La lluvia de Manhattan golpeaba los ventanales del piso sesenta con la fuerza de un verdugo impaciente. Para Ariadna Thorne, el sonido no era relajante; era el cronómetro de su propio funeral. En la pantalla táctil de la mesa de caoba, los gráficos rojos seguían cayendo. El Grupo Thorne, la joya de la corona que su abuelo había fundado y que ella había expandido con una ferocidad casi religiosa, estaba siendo devorado vivo.
No fue un error de cálculo. Fue un asalto.
-¿Están todos fuera? -preguntó Ariadna sin girarse. Su voz era un hilo de acero, seco y cortante.
-Los abogados se han retirado, señora Thorne. Solo queda... él.
Ariadna cerró los ojos un segundo. Él. Dante Moretti. El hombre que había pasado la última década intentando encontrar una grieta en su armadura, y que finalmente había usado un mazo para abrirla.
-Déjalo pasar, Marcus. Y vete a casa. Ya no hay nada más que proteger aquí.
La puerta de doble hoja se abrió con un clic casi silencioso, pero la presencia que inundó la oficina fue ensordecedora. Dante no caminaba, colonizaba el espacio. El olor a sándalo y cuero caro precedió a su figura alta, enfundada en un traje a medida de tres piezas que parecía una armadura moderna.
Dante no dijo nada al principio. Se acercó al mueble bar, se sirvió un whisky de los Thorne y caminó hacia el ventanal, parándose justo detrás de ella. Ariadna podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una provocación física en medio de la frialdad de su derrota.
-Tienes una vista excelente del cementerio que acabas de crear, Ariadna -dijo Dante. Su voz era un barítono profundo, impregnado de una satisfacción que no intentaba ocultar.
Ariadna se giró, obligándose a sostenerle la mirada. Sus ojos grises estaban encendidos, no con lágrimas -ella no se permitía ese lujo- sino con un odio puro y concentrado.
-Viniste a regodearte, Dante. Adelante. Hazlo rápido. Tengo una empresa que liquidar y una dignidad que recoger del suelo.
Dante soltó una risa seca, dejando el vaso sobre la mesa de cristal.
-No he venido a ver cómo liquidas nada. He venido a ofrecerte una fusión. Una muy distinta a la que intentamos hace cinco años.
Él deslizó una carpeta de cuero negro sobre la superficie pulida. Ariadna la miró como si fuera una serpiente.
-He comprado el 51% de tu deuda -continuó él, acortando la distancia entre ambos hasta que ella pudo ver el reflejo de las luces de la ciudad en sus pupilas oscuras-. Mañana a las nueve de la mañana, puedo ejecutar el embargo y desmantelar Thorne Industries. Venderé los edificios, liquidaré las patentes y dejaré a tus tres mil empleados en la calle solo por el placer de borrar tu apellido de este mapa.
Ariadna apretó los puños, las uñas clavándose en sus palmas.
-O -añadió Dante, bajando el tono-, puedes firmar el documento que hay dentro de esa carpeta.
Ariadna abrió la carpeta con dedos temblorosos. No eran documentos financieros. No era una orden de venta. Era un contrato civil. Un acuerdo matrimonial. Sus ojos recorrieron las cláusulas con incredulidad: Duración: 12 meses. Convivencia obligatoria. Apariciones públicas conjuntas. Cláusula de fidelidad absoluta...
-¿Un matrimonio? -Ariadna soltó una carcajada amarga-. ¿Estás tan desesperado por validación que tienes que comprarte una esposa, Dante? ¿O es que el gran Moretti no puede conseguir que una mujer lo soporte sin una orden judicial?
Dante no se inmutó ante el insulto. Dio un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que Ariadna tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.
-Necesito el apellido Thorne para la fusión con el consorcio asiático. Ellos valoran la tradición, la "estabilidad familiar". Tú necesitas mi capital para que tu empresa no desaparezca. Es un intercambio de activos, Ariadna. Yo te doy el oxígeno que tu empresa necesita para sobrevivir, y tú me das la imagen de la pareja más poderosa de Nueva York.
-Es una humillación -susurró ella.
-Es una adquisición -corrigió él-. Durante un año, serás mi esposa trofeo. Cenarás conmigo, dormirás bajo mi techo y sonreirás a la prensa mientras sostienes mi brazo. A cambio, el día trescientos sesenta y seis, te devolveré las acciones de tu familia. Limpias. Sin deudas.
