"Josie, tú y la señora Walsh eran muy buenas amigas. Por eso, tu hija debería casarse con su hijo...".
Justo cuando Rosina Bentley se acercó a la habitación, oyó la voz de un hombre en el interior y se detuvo en seco.
"¿Qué quieres decir, Perry?". Josie Morris lo miró con amargura. "Acabo de perder a mi hijo. ¿Cómo te atreves a intentar quitarme también a mi hija? ¡Eres un bastardo sin corazón!".
Ocho años atrás, Perry Bentley, el padre de Rosina, las había abandonado a ella y a su madre embarazada en un país extranjero. Hace un mes, cuando el hermano de Rosina sufrió un accidente automovilístico, ese hombre ni siquiera se dignó a visitarlos.
Pero ahora había aparecido de la nada para obligarla a casarse con un desconocido.
"¿De qué hijo hablas? No era más que un bastardo. ¿Por qué estás tan enfadada?", Perry puso los ojos en blanco y replicó: "El hombre con el que se casará pertenece a la familia Walsh, es guapo y rico. Rosina vivirá sin preocupaciones con él".
"¿No tienes una hija con esa zorra? Si casarse con un Walsh es tan bueno, ¡haz que se case tu otra hija! Mientras yo siga viva, ¡no permitiré que nadie le haga daño a Rosina!".
Perry guardó silencio porque se sentía un poco culpable.
El señor Walsh era un hombre distinguido, pero un mes atrás había sufrido un accidente automovilístico mientras estaba en el extranjero. Ahora estaba discapacitado y había perdido su virilidad, por lo que era infértil.
Quien se casara con él estaría condenada a no tener hijos.
"Solo vine a informarte de lo que va a pasar. No tienes derecho a opinar". Luego recorrió la habitación con una mirada significativa. "Las facturas del hospital deben de ser muy caras, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo podrán sobrevivir con el miserable sueldo de su hija? ¡No sean tan tercas!".
"¡Perry! ¡Maldito bastardo!". Josie, que ya tenía una salud delicada, se enfureció tanto que empezó a toser con violencia.
"Me casaré con él". Rosina irrumpió en la habitación y corrió al lado de su madre. Mientras le daba palmaditas en la espalda, miró a su padre con expresión impasible. "Me casaré con él, pero con una condición".
Perry se quedó mirándola, atónito.
En los últimos ocho años, la chica había crecido mucho, pero estaba muy delgada, casi desnutrida. Para él, no era ni de lejos tan hermosa como su otra hija.
"¿Qué?", preguntó con el ceño fruncido.
"Quiero que nos lleves de vuelta a casa. También quiero que devuelvas todos los bienes que le pertenecían a mamá", respondió la joven con voz fría pero firme.
"Rosina...". Josie trató de disuadirla.
Su hija ya había sufrido demasiado y no quería verla sacrificar su futuro por ella.
Perry, preocupado de que la chica cambiara de opinión, se apresuró a decir: "Mientras te cases con él, las llevaré de vuelta a casa".
"¿Y las propiedades de mamá?".
Al ver que ese tipo seguía dudando, Rosina soltó una risa burlona.
"Estoy segura de que mi hermanastra es muy hermosa, ¿verdad? Por eso no querrías que se casara con un discapacitado, o su vida se arruinará. Además, tú y mi madre están divorciados. ¿No es justo que le devuelvas lo que le pertenece?".
Perry sintió que un sudor frío le recorría la espalda. ¿Cómo sabía Rosina que el hombre con el que iba a casarse era discapacitado?
Además, ella tenía razón. Su otra hija era preciosa. ¿Cómo podía permitir que se casara con un discapacitado?
Con eso en mente, Perry apretó los dientes y dijo: "¡De acuerdo! Les devolveré todo después de que te cases con él. ¡Tu madre no supo criarte, mocosa insolente!".
Mientras hablaba, la recorrió con una mirada fría. Ahora la odiaba aún más. No solo era una chica de lengua afilada, sino también una codiciosa.
Rosina puso los ojos en blanco, pero no tenía intención de discutir.
En ese momento no tenía poder para enfrentarse a él, así que no podía permitirse provocarlo.
"Haz las maletas. Mañana nos vamos". Sin esperar respuesta, Perry salió dando un portazo.
"Rosina, el matrimonio no es un asunto trivial. No permitiré que hagas esto". Josie frunció el ceño.
La chica le tomó la mano y dijo en voz baja: "No me casaré con un completo desconocido. Es el hijo de tu amiga, ¿verdad?".
