Mi esposo, Julian Mcgee, una estrella en ascenso de Manhattan y heredero de una familia muy influyente, una vez estuvo totalmente consagrado a mí. De hecho, desafió a sus padres elitistas por nuestro amor y me prometió que estaríamos juntos para siempre.
Sin embargo, después de un tiempo, apareció Katia French. Un día, encontré una carpeta secreta en el portátil de mi esposo, con un montón de fotos de ella y análisis detallados de su vida. Parecía obsesionado.
Cuando le pregunté al respecto, él me prometió que no era nada, solo "curiosidad", y yo, aferrándome al recuerdo del hombre que me adoraba, elegí creerle. A pesar de eso, su manera de "manejar" el asunto fue comenzar un romance con ella, llevándola a eventos públicos, lo cual fue supremamente humillante para mí.
Cuando descubrí que estaba embarazada, esperé que nuestro bebé salvara nuestra relación. De hecho, durante unas semanas, él parecía feliz.
Sin embargo, una vez, Katia llamó, diciendo que Julian también quería un bebé con ella y que estaba perdiendo mi "puntuación" en su corazón. Entonces, un día, en un momento de pura frustración, le di un bofetada a esa mujer. El castigo de mi esposo fue terrible: hizo que me arrestaran, aun sabiendo que yo tenía tres meses de embarazo, y me dejó en una celda fría.
Incluso se inclinó hacia mi vientre y susurró: "Tu madre se portó mal, y este es su castigo".
El hombre que una vez movió cielo y tierra por mí ahora me abandonaba en una celda, dándole prioridad a su amante. Mi cuento de hadas se había convertido en una pesadilla, y yo no podía entender cómo habíamos llegado a todo esto.
Capítulo 1
El metal frío de las esposas se clavaba en las muñecas de Esther. La mujer miró a su esposo, Julian Mcgee, quien tenía una expresión llena de indiferencia. Al lado de él, Katia French lo agarraba del brazo con una leve sonrisa de triunfo.
"Julian, por favor", suplicó Esther con voz entrecortada. "No la toqué. Ella se cayó sola".
Julian la miró con frialdad. Él era un prodigio del derecho, heredero de una dinastía neoyorquina, el hombre que se suponía que la amaría para siempre, pero ahora la miraba como si fuera una extraña, algo que no valía nada.
"Llévensela", les ordenó él a los oficiales que había llamado personalmente. "Necesita aprender una lección".
Tomó esa decisión para calmar a Katia, su nueva obsesión, y lo hizo mientras Esther tenía tres meses de embarazo.
Inseguros, los oficiales miraron el vientre de la mujer. "Señor, está embarazada".
"Solo va a ser una noche en una celda", respondió el hombre con frialdad. "Le dará un poco de tiempo para reflexionar sobre sus acciones".
Luego se inclinó, acercó su rostro al vientre de Esther y habló en un tono tan suave que resultaba escalofriante. "¿Escuchas eso, pequeño? Tu madre se portó mal, y este es su castigo. Sé un buen chico y no le des problemas".
Una ola de puro terror invadió a Esther. Ese no era el hombre con el que se había casado: era un monstruo.
"Julian, es tu bebé", susurró ella mientras las lágrimas le corrían por el rostro. "Nuestro bebé".
El hombre se burló con crueldad. "¿Entonces por qué intentaste lastimar a Katia? ¿Acaso pensaste en nuestro bebé en ese momento?".
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta, guiando a Katia, quien todavía "temblaba", mientras dejaba que llevaran a su esposa hacia un auto de policía. En ese momento, Esther sintió que el mundo se le venía encima y que su cuento de hadas se había convertido en una pesadilla.
No podía entender cómo había llegado a ese punto. Julian Mcgee era la estrella en ascenso de la élite de Manhattan, el brillante heredero del imperio corporativo Mcgee. Y la había elegido a ella, Esther Briggs, una simple artista textil de una familia de clase media.
Llevaban cinco años casados y ocho juntos. Para estar con ella, él había desafiado a sus poderosos padres, Bert y Caryl Mcgee, quienes la veían como una mujer ordinaria, alguien indigno de formar parte de su dinastía.
Sin embargo, Julian siempre la defendía y estaba completamente consagrado a ella. Regresaba de sus viajes internacionales solo para cenar con ella, compraba galerías enteras solo por una obra y hasta había amenazado con romper la relación con su familia si le imponían un matrimonio, diciendo: "Esther es la única mujer con la que voy a casarme. Sin ella, el imperio Mcgee puede venirse abajo".