Ariadna miró el contrato. Era un pacto con el diablo escrito en tipografía elegante. Si aceptaba, se convertía en su posesión. Si se negaba, destruía el legado de tres generaciones.
-¿Y si me niego? -preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
Dante se encogió de hombros con una indiferencia cruel.
-Entonces mañana Thorne Industries será una nota a pie de página en el Wall Street Journal. Y tú serás la mujer que dejó morir el sueño de su abuelo por una cuestión de ego. La elección es tuya, cara mia.
Ariadna caminó hacia la ventana, observando las luces de la ciudad que antes dominaba. Se sentía como un animal acorralado, pero su mente, esa mente que Dante tanto admiraba y temía, ya estaba trabajando. Él creía que la estaba comprando. Creía que al tenerla en su casa, bajo su nombre, ella se doblegaría.
"No me conoces, Dante", pensó ella. "Crees que el contrato es tu correa, pero para mí es una llave".
Si entraba en la casa de Moretti, tendría acceso a sus archivos, a sus debilidades, a su red de contactos. Si iba a ser su esposa, sería la ruina que él mismo invitaría a entrar en su cama.
Se giró lentamente. Dante estaba apoyado en el borde de su escritorio, observándola con una paciencia depredadora. Sabía que la tenía.
-Una cláusula más -dijo Ariadna, su voz recuperando esa frialdad ejecutiva que la caracterizaba-. No habrá contacto físico que no sea estrictamente necesario para la fachada pública. Dormiremos en habitaciones separadas.
Dante enarcó una ceja, una chispa de diversión -o quizás de desafío- cruzó sus rasgos.
-Aceptable. No tengo interés en forzar a una mujer que me odia a mi cama. Mi cama está llena de mujeres que me desean, Ariadna. Lo que quiero de ti es tu presencia, tu nombre y tu derrota diaria al recordar que ahora me perteneces.
Ariadna tomó la pluma estilográfica de oro sobre la mesa. El peso del metal parecía el de una cadena. Firmó con un trazo rápido y agresivo, dejando una mancha de tinta al final, como una gota de sangre sobre el papel blanco.
-Felicidades, Dante -dijo ella, lanzando la carpeta hacia él-. Acabas de comprarte el mayor problema de tu vida.
Dante recogió la carpeta, cerrándola con un golpe seco. Se acercó a ella, y por un momento, Ariadna pensó que iba a romper su propia regla de no tocarla. Él extendió la mano, pero no para estrechar la suya, sino para apartar un mechón de cabello rebelde de la cara de Ariadna. El roce de sus dedos contra su mejilla fue eléctrico, una advertencia de que este año no sería solo una batalla de documentos, sino de voluntades.
-No te confundas, Ariadna -murmuró él, inclinándose hasta que su aliento rozó su oído-. No te compré porque fueras un problema. Te compré porque eres la única mujer que vale la pena destruir.
Dante se retiró, caminando hacia la puerta con la confianza de quien acaba de ganar la guerra. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.
-El coche te recogerá mañana a las siete. No traigas mucho. Mi casa tiene todo lo que podrías desear. Excepto, quizás, una salida.
La puerta se cerró. Ariadna se quedó sola en la inmensidad de su oficina vacía. El silencio era pesado, roto solo por el latido desbocado de su corazón. Miró sus manos; estaban temblando.
Caminó hacia su escritorio y se sentó en la silla de cuero que ya no le pertenecía. Abrió un cajón oculto y sacó una pequeña unidad USB que contenía los protocolos de emergencia de la empresa. La apretó con fuerza.
Dante Moretti creía que la había capturado. Él pensaba que ella era el trofeo en su estantería. Lo que él no entendía era que el activo más peligroso en cualquier empresa es aquel que no tiene nada que perder.
-Disfruta de tu victoria, Dante -susurró Ariadna a la oscuridad-. Va a ser la más corta de tu carrera.
La lluvia seguía cayendo sobre Manhattan, pero el funeral de Ariadna Thorne se había cancelado. Ahora, empezaba la cacería.
El amanecer en Nueva York no trajo claridad, sino una neblina espesa que envolvía los rascacielos como un sudario. A las siete en punto, como una sentencia de muerte puntual, un Bentley negro azabache se estacionó frente al edificio de Ariadna Thorne. El chofer no tuvo que llamar; ella ya estaba en la acera.
