Después de donar médula ósea para salvar a mi hermano, una rara complicación me dejó en coma durante cinco años.
Cuando desperté, descubrí que mi familia me había reemplazado; tenían a una hija nueva, Hailie, una chica que se parecía mucho a mí.
Me dijeron que mis celos hacia ella provocaron un accidente de auto que la obligó a esconderse junto con mis padres. Para darme una lección, mi hermano y Caleb, mi prometido, decidieron encerrarme en una residencia aislada durante tres años; me convertí en su prisionera y esclava, soportando sus brutales golpizas porque creía que mi sufrimiento era el precio a pagar por el bienestar de mi familia.
Luego, un médico me informó que padecía un cáncer de pulmón terminal. Mi cuerpo ya estaba muy débil, pero mis verdugos decidieron realizar un último acto de "bondad": en mi cumpleaños, me llevaron en un viaje sorpresa a un resort de lujo.
Allí los vi a todos; mis padres, mi hermano, mi prometido y Hailie, vivos y completamente sanos, bebiendo champán alegremente.
Al escuchar su plan, me di cuenta de que mi tortura no era una penitencia; fue solo una retorcida lección concebida para doblegarme y acabar conmigo. Toda mi vida terminó convirtiéndose en una broma cruel.
Entonces, en mi cumpleaños, caminé hasta el puente más alto de la isla, dejé atrás mi diagnóstico médico, junto con una grabación de la confesión de Hailie, y salté.
Capítulo 1
Lo primero que sentí fue un ligero dolor detrás de mis ojos. La luz era demasiado brillante, un fulgor blanco y estéril que hacía que mi cabeza palpitara; las máquinas a mi lado emitían un patrón rítmico y constante.
Me dijeron que estuve en coma durante cinco años; después de donar médula ósea a mi hermano, Fitzgerald, una rara complicación me dejó inconsciente, robándome todos esos años de mi vida.
Mi familia estaba allí. Mi madre, Beverley, lloraba desconsoladamente, exhibiendo un rostro marcado con nuevas arrugas que no había visto antes; mi padre, Franklin, estaba a su lado, con una mano en su hombro, luciendo más viejo y canoso.
Mi prometido, Caleb Skinner, también estaba allí; mientras sostenía mi mano con firmeza, un profundo alivio, el cual parecía más cercano al dolor, se extendió por su apuesto rostro. Mi hermano, Fitz, la razón por la que estaba aquí, se encontraba al pie de la cama, mirándome con una mezcla de culpa y gratitud.
Todos estaban allí reunidos; su presencia me hizo creer que mi mundo había vuelto a la normalidad.
Pero entonces la vi. Parada justo detrás de mi madre, estaba una joven que parecía tener poco más de veinte años. Su cabello y ojos eran idénticos a los míos; la semejanza era tan fuerte que parecía como si estuviera mirando mi propio reflejo distorsionado.
"¿Quién es ella?", pregunté con una voz seca y áspera.
La sonrisa de mi madre vaciló antes de responder: "Oh, cariño, ella es Hailie. Hailie Silva".
Caleb apretó mi mano y explicó: "Ella... ha estado con nosotros por un tiempo, Ericka. Tus padres la acogieron mientras tú no estabas".
"Es nuestra hija adoptiva", añadió mi padre con cautela.
Mis ojos permanecieron fijos en la chica, la cual me respondió con una sonrisa tímida y nerviosa, pero me di cuenta de que solo estaba actuando, ya que sus ojos permanecieron fríos y calculadores.
En los días subsecuentes, confirmé lo mucho que habían cambiado las cosas. Mi madre no dejaba de mimar a Hailie, ofreciéndole comida y preguntándole si estaba cómoda todo el tiempo; en cuanto a mi padre, se desvivía en halagos hacia ella por sus calificaciones y comportamiento impecable. Fitz la trataba como si fuera su adorada hermana pequeña, e incluso Caleb... incluso mi prometido le hablaba con una gentileza que se sentía ajena, un tono que solía usar exclusivamente conmigo.
Ahora me sentía como un fantasma en mi propia vida, una antigüedad a la que desempolvaron y no sabían dónde colocar.
"Ella nos consoló mientras tú estabas... ausente", explicó mi madre una tarde, usando un tono gentil. "Hailie necesitaba una familia, y nosotros necesitábamos a alguien para... llenar el vacío que dejaste".
