestro amigo los cuerpos de las mujeres aun yacen por todo el lugar, siendo un festín para las aves de rapiña-. Se detuvo un momento para recuperar el aliento y luego siguió –Niñas, adolescentes y mujeres mayores, todas fueron violadas y muertas-.
Otra vez el silencio se hizo en la sala. Esta vez fue interrumpido por Dante quien se paró de su asiento y salió por la puerta de la casa, segundos después fue Drako quien imitó a su amigo. Al salir de la tienda el medio-elfo se dio cuenta que ya era de noche, las pocas lámparas de aceite ubicadas en los postes altos iluminaban tenuemente esta parte de aquel pueblo. Por la calle empedrada aún había movimiento. Un pobre desgraciado empujaba su carreta que por lo que se veía iba pesada, a su lado un par de ebrios, con botella en mano luchaban para mantenerse en pie, detrás otro hombre cuidaba que sus perros, unos ejemplares grandes, seguramente de la raza san Bernardo arrastraran en su carreta con mercancía y más a lo lejos, un par de prostitutas empujaban a un hombre hacia un lupanar perdiéndose segundos después por las puertas del establecimiento. En la calle un hombre tenía la desafortunada tarea de con una pala recoger la mierda de los animales, para mala suerte de este hombre, las calles estaban repletas de mierda, su carreta estaba repleta. Pensativo el medio-elfo miró al cielo notando que esa era una noche despejada. Cientos, miles de estrellas iluminaban el firmamento dando una hermosa vista, pero como era costumbre, solo pocos como él, miraban al cielo, los demás, no despegaban los ojos del piso. –No debimos dejarla allí-. Dijo Dante al notar la presencia de Drako. –Debimos traerla con nosotros. Miradnos, aún estamos vivos, en cambio...-.
-En cambio nada. No sabemos aún muy bien que pasó-. Le cortó Drako. La dejamos en aquel sitio porque pensamos que sería seguro para ella, además no sabemos que esa historia que contó ese medio-elfo sea cierta-.
Ambos no se dieron cuenta que Yaren también había salido de la tienda –Es cierta. Aquel sujeto es uno de mis más antiguos amigos y nunca me ha mentido con ninguna de sus noticias-.
-¿Este amigo vuestro tiene información de lo que le pudiera haber sucedido a Kyra?-. Preguntó Dante.
-Kyra, si es verdad, así se llama la chica-. Sopesó un momento el enano. –No, tan solo cuenta lo que vio-. Sintiendo la genuina preocupación del par de sujetos por la suerte de aquella chica, Yaren habló con palabras tranquilizadoras. –Si bien es cierto que aquellos hombres destruyeron aquel santuario y que mataron a un gran número de mujeres, también cabe la posibilidad que la chica huyera-.
-Es cierto-. Se convenció el Kalijary. –Si la hubieran encontrado seguramente ya se sabría, esas noticias viajan rápido-.
Exacto-. Replicó el enano. –Es probable que la chica aun esté con vida ¿Dónde? No sabría deciros, estas tierras son muy extensas, pero cabe la esperanza que la chica hubiera podido escapar antes de la llegada de los soldados al santuario-.
Dante que se mantuvo en silencio escuchando el parloteo del negro y el enano por fin dijo –Debemos ir a buscarla-.
Drako asintió, al igual que su amigo, el negro también se sentía responsable por la vida de aquella chica.
Yaren dijo –Tened en cuenta que no sois los únicos que estáis preocupados por el destino de la chica, si aún está viva claro está-.
Dante miró fijamente al enano, preguntó -¿A qué os réferis?-.
-Volvamos dentro, estos temas no se deben tratar al aire libre, hay muchos ojos y oídos curiosos. Como os dije antes, Wenceslao tiene muchos espías por todas partes-. Dijo el enano encaminándose hacia el interior de la casa.
Cuando Dante y Drako volvieron a entrar, la sala estaba sola. Los otros enanos se habían retirado a descansar, había silencio. Tan solo el crepitar de los leños consumiéndose por el fuego en la chimenea se escuchaba.