Ariadna vestía un traje sastre color marfil, impecable, rígido. Llevaba una sola maleta de mano. No necesitaba más; el resto de sus pertenencias serían enviadas a un depósito. En su mente, este no era un traslado, era un despliegue táctico en territorio enemigo.
El trayecto hacia el Upper East Side fue un silencio sepulcral. Mientras el coche avanzaba, Ariadna observaba su reflejo en el cristal tintado. Se veía pálida, pero sus ojos estaban fijos. Estaba repasando mentalmente el organigrama de Moretti Global. Sabía que Dante tenía un punto débil en su cadena de suministros en Europa del Este. Si lograba acceder a su red privada desde dentro de su casa, podría empezar a mover los hilos.
El coche se detuvo ante una mansión de piedra caliza que exudaba un poder antiguo y arrogante. Al entrar, el vestíbulo la recibió con suelos de mármol negro y una escalera que parecía ascender hacia la gloria o el abismo.
-Bienvenida, señora Moretti -dijo una voz que goteaba veneno.
Dante estaba apoyado en la barandilla del segundo piso, vistiendo una camisa de seda negra con los primeros botones desabrochados. No parecía el tiburón de oficina de la noche anterior; parecía un monarca observando sus dominios.
-Todavía no soy la "señora Moretti" -replicó Ariadna, su voz resonando en el vacío del vestíbulo-. El contrato dice que la ceremonia civil es a las once. Hasta entonces, soy tu mayor acreedora moral.
Dante bajó las escaleras con una lentitud deliberada. Cada paso era una invasión. Cuando llegó al último escalón, se detuvo a escasos centímetros de ella. Ariadna se obligó a no retroceder. Podía oler el café cargado y ese aroma a bosque y peligro que siempre lo acompañaba.
-Tu habitación está en el ala este -dijo él, ignorando su comentario-. Es la suite principal de invitados. Tiene una puerta comunicante con mi despacho. Considéralo una medida de seguridad.
-Considéralo una violación de mi privacidad -respondió ella-. Pero no importa. No planeo pasar mucho tiempo durmiendo.
-Oh, lo sé. Planeas sabotearme. Estás contando los minutos para encontrar una vulnerabilidad en mi servidor o un desliz en mis cuentas -Dante sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos-. Te he dejado una computadora en tu habitación. No tiene restricciones de acceso... a la superficie. Intenta entrar en lo profundo, Ariadna, y te prometo que la cláusula de rescisión del contrato será lo menos que te preocupe.
Ariadna sintió un escalofrío, pero lo transformó en una sonrisa gélida.
-¿Tienes miedo de que una mujer sin empresa sea más inteligente que tú en tu propio terreno?
Dante se acercó más, atrapándola entre su cuerpo y el poste de la escalera. Levantó una mano y, con el dorso de los dedos, recorrió la línea de la mandíbula de Ariadna. Ella tensó los músculos, pero no apartó la cara.
-Lo que tengo es curiosidad -susurró él-. Quiero ver cuánto tiempo tardas en darte cuenta de que en esta casa, las reglas las dicto yo. Incluso las reglas de tu rebeldía.
Él se retiró bruscamente, recuperando su máscara de indiferencia.
-Cámbiate. El juez llegará en tres horas. Quiero que parezcas una novia feliz, no alguien que va camino al cadalso. Hay fotógrafos de Vogue esperando en la puerta trasera para la "exclusiva" de nuestra unión sorpresa.
La ceremonia fue una farsa coreografiada con precisión quirúrgica. En el salón acristalado que daba al jardín privado, Ariadna y Dante intercambiaron votos que eran, en realidad, mentiras legalizadas.
-Acepto -dijo Ariadna, sintiendo que las palabras le quemaban la garganta.
-Acepto -respondió Dante, su voz firme, casi posesiva.
Cuando el juez los declaró marido y mujer, Dante se inclinó para el beso protocolario. Ariadna se puso rígida, esperando algo rudo, una demostración de dominio. Sin embargo, el beso fue suave, casi tierno, una actuación perfecta para la cámara que disparaba desde la esquina. Pero bajo esa suavidad, Ariadna sintió la presión de sus dedos en su cintura, recordándole quién tenía el control.
