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Tu Amor Me Duele

Tu Amor Me Duele

Autor: : Neilla Steedly
Género: Urban romance
Mi esposo, Mateo, y yo habíamos construido un imperio de moda, nuestra marca era el sueño hecho realidad de toda una vida. Pero una tarde, al llegar a casa antes de lo esperado, escuché algo que destrozó mi alma: Mateo le confesaba a mi sobrina, Camila, que yo era su "gallina de los huevos de oro" , y que solo esperaba el momento de asegurar una inversión millonaria para abandonarme. Lo peor no fue solo la infidelidad, sino descubrir que mi ingenua sobrina, a quien crié y amé como a una hija, se reía de mí y formaba parte de este cruel engaño desde hace años. Sentía una profunda humillación y una ceguera inimaginable al darme cuenta de que mi supuesto amor y mi propio hogar eran una farsa, un negocio calculado donde yo era solo una herramienta. No había vuelta atrás, así que el mismo día en que le exigí el divorcio, exigí un millón de dólares a cambio de mi silencio y mi parte de la empresa, y luego desaparecí del mapa.

Introducción

Mi esposo, Mateo, y yo habíamos construido un imperio de moda, nuestra marca era el sueño hecho realidad de toda una vida.

Pero una tarde, al llegar a casa antes de lo esperado, escuché algo que destrozó mi alma: Mateo le confesaba a mi sobrina, Camila, que yo era su "gallina de los huevos de oro" , y que solo esperaba el momento de asegurar una inversión millonaria para abandonarme.

Lo peor no fue solo la infidelidad, sino descubrir que mi ingenua sobrina, a quien crié y amé como a una hija, se reía de mí y formaba parte de este cruel engaño desde hace años.

Sentía una profunda humillación y una ceguera inimaginable al darme cuenta de que mi supuesto amor y mi propio hogar eran una farsa, un negocio calculado donde yo era solo una herramienta.

No había vuelta atrás, así que el mismo día en que le exigí el divorcio, exigí un millón de dólares a cambio de mi silencio y mi parte de la empresa, y luego desaparecí del mapa.

Capítulo 1

"Quiero el divorcio, Mateo."

La voz de Sofía era tranquila, tan tranquila que el sonido del aire acondicionado del lujoso penthouse parecía un rugido. Mateo levantó la vista de su tableta, con una expresión de sorpresa genuina en su rostro carismático. Dejó el aparato a un lado, en la mesa de centro de mármol, y se inclinó hacia ella.

"Mi amor, ¿qué dices? ¿Tuviste un mal día en el taller? Sé que la nueva colección te tiene estresada."

Su tono era meloso, condescendiente. El mismo tono que había usado durante años para calmarla, para hacerla sentir que sus preocupaciones eran pequeñas, manejables. Pero esta vez, las palabras no tuvieron efecto. Sofía lo miró fijamente, sus ojos, que normalmente brillaban con pasión por su trabajo y por él, ahora estaban opacos, vacíos.

"No es por el trabajo, Mateo. Quiero el divorcio."

Repitió las palabras, saboreando el amargo metal de su finalidad. No había vuelta atrás. No después de lo que había escuchado.

Apenas unas horas antes, Sofía había estado en su taller, dando los toques finales a un vestido de novia hecho a medida para una clienta importante. Había trabajado sin descanso durante semanas, sacrificando horas de sueño y comidas, todo para asegurar el éxito de la marca que ambos habían construido, pero que llevaba su nombre y su alma. Pensaba en Mateo, en la cena que le prepararía para celebrar, en cómo él la besaría y le diría que era la mejor diseñadora del mundo. Ese pensamiento la había mantenido en pie.

Volvió a casa antes de lo esperado, con la intención de sorprenderlo. La puerta estaba entreabierta. Entró en silencio, dejando sus cosas en la entrada. Escuchó la voz de Mateo proveniente del estudio. Sonaba feliz, relajado. Sofía sonrió, caminando de puntillas para darle un abrazo por la espalda.

Fue entonces cuando escuchó la otra parte de la conversación.

"Sí, mi vida, claro que te extraño," decía Mateo con una voz que Sofía nunca le había oído usar con ella, una voz cargada de una intimidad cruda. "Aguanta un poco más, ¿quieres? Sofía está a punto de cerrar el trato con los inversionistas europeos. Una vez que ese dinero esté asegurado, la dejo. Te lo juro, Camila. Tú y yo nos vamos a ir lejos de aquí."

