JADE AL-QALA
Estoy sentada en el enorme jardín de nuestra casa. Levanto mi rostro para que el viento golpee mi cara. Seco una lágrima rebelde que baja por mi mejilla. He tenido de nuevo una discusión con mi padre, pero eso ya no es de extrañar; siempre lo mismo. Tengo que casarme para que esta maldita fachada de familia rica siga en pie. ¡Por Allah!, ¿acaso yo tengo que sacrificarme por todos? No, no lo haré, me niego rotundamente.
Ya lo imagino: casada con un hombre que prácticamente sería de la edad de mi padre. ¡No!, no, eso es una estupidez y algo asqueroso. Definitivamente me niego. No importa si mi padre me mata a golpes; jamás me casaré con alguien a quien no amo.
Me pongo de pie y suspiro resignada, pues sé perfectamente que al solo dar un paso dentro de esa casa, mi padre seguirá con lo mismo. Estoy por darme la vuelta cuando escucho que alguien me llama.
-Jade.
Cuando me doy la vuelta, puedo ver el rostro cansado y preocupado de mi madre. Solo ella me preocupa. Sé que si me niego a hacer lo que mi padre desea, ella pagará las consecuencias. Y justo en este momento siento como un maldito déjà vu; lo mismo sucedió con mi hermana, así que empiezo a negar.
-No, madre, lo lamento. No te quiero escuchar. Te amo demasiado, pero no puedo. -No me lo pidas, por favor -suplico.
Ella se acerca a mí y me toma por los hombros.
-Jade, escúchame.
Para este momento, mis lágrimas empiezan a bajar como cascadas por mis mejillas. Ella trata de limpiarlas y yo me alejo.
-Madre, ¿por qué mejor no me escuchas a mí?, ¿por qué no te pones en mi lugar y tratas de entenderme?, ¿por qué siempre apoyas a mi padre en todo lo que decide? Date cuenta, yo también quiero amar y ser amada, pero por el hombre que yo escoja, no por el hombre que me impongan.
Ella me sonríe y toma mi rostro entre sus manos.
-Hija, yo pasé lo mismo con mi esposo y, gracias a Allah, él es bueno. Estoy segura de que el hombre que tu padre escoja para ti será bueno, te amará y, lo más importante, proveerá a esta familia como debe ser.
Yo sonreí sarcásticamente. Claro, proveerá a esta familia como debe ser, y yo, ¿dónde quedan mis sentimientos? A ellos eso no les importa, y si así va a ser, a mí tampoco me importará lo que piensen. Tomo una respiración profunda y niego.
-Sabes, madre, haz lo que creas conveniente. Ya no me opondré. Solo una cosa te voy a decir: si algo me sucede o si el resto de mi vida soy infeliz, tú y mi padre serán los únicos responsables.
Ella me mira sorprendida porque jamás le había hablado de esa manera. Siempre los he respetado, pero ya estoy cansada. Me doy la vuelta y empiezo a correr dentro de la casa. Mi madre me grita para que me detenga, pero no lo hago.
-Jade, Jade, hija, tienes que entender. Espera, hija, tu padre...
Ni siquiera escucho qué desea mi padre, pero pronto lo sabré, pues está de pie en la sala, con los brazos cruzados, muy molesto. Cuando me mira de esa manera, como si me odiara, de inmediato me detengo. Él niega y yo juego con mis manos, con miedo.
-¿Por qué no obedeces a tu madre, jovencita? Escucho hasta acá los gritos donde te está llamando. ¿Qué pretendes, ser castigada por enésima vez?
Juro por Dios que trato de no voltear los ojos de fastidio. Sí, ya estoy cansada de todo eso, así que simplemente suspiro y le sonrío.
-Ya hablé con mi madre lo que tenía que hablar, así que dígame qué desea, padre. Estoy un poco cansada; quiero ir a mi habitación. ¿Podría?