Apenas el juez salió de la habitación, Ariadna se apartó como si se hubiera quemado.
-¿Satisfecho? -preguntó ella, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano.
-Apenas estamos empezando, Ariadna. Tenemos nuestra primera cena como "pareja" esta noche. Vendrán los inversores del consorcio asiático. Necesito que seas la mente brillante que todos admiran, pero que me mira a mí como si fuera su sol y sus estrellas.
-Puedo hacer lo de la mente brillante. Lo segundo... vas a tener que pagarme extra por esa actuación de Oscar.
La noche cayó sobre Manhattan con una elegancia cruel. La mesa del comedor de los Moretti estaba servida para seis personas. Ariadna lucía un vestido de seda azul medianoche que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, con la espalda descubierta. Dante, al verla bajar, se quedó en silencio por un segundo, un destello de algo genuino -deseo, quizás- cruzando sus ojos antes de ser reemplazado por su habitual frialdad.
Durante la cena, Ariadna fue impecable. Habló de macroeconomía, de tendencias de mercado y de la visión de futuro de la nueva alianza Moretti-Thorne. Los inversores estaban fascinados. Dante observaba, fascinado también, pero de una manera distinta. Ella era un arma, y él acababa de comprarla.
Sin embargo, el momento de quiebre ocurrió cuando uno de los invitados, un hombre mayor y de ideas tradicionales, comentó:
-Es refrescante ver que una mujer tan capaz finalmente ha encontrado un hombre que pueda guiarla. Dante, has hecho un servicio a la industria al poner orden en el Grupo Thorne.
Ariadna sintió que la sangre le hervía. Iba a responder con una mordacidad que destruiría la cena, pero sintió la mano de Dante sobre la suya, debajo de la mesa. Sus dedos se entrelazaron con fuerza, una advertencia silenciosa.
-Ariadna no necesita guía -dijo Dante, su voz tranquila pero peligrosa-. Ella es la fuerza motriz. Yo simplemente tuve la inteligencia de asegurarme de que esa fuerza estuviera a mi lado y no frente a mí.
Ariadna lo miró de reojo. ¿La estaba defendiendo o simplemente protegía su inversión?
Cuando los invitados finalmente se marcharon, la casa recuperó su silencio opresivo. Ariadna se descalzó, sosteniendo sus tacones en la mano mientras subía las escaleras. Se sentía agotada por el peso de la máscara.
-Estuviste excelente -dijo la voz de Dante desde la oscuridad del pasillo superior.
-No lo hice por ti -respondió ella sin detenerse-. Lo hice por mi empresa. Cada vez que esos hombres asienten, el valor de mis acciones sube.
-Nuestras acciones, Ariadna. No olvides el contrato.
Ella se detuvo frente a la puerta de su habitación. Dante estaba allí, esperándola.
-Mañana empiezo a trabajar en la oficina principal -declaró Ariadna-. No voy a quedarme aquí como una decoración.
-Tendrás tu despacho. Justo al lado del mío. Quiero tenerte donde pueda verte.
Ariadna dio un paso hacia él, su rostro a centímetros del suyo. La adrenalina de la cena aún corría por sus venas, dándole una valentía imprudente.
-¿Me tienes miedo, Dante? ¿O es que no confías en que tus paredes de cristal puedan retenerme?
Dante extendió el brazo, apoyando la mano en la pared, encerrándola. Su mirada descendió a sus labios y luego volvió a sus ojos.
-No confío en nada que tenga tu inteligencia y tu rencor, Ariadna. Pero me gusta el peligro. Es lo único que me hace sentir vivo en este mundo de números aburridos.
Él se inclinó, su aliento cálido contra su oído.
-Duerme bien, esposa mía. Mañana la guerra se traslada a la oficina. Y allí, no hay fotógrafos para fingir piedad.
Dante se retiró hacia su propio despacho, cerrando la puerta con un clic definitivo. Ariadna entró en su suite, cerrando la cerradura con mano temblorosa. Se apoyó contra la madera, respirando agitada.
Se acercó al escritorio donde estaba la computadora que Dante le había dejado. La encendió. La pantalla iluminó su rostro decidido en la oscuridad.
-Crees que me tienes vigilada, Dante -susurró ella mientras sus dedos empezaban a volar sobre el teclado-. Pero acabas de dejar entrar al virus en el sistema central.
