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Tras el divorcio, el CEO descubrió que soy una genio

Tras el divorcio, el CEO descubrió que soy una genio

Autor: : SoulCharger
Género: Romance
Durante tres años, fui la esposa perfecta, una sombra silenciosa en la lujosa mansión Kensington. Soporté el frío desprecio de mi esposo, Ethan, convencida de que mi entrega absoluta algún día derretiría su corazón. Todo cambió la noche de nuestro tercer aniversario. Lo encontré en un hospital privado, desviviéndose en atenciones por mi propia hermana, Scarlett, con una ternura que jamás me dedicó a mí. Al acercarme, escuché las palabras que me destrozaron el alma. Ethan le confesó que solo se había casado conmigo por obligación y negocios, llamándome ""mediocre, sin clase y un simple trámite burocrático"". Mi madrastra Evelyn remató mi agonía con un mensaje cruel, burlándose de mi papel como un ""adorno aburrido"" en esa casa. Me vi convertida en el hazmerreír de mi propia familia, traicionada por el hombre que juró protegerme. No entendía por qué me eligieron para este juego perverso si tanto me despreciaban. ¿Qué oscuro secreto ocultaban tras ese matrimonio forzado que me arrebató la dignidad? Esa noche morí como esposa, pero desperté como alguien mucho más peligrosa. Dejé mi regalo en el mostrador, firmé el divorcio y activé mi verdadera identidad. ""¿Por qué me trataste como basura si yo era la única que podía salvar tu imperio? Ahora que el 'Cirujano' ha despertado, prepárate para ver cómo se derrumba tu mundo. La venganza apenas comienza.""

Capítulo 1 No.1

El silencio en la mansión Kensington no era simplemente la ausencia de ruido; era una entidad física, pesada y fría, que se asentaba sobre los hombros de Iris Sterling como un abrigo de plomo. El reloj de pie en el vestíbulo marcó las dos de la madrugada con un sonido grave que resonó en el comedor vacío.

Sobre la mesa de caoba, larga y pulida hasta parecer un espejo negro, dos platos de porcelana fina descansaban intocados. La cena, un solomillo a la pimienta que ella misma había preparado siguiendo la receta favorita de Ethan, se había enfriado horas atrás, perdiendo su brillo y su aroma. Las velas se habían consumido hasta convertirse en charcos de cera deforme sobre el mantel de lino blanco.

Iris estaba sentada en el extremo de la mesa, con la espalda recta, una postura que había perfeccionado durante tres años de matrimonio para no desentonar con la rigidez aristocrática de la familia de su esposo.

Sus dedos, pálidos y finos, acariciaban mecánicamente la caja de terciopelo azul marino que descansaba junto a su plato. Dentro había un Patek Philippe, una pieza de colección que le había costado meses conseguir, utilizando contactos que se suponía que una simple ama de casa sin estudios no debería tener. Era su regalo de tercer aniversario.

Su teléfono vibró sobre la mesa, rompiendo el trance. La pantalla se iluminó con una notificación de una revista de sociedad local: El presidente del Grupo Kensington, visto en el Hospital Privado St. Jude a altas horas de la noche. ¿Romance o deber familiar?. Iris sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Deslizó el dedo para desbloquear la pantalla y amplió la fotografía adjunta. La imagen era borrosa, tomada a través de una ventana bajo la lluvia, pero inconfundible.

Ethan Kensington estaba inclinado sobre una cama de hospital, sosteniendo la mano de una mujer rubia y frágil. La mirada en sus ojos no era la del empresario despiadado que el mundo conocía, ni la del marido distante que compartía techo con Iris. Era una mirada llena de una ternura devastadora. La mujer en la cama era Scarlett Sterling, su propia hermana.

Un segundo mensaje entró. Era de Evelyn, su madrastra. No lo esperes. Está donde debe estar, con alguien que realmente importa. Tú solo eres un mueble decorativo en esa casa, y uno bastante aburrido, por cierto. Ve a dormir, niña.

Iris dejó el teléfono. No lloró. Había llorado suficiente durante el primer año, cuando Ethan olvidaba sus cumpleaños, o cuando la dejaba sola en las fiestas corporativas para atender llamadas de Scarlett. El dolor ya no era agudo; se había convertido en una bruma constante y anestesiante. Pero esta noche, algo se rompió. No fue un estallido dramático, sino un clic silencioso en su cerebro, como el mecanismo de una cerradura que finalmente cede. Se levantó, tomó las llaves de su viejo sedán, un coche que desentonaba vergonzosamente con la flota de lujo en el garaje de los Kensington, y salió a la tormenta.