La quería con tanta devoción que le construyó un estudio de arte privado en su penthouse con vista al Central Park y le consiguió los mejores materiales del mundo. Pasaba horas sentado solo observándola trabajar, con la mirada llena de un amor tan profundo que se podía sentir.
Cuando le propuso matrimonio, una noche alquiló todo el Museo Metropolitano de Arte. Se arrodilló en el Templo de Dendur, y su voz temblaba mientras le pedía que fuera su esposa.
Todos decían que era la mujer más afortunada del mundo, y ella también lo había creído.
Pero, hacía seis meses, apareció Katia French. Esther escuchó ese nombre por primera vez porque una amiga lo mencionó, una columnista de chismes que cubría los chismes de la alta sociedad de la ciudad.
"Hay una nueva 'artista de performance' en la ciudad, Katia French", le dijo la chica durante un almuerzo. "Es la nueva sensación. Se presentó en una recaudación de fondos y declaró públicamente que iba a conquistar al hombre más inalcanzable de Nueva York: tu Julian".
De inmediato, la historia se convirtió en el tema de conversación de su círculo. Katia era una influencer de redes sociales, una artista autoproclamada cuyo medio era la manipulación mental. Era astuta y apuntaba a hombres poderosos y ricos.
Sus amigas le advirtieron. "Ten cuidado. Esa mujer es una depredadora".
Esther se rio al oír esos comentarios.
"Julian me ama", dijo, completamente segura.
Y su confianza no era infundada. Estaba construida sobre ocho años de devoción inquebrantable, el recuerdo de él protegiéndola del desprecio de su familia, las noches tranquilas que habían tenido juntos y las declaraciones de amor apasionadas. Ella era su mundo, así que ninguna tonta podría cambiar eso.
Pero luego encontró la carpeta secreta en su portátil. Era tarde, en la noche. Julian estaba dormido, y ella estaba usando el computador de él para buscar una receta. La carpeta estaba etiquetada como "Proyecto K.F". Adentro había cientos de fotos de Katia French. Algunas eran profesionales, otras eran fotografías espontáneas tomadas desde lejos. Había notas, análisis detallados de las publicaciones de la mujer en redes sociales, sus gustos, las cosas que odiaba. Parecía una obsesión.
Al ver eso, Esther sintió un fuerte dolor en el estómago y se sintió enferma.
Entonces lo despertó. Sus manos temblaban mientras agarraba el portátil. "¿Qué es esto, Julian?".
Él miró la pantalla, y, por un momento, un destello de algo ilegible cruzó su rostro antes de que se recompusiera. Enseguida, la atrajo hacia sí y le dijo con voz suave y tranquilizadora: "Mi amor, no es nada. Ella es... interesante. Me da... curiosidad, eso es todo".
"¿Curiosidad?", preguntó ella con voz tensa.
"Desde una perspectiva de marketing, su 'marca' entera es fascinante", explicó el hombre, quien tampoco se creía esa excusa tan débil. "Es una nueva forma de ejercer influencia sobre el público. Solo estoy... estudiando sus métodos. Ya sabes cómo me pongo".
Le prometió que nunca la traicionaría y que sabría cómo manejarlo. Y ella, aferrándose al recuerdo del hombre que la había adorado, eligió creerle.
Sin embargo, su manera de "manejarlo" fue comenzar un romance con Katia. Empezó a llevarla a eventos públicos, presentándola como una "socia de negocios". La primera vez, en una subasta benéfica, la sentó en su mesa, y la humillación fue terrible. Esther sintió los ojos de todo el mundo sobre ella.
Lo enfrentó al llegar a casa. Subía cada vez más la voz con cada acusación de traición que le dirigía.
"Quiero el divorcio, Julian".
Al escuchar eso, el comportamiento de él cambió instantáneamente y la fachada encantadora se desvaneció, reemplazada por una frialdad escalofriante. "No".
"¡No puedes hacerme esto!".
"No seas dramática, Esther", respondió en voz baja y peligrosa. "Eres mi esposa, y seguirás siéndolo, así que no vuelvas a decirme esa palabra".
Al escuchar eso, ella se quedó atónita, como si le hubieran dado una bofetada.
Al día siguiente, Katia la llamó. "Hola, Esther. Solo quería saber cómo estabas", le dijo esta con voz empalagosa. "Julian se siente fatal de que te hayas molestado anoche".
"¿Qué quieres?", soltó Esther con indiferencia.
"Solo llamo para que sepas en qué posición estás. Tengo un pequeño sistema que uso para rastrear el afecto de las personas. Una puntuación de qué tanto le gustas a una persona, se podría decir. En este momento, mi puntuación con él es del setenta y cinco por ciento. La tuya, bueno... ha estado cayendo".
