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Tronos de Huesos: La princesa de las profecías

Tronos de Huesos: La princesa de las profecías

Autor: : Nora Monroe
Género: Fantasía
Elleonor, al cumplir su decimosexto cumpleaños vuelve a su pueblo natal, Cashmere. Pequeños fragmentos de un aparente sueño recurrente sembrará dudas sobre quién realmente es ella, y porqué no logra recordar varios años de su vida. Dos años después, llega al pueblo un nuevo joven a quien ella reconoce de inmediato y comienza a investigar... hasta descubrir un secreto que cambiará su vida para siempre. A medida que su memoria regresa, y varios secretos van siendo revelados, ella deberá elegir entre aferrarse a su humanidad, o enfrentarse a su destino y proteger a sus seres amados. Solo el verdadero amor podrá darle las fuerzas necesarias para enfrentarlo todo. ¿Podrán ambos enfrentar sus destinos y tomar sus propias decisiones? « Y es aquí cuando Dios, en un regalo de amor, le otorgó el don de ver lo que pasará... Y así nació el don del Ángel. » "–Todo comenzó con ese sueño... Ellie."

Capítulo 1 Prefacio + Capítulo 1: El chico de mis sueños

Prefacio:

Fue una nublada tarde de otoño, en la que terminaba de cerrar mi última maleta. Junto a mi madre nos tocaba mudarnos a Cashmere, un pueblito del condado de Chelan, Washington.

Tiempo atrás, solíamos visitar a mi tía Lía allí, cuando empezaban las vacaciones de verano, ya que Cashmere es nuestro pueblo natal. Aunque, en aquellos últimos cuatro o quizá cinco años, mi madre decidió que dejáramos de ir.

Recuerdo que el parque del pueblo era mi sitio favorito para dibujar o simplemente descansar, bajo algún árbol viejo a la hora de la tarde; luego debía regresar a casa antes del atardecer. Estaba lleno de pasto verde y saludable por las constantes lluvias, que cuando paraban, un arcoíris cruzaba siempre el cielo, hasta perderse en el horizonte.

El parque llegaba hasta la orilla del río Wenatchee, que separaba el pueblo de un profundo bosque montañoso lleno de pinos que se erguían orgullosos, por el cuál adquiría un ambiente misterioso, como los bosques de trágicas historias de seres fantásticos, como hadas, vampiros, hombres lobo...

Circulaba la leyenda, como en todos los pueblos viejos que tienen las suyas, en donde se decía que los vampiros y hombres lobo lo invadieron, llevándose a quien se atreviera a entrar de noche, con ellos...

Y aquella tarde, con mis doce años cumplidos hacía exactamente dos días, bajaba del coche de la mejor amiga de mi madre. Entre bajar las maletas y despedirnos –mi madre y Marina con lágrimas brotando de sus marrones ojos–, se hicieron las tres y media de la tarde, por lo que nos tuvimos que apresurar al aeropuerto. No debíamos perder el vuelo.

Al acercarnos a la familiar entrada, una nostalgia me invadió al leer el enorme cartel al costado, que citaba "Fresno Yosemite Aeropuerto Internacional", y los recuerdos de los días pasados en Cashmere, y de mis años vividos en mi hogar en Porterville, California, me dejaban un sabor amargo, y a la vez una pequeña sensación de que algo muy bueno nos esperaba de regreso en nuestro pueblo natal.

Luego de mucha espera en aquellos asientos azules, y de hacer largas filas, por fin me encontraba recostada en el asiento del lado de la ventanilla, viendo como despegaba el avión y todo se hacía más pequeño, disfrutando que siempre me han gustado las alturas y los paisajes surrealistas que la distancia revela.

Luego de un rato de aburrimiento y del cansancio de la larga espera, me colocaba mis auriculares, sacando mi cuadernillo de anotaciones y empezando a garabatear una hoja en blanco. Y así los minutos pasaron, quedándome profundamente dormida...

Cuando el avión descendió, mi madre me despertó más risueña: ya habíamos llegado. Mientras guardaba los auriculares en mi pequeño bolso gris junto con mi MP4 y, al tomar mi cuaderno para guardarlo también, mi respiración se detuvo al ver lo que la página en la que garabateé mostraba.

El retrato de un joven se hallaba perfectamente dibujado. Hasta hubiera jurado que los trazos con lápiz negro que conformaban los irises de los ojos, daban una pizca de tonalidad verdosa muy peculiar. Y como un flash de luz cegadora, lo recordé.

‹‹Ojos verdes esmeralda veteados con resplandor rojizo, piel blanca y tersa, cabello negruzco como el mismo cielo nocturno, carnosos labios carmesí formando una dulce sonrisa torcida...››

Lo había visto en sueños, hacía unas semanas. El mismo sueño que se repetía, como el que quizás y seguramente acababa de tener.

-¿Quién es Alessander? -preguntó Beatrice, mi mamá, sacándome de la ensoñación.

-¿Alessander? -devuelvo como respuesta, desconcertada.

‹‹¿De qué me perdí?››.

-Repetías ese nombre mientras dormías -informó con una sonrisa pícara-. ¿Hay algo que no sepa? ¿Un chico quizás?

-No, para nada.

Volví la vista al dibujo –que por suerte ella no alcanzó a ver, o eso esperaba porque lo más seguro era que no lo quiera mencionar ahora– y caí en cuenta de que ese extraño chico que había dibujado se llamaba Alessander. Tomando de nuevo el lápiz, escribí el nombre en un borde de la hoja, terminando de guardar todo para luego descender del avión.

Dentro del hall la gente caminaba apresurada, cosa que nosotras imitábamos para buscar nuestro equipaje con prisa. Mi madre me hizo esperar en la puerta mientras llamaba a Lía, y en ese momento aproveché para observar mejor a mi alrededor. Con intriga, veía a familias, parejas, e incluso personas solas, caminando sin cesar, hablando entre ellos o simplemente esperando con el celular en la mano. Por un ventanal que dejaba ver la amplia calle Pangborn Rd que nos conduciría a la avenida Grant Rd, se lograba apreciar el estacionamiento semi vacío, y el horizonte cubierto por el manto blanco de la nieve, y pocos árboles a lo lejos adornando el paisaje casi árido.

‹‹El clima al que le tengo tango aprecio y lindos recuerdos...››

-Ya la he llamado, dice que nos está esperando -anunció con su mirada iluminada, mientras me pasaba la manija de una de las maletas de carrito-. Vamos, ya quiero salir de aquí.

Al salir divisamos a Lía frente a su clásico y viejito Chevrolet azul, con la cajuela del baúl abierta, lista para acomodar nuestras cinco maletas.

-Ya era hora de que llegaran -nos saludó con su radiante sonrisa, envolviéndonos en un abrazo grupal.

-Hola, hermana. ¡Ha pasado tanto!

-Lo sé, Bea. Me contarán todo en el camino.

Nos separamos y acomodamos el equipaje. Mi madre se ubicó de copiloto y yo en los de atrás. Parlotearon todo el trayecto desde el aeropuerto Pangborn Memorial, en East Wenatchee, hasta Cashmere, y me alegraba por ambas. Hacía unos años que mi madre no se veía con su gemela por cuidar de mí, allá en Porterville. Siempre fueron como uña y carne, pero... Luego de la llegada de mi padre y su hermano, y de que se enamoraran de ellos, ya no tenían tiempo para ellas; más con mi nacimiento, llegó el mudarnos a California...

Preferí solamente mirar por la ventanilla, pensando en aquel insólito dibujo. Todo parecía tan confuso, inesperado, pero simple también. Algo de lo que estaba segura. Una sensación que me invadía completamente.