Él se da cuenta de mi tono de voz, así que da dos pasos hacia mí y levanta la mano a punto de golpearme, pero mi madre grita:
-No, Malik, Jade ya aceptó. Y sabes perfectamente lo que significa, así que ve ahora y habla con ese hombre. Dile que nuestra hija está dispuesta a casarse con él.
Yo solo agacho la cabeza y cierro los ojos. Mis lágrimas empiezan a bajar por mis mejillas, mientras que mi padre, gustoso, se da la vuelta y se marcha sin decir una palabra más. Yo volteo a ver a mi madre, y le sonrío. Creo que ella también se da cuenta de mi dolor, pues sin decir nada se marcha. Yo respiro profundo. Quisiera salir corriendo de esta casa, quisiera no volver a ver a esta familia, pero si lo hago, el día que me encuentren son capaces de matarme. Así que simplemente voy hacia mi habitación y me tiro en la cama para que nadie escuche mi llanto.
Escucho que tocan a la puerta un poco fuerte. Me levanto desorientada; creo que de tanto llorar ni siquiera me di cuenta de cuándo me quedé dormida. Vuelven a tocar y escucho que Leila susurra:
-Hermana, ¿estás despierta? Necesito hablar contigo, ábreme, por favor.
Yo suspiro y, de inmediato, me pongo de pie, abro la puerta y ahí está ella. Su rostro de preocupación no pasa desapercibido. Yo frunzo el ceño, confundida, y ella de inmediato entra y cierra la puerta con llave. Yo me cruzo de brazos y la miro con una ceja alzada.
-¿Qué sucede, Leila? ¿Por qué estás tan nerviosa?
Ella empieza a caminar de un lado a otro, apretando sus manos. Veo sus ojos a punto de derramar lágrimas y, de pronto, me abraza.
-Lo siento, Jade, lo lamento de verdad. No quiero ese destino para ti también, pero estoy segura de que pasarás por lo mismo. No lo dejes, Jade. No dejes que te comprometa con ese hombre.
Yo la tomo por los hombros y la alejo de mí para que me explique de qué está hablando.
-Leila, no todas tendremos el mismo destino. Si tú encuentras un hombre que te ame, verás que serás feliz. Pero, ¿de qué hombre estás hablando? ¿Por qué te pones así?
Y en ese momento, sus lágrimas empiezan a bajar por sus mejillas.
-Del hombre que ha llegado con mi padre. Él ha pedido una cena especial, pues será tu futuro esposo, Jade. Por Allah, podría ser nuestro abuelo; es aún más grande que nuestro padre. Necesitas rechazarlo, no puedes aceptar. Habla con nuestro padre, él tiene que entender.
Yo abro los ojos, sorprendida. No, no puede ser posible. Estoy por contestarle cuando escucho que toca a la puerta mi madre.
-Jade, estoy buscando a Leila. ¿Ella está aquí?, Jade.
Yo volteo a ver a Leila, que niega, así que suspiro y le respondo a mi madre.
-No, madre, no está aquí. Puede estar en el jardín, pero no te preocupes, ahora mismo yo voy a buscarla. ¿Necesitas algo más?
Ella guarda silencio por un momento y se escucha como suspira.
-Sí, hija. Necesito que te arregles lo más hermosa posible. Tu padre va a dar una noticia en la cena. Por favor, no tardes; hay un invitado especial.
Yo trago el nudo que se ha formado en mi garganta y le respondo:
-No te preocupes, ahora mismo busco a Leila y empiezo a arreglarme. Bajaré pronto, madre.
Estoy segura de que ella se marcha, pues puedo escuchar sus pasos. Volteo a ver a Leila y, sin decir nada más, voy hacia el vestidor, tomo una pequeña maleta y empiezo a llenarla de ropa, solo la necesaria. Cuando Leila ve lo que hago, trata de impedirlo, pero yo no se lo permito y sigo haciendo la maleta lo más rápido posible. No me voy a quedar aquí para que me casen con un anciano; definitivamente prefiero la muerte y la deshonra antes que eso, no puedo permitir que un viejo rabo verde me toque.
