El día había llegado demasiado pronto. Era esperado con una sensación desconocida en la vida de un ser, tan mortal como sensible y apartado de algún gesto de desaire, de la mezquindad de pensar en alguna arrogancia, en algún asomo de egoísmo. Era esperado ese día, además de la esperanza prendida en el futuro que se visualizaba triunfante, con el gran sabor laboral de un compromiso que recién había adquirido. Era la gran responsabilidad de trabajo recóndito, el responsable de aquel apartado momento, el que decididamente llegaba sin decir nada.
Aquella tarde, en la empinada geografía de Buenaventura, se presentaba aquel presente soñado, tomado de las manos de un sol que, con crecida timidez, calentaba débilmente y susurraba su calor con galantería como, para en vez de cumplir la misión establecida, querer acariciar a quienes se presentaban en su dominio. Era la tarde que prometía el futuro, ese que llegaba en un sonoro vehículo que, lo más lento posible, había robado eternas horas de un tiempo delicado para propiciar una llegada que había sido planificada desde hacía ya varios días.
Rodrigo, detenido ya el rudimentario transporte, respiró profundamente y, cerrando fuertemente los ojos, permaneció estático por largo rato, atrapado en las tinieblas que se procuraba; cómo queriendo reconocer el tiempo aún no llegado, el cual quería, por sobre todas las cosas, que fuera colmado de muchos éxitos. Rodrigo había llegado a aquella parte de la serranía, para ejercer una profesión que recién estrenaba. Las demás personas descendían de la unidad con extrema lentitud, todos estaban agotados por el extenuante viaje realizado desde la capital del Estado. A sus ojos llegaba una plaza muy amplia, colmada de muchas personas que, en todas direcciones, caminaban callados. Al mismo momento de la llegada de aquella maltrecha unidad del transporte público, lo hacía otra, pero mucho más moderna; desde la capital de otro Estado, donde hacían vida comercial muchas personas de aquel poblado. De este, bajaban los pasajeros con suma rapidez. Mientras lo hacían, Rodrigo pudo notar que la felicidad y la complacencia se reflejaban en sus rostros, contrario a los rostros de sus compañeros de travesía y también el suyo, los cuales expresaban el desgano de lo incómodo, un gesto que en ese momento no sabría explicar. Solo miraba a aquel pueblo que, desde ese día, representaría su hogar por un tiempo aún no determinado, tal vez brevemente, posiblemente para toda la vida.
Cuando hubo tocado por vez primera aquel suelo de grandezas, sintió la fría brisa que a esa hora transportaba el desnudar de un tiempo refrescante, que se disponía de un clima delicioso. Dejó que la brisa bañara todo su cuerpo, como sagrada bienvenida llegada desde la gloria, para palpar sutilmente ese inolvidable momento de su llegada a la tierra que vio nacer a su padre y a muchos de sus antepasados y que desde niño, siempre soñó con conocer. Las personas caminaban a su lado, como lo harían al caminar al lado de cualquiera, nadie se percataba de que un extraño se agregaba a esa comunidad, ya que cada cual, pendiente de lo suyo, era precisamente de eso de lo que se preocupaba.
Inmediatamente frente a sí, estaba un lindo templo, una iglesia que cargaba todos los años del mundo, misma que era dueña de una extraordinaria historia y también de una estructura majestuosa. Había escuchado hablar de esa iglesia en muchas ocasiones, también había leído de ella en los diarios, de una restauración cuestionada que le hubo secuestrado el encanto de lo antiguo, para darle paso forzado, a un modernismo sin razón alguna. La iglesia llevaba el nombre que también poseía un tío suyo, Juan Bautista. Al poco rato, caía la noche trayendo con ella, una densa neblina propia de los primeros meses del año. Rodrigo, tomando su pesado equipaje, dirigió sus pasos hacia un sitio que no conocía. Le costó mucho dar con la dirección, así que se trasladó hacia el centro asistencial que desde el día siguiente habría de acogerlo por un tiempo indeterminado, dándose a conocer. Se presentó como el nuevo profesional que ocuparía aquel cargo asistencial, que llevaba algunas semanas sin ocupante alguno. Alguien le acompañó hasta el destino procurado. Por fin había llegado a aquella residencia antiquísima. Se trataba de una modestia casona, vetusta, pero que guardaba una arquitectura que, a pesar de lo añoso y rudimentaria, no dejaba de ser exquisita. Estaba desde ese momento, frente a lo que desde ese día habría de ser su habitual residencia. Esa noche descansó, más no pudo dormir, era presa de inmensos sobresaltos, ya que lo novedoso le exasperaba e incomodaba como siempre. El sueño se hizo presente bien entrada la madrugada, prácticamente, cuando ya faltaba poco para el alba.
Bien de mañana, se dirigió al pequeño centro asistencial que sería el lugar de sus sueños profesionales, donde con gran acierto comenzaría resolviendo las apremiantes situaciones relacionadas con los problemas de salud, mayormente en los más necesitados. Cada vez estaba más enamorado de su profesión, si, era amor lo que sentía al ejercer su carrera. Ya antes había hecho algunos trabajos ocasionales, suplencias de pocos meses de duración; pero que había bastado para redescubrir que para ello había nacido. Amaba su trabajo, sentía que al hacerlo, no trabajaba sino que se divertía. El lugar era una edificación de una sola planta, distribuido de tal manera, que cada cosa permanecía en su debido lugar. En cada rincón de ese sitio existía una gran caga de hermandad y altruismo. Del mismo modo, en cada parte de su cuerpo existía un aire de dedicación, un destello de vocación victoriosa, unas ganas pujantes de querer ayudar a quien necesitara de una atención oportuna y desinteresada y el orgullo desmedido de llevar a cuesta una bata blanca. Era ese el mundo donde sabía que iba a ser feliz, el lugar que realmente lo iba a ser feliz. Llegaba a aquel sitio que albergaría lo que adoraría por siempre, a saber, su trabajo, sus pacientes; los mecanismos utilizados para salvar vidas. Existía también el teléfono, desde donde, de vez en cuando, llamaría para estar en contacto con su familia.
El tiempo transcurría de esa manera tan importante para él sin que nada ni nadie perturbara su existencia. En cuanto a sus diversiones, no exigía mucho de la vida, leía los pocos periódicos que lograba adquirir, ya que tan pronto aparecían en el único puesto de ventas de aquel entonces, se agotaban de inmediato. En cuanto a lo que a su debilidad se refería, a las mujeres; desde que hubo llegado había despertado el entusiasmo en varias de ellas, e inmediatamente comenzó a hacer amistad con algunas. También disfrutó de fugaces romances, y una que otra relación pasada de tono. No se comprometía sentimentalmente aún, no nacía un sentimiento amoroso perfecto que decidiera engalanar la vida de aquel joven que no se dejaba envolver por ese entonces, por la delicada fragancia del amor.
Una tarde descubrió algo sorprendente, lo que siempre había soñado y que nunca creyó que existiese. Era ya casi de noche, cuando se asomó a la ventana que daba a la calle y, sin tiempo a pensar siquiera, miró a la mujer más bella del mundo. Aquel ser maravilloso poseía un cuerpo perfecto, que parecía sacado de algún cuento de fantasía divina. Era casi irreal a no ser porque estaba allí, presa fácil de su glotona mirada. Ella, de espaldas a él, conversaba plácidamente con alguien que desde su ubicación no se lograba distinguir, pero por las voces que llegaban, se trataba de otra dama. Aquella ensoñación estaba de pie. Su vestimenta consistía en una falda de satén cortísima, una blusa sedosa sencilla y unas babuchas de pana que le entretenían los pies. Bajo aquel manto, el precioso cuerpo era contenido, pero no ocultado. Su hermosura no tenía igual a los ojos de aquel muchacho que, a pesar de su corta edad, de belleza femenina sabía demasiado.
Rodrigo acarició con su mirada a ese monumento, a la belleza que se movía con gracia, haciendo unos ademanes transfundidos de coquetería mientras emitía una suave voz que llegaba presurosa a sus oídos. Cuando el perfecto cuerpo de aquella señorita se ubicó de frente, lo que el joven llegó a observar lo dejó sin respiración, lo transportó a un mundo irreal, le hizo ver a la belleza extrema representada en aquel ser angelical que le había robado la ternura a un lucero y la inspiración a la luna. Cómo era linda aquella mujer que Rodrigo miró aquella noche, la misma que le hubo propiciado el deseo de mirarla por siempre. Ella, sin proponérselo, descubrió a su vez a un joven que, asomado a una ventana, respiraba el aire de la recién llegada noche y, contemplándolo con curiosidad por ser la primera vez que le miraba, sintió un leve agrado por él. Le miró largamente y, sin ocultar lo sentido, dejó que su mirada se posesionara del rostro candoroso de aquel hombre que le hubo inquietado. Repentinamente, no sabiendo a ciencia cierta el porqué de esa reacción, dejó de mirarlo bruscamente para refugiarse en el interior de la casa.
Fue testigo fiel de aquel episodio colmado de amor, la noche de encantos que había descubierto en una primera mirada, a la armonía del amor que nace, al renacer de la esperanza, a la maravilla de sentirse vivo. El frío abrazó a Rodrigo, quien se durmió de inmediato colmado de la satisfacción que a él llegaba y que tenía cuerpo de mujer. Desde ese entonces, salvo los días que tenía que permanecer en el Centro de Salud, dedicaba largas horas a mirar el cielo nocturno de Buenaventura, como un pretexto huidizo para contemplar a la mujer que le robaba el amor. Si, se había enamorado de una visión, de la presencia sublime que era en extremo, bella. Nació de ese modo en el corazón de Rodrigo, el amor, para permanecer allí por el resto de su vida. A su edad, pensaba que para que llegase el amor deberían suceder demasiadas cosas antes, pero en realidad eso no se espera, el amor llega en el momento que cree más oportuno y el que es glorificado por siempre.