Él iba a entrar a mi vida. Tarde o temprano, pero lo haría. Alessander... Un nombre peculiar para el chico extraño.

Capítulo I:

Cuatro años después...

Presente: lunes 16 de octubre, 2017.

Ya pasaron cuatro años desde la primera vez que soñé con Alessander. Lo que no esperé fue que luego de ése, vinieran más; algunos más aterradores que otros, revelando escenas e imágenes teñidas en sangre y fuego... Y otras –en la mayoría su cara, su voz, su risa–, transmitían una inexplicable paz y anhelo, siendo un reconfortante recordatorio de que, incluso en mi imaginación, no todo era caos y destrucción.

Aún sigo conservando el misterioso dibujo, junto con los tantos más que guarda mi tía Lía, que hice estando dormida durante estos últimos cuatro años. Tampoco he visto al propietario de aquel alargado rostro de marfil, pero en las últimas noches el soñarlo se hizo más frecuente y repetitivo...

Despierto gracias al irritante pitido del despertador, que apago de un manotazo. Restriego mis ojos mientras me siento en la cama, estirando mi espalda que truena agotada. La ventana abierta deja ver el cielo recién amanecido, y los colores amarillos y ligeros naranjas que lo surcan tiñendo las nubes de tonos pasteles.

-Hija -unos golpecitos suenan en la puerta entornada y mi madre se asoma con su impecable sonrisa habitual-, ya son las siete y media. Vamos, baja a desayunar que se te hará tarde.

-Ya voy mamá -contesto con la voz algo ronca, sintiendo la boca seca.

Bostezando, voy hasta el baño a lavarme los dientes y la cara, para luego preparar la ropa del día. Ya lista, tomo mi bata de baño y me meto a la ducha. Intento no demorarme, ya que antes del Instituto debo pasar por mi mejor amiga e ir a la biblioteca a recoger unos libros que hace casi una semana dijimos de retirar.

Salgo y me envuelvo en mi bata celeste contemplando mi reflejo en el espejo, mientras suelto la pinza que sujetaba mi cabello castaño lacio en un moño alto. Estoy nerviosa, ansiosa, y no sé el por qué. Sumando que el mal dormir por los sueños dejaron mi piel con apariencia enfermiza y más pálida de lo normal, sin contar el agotamiento físico y mental.

Me cambio con el conjunto de jean gris y blusa escarlata que dejé sobre la cama, y cuando termino de calzarme las zapatillas corro escaleras abajo para desayunar. Veo que ya están ellas reunidas en la cocina sirviendo un plato con tostadas, el frasco de mermelada y tres cafés como desayuno. Nuestro típico desayuno rápido desde que a mi madre le dieron más turnos para cubrir en el consultorio pediátrico del Central Washington Hospital y Clinics.

-Hola, gemelas -las saludo con un beso en la mejilla cada una, y paso a servirme una buena taza de café.

‹‹Voy a necesitar más de estas hoy››.

-Hola, cariño -mi madre me pasa la azúcar mientras ambas siguen prestando atención al televisor, en donde el canal de noticias anuncia la desaparición de una mujer de veinte años en Rock Island, un pequeño pueblo a unas cuantas horas de aquí-. ¿Cómo dormiste?

‹‹¿Dormir? Claro, sin contar los ataques de migraña que me deja de obsequio cada maldito sueño››, me doy una cachetada mental tratando de prestar atención a mi alrededor, un ligero mareo se hace presente, pero intento disimularlo bebiendo un sorbo de café.

-Bien, mamá, gracias. ¿Y ustedes? -siento mis manos un poco adormecidas, y un escalofrío recorre mi espalda. Por algún motivo no puedo dejar de ver la pantalla en donde muestran la imagen de la mujer.

-Bien -dicen al unísono, mi tía se da cuenta de mi actitud y cambia de canal, dejando la transmisión de un reality show-. ¿Terminaste los trabajos para la escuela? -inquiere mi madre con ojos suspicaces.

-Sí, y debo pasar a buscar a Sara hoy -doy el último sorbo al café, noto la preocupación en sus rostros y tomo la mochila para salir corriendo hacia la calle-. ¡No me esperen hoy, saldré con los chicos!

Antes de escuchar alguna réplica de mi madre, camino de prisa hasta mi coche color negro brilloso. Andy le había apodado el EllieMovil en cuanto lo vio la primera vez, bautizándolo desde ese momento.

Al subir tiro la mochila en los asientos traseros y arranco. Lo bueno de este pueblo son las pocas personas y coches que hay por las calles, ya que tan sólo consta de aproximadamente tres mil habitantes.

Intento enfocarme en las calles, las personas paseando a sus perros en las veredas o simplemente caminado, pero mi mente sigue en esa desaparición. Ya es la quinta de esta semana, si bien es la primera en Rock Island, hubo otras cuatro desapariciones en dos ciudades al este, en otras ciudades dentro de Washington.

A los minutos me estaciono frente a la casa de Sara, y su cabellera negra parece bailar desquiciada a su alrededor mientras corre hasta el coche.

-¿Por qué tanta prisa? -pregunto cuando cierra la puerta y arranco nuevamente.

-¡Tengo noticias! Bueno, es un chisme, pero la señora Loren, del almacén, dice que una familia nueva se mudó aquí ayer -ni siquiera respira para seguir hablando, y aguanto una risa cuando su cara comienza a tornarse rosada-. Dicen que tienen dos hijos y que ambos irán a nuestra escuela. ¡El hijo mayor irá a nuestro año!

-Un compañero nuevo... ¿Eso es todo? -arqueo la ceja mientras doblo en la Elberta Ave para ingresar al estacionamiento de la biblioteca.

-No solo eso, dicen que vienen desde Italia y que son muy guapos. ¿Y si al fin es tu príncipe desconocido?

-Bueno... -carraspeo. No debo hacerme ilusiones, aunque el hecho de que los nervios me ganan, pues...- No voy a hacerme ilusiones, además, no sabemos si los sueños que tuve son reales o solo un problema con mi cerebro.

-Al menos déjame soñar con una historia romántica, aguafiestas -me saca la lengua molesta.

Estuve pensando en los sueños del chico de mis dibujos y en su mirada. Sus pupilas destilaban cariño en cada escena, pero a la vez todo en él era extraño. Contando de por sí que sólo lo veo en imágenes que aparecen mientras duermo. Quizá lo podría conocer en la escuela, o en algún lugar del pueblo. No sé cuándo, pero debo encontrarlo y saber quién es. Hasta hace una semana era casi un recuerdo guardado bajo candado en mi memoria, pero por razones que desconozco no he podido dejar de pensarlo y soñarlo constantemente, además de tener esta sensación de fuerza oprimiendo mi pecho. Llevaba años sin pensar tanto en Alessander, y sin tener esta angustia desesperante de hallarlo, pero por una extraña razón afloró nuevamente; como el recuerdo de un fantasma.

Estaciono entre unos coches y bajamos con tranquilidad. La fresca brisa del otoño nos golpea, y veo a mi amiga ajustarse más su chaqueta mientras cruzamos la puerta doble de vidrio.

La biblioteca es grande y llena de estantes repletos de libros de toda clase, dividida en tres secciones: el ala para niños al fondo, otra para investigaciones e historia, y el resto era de novelas literarias. La entrada tiene un escritorio donde la bibliotecaria, la señora María Cromwell –de unos sesenta años, con su castaño cabello velado de surcos de múltiples canas y su rostro pecoso cubierto de arrugas–, lee un viejo libro de páginas gastadas, inclinada en el respaldo de la silla. En las paredes de madera unos cuadros viejos y amarillentos cuelgan algo inclinados, y el piso de la entrada está cubierto por una alfombra gris y gastada.