JADE AL-QALA
Sabía que Allah tenía nuestro destino escrito, pero jamás me imaginé que tomar una decisión tan precipitada me traería tantas consecuencias. Tomo mi maleta y la coloco en mi hombro mientras mi hermana sigue llorando como una Magdalena; me acerco a ella y acaricio sus mejillas.
-Prométeme una cosa. -Ella limpia sus mejillas y asiente.
-Lo que quieras, te prometo que haré lo que tú quieras.
Le sonrío con ternura y suspiro; solo deseo que ella haga lo que ni mi hermana y yo hicimos, encontrar el verdadero amor y casarse tan enamorada que jamás se sentirá sola, ni traicionada, ni utilizada como una maldita moneda de cambio. Le sonrío y suspiro.
-Siempre harás lo que tu corazón te diga y nunca dejarás que nadie te humille, ni te utilice.
Ella asiente a todo lo que le digo, tomo la maleta entre mis manos y sigo sonriendo como si no sucediera nada, pero ella sabe perfectamente lo que haré, así que abre sus ojos muy grandes.
-¿Te irás? -pregunta-. ¿Y si papá se da cuenta? ¿Y si te logras escapar, pero te encuentra Jade? Tengo miedo, tú conoces las consecuencias de desobedecer.
Lanzo un gran suspiro y asiento.
-Lo sé, Leila, pero tengo que hacerlo; solo ve al comedor y si te preguntan por mí, les dices que regresé a la habitación, ¿vale?
Ella se pone de pie y me abraza. Me separo de ella y beso su sien. Tengo que admitir que me aterra dejarla cuando conozco perfectamente su destino, que no es distinto al mío, pero tengo que marcharme. Sé que algún día volveré por ella, no lo sé, lo prometo a ella, lo hago conmigo misma; tarde o temprano volveré por ella.
Ella abre la puerta y revisa si mi madre o mi padre se encuentran cerca; cuando me mira, me sonríe y sé que el lugar está libre, así que ella se marcha y yo salgo detrás de ella. Camino hacia el jardín, que es el único lugar por donde puedo salir sin que nadie se dé cuenta; cuando logro llegar hasta la puerta trasera, escucho carcajadas y lo que mi padre le dice a ese hombre hace que la piel se me erice y el estómago se me revuelva.
-Eres afortunado, Amin, mira que tener a una mujer virgen en tu noche de bodas con la que puedas hacer lo que quieras; vaya que ya quisiera yo una así alguna de estas noches.
El hombre ríe sin parar y cuando por fin su risa para, le responde.
-Tú no te imaginas lo que le haré, gritará hasta que su garganta se desgarre, eso tenlo por seguro.
Trago el nudo que se ha formado en mi garganta y me doy la vuelta de inmediato; mi padre está completamente loco si piensa que ese hombre me pondrá una mano encima; primero muerta antes que ese hombre se atreva a tocarme.
Me dirijo hacia la pequeña barda y, antes de que me arrepienta o que mi padre me descubra, me subo en ella con algo de dificultad, ya que es demasiado alta. Estoy a punto de saltar cuando algo hace que devuelva la mirada a la que un día fue mi hogar, y ahí de pie, con el ceño fruncido y bastante molesta, se encuentra mi madre. Ella empieza a negar y, antes de que intente detenerme, salto hacia la calle y comienzo a correr. Escucho los gritos de mi madre llamando a mi padre para que me detenga, pero en este momento es lo que menos pienso hacer; no me detendré, no me importan las consecuencias, ¡no lo haré!
He corrido demasiado, pues mis piernas se empiezan a sentir pesadas. Me detengo, parece que los he perdido, me recargo en un enorme muro y suspiro. Tengo que buscar un taxi y sobre todo un hotel o algo donde pueda pasar la noche, pero hay un problema, no tengo ni un solo riyal, pero ahora que lo recuerdo, las joyas de mi abuela. Abro mi maleta y saco las joyas que mi abuela me regaló.
