"Bájese los pantalones, abra las piernas y acuéstese en la camilla. Esto podría doler un poco, así que intente no moverse". La voz del hombre resonó en el consultorio, fría y carente de cualquier emoción.
Ese tono autoritario sacó a Olivia de su trance. Al mirarlo, experimentó una profunda incomodidad. "¿No hay ninguna posibilidad de que me atienda una doctora?".
Frente a ella se alzaba un hombre imponente, de hombros anchos y postura firme. Aunque la mascarilla quirúrgica ocultaba gran parte de su rostro, la línea perfecta de su mandíbula era inconfundible. Pero lo que más intimidaba era el aura de autoridad glacial que lo rodeaba.
Todos los médicos que Olivia había conocido antes le hablaban con amabilidad y paciencia. Sin embargo, el hombre que tenía enfrente solo irradiaba una distancia abismal.
Sin siquiera levantar la mirada, Derek Wells continuó organizando el instrumental médico sobre la bandeja. Sus movimientos eran calculados, precisos y absolutos. "Todas las doctoras están ocupadas hoy. Si prefiere esperar a una, tendrá que volver otro día".
Olivia se quedó paralizada por un instante, pero terminó cediendo y caminó lentamente hacia la camilla.
Ya no tenía sentido seguir posponiéndolo. Había retrasado esa revisión durante demasiado tiempo y le aterraba que su condición empeorara si seguía huyendo.
Después de respirar profundamente para calmarse, se bajó los pantalones y se acostó con cuidado en la camilla de examen.
"Relájese". La voz de Derek sonó mucho más cerca.
Acostada boca arriba, Olivia sintió cómo él se acomodaba en el taburete al final de la camilla. No necesitaba mirar para saber que su mirada fría estaba fija en la parte más íntima de su cuerpo. Un lugar que ni siquiera Brayden Wells, con quien llevaba un año casada, había visto jamás. Y ahora, estaba completamente expuesta ante un desconocido.
Olivia cerró los ojos con fuerza y apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La humillación la asfixiaba, pero se obligó a recordar que él solo estaba haciendo su trabajo. Para un médico, cada paciente era simplemente un caso más en su rutina.
Un segundo después, el metal helado de un instrumento médico rozó su delicada piel sin previo aviso.
El contacto repentino la tomó por sorpresa. Antes de poder contenerse, un gemido ahogado escapó de sus labios. "¡Ah!".
Fue un sonido bajo y tembloroso. Incluso para ella misma, sonó con una dulzura tan inesperada que la dejó paralizada de vergüenza.
Mortificada, se mordió el labio con fuerza, deseando que la tierra se abriera y se la tragara.
Esa era exactamente la razón por la que había acudido al hospital. El más mínimo contacto bastaba para que su cuerpo reaccionara por sí solo.
Un silencio denso y pesado se apoderó del consultorio.
Sin previo aviso, Derek sintió que el calor le subía por la nuca. Se tensó por completo y, cuando por fin habló, su voz sonó mucho más ronca y profunda de lo habitual. "¿La lastimé?".
Con el rostro girado hacia la pared, Olivia intentó calmar su corazón desbocado. Estaba segura de que él podía escuchar cómo le retumbaba en el pecho. "No. Es solo que estaba frío...".
Su respuesta suave y vacilante destanteó al médico.
Luchando por ignorar la reacción que se gestaba en su interior, Derek habló con un tono neutral. "Solo relájese. No se tense".
A partir de ese momento, cada uno de sus movimientos se volvió notablemente más suave.
El silencio volvió a llenar la habitación, y cada pequeño sonido del procedimiento resonaba con una claridad abrumadora en los oídos de Olivia.
Poco después, la voz grave de Derek rompió la quietud desde muy cerca. "Es usted mucho más sensible que la mayoría".
De inmediato, Olivia se sonrojó, desde las orejas hasta el cuello.