Esa excusa me pareció falsa, dejándome con sensación persistente de que toda mi familia me había traicionado.
"Quiero que se vaya", dije con una voz que finalmente recobró su fuerza.
El silencio en la habitación se tornó pesado.
"Ericka, no seas irracional", comenzó Caleb.
"¡No!", insistí mientras mis ojos se fijaban en los rostros de mis padres. "No soy un sustituto y tampoco seré reemplazada. Ella tiene que irse".
Mi rechazo fue como una piedra arrojada a un estanque en calma; la conmoción y la molestia se expandió de inmediato entre mi familia.
Hailie estalló en lágrimas, una actuación tanto dramática como conmovedora; mi madre rápidamente me consoló, lanzándome una mirada de profunda decepción.
"¡¿Cómo puedes ser tan cruel?!", exigió Fitzgerald con una voz aguda. "¿Después de todo lo que Hailie ha hecho por nuestra familia?".
La discusión se convirtió en una tormenta de acusaciones, pero nada de lo que dijeron sirvió para hacerme cambiar de opinión; al final cedieron y me aseguraron que buscarían otro hogar para Hailie.
Caleb y Fitzgerald se encargaron de llevarla el día que ella partió de casa; me quedé en mi habitación, experimentando una amarga sensación de victoria que brotó en mi pecho.
Los dos regresaron después de varias horas; estaban solos y sus rostros se habían convertido en máscaras sombrías de furia y desesperación.
"Hailie desapareció", dijo Caleb con una voz plana.
"¿De qué hablas?", pregunté a la vez que un nudo de ansiedad se formaba en mi estómago.
"Hubo un accidente", espetó Fitzgerald, atravesándome con unos ojos que ardían con un odio que nunca antes había presenciado. "Un accidente de auto, y tú eres la única culpable. Tus celos y tu ira... provocaron esto".
Antes de que pudiera asimilar esa mentira, llegó la siguiente.
"Y eso no es todo", continuó mi prometido, con su voz quebrándose. "Las personas de las que Hailie estaba huyendo, la razón por la que vivía en ese orfanato... descubrieron la ubicación de su nuevo hogar. Comenzaron a amenazarla, y por tu culpa, tus padres y ella tuvieron que esconderse. Ahora no sabemos cuándo los volveremos a ver".
En ese instante, mi mundo se puso de cabeza. ¿Tuvieron que esconderse? ¿Los amenazaron? ¿Y me estaban culpando a mí?
Nada de eso tenía sentido, pero la convicción con la que hablaron solo intensificó mi confusión.
"Tú lo provocaste, Ericka", dijo Fitzgerald con palabras tan frías como hielo. "Destruiste a nuestra familia".
Caleb se acercó, mirándome con una expresión teñida de una ira sombría y justificada. "Y ahora, tendrás que pagar por ello. Cumplirás una condena hasta que te ganes su perdón. Debes aprender a asumir las consecuencias de tus acciones".
Ese solo fue el comienzo del infierno que viví durante tres años.
Me trasladaron a una residencia aislada que le pertenecía a Caleb. No había teléfonos, ni internet y mucho menos una vía de escape; mi hermano y mi prometido eran las únicas personas ahí.
Ambos se convirtieron en mis verdugos, encargándose de aplicar cada una de sus retorcidas torturas.
Me dijeron que mis padres y Hailie estaban a salvo, pero que solo permanecerían seguros si yo me mantenía obediente durante todo el proceso de mi penitencia.
Realmente les creí; me aferré a la culpa con la que me alimentaban cada día, ya que era lo único que le daba sentido a esta pesadilla. Limpiaba suelos hasta que mis manos terminaban con heridas en carne viva, me alimentaba con las sobras que ellos dejaban, soportaba sus palabras crueles y, a veces, las golpizas que me propinaban con sus propias manos.
Aprendí a no quejarme, a mostrarme siempre sumisa y arrepentida; hice de mi sufrimiento una oración, anhelando que mis plegarias fueran escuchadas por mi familia, dondequiera que estuvieran, y les brindara la seguridad que necesitaban.
Mi cuerpo comenzó a fallar, con una tos persistente que se convirtió en algo doloroso y me dejaba sin aliento la mayor parte del tiempo; un dolor agudo en mis huesos creció hasta convertirse en un ardor constante.
