Altair, una chica de armas tomar, con un rostro realmente hermoso y un cuerpo espectacular, a pesar de ser una chica plus size. Había terminado su universidad a los veintitrés años. Había estudiado contabilidad en una de las mejores universidades de Estados Unidos. Aunque sus padres son de origen latino ella había nacido en Norte América pero aún así ella no se negaba a decir que era latina. Esto le había traído muchos problemas durante sus años de high school y aunque no lo crean también en sus años de universidad.
Había tenido varios problemas en la universidad pues algunos americanos no aceptaban que latinos estudiaran en su misma universidad. Altair, como era una chica algo revolucionaria, hacía todo lo posible para que ella y los latinos entrantes fueran aceptados pues la educación era para todos y no se le podía negar a alguien solo por sus orígenes. Fueron unos años muy fuertes para ella pero eso no la desenfocó de sus estudios. Había tomado la carrera que más le apasionaba. Ella era muy buena con los números y desde muy pequeña había decidido ser contable. Aunque para algunos podía ser una profesión algo aburrida ella lo disfrutaba.
Aunque lo disfrutaba, Altair necesitaba un cambio definitivo. Quizás un corte de cabello o un cambio de color era lo más seguro. Ella no tomaba ningún riesgo y salir de su zona de comfort era algo que no lo había considerado hasta ahora. Hacía algún par de semanas había ido a un salón de bellezas. Le pidió a la chica de cabellos color rosa que necesitaba un cambio. Aunque la verdad era que no quería cortarse el cabello podía funcionar el cambio de color. Ella amaba su larga y sedosa cabellera color negra. Nunca se había pintado el cabello y pensar que pudiese salir todo como ella menos quería la tenía muy nerviosa. Pero que sea lo que Dios quiera.
Para su suerte el color rubio con algunos cabellos castaños le había fascinado. Había sido un trabajo arduo y un par de horas sentada esperando por un nuevo resultado. Un resultado que le encantó cuando la estilista había quitado la toalla de su cabello ahogó un grito de emoción. Tan pronto salió del salón de belleza se sintió como en su vida poco a poco cambiaba. Sí, era algo insignificante para algunos pero para ella era un gran paso. ¡Era la primera vez que se pintaba el cabello! ¡La primera vez en veintitrés años!
Tenía tres hermanos, Carlos, Javier y Enrique. Los tres eran mayores que ella así que imaginaran que el cuidado y la sobreprotección por parte de los tres, estaba rampante. Sus padres vivían en Miami y desde algunos meses no los veía. Aunque ya estaba pensando en viajar a verlos pero el trabajo le estaba siendo de obstáculos.
-Altair, quiero los informes financieros de la compañía pero para ayer- dijo su jefe sin siquiera detenerse a saludarla o por lo menos desearle un buen día.
-¿Acaso dormí con usted?- preguntó Altair con el rostro completamente serio -Buenos días señor, Por favor y gracias- dijo ella con una sonrisa sarcástica haciéndolo bufar.
Llevaba un año y medio en esas. El señor Dan, era el jefe del departamento de Contabilidad de un pequeño, pero con planes futuros de expandir, de empresa de servicio, específicamente, un restaurante. Dan, claramente era el vivo ejemplo de ser jefe y no ser un líder. Él solo buscaba el beneficio para él y nadie más. Era un hombre no tan querido por sus compañeros y lo tildaban de egoísta y egocéntrico. Altair rió al recordar el apodo por el cual todos lo llamaban. Dan, el sapo concho. Era curioso que todos en el restaurante sabían del apodo pero él era el único que ni por enterado se daba.
Se dispuso a hacer los informes, que en total eran cuatro. Para las otras personas podía ser algo tedioso y fastidioso pero para ella eso era muy simple. Entró a su laptop y se dedicó a sumar y restar. Aunque existían programas que te hacían la vida más fácil, Altair sumaba, restaba, multiplicaba y dividía con su fiel calculadora. Casi una hora y media después Altair tenía su trabajo hecho. Decidió hacer esperar a su jefe un poco más por no ser amable con ella.