Justo cuando reunió el valor suficiente para decir algo, él volvió a hablar. "Todo parece normal por el momento".
Recogió la muestra en silencio, sin mostrar el más mínimo cambio en su expresión. "¿Ha sentido algún tipo de dolor? ¿Cómo ha sido su vida sexual?".
Según su historial médico, era una mujer casada.
Considerando su inusual sensibilidad, era completamente natural que sus pensamientos se dirigieran en esa dirección.
Esa última pregunta hizo que la vergüenza de Olivia se volviera insoportable.
Tras luchar por encontrar la voz, respondió en un susurro apenas audible. "Sigo siendo virgen".
Aunque llevaban un año entero como marido y mujer, Brayden jamás había tenido intimidad con ella.
A medida que pasaba el tiempo, la distancia entre ellos solo hacía que ella anhelara aún más el calor del contacto de un hombre y el consuelo de sentirse abrazada.
Sin embargo, cada vez que albergaba la esperanza de que él por fin se acercara, Brayden se volvía aún más distante. Eventualmente, el hombre dejó de volver a casa.
Poco a poco, la condición de Olivia se había agravado, hasta el punto de afectar cada aspecto de su vida diaria.
Fue por eso que, al final, reunió el valor necesario para buscar tratamiento en un hospital privado.
Había investigado a fondo y elegido a una ginecóloga con un nombre claramente femenino: Sharon Bennett. ¿Quién iba a imaginar que el médico de turno resultaría ser un hombre joven y sumamente atractivo?
"¿Virgen?". Derek la miró con evidente sorpresa.
Clavó su mirada en el rostro de la mujer. Tenía facciones delicadas y una apariencia tierna que la hacía naturalmente hermosa. Resultaba difícil de creer que una mujer casada como ella siguiera siendo virgen.
Olivia asintió levemente. "Es verdad, pero...". Tomó aire despacio, tratando de calmarse. "Lo deseo desesperadamente. Cada vez que un hombre atractivo se me acerca, yo simplemente...".
Ya que había confesado tanto, se obligó a terminar la frase. "La sensación se vuelve tan abrumadora que no puedo ignorarla".
Derek endureció la expresión.
Al fin y al cabo, él solo era un hombre de carne y hueso.
Frente a él, tenía a una mujer preciosa acostada que acababa de confesarle sus deseos más íntimos. Era imposible que aquello no lo afectara en absoluto.
No obstante, se recordó a sí mismo que era médico antes que cualquier otra cosa, y apartó rápidamente esos pensamientos de su mente.
Sin decir una palabra más, Derek se dio la vuelta y selló la muestra con sumo cuidado.
Tras esperar una respuesta que nunca llegó, Olivia abrió los ojos despacio y miró en su dirección.
Él estaba de espaldas, quitándose los guantes con movimientos ágiles y calculados. Sus dedos largos y sus nudillos bien definidos captaron de inmediato su atención.
No pudo evitar pensar que incluso sus manos resultaban increíblemente atractivas.
Antes de que pudiera darse cuenta, Derek ya había regresado a su lado y le tendía la mano para ayudarla a sentarse.
En cuanto sus pies tocaron el suelo, a ella le fallaron las rodillas de golpe. Perdió el equilibrio por completo y cayó de lleno contra el firme pecho del médico.
El aroma fresco a cedro, mezclado con su fragancia natural y masculina, la envolvió al instante.
El calor de su cuerpo la invadió en un segundo, y esa conocida y ardiente necesidad volvió a despertarse en su interior.
"¡Cuidado!".
La voz de Derek, tan serena como imponente, sacó a Olivia de sus pensamientos.
Esta última reaccionó de golpe. Con el rostro ardiendo de vergüenza, se apartó de él rápidamente y luchó por estabilizar sus piernas temblorosas.
Una vez que se subió los pantalones y se arregló la ropa, le dio la espalda y se cubrió las mejillas calientes con ambas manos. Necesitaba un momento para recuperar el aliento.