Zoraida también procuraba, día a día, encontrase con aquella mirada prófuga de la noche, aquella mirada que la envolvía dulcemente entre halagos callados, y que, dueña de una intensa timidez hasta entonces descubierta, se disolvía en la extensa y fría noche serrana, sin materializarse en alguna conversación trivial, sin significar algo más que solo miradas. Nunca pensó Rodrigo que el amor llegaría así, sin aviso alguno. Jamás se imaginó que sería sorprendido por una deidad que hubo llegado a él una noche que pasaría a la historia a través de una mirada que se había transformado en una mirada de amor. Zoraida, irremediablemente se sentía atraída por aquel joven elegante y bien parecido, amén de preparado profesionalmente. Se trastornaba hasta con el pensamiento, ya que bien sabía que no era amor lo que sentía.
Estaba segura aquella bella joven, de que se trataba solo de una intensa atracción por un cuerpo, de que era una sensación no experimentada anteriormente, ya que, por supuesto, no había un antes. No existía en su cuerpo huella alguna, lo lucía en una virginidad que llevaba tanto en el cuerpo como hasta entonces, en el alma. Se trataba de una sensación nunca antes experimentada lo que estaba sintiendo. Y lo más incomprensible, era que aquello que sentía, le gustaba demasiado. Le enloquecía todo aquello. La desquiciaba, le atraía grandemente el físico de aquel varón. Le gustaba mucho y, a no ser por un importante detalle, se diría que estaba enamorada de él. Era un detalle sagrado, era un detalle dantesco para Rodrigo y hasta ese momento también para ella; su corazón, su alma y su amor pertenecían a Roberto, a su novio; al hombre a quien amaba con el amor inocente de sus dieciocho años. Con un amor divino, delicioso y perseverante que producía el encanto de mirar hacia el futuro, donde una familia prometía el calor de un hogar en brazos del matrimonio.
Si, Zoraida tenía novio, era su novio de toda la vida a quien amaba, pero se sentía físicamente atraída por Rodrigo. El novio de Zoraida trabajaba en una gran ciudad. Cada quince días, viajaba a su tierra natal, donde vivía su familia y donde habitaba, además, el gran amor de su vida. Se conocían desde que eran niños. Desde la más tierna infancia habían compartido tanto ellos como sus padres. Habían sido vecinos y grandes amigos desde siempre. Él tenía dos años más que ella. Se habían enamorado en los relucientes momentos colegiales y continuaban de esa forma, enamorados eternamente. Pero para Zoraida, aquella embriagante noche de rocío y de encantos fascinantes, había dejado colar la duda, el complicado pasaje de su vida, el sentimiento que se debatía entre el amor puro e inocente, y la gran atracción física hacia un hombre que le gustaba demasiado.
Quiso como castigo hacia lo que a todas luces se vislumbraba inevitable, flagelar su cuerpo atrevido; pero la brutalidad de ese pensamiento no coincidió con su raciocinio. Sintió rabia hacia sí misma, pues no debería haber dudado del amor sagrado, ya que no en vano era este sentido en su alma y en su corazón. ¿Dónde quedaba el misterioso culto hacia el respeto, la consideración y la fidelidad que habían nacido en ella como fertilizantes de la verdad que cultivaba al amor que a sus vidas habían llegado? Era amor lo que sentía, nunca habría de dudarlo. Pero ¿qué pasaba ahora en su ya atormentada vida? ¿Qué tormento se había anidado ya en ella? No podía dejar de pensar en aquel joven de ojos de intenso negror, de cara angelical y de delicado aroma natural, que a su vista había llegaba noche a noche y que le llamaba poderosamente la atención.
¿Sería acaso una jugada cruel de la vida?, lo cierto era que, salvo las noches de guardia o de viajes, ella salía sin decidida y sin importarle nada ni nadie, a esperar las miradas cautivas de Rodrigo, que la transportaban a la gloria de lo prohibido. Le gustaba mucho, sentía que, si no le mirase allí en esa ventana ya adorada por ella, desfallecería de inmensa pena; pero amaba a su novio, lo que se trasformaba en un inmenso dilema, monstruoso por demás, que le carcomía la tranquilidad hasta ese entonces bien llevada, lo que le inquietaba la poca calma que le quedaba. Vacilaba su vida entre dos determinaciones, el amor y el gran deseo de vivir, de sentir. En las noches de eternas penumbras, el sueño abandonaba a Carolina y, su amigo secreto, el insomnio, le atrapaba en sus redes y le hacía dar vueltas y más vueltas en su cama, hasta desesperar y llorar por la situación inusual que le entonces le planteaba la vida. Le era difícil perder la fe en sí misma, dudar de lo sentido, dejar de pensar en aquel hombre que la trastornaba y a la vez, en su novio.
Rodrigo también estaba siendo tocado por el amor, hasta lo más profundo de todo su ser. Se había enamorado de aquella bella doncella, desde el primer instante cuando la vio. Justo el día cuando quiso irrumpir en la escena donde ella actuaba como la más perfecta diva de la vida, prefirió no hacerse sentir. Era que una especie de presentimiento, de corazonada, lo pedía a gritos silencio, le gritaba incesante, que se hiciera a un lado. No se explicaba lo que estaba sintiendo, por eso aquel temor tan intenso de mirar a través de la ventana. Por un momento, se debatió entre el deseo y la duda. Cuando su rostro apenas se asomaba a la ventana, miró algo que le causó un intenso dolor. Un impresionante dolor, como nunca antes lo había sentido. Miró a su gran amor en brazos de otro, entregados en un beso que prometía ser infinito y que le borró de un solo zarpazo, el brillo naciente de su mirada.
Ella, al notar su presencia, se apartó del lado de su novio con un movimiento inteligente y, sin mediar explicación alguna, corrió hasta el interior de la casa, como quien ha cometido un pecado. Sentía la bella dama, que le debía una gota de fidelidad a aquello que sentía por Rodrigo y eso acrecentaba aún más su conflicto interno. Roberto se quedó con la sorpresa enmarcada en su incrédulo rostro, pero que, sin salida, no pudo más que abandonar la estancia, tratando de encontrar en el frío de la noche, una respuesta al porqué de aquella reacción. Zoraida sintió algo que la hizo colmar de un nerviosismo ingrato. Nunca había experimentado algo así. Era el poder extraordinario de la atracción hacia Rodrigo, lo que le impedía ahora, sentir el amor hacia su novio.
Transcurrieron largos los meses, tiempo en el cual, la duda en Zoraida fue creciendo, como el deseo hacia aquel hombre. Día a día, ellos se miraban sin cesar y también, día a día, se acrecentaba la distancia entre la muchacha y Roberto, su novio. Hasta que ella, decidida, rompió con un compromiso que parecía inmortal. La pasión y el deseo la habían apartado sin miramientos del amor puro. Zoraida escuchó más a su cuerpo que a su alma y corazón y, sin poder resistir un día más aquella gran irresistible pasión, una noche iluminada, propició un encuentro deseado, alegando un falso malestar, en el cual se enfrentaría a los gritos de sus miradas, al silencio desmedido de aquellas voces que aunque se habían quedado en silencio, lo decían todo. Aquella noche, se dirían suavemente lo que sentían con tanta intensidad.
Rodrigo inició la emblemática conversación excusándose por su desmedida timidez y por su largo silencio, aunque ambos sabían que sus silencios habían hablado desde siempre. Ella no ocultaba su regocijo y el gran deseo de ser besada por aquel galán que le había robado sus pensamientos desde un primer instante. Un beso planificado irrumpió en aquellas bocas que ardían de deseo. El amor prohibido hacía eco en la vida de Zoraida. Aquel inmenso instante, la confusión se apoderó de los sentidos de la joven. Ese momento vio florecer a una relación equivocada. Zoraida no amaba sino a Roberto. Le gustaba Rodrigo y era esa fatal atracción, la que la colocaba al borde de un abismo sin igual. Roberto sufría intensamente y en el alcohol, quería erróneamente, tratar de ahogar ese sufrimiento, sucedía entonces todo lo contrario; este crecía hasta la locura.
La indecisión demacraba el rostro de Zoraida, quien deseaba ser besada y tocada por Rodrigo. El placer se iniciaba en su cuerpo y le hacía sentir el deseo irrefrenable de sentirse viva, de sentirse mujer. Las caricias se escapaban, llegaban a la cima de un cielo cubierto hasta ese día, de pudor. No parecía haber límites a las inquietantes ganas de sentir. Pero había algo que no terminaba de expresarse, era la fuerza del amor, del sentimiento que sentía Zoraida desde niña por aquel muchacho íntegro y trabajador que la amaba como a nadie había amado. Ese amor se interponía entre el placer y la razón y producían en ella, una inagotable fuente de angustia, de no saber que depararía el mañana, cuando lo sentido fugazmente se elevara como un ave migratoria. Ella sabía que eso podría ocurrir, pero hasta ese momento, eso le había importado.
Confundida, Zoraida pensó en Roberto y sintió algo verdaderamente inesperado, sintió pena por sí misma. Pero a la par de eso tan novedoso que comenzó a sentir, deseaba estar en brazos de Rodrigo, como desea un poema de amor ser escuchado por quien está verdaderamente empapado del embrujo del amor. Pensó Zoraida en ese sentimiento puro, en las promesas y en el futuro y se sintió triste, una tristeza que desembocó en un amargo llanto. Zoraida decidió enfrentar el camino incierto y, de manos de la ilusión que se asemejaba al amor, quiso entregarse a aquel hombre que la hacía delirar, que le gustaba hasta perderse en el fango de la locura. Se lo hizo saber y él, no sabiendo qué hacer en ese instante y cautivado por el gran amor que sentía, le prometió un momento inolvidables, para que esa entrega se materializara. Le pusieron fecha y sitio, solo esperarían que el momento llegara.
En el silencio de su habitación, Zoraida se debatía entre su amor y el deseo, pero sentía que este último le ganaba a sus fuerzas, a su raciocinio, a su justo proceder; sucumbiendo de este modo lastimosamente, el amor puro. Pensaba en Roberto, pensaba en ella y una inocultable intranquilidad la desvelaba. Sentía el amor bonito hacia su novio, pero resultaba tan grande el deseo y la atracción, que su decisión era fiel a sus ganas de amar físicamente, sin importar lo sentido. Se entregaría a Rodrigo, no le importaba el resto de lo que podría ocurrirle en la vida. Sintió Rodrigo aquel aire de duda que envolvía a su amada y, hurgando entre la verdad, sus pasos se dirigieron en su búsqueda. Sabía que Roberto se emborrachaba todos los días, gracias a la pena honda de padecer un desamor. Rodrigo quiso buscar en él la verdad, su verdad, la verdad del amor o del desengaño.
