"Señor, su comida está aquí".
Sheila Newell era una mujer delgada y hermosa. Con un sexy vestido escotado, tocó a la puerta de una habitación de hotel, y su voz temblaba mientras hablaba.
Ella había sido adoptada por la familia Newell, y daba la casualidad de que de hecho se parecía mucho a la querida hija biológica de estos, Winnie Newell. Sabiendo que Sheila estaba muy necesitada de dinero para cubrir gastos médicos, Winnie le había propuesto que se acostara con un hombre a cambio de una gran suma que ella le daría.
La persona dentro de la habitación era un director gordo y feo que tenía extrañas inclinaciones sexuales. De hecho, se rumoreaba que muchas jóvenes modelos se habían acostado con él para avanzar en sus carreras, y solo terminaban muertas en la cama.
Lo que más quería Sheila en ese instante era darse la vuelta y salir corriendo lo más rápido que pudiera de allí. Sin embargo, al pensar en el estado crítico de Ivan York, quien estaba internado en el hospital, supo que no podía darse por vencida ahora.
Tras respirar hondo, ella se armó de valor para abrir la puerta.
"Hola. ¿Hay alguien aq...? ¡Aaah!". Antes de que ella pudiera terminar de hablar, una mano salió repentinamente de detrás de la puerta y la jaló hacia adentro.
Casi al instante, el fuerte olor a alcohol llegó al olfato de la chica, y al mirar hacia arriba con nerviosismo, encontró una figura alta de pie frente a ella en la oscuridad. Por lo aterrorizada que estaba, ella había olvidado incluso cómo respirar.
Bajo la tenue luz, ella solo pudo distinguir vagamente los fríos ojos del hombre. No obstante, podía escuchar claramente su respiración pesada.
Tragando grueso por los nervios, ella trató desesperadamente de calmarse.
Pensando en lo que estaba a punto de suceder, dijo débilmente: "Señor, esta es mi primera vez. Por favor... Por favor, sea gentil".
Como si encontrara interesante lo que ella dijo, él inclinó la cabeza a un lado, y con una risa, su mirada gélida se suavizó un poco.
En broma, él solo frotó la punta de la oreja de Sheila. Su voz fue baja y ronca cuando dijo: "¿Por qué no tomas las riendas tú entonces?".
"Señor...", balbuceó ella sonrojada, y sintiéndose a la vez temerosa y avergonzada.
Harto de su timidez, el hombre dejó de hablar, y tras levantarla, la arrojó sobre la cama.
Luego se subió encima de ella y comenzó a besarla apasionadamente en la clavícula y el cuello hasta que finalmente se acercó a sus labios rojos y murmuró: "Esto podría doler un poco".
La rígida Sheila de pronto comenzó a forcejear. "No, por favor...".
"No tengas miedo. Yo te cuidaré".
El hombre apenas podía controlar su lujuria por ella, y su voz estaba cargada de deseo. Antes de que Sheila se diera cuenta, sintió algo enorme empujándose dentro de su cuerpo.
Lágrimas silenciosas rodaron ipso facto por las sienes de Sheila.
Pensando en la promesa de Winnie, solo cerró los ojos, se mordió el labio y soportó el dolor sin protestar.
Al final, el hombre cayó en un sueño profundo.
Independientemente de lo adolorida y extraña que se sentía, Sheila se arrastró fuera de la cama y se vistió.
Justo cuando estaba a punto de irse, apretó los dientes y le echó un vistazo al hombre en la cama. Nada más que una delgada colcha cubría la cintura de este, dejando al descubierto sus bien definidos músculos. Sheila incluso tenía que admitir que él tenía un rostro hermoso.
Ella no pudo evitar sentirse un poco sorprendida, pero no tenía tiempo de pensar demasiado en ello, así que se dio la vuelta y salió rápidamente de allí.
En la habitación contigua a la que Sheila acababa de dejar, Winnie esperaba con impaciencia que esta regresara.
"Listo. Ya hice lo que me pediste que hiciera. El dinero que me prometiste...", comenzó a decir Sheila, pero su voz se apagó. Ella no quería perder la mínima apariencia de dignidad que le quedaba.
Winnie le frunció el ceño con disgusto, pero finalmente le lanzó una tarjeta al suelo con desdén.
Con una sonrisa amarga, Sheila se agachó para agarrarla.
De repente, Winnie le pisó la mano con sus puntiagudos tacones rojos, y su voz estridente resonó en los oídos de Sheila. "¡Que nadie sepa lo que pasó esta noche o no salvaré a Ivan!".
Mordiéndose el labio, Sheila soportó el dolor punzante en su mano, y sin decir una palabra, solo se limitó a asentir.
Después de todo, ella tampoco quería que nadie supiera que había tenido sexo por dinero.
Satisfecha, Winnie retiró el pie y caminó hacia la puerta de al lado con la cabeza en alto.
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Ya estaba casi por amanecer.
A Gerald Lamont lo despertó el sonido del agua corriendo. Él tenía una resaca terrible, por lo que hizo una mueca cuando se sentó en la cama.