Muchas veces había tenido varios inconvenientes con su jefe por eso mismo. Al parecer a Dan no le habían inculcado valores tan simples como decir buenos días, buenas tardes o buenas noches cada vez que llegara a un lugar o tan solo decir por favor cuando pida algo. Altair a estado a punto de ser despedida pero esta chica es de armas tomar y siempre Dan da su brazo a torcer. Pues no quiere ser demandado por explotación laboral. Sabe que tener a Altair trabajando los seis días a la semana era un poco fuerte y en cualquier momento sabe que ella estaría en su derecho de demandarlo a él y a la empresa.
Altair ha estado a punto también de dejar su trabajo pero no podía. Aunque lo que más quisiera en la vida sería cantarle sus cuatro verdades a Dan el sapo concho y tirarle la renuncia irrevocable en la cara.
Vio en su laptop la imagen de un hermoso paisaje en la conocida y romántica Toscana. Especialmente a la ciudad Siena. Suspiró imaginándose mil y una historias de amor en la ciudad. El amor. El amor para Altair ha dejado de ser prioridad por tantos golpes que le ha dado la vida. Aunque todavía deseaba tener a un compañero para toda la vida, en su mente y por ahora, no pasaba eso de tener novio y mucho menos de estar casada.
Estaba bien como estaba pero aún así necesitaba ese cambio. Sentía la necesidad de cambiar. Observó cada detalle de fondo de pantalla, cada cipres haciendo un largo camino hasta las casas de ladrillos en el fondo. El verde del jardín y el barro de las paredes de las casas hacían un contraste llamativo.
Una loca idea le pasó por la mente y solo esperaba que le funcionara. Siempre quizo ir a la gran Toscana y disfrutar de las interminables montañas y los increíbles atardeceres. Entró a internet y encontró una página que rentaba casas vacacionales por cierto tiempo. Buscó y buscó una casa o más bien una posada o algo por el estilo pero la mayoría eran lugares muy costosos. Hasta que encontró una casa hermosa y a buen precio.
No era una casa muy grande pero era realmente hermosa. Muy acogedora y con unos amplios jardines. Hectáreas y hectáreas de vegetación a ambos lados. Pensó que la casa era muy pequeña para tantas hectáreas pero aún así le fascinó. Llamó a su mejor amigo Josh y le contó sobre la locura que estaba por hacer y que curiosamente él estaba envuelto en eso.
-¡Pero estás loca! ¡¿Viajar a la Toscana?! ¡¿El jueves?!- gritó Josh al teléfono -¿Estás bien?-
-¡Que sí! Y tú irás conmigo- dijo sonriendo Altair.
-¿Y que pretendes Altair? ¿Que yo deje todo botado para ir a quien sabe donde y a quien sabe que nos espere allá?- dijo reacio el chico castaño.
Josh y Altair se conocieron en la universidad el mismo año que entraron. Josh y ella congeniaron tan pronto Josh se sentó junto a Altair en la clase de introducción a Contabilidad. Desde ese momento se habían vuelto los mejores amigos. Josh era más aventurero que su mejor amiga pero en ese momento, en el que ella le dice que se van para Italia, no era el momento.
-Sí, dale acompáñame a hacer este viaje. Lo necesito- suplicó ella y Josh ya sabía por dónde venía -Por favor...mira que me pueden pasar muchas cosas malas- habló Altair y Josh rodó los ojos.
-Está bien. Pero no para mañana. Que sea para el viernes- sugirió Josh -así puedo pedir unos días de vacaciones-
-¡Gracias!, ¡gracias!, ¡gracias!- dijo y colgó para hacer las reservaciones.