La lluvia golpeaba el parabrisas con violencia mientras conducía hacia el hospital. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Una parte de ella, la parte patética y enamorada que había sobrevivido a tres años de negligencia, todavía quería creer que había una explicación. Quizás Scarlett estaba grave. Quizás él solo estaba siendo amable. Llegó al hospital empapada, con el regalo en el bolsillo de su gabardina barata. El pasillo de la zona VIP estaba en silencio. La puerta de la habitación 304 estaba entreabierta. Iris se detuvo justo antes de entrar, con la mano suspendida sobre el pomo de metal frío.

-Ethan, si mi hermana se entera de que estás aquí en vuestro aniversario, se va a poner histérica -dijo la voz de Scarlett. Sonaba débil, pero había un matiz de satisfacción azucarada en su tono.

-Que se ponga como quiera -respondió la voz de Ethan. Era una voz de barítono, profunda y segura, la misma voz que había dicho "sí, quiero" en el altar sin mirarla a los ojos-. Iris no necesita saberlo. Y francamente, no me importa si lo sabe. Si no fuera por la presión de mi abuela y el acuerdo comercial con tu padre, jamás me habría casado con esa mujer. Es insípida, inculta y aburrida. No tiene nada que ver contigo, Scarlett. Ella es solo... un requisito burocrático.

Iris sintió como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies. La caja de terciopelo en su bolsillo de repente pesaba toneladas. Un requisito burocrático. Ni siquiera una persona. Un trámite. Su mano cayó del pomo. No entró. No gritó. No hizo una escena. La dignidad era lo único que le quedaba, y no iba a perderla frente a ellos. Se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor. Sus pasos eran silenciosos sobre el linóleo aséptico. Al pasar junto a la recepción vacía, sacó la caja del reloj Patek Philippe. No lo tiró. Eso sería impulsivo. En su lugar, lo dejó suavemente sobre el mostrador de enfermeras, junto a una pila de folletos olvidados, como quien abandona un peso muerto que ya no tiene valor sentimental.

De vuelta en el coche, se miró en el espejo retrovisor. El rímel no se le había corrido. Sus ojos, normalmente de un marrón cálido, parecían ahora dos pozos de hielo oscuro. Marcó un número en su teléfono de seguridad, uno que Ethan no sabía que existía.

-Chloe, necesito al mejor abogado de divorcios de la ciudad. Ahora.

-¿Iris? ¿Estás bien? Son las tres de la mañana. ¿Ha pasado algo con Ethan?

-Ya no hay Ethan -dijo Iris, y su propia voz le sonó extraña, carente de temblor-. Prepara los papeles. Quiero que esto sea rápido y quirúrgico.

Volvió a la mansión. No encendió las luces. Fue directamente al dormitorio principal y sacó una maleta pequeña. Solo metió sus vaqueros viejos, sus camisetas de algodón, sus libros de medicina escondidos y su ordenador portátil encriptado. Dejó los vestidos de diseñador que él le había obligado a comprar para las galas, las joyas que usaba para aparentar ser la esposa trofeo perfecta, y las tarjetas de crédito. Sobre la mesita de noche, junto a la lámpara apagada, colocó el borrador del acuerdo de divorcio que había imprimido hacía meses en un momento de debilidad, y lo firmó con un trazo firme.

Escuchó el motor del Aston Martin de Ethan acercándose por la entrada de grava. Iris apagó la luz y se deslizó fuera de la habitación por la puerta de servicio, invisible como un fantasma en su propia casa.

Mientras Ethan entraba por la puerta principal, trayendo consigo el olor a lluvia y al perfume floral de Scarlett, Iris ya estaba a kilómetros de distancia. Sacó un dispositivo móvil antiguo, un modelo "ladrillo" indetectable. Escribió un solo mensaje a un número sin registrar.

El paciente ha despertado. Iniciando protocolo de salida.

No había nombres. No había títulos grandilocuentes. Solo el silencio de quien vuelve a las sombras.

Capítulo 2 No.2

Ethan Kensington se despertó con la boca seca y un dolor de cabeza palpitante, el residuo del champán barato que Scarlett había insistido en beber para celebrar su recuperación milagrosa. Extendió el brazo hacia el lado derecho de la cama, esperando encontrar la piel cálida de Iris o, al menos, el vaso de agua con limón que ella siempre dejaba allí. Su mano golpeó el aire vacío. Abrió los ojos, molestos por la luz del sol que se filtraba sin piedad a través de las cortinas que nadie había cerrado.

-Iris-graznó. Silencio. se sentó en la cama,frotándose las sienes. el lado de la cama de Iris estaba hecho,perfectamente liso,como si Nadie hubiera dormido allí. Frunció el ceño. Iris Nunca se levantaba antes que él SIN dejar una nota O hacer ruido en el baño. se levantó y bajó las escaleras,arrastrando los pies y su mal humor. Esperaba encontrarla en la cocina,con ese delantal ridículo,preparando café. pero la cocina estaba desierta. Solo la señora Higgins,el ama de llaves,estaba allí,limpiando la encimera con un nerviosismo palpable.

