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Tus besos de veneno

Tus besos de veneno

Autor: : Sarah Shea
Género: Romance
Luna llevaba una vida tranquila y en apariencia feliz. Tenía una buena familia, amigas y paz, demasiada para su gusto. Todo el mundo a su alrededor parecía crecer, madurar, conseguir pareja y ella continuaba sola. Hasta que regresa B., el hermano mayor de su mejor amiga, el mismo que había dejado de ver hace años. Y al igual que todos a su alrededor, también regresa muy cambiado. De aquel bad boy que se marchó parecía no quedar nada, ahora era un hombre casi diez años mayor que ella, que erizaba su piel con solo mirarla y que la hacía soñar con obtener un beso suyo cada noche. Lo que Luna no sabía era que esas ensoñaciones se harían realidad, y que sus besos podrían convertirse en una pesadilla y ser tan letales como el veneno. ¿Conseguirá Luna escapar de B.? ¿O permanecerá a su lado a pesar de que ese amor tóxico la pueda llevar a la muerte?

Capítulo 1 Introducción

Cuando termine de recoger todos los pedazos,

tal vez siga adelante; cuando termine de ahogarme en mis propias lágrimas,

tal vez me olvide de ti.

Tus llamas quemaron la mitad de mi corazón la otra mitad ya te la había regalado.

Aunque llueva, tú nunca te mojas y no puedo echártelo en cara.

Me gustaban los misterios hasta que te convertiste en uno.

Dicha sea la verdad, no sé si alguna vez fui feliz contigo.

Con la punta de la navaja y los besos que se esfumaron me amaste, y a la vez, me mataste.

****-----****

Narrado por R.

Un futuro todavía distante.

Fue entonces que la vi.

Recibí su presencia como el sol que renace en el horizonte después de una noche fría y sin luna. De esa forma en que te llena de energía y te sientes parte de este mundo, porque hacía mucho tiempo que yo no me sentía parte de él. Las personas eran un trámite más que formaban parte de la vida, llegaban, convivían y se marchaban para ser reemplazadas por otras.

Ella no era así, lo supe desde el instante en que nuestras miradas se cruzaron y temí ser el único flechado por ese ángel que rara vez acertaba en el blanco. Temí por lo que vi en sus ojos, una tristeza tan encarnada que hablaba de una vida demasiado larga para la edad que aparentaban sus facciones.

Puede que ese día descubriera lo que era tener miedo por primera vez, porque ella era como una flor expuesta a los rayos del astro en plena sequía. Presumiendo sus pétalos, con su tallo alzado y orgulloso, sin percatarse de que bajo toda aquella presentación de belleza se escondía una terrible amargura. Sí..., tuve miedo por mí, porque supe sin preguntarme sobre ello, que quería ser aquel que regresara la lluvia a su vida y la ayudara a retoñar sus pétalos caídos.

Lo supe al instante, ojalá hubiera sabido también el motivo de ese dolor en sus ojos, ojalá, tal vez habría podido ayudarla.

Capítulo 2 Prefacio

Lo malo que tiene el pasado es que no lo puedes negar. Luna fue una vez feliz, hace muchos años, apenas lo recuerda.

Tuvo una familia que la adoraba y toda una vida dichosa por delante, ¿quién le iba a decir que acabaría renunciando a todo por un amor que quemaba más que el fuego candente de una llama? Todo significaba todo. Y como ninguna historia comienza por las espinas, diré que al principio había flores. Se marchitaron y quedó barro, quedaron muchas luces sin apagar, y una esperanza de que no todos los hombres serían iguales.

Él era obsesivo y terco, de manos grandes y miradas de reojo; astuto y escurridizo, con lengua de serpiente y colmillos de venganza. Era todo lo que una mujer querría lo más lejos posible de sí misma: mal novio y peor amante, al menos eso se decía para recordarse que no debía amarlo. Intolerante, de ira fácil, firmaba los documentos como «B.». Sin tener paciencia para poner su nombre completo. Eso le habría tenido que dar alguna pista de la poca tolerancia que tenía para sí mismo, o para otros.