Sofía se congeló. Su mano, a punto de tocar la puerta, se quedó suspendida en el aire. Camila. Su sobrina. La niña que había criado como a una hija desde que su hermana murió. La niña a la que le había dado todo: un hogar, educación, amor incondicional.

"¿Pero ella no sospecha nada?" la voz de Camila, aunque distorsionada por el teléfono, era inconfundible. Sonaba ansiosa, pero también había un matiz de victoria en ella. "Me da miedo que se entere, tío."

"¿Tío?" Mateo soltó una carcajada. "No me llames así cuando estamos solos, me haces sentir viejo. Y no te preocupes por ella. Sofía vive en su mundo de telas y diseños. Es tan predecible. Cree que todo nuestro éxito se debe a su 'talento' . No tiene idea de que sin mis contactos, sin mi habilidad para vender su imagen de 'artista torturada' , no sería nadie. Ella piensa que la amo. Pobre ilusa."

Cada palabra fue un golpe físico. Sofía sintió que el aire le faltaba. Se apoyó contra la pared fría del pasillo para no caerse. El corazón le latía con una fuerza dolorosa en los oídos, ahogando cualquier otro sonido. Su mundo, el mundo perfecto que había construido con tanto esmero, se estaba desmoronando en fragmentos afilados a su alrededor.

Se retiró en silencio, sin hacer un solo ruido. Volvió a la entrada, recogió sus cosas y salió del apartamento. Caminó sin rumbo por las calles de la ciudad durante horas, hasta que el sol comenzó a ponerse. Cuando finalmente regresó, su rostro era una máscara de calma. La decisión ya estaba tomada.

Ahora, sentada frente a él, viendo su falsa preocupación, sintió una oleada de náuseas.

"No hay nada que discutir, Mateo. He contactado a mi abogado. Te enviará los papeles mañana."

Mateo se levantó de golpe, su encanto se desvaneció para dar paso a la irritación. "¿Estás bromeando, Sofía? ¿Después de todo lo que hemos construido? ¿Después de todo lo que he hecho por ti?"

"¿Lo que has hecho por mí?" Sofía casi se ríe. Una risa seca, sin alegría. "Sí, lo sé muy bien. Has hecho mucho."

La ironía en su voz pareció desconcertarlo. Él la miró, tratando de descifrarla, pero la mujer que conocía ya no estaba allí. En su lugar había una extraña, una mujer con los ojos endurecidos por un dolor demasiado profundo para las lágrimas.

"Escucha, sea lo que sea que te esté molestando, podemos arreglarlo," dijo él, intentando un último acercamiento, extendiendo una mano para tocar la suya.

Sofía retiró su mano como si la de él quemara. "No me toques," siseó. "Ya no."

Se levantó y caminó hacia su habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Se apoyó en la madera, y solo entonces se permitió temblar. El recuerdo de su amor por él, de su confianza ciega, era ahora una fuente de humillación. Recordó el día que se conocieron. Ella era una joven diseñadora llena de sueños, y él un hombre de negocios carismático que le prometió el mundo. Le creyó.

Recordó el día que Camila, una adolescente asustada y huérfana, llegó a su puerta. Sofía la abrazó y le prometió que nunca estaría sola. Le dio el amor de una madre, la guió, la apoyó en cada paso. Y ella le había pagado con la traición más vil.

La traición no era solo de Mateo. Era de Camila. Y eso, de alguna manera, dolía aún más. La niña que había acunado en sus brazos ahora compartía la cama de su esposo y se reía de ella a sus espaldas.

Sofía se miró en el espejo. Las lágrimas finalmente comenzaron a brotar, calientes y amargas. No eran lágrimas de tristeza, sino de rabia. Rabia por su propia ceguera. Rabia por los años perdidos.

Hizo una promesa silenciosa a la mujer rota que le devolvía la mirada. No se hundiría. Reconstruiría su vida, pieza por pieza. Lejos de ellos. Lejos de esta mentira.

Nunca más volvería a ser la ilusa de la que se reían. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

En su mente, ya no existía un "nosotros". Ya no había un Mateo, ni una Camila. Solo estaba ella. Y eso, por ahora, tenía que ser suficiente.

Capítulo 2

Al día siguiente, Sofía se sumergió en el trabajo con una ferocidad que sorprendió a su equipo. Ignoró las decenas de llamadas y mensajes de Mateo. En su lugar, llamó a una agencia inmobiliaria internacional.

"Quiero vender mi penthouse y mi taller. Y necesito encontrar un lugar para vivir, temporalmente. Fuera del país. México, tal vez. Un lugar tranquilo."