Mi abuela era la mejor mujer del mundo a pesar de que sufrió lo mismo que cada mujer de este país, pero, por el contrario de mi madre, ella siempre nos enseñó a luchar por lo que queríamos, así que el deshacerme de ellas no es fácil para mí. Tengo que decir que esto me duele, pero no tengo otra forma de conseguir dinero, así que con todo el dolor de mi corazón me dirijo al Zoco *mercado tradicional árabe*; seguramente ahí encontraré un lugar donde pueda empeñar mis joyas.
Camino hacía el centro de la ciudad, todo estaba muy oscuro, pocas personas habían en la calle y un aire helado golpeó mi cuerpo que hizo que mi piel se erizara, solo esperaba que esto no fuera un mal presagio, rezaba por Allah que todo saliera como lo había planeado pero también sabía que estaba haciendo mal con mis acciones pues estaba desobedeciendo, así que no sabía si mis rezos serían escuchados, aunque tenía la esperanza de que si lo fueran y al ver una luz al final de la calle sonreí, pensé que lo había logrado llegaría al lugar indicado para dejar las joyas que mi abuela me había regalado y poder conseguir un poco de dinero, sonreí como tonta pues entre más caminaba más cerca me sentía de ser libre, faltaba tan poco para llegar que pensé que lo había logrado pero, me equivoqué.
De pronto empecé a escuchar pasos cerca de mí, así que de inmediato volteo, pero no había absolutamente nada. Sacudo mi cabeza negando; creo que simplemente son los nervios de todo lo que está sucediendo, pero apenas doy otro paso y alguien suelta una carcajada.
Entonces no me estaba volviendo loca y mucho menos eran mis nervios; volteo solo un poco y observo a unos hombres que caminan tras de mí; mientras ellos siguen riendo, uno de ellos dice.
-Ya viste qué belleza nos encontramos, por Allah, esta noche nuestra cena está servida.
Trato de caminar un poco más rápido mientras ellos siguen hablando entre sí, pues no soy tonta, sé perfectamente que se refieren a mí.
-¡Allah! Qué belleza, parece que el banquete es enorme y podremos disfrutar todos.
Cuando el hombre dice esto último, no lo pienso más y empiezo a correr, pero mis esfuerzos son en vano, pues no llego muy lejos cuando alguien me toma del brazo tan fuerte que me lastima. Grito pidiendo ayuda, pero de inmediato cubre mi boca y me toma por la cintura tan fuerte, pegándome completamente a su cuerpo. Su asqueroso aliento golpea en mi rostro, acerca tanto su boca que muerde un poco el lóbulo de mi oreja. Cierro mis ojos con fuerza, siento que voy a vomitar.
Sus sucias manos empiezan a recorrer mi cuerpo de forma obscena; siento como mis ojos se llenan de lágrimas. Intento forcejear con él, pero todos mis intentos son en vano.
Observo a dos hombres acercarse y mi cuerpo se sacude de forma violenta al saber qué es lo que me puede pasar.
Uno de ellos intenta quitar mi maleta, pero me aferro con todas mis fuerzas; es lo único que tengo, pero al ser él más fuerte, termina por arrancármela de las manos.
Empiezan a tirar todas mis cosas al suelo y observo cómo las joyas de mi abuela caen al suelo.
-Esta noche Allah está de nuestro lado -habla uno de los hombres-. Al parecer no solo la pasaremos bien contigo, belleza, sino que no nos iremos con las manos vacías.
El hombre que me sostiene con fuerza pasa su lengua por mi mejilla y mi cuerpo se estremece del asco.
Pasa su asquerosa boca por mi cuello y grito pidiendo ayuda, pero al parecer nadie oye mis súplicas.