No podía creer que hubiera reaccionado de esa manera.
¿Cómo era posible que tuviera esos pensamientos sobre un hombre que la había tratado con nada más que fría profesionalidad?
Tras recuperar un poco la compostura, caminó hacia el escritorio y murmuró: "¿De verdad estoy enferma?".
Sin detenerse, Derek siguió tecleando en la computadora. Movía los dedos sobre las teclas con una agilidad asombrosa. "Por lo que puedo observar, esto no parece ser un problema ginecológico. Es más probable que sea un cuadro psicológico provocado por pasar demasiado tiempo sin intimidad física".
Olivia apretó el borde de su blusa con fuerza. "¿Un cuadro psicológico?".
"Sí". Con una expresión de absoluta seriedad, Derek prosiguió. "Lo más seguro es que su condición sea el resultado de necesidades físicas insatisfechas dentro de su matrimonio. Si la situación continúa, los síntomas podrían agravarse".
El pánico se apoderó del pecho de Olivia. "¿Entonces qué debo hacer? ¿Debería pedir una cita con un psiquiatra?".
"No es necesario". Por un breve instante, Derek la miró a los ojos, que brillaban por las lágrimas contenidas, antes de volver a hablar. "Mi consejo es que tenga una conversación sincera con su esposo. Una vez que su matrimonio recupere una relación física saludable, su condición debería mejorar gradualmente".
Olivia se sintió tan humillada que se sonrojó por completo. "Pero mi esposo no quiere...".
La profunda frustración en su voz temblorosa tomó a Derek por sorpresa.
Incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo, él desvió su atención hacia la pantalla de la computadora. "No tiene por qué reprimirse con su esposo. Dígale exactamente por lo que ha estado pasando y pídale que enfrenten este problema juntos. O...".
Hizo una breve pausa y continuó: "Podría sorprenderlo de vez en cuando. Deje que vea una faceta diferente de usted. Siempre debe haber una forma de solucionarlo. Tendremos que esperar los resultados del laboratorio antes de sacar conclusiones definitivas. Estarán listos en un par de días".
Olivia estaba tan avergonzada que se sintió asfixiada.
Se mordió el labio inferior con suavidad antes de responder: "Gracias, doctor". Luego, salió apresuradamente del consultorio, desesperada por escapar antes de que su bochorno se volviera insoportable.
Apenas unos instantes después de su partida, la puerta trasera se abrió.
Una mujer en bata blanca entró con una pila de expedientes médicos en los brazos.
En cuanto notó el nuevo archivo de paciente sobre el escritorio, frunció el ceño. Agarró un bolígrafo y se lo arrojó al hombre. "Derek, ¿atendiste a mi paciente mientras yo no estaba?".
"Lo siento, Sharon. No estaba seguro de a qué hora volverías y ella parecía necesitar ayuda de inmediato". Derek se quitó el cubrebocas quirúrgico, manteniendo una calma inquebrantable. "Así que intervine".
"Este no es el tipo de cosas en las que puedes intervenir a la ligera". Sharon lo fulminó con la mirada. "Puede que hayas sido mi alumno más brillante en la Facultad de Medicina, pero dejaste la carrera para administrar la empresa de tu familia. Ya no ejerces la profesión, ¿qué habría pasado si algo salía mal durante la revisión?".
Derek esbozó una ligera sonrisa. "Solo fue un examen pélvico de rutina. No iba a pasar nada".
Mientras tamborileaba los dedos ligeramente sobre el escritorio, levantó la vista hacia Sharon. "Me llamaste en cuanto regresé al país. ¿Ocurrió algo?".
Dejando escapar un suave suspiro, Sharon dejó las carpetas sobre el escritorio. "Antes de que tu madre falleciera, me dijo que quería verte casado y formando una familia. Nunca te presioné mientras construías tu carrera en el extranjero. Pero ahora que has vuelto, es hora de que empieces a pensar en tu futuro".