La ilusión perfecta que había mantenido Roberto de formar una familia, al lado de la mujer que amaba con desesperado ahínco, se esfumaba como lo hace el blanco humo de un cigarrillo en la inmensidad de la noche. Desesperado, estaba dejando su presente en nombre de su pasado, no sabiendo acaso; que con ello destruiría con mucha certeza, a su futuro. Lo cierto era que, entre copa y copa, acompañado de cualquier compañero oportunista, trataba de desaparecer en la embriaguez; la amarga realidad que le estaba tocando vivir. El amor era sentido en aquel ser, con toda la capacidad que se puede imaginar. No comprendía, cómo se podía terminar un amor tan real como el que siempre habían sentido él y Zoraida, de una manera tan aberrante, tan dura, que hacía de él; el hombre más desgraciado que existía en ese momento.
Roberto, bajo los efectos de un licor transparente y barato, le contaba a su compañero, todo lo que noche tras noche le contaba a quien no conocía ni le interesaba conocer, solo necesitaba exprimir su alma destrozada y verter al horizonte perverso de la vida, esa ponzoña que le estaba carcomiendo su existencia. Le contaba el tormento perpetuo que estaba viviendo desde el momento cuando su gran amor decidió terminar, lo que era para él la vida misma. Pero había algo que le producía aún más dolor. Esa aquello tan inexplicable que hubo sentido aquella detestable noche, cuando Zoraida decidió terminar con un bonito sueño. En ese triste momento, miró en ella al amor. Sabía que ella aún lo amaba, estaba seguro de que algo extraño sucedía con ella; pero que aún sentía amor por él. Estaba completamente convencido de que lo amaba como siempre se lo había dicho, incluso ese mismo día, cuando feneció aquel noviazgo.
Sabía que ella continuaba amándolo, porque un amor como aquel, en víspera de un gran futuro con galas de matrimonio, no podría nunca languidecer. No comprendía Roberto, qué fatal designio se había ensañado contra aquel amor de gloria que había nacido para la eternidad. A esa hora, en la tasca quedaban muy pocas personas ya. Se trataba de la única del sitio, lo demás eran bares abiertos que no habrían de cobijar adecuadamente las penas contadas, por ello, ambos hombres estaban allí, tan cerca y con tanto que decirse; pero era mejor que las palabras no fluyeran y asesinaran con sus ecos a la razón, a la vida misma. Rodrigo escuchó, sin proponérselo, aquella conversación demoledora a la que el interlocutor nunca prestó atención. Él sí pudo sentirla. Fue como un puñal que desgarraba las carnes y llegaba bien profundo, sintiendo que el dolor en el alma, nunca se podrá comparar con nada.
Sintió mucha pena Rodrigo. Necesitaba hacer algo en nombre del amor. Miraba a aquel hombre atrapado entre las garras del desamor y comprendió que el titubeo en la voz de Zoraida, no era otra cosa que la fuerza de un amor que nunca dejó de ser sentido, del placer que no tenía suficiente peso, de la pasión que no tenía fuerza por sí sola. Sentía Rodrigo lo superficial de unos besos fortuitos, la desesperación de los primeros sentires. Sintió el joven, que ese amor no era suyo. Él la amaba, pero su amor prematuro no era capaz de ocultar aquel sentimiento hermoso y puro que ellos sentían. Comprendió que Zoraida era presa del deseo por un cuerpo, no por un sentimiento. Rodrigo, en silencio, se levantó y se enfrentó a la noche que sentía que le expresaba muchos reproches. Sentía que su presencia en ese paradisíaco encanto que resultaba para él Buenaventura, había servido para sembrar solamente la desdicha y la duda.
Momentos después, en su habitación, se encontró consigo mismo. Platicó con su conciencia toda la noche. Quiso encontrar una respuesta, pero no la consiguió. Solo logró la superficialidad del absoluto silencio que le gritaba la culpa. Se sintió, el invasor que había llegado para perturbar un sentimiento hermoso y puro. Sentía que no merecía la pureza que estaba siendo ofrecida en una entrega planificada, esa entrega que pudo materializarse cuando ella se lo pidió, pero que solo en ese momento comprendía por qué la había dejado para luego. Hubo comprendido Rodrigo, que no era para él la pureza, la virginidad de cuerpo. No la merecía, no era capaz de aceptarla, no era capaz de aceptar aquella entrega total, sabiendo que nunca había sido para él; que todo había sido producto de un ímpetu fulgurante que pronto habría de apagarse, de seguro. Ese cuerpo de diosa sería para el amor y por amor se entregaría y no por un insano impulso nacido de la lujuria que se había disfrazado de amor. No sería capaz de tomar nada que no fuese suyo. Sentía que ese amor que creyó tener enteramente para él, no era suyo. Era hora de decidir, por lo que, arropado en un gran sacrificio de amor, dos días después de aquella plática consigo mismo, sin despedirse, se marchó de Buenaventura para nunca más volver. Un gran amor merece ese tipo de sacrificio, el sacrificio del amor.
Cuando iba de regreso a su ciudad natal, en la unidad del transporte público a Rodrigo le vino a la mente una historia tétrica por demás, que por alguna razón pedagógica alguna vez le hubo contado su padre acerca del grave hecho de no dedicarle tiempo al amor. Estaba completamente seguro de que algo real existía en esa historia. Quedará textualmente para la posteridad: "En ocasiones la vida se asemeja a un amplio rosal que, colmado de los más variados y hermosos colores, entregan ese deleite a los ojos dichosos que lo miren. Son las rosas verdaderas joyas naturales. Sus aterciopelados pétalos invitan con divinidad a las caricias divinas. Su suavidad suprema es el delirio que eleva los espíritus, que acerca la musa a los poetas y la inspiración de los creadores de las más bellas canciones de amor. Sus vivos colores, brillantes, deliciosos y mágicos, procuran un destello de creciente admiración por lo vasto que la naturaleza, de la mano de Dios, llega tierna a todos los que tengan el deleite de observarles. Pero también son poseedoras de agudas espinas, las cuales causan dolor al menor contacto con ellas. Es conocido enormemente que, para llegar a ellas y acariciar lo extremadamente hermoso de las mismas, necesario es tocar dichas espinas con extremo cuidado para poder acceder a esa perfección; sin que ellas nos hagan daño alguno. Es de sabios lograrlo.
Regularmente nos empeñamos en tratar de palpar a las rosas sin tomar en cuenta a las espinas. Craso error, imposible, porque son parte de ellas, son la esencia misma de un todo y necesario es tomarlas en su total integridad para sentir que somos dueños de esa magia delicada. En ocasiones, nos empecinamos en solo bregar con las espinas sin ir más allá, sin detenerse a mirar lejos del horizonte y adentrarnos en los caminos que albergan a las rosas. Perdemos la vida entera provocándonos intenso dolor con las heridas que ocasionan las espinas, y nunca saboreamos el dulce néctar que deja en nuestras vidas, las caricias delicadas y supremas de las rosas. Se nos pasa el precioso tiempo de la vida que es impreciso, empecinados en luchas banales, en idioteces que a nada conducen, en frivolidades y discusiones insípidas; mientras dejamos a un lado a la felicidad que, a la zaga, denota como nos cubre el sufrimiento; mientras nos dedicamos a vivir sin ser felices.
Jacinto cabalgaba la vida con setenta y dos años a cuesta. Sus caminos desde que se alejó de Alicia, habían sido solitarios, espinosos, lejos de las rosas; extremados de misterios, temores y desencantes. El miedo lo llevaba como una pesada roca, a cuesta. Sus pasos temblorosos lo trasladaban sin apuros a destinos inciertos. Las madrugadas extensas se burlaban de él y, al despertar en medio de ella, no se ubicaba en un tiempo específico y demoraba eternos momentos para saber que era él, que estaba allí y que aún estaba vivo. Despertaba cansado, lo denotaba el extenso jadeo que, aunado a una sudoración profusa, lo llevaban a una confusión terrorífica que no le dejaba asirse a una realidad apremiante. En medio de la noche, luego se poder ubicarse en persona, espacio y tiempo, vagaba por toda la extensa casa en búsqueda de algo que él mismo no sabía de que se trataba. Esa circunstancia, la cual se repetía a diario, le convertía ya la vida en un suplicio. La soledad lo abrazaba con los fuertes y amargos brazos con los cuales ella acostumbra hacerse sentir, expresar que estaba presente.
En la perfecta soledad de un indescriptible y perpetuo conticinio, se ubicaba en medio del patio poblado de gardenias, y se entregaba a sus recuerdos. Había conocido a Alicia desde la más tierna infancia, ya que eran vecinos en aquel barrio simpático al que rememoraba con crecida nostalgia. Los padres de ambos eran a su vez viejos amigos, inclusive compadres. Alicia y él jugaron los más entretenidos esparcimientos junto a la muchachera de ambas familias, que eran muchísimos.
Iban juntitos al colegio, el cual quedaba cercano al sitio apacible donde vivían, y ya allí, a la hora del recreo; también se entregaban a un retozo colectivo, atestado de algarabía y gritos de emoción. En ese compartir constante apareció la atracción de la adolescencia que de inmediato se convirtió en amor. Apenas eran unos mocosos cuando ya se habían enamorado. Inocentemente primero, luego de manera oportuna, se presentaron aquellos sentimientos al corazón y al alma.
