El olor a cebolla y cilantro frito, una nube de vapor que salía de mi puesto, "Tacos La Revancha".
Mi vida era sencilla, de trabajo duro, sanando las heridas de una traición pasada.
Pero la paz se hizo añicos cuando él apareció.
Alejandro Castillo.
El hombre que me dejó plantada en el altar hace cuatro años, el mismo que huyó al extranjero con un mensaje de texto.
Mi corazón se llenó de furia, el recuerdo de la vergüenza y el dolor punzando como una herida abierta.
Él estaba ahí, arrogante y encantador, como siempre.
"Vine a buscarte", dijo, como si nada hubiera pasado.
Me reí sin alegría. "¿Tan tarde vienes? La iglesia ya cerró".
Pero el golpe verdadero no vino de él, sino de su abuela, Doña Elena, una matriarca de la alta sociedad.
Me informó que existía un pacto antiguo entre nuestras familias: una boda.
¡Una boda! ¡Con el hombre que me traicionó!
Y si me negaba, los Sandoval, una familia de rivales, destruirían el negocio de mi padre.
No era una sugerencia, sino una orden.
O casarme o verlo todo desaparecer.
Conocía la amargura de la traición, pero esta vez, sentía una rabia fría.
No podía ser un peón en sus juegos.
Lo miré y le dije: "No me has perdido, Alejandro, porque nunca me has tenido".
Ahí fue cuando lo decidí.
Si este matrimonio forzado era un juego, yo pondría las reglas.
Sería un espectáculo, una farsa empalagosa, tan extravagante que todos, incluida su abuela, rogarían por anular el compromiso.
Esto no era amor, era mi venganza.
El olor a cebolla y cilantro frito llenaba el aire de la calle, una nube de vapor que salía del puesto de Sofía Vargas y se mezclaba con el ruido de la Ciudad de México, el humo de los coches y los gritos de los vendedores ambulantes. Sofía se movía con una rapidez que hipnotizaba, su cuchillo picaba la carne al pastor del trompo con una precisión de cirujano, sus manos armaban los tacos sin siquiera mirar, una tortilla caliente, un montón de carne, un poco de piña, cebolla, cilantro y la salsa verde que era su secreto mejor guardado.
"¡Dos con todo, jefa!", gritó un cliente.
"Van saliendo", respondió ella sin dejar de moverse, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Llevaba un delantal de mezclilla manchado de grasa y salsa, una coleta alta y una mirada que decía "no te metas conmigo". Su puesto, "Tacos La Revancha", era su orgullo, su fortaleza, el negocio que había construido con sus propias manos y el sudor de su frente después de que su vida se hiciera pedazos.
Pedro, su ayudante, un tipo flaco y bigotón con el apodo de "El Chilango", le pasaba las tortillas calientes. "Hay un güey de traje que no deja de mirarte, Sofi. Parece perdido, como si nunca hubiera visto un puesto de tacos en su vida".
Sofía ni siquiera levantó la vista. "Seguro es un inspector de sanidad. Sírvele un taco, a ver si se le quita lo amargado".
Pero cuando finalmente miró hacia el frente, el cuchillo se detuvo en el aire.
El hombre del traje no era un inspector.
Era Alejandro Castillo.
El mismo Alejandro que la había dejado plantada en la iglesia hacía cuatro años, con el vestido de novia puesto y la fiesta pagada. El mismo que se había largado al extranjero por una "oportunidad de negocio irrepetible" sin darle la cara, mandándole solo un miserable mensaje de texto.
El corazón de Sofía se detuvo un segundo y luego empezó a latir con una furia sorda. Habían pasado cuatro años, pero el recuerdo seguía ahí, fresco como una herida mal cerrada. Recordó la vergüenza, las miradas de lástima de los invitados, la cara de decepción de su padre. Recordó haber llorado hasta quedarse sin lágrimas y luego haber jurado que nunca más volvería a depender de un hombre.