Mientras supervisaba el corte de una tela de seda, su mente vagaba por los años pasados. Recordó cuántas veces había cancelado viajes de investigación o ferias de moda importantes porque Mateo tenía un "evento de networking crucial" al que ella debía asistir. Recordó cómo había vendido su primer y pequeño apartamento, el que había comprado con sus propios ahorros, para invertir en la primera empresa de Mateo, una que fracasó estrepitosamente. Él le había prometido que se lo devolvería todo, que estaban juntos en esto.

"Somos un equipo, mi amor," le decía. Y ella, tontamente, le creía.

Su teléfono vibró sobre la mesa de diseño. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrió con recelo.

Era una foto. Una selfie de Camila, sonriendo radiantemente. Llevaba puesto uno de los collares de diamantes que Mateo le había regalado a Sofía por su aniversario. El mensaje debajo de la foto decía: "Algunas cosas simplemente le quedan mejor a otras. ¿No crees?"

Sofía sintió un frío glacial recorrerle la espalda. La provocación era tan descarada, tan cruel. Borró el mensaje y bloqueó el número, pero la imagen quedó grabada en su retina. La sonrisa triunfante de Camila, la joya que simbolizaba su amor ahora adornando el cuello de su traidora.

Un asistente se le acercó con una paleta de colores. "Señora Sofía, ¿cuál de estos tonos prefiere para el forro?"

Sofía miró los trozos de tela. Recordó cómo Mateo siempre opinaba sobre sus colecciones. "Usa más rojo, Sofía, el rojo vende. Es pasional." Ahora se daba cuenta de que él no entendía nada de su arte. Para él, todo era una transacción, un producto para vender. Miró una muestra de azul profundo, un color que Mateo odiaba, decía que era "deprimente".

"Este," dijo Sofía, su voz firme. "Usaremos este azul."

Pasó el resto del día haciendo una lista mental. Vender todo. Transferir sus finanzas personales a una nueva cuenta. Empacar solo lo esencial. Cortar lazos. Cada acción era un paso deliberado para borrar su vida anterior. Era como arrancar una curita lentamente, un dolor agudo pero necesario.

Esa noche, para evitar a Mateo, se quedó hasta tarde en el taller, fingiendo trabajar. Necesitaba recoger unos documentos personales que había dejado en la oficina que compartían. Entró en el edificio de oficinas casi desierto. La luz de su estudio estaba apagada, pero escuchó voces provenientes de la sala de juntas.

Se acercó con cautela. Reconoció la voz de Mateo y las de dos de sus amigos, Ricardo y Javier. Se reían.

"Te juro que no entiendo qué le pasa," decía Mateo. "Debe ser la menopausia adelantada. Me salió con que quiere el divorcio. Así, de la nada."

"No manches, güey," dijo Ricardo. "¿Y qué vas a hacer? Con el trato europeo en puerta, no te conviene un escándalo."

"Exacto," respondió Mateo. "Por eso tengo que manejarlo con cuidado. Le daré un par de días para que se calme. Ya sabes cómo son las mujeres. Un bolso nuevo, un viaje a París, y se olvidan de todo."

Sofía apretó los puños. La condescendencia en su voz era nauseabunda.

"Pero, neta," intervino Javier, con un tono más serio. "¿Y qué onda con Camila? Llevas años con ella. Pensé que ibas a dejar a Sofía por ella."

El corazón de Sofía se detuvo. ¿Años? Había pensado que era algo reciente, una aventura estúpida. Pero, ¿años?

Mateo suspiró, un suspiro teatral. "Camila es... un postre delicioso. Es joven, me adora. Me hace sentir poderoso. Pero Sofía... Sofía es el plato principal. Ella tiene el nombre, el talento. Es mi boleto dorado. Siempre lo ha sido. ¿Dejarla? Sería como matar a la gallina de los huevos de oro. Camila lo entiende. O tendrá que entenderlo."

El aire se volvió denso, pesado. Sofía se apoyó contra la pared, sintiendo que sus rodillas cedían. Años. Había vivido en una farsa durante años. Cada beso, cada "te amo", cada promesa, había sido una mentira calculada. No era solo una infidelidad. Era un plan de negocios. Ella era la gallina de los huevos de oro. Un activo. Un medio para un fin.

El dolor fue tan inmenso, tan abrumador, que se transformó en una calma helada. Ya no había nada que salvar. No había nada que llorar. Todo había sido un espejismo.

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