Tenían la misma edad. A los doce años, la curiosidad los llevó de la mano a conocer lo que era un beso. Esa curiosidad insuperable les dio una perfecta sorpresa, y a ambos les pareció lo más bello que habían sentido, y que evidentemente repetirían las veces que les provocara. Besos tiernos y disfrutados, añorados cuando era inminente e inevitable alejarse el uno del otro. Siguió un noviazgo de varios años que, como todos, tuvo sus altos y bajos; contratiempos que resultaban superados con inteligencia y amor. Siempre estaban centrados en lo que querían, por lo que decidieron planificar perfectamente un futuro, el cual se visualizaba despampanante y colmado de éxitos por doquier. Serian rodeados esos planes con los hijos que llegarían, y que serían la perfecta realización de la felicidad, la máxima bendición de Dios. Sus exigentes estudios fueron llevados a cabo, y el sacrificio rindió sus frutos convirtiéndolo a él en un experto de la ingeniería civil, y ella en medicina; específicamente en el mundo de la Gineco- Obstetricia. De inmediato sus carreras rindieron más frutos, siendo destacados profesionales en sus respectivas áreas. Contrajeron matrimonio, todo era color de rosas, de esas rosas que, con espinas incluidas; son a su vez exigentes. Resulta siempre necesario que quienes deciden una vida compartida, se colmen de una gran dosis de tolerancia y respeto. Que decidan escalar el camino tortuoso y espinoso, con la delicadeza requerida para poder palpar los benditos pétalos de las Rosas, que de seguro, brindaran las delicadas suavidades, las cuales han de invitar a una vida gloriosa y definitivamente feliz.
Cuando tenían veintitrés años llegó su primer y único hijo. Fue grandioso el advenimiento de Jean Carlos, precioso infante que se apersonó a esas vidas y a ese hogar feliz que se convertía ahora en más feliz aún. Posteriormente llegaron tres nietos para mayor bendición. Los descendientes de aquella pareja vivían en otro país desde hacía mucho tiempo. Se comunicaban por una de las redes sociales que con la llegada acertada del modernismo, facilitan la comunicación y abrevian las engorrosas maneras de acercarse que existían en el pasado. Jacinto manejaba la computadora como un experto, y en ella pasaba largas horas en una de las redes en específico, la misma que une al mundo. Conoció mucha gente, se reencontró con otro tanto, y a diario intercambiaban saludos, ideas, opiniones sobre los más variados tópicos y recuerdos gloriosos del pasado.
Pero aquella pareja estuvo marcada por un flagelo repugnante. Al poco tiempo de casados se presentaron los problemas. En un principio se hicieron presentes, de igual forma como se habían presentado cuando eran novios. Los mismos de inmediato, con inteligencia, con ecuanimidad y sin secuelas, habían resultados sorteados. No así con el paso de los años, en el momento sagrado en el cual la bendición que se había hecho presente, el hijo del amor, estaba cubierto de la inocencia de la infancia. Eran las espinas de las rosas que se hacían presentes. Ambos se enfrascaron en hacerse daño mutuamente con las espinas, y no se percataron que el tiempo pasaba rápido y no les iba a alcanzar el matrimonio para disfrutar de la suavidad de los pétalos de las rosas. Gritos constantes, maltratos, reclamos, reproches y una larga variedad de elementos negativos que se encargaban de destruir aquel amor que se creía inquebrantable, y que los conducía irremediablemente al fracaso. Las rosas se quedaron esperando a ser acariciadas por una pareja que se visualizaba feliz; cuyos planes no fueron materializados a la perfección, por empeñarse en hacerse daños irreversibles con las espinas de los rosales.
Llegaron sin titubeo, el divorcio y la soledad. La distancia temida se hizo presente, y se encargó de colonizar a ambas vidas para arrancarles la felicidad y la esperanza de llegar a la senilidad uno al lado del otro. Se alejó de ellos, esa añorada esperanza de vivir eternamente felices. Y ahora, en el ocaso de una vida dedicada al esfuerzo pleno para salir adelante y superarse a diario, él estaba allí, cobijado en una soledad tormentosa y cruel; destinado a ver pasar el tiempo sin un amor, sin caricias y aferrado a la computadora para poder sentir que le importaba a alguien. Que no fue en vano una vida de dedicación meticulosa, de mucho sacrificio. Para sentir, aunque de manera fugaz, que le importaba a la vida. Fueron esas las secuelas de un comportamiento errado, de unos pasos extraviados, de un extenso engaño en manos de la violencia y la infidelidad. Ese comportamiento que se había encargado de atar a ambos seres en un mundo de espinas, el mismo que había significado las amargas discusiones y las odiosas peleas en el seno de un matrimonio.
Jean Carlos no quiso seguir soportando tantos gritos, tantas obscenidades, tantos sinsabores y, cobijado aún en una adolescencia preciosa; decidió alejarse de esa triste realidad, por lo que dirigió presuroso sus pasos en pos de un horizonte de paz, de una vida pacífica y alejada del bullicio agresivo y alocado; el cual destierra a la alegría de vivir. No quiso presenciar una pelea más. Se unió a una chiquilla y sin mirar a los lados decidieron perpetuarse en un mundo que se acercara a lo que nunca observó en la vida marital de sus padres. Esta increíble decisión hizo que buscara en otras tierras, la oportunidad que se tornaba cada vez menos asequible para un sufrido pueblo en un país millonario. Alicia, huyendo de los ya acostumbrados gritos y vejaciones, de los maltratos verbales y físicos, no se acercó nunca más por aquellos parajes; los cuales en alguna oportunidad habían sido colmados de alegría, de unión y de perpetuo amor. Nunca supo más de ella Jacinto, y a partir de allí, se sintió arrepentido de su actuar equivocado. Se prometió que encontraría la manera de recibir el perdón necesario y vital, que traería a sus brazos nuevamente a la única mujer que amó. Sintió que como un idiota, el amor se había alejado de él, gracias a la exagerada manera de afianzarse en un camino agreste; haciéndose graves daños sin abrirse a la paz y a la dulzura que procura el amor, y que se traduce en un mundo mejor cada día.
Era esa su penitencia, su bien merecido castigo por sus desaciertos que, uno tras otro, se empeñó en ejecutar sin medir las consecuencias; las cuales obviamente habían anidado para perpetuarse en él y no abandonarlo jamás. Secuelas de un actuar equivocado que había sumido a un hombre, en el amargo poderío de la soledad y del sufrimiento. Así se sentía Jacinto, abrazado a una soledad que amenazaba con la perpetuidad. Se arrepintió de sus andanzas demasiado tarde. El camino espinoso le enseñó que en la cercanía existe otro camino colmado de la maravilla, del encanto que embriaga dulcemente en manos del amor. Él se empecinó en no hacer verdadero caso a esas enseñanzas y entonces, entregado era a la sinfín espera. Por ello, pegado literalmente a una red social surgida de las entrañas del computador, buscaba afanosamente la luz que necesitaba para dar los últimos pasos en su vida; la cual presentía que se acercaba a su ocaso. No quería seguir pudriéndose en esa soledad tortuosa, en esas eternas noches de penumbras infinitas, plagadas de cantos de grillos y otros seres nocturnos, los cuales las alargaban más en sus sentidos; para procurarle ese dejo que lo enloquecía.
A diario colocaba un nombre en el buscador de la red social, y de inmediato esa búsqueda daba sus frutos, mostraban imágenes. Pero lastimosamente no eran para él. Eran casualmente el mismo nombre, pero eran otras personas quienes, alrededor del mundo, poseían idéntica designación en su identidad personal. No aparecía el nombre que buscaba encarecidamente por ninguna parte, por más que lo buscaba permanentemente de manos del modernismo el cual crecía a pasos agigantados, gracias a la magia del internet. La buscaba a ella, al gran amor de su vida; al amor que sentía que había perdido por estúpido. Nunca la había dejado de amar, nunca. Podría jurar que había bastado que ella le abandonara, para amarla con más intensidad. La culpa lo carcomía, roía su vida, lo lanzaba al abismo nefasto de continuar en una vejez en solitario. El arrepentimiento fue inmediato a su partida. Su hijo se había marchado hacía mucho tiempo, y sus nietos nunca le regalaron las sonrisas con las que se sueña para adornar los años dorados de la vida.
En las poquísimas ocasiones en que Jean Carlos se hacía sentir en su vida, le comunicaba la ausencia de noticias sobre su madre. Se había marchado sin dejar ninguna huella. Penosamente el andar equivocado de Jacinto, se había extendido hasta su único vástago haciéndole mucho daño al muchacho. Tanto, que el mismo prematuramente, había decidido poner distancia de por medio; procurando la paz y la armonía que a su hogar sentía que nunca sería una realidad. Así llegó Jacinto a la más penosa soledad que un hombre puede experimentar, luego de haber recibido en bandeja de plata, la exorbitante oportunidad de ser feliz al lado de una maravillosa mujer, de un hermoso hijo; todos cobijados en un hermoso hogar. Su tristeza su soledad eran entonces su único enlace con la vida. Se entregaba penosamente y por largas horas, a evocar aquellos recuerdos de los momentos que se quedaron en el recodo de un tiempo añorado. Recuerdos de instantes felices, los mismos que entonces deseaba con tanta premura. Nunca imaginó lo mucho que iba a sufrir.
Recordó con especial agrado el día de la boda. Ambos estaban en un momento mágico de sus vidas con una tierna edad. Resultaban plagados de esperanzas, sueños y muchas ganas de comerse al mundo. Se vaticinaba un futuro próspero, generoso y feliz. Ella estaba deliciosamente bonita. Su vestido de novia era maravillosamente elegante y moderno. Su nerviosismo resultaba poco ocultado, y lo reflejaba con un ligero temblor en sus manos, aunado a una gélida textura y una copiosa transpiración igualmente helada. Luego de la bendición sacerdotal, el beso aquel selló un momento que debió haber pasado a la historia ataviado de suprema felicidad. Prontamente una entrega de alma y cuerpo, más allá, un andar por el camino de una vida en familia colmados del amor bello.
La oportunidad estaba allí frente a él. Existía el rosal hermoso colmado de flores divinas, suaves e invitadoras al deleite. También existían las espinas que siempre estaban justo antes de palpar esa suavidad magnifica, la cual siempre regala caricias táctiles; pero Jacinto se empecinó en destrozar la vida de su familia y la suya propia, enredándolos en el desastroso apego al camino espinoso que tanto daño les produjo. Ahora, con lágrimas en los ojos, buscaba afanosamente y sin éxito alguno, una luz en la distancia. Daría lo poco que sentía que le quedaba de vida, sólo por saber de ella y más aún; por volver a verla, tenerla cerca, recibir su perdón; regresar el tiempo en brazos de su arrepentimiento. Daría lo poco que aún le quedaba por volver a tener su amor. Era ese su sueño, su esperanza y la poderosa razón de esperar un lucero fugaz que guiara esa ilusión, y que por la red social pudiera ver que todo se hiciera realidad. Era el sueño de aquel hombre solitario, entregado entonces a un mundo de esperanzas, atestado de soledades y amarguras. Recordó con sobrada ternura aquellos primeros años de vida en común, cuando antes de entregarse al reposo, él cepillaba sus cabellos largamente mientras miraba su reflejo en el espejo, el cual llegaba precioso a sus ojos embrujados de belleza y amor. La acariciaba mientras cepillaba su cabellera, le decía frases hermosas y ella, se embelesaba ante lo dedicado con sobrada ternura.