Yaren, que tenía debilidad por la bebida, tomó una jarra y se sirvió una copa, luego ofreció a sus amigos, estos últimos negaron con la cabeza –Bueno, más para mí-. Dijo socarronamente el enano que con botella en mano se fue a sentar en su sillón. Notando las miradas inquisidoras del negro y del medio-elfo sobre él de nuevo habló -¿En qué me había quedado?-. Hizo una pausa para tomar un sorbo –A ya. Si, como os decía, hay otros que también les interesa encontrar a la chica-. De nuevo tomó otro sorbo acabándose el contenido de la copa así que de nuevo se sirvió otro poco. –Además de Wenceslao quien no descansará hasta encontrar a Kyra, ¿así es como se llama verdad?-. Drako asintió. –También vuestra gente está detrás de ella-. Dijo mirando a Dante-.
-¿Qué interés pueden tener las guerrillas de medio-elfos para con Kyra?-. Preguntó un sorprendido Dante.
-Pensadlo bien, Kyra sería un gran botín. Ella es hija del difunto rey de Britania. Ese país fue aliado de Moravia cuando Wenceslao invadió a Saravia-.
Dante y Drako cayeron en cuenta. El enano tenía razón. Tenía mucha lógica que las guerrillas de los medio-elfos quisieran capturar a Kyra.
Los pensamientos de los dos sujetos fueron interrumpidos de nuevo por el enano –Pero eso no es todo, además de Wenceslao y de los medio-elfos hay también otros que desean hacerse con la chica, por diferentes motivos obviamente-.
Tanto el Kalijary como el medio-elfo se interesaron aún más en lo que Yaren iba a decir.
-Esta por ejemplo la reina Ana de Cadelia-.
Drako fue quien esta vez tomó la vocería – ¿Qué interés podría tener la reina en Kyra y menos en estos momentos en los que el ataque de Wenceslao a su país está muy próximo?-.
-Es verdad-. Confirmó Dante.
-Sí, es muy cierto lo que decís-. Ratificó Yaren mientras se terminaba el vino y de nuevo se servía otro vaso. –No sé qué motivos tendrá Ana, lo único que se y por lo que he escuchado es que ella ha tomado en serio este asunto de proteger a esta chica-. El enano hizo otra pausa para tomar un gran trago. –Este vino en verdad es exquisito-. Se sirvió otro poco. –Se dice que un grupo elite, conformado por varios de sus hombres mejor entrenados, salieron de Rivadavia con la tarea de encontrar, proteger y llevar a salvo a la chica con la reina-.
-Bueno no todo son malas noticias. Si Kyra aún vive, no todos la quieren encontrar para matarla. Eso es muy bueno-. Dijo Drako.
Yaren, tomando otro sorbo dijo –Es curioso que vos, señor Kalijary lo diga, porque otros que andan tras la pista de esta pobre chica, son de vuestra gente. Las milicias de negros que como vos, han huido de las minas del sur y que deambulan, cada vez más organizados por estas tierras buscando venganza de vuestros opresores.-.
Dante y Drako se miraron incrédulos.
Yaren que por el efecto del vino ya no estaba hablando tan claro se sirvió de nuevo otra copa, vaciando la jarra – ¿Qué os puedo deciros? Esta chica, esta pobre chica, sin saberlo se ha convertido en una joya que todos quieren tener. Todos con diferentes intenciones. Unas buenas, otras no tanto. Pero os digo algo mis amigos, si aún la chica está con vida, no sabe aun lo que le espera. Si ha sufrido mucho hasta ahora, lo que le viene en su futuro es aún peor-.
-Es por eso que debemos encontrarla antes que cualquier otro lo haga-. Dijo Dante, secundado por su amigo Kalijary.
Yaren se paró de su sillón tambaleante por el efecto del vino y se encaminó a una puerta que servía de acceso a las habitaciones, pero antes de irse dijo –Quedaros por esta noche. Mañana en la mañana si queréis podeos iros a encontrar a esta chica-. Con un paso zigzagueante y hasta un poco gracioso el enano se retiró, dejando a sus dos amigos a solas en la sala en donde las llamas ya devoraban los últimos maderos.