Un día, después de que me desplomé, Caleb me llevó a regañadientes con un médico.
El diagnóstico fue poco alentador, prácticamente una sentencia de muerte; resultó que padecía un cáncer de pulmón terminal, dándome a lo mucho unos cuantos meses más de vida.
Sin embargo, yo ya estaba muerta por dentro, por lo que la noticia no generó una conmoción tan profunda; lo vi como otra forma de castigo, algo que merecía.
Justo cuando los últimos rastros de mi esperanza estaban a punto de extinguirse, mi hermano y prometido decidieron realizar un último y retorcido acto de "bondad"; en mi cumpleaños, me llevaron de viaje a un resort de lujo en una isla.
Me encerraron en una suite y me dijeron que esperara allí; supuestamente habían preparado una sorpresa para mí.
Una extraña intuición mezclada con desesperación me impidió quedarme de brazos cruzados y esperar, por lo que usé un pasador para abrir la cerradura y me escabullí al bullicioso resort.
Y entonces, fue ahí cuando los vi; al otro lado de un césped impecable, bajo un cielo iluminado por el sol vespertino, toda mi familia estaba reunida en una terraza.
Beverley y Franklin, mis padres, reían mientras sostenían copas de champán; Mi hermano, Fitzgerald, y mi prometido, Caleb, también estaban con ellos.
Y en el centro de todo se encontraba Hailie, luciendo tan radiante como una reina. Ella estaba viva e intacta, aclamada por la gente a su alrededor.
Mi mundo no solo dio un vuelco; se rompió en mil pedazos.
Me escondí detrás de una gran palmera en una maceta, con mi corazón latiendo con tanta fuerza que parecía martillar mis costillas.
La brisa arrastraba el sonido de sus voces.
"¡Ya quiero ver su cara cuando se lo digamos!", exclamó Hailie entre risas. "¡Es el regalo de cumpleaños perfecto!".
"La conmoción que sentirá cuando lo descubra será muy beneficiosa para ella", coincidió mi madre a la vez que daba un sorbo de su copa de champán. "Solo de esta manera podrá aceptarte, querida. Es necesario romper su espíritu por completo".
"Esta será la lección final", dijo Caleb con una voz cargada del mismo tono justiciero que usó durante los tres años que me torturó. "Después de eso, nuestra familia finalmente podrá estar completa".
El aire salió de mis pulmones y una aguda punzada de dolor surgió en mi pecho, pero no era por el cáncer; fue provocado por esta traición tan absoluta y monstruosa, eclipsando cualquier otro malestar.
Mi vida, mi sacrificio y mi sufrimiento... solo era un juego para ellos. Lo veían como una lección, una más de sus bromas retorcidas y crueles.
Con mi vida extinguiéndose, y con todo lo que alguna vez amé revelado como una mentira, decidí hacer algo, un último acto sobre el cual todavía tenía control.
Creían que hoy, en mi cumpleaños, me darían el "regalo" definitivo, pero yo iba a sorprenderlos con algo mucho más grande.
Me alejé de ellos, como un fantasma al que no podían ver; luego fui al punto más alto de la isla, un puente que abarcaba un canal profundo y agitado entre los acantilados. El viento revolvía mi cabello alrededor de mi rostro.
Dejé dos cosas en la barandilla; un sobre que contenía mi diagnóstico médico y una pequeña memoria USB.
El dispositivo contenía una grabación; era una conversación que capturé meses atrás, cuando Hailie, en un momento de suprema arrogancia, me visitó en mi habitación para vanagloriarse, sin darse cuenta de que mi celular estaba grabando cada una de sus palabras psicópatas.
Subí a la barandilla y me tomé unos momentos para contemplar el agua oscura e implacable que yacía debajo de mí.
Por primera vez en tres años, sentí una especie de paz. Entonces, salté al vacío.
Cuando desperté, el mundo se había reducido a paredes blancas y un fuerte aroma a desinfectante; un dolor agudo e insistente se extendía por todas mis costillas y mi cabeza. No tardé en darme cuenta de que nuevamente estaba en un hospital.
A través de mi aturdimiento, escuché varias voces justo afuera de la puerta de mi sala.
"El doctor dijo que solo se rompió varias costillas y sufrió una conmoción cerebral. Ella estará bien", dijo Fitzgerald con una voz tensa por la irritación. "Yo creo que solo quiere llamar la atención".