-¡Altair!- gritó y ella rodó los ojos -¡En mi oficina, ahora!-
Altair tomó los informes financieros refunfuñando y se encaminó a la oficina de su jefe -Aquí tiene los informes- dijo mientras le dejaba los informes encima del escritorio evitando dárselos en la mano.
-Eficiente- dijo hojeando los papeles.
-Y aquí tienes mi renuncia- dijo Altair y dejó la carta de renuncia donde anteriormente había dejado los informes.
Dan la vio con el ceño fruncido sin entender nada. O muy bien entendía pero no quería dar crédito a lo que pasaba. Altair era, por mucho, la mejor y mas eficiente contable que había pasado por su dirección en lo que llevaba en el restaurante. Tomó el papel en cuanto Altair salió de su oficina y lo leyó. "Por motivos de índole personal" "renuncia irrevocable" "efectiva a mañana". Ahora que hacía, el departamento no podía quedar sin ningún contable.
Se levantó y fue rápidamente a la oficina de Altair. Vio como esta recogía sus cosas y las metía en una caja y como tenía una sonrisa en sus labios. Definitivamente era verdad que se iba y no lo podía permitir.
-No te acepto la renuncia- dijo con autoridad Dan
-Me importa muy poco. Ya te di mi renuncia y Recursos Humanos tiene una copia.- dijo Altair metiendo sus libretas a la caja -Sabía qué harías eso así que me adelante. Ya está, es irrevocable- sonrió ella y Dan gruñó.
-¿Que quieres para que sí sea revocable?- dijo y Altair detuvo lo que estaba haciendo.
-Dan, no me supliques. Ya no aguanto trabajar contigo. Eres un explotador y estoy muy joven como para pasar mi vida trabajando todos los días aguantando maltratos- dijo Altair y siguió guardando sus cosas. Tomó la caja y caminó a la entrada de la oficina -Hasta nunca- dijo y se fue con una sonrisa en sus labios.
Por fin su vida estaba cambiando. Segundo cambio en su vida. Primero el cambio de color de cabello y luego dejar su trabajo. Aunque lo necesitaba, no se podía negar que necesitaba sentirse bien con ella misma. Volvió a su apartamento y dejó la caja en la mesa del comedor. Se dirigió a su habitación y se dedicó a hacer su maleta. Se iría por una semana y disfrutaría de sus vacaciones en la romántica Toscana.
Marcelo Bendetti era un hombre con muchas cualidades pero una destacaba entre las demás. Era un hombre sumamente protector. Su único trabajo en la vida es y será proteger a los suyos. Era un italiano de unos treinta años que vivía del vino y los olivos. Había crecido en una de las ciudades más hermosas de todas, la Toscana. Su cabello rizado y ojos azules hacían una combinación perfecta para cualquiera que lo viese. Era un hombre verdaderamente guapo y él estaba al tanto de eso.
Su familia llegó a la Toscana cuando él ni había nacido. Querían ampliar el negocio de la familia y estando en Venecia no era lo más conveniente. Así que antes de que todo se complicara con la venida de Marcelo ya estaban en camino a una gran villa con múltiples casas. A Marcelo siempre le fascinó la vida de la gran y hermosa Toscana. Cada montaña, cada ciprés, cada monumento histórico del lugar servían para que el niño de cabellos rizados amara tanto a su añorada Toscana. Creció correteando los alrededores de su villa. Eran, más bien, hectáreas y hectáreas de suelo que le pertenecía a su familia. Que eran divididas en viñedos y cosecha de uvas y olivos.
Creció amando escuchar, de sus padres, como sus antepasados cosechaban las uvas para luego hacer el vino más exquisito de la ciudad. Les tomaba horas, y a veces hasta días, elegir la mejor uva de la cosecha pues la delicadeza con la que las tomaban eran parte fundamental de todo el procedimiento de la elaboración de vinos. Amaba beber vino, creía que era una bebida sofisticada y jugaba un papel exquisito en cada noche sirviendo de acompañante para cualquier persona. Y era más que obvio que amaba el vino, era italiano, vivía en la ciudad en donde fácilmente se puede desayunar, almorzar y cenar vino, su familia le inculcó esa devoción por el vino.