Esther colgó. Unos días después, descubrió que estaba embarazada, y pensó que eso podía salvarlos: un bebé, de ambos. Eso era lo único que podría traer de vuelta al viejo Julian.
Cuando se lo contó, él parecía feliz. Durante unas semanas, las cosas fueron casi normales. Estaba atento, cariñoso, hablaba de nombres para el bebé y guarderías, así que la esperanza, frágil y desesperada, comenzó a florecer en el corazón de Esther.
Entonces Katia llamó de nuevo.
"¡Felicidades!", le dijo esta con hipocresía. "Pero un bebé no cambiará nada. De hecho, Julian acaba de decirme que quiere que yo también tenga un bebé con él. Cree que nuestro hijo sería una verdadera obra de arte. Mi puntuación con él ahora es del ochenta y cinco por ciento, así que pronto será completamente mío. Tú, tu casa, tu bebé... todo será mío".
Algo dentro de Esther se rompió al escuchar esas palabras. Los meses de manipulación emocional, humillación y dolor estallaron. Esa tarde, cuando Katia apareció en su penthouse sin invitación, Esther la abofeteó; no fue una bofetada fuerte, más bien una liberación de frustración, pero la otra vio su oportunidad en ese momento.
El castigo de Julian fue terrible: hizo que la arrestaran.
Ahora, sentada en la fría celda de retención, con un único bombillo zumbando sobre su cabeza, la joven sintió cómo morían los últimos vestigios de su amor por él. La humillación, las amenazas, la aventura pública... lo había soportado todo. Pero hacerla arrestar mientras llevaba a su hijo... eso era un nuevo nivel de crueldad.
Pensando en eso, tocó su vientre. La pequeña vida que llevaba dentro de sí era lo único que la conectaba con el hombre que una vez amó. En ese momento se dio cuenta, con una claridad que era aterradora y liberadora al mismo tiempo, que también tenía que cortar esa conexión.
Miró las paredes sucias de la celda y observó los rostro de las otras mujeres, cuyas expresiones oscilaban entre la desesperación y la resignación.
Después de unas horas, la dejaron salir. El aire de la ciudad se sentía pesado y contaminado. Al llegar a su edificio, el portero la miró con lástima.
Cuando entró al apartamento, Julian no estaba ahí. Por supuesto que no estaba. Probablemente estaba con Katia.
Luego le llegó un mensaje a su celular. Era una foto de un número desconocido. Su esposo y esa mujer, abrazados en un jet privado, riendo. El pie de foto decía: "Me está llevando a París por el fin de semana. Una verdadera artista necesita inspiración".
Otro mensaje siguió. "Solo ríndete, Esther, ya perdiste. Firma los papeles del divorcio que te él te dejó y aléjate con una pizca de dignidad".
Miró el rostro de su esposo en la foto. Los ojos que una vez la miraron con tanto amor ahora tenían un brillo frío y posesivo por otra mujer.
El amor se había ido, todo, y había sido reemplazado por una determinación fría y dura.
No solo se iba a alejar, sino que dejaría su marca.
Entonces le envió un correo electrónico a su abogado, adjuntando una copia escaneada de una solicitud de divorcio. "Archiva esto de inmediato".
Luego le envió otro mensaje, esta vez a Katia. "¿Quieres la fortuna de los Mcgee? Ayúdame a finalizar este divorcio, y estarás un paso más cerca de quedarte con todo".
Luego, compró un tiquete de ida a Londres, un lugar donde tenía una historia, una amiga, el sitio perfecto para desaparecer.
Su última parada fue una clínica privada en una parte discreta de la ciudad. Ahí se sentó frente a la doctora con las manos entrelazadas en el regazo.
"Quiero un aborto", declaró con firmeza. "Y quiero que se preserve el feto".
La doctora, una mujer de unos cincuenta años y de rostro amable, miró a Esther con una mezcla de sorpresa y preocupación. "Señora Briggs... Esther. ¿Estás segura? Esta es una decisión extrema".
Pero la aludida no se inmutó. El hombre que prometió tratarla como a una reina cuando estuviera embarazada, el que sostuvo su mano durante las ecografías y el que le dio masajes en su espalda adolorida, ahora era la razón por la que estaba ahí. El contraste era como un dolor punzante en el estómago.
Ahora toda esa ternura se dirigía a otra mujer. Esa devoción se había convertido en un arma en su contra.
Su rostro era una máscara de dolor, pero su corazón se endurecía como una piedra.