Se amaban, y se lo demostraban a cada instante antes de que el embrujo de los pasos desacertados equivocara un cometido y lo mandara todo al diablo. Eran esos los recuerdos del amor que debió haber prevalecido, de la ternura de una gran mujer que él no supo apreciar y de la gran oportunidad de ser feliz que de igual modo dejó pasar como el agua entre los dedos. Era esa la causa de sus desvelos, el motivo de su sufrir y el impulso que lo enviaba a diario a buscar aquel amor perdido en el tiempo extenso. Los soliloquios eternos de aquellas madrugadas no tenían parangón. Eran verdaderamente únicos, sin igual. Esas conversaciones en solitario, se producían mientras se adentraba en la red social en busca de una huella de su eterno amor. Nada llegaba a él hasta que una mañana agradable trajo lo siempre esperado. Era la invitación que deseaba como a nada en el mundo. Allí estaba ella, era Alicia, era ese su rostro, el rostro reflejado en una vieja fotografía; pero era ella indudablemente. Era fausto por fin, así lo sentía. Era feliz al mirar aquel rostro angelical, el cual visualizaba en aquel instrumento glorioso llegado para hacerlo nuevamente feliz. Aceptó aquella invitación al instante, y momentos después recibió lo por siempre esperado; un breve saludo, ¡Hola!
Ese fue el pequeño mensaje recibido. Fue suficiente para desatar en él, un torrente de expresiones escritas que denotaban un magnifico instante, el cual fue aprovechado de inmediato para hacerse sentir. Dejó para ella, un mundo de palabras tiernas empapadas en arrepentimiento y solícito amor, expresiones lastimeras que imploraban el perdón que necesitaba y que le haría nuevamente feliz. Eran extensas las líneas que escribía sin cesar. Parecía que aquellas palabras nunca iban a declinar hacia un final. Fue luego de haber dejado su alma y su amor en aquel escrito, cuando se preparó a esperar la respuesta que colmaría una larga espera. Pero nada sucedió, nada se presentó de brazos de su amada. No se presentó la respuesta a su mensaje. Solo quedó solitario aquel ¡Hola! que retumbaba en sus sentidos, y que desde ese instante le haría soñar nuevamente con el amor perdido en un pasado glorioso. Ese pasado que había dejado de lado mientras, enredado en las espinas, nunca miraba lo bello de las rosas.
Al despertar sobresaltado en las madrugadas y al ubicarse en tiempo, espacio y persona, se dirigía a su estudio y afanosamente revisaba la red social en busca de lo ansiado. Y estaba allí el bello y esperado recado. Hola, simplemente un Hola que con los días fue extendiendo sus dominios y se dejaba acompañar con leves frases que se notaban tímidas. Pero eso para él significaba un mundo de esperanzas. Nunca respondía en caliente. Era prácticamente un monólogo; pero luego ella, en su bendita intimidad dejaba bellos mensajes para él. Mensajes que con los días se intensificaban y regalaban el perdón solicitado con vehemencia. Pasaban los días extensos e intensos. Ya eran largas las horas que se sucedían interminables ensimismado frente al computador, enrojecidos sus ojos, esperando las respuestas que le llevaban a la gloria y le colocaban cada vez más cerca de la delicia de sentirse nuevamente amado y en familia. Luego imploraría a su hijo que llegara con otro puñado de esperanza y le regalara una leve visita para palpar nuevamente su piel, mirar su rostro risueño, sentir la calidez de sus besos y acercarlo a su pecho para que escuchara al ya viejo y cansado corazón que lo extrañaba y adoraba en extremo y que necesitaba sentirlo cerca para que cuando se apersonara la muerte que sentía ya cercana, no lo apartara de este mundo sin volver a sentir nuevamente el amor de su hijo del alma.
Ella lo perdonó, se lo expresaba en sus mensajes. Ella aún lo amaba, se lo decía en silencio. No había bastado la distancia ni el tiempo para que feneciera aquel amor intenso que llegó para ser eterno. Ella le confesó que le extrañaba demasiado, que añoraba los momentos del pasado que quería que llegaran al presente y poder regalarse la oportunidad que creía oportuna. Los mensajes se producían casi al filo de la media noche, necesario era que él no estuviera conectado para que eso sucediera. De lo contrario sólo el silencio se hacía presente. Las frases amorosas no llegaban si él estaba presente al mismo tiempo que ella. Por ello se retiraba a descansar temprano, cambiando sus hábitos arcaicos para que, al creerlo oportuno, llegaran esas frases empapadas de amor. Los ojos de Jacinto albergaban un destello brillante, mismo que reflejaba en sus miradas dirigidas hacia el moderno aparato, mientras despacio, escribía los más bellos detalles amorosos. Lentamente, marcando tecla por tecla. Sus ojos, ya cansados y víctimas de las prolongadas exposiciones a dicha máquina, ya habían cedido su agudeza de antaño. Veía muy poco y se esforzaba por acertar cada tecla.
Pero, aunque se le fuera el resto de la vida que le quedaba en ello, siempre le hacía llegar sus amorosos mensajes y ávidos de sus respuestas, casi enceguecía al leerlos. La imaginaba entrada ya en años. Tal vez por timidez o vergüenza no colocaba algún retrato reciente. Eran fotografías de su juventud las que a él llegaban y que constantemente eran sustituidas resaltando cada vez más, aquella belleza que la cubrió por completo y que de seguro, aun la cubría. La imaginaba en la senectud lógica, cubiertos de nieve sus cabellos, tiernas aun sus miradas y cabalgando como él, las dificultades lógicas para escribir aquel mundo de amor contenidos en sus fantásticos mensajes que se presentaban y que eran siempre escritos casi al filo de la media noche. Pero se equivocaba Jacinto. Antes de la media noche, las manos se deslizaban con movimientos ligeros y perfectos sobre el blanco y negro del teclado, con sobrada destreza. Eran sus dedos ágiles, perfectos.
Dejaban mensajes esos dedos empapados de encantos, mientras unos ojos brillantes y sin anteojos, miraban golosos lo que escribía en aquella pantalla excesivamente brillante que para nada le enceguecía. Incesantes, mensaje tras mensaje resultaban colocados en aquella bandeja para que fuesen leídos por el viejo Jacinto. Consecuencia de ello, la alegría, la esperanza y el amor cada día llegaban más cerca de su corazón. Los ojos cansados del septuagenario permanecían cubiertos por unos gruesos anteojos contentivos de un potente aumento, con lo cual trataba de facilitar un acercamiento visual con el mundo externo. Aun así, se le dificultaba cada vez más leer las maravillas que llegaban, siempre escritas al filo de la media noche por su amada. Aquella madrugada lo que con sumo esfuerzo pudo leer, le cambió definitivamente la vida y lo trasladó de inmediato a aquella gloria que ya creía perdida. Ella le decía que lo amaba tanto y que ya desesperaba por verlo, por tenerlo cerca y hacerle sentir su pasión nuevamente, con la fogosidad que aún creía poseer y que había guardado celosamente para ese momento bendito por siempre esperado.
Las manos de Alicia se movían traviesas, colmadas de una agilidad enorme a pesar de su edad; era esa la fuerza del amor. Sus ojos brillaban mientras escribía, y una sonrisa pícara se dibujaba en el rostro al momento de pedirle que la recogiera en el aeropuerto a su arribo; puesto que ya había pautado un viaje que se materializaría en los próximos días. Viajaría Alicia a su reencuentro. Él la esperaría toda la vida de ser necesario, y aún más de ser posible. Al momento de escribir aquel mensaje esperanzador, eran agitadas unas manos denotando el triunfo que se creía que delataba un mensaje, y como tal lo debió haber percibido Jacinto. Los ojos aquellos que releían incesante un mensaje escrito y enviado, brillaban con un especial centelleo el cual parecía no ser de este mundo. Era esa pícara sonrisa la que le daba un toque de distinción a un momento que sería inmortal.
Faltaban pocos días para que se materializara el viaje de Alicia, y ya el anciano se desvivía en pensar las palabras de bienvenida a su vida que le expresaría. Los abrazos y los besos que ya se tornaban presurosos por ser vertidos, eran perfectamente preparados en su mente en procura de que significaran lo máximo. Sólo al pensar en la entrega que se llevaría a cabo, lo inducían mágicamente al paroxismo y a la locura. La imaginaba coqueta como siempre, con las galas que acostumbraba a lucir para aquellos especiales momentos, los cuales se tornaban aún más especiales con su presencia; como la diadema perfecta que significaba ella. La imaginaba apareciendo en la distancia. La visualizaba muy bella, radiante y complacida al descender del avión, en el cual arribaría en pos del amor que la estaba esperando desde siempre. Ya miraba sus miradas encendidas, su boca candorosa y su piel de terciopelo. Ya escuchaba el suave y melodioso trinar que siempre habían sido sus palabras, y sentía la exquisita fragancia de su perfume favorito. Jacinto estaba dejando toda su vida planificando aquel reencuentro, el mismo que había soñado desde hacía tanto tiempo, y que por fin sentía que se haría realidad.
De seguro ella jugaría al flirteo acostumbrado para romper el hielo, y de ese modo propiciar un encuentro. De seguro pasaría por su lado simulando una indiferencia sin igual. Se detendría tímidamente pocos pasos luego y dirigiría una mirada traviesa a su amado. Se quedaría allí, sin moverse, sin inmutarse siquiera, esperando su respuesta. Y de inmediato él, consciente de sus deseos, acudiría presuroso a completar la travesura y, tomándola por la cintura, se le acercaría lentamente, buscaría esa boca de rojo carmesí y de esa forma; un beso apasionado daría entrada a un reencuentro fantástico. Eso se lo decía la imaginación. Eso lo pensaba todas las noches, mientras se hacía sentir el fastuoso día de aquel Reencuentro.