Recuerdo que de niña cuando veníamos de visita al pueblo, siempre me gustaba estar aquí, además del parque, claro. Jamás fui muy sociable, solo tengo dos amigos aquí, y en Porterville tuve una amiga, pero con el pasar de estos años dejé de comunicarme.

Camino hasta las mesas en el sector apartado, y Sara escoge una cerca de los estantes. Ambas nos quitamos las camperas y las colgamos en los respaldos de nuestras habituales sillas para estar más cómodas. Estaremos un rato aquí y con la calefacción hace calor.

Mientras busco en la mitad de un estante, siento el peso de la mirada de alguien sobre mí. Volteo rápido, pero sólo veo el otro estante detrás, la tranquilidad de la biblioteca parece de surrealista, aunque con los nervios que estuve reteniendo estos días, lo más probable es que sea sólo mi mente. Y como si fuese mi imaginación, de un instante a otro dejo de sentir esa extraña sensación de ser observada, por lo que sigo buscando entre los libros hasta encontrar el que tengo en mente hace más de una semana, restándole importancia a lo de hace unos segundos.

Saco un par de libros que se ven interesantes y cuando, inconscientemente, miro el hueco en el estante que deja ver al otro pasillo, hay un chico de ojos verdosos mirándome...

‹‹No lo puedo creer...››

El shock me recorre el cuerpo. Incluso mi mente queda en blanco. Tantos años esperando verlo, y la conmoción gana. Cuando pestañeo ya no hay nadie, sólo la siguiente estantería.

Demoro unos segundos en reaccionar, sintiendo las piernas entumecidas y el corazón tan acelerado que quema; y eso no ayuda. En un instante de lucidez, en el que la adrenalina crece inmensurable dentro de mi golpeando mi sistema nervioso, corro desesperada y angustiada hacia el otro pasillo en donde él apareció..., pero cuando doblo no hay nadie. No quiero perderlo. No ahora, pero simplemente se esfumó.

-Tuvo que haber sido mi imaginación -murmuro con el corazón retumbando en mis oídos.

‹‹Sí... Seguro fue eso››.

Cuando logro despegar los pies del suelo me tambaleo mareada hasta sentarme, y poder apoyar mi frente entre mis manos. Mi cabeza me duele demasiado, al igual que el pecho.

No sé del todo qué acaba de suceder, pero no creo –o me niego a creer–, que sea sólo una ilusión, o un juego de mi mente. El sentido común me dice que eso no fue real, que sólo lo imaginé. Que la saturación de tantos días sin descansar bien ya afecta y distorsiona lo que veo. Pero a la vez, algo en mi subconsciente dice lo opuesto. No podía...

Me levanto bruscamente tomando mi campera y los libros. Elijo uno al azar de entre los que llevo ya que no alcancé a encontrar el que vine a buscar.

‹‹Debo salir de aquí lo antes posible››.

-¿Qué te pasó, Ellie? -Sara se acerca a mí rápido y toma mi brazo mientras deja un libro enorme sobre la mesa.

-Creo que lo vi... -suspiro cansada y resignada.

-¿En serio? ¡¿Era él?!

-Chist... -miro a todos lados-. Nadie debe saber. Recuerda.

-Lo siento... Pero si realmente es él, ¿qué piensas hacer?

Un nudo se aprieta en mi garganta, y quiero llorar. Aguantar tantas emociones durante cuatro años... No es sano.

-Esperar... Supongo.

Dejo en su lugar los otros libros que había tomado, y voy tomada del brazo con Sara, hasta la bibliotecaria que aún sigue leyendo sentada tras el escritorio.

-Buenos días. Quiero sacar este libro -le digo tratando de componer una sonrisa.

-Buenos días, jovencitas -contesta mientras saca un papel y anota dos fechas-. Son bellas historias de romance, seguro las disfrutarán. Bueno -golpetea un sello en dos fichas, y nos extiende ambos libros con una arrugada sonrisa-, los tendrán que devolver el veintitrés de octubre. ¿De acuerdo?

-Sí, está bien -asiento forzando una sonrisa lo más amable que puedo, y tras un saludo salimos hacia el fresco día.

Ya en el coche dejamos los libros en el asiento de atrás, y emprendemos camino hacia el Instituto. Si nos demoramos más llegaremos tarde.

Mientras el camino se hace más relajante, cantando a gritos las dos, los nervios y la ansiedad se van apaciguado. A los quince minutos aparco en el estacionamiento ya repleto del Cashmere High School, divisando a Andy que ya nos espera, sentado en la escalera de la amplia entrada repleta de adolescentes con el uniforme de la escuela y del equipo de futbol Bulldogs, rodeado por las porristas y el equipo de basquetbol apoderándose del sector opuesto en la entrada.

Al llegar junto a él nos abraza a modo de saludo, y caminamos los tres por el largo pasillo hacia nuestros casilleros.

-¿Cómo estuvieron el fin de semana? -curiosea el animado pelirrojo pasando un brazo por los hombros de mi amiga.

-¡Genial! Me la pasé viendo series, salieron unas nuevas de suspenso que están buenísimas.

-Pero Sara -cuestiona él arqueando una ceja burlonamente-, nunca terminas las series que ves. Ni siquiera terminas las últimas temporadas.

-Esta vez comencé unas que son cortas -contesta haciendo puchero.

-Apuesto a que tampoco las terminarás -y le revuelve el cabello mientras se ríe por la expresión exasperada de ella-. ¿Y tú Ellie?

-Bien, intenté de nuevo preguntar sobre mi padre, pero mi madre prefirió excusarse y cambiar de tema otra vez.

-¿Y tú tía sigue sin ayudarte? -Sara apoya una mano en mi brazo a modo de apoyo, y le sonrío encogiéndome de hombros.

-No, dice que es decisión de mi madre contarme, y que cuando sepa la verdad entenderé por qué no quisieron contarme nada. Pero no entiendo, y es ahora cuando quiero saber, no en unos años -retuerzo mis manos con incomodidad y frustración, hablar sobre mi padre no era algo grato, no por el hecho de que nos haya abandonado, sino porque era un tema tabú en mi casa, y eso era más que molesto.

Ambos intercambian miradas y Sara opta por cambiar de tema, aunque no es muy buena la opción que toma.

-¿Y si mejor le contamos a Andy lo que viste hoy en la biblioteca? -les revoleo los ojos y suelto todo el aire que no sabía que retenía.

-¿Qué viste Ellie?

-Lo vi... -balbuceo mirando hacia otro lado. Él me observa con los ojos muy abiertos exagerando concentración, y las palabras se me traban en la lengua. ¿Cómo puedo hablar del tema, si lo más probable es que fue producto de mi imaginación? Es como confirmar que estoy volviéndome loca. Y mientras más personas lo sepan, más lo comienzo a creer con certeza-. A Alessander.

-¡¿Qué?! -Andy se para en medio del pasillo, y varios estudiantes se voltean a vernos.

-Cállate, marmota -Sara molesta le da un manotazo en el brazo, y siento mi cara arder en vergüenza.

-Ouchi -se soba el brazo-. ¿Te han dicho que tienes manos pesadas?

-Ni siquiera te pegué -contesta cruzándose de brazos, ofendida-. Solo te empujé por no tener ni una pizca de cuidado.

-Sí, claro -ahora sí espera a que el grupo que pasa cerca de nosotros se haya marchado, entre tanto nos acercamos a nuestros casilleros, para voltear a verme con seriedad-. Pero Ellie, entonces...