"Sí, pero ella murió hace mucho tiempo. Y nunca conocí a su hijo. Aunque eso signifique romper mi promesa, no puedo dejar que te cases con alguien a quien no amas. No puedes usar tu matrimonio como moneda de cambio. Prefiero quedarme aquí el resto de mi vida antes que obligarte a hacer algo así". Josie le apretó la mano con suavidad y suspiró.
¿Amor? Rosina sonrió con amargura.
Bajó la cabeza para ocultar sus verdaderos sentimientos. No le importaba con quién se casara, sino recuperar todo lo que les habían quitado.
Al ver que no podía hacer cambiar de opinión a su hija, Josie regresó con ella a su país de origen al día siguiente.
Perry ya había organizado todo para que vivieran en un apartamento alquilado.
En cuanto Rosina dejó el equipaje, sintió una repentina oleada de náuseas que no pudo contener.
"Cariño, ¿estás bien? ¡Estás pálida!". Josie se apresuró a sostenerla, con el rostro lleno de preocupación.
"Estoy bien. Solo estoy cansada por el vuelo. Ahora iré a mi habitación".
Rosina no quería que su madre se preocupara, así que inventó una excusa sencilla y se encerró en su habitación.
Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, luchando por contener las ganas de vomitar.
Había pasado más de un mes desde aquella noche y su período llevaba diez días de retraso...
Sacudió la cabeza y se negó a seguir pensando en ello.
A la mañana siguiente, Rosina fue al hospital para hacerse un chequeo a espaldas de su madre.
Salió del hospital con las palabras del médico resonando en su mente.
"Tiene seis semanas de embarazo".
Aturdida, se llevó una mano al vientre.
Un mes atrás, necesitaba dinero con urgencia para que su hermano pudiera recibir tratamiento y, desesperada, había terminado por aceptar un trato absurdo y pasar una noche apasionada con un completo desconocido.
Los ojos de Rosina se llenaron de lágrimas y no tenía ni idea de qué hacer.
La idea de abortar le revolvía el estómago.
Apretó con fuerza el informe de la ecografía.
De repente sonó su celular y, al ver que Perry la llamaba, dudó un momento antes de contestar.
"¿Qué?", espetó con impaciencia.
"¿Cómo te atreves a hablarle así a tu padre?", rugió el hombre.
"¿Padre...? ¿Qué clase de padre abandonaría a su familia en un país extranjero?".
Perry las había abandonado a ella y a su madre embarazada en aquel país, sin un solo centavo.
De no ser porque habían aceptado varios trabajos, habrían muerto de hambre.
¿Padre? ¡Qué broma!
"Eso es agua pasada. De todos modos, ven a verme al centro comercial. Te enviaré la dirección por mensaje".
Luego, sin esperar respuesta, colgó.
Rosina frunció el ceño, pero como Perry aún no había devuelto las pertenencias de su madre, decidió que por el momento era mejor obedecerlo.
Media hora más tarde, su taxi se detuvo frente a una tienda de ropa femenina.
En cuanto Rosina bajó del auto, vio a su padre esperando con impaciencia en la entrada.
"¿Qué hacemos aquí?", preguntó en voz baja.
Perry la miró de arriba abajo y arrugó la nariz con desdén antes de soltar: "El señor Walsh quiere verte. ¿De verdad piensas presentarte ante él con esa ropa tan raída? ¿Intentas avergonzarme?".
"Si fuera rica, ¿crees que llevaría esta ropa y que mi hermano habría muerto porque no tenía dinero para pagar su tratamiento? Como mi supuesto padre, deberías saber todo esto, ¿no?".
Los ojos de Rosina brillaron con fiereza mientras apretaba los puños.
Al verse reprendido de esa manera, Perry pareció algo avergonzado y tosió con incomodidad antes de decir: "Olvídalo. Tienes suerte de que ahora me ocupe de ti. De todos modos, los Walsh llegarán pronto a casa, así que date prisa y compra ropa nueva. No podemos hacerlos esperar".
Rosina puso los ojos en blanco, pero no dijo nada más.
En cuanto puso un pie dentro de la tienda, una amable vendedora se acercó a ellos. Perry empujó a la joven hacia delante y gruñó: "Busque algo decente para ella, por favor".
La vendedora estudió la figura de Rosina y asintió. "Claro. Por favor, sígame, señorita".
La vendedora se dirigió a un perchero y sacó un vestido azul claro. "Tenga, pruébeselo. El probador está allí, al fondo".
Rosina tomó el vestido y se dirigió al probador, siguiendo las indicaciones de la vendedora.
"Caldwell, ¿de verdad tienes que casarte con esa chica Bentley?", preguntó una mujer con un dejo de agravio en su voz coqueta.