¡Allah yusaeiduni!, suplico.
Los otros hombres se acercan y uno de ellos intenta besarme, pero no dejo que lo haga, así que él me toma con fuerza del rostro y pone su asquerosa boca sobre la mía; siento tanto asco y repulsión.
Pero no voy a permitir que estos hombres se salgan con la suya, así que sin pensarlo dos veces muerdo tan fuerte su boca que el sabor metálico de su sangre llena mi boca por completo.
-Perra -dice soltándose de mi agarre y a los segundos siento como su puño impacta en mi rostro haciendo que mi cuerpo caiga de forma brusca sobre el suelo.
Por unos segundos quedo desorientada sin saber qué está pasando hasta que siento cómo muerden mi cuello de forma violenta, haciendo que un grito desgarrador escape de mis labios.
-¡No!... -¡Por favor, no!... No me hagan... daño -suplico entre lágrimas viendo cómo un hombre se sube sobre mí.
-¡Cállate! -dice uno de los hombres y me da una bofetada que me hace girar el rostro; siento cómo rompe mi abaya y empieza a tocar mis pechos.
Los otros dos hombres me sostienen con fuerza; uno me sostiene de los brazos y el otro de las piernas.
Me siento sucia y asqueada; Allah, prefiero la muerte antes que estos hombres profanen mi cuerpo.
Tiemblo del miedo al escuchar cómo el hombre que está sobre mí baja el cierre de su pantalón.
Pensé que todos mis esfuerzos serían en vano cuando de pronto escucho una voz ronca que me eriza la piel.
-Son unos malditos, ¿acaso no han nacido de una mujer? ¡Aléjense de ella! si es que quieren vivir.
Ellos sueltan una carcajada y el hombre que estaba encima de mí se pone de pie, chasquea su lengua como si se estuviera burlando de la persona que los acaba de amenazar. Sigo forcejeando para soltarme, pero obviamente son mucho más fuertes. Mi vista está nublada por las lágrimas, pero puedo ver al hombre caer a un costado de mí. Abro los ojos sorprendida; los hombres que me estaban sosteniendo de inmediato me sueltan. Trato de cubrirme con mi ropa desgarrada.
Limpio mis lágrimas y, mientras ellos se enfrentan, trato de tomar todas mis cosas, aunque no lo hago con éxito, pues un enorme dolor de cabeza hace que todo se vuelva completamente oscuro y quede a merced de ellos.
JADE AL-QALA
Abro mis ojos, pero se me dificulta ver; siento que mis ojos pesan. Toco mi cabeza y un gemido de dolor escapa de mis labios al sentir cómo mi cabeza va a estallar del dolor.
El simple respirar hace que todo mi cuerpo duela y se me dificulte moverme. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que no es mi habitación, así que de inmediato me siento en la cama y al hacerlo siento cómo mis ojos se llenan de lágrimas al ver que estoy completamente desnuda. Trato de ponerme de pie, pero el dolor es tanto que no puedo hacerlo.
Niego con la cabeza sintiendo cómo las lágrimas resbalan por mis mejillas.
¡No!, Allah, esto no puede ser, ¿acaso han profanado mi cuerpo?, me pregunto, pero ¡no!, me daría cuenta, o ¿es que se siente diferente?, no lo sé.
Tomo las sábanas entre mis manos y trato de cubrir mi desnudez.
De pronto se abre la puerta y por esta entra una chica que por su vestimenta me doy cuenta de que es una chica de servicio; me sonríe y baja la mirada al darse cuenta de que trato de ocultar mi desnudez.
Camina hasta llegar hasta donde estoy y se para frente a mí; mientras trato de encogerme en mi lugar, ella carraspea tratando de llamar mi atención. Levanto la mirada y, al encontrarme con su mirada preocupada, mis ojos se llenan de lágrimas.
-¿Acaso me hicieron daño? -preguntó con la voz entrecortada; ella abre los ojos sorprendida por lo que preguntó y rápidamente niega.
