Durante siete años, fui los ojos de Máximo, su guía y su refugio en la oscuridad, dedicando mi vida entera a cuidarlo desde que quedó ciego a los 17.
Lo ayudé a recuperar la vista, creyendo que el futuro que construíamos sería nuestro.
Pero todo mi mundo se hizo pedazos en el Range Rover, cuando Máximo, confiado en que yo no lo entendería, contestó una llamada de su amigo Ívan en portugués.
"¿De verdad te has casado con Sasha Bennet? ¡Lina te ha dado su vida entera, imbécil!", estalló Ívan.
Máximo, con una frialdad que me heló la sangre, respondió: "Nadie tiene por qué saberlo. Conseguiré un certificado de matrimonio falso para Lina".
Me trató como un obstáculo a solucionar con una mentira, mientras yo, la que había renunciado a todo por él, yacía en el suelo sangrada y sola después de que me apartara para proteger a Sasha.
¿Cómo pude amar a un hombre que me usó, me humilló y me descartó tan cruelmente?
¿Cómo pude ser tan ciega como él?
Acepté la oferta de su madre: 200.000 euros para desaparecer para siempre.
Partí hacia Mendoza, Argentina, dispuesta a enterrar mi pasado y reconstruir mi vida, lejos de las mentiras y el dolor.
Pero la obsesión de Máximo por encontrarme acababa de nacer.
El Range Rover de Máximo Castillo se deslizó entre las hileras de viñedos, el motor un susurro contra el silencio del atardecer en La Rioja. Aparcó en nuestro lugar de siempre, donde el sol se ponía justo detrás de la vieja ermita.
Dentro, el aire era denso, cargado de la pasión que nos consumía. Él, con su camisa de lino impecable, me atrajo hacia sí. Sus manos, que antes solo conocían la oscuridad, ahora recorrían mi piel con una seguridad que me hacía temblar.
"Lina" , murmuró contra mi cuello, "hueles a vendimia, a tierra, a casa" .
Yo me entregué a él, vulnerable, como siempre. Siete años de mi vida se resumían en esos momentos, en ser su refugio, sus ojos, su todo.
Justo entonces, su teléfono vibró sobre el salpicadero de cuero. La pantalla iluminó un nombre: Ívan. Su mejor amigo.
Máximo se apartó, su expresión cambió.
"Un momento, mi amor" , dijo, y contestó.
Al ver que era Ívan, supe que era algo importante. Máximo frunció el ceño.
"Ívan, fala em português, por favor. A Lina está aqui" , dijo Máximo, cambiando a un portugués fluido, creyendo que yo no entendería.
Pero yo sí entendía. Había pasado años estudiando ese idioma en secreto, noches enteras con libros y audios, solo para poder ayudarlo, para entender a los socios brasileños de los que tanto dependía el futuro de su familia, un futuro que yo creía que sería nuestro.
La voz de Ívan estalló al otro lado de la línea, furiosa, sin filtros.
"¿De verdad te has casado con Sasha Bennet? ¿Estás loco? ¿Has olvidado que te abandonó como a un perro cuando te quedaste ciego? ¡Lina te ha dado su vida entera, imbécil!"
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. Cada palabra era un golpe directo al estómago.
Máximo respondió con una frialdad que me heló la sangre.
"Su familia iba a obligarla a casarse con un empresario brasileño viejo y corrupto para salvarse de la ruina. No podía permitirlo. Era mi deber" .
Mi deber. No amor, no pasión. Deber.
"¿Y Lina? ¿Qué pasa con Lina?" , insistió Ívan.
"Nadie tiene por qué saberlo. Conseguiré un certificado de matrimonio falso para Lina. No se enterará" , sentenció Máximo.
El mundo se detuvo. Yo, la que le leyó cada libro, la que describió cada amanecer, la que encontró al médico en Lisboa que le devolvió la vista, era un simple obstáculo que se podía solucionar con una mentira, con un papel falso.
Fingí no entender. Mantuve la expresión neutra, mirando por la ventanilla cómo las últimas luces del día morían sobre los viñedos que habían sido mi hogar y mi cárcel.
Máximo colgó y se giró hacia mí, forzando una sonrisa.
"Asuntos de la bodega, nada importante" .
Justo en ese momento, su teléfono volvió a sonar. Un mensaje. Lo leyó y su rostro se tensó.
"Mierda. Es Sasha. Hay una emergencia en la bodega. Tengo que irme" .