"Necesita aprender su lección, Fitz", intervino Caleb con una voz aún más fría. "Esto es lo que pasa cuando no obedece".
Mis ojos se abrieron lentamente mientras un doctor entraba en la sala; era un hombre mayor de ojos gentiles, pero que en ese momento estaban cargados de una profunda lástima y preocupación.
"Señorita Reid", me saludó suavemente. "Soy el doctor Evans".
Miró hacia la puerta, donde Caleb y Fitzgerald ahora estaban de pie. "¿Me permiten hablar un momento en privado con la paciente?".
La mandíbula de Caleb se tensó y espetó: "Somos su familia, así que tenemos derecho a escuchar lo que va a decirle".
El doctor Evans dudó antes de suspirar con resignación. "Está bien. Las lesiones que sufrió por la caída son menores, pero... los chequeos revelaron algo mucho más serio".
Levantó un conjunto de radiografías y las colocó contra la luz. "Señorita Reid, usted padece cáncer de pulmón. Lamentablemente, ya hizo metástasis, por lo que actualmente se encuentra en fase terminal".
Sus palabras se quedaron flotando en el aire, sintiéndose muy pesadas e irreales.
Mi cáncer ya estaba en etapa terminal, pero por alguna razón, sentí una extraña indiferencia, una calma gélida que se apoderó de mí; era como si el doctor estuviera hablando del diagnóstico de alguien más.
Caleb soltó una risa burlona. "¿Cáncer? No sea ridículo. Ella solo está tratando de llamar la atención. Simplemente es otro de sus juegos".
Fitzgerald asintió y lo secundó: "Sí, siempre ha sido muy dramática".
Una pequeña y tonta parte de mi corazón por un momento albergó la esperanza de que esta noticia tan trágica e innegable apaciguara su furia justiciera; realmente creí que vería un destello del hermano y del prometido que solía conocer.
Observé fijamente sus rostros, buscando cualquier atisbo de remordimiento o de amor, pero lo único que encontré fue un gélido desdén.
Justo entonces, el celular de Caleb sonó. En el instante que respondió, su tono severo cambió, volviéndose mucho más tierno.
"¿Hailie? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?".
Él hizo una pausa para escuchar lo que decía la chica al otro extremo de la línea. "De acuerdo, voy ahora mismo. No te preocupes, llegaré contigo lo antes posible".
Tras finalizar la llamada, se volvió hacia Fitzgerald. "Hailie está muy asustada. Me necesita".
Comenzó a caminar hacia la puerta, sin tomarse la molestia de mirar atrás.
"Espere", lo llamó el doctor Evans mientras avanzaba hacia su dirección. "Señor Skinner, esto es serio. Necesitamos discutir el tratamiento y los cuidados paliativos que recibirá la paciente...".
"Solo denle analgésicos", dijo mi prometido por encima del hombro. "Fitz, quédate con ella. y asegúrate de que no cause más problemas". Acto seguido, simplemente se marchó.
Fitzgerald se quedó junto a la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que reflejaba su impaciencia.
El doctor Evans se dio la vuelta y me miró con un rostro lleno de tristeza e impotencia. "Señorita Reid, podemos comenzar con las quimioterapias para que no sienta tanto dolor, e incluso para darle un poco más de tiempo...".
"¿Tiempo para qué?", pregunté en un susurro débil.
"Para decírselo a su familia", me instó gentilmente. "Necesita decírselo usted misma y hacerlos entrar en razón".
Una risa amarga escapó de mi garganta. "¿De verdad cree que van a comprenderlo? Aunque me vieran muriendo en el suelo frente a ellos, no les importaría".
Mi última chispa de esperanza se extinguió por la apresurada partida de Caleb, deseoso de consolar a la chica que robó mi vida.
"Nunca me creerán", dije con una voz plana. "Para mí, ya nada importa".
El doctor Evans parecía querer disuadirme, pero al notar el carácter irrevocable en mis ojos, no insistió más y me dejó una receta para analgésicos, despidiéndose con una mirada de profunda lástima.
Los días que siguieron fueron una tormenta donde reinaba el dolor. Las molestias en mis huesos se agudizaron y tenía que realizar un esfuerzo monumental para respirar; las pastillas apenas servían para aliviar la agonía que me invadía.