A Luna, lo que más le sorprendía de él era su capacidad para recordar todo lo que no le gustaba de ella. Curioso, ya que en una pareja lo ideal hubiera sido que recordara lo bueno que Luna tenía para dar. A él le encantaban dos cosas de ella, eso lo tenía muy claro, una eran los ojos verdes y otra el lunar en la mejilla derecha. Lo sabía muy bien, ya que eran los lugares favoritos de B. para golpear.

Y a pesar de los golpes ella lo amó, lo amó como para abandonar todo por él, como para olvidarse de que tenía familia y amigos. Lo adoró, tal vez de una forma más enfermiza que él a ella. Porque el monstruo del armario al que todos tememos de niños era el que dormía a su lado, y pese a eso ella lo quiso con una devoción de la que B. sabía aprovecharse.

B. era ese hombre que no temía dañarla hasta dejarla sin poder moverse, ese que la obligaba a tapar los morados con maquillaje y la obligaba a lucir su mejor sonrisa, aunque por dentro se cayera a pedazos. La instruyó en el arte de buscar excusas, de mentir con premeditación, sin importar dónde o a quién. Hoy era un:¿Este ojo morado? Es que me golpeé con la pared. ¿Una pierna fracturada? Es que no veo bien y me caí por la escalera. ¡Qué torpe soy!

A pesar de eso, Luna lo amaba porque B. consiguió que la visión que tuviera de sí misma frente al espejo fuese muy distinta a la realidad. Porque primero la adoró hasta tenerla enredada en su telaraña y una vez allí la hizo su presa. Sí, ella lo quiso, le entregó un corazón rebosante de amor y ternura; y lo siguió haciendo aun cuando lo que recibía a cambio eran golpes. Después lo siguió amando, pero esa vez ya lo hizo con los despojos quebrados e inservibles que quedaron de su corazón.

A ella nadie la amaba como lo hacía B., él se ocupaba de repetírselo todo el tiempo. Era una de cal y otra de arena, un te amo, pero te debo educar y Luna lo creía. Aunque todo el mundo le dijese que estaba equivocada, que era justamente lo contrario, que, sin ella, él no iba a tener dónde caerse muerto. Que ella era mejor y él no la merecía, pero cuando se está enamorada lo que otros digan poco importa.

Nadie lograba entenderla, solía pensar cuando subía por las calles empedradas del barrio de La Latina, los momentos buenos recreados junto a él compensaban todos los infiernos vividos. Y es que Luna solía recordar demasiado los momentos buenos y enterrar los malos en lo más profundo de su mente. Tal vez eso era amor, o quizá supervivencia.

Era B. quien racionaba su felicidad, dándosela de beber a traguitos, sin permitir que se enganchase mucho a ella. Así la tenía con el síndrome de abstinencia, siempre a la espera por un poquito más de ese trago de euforia que le daban sus besos cuando él estaba de buenas. De sus caricias y ese cariño que obtenía a cuenta gotas. Era, como ya imaginaban muchos, quien coartaba su libertad y la encerraba entre muros con cristales puntiagudos y alambres de espino. Porque B. no necesitaba ponerle rejas a las ventanas o las puertas, Luna hacía lo que él decía porque la anuló por completo.

Porque en su casa quien mandaba era ese hombre.

Con él era un quiéreme hasta que me mates y eso le costó aprenderlo por más lecciones que le diera.

B. era ese viejo refrán de la letra con sangre entra, y él se creía dueño y señor de instruirla en cada error que considerara detestable.

A Luna le gustaba cuando la sacaba en San Isidro a ver los fuegos artificiales y la besaba a orillas del Manzanares, allí se olvidaba de las veces que se ensañaba con su pelo, con sus dedos, o con cualquier parte de su cuerpo. Aquel día tenía la mano rota. Supuso que algo debía de aprender de ello.

Los domingos de «lo siento, tuve un mal día» venían acompañados de flores y fresas con nata, ella solía decirse en voz baja que aquellas serían las últimas flores que él le trajera nunca; que las cosas irían bien ahora que se había dado cuenta de su error.

Aquel día llevaba unos lirios enganchados en el tirante del vestido. Se engañaba, se convencía de lo imposible para sacar fuerzas para mantenerse a su lado, se hacía luz de gas para acallar a los pocos pensamientos instintivos de defensa que le quedaban.