-Nada -lo interrumpo, abriendo mi casillero y tomando unos libros.

-Pero ¿por qué?

-Andy, no pude ni moverme cuando lo vi. Ni siquiera sé si es real... -recuerdo esos hermosos ojos mirándome a través del hueco de la estantería, y la rapidez con la que desapareció... Como si nunca hubiese estado allí-. Él sólo se esfumó. Así, sin más -su cara totalmente desconcertada hace que suelte un bufido, agotada, y tomo una bocanada de aire para intentar reunir las palabras en mi mente y explicarme mejor-. Lo vi a través del hueco de una estantería en la biblioteca. Y cuando reaccioné, él ya no estaba. Fue como si nunca lo hubiese visto...

-Qué extraño -contesta rascándose la cabeza y apoyándose en el casillero de al lado del nuestro, pero de un instante a otro, su rostro se ilumina en asombro y me mira con una sonrisa burlona.

-Piensa rápido amiga, porque ahí viene -chilla Sara con los ojos con brillos de emoción y dando saltitos.

Y al voltearme, mi corazón se detiene.

‹‹Alessander...››

Capítulo 2 El filo entre el anhelo y la realidad

La sangre se me baja al suelo, y mi respiración se corta... Es él en verdad. Al fin puedo verlo en persona, tan tangible que siento mi cuerpo congelarse ante el golpe de la realidad. La seguridad de que sí existe, de que al fin deja de ser sólo un sueño, un grupo de imágenes efímeras volando en mi mente, en mi imaginación...

Ahora está frente a mí, con sus esferas verdes observándome a unos cuantos metros de distancia. Con esa sonrisa tan dulce y cálida, que tantas veces vi en las noches de estos cuatro años...

Pero mi cerebro se queda en blanco, y el miedo de que todo se desmorone frente a mis ojos como en las horrendas pesadillas que suelo tener, me invade sacando un instinto muy básico que nubla mi voluntad: huir de aquí. Y hacerme la distraída puede salvarme esta vez.

Con toda la fuerza de voluntad que logro juntar me doy vuelta de nuevo hacia el casillero abriéndolo con una mano temblorosa. Cuando el pestillo cede, meto mi cabeza dentro, simulando buscar algo.

-Uhm... ¿Ellie? -pregunta un Andy confundido.

-¿En serio esta es tu manera de evadir las cosas, amiga?

-Sí, Sara -farfullo como puedo, con un nudo en mi garganta.

-Sal de ahí -exige ella, empujándome un poco del hombro, con actitud decidida.

-No, Sara -no siento que el aire que respiro llegue a mis pulmones, y el asfixiante pánico hace que quiera gritar y llorar.

-No creo que tenga valor, déjala, se acobardó -se mofa Andy con su voz de apostar, pero esta vez no es cobardía, es aún peor.

-Uh, ¡Ellie cobarde! -canturrea la peli negra, intentando revolverme el cabello y hacerme cosquillas en los costados, pero no siento nada, estoy paralizada.

-Les partiré un libro en la cabeza a los dos si no se callan -les advierto con la voz quebrada, ya sintiendo el típico picor en mis ojos color avellana.

-Oye Ellie, creo que enserio tienes que ver esto -la voz preocupada de Sara hace que eche un vistazo por instinto de curiosidad, volteándome lo justo y necesario para ver la escena en el pasillo.

El grupito de Daphne, quienes son las de mayor nivel económico dentro del Instituto, y las típicas chicas populares, están rodeando a Alessander...

La vívida imagen de siete buitres tras su presa, una presa acorralada contra los casilleros a unos cuatro metros del mío. Las sonrisas empalagosas y el actuar de Daphne no deja duda de que quiere tener el nuevo trofeo, porque así es como siempre ven a los chicos, como objetos que cambian cuando quieren. Y él no parece siquiera notarlas.

Sus ojos pasan de las chicas a su alrededor, fijos en mí, y conectándose con los míos en cuanto lo observo. Una sonrisa de lado surca sus labios, y sus ojos destellan con un brillo peculiar... Me quedo estática, pasmada ante ese mismo sentimiento extraño en mi pecho, junto con la inmensa necesidad de correr hacia sus brazos y refugiarme en su cuello, como tanto imaginé romantizando un encuentro épico con el chico de mis sueños.

‹‹Tan idéntico...››

Hasta que, sin saber cómo, tomo coraje y le devuelvo la sonrisa.

-Vaya que te está mirando -comenta risueña Sara.

-Y vaya que es igual a tus dibujos, pequeña paliducha -me codea Andy-. Es increíble.

Vemos como habla rápido con las chicas que lo abruman con preguntas y empieza a tratar de caminar hacia nosotros.

Y justo el bendito timbre suena. ¡Salvada por la campaña! Como dice el dicho...

-Soldado que huye, sirve para otra guerra -tartamudeo fingiendo una sonrisa, mientras que dentro estoy muerta de nervios junto con el pánico que se apodera de mi cordura, y ajustando mi mochila al hombro y abrazando mis libros, me preparo para huir-. ¡Adiós! -grito corriendo al salón de clase.

Mis amigos se me quedan mirando mal, pero prefiero eso, antes que afrontar la realidad y mi propia vergüenza de actuar como idiota frente a Alessander. La niña dentro de mí aún no cree que esto sea real, más porque mi lado más coherente siempre ha creído que era un problema con mi cabeza, sin dar la posibilidad de que este chico sea real, de carne y hueso como yo.

El salón de matemáticas es un caos, el grupito de nerds adelante son los únicos sentados. Vuelan bolitas de papel por todos lados, y los gritos de los grupos del fondo peleando no paran. Me siento y acomodo todo en mi asiento habitual bajo la mirada de una enfadada Sara, que es mi compañera de banco y de distracción en esta clase. Intento concentrarme en ordenar minuciosamente los libros y fotocopias, enfocando mi atención en mi banco y tratando de contar hasta tres en cada respiración para normalizar mi pánico.

-¿Tengo algo en la cara? -le pregunto inocente, ya habiendo recuperado mi cordura.

-Si, inmadurez -dice señalándome toda la cara con su dedo acusador.

-No es para tanto, si quiere hablarnos que espere al recreo -intento simular que leo el cuadernillo de actividades de la materia, pero mi amiga coloca una mano en la página, carraspeando sarcásticamente.

-¿Resentida por los cuatro años de espera, princesa? -mofa agitando sus dedos delante de mi cara, y luego saca sus libros de la mochila.

-No, simple cobardía -me encojo de hombros, vagando la mirada sin punto fijo por el salón de clases.

Hace tiempo hemos hablado sobre esto, sobre qué pasaría si él fuese real, si se presentara un día y tuviera que afrontar todas estas emociones juntas. Pero siempre fue sólo eso, un "qué pasaría si..." que quedaba en la imaginación. No se sentía real hablarlo antes, y no se siente real vivirlo ahora.

-Buenos días clase -el profesor Scott entra y el salón se vuelve paz, todos se sientan guardando silencio-. Espero que hayan terminado las actividades que les dejé la semana pasada. Las repasaremos al final de clase, ahora abran los libros en la página sesentaiocho para seguir con el próximo tema.

Y así transcurre la clase, con mi mente divagando, distraída en recuerdos. No voy a mentir, ver a Alessander no me trajo la reacción que esperaba a los doce años, cuando pensaba que todo era color de rosa. El ardor en el pecho sigue latente, y el saber que él no me conoce, pero yo a él sí, y que pasé cuatro años esperando conocerlo... Hace que me sienta dolida. Y humillada por mi propia estupidez. ¿Cómo podría pretender que él me conociera? Que me haya sonreído seguro fue coincidencia, o quizá sea el típico mujeriego rey de preparatoria. Más seguro con todas las chicas que se le acercaron...