Le enseñaron que beber vino no es algo que se lleve de prisa. Primero olerlo que permite experimentar con más exquisitez su sabor, segundo mover la copa para que el vino de mucho tiempo se oxigene y tercero degustar, dejar que el vino moje sus labios como si fuese un corto pero dulce beso en los labios. Así que hoy en día era uno de los catadores más exigentes de la ciudad. Siempre que llegaba a un restaurante y pedía una copa de su mejor vino el mesero o mesera siempre se ponía nervioso por que ya todo el mundo conocía los gustos exigentes que puede llegar a tener.
A veces le molestaba pues tan pronto lo veían entrar los meseros parecían que eran un potro recién nacido del temblor de sus piernas, manos y voces. Aunque trataba de ser un hombre más sociable pero le era imposible y eso le estaba dando mala fama. Su expresión seria y de pocos amigos se había encargado de dar una imagen errónea sobre él. Sí, era un hombre serio e imponente, bastante serio, pero eso no quitaba que era un hombre de buen corazón. Siempre buscaba el bienestar para su numerosa familia y sobretodo se dedicaba a ayudar a cualquier persona que le hiciera falta una mano.
-Francesco, está a punto de empezar el recogido de los olivos y espero que, como mano derecha, estés- dijo Marcelo a su amigo casi hermano.
El hombre alto, fornido, cabello rubio y sonrisa encantadora asintió luego de entregarle un folder con unos papeles. Francesco y Marcelo se conocieron en un momento en el que Marcelo estuvo mal. Estaba descontrolado y Francesco llegó a su vida para jugar el papel de hermano con él. Aunque no todo fue color de rosa, ¿entre hermanos que puede ser color de rosa? siempre ha habido uno que otro contratiempos y enojos pero siempre podían arreglarlo. El amor de hermanos entre ellos podía más que una, más bien miles, de peleas.
-Ya están divididos por grupos. Unos recogerán los olivos y otros las uvas. Me tomé la libertad en darles unos días ya que sabes como son éstos días y si queremos que todo esté bien lo vi muy bien hacerlo. Espero que no te moleste- dijo Francesco sentado en el asiento negro de cuero que estaba frente al escritorio de Marcelo.
-No me molesta siempre y cuando que me lo comuniques. No quiero tenerlos trabajando por días sin descanso.- dijo Marcelo y éste asintió.
-Ahora, hablemos de lo más importante ¿Que haremos con las cuerdas de terreno que colindan con la villa del sur?- preguntó Francesco juntando sus dedos índice y posándolos en sus labios viendo a Marcelo con una expresión seria y profesional.
-Luka no quiere vender su parte y te juro que me veo a punto de desgarrarle la...- gruñó Marcelo y Francesco negó.
Sabía su amigo podía hacer cualquier cosa para salirse con la suya y más cuando se interponía en sus planes. Los terrenos, o más bien parte de los terrenos de Luka, eran uno de los mejores en donde las uvas eran más exquisitas. Y no era que las del terreno de Marcelo no lo fueran pero esas eran de un sabor inigualable. Una noche, hace mucho, Marcelo había probado unas uvas de un árbol que estaba en el terreno de Luka, cerca de la casa. Aunque Luka, un señor de unos setenta y algo de años, usaba esa villa más para fines vacacionales no quería venderla pues era la primera casa que había construido tan pronto conoció a la mujer de su vida.
La mujer de su vida.
Marcelo tenía una envidia al amor que tenían Luka y Marena. Más bien envidiaba como él había encontrado el amor de su vida, esa compañera que lo acompañó durante casi cuarenta años, en un simple mercado. Marcelo envidiaba el como Marena se desvivía por Luka, en como sacrificó su esbelta figura para darle cinco hermosos hijos. Él quería una mujer así para su vida. Marcelo necesitaba encontrar a la mujer de su vida, a la mujer que los ancestros tenían separada para él y exclusivamente solo para él.