Rosina aguzó el oído y miró con curiosidad por la rendija de una puerta. Dentro del probador privado, vio a una mujer rodeando con los brazos el cuello de un hombre y haciendo pucheros como una niña mimada mientras decía: "Deberías casarte conmigo, no con ella. Esa noche, ¿no dijiste...?".
Sonya Brewer dejó que su voz se apagara a propósito.
Al ver su expresión agraviada, Caldwell Walsh se sintió culpable y preguntó en voz baja: "¿Te lastimé esa noche?".
Sonya bajó la cabeza y se apoyó en su pecho. "Sí", respondió con timidez.
Aquella noche, él necesitaba a una mujer. Sonya ya no era virgen, pero no podía permitir que él lo descubriera, así que había recurrido a ciertos trucos.
"No te preocupes. Yo cuidaré de ti", dijo Caldwell mientras la atraía hacia sí.
Sonya asintió, sonriendo para sus adentros.
Al ver que ambos estaban a punto de salir del probador, Rosina se apresuró a esconderse en el de al lado.
Mientras se probaba el vestido, recordó la conversación que acababan de tener y tuvo la impresión de que hablaban de la familia Bentley.
¿Era él el hombre con el que iba a casarse?
¡No, no podía ser él!
Negó con la cabeza.
El hombre del probador estaba perfectamente sano, mientras que su futuro esposo era discapacitado.
Después de cambiarse, Rosina salió y revisó el probador de al lado, pero lo encontró cerrado.
La vendedora sonrió y la elogió: "¡Le queda muy bien!".
Al verla con el vestido, Perry asintió con aprobación y fue a pagarlo, pero se quedó helado al oír que costaba más de treinta mil dólares. Aun así, al recordar que Rosina estaba a punto de conocer al señor Walsh, apretó los dientes y entregó su tarjeta de crédito. Luego dijo con frialdad: "Vámonos".
Con la cabeza gacha, la chica lo siguió hasta su auto.
No tardaron en detenerse frente a una mansión.
Rosina resopló mientras esperaba frente a la puerta.
Mientras ella y su madre llevaban una vida miserable en un país extranjero y luchaban por pagar el tratamiento de su hermano, su padre y su amante disfrutaban de una vida de lujo en aquella magnífica mansión.
"¿Por qué sigues ahí parada?", la reprendió Perry con fastidio.
Su voz la sacó de sus pensamientos y Rosina se apresuró a alcanzarlo.
Un criado los hizo pasar y les informó que el señor Walsh aún no había llegado. Perry le dijo a Rosina que esperara en el salón.
Cerca de las ventanas francesas del salón había un hermoso piano que su madre le había comprado para su quinto cumpleaños.
Desde niña le encantaba tocar el piano, pero no había vuelto a hacerlo desde que la enviaron al extranjero.
Rosina apoyó el índice sobre una tecla y la presionó con suavidad. Una nota clara y melodiosa resonó en el aire.
Esa sensación familiar le llenó el corazón de calidez.
"¿Quién dijo que podías tocar mi piano?". Una voz furiosa resonó detrás de ella.
Rosina miró por encima del hombro y observó a la joven con indiferencia.
Probablemente era su hermanastra. Tenía un gran parecido con la amante de Perry, Aurora Bentley, y era guapa.
Sin embargo, en aquel momento su bonito rostro estaba deformado por la ira.
"¿Tu piano?". La mirada de Rosina se volvió fría.
La madre de esa chica había destruido el matrimonio de Josie y se había apropiado de todo lo que le pertenecía. Y ahora tenía la audacia de reclamar este piano.
"Tú... ¿eres Rosina?". Tiana Bentley torció los labios con desprecio.
Aún recordaba el día en que Perry las había enviado al extranjero. La pequeña Rosina había caído de rodillas y le había suplicado entre lágrimas que las dejara quedarse.
"Debes de estar muriéndote de felicidad ahora que papá te trajo de vuelta". Se cruzó de brazos y miró a Rosina con desdén.
"Pero solo lo hizo porque necesita que te cases con alguien de la familia Walsh. El hombre con el que vas a casarte es...", se burló.
Tiana se tapó la boca con una mano.
Si Rosina se casaba con un lisiado, su vida estaría acabada.
Rosina frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir algo, una criada se acercó de pronto.
"El señor Walsh ha llegado", anunció.
Perry se apresuró a salir para recibirlos en persona.
Poco después, un hombre entró en el salón en silla de ruedas. Cuando Rosina vio su rostro, se quedó paralizada.
¿No era el hombre que acababa de ver en el probador?
¡Así que él era el hombre con el que iba a casarse!
Pero antes lo había visto de pie sin ayuda e incluso sosteniendo a una mujer entre sus brazos.