Esa noche, mientras Nueva York dormía, Ariadna Thorne empezó a cavar el túnel que la sacaría de su jaula de oro. O eso era lo que ella quería creer.
El primer día en la sede central de Moretti Global no fue una entrada triunfal, fue una declaración de guerra.
Ariadna llegó a las ocho de la mañana, treinta minutos antes que Dante. Vestía un traje de dos piezas en negro carbón, con una blusa de seda carmesí que asomaba como una herida abierta. Caminó por el vestíbulo de acero y cristal con la cabeza alta, ignorando los susurros de los empleados que se detenían al ver a la mujer que, hasta hace una semana, era la competencia más temida del sector.
Cuando el ascensor privado se abrió en el piso de la presidencia, se encontró con una oficina que era un espejo de la personalidad de Dante: minimalista, fría y diseñada para intimidar. Su despacho estaba separado del de él solo por una pared de cristal inteligente que podía volverse opaca con un botón.
-Señora Moretti, el señor Drazen... perdón, el señor Moretti, la espera -dijo una secretaria visiblemente nerviosa.
Ariadna entró en el despacho de Dante sin llamar. Él estaba de pie frente al ventanal, hablando por teléfono en mandarín. No se giró, pero levantó una mano para indicarle que se sentara. Ella, por supuesto, permaneció de pie, cruzando los brazos y escaneando la habitación.
Dante terminó la llamada y se giró. Sus ojos recorrieron el traje de Ariadna con una mezcla de reconocimiento y desafío.
-Estás temprano -dijo, rodeando su escritorio-. Me gusta la puntualidad, pero en esta oficina, la agenda la coordina mi equipo.
-Tu equipo no sabe cómo gestionar mis activos, Dante. He revisado el informe de la fusión con el consorcio asiático que dejaste en la red doméstica anoche. Es mediocre. Estás ofreciendo márgenes de beneficio basados en proyecciones de hace dos años. Si presentas eso hoy en la junta, se reirán en tu cara antes de cancelar el trato.
Dante tensó la mandíbula. Se acercó a ella, invadiendo su espacio con esa familiaridad agresiva que empezaba a volverse una constante entre ellos.
-Ese informe fue redactado por los mejores analistas de la ciudad.
-Fue redactado por hombres que te tienen miedo y te dicen lo que quieres oír -replicó Ariadna, dándole un golpecito con el dedo en el pecho-. Yo no te tengo miedo. Si quieres que este matrimonio sirva para algo más que para que salgamos en las revistas de chismes, déjame arreglar ese desastre.
Dante guardó silencio. El aire entre ellos vibraba. Era esa extraña mezcla de odio profesional y una tensión física que ninguno de los dos quería nombrar.
-Tienes hasta las once -dijo él finalmente, su voz bajando una octava-. Si lo logras, te daré acceso a la terminal de datos de la logística europea. Si fallas, pasarás el resto del mes haciendo labores de relaciones públicas y sonriendo en cenas benéficas.
-Trato hecho.
Ariadna se retiró a su despacho. Durante las siguientes tres horas, el sonido de sus dedos contra el teclado fue lo único que rompió el silencio del piso. Dante la observaba a través del cristal. Veía cómo se concentraba, cómo se humedecía los labios cuando encontraba un error, cómo su mente brillante desmantelaba y reconstruía estructuras financieras complejas. Había una belleza feroz en su competencia que lo irritaba y lo atraía a partes iguales.
A las once en punto, Ariadna entró de nuevo. Le lanzó una tableta sobre la mesa.
-He recortado un 4% de los costes operativos y he reestructurado la deuda subordinada. Ahora la oferta no es solo atractiva, es irresistible.
Dante revisó los números. Sus ojos se abrieron ligeramente. Era perfecto. Era mejor de lo que él mismo habría podido hacer en tan poco tiempo.
-Bien -dijo él, levantándose y recogiéndose la chaqueta-. Vamos a la junta. Pero recuerda, Ariadna: yo hablo, tú apoyas. Eres mi socia, pero es mi nombre el que está en la puerta.
-Por ahora -susurró ella para sí misma.