-Oye, Ellie -me codea Sara con cara preocupada-. Parece que vas a asesinar a medio salón. ¿Qué te pasa?

-Nada, sólo...

-¿Celosa por lo del pasillo? -se burla moviendo las cejas de arriba abajo.

-Claro que no. Yo no soy celosa -le saco la lengua juguetona.

-Claro, y yo soy... Tu padre -dice dramatizando a Darth Vader, intentando sacarme una sonrisa.

-Que chistosita -y cuando estoy por replicarle algo, un fuerte carraspeo nos hace callar de inmediato.

-Señorita Cooper -la voz gruesa del profesor retumba en el salón-. ¿Podría decirnos el resultado de la ecuación? -pregunta señalando la pizarra.

-Yo... -la cara de mi amiga es un poema, y yo trato de contener una carcajada para no ligar un reto también.

-La próxima vez espero que preste atención en mi clase, señorita Cooper. También va para usted, señorita Carduccio.

Cuando el profesor se da la vuelta y sigue anotando ecuaciones en la pizarra, nos miramos y reímos bajito. Alguna que otra vez hemos ido a parar a la sala del director por molestar en clase, más cuando nos tocaba alguna materia en donde los tres estuviésemos juntos.

-Mejor hagamos las actividades antes que nos manden a detención -le digo y nos ponemos a trabajar en eso.

-Pero... Ellie -volteo a verla, y su rostro ya demuestra la preocupación que ha querido ocultar desde lo ocurrido en la biblioteca- Todo estará bien. ¿De acuerdo?

Sólo me limito a asentir levemente con una sonrisa forzada, aún no logro controlar siquiera el temblor de mis manos. Resulta que es mucho más difícil de lo que alguna vez imaginé, quizá por confiar en que era tan solo un invento de mi imaginación, como los niños con sus amigos imaginarios, pero el hecho de que ahora sea real, el tener que afrontarlo cara a cara, yo... Hace que me sienta débil.

El resto de la clase termina rápido, y antes de darme cuenta el timbre vuelve a sonar. Todos salen corriendo en manada del salón con sus mochilas a medio cerrar, mientras que yo, con toda la tranquilidad y paciencia del mundo, guardo mis cosas a cámara lenta.

-¿Estás de broma, Elleonor? -mi amiga me mira acusadora.

-¿Qué? -sonrío inocente poniendo ojos de cachorro, pero ella niega con la cabeza lentamente apretando en una fina línea sus labios rosa pálido.

-Por tu culpa voy a perder los primeros lugares en la cafetería -se queja y golpea el piso con el pie.

-Pues vete sola...

-Claro, y dejar que huyas -blanquea los ojos y gruñe frustrada, acercándose a paso apresurado hasta mi banco.

-Es una buena opción -me encojo de hombros distraída.

-Ya basta -me arrebata la mochila y guarda todo de prisa para luego levantarme de la silla y arrastrarme al pasillo.

-De acuerdo, puedo ir sola -me quejo ya algo enfadada, y me suelta con expresión seria.

-¿Cuál es tu problema? -pregunta bufando. El silencio se asienta por unos largos segundos, y la opresión en mi pecho se hace más densa, cortándome la respiración.

-No quiero salir lastimada de esto. Ya pasé cuatro años, y lo había olvidado -miro al piso y suspiro, siento la angustia salir de mis pulmones junto al aire, y cuento hasta tres antes de volver a inhalar-. Quizá podría haberlo olvidado, para no tener miedo ahora al rechazo.

-Oye, mírame -levanta suavemente mi barbilla con su mano derecha, sus ojos transmiten comprensión, y una parte de mí se alegra por el apoyo emocional que ella me da, es como mi bastón personal en los momentos complicados de mi vida-. Dale una oportunidad, quizás y te llevas una sorpresa -sonríe sincera, contagiándome tranquilidad.

Y me encuentro sonriendo con ella, con más ánimos.

‹‹Bien, que comience el show››, pienso sarcástica en mi mente, intentando juntar todo el valor que puedo. Ya es hora de verlo a la cara y hablar con él, al menos presentarme como es debido. Quizás lo conozca por mis sueños, pero realmente no lo conozco, no sé nada sobre él, qué le gusta, quién es en verdad, de dónde viene. Esta es una buena oportunidad de hacer las cosas bien, de empezar de cero con él en la vida real, sin romantizar escenas imaginarias ni tener ese amor platónico que termina siendo tóxico para quien lo carga durante años.

Nos encaminamos a la cafetería que ya está casi repleta de estudiantes enérgicos y hambrientos. A unos metros vemos a Andy, quien está hablando con sus amigos en la entrada.

-¡Oigan chicas! Richard dice de ir a bailar a Moonlight hoy. ¿Vienen?

-Claro, iremos -contesta Sara por mí y me mira- ¿Te quedas en mi casa?

-Sí, ya les había avisado a mi madre y mi tía que hoy saldría con ustedes, iba a decirles de ir a comer, pero esto es una mejor idea -amo salir de noche, y pasar un buen rato bailando va a distraerme de todo este lío mental y emocional.

-Bien, vamos a hacer la fila -Sara me lleva del brazo hasta donde termina la fila de estudiantes esperando para servirse el almuerzo.

-¿Vas a aprovechar para acercarte a Luke hoy? -le pregunto con una sonrisa pícara. Recuerdo cuando lo vio por primera vez el año pasado aquí en la cafetería, Luke era un chico que de niño vivía aquí, en Cashmere con su familia, pero al morir su padre y quedarse solo, su hermano mayor se lo llevó a Chicago donde vive con su esposa. Al cumplir los dieciséis lo dejaron volver y vivir con su mejor amigo Richard. Fue entonces cuando Sara se enamoró de él al verlo otra vez.

-Y por eso te voy a pedir consejo para elegir qué ponerme -exclama bajito, muy emocionada y me abraza-. Estoy nerviosa, quiero estar hermosa y sexy para que me vea y babee por mí -suspira ensoñada, proyectando imaginariamente cómo será su momento épico de hoy.

-Tranquila, que apuesto a que Andy también nos ayudará a que puedas hablar y estar cerca de Luke.

Cuando es nuestro turno en la fila nos sirven el menú del día: pollo con ensalada césar. En esta escuela sirven buena comida, aunque todos los años se quejan para que cambien los menús. Al menos puedo tomar gaseosa, y mi amiga sus típicos jugos frutales.

-No puedo creer que aún no hayan añadido hamburguesas al menú.

-Y yo no puedo creer todavía que nunca engordas con lo mal que comes- me codea y nos reímos, siempre me ha bromeado con todo lo que como, porque es cierto, hasta mi madre y mi tía dicen que tengo el apetito de un joven deportista-. Ayer que cenamos en tu casa pediste mucha comida chatarra, ¡y sigues delgada!

-Es un don -mofó como respuesta. Ella de niña era algo rellenita, y recuerdo que los demás niños no eran agradables con ella-. Y con lo que comes me impresiona que aún no aceptes que eres vegetariana.

-Oye, que sabes no me gustan las etiquetas -me pellizca la mejilla ofendida -. Y ser vegetariana no se basa solo en ensaladas, hay un mundo de comidas riquísimas y variedades, además de que es un estilo de vida y no un plan alimenticio.

-¿Y por qué no pruebas otra cosa? Ya que vives a dieta estando delgada, no necesitas eso, eres hermosa por dentro y por fuera.