¿Qué demonios estaba pasando?
"Rosina, ven aquí enseguida. Este es el señor Caldwell Walsh", dijo Perry mientras llevaba a su hija frente al recién llegado con una sonrisa aduladora. "Ella es mi hija, Rosina Bentley".
Caldwell la miró de arriba abajo con el ceño fruncido.
Antes de morir, su madre le había recordado una y otra vez el matrimonio que había concertado para él. No podía ir en contra de su última voluntad, así que, tras el accidente, fingió estar discapacitado con la esperanza de que los Bentley rompieran el compromiso.
Al ver que el rostro de Caldwell se oscurecía, Perry pensó que Rosina no era de su agrado y se apresuró a explicar: "Ella acaba de cumplir dieciocho años. Estoy seguro de que se volverá más hermosa cuando crezca".
Caldwell esbozó una sonrisa irónica. "Hace poco sufrí un accidente durante un viaje de negocios. No podré volver a caminar... ni tampoco darle un hijo".
"No me importa", respondió Rosina con firmeza.
Mientras se casara con alguien de la familia Walsh, Perry le devolvería las propiedades de su madre. Aunque su matrimonio durara un solo día, él estaría obligado a cumplir su parte del trato.
Rosina miró con determinación al hombre, pues sabía exactamente lo que intentaba hacer.
Había llegado en silla de ruedas con la esperanza de que los Bentley rompieran el compromiso. Si lo hacían, sería libre y se casaría con la mujer a la que había abrazado.
Pero no contaba con que Perry estuviera dispuesto a sacrificar a Rosina para cumplir la promesa entre Josie y la madre de Caldwell.
Caldwell frunció el ceño y la fulminó con la mirada.
Rosina sintió una punzada de amargura. No era que quisiera casarse con él, pero, si no lo hacía, no podría recuperar lo que le pertenecía a su madre.
Con eso en mente, esbozó una sonrisa forzada y dijo: "El compromiso se acordó cuando éramos pequeños. No importa en qué clase de persona te hayas convertido. Debemos casarnos. Es lo que nuestras madres querían".
La expresión de Caldwell se congeló al instante. 'Esta mujer es más lista de lo que parece', pensó.
Perry, sin notar la tensión, preguntó con cautela: "En cuanto a la fecha de la boda...".
Caldwell apretó la mandíbula y respondió: "La boda se celebrará según lo acordado".
Rosina bajó la vista para ocultar la mezcla de alivio y temor que la invadía. No se atrevía a mirarlo, pues era evidente que no estaba satisfecho con el matrimonio.
"Si Rosina comete algún error, por favor, castíguela por mí", dijo Perry entre carcajadas.
Para él, casar a su hija no deseada con Caldwell era una jugada maestra que le traería enormes beneficios.
Perry inclinó ligeramente la cabeza y dijo en voz baja: "Le pedí al cocinero que nos preparara una cena deliciosa".
"No, gracias. Tengo otro asunto que atender", respondió Caldwell sin dudar.
Acto seguido, Tyson comenzó a empujar la silla de ruedas para sacarlo de allí. Al pasar junto a Rosina, Caldwell levantó una mano para indicarle a Tyson que se detuviera.
Luego alzó la cabeza y clavó la mirada en la joven. "¿Está libre ahora, señorita Bentley?".
Aunque era una pregunta, sonó como una orden.
Rosina no tuvo más opción que asentir. Parecía que él tenía algo que decirle.
Eso le venía perfecto, pues ella también tenía algo que decirle.
Perry le lanzó una mirada de advertencia a su hija y susurró: "Compórtate".
Rosina lo ignoró y siguió a Caldwell, pues sabía perfectamente lo que su padre planeaba. ¿Cómo podía ese hombre estar tan seguro de que ella lo ayudaría después de casarse con alguien de la familia Walsh?
¿Solo porque era su padre?
¿Acaso alguna vez la había tratado como a una hija?
¿Tenía la más mínima idea del infierno que había sido su vida durante los últimos ocho años?
Rosina estaba tan absorta en sus pensamientos que no advirtió que la silla de ruedas frente a ella se había detenido. Chocó contra el respaldo y retrocedió con torpeza.
Caldwell giró la silla para mirarla y entrecerró los ojos. "¿Quieres casarte conmigo aunque esté discapacitado? No eres una mujer quisquillosa. ¿Por qué? ¿Es por mi dinero? ¿O es que estás desesperada por casarte con alguien de una familia rica?".
A Rosina se le erizó la piel bajo su intensa mirada, pero logró mantener una expresión tranquila. "¿No estás fingiendo estar discapacitado?".