El día acordado había llegado sorprendiéndolo en extremo nervioso, sin haber dormido un sólo segundo. Estrenó un vestido de fino paño azul intenso, de esos que nunca pasarán de moda. Se acicaló con detenimiento tratando de lucir lo mejor posible para evitar alguna decepción. Una elegante loción dejaba escapar su aroma perfecto. A pesar de faltar muchas horas para el arribo del avión, ya él estaba en el aeropuerto. Temió a cualquier posible contratiempo, por lo que tomó todas las precauciones necesarias presentándose en el mismo con varias horas de anticipación. Ya sus nervios no eran los mismos de acero de su juventud. Flaqueaban entonces con facilidad, y ese día no era la excepción. Estaba muy asustado, y mientras se acercaba la hora del reencuentro resultaba cada vez peor.
Ya había llegado la hora del tiempo perfecto. Ya el vuelo que se acercaba había sido anunciado y al rato debería llegar. El avión aterrizó a la hora estipulada, pero ella no aparecía ni en la distancia ni en la cercanía. Preguntó por doquier y nadie le daba alguna respuesta, por más desafortunada que pareciera. Su nerviosismo se adentraba y acentuaba cada vez más. De seguro algo malo le había pasado, pensaba incesante el desesperado Jacinto, envuelto en un halo pavoroso. La noche lo sorprendió estando aún en el mismo sitio, esperando que su amada se presentara. Y así llegó el siguiente día y el otro, y luego varios más. La única realidad existente, era que Alicia descansaba el sueño eterno desde hacía nueve años. Había muerto de cáncer, de mengua y de olvido. Yacía sepultada en un cementerio olvidado de un remoto paraje, lejos de todo.
Las manos ágiles y las sonrisas pícaras seguían disfrutando escribiendo los mensajes amorosos, y continuaban planificando un reencuentro. Los ojos brillaban esa vez con más intensidad. Los ojos de un adolescente travieso que escribía al filo de la media noche, en una red social creada de manera fraudulenta usando el nombre y la imagen de una mujer víctima de un amor, que se había quedado atrapada entre las marañas de un camino espinoso. El nieto burlaba de esa manera el sentimiento del abuelo, y lo hacía bajo la mirada cómplice de un hijo vengativo. Al cabo de varios días de estéril espera, Jacinto era llevado en una camilla víctima de un abrazo que la demencia le hubo procurado, y que lo había apartado por completo y de manera definitiva de una realidad; en la cual nunca más iba a estar su amada, y a la que nunca más llegaría el amor que se había quedado en un recodo del olvido y en la más funesta de las soledades.
Rodrigo, después de rememorar aquella historia aleccionadora que su padre le había relatado hacía ya muchos años, recordó un sueño más que misterioso. En esa oportunidad despertó sobresaltado, angustiado y temeroso, pues en aquella fantasía llegada en su estado de reposo, se dibujaba lo que sentía un presagio y de alguna manera eso que presagió se convertiría, con el devenir de los años, en una cruenta realidad. "Soñé que siendo un niño de escasos años, cuando aún mi mamá tenía que limpiarme el fondillo después de haberme agachado en la bacinilla; mi bisabuelo contaba para mí, que escuchaba atento sin mover siquiera un músculo de mi pequeña humanidad; fantásticas historias futuristas embarradas, pienso ahora; de aquellos inventos que habría leído de Leonardo Da Vinci o de Julio Verne. Me contaba mi recordado viejito, que Dios lo tenga en su santa gloria que desde que era mozo; estaba tratando de inventar algo que iba a hacerlo millonario. Supongo que nunca habría concretado su sueño de inventor ya que cuando se murió, mi abuelo juntó entre todos en la familia, moneda a moneda, lo suficiente para hacerle un funeral como buen cristiano.
Primero me hablaba de Leonardo. Cuando se refería a ese gran artista del renacimiento, siempre evocaba, como si estuviese leyéndolo algo que supuestamente el maestro alguna vez había referido: "Que no me lea quien no sea matemático, pues yo lo soy siempre en mis principios". Siempre que me iba a contar algo referente a la vida y obra de ese, su héroe, me esgrimía ese dicho y de inmediato comenzaba a mostrarme unos bocetos que nunca entendí. Siempre admiré y aún hoy en día admiro, la prodigiosa memoria de mi inolvidable bisabuelo. El sabio padre del progenitor de mi madre.
Me hablaba muy poco del Leonardo pintor, ya que a pesar de que no negaba lo sorprendente de su vasta obra artística, siempre se opuso a las que él llamaba guerra entre sabios. Nunca imaginé siendo ya algo más grande, que aquellas cosas que mi bisabuelo me decía eran ciertas. Hablaba sumamente despacio en esas ocasiones. Miraba detenidamente hacia un punto imaginario como tratando de evocar en un intrincado amasijo de recuerdos, las exactas palabras que luego esgrimía para mí. Parecía estar leyendo un texto escrito en el infinito cuando expresaba:
- Siempre me pareció una pendejada que dos ilustres sabios, se pusieran con esas cosas -Y de inmediato comenzaba lo que siempre consideré una clase magistral de quien apenas sabía leer y escribir. La enemistad, la extremadamente estúpida animadversión entre Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel fue duramente criticada por mi bisabuelo:
-Mijito, había gran enemistad entre Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel Bounarroti. Yo digo mijo, que una de las causas de esta enemistad fue la discusión entre la excelsitud y superioridad de la pintura o de la escultura. Claro, muchacho que la escultura era defendida por Miguel Ángel debido al logro del volumen. Por el otro lado, Leonardo hacía lo mismo respecto a la pintura, pues, gracias a la perspectiva, al brillo y otros recursos más de los pintores, se puede "engañar" al ojo humano". Nunca supe de dónde demonios había leído algo al respecto, pero de que lo sabía, lo sabía. Y lo decía con tanta propiedad que nunca llegué a dudarlo. Luego, con los años y mis investigaciones, comprobé que mi adorado viejo, estaba completa y totalmente en lo cierto.
Me decía esa algarabía de frases, ininteligibles para mí en ese entonces y claro que yo quedaba perplejo, sin encontrar a quien preguntarle algo al respecto, pues era obvio que nadie sabía nada de eso. Hoy en día, cuando me entrego a esos recuerdos de niño, no dejo de sentirme muy mal; ya que en ese entonces pensaba que al no poder contrastar sus lecciones, quedaba ese vacío que no sabía cómo corroborar. No había algún texto respecto de todo aquello que me confundía sobremanera y evidentemente que al no contar con las herramientas de hoy en día, con esas maravillas que nos hacen hacer cada día menos cosas como lo es el internet, las redes sociales, y paren ustedes de contar; me quedaba con la duda. No sabía si en verdad era cierto todo aquello o si por el contrario, se daba el dicho coloquial de que se puede decir misa si se encuentra algún pendejo que la escuche.
_"Mijo, ese hombre era un genio, un supergenio más bien muchacho" _se exaltaba como si quien le escuchaba fuese un erudito. Como si quien estuviere sentado escuchándolo embelesado, no fuese un niño de escasos cinco años. Me espetaba enseguida aquel caudal de evocaciones que yo pensaba que leía de un enorme libro ubicado en el firmamento y que por ser yo tan pequeño, no podía ver:
_"Muchachito querido, ese señor (Se refería a Leonardo) era un sabio como nunca existirá en este mundo ni en ningún otro. Fundó la ciencia experimental antes que Bacon; entrevió las leyes de la gravedad antes que Newton; la aceleración de los cuerpos antes que Galileo; el equilibrio de los líquidos antes que Pascal; fundó la hidráulica antes que Castelli; inventó el fotómetro antes que Humford; el paracaídas, la máquina para volar, una bomba de vapor, un buque en dragado, un cañón de vapor, un balancín de relojería, un sistema de evacuación directa urbana y, además, escribió un tratado de pintura. ¿Qué tal mijo? ¿Cómo te quedó el ojo?", y de inmediato celebraba con una enorme carcajada aquella aseveración pícara. Esa carcajada me producía una gran gracia. Pocas veces lo observaba reírse de esa manera tan expresiva. Abría sus fauces de tal manera que mostraba sus encías desnudas, puesto que ya no tenía dientes, salvo un colmillo, inmenso y de un intenso color café producto de su eterno masticar chimó. Y era tan enorme que parecía el colmillo de un hipopótamo. Eso me producía unas gracias sin precedentes. Él, a sabiendas de la diversión que con ello me provocaba, lo hacía con más intensidad tal como lo hacían los arlequines en aquellas épocas remotas tratando de acentuar una payasada.
Pero definitivamente el hombre que le dio aquel enorme impulso que indudablemente lo hizo soñar con la inventiva, fue Julio Verne. Según mi viejo Zenón contaba, en sus mocedades, devoró dos obras suyas que destilaron futurismo por todos lados, a saber: "El viaje al centro de la tierra" y "De la tierra a la luna". Nuevamente buscaba en sus recuerdos mientras miraba fijamente a la nada, como esperando que esa nada, le acercara a esa evocación que necesitaba con premura. "Mira Adelis", me decía, y tan pronto escuchaba yo aquella frase, me disponía con mucha diligencia, a prepararme para aquella descarga de cosas interesantes que ni en el colegio escucharía jamás.
_"Mijo, Verne imaginó un sinfín de mundos fantásticos sin moverse apenas de su propio sitio de trabajo. Además, por su profundo interés por la ciencia, la exploración y las innovaciones tecnológicas, pudo gozar de un imaginario literario como nunca tendrás idea muchachito. Te digo algo mi querido bisnieto y espero que nunca vayas a olvidar esto que te voy a decir: A pesar de que Verne murió hace ya bastante tiempo, comenzando el siglo pasado si mal no recuerdo, su gran capacidad de evocación ha llegado intacta hasta nuestros días. La novela que más me gustó de ese señor es "La Vuelta al mundo en ochenta días". Eso es lo máximo mijo, deberías leerla algún día. Te la voy a regalar un día de estos. Deja que agarre un dinerito que me deben". Y en efecto, unos meses después, me la regaló. Claro está que mi mamá me la guardó para dentro de unos cuantos años.