-Ya verás, en cualquier momento aceptará el billetaje que le haz ofrecido.- habló Francesco.
-Espero que si lo acepte porque de lo contrario me veré obligado a...- habló Marcelo con el ceño fruncido y su mejor amigo lo interrumpió.
-Tienes que tranquilizarte. Tenemos un perfil bajo por fin en mucho tiempo y nuestra familia se siente más segura que nunca. Así que no veo bueno llegar a eso- dijo y Marcelo asintió.
Ya el sol se estaba escondiendo detrás de la colina que tenía a su lado izquierdo dando un increíble y majestuoso espectáculo a los humanos. El rojo, anaranjado y rosa se mezclaban entre sí haciendo ver el cielo más único. Su estómago gruñó y decidió bajar con su familia. Era una familia bastante numerosa y vivían en unas villas en el mismo terreno. Su familia empezaba por su querida y adorada abuela, seguido por su madre, luego su hermana menor, su mejor amigo Francesco, su tía y su familia, que consistía en su esposo y sus dos hijas de diez años. También su tío y su esposa y su niño de un par de años.
Todos se llevaban muy bien, claro a veces habían roces y disputas, como en todas las familias, pero ellos terminaban limando asperezas. Y es que era mejor así porque no era conveniente vivir en un lugar cerca o prácticamente vivir en un mismo lugar. Habían cuatro villas en los terrenos Bendetti, y Marcelo vivía en la más grande de todas con su familia, su abuela, su madre y su hermana. De piedras gris y tejados terracota alzaban una increíble villa típica al modo de las villas de la Toscana.
Era una villa imponente como lo era su dueño. Con más de cinco habitaciones y con más de siete baños era una villa increíblemente espaciosa y eso era lo que a Marcelo le gustaba. Pues tener relaciones cada vez que quería podía ser algo traumático para su familia por eso tenía la habitación más alejada de la casa quedando a extremo opuesto de las habitaciones de ellos. Marcelo era un hombre que, prácticamente, le llovían las mujeres esbeltas de rostros inmaculados pero como el agua de lluvia así mismo desaparecían. Él no estaba contento con lo que hacía pero no pretendía ser un hombre virgen a los treintas esperando al amor de su vida. Así que como se dice por ahí, mientras llegue la indicada disfrute de la equivocada. En este caso él estaba disfrutando de un gran número de equivocadas.
Cuando terminaron de cenar él se despidió de su familia y salió como todas las noches a dar un paseo por sus viñedos y sus cosechas. Admiró cada árbol mientras sonreía. No se había sentido tan inquieto como esa noche. Sentía como una opresión en el pecho cada vez que se acercaba a los viñedos pero aún así se sentía pleno, en calma en ese lugar. Una calma que no había sentido nunca y le fue inquietante.Se acercó a los terrenos que colindan con la villa de Luka y Marena y como cada noche, escaló la verja de madera y se dirigió al árbol de uvas cerca de la villa. Todo estaba a oscuras pero él veía perfectamente así que se acercó y tomó un par de uvas blanca.
Cuando estuvo a punto de llevar las uvas a sus labios y saborearlas la luz del exterior de la villa se encendió.
-¿Q-Quien anda...ah-ahí?- dijo una voz temblorosa tratando de escucharse valiente.
-Mierda. Mierda. Mierda- susurró Marcelo viendo escondido a dónde provenía la voz que le había hecho estremecer como si fuese un terremoto sacudiendo a un increíble rascacielos. Una silueta espectacular, aunque sabía que era de una chica gorda, tenía todo en su lugar y muy bien proporcionado se asomó en el ventanal de la sala y la boca se le secó.