La junta directiva fue un campo de batalla. Los inversores asiáticos, hombres de negocios de la vieja escuela, observaban a Ariadna con escepticismo. Dante comenzó la presentación, pero cuando llegó al punto de la reestructuración financiera, hizo algo que Ariadna no esperaba.
-Esta sección ha sido diseñada por mi esposa -dijo Dante, extendiendo una mano hacia ella-. Nadie conoce mejor la eficiencia operativa que Ariadna Thorne.
Ella tomó la palabra. Durante veinte minutos, dominó la sala. Su voz era clara, sus argumentos irrefutables. Al terminar, el líder del consorcio, el señor Tanaka, asintió con respeto.
-Moretti, tienes un activo muy valioso a tu lado -dijo Tanaka-. Si esta es la sinergia que vuestro matrimonio aporta a la empresa, el contrato está firmado.
Cuando los inversores salieron, la sala quedó vacía. Ariadna soltó un suspiro de alivio, pero la adrenalina aún le recorría las venas. Se volvió hacia Dante, esperando ver su habitual máscara de suficiencia, pero lo encontró observándola con una intensidad nueva.
-¿Por qué lo hiciste? -preguntó ella-. Podrías haberte llevado todo el mérito.
Dante caminó hacia ella lentamente. El silencio de la sala de juntas vacía se sentía íntimo, casi peligroso.
-Porque soy un hombre de negocios, Ariadna. Y no oculto mis mejores armas. Hoy le has demostrado a Nueva York que el Grupo Thorne no ha muerto, solo ha cambiado de manos.
-No ha cambiado de manos, Dante. Se ha infiltrado.
Dante se detuvo frente a ella. Estaban tan cerca que Ariadna podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros. Él levantó una mano, dudando por un segundo antes de colocarla en la nuca de ella, sus dedos enredándose sutilmente en su cabello.
-¿Es eso lo que estás haciendo? ¿Infiltrándote? -preguntó él en un susurro-. ¿O estás empezando a disfrutar del poder que tenemos juntos?
Ariadna sintió un nudo en el estómago. El odio era fácil, era seguro. Pero esta admiración mutua, este juego de espejos donde ambos se reconocían como iguales, era mucho más peligroso.
-Disfruto del poder, Dante. Pero no me gusta compartirlo.
-Entonces tenemos un problema -dijo él, inclinándose un poco más-. Porque yo tampoco sé compartir.
El momento se rompió cuando el teléfono de Dante vibró sobre la mesa. Él se apartó, rompiendo el hechizo, y leyó el mensaje. Su expresión se volvió sombría.
-Parece que tu "infiltración" ha dejado rastros, Ariadna. Alguien ha intentado entrar en mis servidores privados desde tu terminal de la mansión esta madrugada.
El corazón de Ariadna dio un vuelco. Creía que había limpiado sus huellas.
-No sé de qué hablas -mintió con una frialdad que envidiaría un asesino profesional.
Dante la miró fijamente, con una sonrisa triste que le heló la sangre.
-No me mientas. No a estas alturas. Te di una oportunidad hoy y la aprovechaste para brillar. Pero si vuelves a intentar robarme información, Ariadna, el contrato de matrimonio será el menor de tus problemas. Te encerraré en esa mansión y no verás la luz del sol hasta que el año termine.
Él caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
-Esta noche tenemos una gala. Ponte algo que diga que eres mía. Porque si vas a jugar a ser una espía, al menos asegúrate de que el mundo crea que eres una esposa devota.
Ariadna se quedó sola en la sala de juntas. Sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de rabia. Se acercó a la mesa y golpeó la superficie con el puño. Había estado tan cerca. Había empezado a confiar en esa extraña conexión en la junta, y Dante le había recordado la realidad de un solo golpe: seguía siendo una cautiva, sin importar cuán brillante fuera su mente.
Se enderezó el traje y se miró en el reflejo de la ventana.
-Crees que puedes encerrarme, Dante -dijo en voz baja-. Pero no te has dado cuenta de que ya estoy dentro de tu sistema. Y una vez que el virus está dentro, solo es cuestión de tiempo que el sistema colapse.
Ariadna salió de la sala con paso firme. La guerra acababa de escalar, y la gala de esa noche no sería una fiesta, sería el escenario de su próximo movimiento. Dante creía que la conocía, pero ella estaba dispuesta a quemarlo todo, incluso a sí misma, con tal de recuperar lo que era suyo.