_"Adelis, después de haber leído el trabajo de Julio, me entró la espinita de que siempre hay algo que inventar, siempre hay algo nuevo esperando que alguien lo invente. Fíjate que en su trabajo, ese hombre se refirió a cosas que aun nadie conocía. Las novelas más famosas de Verne son las que giraron alrededor de algún invento en el campo de la ciencia, que ese entonces mentaban ficción y hoy, en la mayoría de los casos, realidad: el submarino, el helicóptero de Robur el conquistador, una ciudad flotante, la isla de hélice, uffff, y un montón de cosas más".
Esas fueron las lecturas que hicieron que mi bisabuelo soñara de verdad con que podría inventar la máquina del tiempo; nada menos. En serio, mi bisabuelo siempre me decía lo mismo. Él, adelantándose al futuro tal como lo hicieren en su momento Leonardo Da Vinci o Julio Verne, soñaba con ver concretado aquella utopía. Fantasía ésta que siempre había sido y aún sigue siendo, el sueño de muchos. Solamente el hecho de pensar tan siquiera en que se pueda llegar a viajar a través del tiempo, hace que se sienta una extraña sensación de grandeza. Imaginarse siquiera que regresando al pasado pudiésemos revivir una época remota, verbigracia el nacimiento de Jesús, su crucifixión, el descubrimiento de Colón y una enorme estela de sucesos que serían la quimera de los soñadores, historiadores y poetas; podrían evitarse tantas cosas nefastas. Y ni qué decir de viajar al futuro, eso sí sería sumamente peligroso.
Fue en ese entonces cuando nació en mí, esto que recientemente llevé a cabo. Nunca pensé que todas esas cosas que mi viejito me decía cuando era yo un mocoso, iban a ser verdad. Entre él y yo, llegamos a cumplir su sueño, muchísimos años después de su muerte. Hoy día expreso con sobrado orgullo que gracias a mi bisabuelo Zenón de Jesús, nació en mí éste hábito bendito de querer saber el porqué de todo. Apenas aprendí a leer, me entregaba por completo a estudiar lo que fuese. Cuando comencé a razonar, hice de la lectura, mi mejor arma. Con ella ingresé al mágico mundo del saber. Pedía siempre como regalo, un libro. Mis hermanos y todos mis amigos se extrañaban de aquel raro hábito en mí. Me la pasaba para arriba y para abajo con un libro bajo el brazo. Nunca aprendí a jugar por esa bendita manía de andar leyendo. No me arrepiento de ello. Mi madre, que en paz descanse, me secundaba en todo lo referente a mi adicción literaria. Cuando le era posible, compraba para mí, ese libro con el que yo soñaba. Mi madre fue y seguirá siendo por toda la eternidad, mi más grande amor, la persona que más ha influenciado en mi vida. El ser que más me ha amado y que aún me ama, seguro estoy de eso.
Siendo aún adolescente, ya me había leído las obras de Don Rómulo Gallegos, ese gran escritor de mi patria que exaltó enormemente al llano y su belleza. Ese eminente escritor fue hasta un honorable político que llegó a ocupar la Presidencia de la República. Me leí todo su trabajo, también lo hice con Teresa de la Parra, Antonia Palacios, Andrés Eloy Blanco, Arturo Uslar Pietri, entre muchos otros que se pierden en los intrincados vericuetos de mi memoria. También tuve la oportunidad de leer a otros escritores de habla hispana, empezando con el eterno romántico Jorge Isaacs y su "María", Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, a mi adorado Gabriel García Márquez, a Horacio Quiroga, Isabel Allende, entre otros.
De más allá del continente leí La divina Comedia de Dante, Don Quijote de Cervantes, a Honoré de Balzac con La piel de Zapa, a Gustave Flaubert con Madame Bovary, igualmente a Charles Dickens con La Casa Desolada, a Edgar Alan Poe con sus sarta de cuentos tétricos, Stephen King y un enorme etcétera. Cada vez que leía, sentía que vivía en aquellos mágicos relatos que ellos, tan grandes, habían creado. En Doña Bárbara por ejemplo, me paseé por la inmensidad de los llanos venezolanos y disfruté cada una de aquellas vivencias. Cuando leí a García Márquez, quedé impresionado con su realismo mágico tal como igualmente me cautivó el de Isabel Allende cuando disfruté de La Casa de los Espíritus, la hija de la fortuna, mi país inventado, retrato de Sepia, la isla bajo el mar, Evaluna, los cuentos de Eva Luna, el plan infinito, el amante japonés. Definitivamente nunca dejaré de admirar la obra de Isabel. Bella, magna, única. Ojalá pueda conocerla algún día. Cada obra dejaba sus enseñanzas y permitió concebir el sentimiento de sus autores. Esa es la magia de la literatura. Especial mención para la obra de insignes poetas. Neruda, García Lorca, Rubén Darío, Gustavo Adolfo Bécquer y otros que deliciosamente me regalaron aquella bendita magia.
Siento que tengo muchísimo que agradecerle a mi mentor, a mi viejo adorado; a quien recordaré por siempre. Ese señor sabio, lo digo ahora con toda mi razón puesta en ello, a quien sus recuerdos y añoranzas, allá en aquellos tiempos cuando ya la senectud se había apoderado de sus sentidos; llegaban nítidos, como acabados de vivenciar. Y fueron sus mundologías todo lo que me bastó para ser quien soy. Siento que cuando digo que el hombre más admirado de toda mi vida, y que conste que ya pasé el medio cupón, ha sido el viejo Zenón; siento que su gran influencia ha sido una bendición. Cada día palpo sus palabras sabias, sus consejos oportunos y sus relatos fantásticos; como las herramientas que me han permitido creer en Dios y creer en mí como persona, como ser humano, como profesional, como hijo, como hermano, como esposo y definitivamente, como el mejor padre del mundo que me considero, modestia aparte. Te amaré por siempre mi viejo.
Si mi bisabuelo no pudo construir ese invento, yo si podré hacerlo, me dije un día. Ese fue el comentario que hasta en mis pensamientos me había hecho todos esos años. Cada noche imaginaba una máquina con esos poderes. Pensaba que sería fascinante emprender un viaje a otras dimensiones ya vividas o a unas por vivir. Conocer a esos seres que colmaron nuestro pasado de grandes logros y a los que se encargaron de todo lo contrario. Pero habría que ser en extremo, muy prudente, para evitar interferir en esos sucesos ya ocurridos, so riesgo de desvirtuar la historia y crear una verdadera hecatombe. No quiero siquiera pensar en viajar hacia el futuro. Ni yo mismo conozco la respuesta del porqué de esa mi tajante determinación.
Averigüé por todos los medios habidos y por haber, donde estaba sepultado mi bisabuelo. Mi tía me contó que a él lo habían inhumado en un pueblito lejano, donde él había nacido hace un tiempo extenso. Hice todos los arreglos y después de varios días buscando el paradero de aquel viejo y olvidado cementerio; pude dar con él. Tenía muchísimo tiempo en desuso. Era un pueblo enmarcado en la serranía. No me costó mucho tiempo dar con su sepultura ya que cuando les dije a unas amables personas que yo era su bisnieto, se sintieron gozosos de conocerme y con gusto me condujeron al panteón. Descubrí que mi antepasado era una figura icónica para esas gentes. Quise conocer la tumba de mi viejo. Recordé todos los momentos inolvidables de aquella infancia sagrada. En ese entonces él ya era muy anciano. Lamentablemente Dios lo llamó a su seno cuando yo tenía apenas siete años.
Recé mucho en aquel sitio que desde ese entonces me pareció fantástico, pues el hecho de saber que allí reposaban los resto de un gran hombre, de un sabio; significaba para mí toda una bendición de Dios. Desde ese entonces, con mucha frecuencia he visitado aquel viejo panteón del que ya nadie se acuerda. Mientras rezaba en una de esas visitas, que más que rezar, era como si mantuviera una conversación amena; le espeté una propuesta valiente. Le expresé a mi bisabuelo que me guiara en la realización de aquel invento con el que tanto había soñado. No sé por qué, pero en el momento aquel sentí que algo cimbró tenuemente. No me alarmé porque sentí que esa pequeña vibración era como una respuesta de mi viejo amado. Días después, en un agradable sueño que tuve, mi bisabuelo se me presentó. Era muy hermoso, vestía a la usanza de una remota época. Usaba un sombrero muy bello, guantes de cabrita y un vestido elegante de paño blanco completaban, junto con unas botas de potente cuero, una estampa recia. Era tal cual como lo recordaba. Sin vacilar ni usar rodeo alguno, me habló de manera grandiosa, con aquel parafraseo encantador que siempre me mantuvo cautivado.
Mi viejo me prometió su ayuda. Cada noche desde ese entonces, en mis sueños, me daría las debidas instrucciones para el preciado invento. Así, en una extraña sociedad, dimos inicio a una magna empresa. Nada más y nada menos que la invención de la máquina del tiempo. Nadie creería que iba a existir esa extraña unión de saberes. Mi bisabuelo, un hombre que había muerto hacía cuarenta y cinco años, un sabio que había soñado mucho, que había leído también mucho y por sobre todo, que había inculcado en un niño de cinco años, el amor por la lectura, por los conocimientos. Que había despertado en un impúber, el amor por todo aquello que tenía que ver con las ganas de superarse día a día. Y yo, un hombre de leyes, penalista de vocación al igual que mi único hijo, locutor, jubilado ya de las ciencias de la salud; dedicado de manera ferviente a la literatura y con ansias permanentes de aprender cada día más. Todo ello, expresado con la más grande de las modestias; por supuesto que sí.