Enseguida, sacó su celular y abrió la fotografía de una joven hermosa. "Es la hija del subdirector. Tiene más o menos tu edad, proviene de una familia respetable y es muy atractiva. ¿Por qué no te das la oportunidad de conocerla?".
Tras darle un rápido vistazo a la foto, Derek respondió sin dudar: "No es mi tipo".
"Entonces, ¿qué clase de mujer estás buscando?".
Tan pronto como Sharon hizo la pregunta, Derek pensó inesperadamente en la mujer que acababa de salir. La imagen de su rostro sonrojado se quedó grabada en su mente.
"La paciente cuyo expediente está en tu escritorio". Derek se puso de pie con una sonrisa burlona. "Es una lástima que ya esté casada. Tal vez puedas convencerla de que deje a su esposo y se case conmigo".
Sharon terminó con una expresión de asombro. "¡Derek!".
"Tranquila, Sharon". Mientras le daba unas suaves palmadas en el hombro, una rara sonrisa iluminó su rostro. "Sé que solo te preocupas por mí, pero el matrimonio no está en mis planes ahora mismo. La empresa todavía requiere toda mi atención. Vendré a visitarte otro día".
Dicho esto, salió de la habitación.
Sharon lo vio marcharse antes de soltar un suspiro de cansancio y dejarse caer en su silla.
Pronto, su atención se desvió hacia el expediente médico que descansaba sobre el escritorio. Llena de curiosidad, lo abrió. "Veamos qué clase de mujer logró captar su interés".
Olivia salió del hospital. Su mente era un caos absoluto y no tenía idea de qué hacer a continuación.
Solo le quedaban dos opciones.
La primera era confesarle a Brayden la verdad sobre su enfermedad y pedirle que se acostara con ella.
La segunda era tragarse la vergüenza, dejar de dudar y tomar la iniciativa para seducirlo.
Aunque nunca habían intimado, su relación siempre había sido excelente. En tres años juntos, jamás habían tenido una pelea fuerte. Sabía que, si le explicaba la situación con honestidad, Brayden aceptaría sin dudarlo por el bien de su salud.
Pero ella no quería eso. Algo tan íntimo debía nacer del deseo genuino, no de la lástima o la obligación.
Tras darle mil vueltas al asunto, Olivia tomó una decisión: dejaría de pensar tanto y seduciría a su propio esposo.
Esa misma noche, se armó de valor, se puso un conjunto de lencería de lo más provocativo, tomó su celular y llamó a Brayden. "¿A qué hora vienes a casa?".
"No llegaré a dormir hoy", respondió él, en un tono profundo y suave. "La reunión internacional de mañana empieza muy temprano, así que me quedaré en los Apartamentos Vistamar".
La casa que compartían estaba en las afueras; era una villa enorme, pero quedaba demasiado lejos de la oficina.
Por eso, Brayden había comprado otro lugar más céntrico: un dúplex en los Apartamentos Vistamar.
Olivia guardó silencio un instante antes de preguntar: "Entonces... ¿estás solo esta noche?".
Si él no podía volver por el trabajo, ella iría a buscarlo.
Una risa ronca resonó en la línea. "Por supuesto que estoy solo. ¿Qué pasa? ¿Te preocupa que tenga a otra mujer aquí?".
Olivia soltó una risita nerviosa, ocultando sus verdaderas intenciones. "No. Solo preguntaba".
Si tenía colegas allí para una reunión nocturna, aparecer de la nada solo arruinaría las cosas.
Tras terminar la llamada, Olivia se puso un abrigo largo sobre la lencería, tomó la cena que había preparado con esmero y luego agarró unos condones antes de salir hacia Apartamentos Vistamar.
Cuando llegó, ya eran las ocho de la noche.
La contraseña de la puerta era la misma que ella había elegido cuando compraron el lugar. La tecleó sin dudar y entró.