-¡No!, no te hicieron daño -responde.
-¿Entonces por qué estoy desnuda?
-No se preocupe, señorita, mi madre y yo la desnudamos y limpiamos su cuerpo, ya que estaba llena de sangre, había perdido la conciencia y el médico vino a revisarla y dijo que solo habían sido unos golpes y nada más; en un momento le traigo ropa limpia para que se dé un baño.
-Gracias -susurro con la mirada en el suelo.
-No tiene nada que agradecer, señorita. -Se queda en silencio por unos segundos-. El señor pidió que cuando despertara le informara.
Abro los ojos sorprendida al escuchar lo que dice y niego.
-¿Acaso él? -intento preguntar.
-No, señorita, el señor fue quien la rescató y desea hablar con usted.
-¿Sobre qué? -preguntó.
-No lo sé, señorita, es mejor que coma algo -dice poniendo una bandeja de comida sobre una mesita-. En un momento regreso.
Pero antes de que se vaya, tomo su mano e impido que se vaya.
-No me deje sola, por favor -suplico.
-No se preocupe, aquí está segura, aquí nadie le hará daño -y sin más sale de la habitación dejándome sola.
Observo la comida y en verdad muero de hambre, pero siento que terminaría vomitando por todo lo que ha pasado en las últimas horas.
Pasaron unos minutos y la misma chica regresó y me di cuenta de que traía ropa entre sus manos; la coloca sobre la cama y me sonríe amablemente.
-Estoy segura de que esta ropa puede quedarle bien. Le prepararé el baño. También quería decirle que ya le informé al señor que ya despertó, así que él me pidió que se diera un baño, cenara y cuando terminara fuera a su despacho.
Me quedo en silencio, ya que no sé qué decir. ¿Quién será ese hombre?, ¿por qué me ayudó?, ¿qué quiere de mí? Muchas preguntas pasan por mi mente hasta que recuerdo las joyas de mi abuela y mi maleta. Miro hacia todos lados, buscando mis cosas y, extrañamente, ahí está, pero mi ropa se encuentra sucia y desecha.
Con dificultad me levanto de la cama y camino hacia donde está mi maleta, saco todas mis cosas y ¡sí!, las joyas desaparecieron. Me dejo caer al suelo sintiendo cómo las lágrimas resbalan de mis mejillas.
¿Y ahora qué haré? No tengo dinero, no tengo a dónde ir; las joyas de mi abuela eran lo único que tenía.
Al parecer, sí es un castigo de Allah al no haber obedecido, al no haber aceptado mi destino.
La chica me llama y la observo aún con lágrimas en los ojos; me ayuda a levantarme del suelo y trato de sonreír, pero no funciona.
Me señala el baño y camino con pasos lentos, lo más que me permite el dolor, ya que me duele y me duele demasiado. Cuando por fin logro llegar al baño, me doy cuenta de que es enorme; mi casa cabría fácilmente en este baño. Es realmente precioso. Abro la boca sorprendida al ver una tina llena de espuma; huele delicioso.
La chica se para a mi lado y me extiende su mano y dejo caer la sábana que cubre mi cuerpo y tomo su mano para ayudarme a entrar a la tina. Al sentir como el agua caliente entra en contacto con mi cuerpo, puedo sentir como mis músculos se relajan y dejo caer mi cabeza hacia atrás y cierro mis ojos mientras las lágrimas aún siguen bajando; no sé qué haré.
Regresar a mi casa ya no es una opción; podría llamar a mi hermana, pero sé perfectamente que ella me entregaría a mi padre y el castigo sería muy grande al haber deshonrado a mi familia.
Tengo que decir que tengo miedo; muy dentro de mí tengo miedo de quién pueda ser este hombre, miedo de lo que pueda hacer conmigo.