Aunque le fue imposible dejar aquel escondite y quien sabe porque, decidió salir de allí antes de que la inquilina llame a Luka y le de otro motivo para rechazar su oferta. Había peleado con su lobo por abandonar aquella villa lo antes posible.
Sí, Marcelo era un hombre lobo, uno de verdad.
Sentía la necesidad imperiosa de ver quien era la dueña de la voz que se había metido en lo más profundo de sus pensamientos. El corazón lo tenía latiendo desbocado y sentía que en cualquier momento perdería el control y su lobo terminaría dominándolo. Hace años su lobo estaba arañando las puertas para salir a la luz y poder estar a plenitud pero Marcelo tenía autocontrol y mientras no hubiese amenaza el lobo no era necesario. Aunque varias veces le era imposible seguir con el autocontrol que dejaba salir a su lobo. Un majestuoso lobo de pelaje negro azabache y con ojos rojos sangre que enseñaban el alfa que había en su interior. Pero en un momento como ese, el lobo aullaba dolorosamente por salir y Marcelo luchaba con él.
No era bueno dejar salir a su lobo. Él no sabía que tipo de persona o personas habían en esa casa. No seas idiota no te lastimaría, dijo su lobo. Sacudió su cabeza, tenía que salir lo más antes posible. Podían ser cazadores y eso era lo último que quería. Tenía que salir de allí aunque parecía que sus pies estaban clavados al césped y una fuerza extremadamente fuerte, además de la de su lobo, lo obligaba a permanecer allí el más tiempo posible. Se obligó casi imposible a abandonar el terreno y se dirigió a su villa aún picándole el pecho. Era su lobo añorando salir pero no podía ni lo dejaría.
Altair y Josh habían viajado por horas. Ellos no sabían cuantas eran pero estaban seguros que habían viajado un día entero. Se sentían cansados cuando pisaron el aeropuerto Internacional de Italia. Todavía le quedaban un par de horas más viajar en autobús hasta la hermosa Siena, Toscana. Josh despertó a Altair, quien tenía recostada la cabeza en el hombro de él, en cuanto aterrizaron.
-Llegamos...- susurró Josh con una sonrisa al ver como Altair se restregaba un ojo y bostezaba.
-¿Ya?- dijo alarmada y emocionada ella y vio por la ventana del avión la ciudad de Italia -Estamos...en...Italia- susurró mientras no dejaba de observar el escenario frente a sus ojos.
Su sueño se estaba cumpliendo y todo gracias a su esfuerzo. Sentía que estaba haciendo lo correcto. Cualquier duda que hubiese existido luego de dejar su trabajo para viajar al lugar de sus sueños había desaparecido en cuanto vio el ambiente en Italia. Era completamente diferente al ambiente de Estados Unidos. No vivían con el ajetreo que vivían en su ciudad y eso le traía clama. Lo que tanto necesitaba. Un taxi los había llevado a una estación de autobuses el cual los llevaría a la Toscana.
El día estaba perfecto, donde el sol tostaba y aún así la temperatura era perfecta. Habían llegado el sábado al mediodía y esperaban disfrutar de cada minuto de ese viaje. Ambos estaban emocionados con los monumentos históricos de la antigua Roma. Tomaban fotografías de cada escenario imponente ante ellos. Estaban deseosos por ver la villa en la que estarían viviendo por una semana.
-Llegamos. Está por salir el autobús- dijo el taxista en un tono algo mezclado entre ingles e italiano.
Ellos le agradecieron y luego de pagarle y bajar las maletas se dirigieron a la boletería para comprar los boletos, o más bien era para recogerlos. Minutos después Altair y Josh se encontraban en camino a la gran y romántica Toscana. Ambos veían felices los valles que se presentaban ante ellos. Estaban entusiasmados por explorar y aventurarse por una ciudad tan hermosa.
-Wow, Josh mira un viñedo- dijo Altair señalando los viñedos y las cosechas en un gran terreno.