-Lo sé -se queja sentándose desganada en la mesa que conseguimos casi en el fondo de la cafetería-. El problema es que pensar en preparar otra cosa me da una pereza brutal. Y más si tengo que cocinar, siempre termino quemando la comida.

-Cierto -logro decirle entre carcajadas-. Pobre tu madre que siempre le dejas las ollas y los sartenes quemados.

-Deja de burlarte de mí y come -se ríe tirándome un pedacito de tomate en la cara.

-Chicas -se sienta Andy con nosotras-. Adivinen a quién invitó Richard para que venga hoy a Moonlight -dice subiendo y bajando las cejas pícaramente.

Ambas nos miramos. No sé qué cara tengo, pero se me baja el alma al piso con pensar que se refiere a...

-¡Alessander! -chilla Sara contenta.

-Exacto -Andy me mira sonriente, pero se le borra al instante preocupado-. Aunque no creo que por "mundo Ellie" haya caído bien la noticia.

-Oye, déjala. Seguro se le pasa el espanto, si hasta puede aprovechar a ponerse linda para él -ella me guiña el ojo, pero sigo estática procesando que tendré que verlo también fuera del Instituto.

-Puede ser... -susurro y miro mi pechuga de pollo casi terminada.

‹‹Ya se me fue el hambre››.

-Mira Ellie, ahí viene Alessander -avisa Andy por lo bajo, pero en mi cabeza esa información resuena como una alarma encendida.

Giro un poco la cabeza y él está mirándome con una radiante sonrisa, caminando hacia nuestra mesa. Puedo apreciar su remera negra marcando su buen físico, y su cabello negro un poco desordenado, con mechones cayendo en su frente. Acercándose cada vez más...

-Ellie, deja de mirarlo así, que cuando llegue aquí lo vas a espantar -me patea Sara por debajo de la mesa, y brinco sobresaltada. El corazón me retumba en la garganta, y mis manos comienzan a sudar y a temblar.

Al instante me siento más derecha carraspeando, y mirando mi refresco como si fuese lo más interesante del mundo.

-Hola chicos -saluda con voz gruesa y un marcado acento italiano al llegar a nuestra mesa- Soy Alessander Di Lorenzo.

-Hola, soy Andrew Morgan, pero me dicen Andy -le estrecha la mano con una sonrisa amistosa, y señala con la barbilla a mi amiga- ella es Sara Cooper.

-¡Hola! -le estrecha la mano efusivamente-. Bienvenido al High School de Cashmere.

-Gracias por la bienvenida, chicos -dice sonriendo de lado y buscando con sus ojos que le devuelva la mirada, mientras yo no dejo de simular leer la etiqueta del refresco.

-Y ella es... -continúa Andy por mí, pero Alessander lo interrumpe.

-Elleonor Carduccio -alzo rápidamente la mirada, sin creer que ya sepa de mí-. Mi padre me dijo que te buscara.

Capítulo 3 Alessander Di Lorenzo, el chico de los ojos verdes

-¿Buscarme? -logro tartamudear en medio del shock.

-Sí, un amigo cercano de la familia dijo que, si necesitábamos algo, que podríamos pedirte ayuda -su sonrisa de lado, y ese aire inocente... ¿Será cierto?

-¿Quién es ese amigo de la familia? -cuestiona Sara con curiosidad e impactada al igual que yo, con los ojos muy abiertos.

-Marcus Li Greci -dice sereno mientras se sienta en el lugar que le deja Sara, frente a mí. Pero en sus ojos veo una chispa de algo extraño, algo especial, como si ese nombre fuese mucho más de lo que en realidad aparenta.

-No me suena -respondo lo más inexpresiva que puedo.

¿Quién será ese tal Marcus? Que extraño... Y el hecho de haber soñado cuatro años con Alessander y que ahora diga esto, es más insólito aún. Incluso diría que parece un poco escalofriante.

-¿Quieres que ella te ayude, entonces? -inquiere Andy, animado como siempre.

-Algo así, hoy traté de buscar en la biblioteca y no logré encontrar ningún libro de los que me dijeron que había -resopla con frustración, pero mi instinto me asegura que esconde algo importante.

Eso significa que sí era él al que vi, pero si me vio en ese momento, ¿por qué no acercarse y preguntar como cualquier persona normal? Sara me levanta una ceja, y capto que ella se siente igual de alerta que yo. Supongo que piensa igual que yo, y querrá investigar todo este asunto.

-Claro, si quieres mañana antes de clases te ayudo con los libros -y tomaré mi tiempo para investigar de qué va todo esto.

-Oye, Alessander -lo llama Sara fingiendo estar emocionada, cambiando de tema-. ¿Irás a Moonlight hoy?

-Claro que sí -sonríe deslumbrante estirándose en la silla, la punta de sus zapatillas roza con ligereza los míos, y los remuevo inmediatamente hacia atrás, escondiéndolos bajo mi asiento. Siento mi cara arder y los latidos se me aceleran incontrolablemente, y por el rabillo del ojo veo que sus labios se curvan ligeramente en las comisuras, conteniendo una gran sonrisa reflejada en el brillo de sus grises ojos-. Acabo de llegar ayer y ya hay fiestas. Ya me está gustando este lugar.

-Y eso que recién llegas -se ríe Andy, y tiene razón. Aquí viven de fiesta en fiesta-. ¿Ustedes van juntas?

-Sí, ¿te pasamos a buscar? -pregunta Sara luego de terminar de beber su cajita de jugo natural.

-Por mí, genial. Sigo castigado y mi padre no me devolverá mi coche hasta dentro de un mes -bufa mi amigo con desespero.

-¿Castigado, y aun así saldrás? -se sorprende Alessander, enarcando sus pobladas cejas negras.

-Tiene una hermana menor con la que se cubren siempre las espaldas -mofo con burla, cruzándome de brazos sobre la mesa.

-Ya quisiera yo que mi hermano fuese así conmigo -bromea sarcástico.

-¿Qué edad tiene? -curiosea Sara, guiñándome un ojo disimuladamente.

-Tiene quince, aunque es muy estricto -hace una mueca de fastidio, y noto que el cariño fraternal no sube a sus ojos, pero tampoco ninguna otra emoción.

‹‹¿Habrá un problema familiar detrás de esa broma?››.

-Mi hermana tiene la misma edad, y parece una niña de cinco años con sus berrinches -cuenta Andy sacándonos unas risas, porque es cierto, siempre fue la princesa de la casa.

-¿Por qué tu hermano es estricto? -insiste Sara en el tema. Noto que a Alessander se le borra la sonrisa, y veo un poco de incomodidad y molestia en sus facciones.

-Supongo que él ya es así -zanja el tema, encogiéndose de hombros como para restarle impotencia.

Con Sara intercambiamos una mirada rápida, ambas captamos la reacción. Por suerte Andy no, y sigue con el tema de la fiesta. El resto de la charla hasta que suena la campana es tranquila, platicando de cosas triviales y sobre el Instituto. Además de soportar a mi amigo preguntando de todo sobre el país natal de Alessander, quedamos en pasar a buscarlo por su casa ya que no tiene coche y sus padres estarán ocupados para llevarlo hasta el club Moonlight, en Wenatchee, a unos veinte minutos por la ruta 2.

En los pasillos nos separamos, Sara va con Andy a biología, y me doy vuelta encaminándome al salón de Historia, pero...

-Parece que compartiremos la misma clase -sonríe Alessander alcanzándome.