Una semana después, Fitzgerald llamó, pero no para preguntar cómo estaba. "Caleb dice que ya estuviste una semana internada en el hospital. Sal de ahí y vuelve a la residencia donde estabas. Tienes mucho trabajo por hacer".
Su mensaje fue muy claro: mi penitencia estaba lejos de terminar. Mi enfermedad y sufrimiento solo era una molestia para ellos.
En ese momento, una nueva resolución sombría nació dentro de mí. Si querían que volviera, lo haría solo para que vieran las consecuencias de su cruel lección.
A pesar de las protestas frenéticas del doctor, me di de alta del hospital; llené la solicitud para que me recetaran los opioides más fuertes, recibiendo un suministro que duraría un mes completo, y tomé un taxi de regreso a la jaula de oro a la que Caleb llamaba hogar.
El mayordomo, un hombre que solo le era leal a mi prometido, me detuvo en la puerta.
"El señor Skinner ordenó que debe ser desinfectada antes de entrar. Estuvo mucho tiempo en un hospital. No podemos tomar el riesgo de infectarnos con los gérmenes que traiga consigo".
Dos sirvientas con rostros impasibles me llevaron a un gran baño junto al garaje; llenaron una tina con un líquido que tenía un fuerte aroma a químicos.
"Métase ahí", ordenó una de ellas.
Estaba demasiado débil para oponer resistencia, por lo que terminé sumergiéndome en la solución punzante. Los productos químicos empaparon los cortes sin cicatrizar en mis brazos y piernas, envolviéndome en una sensación ardiente; el agua a mi alrededor comenzó a teñirse de rojo mientras mis heridas se abrían de nuevo.
Las criadas jadearon y sus fachadas profesionales vacilaron por un instante al presenciar la horrible escena.
Justo entonces, Caleb y Fitzgerald entraron en la habitación. Cuando los ojos de mi prometido notaron la sangre en el agua, vi cómo un destello indescifrable cruzó brevemente por su rostro. ¿Fue conmoción? ¿O preocupación?
Pero Fitzgerald lo hizo volver en sí poniendo una mano en su brazo.
"No olvides el plan, Caleb", murmuró.
El rostro de mi prometido volvió a tornarse severo y el breve momento de humanidad desapareció, optando por darme la espalda.
"Asegúrense de limpiarla bien", les ordenó a las sirvientas con una voz desprovista de cualquier emoción. "Luego llévenla a su habitación".
Vi al hombre con el que se suponía que me iba a casar dejando que me desangrara en una tina de desinfectante, abandonándome por completo.
Una pequeña risa quebrada escapó de mis labios; me pareció bastante irónico que a Caleb le preocuparan los gérmenes.
Permanecí sumergida en los químicos durante lo que parecieron horas. Cuando las sirvientas finalmente me sacaron, mi piel estaba en carne viva e inflamada; casi tuvieron que arrastrarme, con mi cuerpo húmedo y tembloroso, hacia la pequeña y desolada habitación en el ático que fungió como mi prisión durante tres años.
Me desplomé sobre el colchón delgado, con cada uno de mis huesos punzando con un dolor que parecía haber cobrado vida, un fuego que me consumía por dentro.
Sin embargo, debajo de eso, una fría claridad comenzó a gestarse; sabía que pronto iba a morir, pero decidí que sería bajo mis propios términos.
Pasé todo el día siguiente reuniendo las pocas pertenencias que me quedaban; fotografías que fueron tomadas antes de caer en coma, una flor prensada que Caleb me regaló en nuestra primera cita, junto con algunas cartas que me escribieron mis padres cuando todavía me amaban.
Antes de dejar este mundo, iba a eliminar cualquier cosa que me vinculara a las personas que me destruyeron. Llevé la pequeña caja llena de recuerdos a la chimenea en la biblioteca principal, una habitación en la que normalmente tenía prohibido entrar; encendí el fuego y luego la arrojé al interior.
Las llamas tocaron los bordes de las fotografías, convirtiendo mi rostro sonriente en cenizas; el fuego consumió mi pasado, mi amor, toda mi vida, un ritual para despedir a la chica que fui en el pasado.
"¡¿Qué crees que estás haciendo?!". Una voz aguda y venenosa cortó el crujido de la fogata. Hailie estaba de pie en la puerta, con los brazos cruzados y una mueca retorciendo su rostro atractivo.