Ahora ya no estoy tan segura de si tomé la decisión correcta de haber escapado, pero muy dentro de mí no me arrepiento de lo que hice porque jamás podría vivir la vida que lleva mi hermana, maltratada, humillada, solo por un poco de dinero.
Cuando el agua se empieza a poner fría, me pongo de pie y tomo una toalla, enredo mi cuerpo maltratado y suspiro; solo espero que este hombre no me pida nada a cambio por su ayuda, aunque podría pedirle algún trabajo, ¡sí!, eso puede ser.
Se supone que nosotras jamás seríamos unas chicas de servicio, pero si es necesario para poder pagar mi deuda a este hombre y que me dé algunas monedas, no me importaría; necesito salir del país, necesito irme de este lugar porque el infierno que me espera no será nada fácil si me quedo aquí.
Con ayuda de la chica logro llegar a la habitación, dejo caer la toalla y empiezo a vestirme con algo de dificultad; trato de que las lágrimas ya no resbalen por mis mejillas, pero no puedo conseguirlo y más ahora que no sé cuál será mi destino.
Al estar ya vestida, la chica me ayuda a sentarme frente al tocador y comienza a peinar mi cabello. Al ver mi reflejo en el espejo, no puedo evitar que un gemido de dolor escape de mis labios al ver mi rostro; puedo observar los moretones que tengo, mi labio roto y mi nariz con un gran corte sobre ella. Miro mi cuello y puedo ver la gran mordida que tengo sobre él.
Muerdo con fuerza mi labio inferior tratando de reprimir el llanto; todo lo que pasó es mi culpa; si yo no hubiera escapado, nada de esto estaría pasando.
-¡Allah, perdóname! -susurró bajando la mirada.
Siento cómo tocan uno de mis hombros como tratando de reconfortarme y a los segundos escucho la voz de la chica.
-El señor la espera, señorita. -Subo la mirada, encontrándome con sus ojos por el reflejo del espejo.
-Está bien -susurró.
Me ayuda a ponerme de pie y salimos de la habitación a paso lento. Observo todo el lugar y puedo notar el lujo en cada rincón del lugar; puedo notar muchos sirvientes y, al pasar al lado de ellos, todos me miran y susurran bajito. Bajo la mirada, no quiero que nadie me vea así. Ya llevamos varios minutos caminando y aún no hemos llegado al despacho de ese hombre; muchas preguntas pasan por mi mente y la principal es: ¿Quién es ese hombre?
Puedo darme cuenta de que es un hombre adinerado, que no es un hombre común; solo espero que estar aquí no me meta en más problemas de los que ya estoy.
A cada paso que daba sentía que mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho; sentía cómo mi corazón golpeaba a un ritmo que sentía que en cualquier momento me terminaría desmayando.
Llegamos a una enorme puerta y vi cómo la chica dio unos golpesitos y a los segundos pude escuchar esa voz, esa voz que escuché antes de desmayarme.
-Adelante. -Siento cómo mi cuerpo se eriza al escuchar esa voz tan demandante y autoritaria.
La chica abre la puerta y me insta a entrar, pero yo estoy como si estuviera pegada al suelo, no me muevo de mi lugar.
Siento que si entro a ese lugar es como si estuviera entrando a la cueva del lobo, un lobo que en cualquier momento me haría pedazos.
La chica me empuja un poco y con dificultad hace que entre al despacho; trato de hablarle que no me deje sola, pero al instante cierra la puerta dejándome sola con ese hombre en ese enorme lugar.
Observo el lugar y me detengo al ver a un hombre que está de espalda viendo por el enorme ventanal.
Veo su imponente figura; debe medir, si no estoy mal, casi los dos metros. Veo su espalda y, aunque el traje que lleva puesto cubre su cuerpo, sus músculos son muy visibles.
Él se da la vuelta y, al hacerlo, abro los ojos por la sorpresa de quién es.
¿Por qué Allah?, ¿por qué de todos los hombres tuvo que ser él el que me ayudara?