Luna era obsesiva, terca, de manos frías y miradas esquivas a muecas de reproche; valiente y fiel, con sonrisa resistente a las humedades y un yunque por corazón. Era casi todo lo que un buen hombre podría esperar. Transigente, de beso fácil, paraba las bofetadas con la mano izquierda. Ah, que ironía, Luna sabía defenderse muy bien, pero nunca de él. Él podía doblegarla con tan solo una mirada de esos ojos que, cuando se lo proponían, podían lanzar amenazas sin decir palabras. Ojalá se hubiera quedado solo en miradas que provocaban terror. ¡Qué pronto vinieron los golpes!

Primero fue una botella estallando sobre su nuca, después, un cuerpo siendo arrastrado por el asfalto; un árbol y unas cadenas, unas tijeras que se partieron por la mitad y gritos de «esta es la última vez que lo haces». ¿El delito? Solo decir: «hoy duermo en casa de mi madre» sin alevosía ni mala praxis, sin malas intenciones o deseos por querer escapar. ¿El móvil para su comportamiento? El miedo, ¿qué otra cosa? B. no se conducía de otra forma, sus miedos los expresaba con violencia, pero como él siempre decía: el miedo a patadas se va, pero nunca sobre sí mismo.

Después del horror..., después de eso vienen las ganas de sobrevivir, de escapar, de luchar contra todos y hasta contra una misma, pero comencemos por el principio. Cuando Luna se enamoró de B. y selló su destino.

Capítulo 3 Las primeras flores

Nunca es fácil ser la chica nueva, eso lo descubrió Luna Belmonte cuando ingresó en segundo de la ESO a su nuevo instituto de Madrid Había gritado, llorado y pataleado para que sus padres se apiadaran de ella, de su situación, de su vida. A nadie le gustaba empezar de cero, no así, y eso que apenas fue un cambio de barrio y no uno de ciudad o de país.

Los otros chicos la miraban como un bicho raro, no los juzgaba, ella sabía que no era muy agraciada por aquel entonces. Había estado en el viejo colegio de monjas desde primaria, había crecido con todas sus compañeras, las conocía, las toleraba, tenía muchas amigas, y ahora estaba allí, completamente sola y aislada de los demás. Rodeada de chicos, ¡chicos! Sentía que la veían con odio por los pasillos, que cuchicheaban a sus espaldas, que se reían de ella y su vestimenta recatada. No es que lo creyera, lo sabía, estaba completamente segura, su cabeza se encargaba de recordárselo cada segundo, cada minuto, cada vigilia autoimpuesta.

-Te acostumbrarás, harás nuevos amigos -dijo su padre mientras la llevaba en coche hasta el nuevo instituto, ella miraba aquellas puertas abiertas como si fuesen mandíbulas esperando furiosas a devorarla y engullirla hasta las tinieblas del interior.

-Pero no quiero hacer más amigos, ¡yo ya tengo amigas, papá!

-Luna -se quitó las gafas lentamente y apoyó sus manos en el volante, miró a su hija con sus ojos castaños en una expresión que, aunque dura, seguía siendo paternal-. Esto es lo mejor para todos, será bueno para ti. El antiguo colegio estaba convirtiéndose en un arma política contra muchas ideologías. Quiero que seas libre para decidir tus ideales. Este también es un buen instituto, alegra un poco esa cara tan bonita, eres genial y harás nuevos amigos tan rápido que ni te darás cuenta.

-Papá. No sabes lo que dices, por favor. Esas ideas ya las puedo aprender en Twitter.

-Actitud positiva, Luna. El día más importante es este, el primero.

-No es el primero, las clases empezaron hace un mes. ¿Comprendes lo que eso significa? Seré la nueva, la rarita que se incorpora tarde. Todos se conocen y yo llegaré como la intrusa.

-Es el primero para ti y deja de hacerte ideas de cosas que no han pasado, Luna -sonrió.

-No tiene gracia, papá.

-Mira, mi vida, todo estará bien, ¿de acuerdo?, sólo dime qué es lo peor que podría pasar.

-Que no encaje, y sé que no voy a encajar. Que se rían de mí, que me desprecien, que me traten como la apestada, ¿quieres más? Porque puedo seguir, tengo muchas ideas de lo que puede pasarme.