Ni siquiera sonaba creíble.
"Te llamo luego, ¿vale?" , dijo, dándome un beso rápido y superficial en la frente.
Salió del coche, lo rodeó y se subió al asiento del conductor. El motor rugió y el Range Rover se alejó, levantando una nube de polvo que me cubrió, dejándome sola en medio del campo, mientras la noche caía sobre mí.
El frío no era solo por la brisa. Venía de dentro, de un lugar que se había roto para siempre.
Sola, con el corazón hecho pedazos, recordé todo. Recordé crecer aquí, siendo la hija del capataz, admirando desde lejos al heredero de las Bodegas Castillo. Recordé el accidente, él con 17 años, tratando de proteger a Sasha, y cómo ella simplemente desapareció cuando los médicos dijeron que la ceguera era irreversible.
Recordé cómo su familia lo apartó, lo escondió en una casa de campo como si fuera una vergüenza. Y recordé cómo yo, con apenas veinte años, rogué que me dejaran cuidarlo. Fui sus ojos, su guía, su amante en la oscuridad. Fui yo quien encontró al especialista en Lisboa, quien lo convenció de someterse a esa operación experimental que le devolvió el mundo.
Y ahora, esto.
Recordé también las palabras de su madre, la matriarca de los Castillo. "Nunca serás suficiente para él, niña. Eres la hija de un empleado" . Recordé su oferta, el dinero que me puso delante para que desapareciera.
Saqué mi teléfono, mis dedos temblaban. Marqué su número.
"Señora Castillo" , dije, con una voz que no reconocí como la mía, vacía de toda emoción. "Soy Lina Salazar" .
Hubo un silencio al otro lado.
"Acepto su oferta. Acepto los 200.000 euros para desaparecer de la vida de Máximo para siempre" .
La reunión con la madre de Máximo fue en un parador discreto, lejos de miradas curiosas. La señora Castillo, elegante y fría, deslizó un contrato sobre la mesa de madera oscura.
Lo firmé sin leerlo. Sabía lo que decía: mi silencio a cambio de mi libertad.
Me entregó un cheque por la mitad del dinero. Cien mil euros. El resto lo recibiría cuando estuviera fuera del país.
"La condición es clara" , dijo, su voz sin un ápice de calidez. "Te vas de España y no vuelves a contactar a Máximo. Jamás" .
Asentí. Mi plan ya estaba trazado. Mendoza, Argentina. Una región vinícola próspera, un lugar donde sabía que él nunca pondría un pie. Una antigua disputa de negocios de su abuelo con una familia argentina había creado una prohibición familiar. Mendoza era mi santuario.
Los días siguientes fueron una tortura silenciosa. Sasha, sabiendo perfectamente que yo la seguía en redes sociales, comenzó su campaña de humillación. Publicaba historias solo para su lista de "amigos cercanos" , una lista en la que, irónicamente, me había incluido.
Día 1: Una foto de sus manos entrelazadas con las de Máximo. En su dedo, un anillo de diamantes deslumbrante. Al fondo, dos copas de vino. El texto: "Para siempre" . Le di "me gusta" . Esa misma tarde, Máximo me escribió: "Amor, tengo un viaje de negocios a Oporto. Te echaré de menos" . Mentira.
Día 2: Un vídeo de Sasha recorriendo un ático de lujo en el barrio de Salamanca de Madrid. "Eligiendo nuestro nidito de amor" , escribió. Le di "me gusta" .
Día 3: Una foto de ella probándose un vestido de novia de alta costura. "Pronto..." , insinuaba. Le di "me gusta" y, acto seguido, envié mi carta de dimisión a la bodega donde había trabajado toda mi vida.
Máximo volvió antes de lo previsto. Me encontró en nuestra habitación, rodeada de cajas.
"¿Qué es todo esto?" , preguntó, confundido.
Vio la carta de renuncia y mi pasaporte sobre la mesa.
"Estoy cansada, Máximo. Necesito unas vacaciones largas. Lejos de todo" , mentí, mi voz sonaba hueca.
Él no sospechó nada. Se acercó, me abrazó por la espalda.
"Lo entiendo, mi vida. Has trabajado demasiado. Pero antes de que te vayas, mañana es tu cumpleaños. Te tengo una sorpresa. Iremos a una subasta de vinos de colección. Quiero que elijas el mejor, sin importar el precio. Es tu regalo" .
La ironía era cruel. Un regalo de despedida que él ni siquiera sabía que me estaba dando.