Le devuelvo la sonrisa y caminamos hasta el salón, su andar es despreocupado, pero también parece fingido, hay algo de incomodidad en su andar, además de la visible tensión en sus hombros. Al principio, al verlo en el pasillo, no sabía cómo actuaría estando a su lado, pero me siento cómoda, con una rara e inexplicable sensación de confianza y familiaridad. Y a pesar de que no sé cómo es él en realidad, siento que puedo confiar, que puedo incluso, hasta cierto punto, llegar a leer sus emociones. Al menos ya no tengo la presión y necesidad de saber quién es y si es real, aunque más. Ya logré lo que estos cuatro años estuve esperando. Aunque sus actitudes no me cierran mucho, por lo que estaré con los sentidos alerta, por si acaso.

En el salón, mis compañeros ya están casi todos sentados y la profesora aún no llega, por suerte. Paso y acomodo las cosas en mi banco. Eran de a dos, y como en esta clase siempre somos impares, yo prefiero ser la que se quede sola atrás de todo. Además de ayudarme a concentrar, y de poder ver a toda la clase sin problemas, lo hago ya que no llevo muy buena relación con mis compañeros. Para ellos soy la "rarita", y en realidad prefiero que eso siga así.

Alessander se queda parado en la puerta, esperando a la profesora. Imagino que para presentarse con ella y hablar, ya que estamos a casi mitad del primer semestre.

Unos minutos después una señora regordeta, algo canosa, pero de aspecto vital y alegre cruza el umbral.

-Buenos días, clase -saluda con voz cantarina.

-Buenos días, profesora Belletti.

A pesar de ser historia y resultar en algunos temas algo tediosos, con ella es fácil aprender, y más para los que nos gusta leer novelas, ya que para los trabajos prácticos hace que interpretemos la historia como un libro en donde su protagonista cumple varias hazañas y aventuras. Recuerdo la vez que nos comentó sobre su sueño frustrado de ser arqueóloga, y logré comprenderla un poco. También me fascina la idea de viajar por el mundo descubriendo aventuras nuevas... Quizás y algún día logre hacerlo.

Aunque hay que tener cuidado con lo que uno pide.

-¿Y por qué tú no estás sentado? -le pregunta amable al nuevo, sacando de su bolso de cuero marrón el libro seleccionado para nuestra clase de hoy-. Oh, ya, eres el joven Di Lorenzo, ¿verdad?

-Sí, profesora.

-De acuerdo. Clase -aplaude para llamar a todos-, él será su nuevo compañero este año, se llama Alessander Di Lorenzo, sean amables -sonríe y luego pasea la vista... hasta mí-. Siéntate con la señorita Carduccio, podrá ayudarte con el programa para que estés al tanto.

-Gracias -nuestras miradas se cruzan por un breve segundo, y una tensión se crea entre nosotros, mientras somos indiferentes para casi todos los demás.

Al caminar por el pasillo hasta el asiento vacío, noto las miradas de varias chicas sobre nosotros, algunas de curiosidad, otras parecen de envidia, y la "reina titiritera" –como le apodamos Sara y yo–, Daphne, comiéndoselo con los ojos mientras juguetea mordiendo el extremo de una lapicera.

Siento rabia, muchísima rabia acumulada. Quiero que le quite los ojos de encima, pero no puedo hacer nada y eso me frustra peor, ya que esta sensación tan agobiante en mi pecho, una necesidad por lastimar a quien le coquetee, me quema y envuelve mi mente en un manto de niebla negruzca. Nunca he sido celosa o territorial en mi vida, si bien tampoco he tenido novio, no me visualizo como una persona tóxica o que le importen las acciones de los demás. Pero sin más, comienzo a sentir el ya típico picor en mis ojos, en señal de que se tornan rojos, y la desbordante y agobiante sequedad en la garganta y en la boca, junto a la sed desesperante. Me remuevo incómoda en el asiento, restriego mis ojos haciendo de cuenta que me pican, pero esta sensación no cesa y ya pasa a ser una necesidad de romper algo.

La señora Belletti comienza la clase, y no logro concentrarme, mi compañero de banco intenta disimular no verme, pero el peso de su mirada intensifica mi desespero. Muerdo sutilmente la piel dentro de mi mejilla, me concentro en el ardor y en el comienzo del sabor metálico chocando con mi lengua. Un alivio recorre en forma de escalofrío mi columna, junto a una sensación de frío desde mi nuca hasta mi cintura baja, y me dejo llevar un segundo por esa euforia que despeja mi mente, logrando que mis pensamientos se centren y pueda enfocar la vista nuevamente prestando atención a la clase.

Trato de concentrarme en la profesora y en respirar hondo. Garabateo otra hoja en blanco tranquilizando mi mente y mi cuerpo. Desde que tengo memoria que mis emociones siempre suelen querer explotar, así como ahora, y produce que mis ojos se tiñan de un extraño y terrorífico rojo escarlata, sin ninguna razón coherente ni natural. Es algo que oculté toda mi vida, algo demasiado vergonzoso teniendo en cuenta que no tengo ni una mínima idea de por qué sucede, y solo mi mejor amiga sabe de eso.

-Carduccio -su voz es la misma que oí tantas noches en los sueños, con ese tono tan jovial y melodioso.

-¿Sí?

-¿Podrías enseñarme lo que estuvieron dando en clase?

-Claro -abro la carpeta y busco desde el comienzo de la materia. Cuando encuentro la primera fecha de clase le paso la carpeta, y al tomarla nuestras manos se tocan. Una descarga eléctrica fue proseguida por un extraño cosquilleo. Bajo la mirada, y siento mi rostro enrojecer un poco.

‹‹Maldita vergüenza, harás que lo note. Boba, boba. Respira y cálmate››.

-Gracias. Tienes linda caligrafía -sonríe, sus dedos se deslizan sobre la primera página, trazando líneas sobre mis anotaciones.

-Gracias -mis mejillas arden aún más, por lo que trato de distraerme continuando el garabato que va tomando forma en la imagen de un viejo pasillo oscuro.

-Y tu apellido es italiano -afirma pasando las hojas con atención.

-Sí, mis antepasados son de allí.

-Oh, interesante -ladea otra sonrisa, trascribiendo los textos a su cuadernillo.

Al rato me devuelve la carpeta, justo cuando la profesora empieza a escribir preguntas en la pizarra. El resto de la clase transcurre normal.

No sé cómo buscarle conversación, y me intriga demasiado la forma en la que ahora aparece en mi vida, mencionando a un supuesto amigo de la familia. ¿Será una mentira para ganar confianza? Todo es desesperante, así que titubeo un poco y me armo de valor para dar un paso en conocerlo, al menos.

-Y entonces... ¿Estás a gusto en Cashmere?

-Sí -contesta con una suave risa cantarina-. Se parece un poco de donde me mudé.

-¿Vivías en un pueblo también?

-Sí, en Marianopoli, en Italia. En diez años tuve que mudarme ocho veces, y me acostumbré a no encariñarme demasiado, pero... -bufa y se encoge de hombros, recargándose en el respaldar de la silla-. Pude llamarlo hogar el tiempo que duró. El pueblo en sí es pequeño, pero está rodeado por campos y paisaje, que es lo que le da vida -un suspiro nostálgico se escapa de sus labios, y se queda pensativo mirando al frente-. Solía caminar solo a las afueras del pueblo, era muy tranquilo y me ayudaba a despejar la mente.

-Suena realmente hermoso -imagino como debería ser allí, un Alessander rodeado por tanto verde, caminando solo disfrutando de la naturaleza...

‹‹Algo me suena familiar de toda aquella escena››.

-Lamento que hayas tenido que mudarte -murmuro viendo que la profesora Belletti se voltea para escribir una consigna en la pizarra.