-Podríamos nadar en vino- dijo emocionado Josh con el rostro pegado al cristal del autobús. Altair asintió y minutos después el autobús se detuvo en la estación de autobuses.
La villa que habían rentado estaba a algunos quince minutos caminando pero con las maletas podía ser algo cansado ir caminando así que decidieron rentar un auto. Luego de todo el procedimiento que conllevaba rentar un auto se encaminaron a la villa. Altair estaba conduciendo ya que el cansancio le había caído encima a Josh. Tan pronto habían subido al auto Josh recostó su cabeza del cristal y Altair no quiso despertarlo aunque fuese un viaje de diez minutos.
-Josh...- dijo mientras movía su hombro para despertarlo -Despierta llegamos- dijo Altair y su mejor amigo se levantó a regañadientes. Ella rodó los ojos, Josh podía ser una perra cuando interrumpían su sueño. Y dime quién podría levantarse de buen humor cuando te interrumpen el sueño.
-Espero que cuando caiga rendido en la cama ni siquiera me levantes para comer- refunfuñó y Altair rodó los ojos mientras entraba a la villa.
-Claro porque tu puedes estar sin comer por tanto tiempo-
Josh iba a replicar pero ella tenía razón. Ambos quedaron impresionados con el interior de la villa. Caminaron por el pasillo que los llevó hasta la sala de estar. Un par de muebles blancos cercaban una mesa rectangular de madera clara. Al fondo tenía una chimenea en piedra blanca con un diseño en el medio de esta. El techo y puerta en madera hacia una combinación perfecta con el blanco de las paredes y los muebles.
-Es hermoso todo esto- dijo Josh observando todo -Imagínate las habitaciones- dijo emocionado.
-Con ver esto ya me dieron ganas de dormir aquí.- dijo Altair riendo mientras sus ojos veían los muebles.
-¡Altair!- gritó Josh desde algún lugar de la villa -Tienes que ver la cocina- gritó y ella caminó siguiendo la voz de él.
-Tenemos que salir a comprar comida. Esta noche comemos aquí. Olvídate de salir a cenar- dijo sonriendo Altair viendo la espaciosa cocina.
Altair había aprendido desde muy pequeña a cocinar y eso se lo agradecía a su madre. Aunque para algunos era algo insólito el que una niña de trece años cocinara ella siempre lo amó. Su madre siempre le dijo: cuando yo falte no quiero que se mueran de hambre. Así que lo tomó muy en cuenta cuando una vez su mamá estuvo muy enferma por unos días y gracias a que ella sabía cocinar no murieron de hambre. Aunque su padre sabía cocinar, no se podía vivir solo de sopas instantáneas. Nunca le molestó cocinar, se sentía feliz cada vez que escuchaba elogios por lo rica que había quedado la comida.
-Luego de ver las habitaciones- dijo Josh y ambos subieron a la segunda planta.
Habían tres habitaciones y tres baños. Entraron a la primera habitación y esta era como un family, tenía un sofá cama color caramelo con cojines y sábanas color azul y en frente de este había una enorme televisión de unas 60". Un gran ventanal daba para la entrada de la casa. La segunda habitación era sencilla y aún así era bastante grande. Tenía una cama king con sábanas blancas custodiada por un par de mesas de noches -Esta será mi habitación.- dijo Josh dejándose caer en la cama. Altair rió al ver como Josh rodaba en las sábanas.
-Vamos hay otras- dijo Altair
La próxima habitación estaba mucho más hermosa tenía una cama king con sábanas blancas pegada a una pared de piedras frente a un enorme ventanal, de techo a suelo, por el cual se podía ver las cosechas y los viñedos de los terrenos vecinos. Habían unos cojines en el suelo con una mesa baja de café
-Definitivamente esta es la mía- dijo Altair acercándose al ventanal.
-Mierda, está es mucho mejor que la mía - dijo Josh haciendo un puchero gracioso.
-Por adelantarte querido- dijo Altair riendo burlonamente.