Entonces el recuerdo de la noche anterior inundó su mente. Entrecerrando los ojos, miró hacia el baño con frialdad.
¿Estaba esa mujer en el baño?
Con mucha frialdad en el rostro, él se levantó de la cama y se dirigió al baño.
En ese momento, el sonido del agua corriendo se detuvo de repente y la puerta se abrió; una mujer envuelta en una toalla de baño se paró frente a él.
Sobresaltada, la mujer se envolvió con más fuerza en la toalla, y parecía tímida y nerviosa.
Dado que acababa de salir de la ducha, su cabello largo y oscuro se le pegaba a la cintura, y su piel lucía húmeda y suave. Si bien su rostro era tan delicado como el de la mujer de sus recuerdos de la noche anterior, los ojos de esta eran diferentes y parecían algo frívolos a diferencia de los tímidos que estaban en su memoria.
"Oh, despertaste", dijo ella tímidamente.
Gerald asintió. Luego sus ojos vagaron hasta los hombros y cuello desnudos de ella, y las marcas rojas le recordaron lo que habían hecho. Él siempre había sido muy reservado, pero por alguna razón, había perdido por completo el control de sí mismo la noche anterior.
Al pensar en eso, la hostilidad en sus ojos se desvaneció enseguida.
"Asumiré la responsabilidad por lo que pasó anoche, ¿de acuerdo? Permíteme hacer que alguien te lleve a casa más tarde".
Al escuchar eso, Winnie fingió nerviosismo, pero en realidad estaba extasiada por dentro.
A pesar de que ella no tenía idea de por qué el hombre dentro de esa habitación de hotel no era el director gordo y repugnante, estaba encantada de que resultara ser el multimillonario Gerald Lamont. Todas las mujeres de Soulas soñaban con casarse con él.
No bien ella vio el hermoso rostro de ese hombre que tenía enfrente, supo que había ganado la lotería.
Además, los Lamont controlaban el sustento económico de la ciudad, de modo que si ella pudiera ganarse el apoyo de Gerald, viviría una vida sin preocupaciones para siempre.
Ella ocultó su satisfacción con una mirada de obediencia, y asintiendo humildemente, dijo: "Está bien".
Ante eso, Gerald dio un paso atrás y le hizo una seña de que se vistiera.
Winnie temía que si se quedaba más tiempo allí, se delataría, por lo que se vistió rápidamente y se dirigió a la puerta.
No obstante, antes de que pudiera escapar, el hombre la detuvo.
"¡Espera!".
Entonces el corazón de ella pareció detenerse, y todo el color desapareció de su rostro.
¿Acaso la había descubierto?
Dándose la vuelta rígidamente, ella forzó una sonrisa. "Señor Lamont, ¿hay algo más que pueda hacer por usted?".
Gerald la miró fijamente al decirle: "Todavía no me has dicho tu nombre".
Bajando la cabeza, ella respiró aliviada en secreto, y cuando volvió a levantar la vista, sonrió. "Soy Winnie de los Newell del norte de la ciudad".
Después de que ella se fue, Gerald se levantó para tomar una ducha, pero algo le llamó la atención.
Había algo que brillaba bajo la luz.
Sobre la arrugada sábana blanca había un arete de zafiro.
Él lo recogió con curiosidad.
Aunque la piedra del arete era moissanita barata, su forma era única. Un copo de nieve hexagonal envolvía alrededor de la piedra preciosa azul con la letra Y tallada en él, simple y exquisito.
Aunque se notaba que era un poco viejo, se veía bien cuidado, y se notaba que su dueña lo había atesorado y cuidado bien.
La dueña no debía ser otra que la chica que acababa de irse. Entonces sus ojos, los cuales eran tan brillantes como estrellas en el cielo nocturno, aparecieron en la memoria de él de nuevo.
Mientras él estudiaba el pequeño arete en su palma, una sonrisa imperceptible se abrió paso en sus labios.
Ellos pronto se verían otra vez.
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Sheila salió del hotel y de inmediato revisó su celular. Resultaba que el hospital le había enviado un mensaje diciendo que los honorarios médicos de Ivan habían sido pagados; solo entonces ella suspiró aliviada. Luego regresó a la casa de los Newell con el ánimo un tanto más ligero que antes.
Mientras que Winnie tenía una habitación lujosa, la de Sheila era pequeña y apenas tenía espacio para una persona.
En su tercer mes con la familia, Winnie le había ordenado a Sheila que sacara a pasear al perro.
No obstante, ella solo tenía quince años en ese momento y no era lo suficientemente fuerte para controlar al enorme samoyedo, así que al final el perro se escapó, y cuando lo encontraron, estaba cubierto de sangre a un lado del camino; parecía que se había muerto un rato antes.
Obviamente eso hizo que Winnie la odiara mucho más, e hizo todo un escándalo, acusó a Sheila de ser una perra inútil y le exigió que se largara de su casa.