"Estoy segura", le respondió a la doctora con firmeza. "No quiero al bebé".
El procedimiento fue frío, una invasión clínica. Sintió el raspado y el tirón; la vaciaron. Aquello era una manifestación física de lo que Julian le había hecho a su alma.
Sintió que algo dentro de ella se desgarraba, una parte que había estado llena de esperanza y amor. Pero ahora solo era un vacío doloroso y hueco.
Cuando terminó, una enfermera preguntó suavemente: "¿Le gustaría...verlo?".
Al escuchar esa pregunta, Esther finalmente se rompió y un sollozo crudo y gutural escapó de sus labios. "¡No! ¡Quítenmelo de aquí!".
Se acurrucó en la cama mientras las lágrimas y la sangre se mezclaba en las sábanas blancas. Susurró su nombre, una y otra vez, como una maldición.
"Julian, Julian. se acabó".
Después de eso, cayó en un sueño inquieto y agotador. Cuando despertó, estaba oscuro afuera y la habitación estaba en silencio. Revisó su celular, pero no había llamadas perdidas. Ningún mensaje de él. Por supuesto que no. Estaba en París con Katia.
Entonces abrió Instagram y vio que esa mujer había publicado una nueva foto. Una fotografía de ellos en primer plano, besándose frente a la Torre Eiffel mientras las luces de la ciudad brillaban en la parte de atrás. El pie de foto decía: "La ciudad del amor, con mi amorcito. Él me hace sentir como la única mujer en el mundo. ❤️".
Esther miraba la foto sin ninguna expresión en el rostro. No sentía nada. El dolor era tan inmenso que se había convertido en entumecimiento.
En ese momento, llamó a la enfermera. Su voz carecía de emoción. "El... feto. Lo necesito preservado, como lo pedí antes".
La mujer regresó con un pequeño contenedor sellado. Esther lo tomó con mano firme, pensando que haría pagar a ese hombre. Le haría ver el monstruo en que él se había convertido.
Tenía una semana antes de su vuelo a Londres, el tiempo suficiente para dejar atrás su antigua vida y garantizar la seguridad de sus padres.
De vuelta en el penthouse, el silencio pesaba. Caminó hacia el gran refrigerador de acero inoxidable, el que su esposo había mandado a pedir especialmente desde Alemania.
Abrió la puerta y puso el pequeño contenedor adentro, escondido detrás de una caja de leche orgánica. Un pequeño recipiente en un lugar frío y oscuro.
Sin embargo, justo cuando cerraba la puerta, escuchó una llave en la cerradura. Julian había vuelto.
El hombre entró a la cocina; se veía cansado pero satisfecho consigo mismo. Aún llevaba puesto el traje elegante de la foto, pero estaba un poco arrugado. El tenue aroma del perfume de Katia, un olor empalagoso y dulce, se aferraba a él.
"Esther", dijo con tono casual.
La chica no lo miró. Él vio el contenedor en el refrigerador mientras alcanzaba una botella de agua y preguntó: "¿Qué es eso?".
"Sobras", respondió ella rápidamente, cerrando la puerta. Su voz era plana, vacía.
Al percibir el cambio en ella, Julian frunció el ceño. Estaba acostumbrado a sus lágrimas, su ira, sus súplicas, pero esta frialdad era nueva, lo cual lo inquietó.
Al instante, sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo en la que había un collar de diamantes; un soborno, una falsa disculpa.
"Te traje algo", dijo él con tono conciliador. "Olvidemos lo que pasó. Me llevaste al límite, Esther, pero podemos superarlo".
¿En serio? ¿Quería que olvidara que la habían arrestado, que la había humillado públicamente?
No dijo nada, solo miró la pared detrás de Julian, quien suspiró, con un destello de irritación en sus ojos. "¿Por qué te estás comportando así? ¿Todavía estás molesta? Piensa en el bebé".
Dicho eso, el hombre extendió la mano con la intención de tocar su vientre, que aún estaba plano.
Esther se apartó instintivamente, por lo que la mano de Julian se quedó congelada en el aire. Confundido, él frunció el ceño y luego su expresión se endureció.
"¿Qué te pasa? "¿Todavía estás haciendo un berrinche? Ya te dije que el castigo terminó".
Dio un paso más cerca y adoptó un tono amenazante. "No me hagas hacer algo peor. No querrías hacerle daño al bebé, ¿verdad?".
La mención de su hijo fue un duro golpe, tanto que a Esther se le entrecortó la respiración. El dolor, agudo y real, atravesó el entumecimiento.
"El bebé...", susurró ella con voz áspera. "Julian, nuestro hijo está...".