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Esta era una pequeña habitación en la que apenas cabía una cama y un mueble. A pesar de su estreches, parecía lo suficientemente cómoda y a comparación en los sitios donde Dante había pasado las noches antes, esta sin duda alguna estaba entre los mejores lugares. Esta vez le tocó una habitación para el solo y no tuvo que compartirla con su amigo, el Kalijary, quien también se había acomodado en una habitación similar. Sobre el humilde mueble, alumbrando la estancia había una pequeña lámpara de aceite. A la luz tenue de aquella lámpara, Dante se despojó de sus ropas sucias y sudadas y se dispuso a entrar a la cama. Ahora, muy diferente al pasado, el medio-elfo no temía dormir. No sabía explicarlo bien, quizá fuera porque debido a las largas cabalgatas, terminaba la noche muy cansado, pero no recordaba ya la última vez que había tenido aquella horrible pesadilla en la que noche tras noche revivía la muerte de su esposa e hija. Por el contrario, ahora dormía tranquilamente, aunque si soñaba. Había veces que en sus sueños estaba Kyra, tal y como la recordaba de la última vez que la había visto, la noche antes de su partida del santuario. Pero también había otros sueños, sueños extraños en donde se veía rodeado de gente rara, hombres, enanos y elfos lo rodeaban y donde veía a una mujer, una elfa, la más hermosa del mundo quien lo abrazaba y le besaba las mejillas. Eran sueños extraños.
Ya estaba por quedarse dormido cuando sintió un ruido, su puerta se estaba abriendo. Como ya había apagado la lámpara de aceite, no podía ver quién era el intruso, así que rápida y silenciosamente mandó la mano hacia sus ropas y extrajo una pequeña daga. Este intruso entró a la habitación y de manera silenciosa se aproximó a la cama en donde Dante aguardaba fingiendo estar dormido. Cuando el intruso estuvo lo suficientemente cerca, el medio-elfo en un rápido movimiento saltó sobre el intruso apuntalando la daga sobre su cuello.
-Por favor no me hagáis daño-. Dijo una voz cantarina y juvenil.
Dante entonces reconociendo la voz, soltó la daga y le dijo – ¿Qué hacéis aquí? por poco y os mato-. Seguido se aproximó al mueble y encendió de nuevo la lámpara que de iluminó la habitación incluyendo la figura de la joven.
-Tenía que veros de nuevo-. Dijo Beth un poco ruborizada.
La chica se acercó al medio-elfo y lo besó mientras con una mano le acariciaba su miembro viril.
Dante la apartó al instante diciéndole – ¿no veis que esto es peligroso? Si vuestra mama o Yaren...-.
-Ellos están dormidos, todos duermen ya-. Le cortó la chica. Seguido se despojó de sus ropas que cayeron al suelo. A simple vista, a la tenue luz de la lámpara de aceite, el cuerpo juvenil de Beth lucia delicioso y deseable. De nuevo la chica se acercó al medio-elfo y lo besó, esta vez Dante correspondió. De nuevo, esa noche Dante tomó a la chica.
♦♦♦♦♦
En efecto en la mañana siguiente Dante y Drako, muy temprano cuando apenas despuntaba el claro del día, se alistaron para dejar la casa y la compañía de Yaren. El enano con cara soñolienta pero de buen ánimo despidió a sus amigos al momento que el muchacho, empleado del enano, traía las bestias ya previamente alimentadas –Debeos cuidaros. El camino que pensáis tomar es traicionero y peligroso. Está lleno de enemigos, permaneced alertas-. El medio-elfo y el Kalijary asintieron. –Os he llenado estos bolsos con provisiones para el camino-.
-Muchas gracias mi amigo-. Habló Dante con sinceridad.
-Que el creador supremo y todopoderoso vaya con vosotros y que vuestra búsqueda llegue a buen término. Ojala podáis encontrar sana y salva a la chica y la protejáis-.
Esta vez Drako, que era en realidad de muy pocas palabras, fue el que habló –Espero que podamos veros de nuevo, señor enano. Gracias por todo-.
-Así será. Muchos éxitos mis amigos-. Despidió Yaren a aquella pareja tan singular.
Aquel día parecía iba a ser bastante frio, el cielo gris presagiaba frio y lluvias. De esta manera Dante y Drako dejaban atrás la casa de aquel agradable enano. En algo tenía razón Yaren, el camino que tenían por delante era peligroso, pero los animaba la idea de encontrar con vida a Kyra. Aquella parecía una pesada broma del destino, por seis meses habían estado huyendo lo más lejos posible de aquellas tierras, ahora tenían que volver tras sus pasos para encontrar de nuevo aquel santuario. Lo que no sabían este par de amigos era que el susodicho destino los llevaría por caminos oscuros, caminos que probarían el valor y la fuerza del medio-elfo y el negro, caminos muy lejos de Kyra. Dante dio un último vistazo atrás y vio en las puertas mismas del campamento a Beth, de verdad que era una chica muy bella.