Alejandro había cambiado. Se veía más hombre, más seguro. El traje carísimo le quedaba perfecto, el reloj en su muñeca brillaba bajo la luz amarillenta del foco del puesto. Pero la sonrisa, esa sonrisa arrogante y encantadora, era la misma que la había enamorado de niña.
Se acordó de cuando eran mocosos en el barrio. Él siempre la molestaba, le jalaba las trenzas, le robaba los dulces. Un día, ella se hartó y le rompió la nariz de un puñetazo. En lugar de llorar, él se había reído, con la sangre corriéndole por la cara, y le había dicho: "Un día te vas a casar conmigo, Sofía Vargas, ya verás". Y por un tiempo, casi lo cumple.
Ahora estaba ahí, parado frente a su puesto, mirándola como si fuera la única persona en la calle.
"Sofía", dijo él, su voz más grave que como la recordaba.
"¿Qué quieres?", respondió ella, su voz cortante como el cuchillo que sostenía.
"Vine a buscarte".
Sofía soltó una carcajada seca, sin una pizca de alegría. "¿A buscarme? ¿Después de cuatro años? Se te hizo un poco tarde, ¿no crees? La iglesia ya la cerraron".
La gente alrededor empezó a notar la tensión. Pedro se puso a un lado de Sofía, como un guardaespaldas listo para la acción.
"Sé que te debo una explicación", dijo Alejandro, ignorando al resto del mundo.
"No me debes nada", lo cortó Sofía. "Y yo no te vendo tacos a ti. Lárgate de aquí".
Justo en ese momento, un coche de lujo se detuvo detrás de Alejandro y de él bajó una mujer que parecía sacada de una revista de modas. Alta, delgada, con un vestido blanco impecable y unos tacones que costaban más que todo el puesto de Sofía. Era Camila Sandoval, una influencer famosa que salía en todos los blogs de chismes.
Camila se acercó a Alejandro y lo tomó del brazo con una familiaridad que a Sofía le revolvió el estómago.
"Ale, mi amor, ¿qué haces en este lugar tan... pintoresco? Te he estado esperando", dijo con una voz melosa, mirando el puesto de Sofía con un claro desprecio.
Alejandro se soltó del agarre de Camila con suavidad pero con firmeza. "Camila, por favor, espérame en el coche. Tengo algo que arreglar".
"Pero, Ale...", insistió ella, haciendo un puchero.
"En el coche", repitió él, con un tono que no admitía réplica.
Camila lo fulminó con la mirada, luego le lanzó una mirada asesina a Sofía y se fue de regreso al auto, dando un portazo.
Alejandro se volvió hacia Sofía, su expresión ahora era seria, casi suplicante.
"Sofía, por favor. Solo cinco minutos".
"Ya te dije que te largues. Aquí estoy trabajando, no tengo tiempo para tus estupideces".
"No me voy a ir hasta que hablemos", insistió él.
"Entonces te vas a quedar ahí parado toda la noche, porque yo no tengo nada que decirte".
Sofía se dio la vuelta y siguió picando la carne con una furia contenida, cada golpe del cuchillo era un insulto que no le decía en voz alta. Pero su pulso estaba acelerado y sus manos temblaban ligeramente.
Alejandro no se movió. Se quedó ahí, de pie, en medio del caos de la noche, con su traje caro y su aire de millonario, esperando. Y por primera vez en cuatro años, Sofía sintió que el muro que había construido alrededor de su corazón comenzaba a tener grietas.
Él no se rindió. Se quedó hasta que Sofía atendió al último cliente. Cuando ella y Pedro empezaron a recoger, él seguía ahí.
"Déjame ayudarte", ofreció.
"No necesito tu ayuda", espetó ella.
Pero Alejandro ignoró su rechazo. Empezó a recoger las sillas, a limpiar las mesas. Pedro lo miraba con desconfianza, pero no dijo nada.
Cuando terminaron, Alejandro se paró frente a ella de nuevo. La calle estaba casi vacía.
"Me equivoqué, Sofía", dijo en voz baja, su arrogancia completamente desaparecida. "Fui un cobarde y un idiota. Dejarte fue el peor error de mi vida y he vuelto para arreglarlo. He vuelto por ti".