-Lo estás diciendo sin tener idea, ni siquiera has entrado a clases, ni siquiera has hablado con ellos. Los estás juzgando sin conocerlos, eso es prejuzgar, Luna y yo no te eduqué de esa forma.

-No necesito conocerlos para saberlo, simplemente lo sé. Nunca he tenido amigos chicos. Tampoco es que consiga que las mujeres sean mis amigas con facilidad, papá, lo sé, me conozco.

Y así fue, lo sabía y tenía razón. Se reían cuando hablaba, hacían caras a sus espaldas, se inventaban toda clase de historias que no hacían más que sumergirla en su propia miseria. A veces incluso algún graciosillo le tiraba trocitos de papel humedecido en saliva. La llamaban la monjita muerta. A sus padres no les decía nada, no quería preocuparlos, ya bastantes problemas tenían tratando de sacar adelante la floristería que administraban en la planta baja de su edificio.

A ellos les sonreía, les decía que no era para tanto; así fue como desarrolló esa habilidad de mentirle en la cara a las personas que amaba, lo hacía por el bien de todos, de nada servía contarles la verdad, ellos no podían hacer nada al respecto, no podían cambiar la situación; sólo la empeorarían.

Sus padres no le habían enseñado a pelear, no creían en la violencia como forma de respuesta, eran los seres más pacíficos y nobles que conocía. Su padre era un ejemplo de inmensa calma, y su madre era la expresión más pura de inteligencia y serenidad. Los amaba, tanto como amaba a su hermano Víctor, por más que este fuese insoportable la mayoría de las veces y tendiera a meterse en líos.

No le habían enseñado a pelear, pero sabía aguantarse su propio dolor y mantenerse firme, aunque fuese sólo en apariencia. Las burlas y malos comentarios se prolongaron por aquellos primeros dos meses, hasta que alguien le tendió una mano que aparentaba ser amigable. Por experiencia, lo primero que hizo fue desconfiar de aquella impostora en potencia, pero no tardaría en descubrir que, por lástima o curiosidad, no había segundas intenciones escondiéndose bajo las uñas de esa mano.

Entre palabras tímidas se fue formando algo parecido a una especie de compañerismo muy cercano, o quizá algo parecido a una amistad, pero temía utilizar ese término en voz alta para no crisparle los nervios a nadie. Cualquier cosa podía pasar, si solo por venir de dónde venía era juzgada sin pecado cometido.

De las palabras tímidas vinieron los helados de tardes de domingo, y las pizzas de masa pan del centro comercial en noches de viernes. Fueron tomando fuerza y forma las palabras, con más seguridad, con más gracia, con más empatía. Para cuando empezaron a llegar los secretos, ya podíamos hablar de una confianza que había nacido entre ambas chicas. Luna por fin tenía una amiga.

Eva era notablemente diferente a las demás, eso lo podía notar a leguas. Cuando bajó la guardia y acribilló sus prejuicios, pudo ver a su nueva amiga tal cual era, una persona bondadosa y sonriente, alguien de buenas intenciones. De repente los días ya no eran tan grises, las lluvias no disimulaban ninguna lágrima, las noches no eran para dormir, sino para escribirse mensajes hasta el amanecer. A sus padres se les iluminó la cara cuando les contó que, por fin, traería a una amiga a casa, a alguien «digna de conocer las patatas rellenas de la abuela, que en paz descanse».

Fue Eva quien, después haberse sentido muy bien atendida por la familia de Luna Belmonte, invitaría a su amiga a pasar una noche de chicas en su casa, una despampanante pijamada que haría que todas las otras chicas del instituto se sintieran miserablemente celosas. No tenían mucho dinero, por lo que pronto se desvaneció la idea de fuentes de chocolate, cuatro cajas de pizza, sacos enormes de gominolas, litros y litros de Pepsi, hamburguesas de doble carne y doble queso, y todas aquellas cosas que se habían estado imaginando desde que la idea de la pijamada empezaba a tomar forma en sus mentes y sabor en sus paladares.