-Ya sé, pero como quiera puedo dormir contigo cuando quiera- dijo Josh moviendo los hombros quitándole importancia.
-Mira, esa es la villa que vimos desde el autobús.- dijo Altair señalando la villa. Josh asintió observando el increíble paisaje.
Luego de que terminaran el recorrido por la villa Josh terminó dormido en su habitación así que Altair se fue al mercado más cercano. Estaba fascinada con los edificios históricos y se detenía a cada minuto para tomar fotos. Se amarró el cabello y fue directo a las mesas con diferentes alimentos. Tomó lo que necesitarían, para la cena y se fue.
Cuando iba caminando hacia el auto se detuvo para ver una hermosa fuente con una estatua en el centro. Decidió sacar su teléfono para tomar una foto de esta y enseñársela a su mejor amigo. Sabía que le encantaría y le pelearía por no despertarlo para ir con ella. Sí, su mejor amigo podía llevarse la contraría la mayoría del tiempo.
Pero fue imposible sacar una buena foto ya que un hombre de algunos metros más alto que ella chocó con ella. Altair refunfuñó y maldijo al hombre pensando que ese chico de cabellos castaños y sonrisa encantadora no entendería su inglés. Cuan equivocada estaba.
-Lo siento mucho- dijo el chico perfectamente en inglés y siguió su camino apresuradamente -Tengo prisa-
Aunque estaba algo avergonzada tomó su celular, que había salido airoso de la caída. A leguas se veía que ese hombre era italiano jamás pensó que sabía tan bien el inglés. Solo esperaba no encontrarse a ese hombre nuevamente porque se sentiría la tonta más tonta de todas.
Tomó las bolsas con los alimentos y se encaminó al auto -Tonta. Tonta. Tonta- dijo refunfuñando mientras encendía el auto.
Minutos después llegó a la villa y Josh ya estaba despierto. La ayudó a bajar las bolsas y entraron. Ya casi estaba atardeciendo y rápido ambos se dedicaron a la elaboración de la cena. Decidieron hacer Paninis. Una mezcla entre pizza y sándwich pero en pan rústico. Ambos quedaron abastecidos y se tiraron en sala para hablar luego de que pasearan por todo el terreno. Les sorprendió mucho que había una pequeña piscina rectangular y aunque estaban locos por meterse el sueño podía más.
Después de que hablaran por, quizás una hora, ellos se fueron a bañar y luego de despedirse con un abrazo y un beso se fueron a sus respectivas habitaciones. Altair tenía una pijama de pantalón corto, más bien un hotpants, con una camisa de tirantes de ceda, al igual que los hotpants. Apagó la lámpara junto a la cama y abrazando una almohada, como siempre dormía, se dispuso a dormir. Pero no fue mucho tiempo qué pasó pues un sonido extraño la hizo despertar. Pensó que podía ser un animal pero cuando pensó que podría ser una persona se alarmó.
Bajó con cuidado a la sala y sin encender las luces se asomó viendo una sombra pero en cuanto fue a buscar algo con que golpear a ese intruso, este desapareció. No le dio tiempo de enfrentarlo así que luego de dar un vistazo más y verificar todas las cerraduras subió.
El corazón lo tenía a mil por horas y sentía una inquietud. Aunque en el fondo de su corazón se sentía más protegida que nunca y eso la confundió mucho más. Como podía sentirse así de protegida y fuera de peligro cuando vio una silueta desconocida en el patio de la villa. No sabía porque se sentía y aún así, confundida, subió y se acostó nuevamente.
Sin dejar de pensar en como se sentía, lo en paz que sentía y lo protegida. Sin dejar de pensar en como se sintió cuando estuvo frente al ventanal. En como ese algo la empujaba a abrir la puerta y salir para ver el rostro del intruso. Pero su conciencia pudo más. Minutos después, siendo la villa vecina lo último visto por sus ojos, cayó en un profundo sueño. Como el que hace años no tenía.