Debido a su persistente solicitud, su padre, Enoch Newell, no tuvo más remedio que pedirle a Sheila que se mudara de la habitación donde solía estar y que ahora se quedara en esa pequeña.
A partir de entonces, ella prácticamente había ocupado el lugar del perro muerto y se había convertido en la mascota de Winnie, a quien esta acosaba cuando su padre no estaba mirando.
Al recordar las cosas que sucedieron la noche anterior, Sheila sacudió la cabeza y sonrió con amargura pensando que quería bañarse para limpiarse cada centímetro que ese hombre había tocado.
Justo cuando estaba a punto de quitarse la ropa, de repente se dio cuenta de que le faltaba uno de sus aretes.
Esos aretes habían sido un regalo de Ivan, a quien ella trataba como a su propio hermano menor. Él los había mandado a hacer especialmente personalizados para ella con su primer salario como pintor. En el diseño del copo de nieve estaban grabadas las iniciales de él.
Cuando se los dio, él se veía muy orgulloso, y le dijo que ella era tan pura y limpia como los copos de nieve. Por esa razón se decidió por ese diseño.
Ahora Sheila estaba triste porque uno de ellos había desaparecido sin que ella se diera cuenta. Tras quitarse el que tenía, lo guardó en una cajita.
De hecho le daba miedo de que se le perdiera el otro arete en el hotel y alguien conectara los puntos si la veían usando un arete que hacía juego con ese.
Al día siguiente, ella se despertó con fiebre y no se levantó hasta la tarde.
Tan pronto como puso un pie dentro de la sala de estar, vestida elegantemente, Winnie la regañó. "¿Por qué llegas tan tarde? Vístete que vas al Hotel Hilton con nosotros".
Sheila se la quedó mirando sin comprender lo que estaba pasando. Al notar su confusión, Enoch explicó con una sonrisa: "La familia Lamont nos mandó a llamar. De hecho nos invitaron a hablar sobre el compromiso entre Winnie y Gerald Lamont".
Los Lamont eran los más ricos y poderosos de Soulas, y Gerald era uno de ellos.
¿Desde cuándo Winnie se había juntado con él?
Antes de que Sheila pudiera darse cuenta, Winnie pestañeó hacia su padre como una niña inocente. "Papá, ¿por qué te molestas en explicarle las cosas? Ella es demasiado tonta para entender. Tú ve con mamá; yo iré con Sheila en otro auto".
Una vez que Enoch por fin se hubo ido, Winnie enseguida dejó de actuar y se dio la vuelta para mirar el delicado rostro de Sheila. De repente y sin previo aviso, la abofeteó.
"¿Por qué no llevas tus anteojos? Te lo advierto, si vuelvo a ver tus ojos sugestivos, te los arrancaré".
Aunque ellas eran bastante similares, los ojos de Sheila eran como hermosas medias lunas, por lo que cada vez que sonreía, se veía irresistible, y el pequeño lunar al lado de su ojo se sumaba a su encanto. En pocas palabras, ella era mucho más hermosa que Winnie.
Por eso esta última le había exigido que, siempre que las dos fueran al mismo lugar y al mismo tiempo, Sheila tenía que taparse los ojos.
Aturdida, esta se cubrió la mejilla hinchada, y cuando recobró el sentido, sacó los anteojos de gruesa montura negra de su bolsillo y se los puso, enmascarando así su belleza en un instante.
Al verla, Winnie resopló con satisfacción y se dirigió hacia el auto sin decir una palabra más.
De todos modos, cuando Sheila subió al auto, la otra chica se inclinó y la amenazó en voz baja: "Ten cuidado. El hombre con el que te acostaste anoche va a ser mi prometido, pero no te atrevas a decir la verdad".
Sheila se limitó a asentir. Resultó que el hombre con el que se había acostado la noche anterior era Gerald Lamont, y eso la dejó un poco perdida.
Tan pronto como llegaron a la habitación del hotel, Winnie estaba a punto de arreglarse el maquillaje cuando se dio cuenta de que había dejado su lápiz labial en el auto, así que rápidamente le ordenó a Sheila que lo fuera a buscar.
Obediente, esta corrió al estacionamiento, e iba tan rápido que accidentalmente tropezó con un hombre justo cuando doblaba la esquina del pasillo, y debido al impacto, sus anteojos cayeron al suelo con estrépito.
Sorprendida, ella soltó un gritito y se cubrió la frente con la mano. Al levantar la cabeza, sus ojos se encontraron con los de Gerald. ¡Era él! ¡Era el hombre de la noche anterior!
Entonces las escenas que había estado tratando de olvidar se asomaron a su mente y recordó el dolor en su cuerpo.
Con la mente en un lío, ella comenzó a temblar incontrolablemente, como si tuviera miedo de que ese hombre la pudiera coger a su antojo como la noche anterior.
Para calmarse, ella se pellizcó el muslo e inmediatamente se disculpó con él. "Lo siento", dijo y enseguida bajó la cabeza, fingiendo buscar sus anteojos.
Justo cuando pensaba que se había salido con la suya, la voz baja de Gerald la sobresaltó.
"Mírame".