-Buenos días, señor -dijo la mujer, evitando su mirada.

-¿Dónde está mi mujer? -preguntó Ethan, sirviéndose él mismo el café, algo que le irritó profundamente.

La señora Higgins señaló hacia la mesa del desayuno. No había comida. Solo un sobre manila. Ethan lo tomó, rasgó el sello y sacó el documento. Acuerdo de Disolución Matrimonial. Leyó el título y soltó una carcajada seca, sin humor.

-¿Es esto una broma? -murmuró, tirando los papeles sobre la mesa como si estuvieran sucios-. Iris, sal de donde estés. Este juego de la esposa ofendida ya no tiene gracia.

Nadie respondió. Subió de nuevo al dormitorio, convencido de que ella estaba escondida en el vestidor, llorando, esperando a que él fuera a consolarla. Abrió las puertas del armario de par en par. Sus trajes estaban allí. Los vestidos de gala que él le había comprado estaban allí. Pero faltaba algo. Los huecos donde solían estar sus ropas baratas, esas que ella trajo del pueblo y que él detestaba, estaban vacíos. Fue entonces cuando vio las joyas. El collar de diamantes, los pendientes de perlas, el anillo de compromiso... todo estaba cuidadosamente alineado en el estante, junto a las llaves del coche y las tarjetas de crédito.

Una sensación fría le recorrió la espina dorsal. No era miedo, se dijo a sí mismo. Era ira. ¿Cómo se atrevía a irse así? ¿Sin una discusión? ¿Sin darle la oportunidad de explicar... o de ignorarla? Sacó su teléfono y marcó su número.

El número que usted ha marcado no se encuentra disponible. Por favor, verifique...

-Maldita sea -gritó, cortando la llamada. Intentó llamar de nuevo. El mismo mensaje mecánico. Lo había bloqueado o había dado de baja la línea.

Al otro lado de la ciudad, en un apartamento moderno pero discreto, alquilado bajo el nombre de una sociedad fantasma, Iris estaba sentada en el suelo de madera. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta negra. Chloe le tendió una taza de café humeante.

-¿Estás segura de esto? -preguntó Chloe, mirando la pantalla del portátil de Iris-. Podrías haberle sacado la mitad de su fortuna. Es la ley.

-No quiero su dinero, Chloe -dijo Iris sin levantar la vista del teclado. Sus dedos volaban sobre las teclas, respondiendo correos en alemán y francés-. Quiero cortar cualquier lazo que me una a él. Si tomo su dinero, siempre habrá un vínculo. Además, tengo mis propios recursos.

Iris abrió una cuenta bancaria segura en pantalla. El saldo no era astronómico, pero sí suficiente para empezar de nuevo, acumulado gracias a pequeñas inversiones inteligentes que había hecho a lo largo de los años bajo seudónimos indetectables.

En la sede del Grupo Kensington, la atmósfera era tensa. Ethan estaba en una reunión de la junta directiva, pero su mente estaba en la casa vacía. Su asistente, Liam, entró con cara de circunstancia y le susurró al oído.

-Señor, el banco ha notificado movimientos. La señora... Iris, ha cancelado todas las tarjetas conjuntas. No ha sacado dinero, simplemente ha renunciado al acceso.

Ethan sintió un golpe en el orgullo. Ella no solo se había ido; había rechazado su poder. En su mundo, el dinero era el lenguaje del control. Rechazar su dinero era el insulto supremo. En ese momento, su teléfono personal vibró. Era Scarlett.

-Ethan, me siento un poco débil -sollozó ella-. Creo que ayer fue demasiada emoción. ¿Puedes venir?

La irritación de Ethan se disipó momentáneamente, reemplazada por el hábito de ser el salvador. -Voy para allá -dijo, levantándose.

En el hospital, Scarlett estaba sentada en la cama, perfectamente maquillada. Mark Jones, el mejor amigo de Ethan, estaba allí, haciéndole compañía.

-¿La campesina finalmente se largó? -exclamó Mark al ver entrar a Ethan-. Tío, esto hay que celebrarlo. Esa mujer era un lastre social. Siempre callada, siempre en las esquinas. Te mereces algo mejor.

Ethan asintió, pero su mirada se desvió hacia la ventana lluviosa. -Se fue sin pedir nada -dijo, casi para sí mismo-. Ni un centavo.

-Seguro que volverá arrastrándose cuando se le acabe el cambio suelto -se rió Mark-. Dale una semana. El hambre cura el orgullo.

Ethan quería creerlo. Pero la imagen del armario vacío y las joyas alineadas con precisión militar le decía lo contrario. Esa no era la obra de alguien que planeaba volver.