Pero se interrumpió al oír el timbre del celular de él. El hombre miró la pantalla: era Katia.
Cuando contestó, su voz se suavizó al instante, y todos los rastros de su ira hacia Esther desaparecieron.
"¿Katia? ¿Qué pasa?".
Esther podía escuchar la voz suave y sollozante de la otra a través del celular. "Julian... Tengo miedo. Hay una tormenta y se fue la luz. ¿Puedes venir?".
"Ya voy para allá", respondió él sin dudarlo. Colgó y agarró sus llaves, ya dirigiéndose hacia la puerta.
Sin embargo, se detuvo en el umbral y se volvió hacia Esther. "¿Qué estabas diciendo?".
Ella miró su espalda, al hombre que corría a consolar a su amante mientras su esposa se quedaba rota en su hogar, y las palabras murieron en su garganta.
"Nada, tranquilo".
Cuando Julian se fue, un fuerte trueno sacudió las ventanas, haciendo que Esther se sobresaltara. Odiaba las tormentas; desde que era niña, le aterraban.
La ama de llaves, Maria, entró corriendo a la habitación, preocupada. "Señora McGee, ¿está bien? El señor se fue con tanta prisa".
Esther se abrazó a sí misma, pálida, recordando la época en la que él habría movido cielo y tierra para consolarla durante una tormenta, pero ahora, ese mismo consuelo, esa protección, se le daba a otra mujer.
Otro trueno sonó en el penthouse. Muerta del susto, Esther se echó al suelo y se acurrucó en una bola apretada. Se quedó ahí toda la noche, sin dormir, sintiendo un vacío enorme.
A la mañana siguiente, Maria la vio dormida en el sofá y la despertó. "Señora Mcgee, el patrón regresó. Le pidió que bajara a desayunar".
La chica bajó la gran escalera como un fantasma. Y ahí, en su comedor, Katia French estaba sentada.
"Buenos días, Esther", dijo la mujer con una sonrisa radiante y falsa.
Julian, quien estaba poniendo un plato de pancakes frente a Katia, le lanzó a su esposa una mirada de desaprobación. "No seas grosera, Esther. Katia tuvo la amabilidad de venir a aclarar las cosas después de que la molestaste".
La señorita French lo agarró de gancho y dijo: "Tranquilo, estoy bien. Sé que no lo hizo con mala intención".
Él le acarició la mejilla con ojos llenos de adoración. "Eres demasiado amable con ella".
Esther se sentó, observándolos. Era una escena de amor y devoción, una parodia retorcida de lo que ella y Julian una vez tuvieron. Pensando en esto, picoteó su comida, pero le sabía amarga.
En ese momento, el celular del hombre vibró. Era una llamada de trabajo.
Besó a Katia en la frente antes de entrar a su estudio. "Vuelvo enseguida".
Sin poder soportarlo más, Esther se puso de pie para irse.
"Espera", dijo Katia detrás de ella. Su voz había perdido su tono dulce y ahora sonaba fría y astuta. "Julian firmó algo para mí anoche".
Dicho eso, levantó un documento. Esther miró la firma al final del papel. Al ver que era la de su esposo, su corazón se detuvo por un momento.
Era un acuerdo de divorcio, el que su abogado había redactado. En efecto, esa mujer logró que él lo firmara.
"Estaba distraído", murmuró Katia. "Solo lo deslicé entre un montón de papeles de inversión que él tenía que firmar antes de dormir. Ni siquiera lo miró".
Julian le había prometido, jurado que no se separarían; sin embargo, firmó el fin de su matrimonio con la misma facilidad con que firmaba un contrato de negocios, engañado por la mujer que ahora ocupaba el lugar de su esposa.
Katia sonrió con una mirada venenosa y triunfante. "Hará todo lo que yo pida, todo. Mi puntuación ya alcanzó el noventa por ciento, así que se te acaba el tiempo".
Esther solo la miró sin ninguna expresión en el rostro.
"Felicidades", respondió con voz plana.
La sonrisa de la otra vaciló. Había esperado lágrimas, rabia, un colapso, pero esa calma fría y muerta la inquietó. Necesitaba una reacción, tenía que ser la víctima para consolidar su victoria.
Justo cuando Julian volvió a entrar, la expresión de Katia cambió. Sus ojos brillaron con una idea repentina y maliciosa. Entonces agarró la mano de Esther y exclamó con voz llena de falso temor: "¡Esther, por favor, no te enojes conmigo!".
Luego, con una fuerza que sorprendió a la aludida, Katia la empujó hacia la enorme escalera.