Me desperté junto al pajar, con el olor a estiércol y a tierra mojada golpeándome la nariz. El sol de la tarde andaluza caía a plomo, pero a mí me calaba un frío que venía de la tumba.
Porque yo recordaba. Recordaba la tierra fría llenando mi boca, la oscuridad, y la voz de mi padre, Ricardo, diciendo que era por el bien de Isabela. Recordaba el fuego, el grito de mi hermano Javier, el cuerpo roto de mi madre Carmen. ¡Había regresado!
Intenté advertirles: "¡Mamá! ¡Javier! ¡Vienen a matarnos!". Pero mis súplicas fueron recibidas con risas y miradas incrédulas. Mi madre me secó las lágrimas mientras mi padre, por teléfono, susurró una amenaza helada: "Dile a esa hija tuya que esta vez nadie encontrará su tumba". Él también recordaba. Minutos después, los asaltantes irrumpieron. Me creyeron, sí, pero ya era demasiado tarde.
La desesperación me ahogaba. ¡Eran los mismos rostros, las mismas palabras incrédulas de mi primera vida! ¿Cómo era posible que nadie me creyera? ¿Que mi propio padre hubiera envenenado el pozo antes de mi llegada? ¿Por qué esta cruel condena?
Pero esta vez, no estaba indefensa. Un empujón desesperado de mi madre hacia la bodega me dio el primer as bajo la manga: la medalla de oro de la abuela. Luego, entre los escombros, lo vi: un dedo humano seccionado. En él, el anillo de mi hermano Javier. Esa prueba macabra, irrefutable, finalmente abriría los ojos de mi tío Mateo. Y mi otro as... las cámaras de seguridad ocultas que instalé en cuanto renací, listas para exponer la verdad de mi malvada hermanastra. Esta vez, la historia sería diferente.
El olor a estiércol y a tierra mojada me golpeó primero, seguido por el zumbido de una mosca cerca de mi oído.
Abrí los ojos.
Estaba de pie junto al pajar, con el teléfono en la mano. El sol de la tarde andaluza caía a plomo, pero yo sentía un frío que me calaba los huesos.
Un frío que venía de la tumba.
Porque yo recordaba la tumba. Recordaba la tierra fría llenando mi boca, la oscuridad, la voz de mi padre, Ricardo, diciendo que era por el bien de Isabela.
Recordaba el fuego, el grito de mi hermano Javier, el cuerpo roto de mi madre Carmen.
Miré el teléfono. En mi vida anterior, marqué el número de mi padre.
Esta vez, mis dedos temblorosos marcaron el 112.
"Emergencias, ¿cuál es su situación?"
"Van a asaltar el Cortijo de la Encina," dije, con una voz que no parecía la mía, "envíen a la Guardia Civil, ahora."
Di la ubicación exacta, la descripción de la furgoneta blanca que ya veía a lo lejos, en el camino de tierra.
Colgué antes de que pudieran preguntar más.
No había tiempo.
Corrí hacia la casa principal. Mi hermano Javier estaba en el porche, limpiando una silla de montar, silbando una melodía de la feria.
"¡Javier! ¡Mamá! ¡Vienen a matarnos!" grité.
Javier dejó la silla de montar y me miró como si estuviera loca.
"Sofía, ¿qué dices? ¿Has estado bebiendo manzanilla al sol?"
Mi madre salió de la casa, secándose las manos en el delantal. Su rostro, tan lleno de vida, me partió el alma. En mis recuerdos, estaba pálido y cubierto de sangre.
"Hija, cálmate. ¿Qué ocurre?"
"Unos criminales. Vienen en una furgoneta blanca. Papá se llevó a todos los trabajadores para ayudar a Isabela con su caballo, ¡estamos solos!"
Mi madre frunció el ceño. La mención de Isabela siempre le ponía una sombra en la cara.
"Tu padre y sus caprichos," murmuró, "pero de ahí a que vengan criminales... Sofía, es la feria, estás nerviosa."
"No es un nervio, es la verdad," supliqué, agarrando su brazo. "Tenemos que escondernos en la bodega. Ahora. Por favor, créeme."
Javier se rio.
"Sofía, pareces una de esas gitanas que leen el futuro en la feria. Relájate."
La desesperación me ahogaba. Eran los mismos rostros, las mismas palabras incrédulas de mi primera vida.
El tiempo se estaba acabando.
"No me creéis," dije, con la voz rota. "Mamá, por favor. Solo hazme caso esta vez."
Carmen me miró, viendo la pura histeria en mis ojos. Dudó. Su instinto de madre luchaba contra la lógica.
"Está bien, está bien," dijo, más para calmarme que por otra cosa. "Llamaré a tu padre. Él sabrá qué hacer."
"¡No!" grité. "¡No le llames a él!"
Pero ya era tarde. Marcó su número.
Pude oír la música de sevillanas y el bullicio de la feria al otro lado de la línea.
"Ricardo, ¿dónde estás? Sofía está muy alterada," empezó a decir mi madre.
La voz de mi padre llegó, distorsionada por el teléfono, pero llena de una ira helada que reconocí al instante.
"¿Alterada? ¡Estoy ocupado! Isabela está a punto de salir a la exhibición. ¿Qué tontería es esta ahora?"
"Dice que unos criminales vienen al cortijo, que estamos en peligro."
Hubo un silencio. Un silencio terrible, cargado de algo que no era incredulidad, sino conocimiento.
Entonces, la voz de mi padre bajó a un susurro venenoso, tan bajo que solo yo, que estaba pegada a mi madre, pude oírlo.
"Carmen, dile a esa hija tuya que se deje de tonterías. Si sigue así, esta vez me aseguraré de que nadie encuentre su tumba."
El aire se congeló.
Mi madre no entendió la amenaza. Yo sí.
No era una forma de hablar. Era una promesa.
Él también recordaba. Mi padre, el hombre que me enterró viva, había renacido conmigo.
Mi madre colgó, pálida. "Tu padre está furioso. Dice que son imaginaciones tuyas."
Antes de que pudiera responder, el sonido de un motor se detuvo bruscamente frente a la casa.
Luego, el estruendo de una puerta de madera siendo reventada a patadas.
Las risas incrédulas de Javier se cortaron de golpe. El rostro de mi madre se transformó, la incredulidad reemplazada por un terror puro y absoluto.
Me habían creído.
Demasiado tarde.