Capítulo 3 No.3

La oficina de Ethan Kensington en el piso cuarenta y dos parecía una fortaleza de cristal y acero. El abogado Mr. Davis colocó una carpeta de cuero sobre el escritorio inmaculado con una calma exasperante.

-Aquí están los documentos finales, señor Kensington. Mi cliente solicita la disolución inmediata. Renuncia explícita a pensión compensatoria, bienes inmuebles y acciones.

Ethan miró al abogado con incredulidad. -¿Quién le paga, Davis? Usted es el abogado más caro de la ciudad. Iris no tiene ni para pagar el alquiler de un sótano. ¿Tiene un amante? ¿Es eso?

Davis mantuvo su expresión profesional. -Mis honorarios han sido cubiertos por un fideicomiso privado. La señora Sterling valora su libertad por encima de cualquier negociación.

La palabra libertad se clavó en el ego de Ethan. Firmó los papeles con trazos violentos. -Bien. Si quiere jugar a ser independiente, que lo sea. Dígale que cuando esté viviendo debajo de un puente, no venga a pedirme ayuda.

Cuando el abogado salió, Ethan presionó el intercomunicador. -Liam, averigua dónde está viviendo. Y bloquéale el acceso a cualquier cuenta conjunta residual. Quiero saber cada movimiento que haga.

Liam entró en la oficina más tarde, luciendo incómodo. -Señor, es extraño. No hay rastro de ella en los hoteles de la ciudad. Tampoco hay contratos de alquiler a su nombre. Es como si se hubiera evaporado.

-Nadie se evapora, Liam. Sigue buscando.

Mientras tanto, Iris caminaba hacia un concesionario de coches de segunda mano en las afueras. Necesitaba transporte, pero no podía permitirse llamar la atención. Nada de Ferraris ni coches deportivos que gritaran "mírame". Necesitaba algo fiable y anónimo.

-Quiero ese sedán negro -señaló un modelo común, de hace tres años, con el motor en buen estado-. Pago al contado.

El vendedor, un hombre con camisa sudada, sonrió al ver el fajo de billetes. -Buena elección, señorita. Papeles a nombre de...

-A nombre de "Blue Jay Logistics" -dijo Iris, entregándole los datos de una sociedad pantalla que había creado esa misma mañana.

Una hora después, conducía hacia el centro comercial de lujo. Necesitaba ropa adecuada para las reuniones que se avecinaban, no los trajes beige que Ethan aprobaba. Entró en una boutique de alta costura, moviéndose con una seguridad que antes ocultaba bajo capas de timidez fingida.

Al fondo de la tienda, escuchó una voz familiar.

-Mamá, mira este vestido. Es perfecto para la gala de caridad. Ethan va a babear.

Eran Scarlett y Evelyn. Iris se detuvo un momento tras un perchero de abrigos de piel. Llevaban bolsas de las tiendas más caras.

-Pobre Ethan -dijo Evelyn con su voz viperina-. Tener que lidiar con el divorcio de esa inútil. Dicen que se fue sin nada. Probablemente termine limpiando baños.

Scarlett rió. -Se lo merece por intentar robarme la vida. Oh, mira, ¿quién es esa mujer de allí?

Iris sabía que no podía esconderse eternamente. Se ajustó las gafas de sol oscuras y salió de detrás del perchero. Caminó con paso firme hacia la salida, pasando a escasos metros de ellas. Su postura era erguida, su aura fría.

-¿Iris?-susurró Scarlett,atónita,reconociendo vagamente la silueta.

Iris no se detuvo. Ni siquiera giró la cabeza. Las ignoró con la indiferencia absoluta con la que se ignora a un insecto en la pared. Esa falta de reacción, esa negación de su existencia, fue más insultante que cualquier grito.

-¡Oye! -gritó Evelyn-. ¡Te estoy hablando!

Pero Iris ya había salido de la tienda, dejando que la puerta de cristal se cerrara suavemente tras de sí.

Scarlett sacó su teléfono y escribió furiosamente un mensaje a Ethan: Acabo de ver a Iris. Nos ignoró por completo. Iba vestida como una vagabunda, pero actuaba como si fuera la reina de Inglaterra. Es patética.

Ethan recibió el mensaje mientras conducía hacia casa. La descripción contradictoria lo confundió. ¿Vagabunda o reina? Mark Jones lo llamó en ese momento.

-Tío, olvida tus penas. Vamos a 'The Void'. Hoy es noche de máscaras. Necesitas despejarte.

Ethan miró el mensaje de Scarlett de nuevo. La curiosidad le quemaba. Si Iris estaba en la ciudad, tarde o temprano cometería un error. -Voy -dijo Ethan-. Necesito dejar de pensar en esa mujer ingrata.

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