No obstante, se las arreglaron para comprar unos Kebabs, algunas latas de Pringles y una botella grande de Fanta de limón, además de dos bolsas de palomitas a las que seguramente les darían un muy buen uso esa noche. Hicieron una lista de películas que debían ver durante aquella velada, era una lista elaborada y muy bien pensada, empezando con las películas juveniles al final de la tarde, luego las de terror a medianoche y, para endulzar ese sabor amargo que los asesinos seriales dejaban en las mentes jóvenes en noches oscuras, verían películas románticas antes de irse a dormir. Dos películas por género, una la elegía Eva y la otra la elegía Luna.

Los padres de su amiga también eran muy amables, aunque parecían un poco más ocupados y estresados que los suyos. De todas formas, era evidente que estaban tratando de dar lo mejor de ellos ante la presencia de la nueva invitada. Cenaron pescado frito, pero una de las sillas seguía desocupada, a pesar de tener su respectivo plato repleto de comida caliente y sabrosa.

-Otra vez lo mismo -gruñó el padre de su amiga por lo bajo, tratando de que Luna no lo escuchara, pero era inevitable.

-Debe estar con..., no sé, con sus amigos -respondió la madre, tomando una servilleta y luego limpiándose los labios con ella-, está en esa edad.

-La cena y el desayuno son eventos de mucho respeto, es un momento para compartir en familia, y más cuando hay invitados.

-Estoy segura de que no será la última vez que veamos a Luna, ¿verdad, cariño?

-Sí, señora -respondió, aunque no estaba completamente segura de lo que debía decir, el padre le parecía algo estricto-, espero poder compartir más tiempo con Eva.

Siguieron comiendo sin volver a tocar el tema, hablaron de otras cosas tan superfluas que ni siquiera merecieron un lugar en los recuerdos de Luna.

-Estaban hablando de mi hermano -dijo Eva cuando ya estaban en la comodidad y privacidad de aquella habitación totalmente forrada en pintura púrpura-. A veces no viene a cenar con nosotros, y mi padre pierde los nervios cuando eso pasa. No le gusta que se salten sus normas, es conservador, todo lo contrario que mi hermano.

-No sabía que tenías hermanos.

-Solo uno, es el mayor, ya está a punto de acabar el bachillerato, pero dudo que quiera ir a la universidad -suspiró mientras buscaba en internet alguna página web de películas gratuitas-, siempre está con su novia de turno, el resto del mundo desaparece para él.

-Supongo que eso nos pasa a todos cuando crecemos.

Iniciaron el maratón de películas con la emoción palpitando en sus corazones, y esos latidos cada vez se hicieron más lentos y perezosos, y de la pereza vino la somnolencia. Ni siquiera había empezado la hora de películas de terror cuando ya ambas dormían a pierna suelta, con pequeños ronquidos que despertaron a la madre de Eva, quien cariñosamente abrigó a las niñas con una manta y se encargó de apagar la luz.

Luna conoció al hermano de Eva a la mañana siguiente, en el desayuno. Al principio parecía alguien demasiado común, un chico que no destacaría en una multitud, al menos no por su apariencia, aunque su mirada era la de alguien que tenía pocos amigos. Era todo un bad boy en su máxima expresión, con el vello facial creciendo de forma irregular en su cara, marcas del acné que acababa de superar y la actitud de chico malo que debía ser propia de un matón de último año. Básicamente todo lo que ella odiaba estaba condensado en una sola persona. Ella lo saludó, pero él se quedó mirándola y luego decidió ignorarla de una forma descarada, a lo que Luna prefirió no decir nada y concentrarse en su desayuno.

-Te acaban de saludar -lo regañó la señora, claramente molesta por la falta de cordialidad de su hijo.

-Sí, sí, hola monjita -respondió aquel muchacho de una forma desinteresada, notándose con claridad el sarcasmo en el que se deslizaban cada una de sus palabras mientras la miraba descaradamente.

-Luna trajo flores ayer, ¿te gustan, hijo?

-Menuda estupidez. -A Luna no le extrañó la reacción, aún no había conocido a ningún muchacho amable.

Luna terminó de desayunar y luego el padre de Eva la llevó hasta su casa, donde sus padres le preguntarían sobre la familia de su nueva mejor amiga, y ella respondería que todos eran muy agradables. Todos incluido el que se convertiría en su peor pesadilla.

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