Sofía lo miró a los ojos, buscando la mentira, la trampa. Pero solo vio un arrepentimiento que parecía dolorosamente real.
Y eso, más que cualquier otra cosa, la asustó.
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A la mañana siguiente, Sofía se despertó con la voz de Alejandro resonando en su cabeza. "He vuelto por ti". Las palabras se repetían una y otra vez, y cada vez sentía un nudo en el estómago, una mezcla de rabia y una estúpida y diminuta chispa de algo más, algo que se negaba a nombrar. Se levantó de la cama de un salto, como si el movimiento pudiera sacudir los pensamientos.
"¡Ni madres!", dijo en voz alta al silencio de su pequeño departamento. "No voy a caer otra vez".
Pero el día tenía otros planes para ella.
Mientras preparaba las salsas para el puesto, su padre, Don Ricardo, entró en la cocina. Era un hombre robusto, con manos curtidas por años de trabajo en el Mercado de la Merced y una mirada que podía ser tierna o severa según la ocasión.
"M'ija", dijo con un tono serio que a Sofía no le gustó nada. "Tenemos que hablar".
"¿Qué pasa, 'apá? ¿Otra vez los de la delegación están molestando?".
"Peor", dijo él, sentándose pesadamente en una silla. "Anoche me buscó Doña Elena".
Sofía se quedó helada. Doña Elena. La abuela de Alejandro. Una matriarca de la alta sociedad, de esas que mueven los hilos desde sus mansiones en Las Lomas. Siempre había apreciado a Sofía, pero también era una mujer de tradiciones y de palabra.
"¿Y qué quería esa señora?", preguntó Sofía con recelo.
"Recordarme algo", suspiró su padre. "Recordarme el pacto que hicimos hace muchos años, cuando ustedes eran jóvenes. Un pacto de palabra entre ella y yo. Que nuestras familias se unirían a través de ustedes".
Sofía casi deja caer el tazón de salsa. "¿Estás bromeando, verdad? ¡Eso fue hace mil años! ¡Éramos unos niños! Además, su nieto se encargó de romper cualquier pacto cuando me dejó vestida y alborotada".
"Para gente como ella, la palabra es ley, Sofía. Y ahora hay problemas. Parece que la empresa de los Castillo está en una situación delicada. Hay otra familia, los Sandoval, que los están presionando. Quieren forzar una alianza, un negocio, y la pieza clave de ese trato es que Alejandro se case con la hija... con esa tal Camila".
Sofía sintió una punzada de extraña satisfacción. Así que la influencer no tenía el juego ganado. Pero la satisfacción duró poco.
"¿Y eso a mí qué?", dijo, tratando de sonar indiferente.
"Que Doña Elena no quiere a esa muchacha ni en pintura. Dice que es una arribista y que no tiene clase. Ella quiere que el pacto original se cumpla. Quiere que tú te cases con Alejandro".
Sof-ia se quedó boquiabierta, mirándolo como si le hubiera salido una segunda cabeza.
"¡Estás loco! ¡Ni muerta me caso con ese traidor! ¡Primero me aviento al metro en hora pico!".
"¡No es una opción, Sofía!", levantó la voz su padre. "Doña Elena es una mujer poderosa. Dice que si Alejandro no se casa contigo, los Sandoval van a destruir su empresa y, de paso, nos van a hacer la vida imposible a nosotros. Ya empezaron a mover sus influencias en el mercado, a meter presión con los permisos, con los proveedores...".
El mundo de Sofía se vino abajo. Su negocio. Su independencia. Todo lo que había construido con tanto esfuerzo, ahora estaba en peligro por un capricho de gente rica y poderosa. Sintió una rabia impotente.
"¡No es justo! ¡Yo no tengo la culpa de sus estúpidos negocios! ¡Que se case él con la influencer! ¡A mí que me dejen en paz!".