-Era inevitable. Por el trabajo de mi padre debemos mudarnos, mi madre no está tampoco muy a gusto con eso, pero es necesario.

-Bueno, aquí no tenemos ese tipo de paisajes, pero dicen que el bosque cruzando el río es interesante.

-¿Has cruzado? -alza la ceja, se lo nota interesado en ese tema.

-Quizás -sonrío inocente, colocando mi mentón sobre mis manos entrelazadas sobre el banco.

-Aunque llegué ayer, ya oí los rumores. ¿No te preocupa? -vuelve a recostándose en la silla, con los pies cruzados hacia adelante. La profesora sigue anotando en la pizarra y hablando con los alumnos de los primeros bancos, quienes contestan con entusiasmo sus preguntas.

-No creo en esas cosas -contesto completamente segura.

-¿Por qué no? -su mirada es atenta y seria, tomándolo como un tema más importante de lo que para mí es una leyenda vieja, un cuento más de los viejos pueblerinos.

-Solo no creo que sea posible que alguien se transforme en un animal, o que haya seres que vivan de sangre -acoto encogiendo los hombros-. Es anatómicamente imposible.

-Anatómicamente imposible -repite conteniendo una risa, como si fuese un buen chiste.

-No sé de qué te ríes -bufo y me siento derecha, lista para recalcar mi punto-. Es como creer que Superman existe. Son solo leyendas para asustar a los niños y a los ingenuos.

-Elleonor... -mira al frente, en donde la señora Belletti comienza a caminar hacia aquí, y luego a mí de nuevo-. Por una razón nacen los "leyendas".

La profesora pasa por el pasillo cerca nuestro pidiendo silencio, por lo que no logro preguntarle a qué se refiere. Es un demente si cree en esas cosas. Es imposible que sea cierto, si no ya se sabría y la ciencia lo expondría, porque serían un peligro para todos los seres humanos.

‹‹¿Monstruos sueltos en las calles? ¡Ja! Sí, claro››.

Comentamos sobre los ejercicios hasta que el timbre que indica el fin de clases suena. Guardo la carpeta y la lapicera en el bolso, y mi compañero de banco hace lo mismo.

-¿Te veré en la noche? -pregunta con un brillo en sus ojos esmeralda.

-Claro, pasaremos por ti a las diez -ajusto mi mochila al hombro-. Te veo luego, entonces.

-Hasta pronto.

Camino medio deprisa hasta salir al pasillo, donde una Sara inquieta me observa inquisitiva.

-Vamos al coche, que te cuento -musito con resignación, y empieza a dar saltitos para luego enganchar su brazo con el mío con la felicidad de un niño.

Salimos rápido por lo que no vemos si Alessander ni Andrew vienen detrás. La curiosidad ya está haciendo añicos a mi amiga.­

-¡Dime todo! -chilla cerrando de un portazo.

-Oye, bájale a tu entusiasmo, me dejarás sin puerta -me quejo recostando la cabeza en el volante y suspirando con fuerza-. Bueno, me contó sobre el pueblo del que se mudó, y que su padre tiene un trabajo que hace que se muden mucho. Pero luego salió el tema de las leyendas locales y él...

‹‹¿Cómo puedo interpretar su reacción?››

-Él, ¿qué?

-Supongo que dio a entender que sí cree en esas cosas -levanto los hombros con desinterés y pongo en marcha el coche.

-¿Supones? -insiste ella, girándose en el asiento hacia mi lado.

-Sí... Es que actuó un poco raro, al final dijo que "por una razón nacen las leyendas". Quizás es un fanático de historias de ficción -le resto importancia con un gesto de mano y ella frunce el ceño.

-Bueno Ellie, sabes que yo sí creo en esas leyendas. Que actualmente no haya casos no quita que los hubo en su tiempo -contesta reacia.

-Si fuese posible ya habría reportes filtrados de la ciencia confirmándolo.

-¿Y quién dice que se filtra todo?

Estaciono el coche frente a la casa de Sara y en lo que bajamos pienso que quizá tenga razón, pero mi lado testarudo se niega a creer que sea posible. ¿Transformar un cuerpo humano a un animal? ¿Vivir sólo de sangre?

Entramos a la casa y la madre de Sara, la señora Julia Cooper, nos mira desde la cocina mientras el olor a salsa inunda mis sentidos.

-Hola, chicas -seca sus manos con un repasador y lo cuelga en la manila del horno antes de acercarse y darnos un corto abrazo a cada una-. El almuerzo ya casi está listo.

-Hola, mamá. Estaremos en la habitación. ¿Nos llamas cuando esté listo? -mi amiga me arrastra por el pasillo que da a las habitaciones, apurada por seguir la conversación.

-¡Hola, señora Cooper! - logro saludarla trastabillándome con el apuro de mi amiga al jalarme del brazo...

-¡Hola, cariño! Y ya déjame de decir señora, me hace sentir vieja. ¡Les avisaré en un rato!

Se escucha su jovial risa cuando Sara cierra la puerta con el pie mientras tira su bolso al suelo, y se tira a la cama quitándose las zapatillas a empujones con los pies. Yo dejo la mochila en la silla del escritorio y me tiro junto a ella mirando al techo.

-¿Qué piensas hacer con Alessander? ¿Intentarás ser su amiga?

-No pensé en eso aún. Sigo procesando que está aquí... -suspiro exasperada, cubriéndome los ojos con el doblez del codo-. Tanto tiempo deseando conocerlo en persona que ahora... Me cuesta asimilar que es real.

-¿Sigues enamorada de él?

-No lo sé... Más teniendo en cuenta que me sentía de esa manera hace 3 años, pero que en ese entonces solo era un sueño, una fantasía... -mi voz se quiebra en un murmullo, y no dejo de sentir mi corazón acelerado, y mi mente nublada.

-Y ahora es real -dice sentándose y mirándome fijamente-. Es real y tienes que descubrir qué tiene él de especial. ¿Y quién es ese tal Marcus del que habló?

-No me suena de ningún lado -me levanto estirándome y camino hasta el escritorio donde está su computadora-. ¿Recuerdas el apellido que nombró? Era algo difícil.

-Li Greci. Suena que es italiano, pero de las clases que tomó mi madre de latín en la Universidad, me suena más a ese idioma.

-¿Es latín? ¿Qué esos términos no se dejaron de usar hace mucho? -tecleo en el buscador el traductor, e ingreso el apellido.

-Lo corrige a "Li Grect" -lee mi amiga señalando el resultado-. Significa elevado. Supongo que me equivoqué. Ponlo en italiano.

Vuelvo a teclear y aparece el resultado.

-Los griegos -leo analizando la traducción-. Se usaban términos así para denotar el origen de dónde venían las personas. ¿Será un descendiente de griegos?

-Es posible. Busca el nombre completo.

El buscador da resultados para Marcus Li Greci, aparece una lista, pero ningún artículo habla sobre el hombre, salvo uno que llama mi atención, el tercer resultado. Cliqueo y es un artículo de un museo, y en el encabezado hay una foto de ocho hombres, de unos treinta y tantos hasta unos cincuenta y otros. Y uno de esos hombres tiene los ojos verdes, y es muy parecido a Alessander. Y junto a él, otro hombre igual de alto, con barba cuadrada y cabello castaño, muy pálido y sus ojos cafés me recuerdan a alguien, pero no logro recordar...

-Museo Archeológico Regionale di Marianopoli -lee mi amiga.

-Es el lugar del que me contó que se mudó. Parece que fue el último trabajo de su padre -digo señalando al hombre de ojos verdes-. Marianopoli, Caltanissetta, Italia...

‹‹¿Quién eres Alessander Di Lorenzo?››

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