No respondí y seguí observando cómo ardía en llamas el último de mis recuerdos.
La chica se me acercó, mirándome con unos ojos que brillaban con malicia. "¿Otra vez intentando llamar la atención? ¡Eres patética! Quemar unas cuantas fotos viejas no hará que Caleb te ame de nuevo".
Sin dudarlo, pateó la caja que se incendiaba, provocando que se volcara y las brasas se esparcieran sobre la costosa alfombra persa; una pequeña llama fue suficiente para comenzar un incendio, el cual se extendió con una rapidez alarmante.
"¡No!". Me levanté de un salto y tomé una manta para intentar apagar el fuego.
Hailie me detuvo sujetando mi brazo, clavando sus uñas profundamente en mi piel. "¡Déjalo arder! ¡Que todo lo que era tuyo se convierta en cenizas!".
Un humo espeso y áspero llenó la habitación. Mis pulmones, ya demasiado débiles, se paralizaron; no pude evitar toser, un sonido profundo y desgarrador que atravesó mi pecho.
"¡Ayuda!", dije entre jadeos mientras mi visión se nublaba.
Hailie solo dejó salir una risa estridente y desquiciada. "¡Grita todo lo que quieras! ¡Nadie te ayudará! Solo pensarán que estás tratando de incendiar la casa. Un pecado más para tu lista".
Justo entonces, Caleb y Fitzgerald irrumpieron en la habitación.
"¡Hailie!", gritó mi prometido mientras corría hacia ella, ignorando las llamas y mis jadeos desesperados. "¿Estás bien?".
"¡Caleb!", gritó Hailie mientras se arrojaba hacia sus brazos. "¡Ericka... intentó matarme! ¡Provocó el incendio en la habitación!".
Intenté hablar para negarlo, pero lo único que salió de mi garganta fue una tos sibilante; al final caí de rodillas mientras todo el mundo giraba.
Cuando Caleb finalmente se volvió hacia mí, me atravesó con unos ojos glaciales y gruñó: "Nunca aprendes, ¿verdad? ¡Eres una carga para esta familia!".
La ironía de sus palabras se sintió como un golpe físico.
Se volvió hacia el personal de la casa, quienes se habían reunido en la puerta. "Llévenla al sauna y pongan todo a la máxima temperatura. Es hora de que sienta algo que de verdad la queme".
Dos sirvientes me sujetaron de los brazos, sacándome a rastras de la habitación llena de humo; estaba demasiado débil, por lo que ni siquiera pude resistirme.
Me arrojaron al pequeño sauna de madera en el sótano; la puerta se cerró de golpe, y segundos después, escuché el siseo del vapor, con la temperatura subiendo gradualmente.
El calor se volvió sofocante, presionando mi cuerpo y robándome el aire de los pulmones; sudor corría por toda mi piel, la cual ardía tanto que parecía estar en carne viva.
Golpeé la puerta desesperadamente a la vez que gritaba con una voz ronca: "¡Por favor! ¡Déjenme salir! ¡Caleb! ¡Fitz!".
Como era de esperarse, no recibí ninguna respuesta.
El calor se intensificó hasta el punto de sentir cómo mi piel se derretía.
Por alguna razón, recordé los tiempos más felices que viví en esta misma casa, las barbacoas familiares que compartimos en verano y las mañanas de Navidad junto a la chimenea.
En el pasado, di todo por estas personas, entregándoles un amor genuino.
¿Cómo pudieron las cosas terminar de esta manera? ¿Qué transformó su amor en algo tan monstruoso?
El dolor se volvió tan insoportable que ya ni siquiera podía gritar; me deslicé por la pared mientras mi cuerpo se convulsionaba.
Justo cuando sentí que perdía la consciencia, la puerta se abrió de golpe.
Hailie estaba allí, con su silueta iluminada por la tenue luz del sótano.
"¿Ya tuviste suficiente?", preguntó con una mezcla de satisfacción y burla.
Luego tomó un cubo de agua helada que estaba cerca. "Es hora de enfriarte", dijo con una sonrisa maliciosa antes de verter todo el contenido sobre mí.
Experimenté una nueva forma de agonía cuando el agua helada entró en contacto con mi piel ardiente; mi cuerpo se conmocionó y la oscuridad envolvió todo mi mundo.