"¡Esa es la solución que se me ocurrió!", exclamó su padre. "Le dije a Doña Elena que lo mejor era que Alejandro se casara con Camila y se acabara el problema. Que nosotros no queríamos líos".
Sofía sintió un pequeño alivio. "Bien hecho, 'apá".
"Pero...", continuó él, y el alivio se desvaneció. "Resulta que la tal Camila ya tiene un compromiso. No oficial, pero lo tiene. Con un abogado de medio pelo, un tal Marco... ¿No lo conoces? Era amigo tuyo".
Marco. El nombre la golpeó. Marco, su amigo de la preparatoria, el que siempre la miraba con ojos de borrego a medio morir. El que desapareció de su vida después de lo de la boda. La situación se volvía cada vez más absurda.
Antes de que Sofía pudiera procesar esa nueva información, su celular sonó. Era un número desconocido. Contestó de mala gana.
"¿Bueno?".
"Sofía Vargas", dijo una voz de mujer, anciana pero firme como el acero. "Soy Elena Castillo".
Sofía se puso rígida.
"Señora", dijo a secas.
"Hija, sé que esto es repentino y poco ortodoxo, pero no hay tiempo que perder. Acabo de hablar con tu padre y he tomado una decisión. El pacto de palabra que nuestras familias hicieron se va a cumplir. Ya moví mis contactos. Mañana a primera hora, un juez civil irá a tu casa para oficializar el compromiso matrimonial entre tú y mi nieto Alejandro".
"¡¿Qué?!", gritó Sofía, incrédula. "¡Usted no puede hacer eso! ¡Yo no estoy de acuerdo!".
"No te estoy preguntando si estás de acuerdo, querida", dijo Doña Elena con una calma aterradora. "Te estoy informando. Es esto, o ver cómo todo por lo que tu padre y tú han luchado se va por el drenaje. Los Sandoval no juegan. Nos vemos mañana. Ah, y ponte algo bonito".
Y colgó.
Sofía se quedó con el teléfono en la mano, temblando de rabia. Miró a su padre, que tenía la cara pálida y una expresión de derrota.
Esa misma tarde, mientras Sofía estaba en su puesto, sintiendo que su vida era una telenovela barata, Alejandro apareció de nuevo. Esta vez, sin Camila.
"Sofía, mi abuela ya te llamó, ¿verdad?", preguntó, su cara una mezcla de arrepentimiento y resignación.
"¡Tu abuela está loca!", estalló ella. "¡Y tú también si crees que voy a seguirle el juego!".
"No tenemos opción, Sofía. Créeme, si la hubiera, la tomaría. Pero mi familia está en riesgo, y la tuya también".
"¡Este es tu problema, no el mío! ¡Arréglalo!".
"La única forma de arreglarlo es esta. Escúchame, nos casaremos en papel. Solo para detener a los Sandoval. Después, en cuanto la situación se calme, te juro que te daré el divorcio. No te volveré a molestar. Serás libre".
Sofía lo miró con desconfianza. "¿Y por qué debería creerte? Ya me juraste amor eterno una vez y mira cómo acabamos".
"Porque esta vez", dijo él, acercándose un poco más, su voz bajando a un susurro íntimo, "no pienso cometer el mismo error. No pienso perderte de nuevo".
Ella dio un paso atrás, como si su cercanía quemara. "No me has perdido porque nunca me has tenido, Alejandro. Y no voy a ser el peón en tu juego de ajedrez. Voy a buscar un abogado. Voy a pelear esto".
"Hazlo", dijo él, con una tristeza inesperada en su mirada. "Pero sabes tan bien como yo que contra mi abuela, no tenemos ninguna oportunidad".
Al día siguiente, tal como Doña Elena había prometido, un juez con cara de pocos amigos se presentó en la puerta de Sofía, con un documento oficial que sellaba su destino. Estaba oficialmente comprometida con el hombre que le había roto el corazón. Mientras firmaba con mano temblorosa, sintió una mezcla de furia, resignación y un miedo terrible a que, esta vez, el que terminara con el corazón roto no fuera solo ella.
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