En cuanto la puerta se abrió, un delicioso aroma a comida inundó el lugar.
Entonces, Brayden salió de la cocina. Llevaba un delantal atado a la cintura y un plato humeante en las manos. El olor dejaba claro que se había esmerado en la preparación.
Olivia se le quedó mirando, totalmente desconcertada. "¿Brayden?".
Lo conocía desde hacía años; sabía mejor que nadie que él era un desastre en la cocina. Ni siquiera sabía distinguir la sal del azúcar. ¿Cuándo había aprendido a cocinar?
Él giró la cabeza hacia la entrada en cuanto escuchó su voz. Un destello de pánico se reflejó en su rostro antes de que pudiera ocultarlo.
Bañada por la cálida luz del recibidor, Olivia estaba de pie con su largo abrigo blanco, luciendo tan elegante como siempre.
Inclinó un poco la cabeza y le dedicó una sonrisa dulce y coqueta.
Hubo un tiempo en que esa simple expresión habría bastado para destruir todo su autocontrol. En el pasado, él habría caminado directo hacia ella, la habría rodeado con sus brazos y la habría sostenido contra su pecho sin pensarlo dos veces.
Pero el hombre que tenía enfrente ya no la miraba como antes. Sus ojos solo reflejaban tensión y una furia contenida. "¿Qué diablos haces aquí?".
La mirada de Olivia se desvió más allá de él y se posó en la comida que había sobre la mesa. "¿Desde cuándo sabes cocinar?".
"Yo... no sé hacerlo". Brayden rompió el contacto visual y apartó la mirada. "Pedí esta comida a domicilio. Solo la estaba calentando".
Un segundo después, frunció el ceño con dureza y inquirió: "¿Por qué no estás en la casa?".
"Porque tú no ibas a volver". Olivia respiró hondo, reunió todo el valor que había acumulado durante el trayecto y, finalmente, dejó salir las palabras que había ensayado una y otra vez. "Como tú no podías venir a mí, vine yo a buscarte".
En cuanto las palabras salieron de su boca, se quitó el abrigo de los hombros, dejando al descubierto la delicada y provocativa lencería que llevaba debajo.
Brayden se tensó por completo. La imagen frente a él lo golpeó como una descarga eléctrica. Se quedó mudo por un instante.
Pero la sorpresa no tardó en transformarse en rabia. Frunció el ceño con violencia y su expresión se volvió glacial. "Olivia, ¿qué demonios llevas puesto?".
Antes de que ella pudiera responder, él recogió el abrigo del suelo y se lo arrojó encima. "Póntelo. Vete a casa. Tira eso a la basura y no vuelvas a vestirte así nunca más".
Olivia perdió la sonrisa lentamente.
Había imaginado un sinfín de reacciones por parte de él. Pensó que se quedaría pasmado, que se sentiría tentado, que tal vez no podría ocultar su deseo. Jamás esperó un rechazo tan brutal.
Sin embargo, se negó a retroceder.
Durante todo un año, Brayden había evitado cualquier tipo de intimidad con ella.
Esa noche, ella ya había tomado una decisión. Costara lo que costara, se iba a acostar con él.
No podía esperar ni un segundo más.
Tragándose la humillación que le quemaba el pecho, Olivia estiró el brazo, tomó la mano de su esposo y la guio lentamente hacia su cuerpo. "Brayden...".
Su voz se suavizó, cargada de una desesperación palpable. "Llevamos un año casados. No me has tocado ni una sola vez. ¿Tienes idea de lo sola que me siento?".
Apretó su mano con más fuerza. Sus ojos se llenaron de una vulnerabilidad desgarradora. "Por favor... solo tócame".
En el instante en que apresó su palma, sintió cómo la mano de su esposo se ponía rígida como una piedra.
Y justo cuando estaba a punto de deslizarla sobre su piel, una voz burlona resonó de pronto desde lo alto de la escalera. "Olivia, ¿de verdad estás tan urgida?".