Y así mismo sucedió. Durante cinco largos meses me encerré en el garaje de mi casa, en solitario, con todo ese arsenal de herramientas: de cables, piezas, y un largo etcétera, a tratar y lograr inventar la siempre añorada máquina del tiempo y vaya que lo logré. Me salió a la perfección y lo comprobé haciendo pequeños viajes de una o dos horas de mi tiempo ya vivido. Era genial. Eureka como diría aquel famoso personaje de la historia, en la oportunidad de la palanca con la que iba a mover al mundo. Aparte de eso, era muy bonito su diseño, muy aerodinámica. Modestia aparte, pero estaba muy orgulloso de mi trabajo, es decir, de nuestro trabajo. Pero tuvimos mi bisabuelo y yo que agregar nuevos inventos. Tuvimos que ingeniárnosla para crear un manto de invisibilidad. Imaginé como habrían de sentirse por ejemplo los cavernícolas, si sintieran entre ellos, una vaina nunca antes vista y que no fuese un animal para cazar o uno que los cazara a ellos. De seguro que lo emprenderían contra mí con palos, piedras o lo que fuere. Tendríamos que hacer algo y lo hicimos en poco tiempo inclusive. De un cobertor común y corriente y usando unas extrañezas que mi viejo me señaló, nació un manto de invisibilidad. Sería invisible para todos, menos para mí.
Al llegar a determinado lugar, sólo tendría que colocar la cobija sobre la máquina y listo. Aparte de eso, tenía una programación. A saber, cada viaje tendría un límite de tiempo. Al cumplirse dicho tiempo, la máquina se trasladaría por si sola al sitio donde yo estuviese. Por otra parte, con otra colcha, ideamos un vestido universal, es decir, al colocarla sobre mi cuerpo, se convertiría de inmediato en la ropa que se usara en cada época a donde llegara a dispensar una visita de algunas horas, días o semanas. Y para estar más seguro, con una programación en los controles, quedaría ya planificado un itinerario. Inventamos también un aparato que iba a servir, colocándolo guindado sobre mi gaznate, para entender cualquier idioma y para que tradujera mi lenguaje al idioma de quien me escuchara.
Estaba muy emocionado, tanto que parecía un niño esperando un regalo. Contaba los días para emprender mi viaje. De acuerdo a lo expresado por mi bisabuelo Zenón de Jesús, cuando se lleve a cabo la planificación automática de un viaje de varias escalas al pasado, habría que esperar dos días para dar inicio a la travesía. Nunca me dijo el por qué y tampoco se lo pregunté. Él se enojaba por cualquier cosa y no quise que estallara en cólera. No convenía para nada. Lo cierto es que cuando se dibujó en aquel intrincado tablero de controles, el itinerario; casi me dio un soponcio. ¡Qué emoción!, la primera parada de mi viaje, sería algo con lo que siempre he soñado: Los últimos días en la vida de nuestro señor Jesucristo. Sin lugar a dudas estaba atrapado en un hechizo de amor en el tiempo. Mi mente ya no se entregaba a la realidad de mi vida, sino que estaba sumida en un embrujo. Comencé a presenciar al amor en diversos acontecimientos a través de la historia y obviamente nunca existirá un amor más grande para mí, que el que siento por Dios. Entonces allí estaba, presenciando los últimos días de mi señor Jesús.
Realmente desde que era yo un mocoso siempre leí la biblia y me resultó fascinante todo aquello que Jesús hizo. Siempre admiré la gran obra del Mecías, de nuestro Salvador. Mención aparte resultaba todo lo que sucedió para que se cumpliera la profecía. Fueron muchos sus sufrimientos, todos sus pesares y todo aquello que por nosotros él sufrió. Pienso en ocasiones que en vano, aunque de parte mía y de mi familia, siento que hemos rendido lo más bello de nuestros sentimientos a Dios, a nuestro creador y a su hijo Jesús. Por ello, al saber que estaría junto a él no pude más que sentir desfallecer. Viviría esos momentos con mucho amor y fe. Realmente sucedió de ese modo. Las tantas lecturas colmadas de fe y de esperanzas, denotaron una realidad.
Después de un viaje de apenas treinta minutos aproximadamente, la máquina se detuvo. Tuve que esperar un buen rato para que por si sola, se dispusiera a abrir la puerta. La primera aplicación que construimos en ella, fue que aterrizaría en un sitio despoblado. Era evidente que si llegaba en medio de alguna concentración de personas, se formaría un revuelo y por nada del mundo quería yo que eso sucediera. Cuando por fin pude salir de mi máquina del tiempo, comprobé que era de noche. En el tablero pude leer que era un día viernes, del año 33 de nuestra era. Cubrí con el manto a la nave y me coloqué la colcha y de inmediato quedé vestido como un ciudadano de esa época y de ese sitio en específico. Me sentí un poco raro vestido con ese enorme trapero; pero era necesario que me acostumbrara a ello.
Era viernes por la noche. Un letárgico silencio se sentía y un sinfín de pequeños puntos fulgurantes se observaban en un sitio que no debía estar muy lejos. Caminé despacio, puesto que el calzado que ostentaba era muy particular y no estaba acostumbrado a ello. Era así como una sandalia o algo parecido. Cubría únicamente la panta de mis pies. El resto, eran unos cordeles que se torcían entre sí y subían por mis tobillos casi hasta las rodillas. Había muchos abrojos en la zona y además de eso, no podía distinguir bien el camino. Me acostumbré a la penumbra. Mezclándome al poco rato con la muchedumbre, pude distinguir mejor el panorama que se estaba presentando. Estaba mi querido señor Jesucristo en medio de una algarabía.
Debo decir que aquellos momentos que presencié en mi primer viaje, aquellos sucesos excesivamente importantes para medio mundo; cuando regresé a casa los concatené con mi más preciado libro y el resultado fue categórico. Era exactamente lo sucedido en la realidad, lo narrado en la Biblia. Específicamente en los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Fui testigo de primera fila de todo cuanto narraré. En algunas ocasiones para poder ubicarme en algún suceso del que no me haya documentado, compartía con un pequeño grupo de personas con el que hice amistad; en otras, yo mismo intervenía hasta que se me fue permitido. Es gratificante rememorar en este diario o en esta especie de bitácora, por llamarla de una manera a la usanza de tiempos remotos, todos esos momentos vividos y que nunca olvidaré.
Jesús y sus discípulos llegaban a Betania; pronto llegaría el sábado. Muchos habían llegado ya a Jerusalén para celebrar la Pascua. Comprobé que existía un grueso número de personas en lo que podría definir un tumulto acampando en un terreno baldío a expensas de una bárbara intemperie. Pude, gracias a una pequeña encuesta que disimuladamente hice, comprobar que habían venido con anticipación para limpiarse ceremonialmente. A medida que las personas que habían llegado con antelación se reunían en el templo, muchos se preguntaban si Jesús vendría para la Pascua o no. Era esa una pregunta en común. Era algo como que si todos se hubiesen puesto de acuerdo para hacer la misma pregunta al mismo tiempo.
Por ello sus sorpresas eran mayúsculas al verlo llegar. Noté que había mucha exaltación entre todos los presentes. Se les notaba la sorpresa a flor de piel. En realidad nunca había sentido tan de cerca el enorme poder de la fe. Se abrazaban entre sí aunque fuesen desconocidos entre ellos. Lo hicieron conmigo. Me confundí sin ningún esfuerzo con aquel tumulto cuyo único propósito no era otro que estar cerca de él. Aproveché ese momento de éxtasis colectivo para enterarme del más mínimo detalle en torno a todo lo que se estaba viviendo relacionado con mi señor Jesucristo. (Ofrezco mil disculpas por ser tan posesivo al determinar "Mi señor Jesucristo"). Sencillamente resulta que siento y siempre sentiré una emoción indescriptible. Decidí dejar de demostrar esa excelsa curiosidad, ya que les estaba pareciendo sospechoso a muchos. Temí por momentos que pudiesen descubrirme. Pronto caí en cuenta que nunca nadie pudiese sospechar que venía yo del futuro. Evidentemente nadie se imaginaría nada semejante. Lo más que se les pudiese ocurrir era que fuese un loco al no saber lo que estaba sucediendo, puesto que era una verdad a todas luces. Al poco rato pude conversar animadamente con Josafat, un mozo como de veinte años, algo andrajoso y desdeñado. Qué vergüenza el hecho de haber pensado eso. Ya sabrán por qué. ¿Cómo pude pensar y opinar por Dios santo, que ese chico era un harapiento y un malmirado?
Creo que al fin de cuentas todos se notaban así, debo reconocer que fui egoísta al pensar eso de él, puesto que estando expuesto al extremo rigor de ese sitio, no podría nadie estar bien presentable. Cabía preguntar entonces: ¿Que era estar bien presentable? ¿Usar levita, traje de gala, algún vestido diseñado por un afamado creador de los trapos y su gente? No, era esa la manera de vestir de la época. Quien estaba meando fuera del pote era yo. Y miraba con desdén lo que creí un desaliño grandioso. Ridículo resultaba yo, que pensaba que ellos estaban mal vestidos carajo. El chico, creyéndome coterráneo con él, como lo eran muchos de los que estaba presentes, conversamos mucho y en pocos minutos me puso al tanto de todo. Al principio se extrañó de mis conjeturas; pero le expliqué que no era de por esos lares y que había estado muy enfermo por largo tiempo y no me había enterado de muchas cosas. Contrario a mis principios, tuve que usar esa mentira blanca. Resultó enormemente necesario. Me contó una situación que le inquietaba a la gran mayoría. Fue muy tajante Josafat al contar semejante aseveración por demás apremiante, aunque conocida por todos:
_"Jerusalén es un foco de controversia respecto a Jesús (Nadie le mentaba Jesucristo) me dijo. Ya es costumbre que los líderes religiosos quieran prenderlo para darle muerte. De hecho, han ordenado que cualquiera que se entere del paradero de Jesús les informe dónde está. Le hice creer que me sorprendía mucho con lo que me contaba. Temí que me delatara la calma, puesto que nada de lo dicho por él me sorprendía ya que sabía algo al respecto. Lo sabía todo, pensé que era así por lo que había leído en la biblia y durante la preparación para mi primera comunión. Aunque realmente la realidad distaba demasiado de lo que se había escrito en las sagradas escrituras. No era del todo falso; pero se habían tergiversado muchas realidades a través de los siglos. En tres ocasiones durante los últimos meses esos líderes han tratado de matarlo: en la fiesta de los Tabernáculos, en la fiesta de la Dedicación y después que Jesús resucitó a Lázaro. Así que muchos nos habíamos preguntado todos estos días: ¿Se presentará Jesús en público una vez más? "¿Qué opinan ustedes?".